El Padre Mariano Maller. Capítulo 2

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido .
Tiempo de lectura estimado:

Capítulo II: Entre los Padres de la Iglesia norteamericana

Mientras las naciones europeas jugaban a descristianizarse en la primera mitad del siglo XIX, un fenómeno inverso ocurría en la joven nación norteamericana, a la otra orilla del Atlántico. Jesucristo bahía dicho a sus apóstoles : «Cuando os persiguieren en una ciudad, huid a otra». Esto hicieron muchos religiosos que, al ser perseguidos en Europa se refugiaron en Norteamérica y allí levantaron, en lo alto la antorcha de la fe. Los primeros en hacer este traslado fueron los sulpicianos, fundados por el gran Olier, discípulo y amigo de San Vicente de Paúl. La primera, colonia llegó en 1792, fugitivos sus miembros de la Gran Revolución. Por esta época no había en todos los Estados Unidos más que dos Obispados: el de Baltimore, creado en 1780 por Pío VI, con jurisdicción sobre todo el Este, el Norte y el Noroeste, y el de Nueva Orleans, creado en 1793, con jurisdicción sobre toda la Florida y Luisiana, a favor de D. Luis Peñalver y Cárdenas, que en 1801 fue ascendido a la dignidad de Metropolitano de Guatemala, como consecuencia del traspaso de la Luisiana hecho a Francia por España, en virtud del tratado de San Ildefonso de 1800, pasando su Diócesis a ser administrada por el de Baltimore hasta 1812, en que fue nombrado para sucederle el. sulpiciano Luis Dubourg.

Cuatro .años antes Baltimore era ascendida por Pío VII a la dignidad Metropolitana con las sedes sufragáneas, recién creadas, de Barstown, Filadelfia, Nueva York y Boston. El Obispo Dubourg hizo varias levas por diversas naciones de Europa reclutando sacerdotes y misioneros para su inmensa Diócesis, que tenía alrededor de 400.000 kilómetros cuadrados y un reducidísimo número de sacerdotes. El más importante núcleo de estas levas lo constituía el de los Paúles italianos, encabezado por Félix Andreis, el primer misionero de todo aquel inmenso territorio que va camino de los altares y que al, llegar en 1818 a San Luis fue instituido Vicario General de la Di6cesis y fundador y primer Rector del Seminario Diocesano. Muchos de los sacerdotes que iban llegando de Europa se incorporaban a los misioneros Paúles, que por otro lado iban recibiendo refuerzos de Italia, Francia y España, hasta el punto de que en 1837 el P. General, J. B. Nozo, pudo erigir con ellos la Provincia de Estados Unidos, nombrando como primer Visitador al P. Juan Timón. Para estas fechas los PP. Rosati y Nekere ascendían, respectivamente, a las sillas episcopales de San Luis el primero de la serie, y a la de Nueva Orleans, el segundo.

El P. Odín, en un viaje a Europa, hizo una nueva leva de doce misioneros. casi todos ellos italianos, para volver de nuevo dos años más tarde con la misión de entregar al Papa las actas del primer Concilio provincial de Baltimore del que había sido teólogo consultor muy destacado. Y aquí es donde hacen su entrada los misioneros españoles en la evangelización de Estados Unidos.

