El Cristo Vicenciano

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fernando Quintano, C.M. · Año publicación original: 1997 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

denles de comer 1 len esLas Constituciones de la Compañía recuerdan repetidas veces que las Hijas de la Caridad contemplan a Cristo para traducir en sus propias vidas los rasgos que en El han contemplado.

¿Cuáles son los rasgos de Cristo que tendrán que inspirar y alimentar la espi­ritualidad y la acción de las Hijas de la Caridad? Las mismas Constituciones los enumeran: Las Hijas de la Caridad se proponen imitar a Cristo -bajo los rasgos con que la Escritura lo revela y los Fundadores lo descubren: Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor y Evangelizador de los pobres». En otros luga­res añaden dos más: «Jesús Servidor» y «Cristo anonadado en la Encarnación».

Todo cristiano es un seguidor de Cristo. Pero los diferentes carismas existentes en la Iglesia, frecuentemente han surgido de las diversas maneras como el Espíritu Santo ha inspirado a algunos cristianos modos distintos de comprender y seguir a Cristo. Si hablamos, por ejemplo, de carisma o espíritu benedictino, franciscano, ignaciano, etc., es, ante todo, porque el Espíritu Santo inspiró a san Benito, a san Francisco y a san Ignacio… una manera peculiar de comprender a Cristo que se concretó en modos de vida o de seguimiento diferentes.

Vicente de Paúl, por las circunstancias históricas y personales que vivió y por la acción del Espíritu Santo que conduce su Iglesia, tuvo, también, una manera peculiar de descubrir, de comprender y de seguir a Cristo que orientó su vida y que transmitió a las instituciones que fundó. Los vicencianos somos, pues, unos seguidores de Cristo inspirados en la manera de seguirlo que caracterizó a san Vicente de Paúl. Por eso debemos preguntarnos cuáles son los rasgos de Cristo que orientaron la vida y las obras de nuestro Fundador. Ahí radica el núcleo del carisma vicenciano. Nuestra fidelidad al espíritu vicenciano guarda también rela­ción con nuestra manera de comprender a Cristo. El año 1997, según el programa propuesto por Juan Pablo II para preparar el jubileo del año 2000, ha estado dedicado a Cristo. En sintonía con la intención del Papa, iniciamos el año con una presentación global sobre Jesucristo. Para con­cluirlo, ofrecemos las siguientes reflexiones en torno al descubrimiento, la com­prensión y la manera de seguir a Cristo de Vicente de Paúl.

Una aproximación general

Si repasamos los títulos de las conferencias que conservamos del Fundador dirigidas a los misioneros y a las Hermanas veremos que ninguna está dedicada expresamente a hablar de Jesucristo. Pero en casi todas ellas le propone como ejemplo a imitar, según la virtud de la que haya tratado la conferencia.

Para Vicente de Paúl, Cristo es el centro de su vida. Bien podría haber dicho como san Pablo: «Mi vida es Cristo». «Para Vicente de Paúl sólo hay una fuerza motriz: la persona de Jesucristo»6. El 30 de enero de 1656 escribía a Nicolás Etienne: «Nuestro Señor Jesucristo es nuestro Padre, nuestra madre y nues­tro todo»7. En una repetición de oración dijo a los misioneros: «Jesucristo es el modelo verdadero, el cuadro invisible con el que hemos de conformar todas nuestras acciones»8. Y en la conferencia del 21 de febrero de 1659: «El es. la Regla de la Misión; El es el que habla y a nosotros nos toca estar atentos a sus palabras y entregarnos a su divina majestad para ponerlas en práctica» 9. De ahí la norma que practicaba y aconsejaba repetidamente, tanto a las Hermanas como a los misioneros: «Llegada la ocasión nos hemos de preguntar, ¿cómo ha juzgado nuestro Señor tal o tal cosa? ¿Cómo se ha portado en tal o tal circunstancia? ¿Qué ha hecho o dicho en tal o cuál asunto? Y según la respuesta, ajustar nuestra conducta a sus máximas y ejemplos. Este es el camino real por el que debemos marchar, seguros de que en él tenemos a Jesucristo por guía y conductor?»

