El desafío ecológico

Francisco Javier Fernández ChentoCambio sistémicoLeave a Comment

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Autor: Xabier Pikaza · Año publicación original: 2015 · Fuente: www.vidapastoral.com.
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asdEn otro tiempo, los hombres girábamos en torno a la naturaleza que se elevaba ante nosotros inmutable y terminada, de forma que todo parecía eterno. Las cosas eran como eran: como una “bóveda” o un gran círculo perfecto donde los hombres se limitaban a residir de un modo pasivo. Ahora, en cambio, los hombres nos hemos vuelto eminentemente “creadores” y vamos dando forma a nuestro mundo, pero también hemos descubierto que con nuestras “creaciones” podemos destruir el equilibrio de la vida en la Tierra.

Ciertamente ahora podemos “dominar” el mundo, pero es un dominio que no siempre tiene como objetivo su conservación y cuidado, como quiere el primer libro de la Biblia (Gén 1–2). El dominio que actualmente ejercemos sobre el mundo es para ponerlo al servicio del sistema de poder y sus privilegiados, dejando que las grandes mayorías no puedan disfrutar de él, y poniendo así en riesgo el mismo equilibrio de la vida vegetal, animal y humana del planeta.

Antiguamente el orden social era muy duro pero, en general, los hombres respetaban el orden de la vida sobre el mundo, pensando que era signo de Dios. El nuevo orden social, que sólo cree en el triunfo del propio sistema, tiende a divinizarse de un modo implacable, sin otro freno ni norma que su poder, corriendo así el riesgo de destruir no sólo la propia existencia humana, sino todas las formas de vida sobre el planeta. En ese contexto, es necesario que hagamos conciencia del desafío ecológico: “O nos cuidamos unos a otros y cuidamos el mundoque está al servicio de todos, y en especial de los más pobres–, o nos destruimos como humanos en la Tierra”.

La era de la ecología

Como sabemos, se ha iniciado una nueva etapa dentro de la historia: por primera vez la humanidad en su conjunto puede destruirse a sí misma (en el plano cósmico, personal y social), o puede optar por la vida, de un modo consciente. Con el tipo de ciencia, de política y educación que imperan en nuestros días corremos el riesgo de autodestruirnos, pero también podemos disponernos de esos medios para el servicio de la vida. Éste es el mayor reto de nuestro tiempo, el desafío ecológico al que me quiero referir.

Son muchos los hombres y mujeres que han empezado a considerar que a este ritmo de progreso y consumo (no el de los pueblos pobres, sino el de los individuos más ricos que suelen habitar el hemisferio norte del planeta) la humanidad se autodestruirá. Eso significa que tenemos que poner en marcha modelos de renuncia y creatividad discursiva y social, con la ayuda de antiguas tradiciones religiosas.

Si cada uno de nosotros, cada uno de los pueblos y grupos humanos más ricos, busca únicamente su triunfo y razón, el despliegue de su propia verdad particular, acabaremos matándonos todos. Necesitamos un tipo de sabiduría nueva, una que esté más allá de los juicios antiguos del bien y del mal, más allá de los discursos triunfalistas, una sabiduría de renuncia creadora, al servicio de los más pobres y de la comunión entre todos.
En ese contexto, surge la necesidad de la ecología como tema de acogida y producción, de uso y distribución de la energía o, quizá mejor, de las fuentes de la vida. Es preciso que los hombres, en el amplio campo de la ética –que abarca aspectos políticos y económicos, sociales y personales–, asuman una actitud comprometida de respeto por la vida, al servicio de todos, y de manera especial con los pobres.