Carta del P. Odín a los misioneros españoles

Efectivamente, el 14 de marzo de 1835, desde Turín donde se hallaba a su regreso de Roma, cuando fue a presentar al Papa las actas del Concilio de Baltimore, el P. Odín hizo un llamamiento a los españoles con una carta al Superior de Barcelona en muy buen castellano, que constituye un canto a la España misionera y que viene a ser como la semilla que luego fue transplantándose en Estados Unidos en 1837, 1838 y 1839. La guardamos en nuestro Archivo de Madrid, y de ella entresacamos este párrafo: «Yo soy de Lyón, de Francia, y gracias a Dios se me dio la instrucción en Teología como se da en ese Reino de España». Hijo de nuestro gran Patriarca San Vicente, he residido desde los veintiún años en los Estados Unidos de América Septentrional, en donde es inexplicable lo que he visto y tocado del espíritu de Dios en los trece años de mi residencia en aquel país, que parece estar lleno de la divina misericordia. De las ciudades, de las aldeas, de los desiertos y de todas partes vienen gentes a la fe; y abrazan nuestra religión protestantes e infieles, los profetas de estas sectas, los ministros de aquellos ciudadanos y salvajes, rústicos e instruidos de todas clases. Basta decir que un corto número de sacerdotes hemos reengendrado en Jesucristo por el bautismo, en el breve tiempo de cuatro años, medio millón de almas. Pero ¿qué es esto, si se considera la muchedumbre que queda por bautizar y que está suspirando este remedio de salud y la instrucción necesaria? Limitándome a nuestra Diócesis de San Luis, en el Estado de Missouri, observo que en un territorio, extenso como veinte veces toda Italia, tenemos medio millón de varias sectas no bautizados y las tribus que forman un millón y medio de gentiles, en los cuales se ve un ardiente deseo de conocer al verdadero Dios y el camino seguro de llegar a poseerle. De más de 200 millas de distancia van a buscar un sacerdote para que los guíe, los consuele y ojalá pudieran encontrarlo.

Mas ¿cómo saciar a tantos hambrientos que piden el pan de la divina palabra? Once sacerdotes que somos en nuestro Seminario de San Luis -los Barrens- y sólo 25 en toda la Diócesis, ¿qué son para socorrer unas necesidades tan vastísimas?  ¿Qué haremos tan pocos operarios siendo la mies tan abundantísima?… Yo ruego a vuestra Señoría Reverendísima, por el celo ardentísimo de nuestro Patriarca y por la misma sangre del Redentor, que procure que vengan conmigo tres o cuatro compañeros de esa Casa o de la de Madrid o de las otras de esa Provincia y Reino… Es inexplicable el fruto que pudieran darnos para Dios tres o cuatro misioneros españoles.

¡Qué prodigios y conversiones obraron en el Nuevo Mundo!

«Tomen parte también ahora en las grandes conquistas que los Hijos de San Vicente tienen oportunidad de hacer para Jesucristo… Será gratísimo al Vicario de Jesucristo y al Reverendísimo nuestro General que de esa religiosa y católica nación vengan tres o cuatro misioneros a cultivar aquel vastísimo campo del Señor».

No cuatro, sino una docena.– Para estas fechas la Casa de Madrid casi no existía- casi toda ella, estaba ya en Guisona- y a la de Barcelona no le quedaban de vida más que unos meses. Perseguidos en España, se refugiaron en Francia, que les sirvió de trampolín para saltar a Argel, a las islas del Egeo, a Siria y Líbano, a China, y, sobre todo, a Estados Unidos, a donde fueron llegando en 1837 los PP. Armengol, Alabau y Doménech -más tarde, este último, Obispo de Pitsburgo. y de los Allegany-; en 1838, los PP. Masnou, Llevaría, Calvo, Cercós y Amat, que más tarde había de ser elevada a la silla episcopal de Monterrey y fundar la de los Ángeles en California: en 1839 se embarcaron en El Havre los PP. Serreta, Pascual y Maller; por fin, desde Italia, en donde se había refugiado, el P. Estany llegó a los Estados Unidos, acaso a principios de 1840. En total doce misioneros casi todos de primera fila, entre los cuales surgieron dos Obispos, tres Visitadores y dos Rectores de seminario. El más destacado de todos fue el P. Maller, el cual, luego de una navegación, relativamente feliz, hecha en barco de vela, desembarcó con sus dos compañeros en Nueva Orleans, desde donde, al cabo de dos días remontaron, en un vapor el río Missisippi hasta 80 kilómetros aguas arriba, en donde en la localidad de Furce, los PP. Paúles dirigían el seminario diocesano de la Asunción en las inmediaciones de Donaldsonville, Diócesis de Nueva Orleans que tenía por Rector a su antiguo profesor de Filosofía, P. Armengol, el cual les hospeda durante algún tiempo, hasta que el Visitador, P. Juan Timón, mandó al P. Maller avanzar Missisippi arriba hasta Santa María de los Barrens, en don de se le confió el cargo de prefecto de los seminaristas.

