El nuevo Código del Derecho Canónico y las Nuevas Constituciones de las Hijas de la Caridad. (Parte segunda)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1983 · Fuente: Vincentiana.
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II. – Correlación entre el nuevo Código de Derecho Canónico y las Constituciones de las Hijas de la Caridad.

La Compañía de las Hijas de la Caridad es descrita en sus propias Constituciones como sociedad apostólica. La Iglesia también la reconoce como tal. Veamos algunas cuestiones:

1. – Descripción de las sociedades de vida apostólica en el nuevo Código.

Se inicia la descripción afirmando que las sociedades de vida apostólica «se acercan » a los institutos de vida consagrada.

A continuación se indican cuáles son los elementos constitutivos de dichas sociedades, diciendo expresamente que no emiten votos religiosos, diferencia importante desde el punto de vista canónico, entre los institutos de vida consagrada y las sociedades apostólicas.

Los elementos constitutivos de las sociedades apostólicas son:

  • el fin apostólico propio.
  • la vida fraterna en común, según la manera propia de vivirla.
  • la aspiración a la caridad perfecta por el cumplimiento de las propias constituciones.

En un segundo párrafo se añade: «Entre estas sociedades hay algunas en las que los miembros, mediante un vínculo defi­nido por las Constituciones, asumen los consejos evangélicos.

La descripción de las sociedades de vida apostólica nos suscitan varios interrogantes. Pero, antes de estudiarlos, me parece necesario advertir que su planteamiento, razonamiento y solucio­nes se hacen en clave canónica. Fuera de este espacio, sacando las cuestiones del contexto canónico o introduciendo elementos extra­ños, la confusión es casi segura.

a) Las sociedades apostólicas se acercan a los institutos de vida consagrada.

La primera cuestión es: qué significado dar al término latino «accedunt», que yo traduzco por «se acercan».

En la Comisión que revisó esta parte del ordenamiento canónico se discutió este aspecto. El Secretario de dicha Comisión hace notar que la expresión «se acercan» no va referida al canon en el cual se describen los institutos de vida consagrada, sino al conjunto de leyes que pueden ser comunes a dichos institutos y a las sociedades de vida apostólica, algunas de las cuales se pue­den aplicar y otras no.

Admitiendo como válida tal interpretación, hay que añadir que, objetivamente, la cercanía se da. Basta comparar los ele­mentos constitutivos de los institutos de vida consagrada y de las sociedades apostólicas, su estilo de vida y gobierno y sus com­promisos apostólicos. Precisamente, per esta cercanía objetiva, gran parte de la legislación puede ser común.

b) Las sociedades de vida apostólica ¿no son también institutos de vida consagrada?

La expresión «se acercan » ya puede ser una respuesta. Tam­bién esta cuestión, importante en el ordenamiento canónico, estaba flotando en las discusiones de la Comisión. La res­puesta, que creo se puede deducir de lo que establece el nuevo Código, es que las sociedades de vida apostólica no se consideran como institutos de vida consagrada. Sin embargo, hay que hacer una precisión en la cual, según creo, está el nudo de la cuestión.

La sociedades de vida apostólica no se consideran institutos de vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos, — es ne­cesario no separar consagración y profesión de los consejos evan­gélicos — porque la única consagración que el Código tiene en cuenta, en esta parte, es precisamente la que se realiza por la profesión de los consejos evangélicos.

Esta consagración, cuyo elemento constitutivo, primario y principal es la profesión de los consejos evangélicos, es la que gozan los institutos de vida consagrada y se definen por ella. Tal es el caso de los religiosos y de los miembros de los institutos seculares.

A la razón dada se puede añadir el hecho muy significativo de que nunca el c. 573, en donde, se describen los institutos de vida consagrada, es referido a las sociedades de vida apostólica.

El nuevo Código ha querido ser sumamente fiel a lo que establece la «Lumen Gentium » en el n. 44 sobre la naturaleza de estado religioso y no ha querido ampliar el contenido de la consagración «por los votos u otros sagrados vínculos análogos a ellos por los que se obliga el fiel cristiano a la práctica de los consejos evangélicos, entregándose a Dios, sumamente amado; entrega que crea una especial relación con el servicio y la gloria de Dios «.