  1. a) Hay un problema de degradación: el consumo egoísta de las energías y formas de vida del presente implica el riesgo de romper los desarrollos y posibilidades del futuro. Con nuestro modo de abusar del mundo podemos imponer la ruina sobre aquellos que vengan detrás de nosotros. Desde esta perspectiva, cobran su hiriente actualidad algunos de los temas usuales de la propaganda ecologista: contaminación de la atmósfera, degradación de los mares, polución de las aguas. La humanidad despreocupada y codiciosa, dirigida por un capitalismo salvaje, puede convertirse en causa de un crimen irreversible contra la vida del planeta.
  2. b) Hay un problema de distribución de energía: en otro tiempo se habló de la necesidad de superar un tipo de propiedad privada. En línea ecológica hay que dar un paso más: debemos plantear el problema de la apropiación y utilización desigual de la energía de la tierra, que es un bien común, no exclusivo de aquellos que forman una pequeña elite capitalista. Por eso, éticamente, la nueva revolución económico-social de la humanidad resulta inseparable de un nuevo planteamiento ecológico de comunicación y participación universal en los valores de la vida.
  3. c) Hay un problema de orientación de la energía: hasta hace pocos años nos encontrábamos en manos de la sabiduría de la naturaleza, que nos parecía infinita y tendíamos a intervenir en ella de una forma depredadora. Pero ha llegado el momento en que el conjunto de los hombres invierta ese proceso y descubra que su vida, la vida de todos, depende de la forma en que nos situemos ante el “jardín de la vida” o paraíso, para desplegar una vida que sigue siendo don de Dios.
  4. d) Hay un plano político, de organización social al servicio de la vida: estamos ciertamente en contra de una dictadura del Estado, que planea y elabora de forma egoísta las normas del conjunto de la vida. Igualmente nos declaramos contrarios a la política burguesa del capitalismo que poluciona el “barrio bajo” de su gran ciudad (“el patio trasero del capitalismo”) en vistas a que se mantenga limpia –por un tiempo– el área residencial de los más ricos. Para que eso cambie ha de cambiar de un modo radical la política de la humanidad, asumiendo de una forma universal los valores de la vida, por encima de una “libertad” entendida como poder de imposición social y de dominio dictatorial sobre el mundo. No se trata de un problema de ideales estéticos, de gustos o emociones, sino de simple y radical supervivencia. “O renunciamos al deseo de dominio absoluto, al ansia de poder y de consumo… o la llama de la vida que un día recibimos de la evolución cósmica –de Dios– terminará por apagarse en nuestras manos”.
  5. e) En esa línea, la ecología nos sitúa ante una perspectiva religiosa: el mundo es obra de Dios, al servicio de la vida y la comunión entre los hombres. Pertenece al plano religioso el descubrimiento de la gratuidad, la aceptación de la vida como don y, sobre todo, la comunicación gratuita entre todos los hombres y mujeres. Pues el principio y centro de la ecología es el respeto por el mundo, el respeto por la vida de la humanidad. De hecho, no podemos separar a Dios del mundo, ni dejar al mundo en manos de las fuerzas del mercado económico del capitalismo, sino que debemos descubrir al mundo como una realidad a favor de la vida, en la línea de la encarnación.
  6. f) El hombre, una encrucijada: nos encontramos ante un cruce de caminos que la misma Biblia previsó hace tiempo: Hoy pongo ante ti la vida y la muerte, el bien y el mal, escoge el bien y vivirás, de lo contrario acabarás cayendo en manos de tu misma muerte (cfr. Dt 30,15-16). Eso mismo decía el relato de la “caída” de Adán y Eva: Si comemos la manzana –del puro poder– destruiremos la vida del mundo (cfr. Gén 2). Ahora sabemos lo que aquella elección significaba: nos hallamos ante el riesgo de un gran suicidio individual y colectivo, de manera que, si no logramos asumir nuestra tarea y realizar la buena opción, podemos acabar errando sin sentido, podemos morir o destruirnos unos a los otros mediante una guerra sin fin, que implica también la destrucción de la vida en el planeta. Ha llegado el momento de tomar una profunda decisión, pues sólo podremos tener futuro y morar sobre el mundo si respetamos la Vida, no sólo desde un plano intelectual, sino también moral, personal y social.

Un problema clave: las cuatro bombas

En otro tiempo parecía que Dios estaba siempre “a mano”, respondiendo de inmediato a nuestras voces. Pues bien, ahora sabemos que hay Dios, pero que él ha querido poner el misterio de la vida en nuestras manos, de manera que podamos cuidarla, para vivir todos, o destruirla con nuestro “pecado” de orgullo –que consiste en imponer nuestro poder sobre la vida del mundo y sobre la justicia de los pobres–. Está en juego nuestra supervivencia como especie, es decir, la presencia de Dios en nosotros. Pero es claro que no vivimos simplemente por instinto de supervivencia, sino porque así lo hemos querido y deseado (porque nos queremos) o, mejor dicho, porque hemos optado por la vida de un modo radical (por fe y confianza básica en la humanidad). Hasta ahora hemos optado por vivir, es decir, por reconocer y acoger la obra que Dios que ha creado. Pero también podemos optar –y en algunos niveles hemos optado ya– por matarnos. Por primera vez a lo largo de la historia estamos al límite de la autodestrucción, corremos el riesgo de suicidarnos como especie. Lograremos vivir, sólo y siempre, en la medida en que nos amemos y creamos en Dios.

Desde esta parspectiva, podemos entender a continuación las cuatro bombas que ponen en riesgo la ecología.

Primera bomba: la guerra universal

En otro tiempo, la violencia parecía limitada y parcial, pues unos grupos sociales estaban separados de los otros, de manera que resultaba difícil –casi imposible– que todos los hombres pudieran destruirse. Ahora nuestra realidad es diversa, ya que formamos un único mundo, con un potencial de destrucción casi ilimitado (¡he allí la bomba atómica!). Han sido necesarios muchos milenios para nuestro surgimiento y evolución; pero somos capaces de matarnos en pocas horas o días, si algunos (dueños de la bomba) lo deciden, y si otros (todos) nos vemos envueltos en una espiral de violencia creciente, excitada por el miedo multiplicado y la venganza reactiva. Dios nos ha creado; pero nosotros podemos rechazar su obra y optar por una muerte global.