En Santa María de los Barrens.

Cuando el P. Maller llegó, oía hablar al P. Cellini y a otros de los «buenos tiempos antiguos». Estos «buenos tiempos» se remontaban a unos 20 años atrás, cuando el Padre Rosati, el futuro primer Obispo de S. Luis, llegó con el primer seminario interno a fines de 1818. Los habitantes habían puesto a su disposición 300 acres de terreno. Aquí, para que pudieran oír misa las 40 familias de la región, levantaron una iglesia de madera, y una choza también de madera, que tenía 25 pies de largo por 28 de ancho para albergue de sacerdotes, seminaristas y hermanos coadjutores.

Esta choza servía, a la vez, de capilla, dormitorio, comedor, cocina, sala de estudio, de recreación y de trabajo; más todo se practicaba tan a su tiempo y con tanto orden como en el noviciado más regular. Allí a un lado se veía al P. Rosati, dando su clase de teología a un grupo de seminaristas, en otro al Hermano Blanka preparando la comida, más allá al P. Cellini revocando las paredes y, completando el cuadro, una vaca rascaba la puerta con su cabeza en demanda de la comida, que le era debida. Durante los primeros inviernos las rendijas que dejaba la madera en las paredes y los techos, permitían la entrada de la lluvia, el viento y la nieve. Sucedióles a veces que, al amanecer, las pieles de búfalo y las coberturas que les cubrían mientras dormían, las contemplaban cargadas de nieve. El papel o un pedazo de tela blanca hacían las veces de cristaleras. El vino únicamente lo veían en la misa, y aun éste, sacado de las uvas silvestres de los contornos. Veíase con frecuencia a los misioneros manejando el hacha en el corte de los árboles y acarreando la leña para calentarse y hacer la comida. Un día de Pascua, después de la solemnidad litúrgica con misa, cantada y sermón, los inquilinos de la choza, al sentarse en la mesa no vieron delante de sí más que un plato de habas cocidas y agua fresca. El estómago del P. Cellini, que se hallaba muy fatigado porque, además de las funciones del día, había estado muy ocupado en oír confesiones y administrar bautismos, no pudo menos de esbozar una protesta con un débil gemido; pero el P. Cellini (Rosati) no tardó en llamarle al orden y reducirle a disciplina, y todo en aquel día fue paz y contento.

La choza primitiva se hacía cada vez más insuficiente para los que iban llegando y hubo que sustituirla por otra, también de madera, más amplia -50 pies de largo por 30 de ancho- de dos pisos, construida sobre los planos trazados por el P. Delacroix. Cuando el P. Maller llegó, la casa estaba recién estrenada. También estrenó iglesia nueva, pues la antigua estaba ya en 1837 casi inservible. La lluvia y el viento y hasta la nieve se metían por las rendijas y ventanas sin cristales y más de una vez en las funciones religiosas tanto los fieles como el coro y los sacerdotes oficiantes se vieron obligados a defenderse de los elementos invasores con telas extendidas y paraguas.

