El incendio del Bazar de Caridad (4 de mayo de 1897)

Francisco Javier Fernández ChentoHistoria sin categorizarLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Fuente: Ecos 1997.
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“Cuando en el atardecer del 4 de mayo, los ángeles que sirven de secretarios a Dios para tener al día el gran libro de los Humanos y anotar, a medida que se asoman al umbral de la Eternidad, a todos aquellos que dejan las humanas mo­radas, vieron agolparse de pronto un gran número de almas y aunque habituados a no asombrarse de nada, no dejaron de asombrarse.

Cuando, llegados a la columna en la que deben anotar el género de muerte que pone ante el Creador a la criatura todavía conmovida por los últimos temblo­res de la vida y oyeron a san Pedro, que ejerce de escribano, repetir tras cada nombre la misma fórmula: “Muerto en el campo del honor”, creyeron que se trataba de una guerra de esas a las que los humanos tienen por costumbre entregarse.

Cuando anotaron los nombres y se dieron cuenta de que se trataba de mujeres de todas las edades, de todas las condiciones, abuelas y nietas, patricias y criadas, religiosas y madres de familia, el asombro se reflejó en todos los rostros, se detuvieron las plumas y lo mismo que hubiera ocurrido aquí en la Tierra en una escuela infantil, uno de los secretarios lanzó, a modo de interrogante, este frag­mento de frase: “¿En el campo del honor?” San Pedro, bondadosamente, aclaró: “En el campo de la Caridad”.

Con esta introducción (de fecha 30 de mayo de 1897) empieza el libro Muertes en el campo del honor, escrito por Paul Fesh (imprenta Flammarion, calle Racine, 26, París).

Las líneas que preceden requieren una explicación.

En esta época —la segunda mitad del siglo xix— era costumbre que importan­tes y generosas damas organizaran ventas en las que ellas mismas ofrecían a com­pradores, no menos generosos, miles de objetos de arte o de fantasía, para poder, con el importe, aliviar las miserias sin número que se refugian en una gran ciudad.

El “Bazar de la Caridad” era una institución muy conocida, destinada al sos­tenimiento de varias obras” importantes, patrocinadas por la alta sociedad pari­siense. Había abierto sus puertas el 3 de mayo de 1897. Pensando, con razón, que hacer crecer la afluencia de visitantes significaba aumentar la parte de bene­ficio que correspondería a los pobres, los principales organizadores de la obra, los señores Henry Blount y el barón de Mackau, quisieron despertar la curiosidad mediante el atractivo de una innovación original:

El comité organizador trasladó, pues, aquel año el Bazar de la Caridad, que no tenía local propio, a la calle de Jean Goujon, a dos pasos de la plazoleta de los Campos Elíseos, en un terreno que les habían prestado amablemente. Allí hicieron construir con madera tapizada con géneros muy decorativos, una imitación de tiendas medievales, con lo que intentaban dar a la calle el aspecto del “viejo París”. Un tejado formado por una gran plancha de madera embreada cubría el conjunto de las pintorescas tiendas, ofreciendo una serie de filas paralelas de techumbres puntiagudas. Se podían leer títulos legendarios: El León de Oro, El Gato con Botas, etc., que servirían de cajas para cobrar el importe de las ventas. Esa reconstrucción de una calle medieval iba rodeada de un cercado de tablas de madera de pino, dando su fachada a la calle y limitando al otro extremo por las altas murallas que suponían las casas vecinas, con un espacio libre en dos costados. El Bazar medía 80 metros de longitud y 13 de ancho.

Como atractivo suplementario, se había instalado en el Bazar un cinematógrafo que ponía una nota de modernidad en el conjunto medieval.

El 3 de mayo se inauguró la venta. Desde el primer momento, el programa de los organizado­res se desarrolló según lo previs­to. Una afluencia enorme en la que predominaba la “flor y nata” de la aristocracia se agolpaba ante los mostradores. Muchos compradores vaciaban genero­samente sus bolsillos, sin rega­tear, para adquirir menudos “bi­belots”. En medio de este público selecto, divertido por el escenario improvisado con tanto ingenio, el hábito de paño gris, el cuello blanco y la “corneta” de las Hermanas de la Caridad, que en medio de aquella alegría bu­lliciosa, con apariencias un tanto frívolas, hacía recordar a la asis­tencia el carácter y la finalidad de la reunión. La sala oscura del séptimo arte tuvo también un éxi­to tal, dada su novedad, que mu­chos tenían que esperar para poder entrar y pasaban ese rato en el bar. El cine había mostrado ya una carrera de automóviles, la una iglesia, una vista del cortejo de la “micaréme”, lo que en llama “el entierro de la sardina”.

 

* A título indicativo, se pueden señalar entre las más de 150 instituciones diversas, los nom­bres siguientes:

Círculos católicos de obreros: Señora Gréau.