San Vicente no es un teólogo que haya escrito un tratado sistemático sobre Cristo. La suya es una cristología vital y práctica, si bien, por influencia de sus maestros y directores espirituales, también percibimos algunos rasgos de la espiri­tualidad abstracta de su época. La cristología de san Vicente se centra en el Cristo histórico, en su humanidad, en la manera como cumplió la misión que el Padre le había confiado en la tierra. A las primeras Hermanas les alentaba a imitar la manera como Cristo sirvió a los pobres, cómo les curaba y les instruía… para honrar «la vida humana de nuestro Señor» y para «hacer lo que un Dios ha hecho en la tierra».

Las virtudes de Cristo que debemos imitar los vicencianos son, principalmente, aquéllas que nos capacitan para mejor continuar su misión de Evangelizador y Servidor de los pobres. El fin para el que Dios ha instituido ambas Compañías no es otro sino continuar la misión de Jesucristo. Pero esto no es posible si no nos revestimos de su mismo espíritu, si no cumplimos sus máximas. Y entre todas las máximas evangélicas, san Vicente selecciona aquéllas que mejor ayudarán a cumplir la misión: son las virtudes específicas, la disponibilidad, las bienaventu­ranzas y los consejos evangélicos.

En la visión y comprensión de Cristo que tuvo san Vicente influyen diversos maestros espirituales con los que trató o cuyos escritos leyó’. Con todos ellos se enriquece; pero hace su propia síntesis y pone su sello propio a partir del descu­brimiento de un Cristo encarnado para evangelizar y servir a los pobres.

Las Constituciones de la Compañía presentan tres rasgos de Cristo que los Fundadores descubrieron en la Sagrada Escritura13. En alguno de ellos se percibe la influencia de la cristología del siglo xvii, Por ejemplo, un Cristo «adorador del Padre» es un rasgo con matices berullanos.

Pero es, ante todo, leyendo y meditando la Sagrada Escritura donde configura Vicente su imagen de Cristo. En el Evangelio de Juan descubre el Cristo Adorador del Padre que en todo busca glorificarle y cumplir su voluntad»; en san Pablo, al Cristo rebajado y despojado de su rango hasta tomar la condición de siervo; en san Mateo y san Juan, al Cristo presente en el pobre y la inseparabilidad del amor a Dios y al prójimo; y especialmente en san Lucas, al Cristo evangelizador de los pobres, lleno de caridad, misericordia y compasión.

Si intentásemos pintar un cuadro que representase la Imagen de Cristo, a partir de la comprensión y experiencia que de El tuvo Vicente de Paúl, ninguno de esos rasgos citados debería faltar. Todos ellos nos revelan la fe y le experiencia de Cristo que tuvo nuestro Fundador, y que transmitió en su predicación, en sus cartas, en las conferencias y en las breves oraciones de súplica quo frecuente­mente intercalaba al hablar o escribir.

Las Constituciones de la Compañía, al tratar este aspecto, conectan fielmente con esos rasgos del Cristo vicenciano. Ahí encuentran las Hijas de la Caridad el principal manantial de su espiritualidad.

Tres rasgos del Cristo vicenciano

Los vicencianistas que han estudiado este tema tratan de sintetizar la doctrina y la experiencia de Cristo de nuestro Fundador a partir de diferentes esquemas o epígrafes, en general bastante coincidentes. Así, por ejemplo: Cristo Evangeli­zador de los pobres, encarnado, cumplidor de la voluntad del Padre, lleno de un espíritu de caridad, etc.

