El Hermano Coadjutor de hoy (1969)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Eligio Rivas, C.M. · Año publicación original: 1969 · Fuente: Anales españoles.
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El Concilio Vaticano II sopló aires de renovación en todos los ámbitos de la Iglesia. El mundo evolucionó con los siglos y la Iglesia de Cristo, divina, pero al mismo tiempo anclada en este mundo, ha de acomodarse al paso de los tiempos.

El Decreto «Perfectae Caritatis» nos dice qué es lo que debemos hacer los Religiosos: «Acomodarnos a las necesidades de nuestro tiempo, obrando a la vez en nosotros mismos una verdadera reno­vación espiritual, la cual ha de ocupar siempre el primer lugar» («Perf. Carit.», 2-2).

Adaptación sin renovación sería relajación. De hecho, el avance ha sido mayor en lo primero que en lo segundo, no sin cierto sno­bismo.

En lo que toca a los Hermanos Coadjutores, esta revitalización, y en parte rehabilitación, se hacía sentir desde hace tiempo. Desde luego, debemos volver a las fuentes para imbuirnos de aquellas vir­tudes que San Vicente insistentemente nos inculcó. Esencial es al Hermano, como al Sacedote, llenar su vida de un ideal, de conte­nido. Sólo llenándola de Cristo será alegre y valdrá la pena.

Aún deberá completarse con algo. Nacida la Congregación en una época en que la cultura era patrimonio de muy pocos, las voca­ciones para Hermano salían, en general, de la clase ignorante. Dentro de la Congregación, así eran los tiempos, su situación cultural no mejoraba. Cambió el mundo y la cultura se fue universalizando; el tradicionalismo monástico no siguió sus pasos y el Hermano Coad­jutor llegó a nuestros días prácticamente con el bagaje de los tiempos de San Vicente. Como la poca cultura lleva aparejado el poco aprecio en la sociedad, su estado vino a ser poco reputado.

Se oyen, a veces, voces que dicen que su función ya pasó, que no es de estos tiempos. A uno se le ocurre preguntarse, ¿es que los Fun­dadores, en el aspecto puramente laboral, no le encontraron sustitu­tivo? Más que hoy. Sin embargo, no lo hicieron. Algo más representa- ha para ellos. ¿Es que acaso no es hoy testimonio, ante el pueblo de Cristo, el ejemplo de un hombre entregado al trabajo (el campo es insospechadamente extenso), adornado de la pobreza, virginidad y obediencia, con dedicación plena a Dios, por Jesucristo? Si esto es y será siempre válido, también lo es la vocación de Hermano. Los Documentos Conciliares implican y confirman esta vigencia. («Perf. Caritatis», 10, 15; «Eccl. S.», 27; «Lum. Gent.», 46, etc.)

Querer juzgar a toda una parcela por la forma concreta como operan algunos de sus individuos, sería exponerse al mismo repro­che. Querer arreglar las instituciones, suprimiéndolas, absurdo.

La renovación se ha hecho necesaria; la adaptación se impone, sobre todo para el Hermano, más desfasado que el resto. Hay que elevar su nivel espiritual, cultural, social. Nadie debe asustarse por ello. San Vicente dio a los Hermanos los puestos de que eran ca­paces. Siguieron su ejemplo sus inmediatos sucesores. Un ligero recorrido para refrescar nuestras lecturas nos convencerá:

Los H. Ducorneau, Chollier y Robineau fueron secretarios y archi­veros, alguno bajo tres generalatos. Gran honor es hoy ser cónsul de una nación; San Vicente no tuvo inconveniente en señalar para este cargo al H. Juan A. Dubourdieu, que, efectivamente, lo fue de Argel desde 1661 hasta 1673, muerto ya el Santo. Para algo semejante ponía los ojos, en 1658, en el H. Renato Duchesne, que anteriormente había sido esclavo en Berbería. Y ¿quién no se ha deleitado leyendo aquellas legendarias estratagemas del H. Mateo Renard para dis­tribuir ingentes sumas a los desgraciados de Lorena? El H. Juan Parre recorrió en todas las direcciones los caminos de Champaña y Picardía, socorriendo zonas devastadas, organizando Cofradías de Caridad, poniendo en marcha planes de producción y, lo que es más, enterándose, por orden de San Vicente, de las cualidades de candi­datos y candidatas a la Congregación y a las Hijas de la Caridad.

La Procura se la confió a los HH. Juan Jourdain y Alejandro Veronne; del cometido de éste dice el Santo «que hay motivo para alabar a Dios». (Coste, I, 446; III, 172, 173, 318; VII, 165, 172; etc.)

Aún se podrían añadir muchas otras cosas, su participación en las Misiones, etc., pero basta. Ya sabemos que San Vicente, sobre todo en la Asamblea de 1651, hubo de ceder algo a las críticas de algunos Sacerdotes que, dicho sea de paso, no se expresan dema­siado cristianamente. (Coste, XIII, 354.) En la práctica bien claro está cuál era su pensar. Lo que consiguieron fue o forzado o pro­ducto de aquellos tiempos.

Tristes realidades hay, cierto. Podemos abstraemos para detectar el mal. Pobreza de ideales, de formación; falta de vocaciones, de selección. Nada de esto puede argüir seriamente en contra de la vocación de Hermano. Reconociendo todos el mal ¿no es cierto que, hasta hoy, hemos esperado al Hermano ideal un poco en bandeja?

¿Quién se preocupa de las vocaciones, cuando hay hasta quien las desvía?

En 1923, el Muy R. Sup. Gen. P. Verdter escribió una Circular sobre los Hermanos; en ella rogaba a todos los miembros de la Congregación y a las Hijas de la Caridad que se interesaran por las Vocaciones de Hermanos. Su visión viene a ser la que casi cincuenta anos más tarde tenemos. Poco se ha hecho. ¿Es posible que de tantas Apostólicas como tenemos no salga ninguna vocación?

Buscar y guiar vocaciones, seleccionarlas, formarlas en todos los aspectos como la Iglesia y los tiempos demandan, llenarlas de con­tenido y sostenerlas en el ideal de los ideales: Cristo. He ahí la tarea.

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