Lo mismo en los Barrens que en S. Luis los cierzos norteños se encajonaban por el valle del Missisippi tan fuertes y helados que el Venerable Félix U. Andreis le ocurrió helársele en el cáliz las sagradas especies y tener que romperlas con los dientes y disolver los pedazos en la boca para poder tomarlas. La nueva iglesia, bien techada y acondicionada, alivió notablemente la situación. Fue consagrada por Mons. Rosati C. M. a fines del 1839. Los tiempos de la «suma estrechez» habían pasado, y llegaban tiempos de mayor holgura; sin embargo, ya no se notaba tanto la fragancia de la pobreza, ni se oía el bullir del «fervor en la regularidad. En aquellos escasos meses -apenas llegaron a la docena-que estuvo al frente de la disciplina el joven profesor, ya notó los primeros brotes de dos tendencias de polos opuestos, como lo anotará 27 años más tarde, la tendencia de la «austeridad europea», y de la «comodidad americana». El que había aprendido la austeridad y la regularidad en la calle del Barquillo del Madrid en la escuela del santo P. Borja y reavivado luego en París.

Junto a las cenizas sagradas de .S. Vicente, les mantuvo con pulso firme en los que tenía bajo su custodia con tan feliz éxito que el P Visitador vio en él al hombre que necesitaba para ser el primer Rector del seminario de S. Carlos de Filadelfia, dándole por colaboradores a los PP. Burke, Peneo, Frasi y Rolando, todos ellos mayores que él en edad y en vocación.

En San Carlos de Filadelfia.

En 1841 Mons. Kenrik, Obispo de Filadelfia confió su seminario a los PP. Paúles y el. P. Timón no dudó en confiar su rectoría al P .Maller, cuya virtud y capacidad le eran conocidas, a pesar de su recién estrenado sacerdocio y de sus 24 años recién cumplidos. ¿Quién podrá explicar su actividad en este nuevo campo: su tacto finísimo y la destreza con que supo conducir y gobernar a los jóvenes levitas puestos bajo su cuidado y tutela? Bien pronto se ganó las simpatías de cuantos Obispos y sacerdotes pudieran apreciar sus dotes de virtud y buen gobierno. Mons. Kenrik le tenía en tal estima, que solía decir de su Rector que era «el sacerdote más prudente y acabado que conocía en toda la república de Estados Unidos» El Obispo le confió el encargo de buscar un sitio apropiado para la construcción del Seminario menor, orientándole hacia Pottsville y Joungustawn, con clara preferencia por esta última localidad.

El P Maller, sin embargo, después de haber hecho un reconocimiento detallado, se inclinaba por Pottsville, tanto porque en caso de división de la diócesis, Joungustawn quedaría fuera de los limites de Filadelfia, cuanto «porque siendo Pottsville de más fácil acceso, los seminaristas de Filadelfia estarían cerca de sus casas y, por lo mismo sus familiares y amigos podrían visitarlos más fácilmente en caso de enfermedad o indisposición» y además podría servir de seminario de verano para los seminaristas mayores. Había además otra razón de pesó que el P. Maller alegaba. En Pottsville estaban construyendo «un asilo para niños protestantes, cerca de la iglesia católica, cuya fundación, dado que falle, como se lo proponía lograr el párroco señor Maginis, podría fácilmente emplearse para seminario«.1

Vicario General del Obispado.

El 25 de abril de 1843 el Obispo de Filadelfia escribía a su hermano Ricardo, Obispo de Drasa y más tarde Arzobispo de S. Luis: «El deseo de perfección o las necesidades de la Iglesia me han privado ya de tres Vicarios Generales. El R. P. Balfé nos ha dejado hoy para entrar en Religión. Yo me había propuesto hacer Vicario General al R. P. M. Maller; pero en su grande humildad sé ha negado a aceptar este cargo».2

Sin embargo, el Obispo no renunció a su proyecto. En septiembre del año siguiente todavía no había dado sucesor al P. Balfé y escribía a su hermano para que interesara en el asunto al P. Timón, C. M., esperando que éste lograría inclinar el ánimo del P. Maller, que tras una ruda batalla de tres años hubo de prestar sus hombros a la pesada carga. El 20 de marzo de 1845, el Kenrik de Filadelfia escribía triunfante al de San Luis: «He conferido los poderes de Vicarios Generales y de Administradores de todos los bienes de la Iglesia en Filadelfia- a los muy RR. PP. Mariano Maller y Francisco Javier Gartland».3