Teniendo en cuenta que las destinatarias de estas reflexiones son las Hijas de la Caridad, en la siguiente exposición vamos a tratar de recoger los textos más significativos de la cristología de san Vicente, agrupándolos bajo los tres rasgos que presentan las Constituciones de la Compañía: Adorador del Padre, Servidor de su designio de amor y Evangelizador de los pobres.

a) Adorador del Padre

Vicente de Paúl escribe a un misionero, formador de sacerdotes: «las dos grandes virtudes de Jesucristo (son) la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres»’. El acto más puro de toda religión es el de adoración. Adorando a Dios, los creyentes expresan su estima, su admiración y alabanza a la grandeza del misterio divino, a la vez que su dependencia y confianza. Cuando el creyente contempla el misterio de amor que es Dios, se siente sobrecogido e inundado por él, y responde con un acto de adoración. «¿Cuál es el espíritu de Nuestro Señor? Es un espíritu de caridad perfecta, llena de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas del Padre para admirarlas y ensalzarlas incesantemente. Jesucristo tenía de El (de su Padre) una estima tan alta que le rendía homenaje con todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía… ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único motor y principio de todo bien que hay en él?… Dios es un abismo de dulzura, un ser soberano y eternamente glorioso, un bien infinito que abarca todos los bienes; todo es allí inabarcable».

Bajo este rasgo de Cristo «adorador del Padre» podríamos incluir también otro aspecto privilegiado de la cristología vicenciana: Jesucristo, cumplidor de la vo­luntad del Padre. «El Hijo de Dios no hizo otra cosa en la tierra más que la voluntad del Padre; siguió en toda su vida las reglas de su divino Padre porque las sabía antes de venir al mundo y se ofreció a venir para cumplirlas. Y las observó perfectamente en todas las cosas, pues no hizo nunca más que lo que sabía que era conforme a ellas y lo que era agradable a Dios».

Cuando san Vicente hablaba a las Hermanas y a los misioneros sobre la indiferencia, sobre la obediencia, sobre la observancia de las reglas, sobre la confianza en Dios y sobre la práctica de no pedir y rehusar nada, acudía siempre al ejemplo de Jesucristo cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre.

También en relación con el rasgo de Cristo como «Adorador del Padre» cabe incluir otra idea fuerte de la cristología vicenciana inspirada en el evangelio de san Juan: el tema de la «gloria»‘. En todas sus palabras y acciones, Jesucristo no buscó sino glorificar al Padre: «el Hijo de Dios declara de sí mismo que no busca su gloria sino la del Padre. Todo lo que hace y lo que dice es para glorificarle». El espíritu de Jesucristo consistía en tener siempre una gran estima y un gran amor a Dios. Jesucristo estaba lleno de él que no hacía nada por sí mismo, ni para buscar su satisfacción sino para cumplir la voluntad del Padre haciendo las obras que eran de su agrado.

Para las Hijas de la Caridad este rasgo de Cristo como «adorador del Padre» se concreta en el sentido que dan a su entrega a Dios. Como Cristo, ellas hacen a Dios la ofrenda de sus vidas, viviendo en la dependencia y confianza en el Padre, buscando cumplir siempre su voluntad. En este modo de vida «Dios será glorificado y vuestra Compañía edificará a toda la Iglesia».

b) Servidor de su designio de amor

Jesucristo cumple la voluntad del Padre poniéndose al servicio de su plan salvador sobre los hombres. Para servir al designio de Amor del Padre asume nuestra condición humana, tomando la condición de siervo. El Padre es glorificado en la Encarnación y muerte de su Hijo porque ahí nos muestra su designio de

Amor sobre el mundo: «Tanto amó Dios al mundo que nos envió a su único Hijo»; y su Hijo nos amó de tal manera que nos dio la prueba más grande de amor dando su vida por nosotros’: «¡Salvador del mundo, cuán grande es el amor que tenías al Padre! ¿Podría tener un amor más grande que anonadarse por El? Pues san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra dice que se anonadó. ¿Podría testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma que lo hizo?»

