El P. Ángel Pano, otra gran figura de la misión de Cuttack

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Autor: Jesús Taboada · Año publicación original: 1981 · Fuente: Anales españoles, 1981.
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Del P. Pano se pudiera decir lo mismo que de San Juan de la Cruz: “Espíritu gifante en cuerpo desmedrada. Pemán hubiera añadido que “caminó por la vida de puntillas para no hacer ruido”.

Mi primer recuerdo de su figura fue en 1935, cuando yo cursaba teolo­gía en Cuenca. Era ya un rito obligado que todos los destinados a la India pasaran por Cuenca, la Cuenca misionera de los años 32-36. Por allí des­filaron los PP. Varona, Larrión, Tobar Pablo, Osés y, por supuesto, el P. An­gel Pano, acompañado de su condiscípulo P. Arbizu.

Allí se les hizo la despedida oficial ante el altar de la capilla de comu­nidad, después de la velada solemne organizada en su honor. Su paso por el estudiantado era una gracia extraordinaria que Dios nos deparaba. ¡Cuán­tas entregas misioneras suscitaron estos encuentros y despedidas!

El P. Pano fue quien tomó la palabra al final de la velada para darnos las gracias y desahogar su alma llena de “divinas impaciencias”.

Cuando en 1939 lo volví a ver en la playa de Gopalpur, su figura dimi­nuta, su barba bien poblada sobre un rostro enjuto y pálido, su leve cami­nar trabajosamente, quedaron indelebles en mis ojos y en mi espíritu… El P. Pano de 1939 era una sombra de aquel de Cuenca… Acababa de salir del trance mortal de la fiebre negra.

Desde entonces ya no pudo trabajar en la vanguardia misionera de los frentes de conquista. Durante mis vacaciones de 1940 en Gopalpur volví a presenciar cómo se debatía entre la vida y la muerte víctima, en esta oca­sión, de la disentería amébica, que le destruía las entrañas.

Gracias a los cuidados de las Hijas de la Caridad, recién llegadas de Es­paña, se repuso después de mucho tiempo. Desde entonces, el P. Angel —como se le llamaba en la misión— pasó la mayor parte de su vida en ese Gopalpur acogedor y tibio, con su brisa de atardecer y su calma chicha del mediodía…, con sus lluvias torrenciales de los monzones indios y su clima templado de noviembre y diciembre.

En el seminario de Gopalpur es donde más se perfila su vida: a) Como primer capellán de las Hijas de la Caridad, b) Párroco de la colonia angloindia; c) Apóstol incansable de los télegus de buena voluntad; d) Director del noviciado de Paúles indios, y finalmente, tras los paréntesis que supu­sieron su nombramiento de rector del seminario diocesano de Bhanjanagar y director provincial de las Hijas de la Caridad, la estancia final, de nuevo como párroco de su conocida feligresía.

Siempre dulce y amable, abnegado y cumplidor exacto del deber, los cuarenta y cinco años del P. Angel en la India han dejado un aroma de edi­ficación y ejemplaridad.

La provincia vicenciana de la India, formada en gran parte por él, le ha dedicado un número especial extraordinario, además de la obligada men­ción honorífica en el boletín mensual.

El recién nombrado Visitador, P. Antonio Netikat, uno de los primeros novicios formados por él, compendia sus méritos y virtudes en un escrito que encabeza este número extraordinario, al que siguen colaboraciones del P. Ibilcieta Fernando y Sor Angelina Beramendi.

El P. Netikat lo presenta como: “Auténtico misionero paúl, misionero  fervoroso, consejero prudente, sabio director del noviciado de la Congre­gación, hábil director espiritual de las Hijas de la Caridad y, ante todo y sobre todo, sacerdote modelo que vivió al máximo las exigencias de su consagración. La provincia vicenciana de la India —continúa el P. Netikat­ha perdido en él un gran misionero cuyo puesto y eficacia apostólica será difícil sustituir.” Y termina: “Lo que más ha quedado grabado en mi alma, especialmente en estos últimos años, ha sido su paciencia y su espíritu jovial a pesar de las enfermedades, sobre todo cuando le sobrevino la incipiente ceguera que le aquejaba. Los paúles de la India nos sentimos orgullosos de haber tenido como padre y guía, durante nuestros primeros pasos en la Congregación, a un hombre como éste, adornado con la joya de la más auténtica piedad” (Carta circular. Vijoy, Berhampur, 26-VII-1981).

El P. Fernando Ibilcieta, reconstruyendo su vida en Kattinga —el pri­mer destino que tuvo en la misión—, lo presenta como escalador de montes para visitar las aldeas cristianas perdidas en las selvas del Ganjam; como educador de juventudes, sobre todo como organizador de la juventud ca­tólica, que inició en diversas actividades, entre las que hicieron época re­presentaciones artísticas que tuvieron mucha resonancia, recibiendo invita­ciones para repetirlas en poblados importantes. A la sombra del veterano P. Venancio Marcos, que por aquellas kalendas era el rey del distrito de Kattinga, fue curtiéndose el P. Pano en las lides apostólicas de evangeliza­ción. Su mayor enemigo fue, desde el principio, la malaria. Uno tras otro, descargaron sobre él fuertes ataques que un día se convirtieron en “fiebre negra”, la más temible y peligrosa. No llevaba todavía dos años en el fren­te misionero. Tuvo que ser bajado a Surada en unas parihuelas, y por un milagro de Dios salió del peligro. Pero ya su salud no le permitió desafiar la jungla kattinguera, encrespada de fieras y, sobre todo, de mosquitos por­tadores de la malaria. Ya fuera de peligro, y dadas sus dotes de educador de juventudes, lo dedicaron por algunos meses a la formación de catequis­tas y maestros en la residencia de Surada. El clima de Surada no favorecía mucho su salud. Los superiores decidieron que probara el clima de Gopalpur, a la orilla del mar. Aún aquí le costó recuperarse. El estómago lo tenía deshecho con tantas medicinas. En 1940, precisamente no mucho des­pués de la llegada de las Hijas de la Caridad a la misión, le sobrevino un terrible ataque de disentería que lo volvió a dejar esquelético y casi moribundo. Los cuidados de las Hermanas lograron devolverle a la vida. El P. An­gel, repuesto y aunque débil, pudo ejercer de capellán de las Hermanas, nombrado párroco de aquella zona, poblada mayormente de angloindios jubilados y veraneantes.

Y así transcurrió su primera década de apostolado en Gopalpur: Silen­cioso, prudente, delicado, jovial para con todos y, ante todo, sacerdote de Cristo, sin cansancios ni alternativas desconcertantes.

Sor Angelina Beramendi, que le conoció en Gopalpur desde que fue nom­brado capellán en 1940, y además es la que más de cerca ha compulsado sus virtudes, resume así su semblanza espiritual:

“Es difícil resumir en pocas palabras todo lo que el P. Angel Pano ha sido para las Hijas de la Caridad. Desde que llegaron a Gopalpur en 1940, fue él quien nos inició en el apostolado; él quien nos ayudó a solucionar todos los problemas que surgían, sobre todo por el desconocimiento de la lengua, costumbres y lo que supone empezar una nueva obra (la casa-cuna para niños expósitos). Desde el primer día estuvo a nuestro servicio, lo mismo como intérprete que como profesor de inglés y de orya. Gracias a él pudimos organizar ayudas a las bandadas de mendigos que se agolpa­ban abigarradamente al saber que nos llamábamos servidoras de los pobres y queríamos hacer honor a ese nombre.

El P. Angel era la personificación de la tolerancia y el buen trato con lodos. Su profunda humildad y la sencillez y jovialidad eran fruto de su habitual empeño por vivir y cumplir la voluntad de Dios. Hombre de ora­ción, la recomendaba lo mismo que San Vicente. Su prudencia fue prover­bial, y ninguna recuerda, especialmente en los nueve años que fue nuestro director provincial, que traicionase la verdad o se dejara llevar de la parcialidad. Siempre dispuesto a ayudarnos, lo mismo en lo espiritual que en los problemas de la vida, su entrega al ministerio y servicio de las Herma­nas fue generosa y amable al mismo tiempo que respetuosa, de suerte que en todo momento su trato resultaba digno, agradable y provechoso. Desde que le conocí hasta sus últimos años, observé en él las mismas cualidades de sensatez, equilibrio y bondad, especialmente cuando estuvo dedicado a nuestro servicio. Yo diría que esos años fueron para él, lo mismo que para nosotras, años de mutuo enriquecimiento. Sus conferencias, inspiradas en el evangelio o en la doctrina de San Vicente, contribuyeron mucho para mantenernos y para crecer en el amor a Dios, a nuestra vocación y a los pobres.

Ahora que ha traspuesto los umbrales de este mundo para entrar en la casa del Padre, es cuando se acentúa nuestra añoranza por el que siem­pre fue gran misionero, extraordinario director de Hermanas, amigo que nunca defraudó, y al final de su vida, cuando ya no podía otra cosa, pru­dente y extraordinario confesor y padre de nuestra espiritualidad” (A Brief preciation of Father Angel).

El P. Urdangarín, que le conoció desde 1947 en Gopalpur como párroco, responsable de una escuelita para télegus, formador de las empleadas en la casa-cuna, iniciador de la fe de los niños y niñas que ya ascendían por la vida, lo recuerda: “Pasando largos ratos entre aquellos niños inocentes o visitando las familias católicas de angloindios. Era —dice– un delicado pastor de aquella reducida comunidad cristiana. Cuando volvía de visitar a los angloindios o pescadores télegus, simpatizantes con el cristianismo, siempre traía alguna anécdota interesante que contarnos.

Aunque su salud no era fuerte, era constante en visitar su parroquia, al estilo inglés. El P. Angel fue algo así como la última providencia, fiel guardián de la primitiva y vetusta casa que heredamos de los misioneros fran­ceses de San Francisco de Sales. Aunque apenas podía tener comodidad material por su estructura antiquísima, sabía hacernos sentir como en casa propia a los que bajábamos de la montaña para descansar unas semanas.

En sus primeros doce años de estancia en Gopalpur le tocó dirigir y arelar la construcción de la amplia residencia que allí mismo se hizo, primero como monumento de las bodas de oro del entonces Visitador de la Provincia de Cuttack, P. Tobar Pablo, y conmemoración, a la vez, de las bodas de plata de la misión de Cuttack.

En 1951, después de quince penosos años de sufrimiento en la India, pudo volver a España por primera vez para recobrar la salud y tomarse un descanso bien merecido. A su regreso en 1953 fue investido del cargo de director del seminario interno de la Congregación, inaugurado en diciembre de dicho año en un edificio —el “Stella Maris”— adquirido con este fin. Su espíritu vicenciano, junto con la prudencia y piedad, le distin­guían como el mejor misionero para esta delicada función. Durante cinco años lo desempeñó cumplidamente. Con razón se le mira como el forjador del espíritu vicenciano en la India. Todo su secreto fue: Espíritu de ora­ción, constancia y abnegada entrega a su cargo.

Gracias a su carisma, aquella plantita tierna del clero nativo vicenciano del año 1953 es hoy árbol frondoso con más de 75 padres y hermanos. Quizá sea éste el mayor mérito de su vida misionera en Cuttack.”

A finales de 1957 su salud volvió de nuevo a resentirse. Cayó gravemen­te enfermo y los médicos diagnosticaron “cáncer de estómago” en estado muy avanzado. Estuvo al borde de la muerte. El P. Franco Vicente, que en funciones de Visitador viajó a Cuttack por aquel entonces, recuerda el espectáculo que ofrecía el decaimiento del P. Angel, casi moribundo.