En resumen: las sociedades de vida apostólica no son consi­deradas, en el nuevo Código, como institutos de vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos, pero ¿ quiere ésto decir que las sociedades de vida apostólica no gocen de consagración alguna propia? Ciertamente no. El nuevo Código ha querido ser práctico; ha escogido aquella consagración por la profesión de los consejos evangélicos como constitutiva de unos institutos y no ha dicho nada sobre otras posibles consagraciones.

Nadie pone en duda que, en algunas sociedades de vida apostólica, sus miembros se consideran consagrados por un título especial.

Si en los institutos de vida consagrada, reconocidos como tales en el nuevo ordenamiento canónico, la profesión de los consejos evangélicos es el punto clave de la consagración y el apostolado un quehacer al servicio del reino de Dios, en las sociedades de vida apostólica el punto central de la consagración es el apostolado y la práctica de los consejos evangélicos es un compromiso para que el apostolado sea más eficaz.

La naturaleza de la consagración de las sociedades apostólicas se deducirá del contenido de las propias constituciones y de otras premisas.

Quizás, para muchos, no será fácil comprender estos matices, pero la realidad histórica de muchas sociedades apostólicas pone de manifiesto este proceso y es clara la intención de muchos de los fundadores de estas sociedades.

De todas maneras, la Iglesia no ha sido insensible a este proceso histórico y a los matices, causa de las diferencias. La Iglesia ha reconocido la necesidad de una normativa especial, no obstante las opiniones de algunos canonistas que han propug­nado borrar del ordenamiento canónico a las sociedades apostóli­cas y la tendencia al uniformismo en la legislación.

c) Sociedades de vida apostólica, institutos religiosos y seculares.

Si cotejamos lo que el nuevo Código dice sobre los tres grupos, percibiremos mejor las diferencias, al menos las que resaltan más literalmente.

Canon 731 

Se acercan a los

ins­titutos de vida consagra­da las sociedades de vida apostólica, en las cuales, los miembros, sin emitir votos religiosos, se compro­meten conseguir el fin apostólico propio de la socie­dad y, viviendo fraternal­mente en común, tienden a la perfecta caridad por la observancia de las consti­tuciones.

Entre estas socieda­des hay algunas, en las cuales, los miembros, me­diante vínculo definido por las constituciones, asumen los consejos evangélicos.

 

 

Canon 607, 

& 2.     El instituto religio­so es una sociedad en la cual, los miembros, se­gún el derecho propio, emiten votos públicos perpe­tuos o temporales que se han de renovar pasado el tiempo, y viven fraternal­mente en común.

& 3.     El rendir testimonio público a Cristo y a la Iglesia por los religiosos supone la separación del mundo que es propia a la naturaleza y fin de cada instituto.

 

Canon 710, 

El instituto secular es ins­tituto de vida consagrada, en el que los fieles cris­tianos, viviendo en el siglo, tienden a la perfecta ca­ridad y se afanan por la santificación del mundo prin­cipalmente desde dentro (del mundo).

 

Si en las sociedades de vida apostólica se pone de relieve el fin apostólico y el no emitir votos religiosos, en los institutos religiosos se hace explícita mención de los votos públicos, perpetuos o temporales. En lugar de hablar del apostolado, se habla del testimonio público y de la separación del mundo, según la índole y naturaleza del instituto.

Sobre el apostolado de los religiosos, el canon 673 dice textualmente: «El apostolado de los religiosos consiste en primer lugar en el testimonio de vida consagrada, al que tienen que favorecer con la oración y la penitencia «.

Si de las sociedades de vida apostólica se dice que se acercan a los institutos de vida consagrada, de los institutos seculares se afirma que son institutos de vida consagrada.

Si de las sociedades de vida apostólica la vida fraterna en común es un elemento esencial, al hablar de los institutos secu­lares nada se dice.

Si del apostolado de las sociedades apostólicas sólo hay una referencia al fin propio de dicha sociedad, cuando se trata del apostolado de los institutos seculares se dice que es para la santificación del mundo, desde el mismo mundo o, como dice el «Perfectae Caritatis «: para poder cumplir eficazmente y en todas partes el apostolado en el mundo y como desde el mundo, para cuyo ejercicio han nacido».

Un estudio más profundo nos permitiría señalar otras di­ferencias. En realidad, los tres grupos responden a aspectos teológicos distintos y a espiritualidades y exigencias pastorales también diversas.

d) Lugar que el nuevo Código asigna a las sociedades de vida apostólica.