El 29 de junio el Obispo Kenrik publicó una pastoral anunciando la erección de la Catedral en un terreno próximo al Seminario. De cuyo hecho el Prelado se prometía no pocas ventajas para los seminaristas, que tenían ocasión de ejercitarse en las ceremonias y para las funciones pontificales que resultaban solemnizadas por la presencia de profesores y alumnos. La Catedral, se construyó sobre los planos trazados por el P. Maller, ayudado del P. Tornatore, terminándose en 1846. Y por si esto fuera poco, varios centenares de misioneros norteamericanos han coronado su carrera con la ordenación sacerdotal recibida en esta Catedral, orgullo de la gran Archidiócesis de Filadelfia.

Segundo Visitador de los Padres Paúles de Estados Unidos.

Poco pudo disfrutar el Obispo de Filadelfia de la pericia y prudencia de su nuevo Vicario General, porque dos años más tarde el P. Maller fue obligado a empuñar las riendas del gobierno de la joven Provincia vicenciana de los Estados Unidos en calidad de sucesor del P. Juan Timón, promovido en 1847 a la recién creada Diócesis de Búfalo. Si su prudencia y santidad habían brillado en el Seminario y Diócesis de Filadelfia, puesto sobre el candelero, estas dotes brillaron por todos los Estados de la Unión, donde los «misioneros Paúles extendían sus apostólicas tareas».4

En los ejercicios espirituales hechos en Filadelfia en 1844 tomó una serie de resoluciones en que se reflejan las más ardientes aspiraciones de darse por entero a Dios y el más absoluto desprendimiento de todo lo temporal, como preparación a una buena y santa muerte, pues estaba muy enfermizo y amenazado de tuberculosis; pero este mirar, cara a la muerte, no era en él una actitud negativa y deprimente, sino vital y estimuladora que lo empujaba a aprovechar el tiempo, que Dios le iba otorgando, para perfeccionarse a sí mismo y a los demás.

Uno de los actos más importantes de su gobierno fue la unión que hizo de las Hermanas de la Caridad, fundadas por la venerable Isabel Setón, con las fundadas por San Vicente de Paúl. Cuando en 1808 las fundó la Madre Seton aconsejada por los Sulpicianos, que eran sus directores, estos las dieron por Reglas las que San Vicente había dado a las Hijas de la Caridad. El deseo de la fundadora y de sus directores hubiera sido injertadas en el árbol vicenciano; pero las Hijas de San Vicente estaban por esta época levantándose penosamente de la catástrofe revolucionaria y debatiéndose en el cisma napoleónico. Era menester aguardar a tiempos mejores. Hacia 1860 las Hijas de Caridad, por cuya casa Madre había pasado el viento renovador de las apariciones de la Virgen, se encontraban en pleno fervor y expansión y con capacidad para recibir esta incorporación predicha por la Virgen a Sor Catalina.

El P. Maller y las Hijas de la Madre Setón.

Por otro lado las Hijas do la Madre Setón se hallaban ya también a punto y preparadas para este paso trascendental. La fama de santidad del P. Maller se extendía desde Filadelfia hasta su casa Madre, que estaba en Emmitsburgo y le rogaron en 1846 que les diera los santos ejercicios; ruego que, con el permiso del P. Timón, aceptó el joven y santo Rector del Seminario, llevando a cabo el cometido «con tal fervor, unción evangélica, copia de doctrina y oportunidad que, aunque estaban acostumbradas a oír a Padres muy elocuentes y piadosos de la Compañía de Jesús, quedaron de él tan prendada» que, en lo sucesivo, no les fue fácil prescindir de su dirección. Este trato y dirección fue causa de que aquellas buenas Hermanas se fueran llenando del espíritu y doctrina de San Vicente, de que el P. Maller ha sido uno de los mas auténticos y eximios propagadores y representantes y de que se les encendieran todavía más los deseos de unirse al gran árbol vicenciano, que por estas fechas ya extendía su amplio ramaje desde los países norteños de Europa hasta el África y desde China hasta Hispanoamérica.