Conferencia de San Vicente de Paúl de Nuestra Señora de las Victorias: Señora Lacan. Hospital homeopático Hahnemann (atendido por las Hermanas de San Vicente de Paúl): Señora L’Hóte.

Obra de las Misiones de Oriente: Señora del almirante Freycinet.

Obra de los Hermanos de San Juan de Dios: Señora H. Cochin.

Obra de San Vicente de Paúl, de la calle Tombe-Issoire: Señora Dormeuil.

Patronato de detenidos y liberados: Señora de Wist.

Obras de las Hermanas de San Vicente de Paúl, cate Ruty: Sor Vicenta.

Obra de Sor Rosalía: Marquesa de Montagnac.

Obra general de los Patronatos de la Sociedad de San Vicente de Paúl: Condesa Ad de Bagneux.

 

Al día siguiente, 4 de mayo, el aspecto del Bazar era idéntico; es posible, incluso, que la visita del nuncio apostólico hubiera atraído más gente todavía que la víspera.

Hacia las cuatro de la tarde, la fiesta estaba en todo su esplendor, cuando se oyó de pronto un grito: “¡Fuego!” La llama provocada por la explosión de la lámpara del cine, instalada en una salita que daba a la galería, después de haber prendido en las cortinas, estaba devorando la gran techumbre de 500 metros cuadrados que cubría todo el Bazar. Como una estrella errante y en menos de un segundo, con una especie de rugido espantoso, el fuego recorrió los 80 metros del conjunto, abrasando decoraciones, cebándose en la madera y consumiendo los mostradores de la venta que transformó en otras tantas trampas fatales. El fuego lo devoraba todo: el techo, el suelo, las fachadas. Las mujeres y los niños se habían transformado en antorchas vivas y gritaban como condenados. Pronto, tras los gritos se dejó oír el crujido del incendio. El terror se apoderó de la gente, que se veía rodeada por las ascuas.

Se dio un impulso desordenado, un empuje furibundo que, fatalmente, debía producir, ante todas las puertas, un bloqueo que impedía la salida desenfrenada de las pobres mujeres que intentaban escapar de aquellas llamas de las que se veían rodeadas a derecha e izquierda, de aquella lluvia de fuego, de brea ardien­do, que caía del techo.

Un millar de personas se precipitaron, con los brazos tendidos, hacia la salida. Los primeros que iniciaron el éxodo llegaron a las puertas giratorias y, en su pánico, empujaron por los dos lados a la vez, con lo que bloquearon toda salida.

Uno de los que pudo escapar consiguió que se desbloqueara la puerta, detrás de la cual una masa de gente, lanzando gritos, seguía agolpándose. Una vez conseguida la apertura pudieron apreciarse montones de cuerpos pisoteados por los que huían.

Las vigas iban cayendo unas sobre otras, el fragor de la hoguera cubría los últimos gritos. Y, de pronto, en un lento estallido, el edificio que no era ya más que un esqueleto hecho llamas, se abatió con un fulgor de chispas. Al caer brusca­mente, el tejado cubría a las víctimas muertas, quemadas, asfixiadas, como un sudario incandescente. Y se produjo el gran silencio de la muerte.

En apenas media hora, todo había terminado y de aquel salón tan animado no quedaban más que escombros humeantes y cadáveres carbonizados.

Entre los varios centenares de personas que habían podido abrirse paso entre las llamas y salir ya a la calle Jean Goujon, y al solar que quedaba detrás del Bazar, algunas, muy maltrechas por las llamas, sucumbieron.

En los lugares del siniestro se daban escenas desgarradoras. Millares de personas, inquietas por la suerte de sus seres queridos, se buscaban, se llama­ban. En medio de aquella escena de horror, se acercaban a los cuerpos irreco­nocibles e intentaban descubrir quién a su mujer, quién a sus hijos, quién a sus amigos.

Mientras se suministraban los primeros auxilios a los heridos, se empezó a recoger los escombros. Los cuerpos se trasladaban al Palacio de la Industria. Pronto pudieron contarse ciento diecisiete, todos horriblemente desfigurados.

Entre los cadáveres pudo reconocerse al de una Hija de la Caridad, de rodillas: su “corneta>, no había ardido por completo, sus manos carbonizadas estaban juntas, con un rosario colgado del brazo. Se la transportó al Salón del Palacio de la Industria, donde se colocaron los cadáveres en largas filas. Esta Hija de la Caridad era sor Ana María Noemi Juana de Ginoux (conocida por sor María). Había nacido el 2 de junio de 1863; vocación, 16 de enero de 1886; primeros votos: 19 de julio de 1890, Superiora de la Comunidad de Rancy, en las afueras de París.