En este momento, sólo podemos sobrevivir si lo queremos (nos queremos), si pactamos en justicia y amor, si dialogamos y nos respetamos, superando el riesgo de la pura opresión político-militar, cultual y económica, es decir, si buscamos formas de administración “humana” al servicio de la humanidad, oponiéndonos al terrorismo de los poderes globales y a la posible respuesta reactiva de grupos marginados. En esa línea, debemos ponernos al servicio de los excluidos, y con ellos al servicio de la vida de todos. El hecho de que optemos por la vida, defendiendo a las víctimas, y lo hagamos en libertad, es signo de que creemos en Dios, pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17,28) y él, que es Dios, garantiza la vida de los pobres y expulsados (cfr. Mt 25,31-46).

Segunda bomba: la transmutación genética

La ciencia ha puesto en manos de los hombres unas posibilidades insospechadas de manipulación e influjo genético, que parecen capaces de cambiar nuestra forma de concepción y nacimiento, rompiendo la línea de las generaciones, es decir, de los padres que transmiten su herencia de vida a los hijos. Ciertamente, la ayuda de la ciencia es buena, de manera que podría comenzar en nuestro tiempo una etapa fecunda de paternidad más responsable y consciente. Pero un tipo de ciencia manejada por élites de poder sin conciencia puede fabricar humanoides en serie, un tipo de híbridos humanos, no ya parcialmente condicionados, sino manejados y controlados desde fuera, como instrumentos al servicio de sus amos.

Si rompemos la cadena gratuita de transmisión de la vida –que se expresa por el amor de padres a hijos–, fabricando humanoides sin vinculación personal, es decir, sin libertad asumida y compartida, nos negaríamos a nosotros mismos y destruiríamos nuestra historia, poniendo en riesgo nuestra identidad como signo y presencia de Dios (¡En Dios nos movemos! Hch 17,28). Una vida que no fuera transmitida de forma personal, directa, a través de unos padres, dejaría de ser humana. Sería vida sin libertad, de humanoides convertidos en máquinas al servicio del sistema dominante. Aquí no se trata de negar la ciencia, sobre todo los avances de la biología y la genética, sino de ponerla al servicio de la transmisión humana de la vida, en amor y libertad.

Tercera bomba: la angustia o cansancio vital

Hasta ahora hemos vivido porque nos gustaba hacerlo, a pesar de todos los riesgos, porque en el fondo de la aventura humana (engendrar y convivir) habíamos hallado un estímulo, un placer, vinculado al mismo Dios, a quien llamábamos creador de la vida. Habíamos avanzado (caminado) sobre el mundo por gozo y deseo, porque la vida era un don y una aventura, un regalo sorprendente que agradecíamos a nuestro Creador. Gracias a esa concepción de la vida y de Dios, la humanidad pudo superar muchas crisis y amenazas a lo largo de una historia inmensamente conflictiva. Pero hoy día muchos sienten que ya no vale la pena existir; perciben esta vida no como un regalo sino como una carga, una tragedia y un riesgo, de manera que se niegan a engendrar nuevos seres humanos, promoviendo así un tercer tipo de suicidio, aquel que se da por la falta de deseo y por el cansancio de una vida que aparece sin base ni futuro.

Cuarta bomba: matar la vida del planeta

Ésta es la bomba propiamente ecológica. En nuestros días la Tierra depende por completo de la conciencia y libertad humanas. Aquella fuerza inmensa que viene de Dios –y de la misma raíz del cosmos–, nos ha hecho crecer, asumir la libertad y vivir en un nivel particular de conciencia y dominio sobre el mundo. Pero junto con esta conciencia y libertad humanas también ha crecido el poder y la violencia mutua, el egoísmo de utilizar para nuestro capricho los dones de la Tierra, hasta llegar a destruirlos.

Los signos de la destrucción ecológica que deriva de la libertad del hombre ya han sido evocados en el relato del diluvio (Gén 6–8) y también, de un modo más intenso, en el libro del Apocalipsis. ¿Necesitamos algunos ejemplos patentes? Bastan los siguientes para darnos cuenta que hemos encendido la mecha de la bomba ecológica que nos amenaza:
a) Aumenta la chatarra volante de la atmósfera, que da vueltas a la tierra a velocidades inmensas… Si seguimos aumentado ese gran basurero, esa “nube de deshechos”, podrá llegar un día (algunos especialistas dicen que será el 2056) en que se producirá un gran estallido mortal en la alta atmósfera.

  1. b) Ciertamente no se puede romper a cañonazos la “bóveda” del cielo, que la Biblia llama “cubierta protectora”, pero estamos calentándola y agujerándola con emisiones de gases de invernadero, que en los próximos años convertirán la tierra en un infierno.
  2. c) Por fortuna no hemos podido secar todas las aguas de los mares, pero estamos envenenándolas con residuos tóxicos de todo tipo. Con estas acciones llegará el momento en que eliminaremos la biodiversidad que en ellos habitan…

Los ejemplos de la actual bomba ecológica pueden enumerarse de manera extensa, pero el espacio que se me ha permitido para esta participación es limitado, me permito concluir con lo siguiente: el Dios bíblico quiere la vida de los hombres. No obstante, si nos empeñamos, por egoísmo y violencia, nosotros, los “poderosos” del mundo, caeremos en el error de destruirla y, con ella, también la vida que aparece en la Tierra.

Xabier Pikaza Ibarrondo. Tomado de www.vidapastoral.com

 

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