El empeño era difícil. Hacer encajar a más de trescientas religiosas con usos y hábito propios en otra Comunidad sin protestas ni estridencias no era cosa hacedera y, por tanto no era aconsejable. Esto es lo que dio a entender el Padre General cuando el Obispo de Natches, en nombre del Arzobispo de Baltimore y de las propias Hermanas, presentó el proyecto de unión El de Natches insistió y el P. Etienne, para ganar tiempo y poder informarse, exigió una petición oficial de las mismas Hermanas.

El 5 de abril de 1849 escribió al P. Maller rogándole que conferenciase sobre el asunto con Mons. Ecleston, Arzobispo de Baltimore, su superior eclesiástico, y que explorase la voluntad de las Hermanas y fuese luego a París a darle la respuesta. Cuando el P. Maller llegó a París con su informe el sulpiciano Deloul, el actual Director de las Hermanas de la Madre Setón, había presentado, en forma oficial, la petición de la unión, que unida a los informes favorables que traía el P. Maller determinó que el P. Etienne las otorgara su incorporación a las Hijas de San Vicente. Y para que la unión resultara más plena auténtica y perfecta el Padre General descargó al misionero español de su oficio de Visitador y le confió el cargo de Director Provincial de todas las Casas de Estados Unidos, erigidas en Provincia Canónica siendo su primera Visitadora la que antes era Madre General de la Comunidad. En el verano de 1849 el P. Maller convino y dejó listo, con el P. Etienne, todos los detalles y pormenores de la incorporación. El 7 de septiembre del mismo año el P. Deloul hizo al P  Maller entrega de su cargo y escribía a las Hermanas estas líneas de despedida:

«No tengo la menor duda que Dios escogió hace cuarenta años a los padres Sulpicianos para el establecimiento de las Hijas de Caridad en este país; pero andando el tiempo se establecieron aquí los Hijos de un mismo Padre, San Vicente de Paúl, que son los directores natos de sus Hermanas. Desde que los vi suficientemente establecidos, el .Señor me inspiró el deseo de poner las cosas en su propio lugar, y me hubiera considerado culpable de una grande e imperdonable negligencia el no hubiera seguido lo que entonces consideré y todavía sigo considerando una «inspiración de la gracia».

El 18 de octubre de 1849 el P. Maller hacía su primera visita oficial al valle de San José, de Emmisburgo; escribiendo dos días después a la Madre Etienne, antigua Superiora General de las recién incorporadas: «He visto a casi todas las Hermanas de la ciudad y he quedado altamente satisfecho de haber hallado en ellas las mejores disposiciones; satisfacción que comparte el propio Arzobispo de Baltimore».

En diciembre regresó con el P. Burlando, C. M., su futuro sucesor en el cargo. El 25 de marzo de 1850 estaba presente a los votos que toda la Comunidad hacía al Superior General de la Misión, a tenor de la forma prescrita por San Vicente a sus Hijas.

Con el fin de dejar el camino totalmente expedito al nuevo Director y ponerle al. abrigo de cualquier mal entendido, los antiguos Superiores eclesiásticos redactaron y levantaron un instrumento público, en que se hacía constar que:

«Habiéndose unido la Comunidad de las Hermanas de San José, de los Estados Unidos, por consentimiento propio de todos sus miembros, a la Comunidad fundada por San Vicente de Paúl’ con el nombre de Hijas de la Caridad, y habiendo las Hermanas hecho voto de obediencia el 25 de marzo al Superior General de dichas Hijas de la Caridad, ASÍ como los votos que se hacen en la Compañía; y habiéndose llevado a cabo la unión con la aprobación del señor Arzobispo de Baltimore, Samuel Eccleston, y con la del Superior de San Sulpicio, Procurador de las Constituciones, y con la del Superior General de la Comunidad de la Casa, Madre.