Según lo reconoce expresamente san Vicente, este rasgo de «su» Cristo está inspirado en el texto de san Pablo: «Cristo Jesús, aunque era Dios, no quiso insistir en conservar su derecho de ser igual a Dios, sino que dejó a un lado lo que era suyo y tomó la condición de siervo haciéndose hombre»2. También en la presentación que Cristo hace de sí mismo: «El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvieran sino para servir»», y en la escena del lavatorio de los pies». Recordemos el siguiente párrafo de una de sus conferencias en el que san Vicente nos comunicó su amor encendido a Cristo, y que está a la altura de la mística más pura: «Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡qué llama de amor! Jesús mío, dinos, por favor, qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las privaciones y tormentos que has recibido. ¡Oh Salvador! ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros!… ¿Hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor es el que crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención»

Para san Vicente, la virtud que más practicó Jesucristo es la obediencia a su Padre. Por la práctica de esa virtud fuimos salvados.

A la luz de este rasgo de Cristo, «servidor del designio de amor del Padre» hay que enfocar y comprender también el sentido que tiene el don a Dios que hacen las Hijas de la Caridad. A semejanza de ese Cristo, se entregan a Dios y se hacen sus siervas para mostrar el plan salvador y el designio de amor del Padre, espe­cialmente a los pobres. Ese don se hace servicio. Y ese servicio lo realizan desde la humildad, la sencillez y la caridad, virtudes de la sierva que las asemejan a Cristo Servidor y les permiten continuar su misión revestidas del espíritu de Jesu­cristo. El sentido del don a Dios en la Compañía traduce este pensamiento a san Vicente: «Despojémonos de todo lo que no es Dios, y unámonos con el prójimo por la caridad, para unirnos con Dios mismo por Jesucristo».

En dos números de las Constituciones queda perfectamente expresada esta cristología vicenciana: «El servicio de las Hijas de la Caridad es, al mismo tiempo, mirada de fe y puesta en práctica del amor del que Cristo es fuente y modelo. La imitación de Cristo Servidor es el fundamento que san Vicente y santa Luisa proponían a las Hermanas para vivir como buenas cristianas, para ser buenas Hijas de la Caridad»». «Contemplan a Cristo en el anonadamiento de su Encar­nación Redentora, maravillándose de que Dios, en cierto modo, no pueda o no quiera estar nunca separado del hombre. Del Hijo del Hombre aprenden a revelar a sus hermanos el amor de Dios por el mundo»». En ese Cristo, «fuente de amor humillado», alimentan las Hijas de la Caridad su espiritualidad de siervas y su condición de testigos del amor que Dios tiene a los pobres.

San Vicente, hablando a las Hermanas sobre el nombre de la Compañía («sir­vientas de los pobres»), les dice: «¡Qué hermoso título y qué hermosa cualidad! ¿Qué habéis hecho a Dios para merecer esto? «Sirvientas de los pobres», que es como si se dijese «sirvientas de Jesucristo», ya que El considera como hecho a sí mismo lo que se hace por ellos, que son sus miembros. ¿Y qué hizo El en este mundo sino servir a los pobres? ¡Ah!, mis queridas hijas, conservadlo bien este título porque es el más hermoso y el más ventajoso que podíais tener»; «por el servicio a los pobres honramos lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra y su santa humanidad».