Se encontró y reconoció también el cuerpo de otras dos Hijas de la Caridad: sor Lucía María Cecilia Dehonat (sor Vicenta), nacida el 22 de noviembre de 1871; vocación, 1 de septiembre de 1894, que falleció antes de la fecha señalada para sus primeros votos; también de la casa de Rancy; y sor María Adela Sabatier (sor María Magdalena), nacida el 29 de agosto de 1830; vocación, 15 de enero de 1853; primeros votos, 31 de mayo de 1857, de la casa de Saint-Louis-en-l’Ille, calle Poultier. Esta última iba acompañada de una joven adicta a la casa, Léonie Gui­Ilaumet, Hija de María, de la que se encontraron también los despojos mortales. Otra Hermana, sor Teresa Francisca María Lebon, resultó gravemente quemada.

Varias personas acudieron espontáneamente a declarar que debían la vida al heroico valor y a la sublime abnegación de estas santas mujeres.

El 5 de mayo se publicaron las listas de las víctimas, a medida que se las iba reconociendo. A la cabeza de las mismas iba el nombre de la duquesa de Alencon, hermana de la emperatriz de Austria. A continuación, seguían 130 nombres.

El sábado 8 de mayo, el Gobierno mandó celebrar un solemne funeral por las víctimas.

El Cardenal Richard, Arzobispo de París, que se encontraba en Roma, regresó inmediatamente para presidir la ceremonia. En la catedral recibió al Presidente de la República, don Félix Faure. Estaban igualmente presentes los miembros del Gobierno, del Senado, de la Cámara de los Diputados, del Consejo Municipal, del Consejo General, el Prefecto del departamento del Sena, el Lord-Alcalde de Lon­dres, el Nuncio apostólico y numerosos embajadores. El centro de la nave estaba ocupado por los miembros de las familias de las víctimas. La Compañía de las Hijas de la Caridad era la más probada entre las Congregaciones presentes en el Bazar de la Caridad.

Por la tarde, el Cardenal Richard hizo varias visitas y entre otras, vino a la Casa Madre, calle del Bac. Las Hermanas se encontraban haciendo la oración de la tarde. La Madre Lamartinie hizo que se reunieran todas en el patio Santa María. Allí, en presencia de tan numerosa familia, el Cardenal pronunció algunas palabras llenas de paternal afecto, con las que expresó la parte que tomaba en el duelo de la Comunidad. Terminó dando su bendición.

El señor Presidente de la República envió a un oficial de su casa militar para que expresase a la Comunidad sus sentimientos de condolencia.

El domingo siguiente, la Duquesa de Orléans se personó en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad para expresar sus sentimientos de afecto. Visitó el Semi­nario y tuvo especial interés en ver a la Hermana que había recibido tan graves quemaduras en el incendio. Terminó su visita con una oración en la Capilla.

Apenas se iba teniendo conocimiento del desastre, que afectaba a las obras caritativas en favor de las cuales funcionaba el Bazar de la Caridad, proporcionán­doles todos los años importantes recursos, por todas partes se iban preocupando de facilitarles las mismas subvenciones. Con esa finalidad, se abrió en las oficinas del periódico Le Figaro una suscripción que, en pocos días, alcanzó un millón.

Pero la caridad católica iba a manifestarse de manera más sorprendente y admirable. Un generoso donante anónimo quiso completar personalmente la dife­rencia entre los ingresos del Bazar de la Caridad de aquel año con los del año anterior, mediante un donativo de 937.488 francos, que, añadidos a la cantidad de 45.000 francos, recogida el primer día, representaban exactamente el producto de la venta de 1896.

Otra persona donó un millón para reconstruir un edificio destinado a las reunio­nes de caridad.

El Cardenal Richard abrió una suscripción en el Arzobispado con el fin de adquirir el terreno de la catástrofe y elevar en él un monumento destinado a la oración y a la caridad.

* * *

Frente a este acontecimiento dramático cuyo centenario celebramos este año, solidarias también con todas las catástrofes naturales o provocadas por los hom­bres, como las guerras, hagamos nuestra, adaptándola a las situaciones concre­tas en que vivimos y en los países en que nos encontramos, la oración formulada, al día siguiente del siniestro, por el Cardenal Perraud, en los funerales celebrados por las víctimas del incendio del Bazar de la Caridad en la iglesia de San Luis de los Franceses, de Roma:

“iOh amadas víctimas de la Caridad! Nos dirigimos a vosotras para rogaros que pidáis y obtengáis, allá en el cielo, que acaben todos nuestros tristes desacuerdos. Al precio de las llamas de la hoguera de Ruán, nuestra inmortal Juana de Arco dejó una Francia en la que acabaron las diferencias entre armagnacs y burguiñones, y en la que no hubo ya sino franceses. Solicitad en favor nuestro una gracia semejante y que vuestro sacrificio, transformándose para nosotros en lluvia de bendiciones, restaure en nuestra patria la uni­dad, en la verdad y la caridad”.

 

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