Por voto unánime de los miembros del Consejo se resuelve que, en el futuro, para el gobierno de los bienes temporales, para el nombramiento de Superioras, que en adelante se llamarán Visitadoras, y para nombrar oficiales y miembros del Consejo, las Hermanas han adoptado por este acto las Constituciones de la Comunidad establecida por San Vicente de Paúl, conocida en la Iglesia con el nombre de «Puellae Charitatis», o Congregación de las «Hijas de la Caridad», y han revocado, y de .hecho revocan, toda la cláusula de las Constituciones anteriores opuestas a las Constituciones nuevamente adoptadas. Hermana Ana Simeón Norris, Secretaria del Consejo. San José, 6 de noviembre de 1850.

Aprobado: Samuel, Arzobispo de Baltimore.

El cargo de Protector de la Comunidad de las Hermanas de la Caridad, ejercitado hasta el presente por el Superior de los sacerdotes de San Sulpicio, en los Estados Unidos, deja de existir. F. L. Homme, Superior de los sacerdotes de San Sulpicio. Aprobado: Samuel, Arzobispo de Baltimore, 15 de noviembre de 1850.»

Y para que la unión fuera más perfecta envió el P. Maller a París a la plana mayor, incluso a la Madre Etienne, para que, bebiendo durante un segundo noviciado en sus mismas fuentes el espíritu vicenciano, los pudieran transplantar a América con todas las garantías de completa autenticidad.

El prudente Director no cambió de pronto, y radicalmente todos los usos y costumbres,  pareciéndole más humano y divino a la vez el hacerlo gradualmente y según lo fueran pidiendo las demás Casas.

Casi todas ellas se fueron incorporando, sin más excepciones que las de Nueva York, Cincinati y Kentucky, ya anteriormente separadas, que prefirieron seguir bajo la obediencia de sus respectivos Obispos, dando lugar a tres ramas setonianas, que reconocen por Madre común a la venerable Isabel Seton. Las incorporadas a las de San Vicente crecieron extraordinariamente bajo el impulso que les dio el Padre Maller; de suerte que, diez años más tarde, de algo más de trescientas habían pasado a ochocientas, distribuidas en sesenta establecimientos, casi todos ellos de educación. Hoy forman dos Provincias, con más de dos mil miembros.

Sólo tres años duró la dirección del P. Maller, porque la sombra la mitra se cernía sobre él y hubo de  escapar a otras tierras para poder declinar este honor; pero fueron suficientes para que las Hermanas se dieran cuenta de lo que perdían y para que el injerto quedara consolidado y con una capacidad tal de expansión, que al culminar los cien años de la unión las Hijas de la Caridad se habían convertido en uno de los principales baluartes de la educación católica en Norteamérica.  Después de una gestión tan sabiamente conducida,  no es  de  extrañar  que  el Provincial de los  Sulpicianos R. P. Luis Deloul, que tantas veces tuvo que habérselas con él, les describiera como «el sacerdote cuya prudencia y sabiduría suplía lo que le faltaba en años».

  1. The Kenrik-Frrenaz Correspondence, 1830-1860 by F.E.T. (Filadelfia, 1920. Cs. 16-VIII-1942 y 20- VIII-1842, pg. 47 y 49.
  2. O.c. p. 116
  3. O.c. p. 208
  4. El sucesor del P. Maller en la rectoría del Seminario fue otro español- el P. Tadeo Amat. Precedentemente había sido Director de novicios en Santa María de los Barrens, y desde 1842, primer Rector del Seminario de San Luis de Misuri. En 1852 acompañó al Obispo Nman , en calidad de teólogo, al primer concilio plenario de Baltimore con tal éxito, que los Padres le presentaron al Papa para primer Obispo de Monterrey y Los Ángeles.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *