El cambio sistémico y la liberación de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoCambio sistémico0 Comments

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Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 2009.

El tema de este trabajo ha sido tratado de manera extensa en un libro publicado por varios miembros de algunas de las ramas de la Familia Vicenciana, bajo la dirección del padre Robert Maloney, antiguo Superior General de la Congregación de la Misión. El libro, publicado originariamente en Estados Unidos en inglés con el título Seeds of Hope. Stories of Systemic Change, fue publicado el mismo año en español como Semillas de esperanza. Historias de Cambio Sistémico (Editorial La Milagrosa, Madrid). Casi todas las ideas de este trabajo están tomadas de ese libro.


Tiempo de lectura estimado: 30 minutos

Presentación del tema

La palabra ‘sistema’ se refiere a un conjunto de cosas que funcionan juntas y que se influyen mutuamente para bien o para mal. Por ejemplo, el cuerpo humano, en el que el funcionamiento de cualquiera de sus partes influye en todas las demás. Para bien, si funciona bien; para mal, si funciona mal. Un tobillo roto afecta a la manera de andar, al bienestar del muslo, de la columna vertebral y de la espalda, e incluso al tono psicológico, al rendimiento en el trabajo o en el estudio, y hasta al trato con los demás.

En sociología se estudia el conjunto de la sociedad como un gran sistema en el que también unas partes influyen en otras, para bien o para mal, como es fácil verlo si lo que funciona bien o mal es, por ejemplo, el (sub)sistema educativo, o la economía, o la política.

Esta idea del sistema se aplica también con utilidad a la vida de los grupos humanos, al matrimonio, la familia, una empresa industrial o comercial, una pequeña población, un barrio de una ciudad. Las condiciones de vida de todos los componentes del grupo dependerán en gran medida de que funcionen bien los diferentes elementos del ‘sistema’ en el que viven.

Teniendo en cuenta todas estas ideas, muchos de los que en el mundo trabajan hoy por la redención integral de los pobres se han dado cuenta de que si se quiere cambiar la situación de los pobres (y no sólo darles ayudas de emergencia, cosa que también habrá que hacer en su caso), se deberá en primer lugar examinar la situación socio-económica, el ‘sistema’, en el que viven los pobres, para luego intervenir en él de manera que se modifique el sistema entero. Esto último es lo que se conoce como Cambio Sistémico, el tema de este trabajo.

Todos vivimos en el interior de un sistema económico. Si el sistema funciona bien, se favorece el bienestar general de las personas; si funciona mal, se deterioran todos los aspectos de la vida: alimentación, vestido, vivienda, educación, salud…

Si una persona no tiene trabajo, no gana dinero; si no gana dinero, no puede comprar comida para su familia; los hijos estarán mal alimentados y no podrán estudiar bien, y así no podrán llegar a conseguir su diploma de estudios escolares. Esto a su vez limitará mucho sus oportunidades de conseguir trabajo. Si esas personas no consiguen un trabajo cuando llegan a la edad de trabajar, o el que consiguen está mal retribuido, no ganarán dinero, o no ganarán lo suficiente. Y así el círculo de la pobreza volverá a comenzar.

TRABAJO → DINERO → ALIMENTACIÓN → SALUD → EDUCACIÓN → TRABAJO

Para quien está de verdad preocupado por los pobres, el problema consiste en saber dónde y cuándo se puede romper el círculo, lo cual dependerá de las circunstancias de cada caso, como se irá viendo a lo largo de este trabajo.

La Sociedad de San Vicente de Paúl y el cambio sistémico

Aunque en los escritos del beato Ozanam se pueden encontrar, como se irá viendo muestras abundantes de que lo que hace falta para conseguir una verdadera redención de los pobres es tratar de cambiar la sociedad y las circunstancias socio-económicas en que se desarrollan las vidas de los pobres, en la historia de la Sociedad de San Vicente de Paúl hasta hoy mismo ha predominado el tipo de ayuda a los pobres que se suele calificar como ‘asistencial’: ayudas ocasionales para aliviar una necesidad concreta de falta de alimentos, de ropa, de vivienda, de salud…

No ha faltado en esa historia la conciencia práctica de que hay que hacer algo más por los pobres, si se puede; de que las ayudas ocasionales, aunque son necesarias en muchos casos, no resuelven a largo plazo los problemas de la pobreza, y que es por eso necesario tratar de influir en las causas que la producen en cada caso, influir en las malas estructuras del ‘sistema’ en el que viven los pobres,

Aunque no menciona la expresión “Cambio Sistémico”, la nueva Regla expresa con toda claridad esta dimensión como legítima y necesaria en el trabajo de las Conferencias, y lo ha expresado de esta manera valiente, aguda y precisa en el número 7.1:

La Sociedad no sólo está preocupada con el alivio de las necesidades, sino también con la identificación de las estructuras injustas que puedan causarlas. Los Vicentinos, están comprometidos con identificar las causas raíces de la pobreza y a contribuir a su eliminación. En todas sus acciones caritativas, debe existir una búsqueda de la justicia. En la lucha por la justicia, los Vicentinos, deben tener en cuenta las exigencias de la caridad.

Cuando la injusticia, la desigualdad, la pobreza o la exclusión se deban a injustas estructuras económicas, políticas o sociales o a una legislación inadecuada o insuficiente, la Sociedad, siempre en caridad, debe hablar clara y francamente sobre dichas situaciones, con el objetivo de aportar y reclamar mejoras.”

El cambio sistémico en la Doctrina Social de la Iglesia

Tampoco en la Doctrina Social de la Iglesia se encuentra la expresión “cambio sistémico”, pero sin duda se refiere a él cuando habla de cambio de estructuras sociales. La Doctrina Social se refiere con mucha frecuencia a las relaciones entre las naciones, que es el terreno donde proliferan las causas que producen la pobreza de los países y de las muchedumbres pobres.

Dentro de ese marco los proyectos de cambio sistémico buscan crear estructuras sociales más justas, de modo que se distribuyan de manera más equitativa las oportunidades de puestos de trabajo, educación, vivienda, atención a la salud y otros aspectos. Buscan también el suprimir toda discriminación por razón de raza, tribu, sexo, religión, o de cualquier otro motivo.

La Doctrina Social de la Iglesia llama a los católicos a intervenir con valentía en el terreno de la actividad política y social, para mejorar la suerte de los pobres. Así expresó esta idea el papa Pablo VI ya en 1972, convocando a los seglares a entrar “en el corazón mismo de la acción social y política, y de ese modo llegar a las raíces del mal, y a cambiar los corazones y también las estructuras de la sociedad moderna” (Discurso a los miembros de Cor Unum, 13 de enero de 1972, Acta Apostolicae Sedis, 64 [1972] 189. Véanse también Pacem in terris, 89,91; Gaudium et spes, 85; Populorum progressio, 78).

La misma doctrina es muy consciente de que la injusticia y el pecado afectan a las estructuras sociales. El pecado se encarna en leyes injustas, en relaciones económicas basadas en el poder, en tratados injustos, en contratos de trabajo explotadores, y en otras muchas causas que impiden una vida personal, familiar y social digna a millones de personas en todas las naciones, también en las naciones ricas, en las que tampoco escasea la pobreza.

Por ello los dos últimos papas han apelado una y otra vez a la solidaridad entre las naciones y a un orden mundial justo, a garantías a favor de la libertad (religiosa, política, social…), al respeto por los derechos humanos y a un tipo de desarrollo integral que sea verdaderamente digno del ser humano.

Porque tocan más de cerca a la Familia Vicenciana, habría que añadir aquí unas palabras muy importantes de Juan Pablo II a la Asamblea General de la Congregación de la Misión en 1986:

“Buscad más que nunca con valentía, con humildad y con habilidad, las causas de la pobreza y poned en marcha soluciones a corto y largo plazo, soluciones concretas, ágiles y efectivas. Si así lo hacéis, estaréis trabajando por la credibilidad del evangelio.”