El término Código nos sugiere un ordenamiento jurídico unitario, rigurosamente sistematizado, con la sabida división en libros, partes, secciones, etc. y la correlativa enumeración de artículos y cánones, según se trate de un código civil o del canónico, y redactado en un lenguaje técnico propio. Este rigor en la sistematización hace que pueda tener también signifi­cado el lugar que una materia determinada ocupa dentro de todo el ordenamiento.

Las sociedades de vida apostólica están dentro del Libro I, cuyo título es Pueblo de Dios. Tiene tres Partes.

La Parte la trata de los fieles cristianos, de sus derechos y deberes. Como en el Pueblo de Dios, por institución divina, hay ministros o clérigos y laicos, se legisla sobre unos y otros, bien como personas, bien como asociados.

La Parte 1 la lleva como título: Constitución jerárquica de la Iglesia. Tiene dos Secciones; en la primera de las cuales se establece lo referente a la autoridad suprema : Romano Pon­tífice, Colegio episcopal, Sínodo de los Obispos, Cardenales, Curia romana y Legados pontificios. En la Sección segunda trata de la autoridad en las iglesias locales, con sus órganos de gobierno respectivos: Obispos, provincias y regiones eclesiásticas, concilios particulares, conferencias episcopales. Esta Sección ter­mina legislando sobre el ordenamiento de las iglesias particulares: Sínodo diocesano, Curia diocesana, consejos presbiterales, vica­riatos foráneos, parroquias y párrocos, rectores de iglesia y cape­llanes.

La Parte lila es la que más nos interesa. Se titula: Sobre los institutos de vida consagrada y sobre las sociedades de vida apostólica. Ya el título nos indica la doble sección en la que se divide.

Primero se expone la legislación común a todos los institutos de vida consagrada, parte de la cual se aplicará a las sociedades de vida apostólica. A continuación se trata de los institutos religiosos, el ámbito más amplio en donde se cuentan la mayor parte de los institutos de vida consagrada. Se legisla sobre todos los aspectos: erección de las casas, gobierno, admisión, pro­fesión, derechos y deberes, formación, separación del instituto, etc. También muchos de estos cánones se aplicarán a las sociedades apostólicas.

Al final de esta Sección, se trata de los institutos seculares, otro ámbito de los institutos de vida consagrada. Ninguno de estos cánones se aplicará a las sociedades apostólicas.

La Sección segunda se reserva a las sociedades de vida apostólica. En total son 16 cánones, siguiendo, poco más o me­nos, el esquema usado al tratar de los institutos religiosos. Es fácil ver la combinación entre lo que se deja a las propias consti­tuciones y lo que el Código establece en otros lugares, principal­mente al tratar de los institutos de vida consagrada, y más en particular, al tratar de los religiosos.

e) ¿Qué podemos deducir de lo expuesto?

Unidad en la diversidad. El Pueblo de Dios es uno, pero sus miembros tienen cada uno su don. La vocación a la santidad y la misión de servicio, comunes a todos los cristianos, piden, según el legislador, distintas maneras de llevarlas a cabo. A todos los cristianos: laicos o ministros sagrados, incorporados o no a institutos de vida consagrada o a sociedades de vida apostólica, se les ofrece, según su vocación, caminos distintos para llegar a la meta común: la entrega a Dios y el servicio al Pue­blo de Dios.

Diversidad y fidelidad. La diversidad de la legislación tiene como finalidad primordial la fidelidad a los carismas reci­bidos y mantener en pleno vigor los propósitos de los Funda­dores, reconocidos por la Iglesia.

Preferencia del ordenamiento canónico. Se establece un orden, no tanto por razones históricas o por exigencia de la sistematización del ordenamiento, sino más bien por el conte­nido. En la «Lumen Gentium», la profesión de los consejos evangélicos adquiere una relevancia especial. El estado canónico, cuya esencia está en la profesión de los consejos evangélicos, ocupa el primer lugar. Después vienen los que a dicho estado se acercan quienes, comprometiéndose también a la prác­tica de los consejos evangélicos de alguna manera, creen, sin embargo, que el propio ministerio y la actividad caritativa, confiados a ellos por la Iglesia y ejercidos en su nombre, están en la base de su entrega a Dios, total y plena.

– Comunión y experiencia. Se trata de un criterio para comprender mejor la diversidad de la legislación y, a la vez, la mutua referencia. Diversidad y afinidad se deben ver, no sólo desde lo que es propio, sino desde lo que es común; no sólo desde la pluralidad, sino también desde la unidad, principal­mente cuando el Código ha querido poner de relieve la idea de comunión en la Iglesia o la Iglesia como comunión.