En la manera de comprender y seguir a Cristo de san Vicente de Paúl y los vicencianos, se da gloria a Dios, se cumple su voluntad y su designio de amor a los pobres. El «estado de caridad» de la Compañía es la manera vicenciana de traducir la inseparabilidad del amor a Dios y al prójimo, del amor afectivo y efec­tivo. Tal inseparabilidad la aprendió Vicente de Paúl del discípulo amado: «Si alguien no ama a su hermano, al cual ve, tampoco puede amar a Dios, al que no ve. El nos ha dado este mandamiento: el que ama a Dios, debe amar también a su hermano».

c) Evangelizador de los pobres

El Cristo vicenciano es, ante todo, el evangelizador de los pobres, tal como El mismo se presentó en la sinagoga de Nazaret: «El espíritu del Señor está sobre mí porque me ha enviado para dar buenas noticias a los pobres». El descubri­miento, por una parte, de ese Cristo que recorre las aldeas anunciando el evan­gelio, a la vez que la situación de los pobres del campo, cambió el rumbo de la vida de Vicente de Paúl, inspiró y marcó su espiritualidad y orientó las instituciones que fundó. Jesucristo es el misionero del Padre que dejó el cielo para venir a la tierra e instruir a los hombres con sus palabras y ejemplos.

Para Vicente de Paúl, «evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio»». Y según las palabras del profeta Isaías que Cristo leyó en la sinagoga, evangelizar es «anun­ciar la buena noticia a los pobres, sanar a los afligidos de corazón, anunciar la libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos…». Es decir, que Jesús es evan­gelizador predicando la palabra y haciendo signos salvadores y liberadores frente a toda opresión, porque la salvación de Dios es total. Tal es el significado del Reino de Dios que El anuncia y hace presente con palabras y signos.

Evangelizar a los pobres es anunciarles el Reino de Dios, y decirles que ese Reino es para ellos. «Busquemos la gloria de Dios, busquemos el reino de Jesu­cristo antes que todo lo demás … así es como deben entenderse estas palabras: «Buscad el reino de Dios», pero además se dice «y su justicia». Fijaos que añade justicia. Sé muy bien que algunos no ponen ninguna diferencia entre buscar el reino de Dios y buscar su justicia». «Buscad quiere decir preocupación, acción».

Evangelizar es presentar el evangelio con palabras y gestos significativos en los diversos momentos y situaciones de la vida de los hombres, y abarca al hombre entero, su salvación temporal y eterna. Pablo VI definió la evangelización como «el anuncio de la buena nueva de la salvación, ese don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del pecado».

El «nuevo ardor» que debe impulsar la misión evangelizadora de la Compañía no será otra cosa que la pasión por Cristo evangelizador de los pobres que debe quemar el corazón de cada Hija de la Caridad. San Vicente está convencido que para inflamar del amor de Dios al mundo, es necesario que ese amor nos queme como un fuego interior’. Es el celo por extender el reino de Dios y por procurar la salvación del prójimo. Es el amor de Dios que nos quema por dentro y que se expresa en la llama del celo apostólico’.

A las Hermanas enviadas a Metz les recordaba san Vicente el fervor con que debían realizar la misión que se les confiaba: «como un fuego que calienta a todos los que se acercan … Una caridad inflamada, eso es lo que tenéis que tener vosotras». Y a los misioneros: «si tuviésemos un poco de ese amor, ¿nos que­daríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos los que pudiéramos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación de los demás y a su ayuda».

Dentro del esquema que hemos elegido para presentar los rasgos del Cristo vicenciano, y bajo este rasgo de «Evangelizador de los pobres», cabría incluir otro aspecto de la comprensión y experiencia de Cristo que caracteriza la espirituali­dad cristocéntrica de san Vicente: el espíritu de Cristo es caridad. «¿Cuál es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de caridad perfecta»53. Para imitar a ese Cristo, manantial y modelo de toda caridad, existen ambas Compañías: «Vuestra Compañía ha sido instituida para imitar la gran caridad de nuestro Señor… ¡Qué felicidad, mis queridas Hermanas! Ese sí que es un fin noble. ¡Estar fundadas para honrar la caridad de nuestro Señor, tenerlo a El por modelo!»‘ «El Hijo de Dios vino a evangelizar a los pobres; y nosotros, padres, ¿no hemos sido enviados a lo mismo? Sí, los misioneros han sido enviados a evangelizar a los pobres» 55. Para continuar la misión de Cristo Evangelizador de los pobres es necesario revestirse de su mismo espíritu: «Es fundamental vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo»’. Sin ese espíritu (caridad, humildad, sencillez…) no es posible con­tinuar su misión. Seríamos «misioneros de cartón», o Hijas de la Caridad sólo de nombre, pero no de verdad.