Se organizó una cruzada de oraciones para pedir su curación. Estaban interesados los de la India y cientos de Hermanas y misioneros de España. Se recurrió a Santa Teresita del Niño Jesús, a Pío XII, a la Milagrosa… El caso es que su curación fue asombrosa, inexplicable…, y se tuvo como milagro. En 1958 pudo viajar hasta España para reponerse del todo, y muy pronto pudo regresar con fuerzas para seguir siendo útil.

Desde 1961 a 1966 fue rector del seminario diocesano menor de Bhanja­nagar (antiguo Russelkonda). Trabajó con olusión y éxito en la formación de los jóvenes seminaristas.

En 1966, el Superior General le nombró Director de las Hijas de la Ca­ridad de la viceprovincia de la India. Fue el primero en asumir este cargo, anejo hasta entonces al Vicevisitador. La abnegación y la total entrega fue- ion las constantes de su nueva labor. Todas las Hermanas podrían hablar mucho de su espíritu paciente para escuchar y discreto en decidir. Nueve años en este apostolado sirvieron para enriquecer tanto a las Hermanas como a él mismo.

Transcurrido el período canónico, fue nombrado de nuevo rector del se­minario menor de Bhanjanagar. Otra etapa intensa de esfuerzos sacerdota­les para sembrar y cultivar la piedad y el espíritu de Cristo en aquellos futuros sacerdotes

Cuatro años resistió esta nueva encomienda, ya más comprometida y dura para su edad. Poco a poco le fueron faltando las fuerzas; sobre todo, le empezó a faltar la vista. Entonces los superiores le descargaron del de­licado puesto de rector y le nombraron párroco superior de Gopalpur. Y es allí donde, después de tres años, comienza a resentirse de sus antiguas do­lencias de estómago. Calladamente soportaba sufrimientos agudos y casi continuos. Los superiores, al comprobar que sus fuerzas se debilitaban vi­siblemente, acordaron que los médicos le reconocieran a fondo. En mayo de 1981 ingresó en la clínica de la Compañía de Aceros Tata instalada en Jamshedpur, inmensa ciudad industrial. Los análisis y radiografías compa­radas con los de 1957 dejaron asombrados a los médicos, que no podían comprender cómo el P. Pano hubiera podido vivir estos últimos veinticua­tro años. El cáncer le había invadido ya en 1958, pero parece que se amor­tiguó milagrosamente según ellos, y ahora había vuelto a reaparecer con violenta actividad.

Más bien por deseo de estudiar un caso tan infrecuente, los médicos sugirieron la intervención quirúrgica, y hasta le sometieron a una transfu­sión de seis botellas de sangre. El P. Angel, reactivado y sintiéndose mucho más fuerte, optó por volver a España y operarse allí.

El 9 de junio de 1981 llega a Madrid junto con el P. Urdangarín, enfer­mo éste del corazón. En seguida se sometió el P. Angel a examen médico, y aun conociendo toda la gravedad del caso, decidieron operarle a vida o muerte.

Aún duró varios días después de la intervención que le hicieron en la clínica de La Milagrosa. Allí, rodeado de los suyos y de muchísimas Her­manas que le visitaban frecuentemente, pasó los pocos días que sobrevivió.

El 4 de julio —antes del mes de su llegada—, cuando el reloj marcaba las 4,30 de la madrugada, expiró.

Los funerales fueron una demostración del espíritu misionero y de la simpatía que sienten Padres y Hermanas por la misión de Cuttack.

En los veintidós años que llevo en Madrid no he visto reunidos en el cementerio despidiendo un cadáver, tantos miembros de la doble familia vicenciana. El P. Alberto Román supo dar a su homilía un sabor oriental glosando pensamientos de Tagore y resumiendo en brevísimos rasgos la vida del P. Angel.

Y como un puñado de flores de loto traídas de la India, sonaron ante su tumba palabras en orya como presencia simbólica de muchos miles de cristianos que al recibir el telegrama lúgubre le lloraron y rezaron.

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