A esta razón se puede añadir otra: la experiencia. Hay disposiciones que no son religiosas porque estén dentro de la le­gislación referida directamente a los religiosos, sino porque han demostrado que valen, también, para cualquier grupo de hom­bres y mujeres que, habiendo sentido la llamada de Dios, se han reunido en comunidad fraterna para llevar a cabo su entrega a Dios y realizar más eficazmente su servicio al Pueblo de Dios.

2. – Lo que la Compañía es jurídicamente, según sus propias Constituciones.

Hemos visto cómo el Código describe las sociedades de vida apostólica. Veamos ahora si las Constituciones de la Compañía corresponden a la descripción dada.

Es obvio, pero quizás convenga decirlo: Mi exposición se hace, ante todo, desde el punto de vista jurídico.

Antes afirmamos que la Compañía de la Hijas de la Caridad es descrita en sus propias Constituciones como sociedad apostólica, pero no adujimos razón alguna. Lo hacemos ahora.

a) El carácter apostólico de la Compañía.

Ya dijimos que el fin apostólico es una de las características de las sociedades de vida apostólica, según el nuevo Código. Las Constituciones de las Hijas de la Caridad se pronuncian en el mismo sentido: «La Compañía de las Hijas de la Caridad es una sociedad apostólica… «. Esto se afirma precisamente cuando se expone lo que la Compañía es en la Iglesia.

El texto citado es suficiente, porque no se trata ahora de comentar el sentido apostólico de la Compañía de las Hijas de la Caridad, ni de saber qué repercusión tiene en todo el entra­mado de las Constituciones y Estatutos. Se trata solamente de saber que se recoge en las Constituciones esta nota esencial del apostolado. Por otra parte, el sentido apostólico de las Hijas de la Caridad aparece evidente a poco que se sepa del pensa­miento de los Fundadores, de los origines de la Compañía y de su evolución histórica.

b) Vida fraterna en comunidad.

Es otro aspecto que caracteriza a las sociedades apostólicas según al nuevo ordenamiento canónico. Las Constituciones de la Compañía son igualmente explícitas: «Es una sociedad apostólica en comunidad…». Desde 1633 hasta hoy la vida en común ha sido una realidad ininterrumpida, fuera de causas mayores y externas a la misma Compañía. Las Hijas de la Caridad han sentido siempre la vida comunitaria «como uno de los apoyos esenciales » de su vocación. Tam­bién hay que decir que es otro aspecto evidente y que nadie pone en discusión.

El Código añade un inciso que tiene interés: «según su propia manera de vida». Todo grupo humano crea su estilo propio de vivir. Esto ha sucedido en la Compañía de las Hijas de la Caridad, no obstante su extensión por regiones de diversas culturas y la diversidad de sus obras. Este estilo o manera propia de vivir fue posible por el sentido de «uniformidad » que desde el tiempo de los Fundatores ha tenido la Compañía.

Las fuentes de esta manera propia de vivir hay que buscarlas, ante todo, en el espíritu y en la interpretación práctica que se ha dado a las tres virtudes básicas de la Compañía: la humildad, la sencillez y la caridad. Poco a poco se han ido creando las tradiciones y la normativa. Los reglamentos, las reglas comunes, los consuetudinarios, los formularios de oraciones, las disposi­ciones concretas de los superiores mayores, etc. han sido, por una parte, medios para fomentar la manera propia de vivir y, por otra, medios para adaptarla a las circunstancias cambiantes.

Hoy se ha dado paso al pluralismo, sin perjuicio de la unidad. Es un problema que se presenta como relativamente nuevo. Sabemos, además, cómo la Iglesia quiere renovar las relaciones mutuas de las comunidades. Las Constituciones aceptan la voluntad de la Iglesia. Es posible que se den oscilaciones entre algunos modos de vivir en el pasado y otros modos y maneras que se deben adoptar en el presente y mirando al futuro. En esta dirección van todo lo que las Const. y Estatutos dicen sobre la vida comunitaria y los nuevos cauces que se han introducido, como es, por ejemplo, el proyecto comunitario local.

c) La perfección de la caridad.

El canon 731 & 1 nos ofrece otro detalle: «tienden a la perfección de la caridad por la observancia de las consti­tuciones «.

Todos sabemos lo que significa tender a la perfección de la caridad y cómo todos los cristianos están llamados a ello. El detalle está en el camino que se indica: por la observancia de las constituciones. La aprobación de éstas por la Iglesia es garantía de que el camino es seguro.

Tender a la perfección de la caridad por la observancia de las Constituciones no se dice literalmente en el texto actual de las mismas. Ni siquiera como se expresaba en las Constituciones de 1954: «El fin general de la Compañía es procurar la gloria de Dios y la santificación de sus miembros por la práctica de los consejos evangélicos, de las virtudes cristianas, del apostolado y la observancia de las presentes Constituciones, así como de las Reglas que van anexas». Pero es evidente que la idea y el propósito están presentes en todo el contenido. El título feliz, dado a las actuales Constituciones: Dadas a Dios para el servicio de los po­bres viene a significar esa tendencia a la perfección de la ca­ridad. Otro indicio muy significativo es la afirmación de la consagración plena y total de la Hija de la Caridad a Dios, siguiendo a Jesucristo, fuente y modelo de toda caridad, sirvién­dole en la persona de los pobres. Sería absurdo pensar que esta idea no está en el centro de la vida de la Hija de la Caridad. La idea de los Fundadores es suficientemente evidente. Al fin, la Hija de la Caridad no busca sino ser perfecta cristiana, viviendo las exigencias del bautismo por el camino que le señalan las propias Constituciones.

d)  «Asumen los consejos evangélicos».

El & 2 del c. 731 tiene importancia especial para las Hijas de la Caridad. Efectivamente, la Compañía es una de las socie­dades de vida apostólica en las cuales sus miembros asumen los consejos evangélicos mediante un vínculo definido por las constituciones. Son, por tanto, dos los aspectos que debemos considerar: la asunción de los consejos evangélicos ; mediante un vínculo definido por las constituciones.

En cuanto a la asunción de los consejos evangélicos, las Cons­tituciones son claras, porque no sólo afirman el hecho de asumir dichos consejos evangélicos, sino que también exponen una am­plia normativa sobre al contenido de los mismos, el sentido espiritual que tienen en la Compañía, la preparación, las con­diciones, etc..

En cuanto a lo segundo, es decir, cómo las Constituciones definen el vínculo, nos encontramos con una novedad: «por medio de votos «no religiosos», anuales, siempre reno­vables. La Iglesia los reconoce tal como la Compañía los comprende en fidelidad a sus Fundadores».

La novedad está en la nueva expresión: votos no religiosos.

Merece la pena que nos detengamos un poco en esta defi­nición que las Constituciones nos ofrecen sobre el vínculo me­diante el cual se asumen los consejos evangélicos.

e) «Votos no religiosos «.

S. Vicente cualificó a los votos de las Hermanas como votos simples o privados. Era la terminología de entonces, aplicada a los votos no religiosos. Las Hijas de la Caridad hacían votos, pero no eran los votos que emitían las religiosas de entonces. Más tarde, la terminología jurídica cambia y los votos simples pasan a ser votos religiosos. Desde este momento en la Compañía se habla solamente de votos privados.

En las Constituciones de 1954 los votos de las Hijas de la Caridad se definen como «votos no públicos, sino privilegiados» en el art. 10. En el art. 450. se les define como «votos no públicos en el sentido canónico, privilegiados, reconocidos por la Iglesia; no se
emiten delante de un superior eclesiástico, ni aceptados por la Iglesia».
Las últimas asambleas generales se han esforzado en encontrar una formulación de la naturaleza de los votos, siempre queriendo ser fieles a la idea de los Fundadores. Las Constituciones presentadas a la S.C. de Religiosos e Institutos seculares (SCRIS) ofrecían esta definición: «Los votos son privados, en el sentido que esta expresión ha tenido en la Compañía desde sus orígenes: La asamblea era consciente de las objeciones que existían sobre el uso del término privado, sin más, a los votos de las Hijas de la Caridad. Usó, pues, el término privado, pero remitiéndolo al sentido que siempre tuvo en la Compañía desde sus orígenes. No se sabía entonces qué terminología iba a usar el nuevo de­recho canónico.

La SCRIS ha optado por la fórmula «votos no religiosos «. Cree que esta fórmula no traiciona, ni el sentido jurídico de los votos de las Hijas de la Caridad, ni la idea de los Fundadores. El nuevo Código admite la expresión «votos no religiosos » referidos a las sociedades de vida apostólica. Ahora existe una garantía. Se admite la fórmula en el ordenamiento canónico, lo que no se sabía al redactar las nuevas Constituciones.

La pregunta que nos hacemos ahora es: ¿Qué significa la expresión «voto no religioso», referida a los votos de las Hijas de la Caridad?

En ninguna parte del nuevo Código se dice cómo hay que entenderse dicha expresión. Se definen otras clases de votos, pero no precisamente ésta de voto «no religioso «. Tampoco conozco estudio alguno sobre este tema.

Sin salirme del espacio jurídico, creo que la expresión «voto no religioso» significa:

  • La Iglesia, no obstante las afinidades que estos votos tengan con los votos emitidos en los institutos de vida consagrada, sean religiosos o seculares, no los equipara a ellos, no los reco­noce en el mismo nivel jurídico, ni con el mismo significado.
  • Los votos de las Hijas de la Caridad son «no reli­giosos » porque no son totalmente públicos. No son aceptados por ningún superior eclesiástico en nombre de la Iglesia, como el Código define a los votos públicos .
  • Los votos de la Hijas de la Caridad son «no reli­giosos » porque no son totalmente privados, dada la evolución jurí­dica que los votos de la Compañía han sufrido desde sus orígenes hasta ahora. Para los canonistas es evidente que, en torno a los votos de las Hijas de la Caridad, existen muchos elementos de clara publicidad jurídica, como es, por ejemplo, la reserva en la dispensa, las condiciones de la admisión, la no libertad en determinar el objeto y extensión del voto, etc.
  • Si los votos de los religiosos están en el mismo origen jurídico del estado religioso, no sucede lo mismo con los votos de las sociedades de vida apostólica. Las Constituciones dicen literalmente: «Muy pronto en la historia de la Compañía, las Hermanas expresaron el deseo de ratificar su don total a Dios por medio de votos…». «Todas y cada una confirman perso­nalmente su donación total al Señor en la Compañía por medio de votos anuales, definidos por las Constituciones».

Desde la perspectiva teológica es posible señalar otros ele­mentos que explicarían el sentido de lo que se puede entender por voto «no religioso «, aunque creo que es, ante todo, una expresión jurídica.

«La Iglesia los reconoce tal y como la Compañía los comprende en fideli­dad a sus Fundadores».

Son otras ideas que completan lo dicho anteriormente. La obscuridad que la formulación jurídica, además de negativa, pueda suponer, queda en gran parte clarificada por esta alusión a lo que la Compañía ha entendido, siendo fiel a los Fundadores. Es importante que estos aspectos hayan sido reconocidos por la Iglesia, como explícitamente se dice. Así se crea un amplio y seguro espacio para la reflexión, y no sólo en lo que al signifi­cado espiritual se refiere, sino también, según creo, al significado jurídico.

En resumen, la nueva formulación de los votos de las Hijas de la Caridad me parece aceptable porque, en definitiva, no les priva de la idea de San Vicente. Esta idea está muy bien expre­sada en una carta al P. Portail. Se refiere directamente a los votos de los misioneros pero, creo que en la concepción vicenciana sobre los votos, no hay diferencia sustancial. Esto es lo que S. Vicente escribe: «… que la providencia de Dios ha inspirado finalmente a la Compañía esta santa invención de ponernos en un estado en el que tengamos la felicidad del estado religio­so… » pero sin ser religiosos.

f) La consagración de las Hijas de la Caridad según las Constituciones.

Dije poco ha que, por lo que del nuevo Código colijo, las sociedades de vida apostólica no son consideradas como institutos de vida consagrada en el nuevo ordenamiento canónico. Pero el que no se las considere consagradas, no quiere decir que no lo sean. Ni los documentos del Concilio dicen todo, y mucho menos el Código. Existen otras disposiciones de la Iglesia que orientan a quienes atañen, por ejemplo, las constituciones apro­badas por la Iglesia para los miembros de los institutos respec­tivos.

No ignoro la amplia problemática que existe sobre la consa­gración, tanto en el campo de la teología como en el campo del derecho. El mismo término «consagración » ofrece dificultades en su contenido y aplicación; sobre si existen o no otras consa­graciones distintas a las sacramentales; si existe o no consa­gración religiosa y en qué consistiría; sobre la necesidad de la profesión de los tres consejos evangélicos clásicos para que exista consagración religiosa o semejantes, etc..

Considero, también, que trasplantar, sin más, la doctrina de la consagración religiosa a otros campos, como es el de las sociedades de vida apostólica, puede dar origen a bastantes confusiones.

Por todo lo dicho, opino que el camino más seguro para saber todo lo que a la consagración de la Hija de la Caridad atañe, es partir de los textos constitucionales ya definitivamente aprobados.

Veamos dos cuestiones fundamentales:

  1. – Las Constituciones afirman la consagración de la Hija de la Caridad.
  2. — Las Constituciones expresan los elementos consti­tutivos de la misma.

1ª- «… fieles a su bautismo y en respuesta a un llama­miento divino se consagran «.

Cito solamente los pasajes en los cuales se expresa lite­ralmente el hecho de la consagración de la Hija de la Caridad:

  • «Las Hijas de la Caridad… se consagran por entero «. Esta afirmación tiene valor especial por darse cuando las Consti­tuciones describen lo que es la Hija de la Caridad, según el espíritu de los fundadores, cuando tratan las Constituciones de poner en claro la identidad de la Hija de la Caridad.
  • «El Servicio es para ellas la expresión de su consa­gración a Dios en la Compañía y le comunica su pleno sentido «.

También esta afirmación es muy importante porque ilumina la naturaleza de la consagración que la Hija de la Caridad goza.

«Para servir a Cristo en los pobres, las Hijas de la Ca­ridad se comprometen a vivir su consagración bautismal mediante la práctica de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia que reciben del servicio su carácter específico».

Se expresan en todos estos textos la mayor parte de los elementos que entran en juego para conocer el contenido de la consagración de la Hija de la Caridad: bautismo, servicio, con­sejos evangélicos para servir a Cristo en los pobres.

2ª – Elementos que integran la consagración de la Hija de la Caridad.

Sin salirnos del texto de las Constituciones se pueden enu­merar los siguientes:

  1. La consagración de la Hija de la Caridad es exi­gencia y proyección de la consagración bautismal. Toda consa­gración de la que pueda ser capaz el cristiano se fundamenta en el bautismo. En esto no hay discrepancia entre los teólogos.
  2. En la consagración de la Hija de la Caridad, la iniciativa es de Dios: «en respuesta al llamamiento divino». Para algunos teólogos de la vida religiosa la consagración en estos institutos, no es claro que la acción de Dios sea la primera; la ven más que nada como compromiso del hombre. Las Constituciones de las Hijas de la Caridad han hermanado ambos elementos: respuesta humana a la llamada divina. La iniciativa es de Dios, pues es El quien llama.
  3. Aunque la iniciativa sea de Dios, no se debe minus­valorar la respuesta del hombre quien, desde su libertad, acepta la llamada. La llamada sin respuesta o no tiene sentido o es una irresponsabilidad. La llamada aceptada es gracia y don completos.
  4. Toda consagración es donación plena: «se consagran por entero «. Esta plenitud se expresará en la totalidad y radi­calidad de los compromisos que de la consagración se derivan.
  5. Toda consagración es, ante todo, personal; sin em­bargo, también puede ser comunitaria. Es más, en las consa­graciones cristianas el aspecto eclesial o comunitario siempre se da. Toda consagración es don para la Iglesia. Esta base comuni­taria se puede acentuar; puede tomar cariz más definido. La consagración de la Hija de la Caridad es comunitaria: «en comunidad «. Este elemento supondrá unas relaciones especiales de la consagración y sus efectos en todo el ámbito de la vida comunitaria.
  6. La razón de la consagración de la Hija de la Caridad es el servicio de Cristo en los pobres «. Este elemento está en lo más céntrico de la consagración de la Hija de la Caridad.
    Es como el núcleo de la misma; su elemento específico y, por tanto, lo que la diferencia teológicamente de otras consagraciones semejantes, en concreto, de aquellas cuyo núcleo es la profesión de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Por esto, las Constituciones recalcarán que «el servicio es la expresión de su consagración y la que le da el pleno significado». Es la razón y el fin de la consagración en la Compañía.
  7. Así como el espíritu evangélico de humildad, senci­llez y caridad dan el matiz propio a toda la vida y acción de la Hija de la Caridad, estas virtudes también matizan la consa­gración que se realiza en la Compañía: «con espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad «. La presencia de otras virtudes, como son la pobreza, la castidad y la obediencia no deben eclipsar el valor de las tres virtudes, que caracterizan a la Hija de la Caridad, en lo que a su consagración se refiere. Es más, la pobreza, la castidad y la obediencia deben igualmente ser ilumi­nadas y vistas desde la humildad, sencillez y caridad.
  8. El servir a Cristo en la persona de los pobres, supone el seguimiento a Cristo muy de cerca y muy íntimamente. Por ello, las Hijas de la Caridad, en razón de su consagración, se comprometen a vivir «totalmente y radicalmente » los con­sejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia porque así se hacen más disponibles para cumplir con el fin de la Compañía : servir a Cristo en la persona de los pobres. Parece claro que los consejos evangélicos clásicos de pobreza, castidad y obediencia son, a la vez, exigencia de una consagración plena y fuente de energía y fuerza espirituales que potencian la misma consagración de la Hija de la Caridad hacia su finalidad. Las Constituciones se pronuncian en este sentido cuando dan el sentido de los votos, por los cuales se asumen los consejos evan­gélicos.
  9. La consagración se ratifica por los votos, tal como lo establecen y definen las Constituciones. Es como el sello acep­tado por la tradición de la Iglesia, añadiendo valores espirituales nuevos, como son: la virtud de religión de la que el voto es su acto supremo; el de la fidelidad que se fundamenta en la fe; y los valores humanos inherentes a todo compromiso humano serio y responsable.

Todos estos aspectos pueden y deben ser comprendidos a la luz de la Teología y del pensamiento de los Fundadores.

San Vicente dijo todo esto con palabras bien sencillas : «Vosotras sois pobres Hijas de la Caridad, dadas a Dios para el servicio a los pobres».

g) La Compañía de las Hijas de la Caridad ¿se «acerca» a los institu­tos de vida consagrada?

Antes planteamos la cuestión en general, es decir, refirién­donos a los institutos de vida apostólica. Ahora la pregunta la hacemos pensando en la Compañía de las Hijas de la Caridad. La respuesta es afirmativa: Entre la Compañía de las Hijas de la Caridad y los institutos de vida consagrada hay verdadera cercanía. Basta tener en cuenta los elementos integrantes de todas estas instituciones. La cuestión es tan evidente que no merece la pena detenerse en ella. Invito a que se cotejen los cc. 607, 710, 731, con lo que acabamos de exponer en las páginas anteriores.

Lo más importante que esta cuestión sugiere es saber si­tuarse bien ante la cercanía y la distancia correlativas, para evitar todo movimiento indiscriminado en uno u otro sentido. La Compañía de las Hijas de la Caridad no es ni un instituto religioso, ni un instituto secular, ni una asociación de laicas, no obstante las afinidades que entre todas instituciones existen.

La historia de la Compañía nos enseña que no ha sido fácil el saber mantenerse en el propio puesto. Unas veces, ha sido la «religiosización» y otras, la secularización. No siempre se ha interpretado bien lo que la Compañía es según la mente de los Fundadores. Los signos y expresiones que la misma Com­pañía ha ofrecido a veces, no han sido siempre los más concor­des con su propia indentidad. Quizás sea un peligro general inherente a las sociedades de vida apostólica. Un canonista, refiriéndose a algunas de estas sociedades, ha escrito: «Des­mienten con las palabras lo que hacen en la realidad».

San Vicente y Santa Luisa fueron originales en la fundación de la Compañía, pero no siempre su originalidad era fácil de comprender. Santa Luisa tuvo que explicárselo al Procurador general. S. Vicente temió que sus hijas fueran tenidas por lo que no eran. Si ambos Fundadores consiguieron plasmar la idea de la mujer consagrada al apostolado activo, las estructuras sobre las cuales apoyaron la idea no han encontrado fácil acomodo dentro de los ordenamientos jurídicos comunes hasta ahora habidos. De aquí ha nacido otra serie de dificultades, incluso con la jerar­quía de la Iglesia. Varias veces los Superiores generales han tenido que esclarecer lo que las Hijas de la Caridad son, según el propósito de los Fundadores.

En épocas de renovación y adaptación, o de aplicación de las renovaciones y adaptaciones ya establecidas, el discernimiento es necesario. Es muy cierto que el espíritu es lo principal, pero la encarnación del espíritu también tiene importancia, incluso su expresión jurídica.

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