La Exhortación La Vida Consagrada repite el nombre que san Vicente daba al Cristo evangelizador: «misionero del Padre». Esa es la misión de todo discípulo de Cristo, y en concreto de todos los que quieren seguirle «más de cerca>, de­dicando totalmente su vida a continuar esa misión: «Este es el reto, este es el quehacer principal de la vida consagrada».

La intención que inspira el programa que Juan Pablo II ha lanzado como preparación del gran jubileo del año 2000 no es otra que impulsar la dimensión misionera de la Iglesia (Carta Tertio Millennio Adveniente). Y los planes pastorales elaborados en los últimos años por las conferencias episcopales de cada país son la plasmación concreta de esa preocupación evangelizadora de Juan Pablo II.

La colaboración de la Compañía a la nueva evangelización será desde la fidelidad a su propio carisma y finalidad: el servicio corporal y espiritual a los pobres. Hay una feliz convergencia entre la manera como comprende la Com­pañía su misión de servicio a los pobres y lo que dice la Exhortación La Vida Consagrada:

«Con la inquietud constante de llegar a la promoción integral del hombre, la Com­pañía no separa el servicio corporal del servicio espiritual, la obra de humanización de la evangelización». Para las Hijas de la Caridad, «el servicio es la expresión de su consagración»; «en su deseo de revelar el Señor a los pobres, les anuncian el evangelio, explícitamente cuando es posible, y siempre a través de su vida».

«Servir a los pobres es un acto de evangelización y, al mismo tiempo, signo de autenticidad evangélica». «El evangelio se hace operante mediante la caridad, que es la gloria de la Iglesia y signo de su fidelidad al Señor»».

El Cristo vicenciano es evangelizador porque es caridad. Por amor al Padre y a los hombres vino a comunicarnos la Buena Noticia y a realizar el plan salvador de Dios. Para Vicente de Paúl, «Cristo, que es la caridad misma, ha fundado la Compañía de la Caridad»65. Y una expresión de la caridad es el celo, pues «no me basta con amar a Dios si mí prójimo no le ama»’. La Exhortación La Vida Consagrada, en sintonía también con el pensamiento vicenciano, afirma que una expresión actual de la caridad es «el anuncio apasionado de Jesucristo a quienes aún no lo conocen, a quienes lo han olvidado y, de manera especial, a los po­bres»».

Las Hijas de la Caridad imitan la caridad de Cristo Evangelizador introducién­dose en un «estado de caridad» que se despliega en el amor a Dios (don total), en el amor al prójimo (servicio corporal y espiritual a los pobres) y en el amor mutuo (vida comunitaria para la misión). Las Hijas de la Caridad evangelizan como «apóstoles de la caridad». Esta expresión original con la que san Vicente define a la Compañía condensa la manera de contribuir las Hijas de la Caridad a la nueva evangelización, tal como lo recuerda Un fuego nuevo».

Conclusión

Entre los objetivos que se propone conseguir Juan Pablo II al designar 1997 como año dedicado a Cristo, están el descubrimiento de su condición de Evan­gelizador y el fortalecimiento de la fe y del testimonio cristianos. Ante la expe­riencia de fe y las enseñanzas sobre Cristo que nos transmitió san Vicente, tam­bién nuestra fe y nuestra misión están llamadas a recibir un nuevo impulso. Sobre la misma roca que es Cristo, y con similares materiales a los que utilizó Vicente de Paúl, hemos de construir también nosotros el edificio de nuestra vocación y misión vicencianas.

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