Esta última frase recuerda al vicentino que la unión entre trabajo por los pobres y evangelización es un aspecto fundamental de la visión espiritual lo mismo de san Vicente de Paúl que del beato Federico Ozanam; que todo trabajo por la redención material de los pobres es obra de evangelización, anuncio del evangelio, como lo recuerda el Sínodo de los obispos de 1971, sobre la justicia en el mundo:

“La acción a favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo son elementos integrantes de la predicación del evangelio” (AAS LXIII (1971) 924).

O en palabras escuetas de Juan Pablo II:

Para la Iglesia enseñar y difundir la doctrina social pertenece a su misión evangelizadora, y forma parte esencial del mensaje cristiano” (Centesimus annus, 5).

Criterios para los proyectos de cambio sistémico

Hay proyectos, a veces muy importantes por su alcance, que se dirigen a remediar necesidades urgentes básicas, como suele suceder en casos de grandes cataclismos de la naturaleza. A diferencia de este tipo de proyectos, los proyectos de cambio sistémico comprenden las características siguientes, entre otras:

1. Un impacto social de largo alcance

Esta es la característica principal del cambio sistémico: el proyecto ayuda a cambiar de manera permanente el conjunto de la situación vital de aquellos a los que intenta beneficiar.

2. Sostenibilidad

El proyecto ayuda a crear las estructuras sociales necesarias para un cambio permanente en las vidas de los pobres, tales como puestos de trabajo, educación, vivienda, acceso a agua potable, medios para producir o conseguir comida suficiente, etc.

3. Repetibilidad y extensión

Se trata de proyectos que, con los oportunos retoques, pueden ser adaptados para resolver problemas semejantes en otros lugares. La ‘filosofía’ o espiritualidad que sirve de idea inspiradora del proyecto, las estrategias de acción que emplea, y las técnicas que usa pueden ser aplicadas en otros lugares con necesidades semejantes.

4. Innovación

El proyecto quiere producir un cambio social significativo, transformando prácticas y modos de obrar anticuados (en agricultura, en artesanía, en educación, en higiene, etc). La transformación se consigue por medio del desarrollo de una idea capaz de cambiar las formas sociales anteriores, y la puesta en práctica de una nueva forma de vida.

Un ejemplo de cambio sistémico: “La tormenta perfecta”

Con ese título describe Eugene Smith, anteriormente Presidente Nacional de la Sociedad de San Vicente de Paúl en Estados Unidos, un caso muy interesante de cambio sistémico llevado a cabo por miembros de la Sociedad en la República Dominicana. No fue ese cambio una ‘tormenta’ destructiva, sino una “tormenta perfecta” que transformó para bien la vida de cientos de familias campesinas

La comunidad campesina del río Ocoa sufría una alta mortalidad infantil, hambre crónica, una gran escasez de agua potable y falta de instalaciones de saneamiento. Las mujeres caminaban quilómetros cada día para conseguir agua.

Cuando Jack Eshman, un vicentino procedente de Nueva York, llegó por vez primera a la zona del río Ocoa se quedó aturdido por la pobreza que veía en las poblaciones que visitó. Se dio cuenta de inmediato de que la primera necesidad era el agua. Las únicas fuentes de agua limpia en la zona del Ocoa eran algunos arroyos lejanos, de manera que en los poblados mismos no se podía cultivar nada, ni criar pollos o cerdos, ni otras clases de animales.

Pronto se convenció de que los vicentinos de Estados Unidos podían y debían ayudar, pensando: “Nosotros tenemos tanto, y esta pobre gente tiene tan poco.” Aunque había unas trescientas aldeas en la zona, el párroco local, misionero canadiense, sugirió que la Sociedad asumiera sólo seis aldeas para iniciar un proyecto de ayuda en una escala modesta, para ir luego creciendo poco a poco. El proyecto se llevaría a cabo no sólo para ellos, los miembros de las familias campesinas, sino con ellos.

Un aspecto fundamental del plan sería comprometer a la población local en la planificación y ejecución del proyecto. Se pensó que la Conferencia que había en San José de Ocoa sería una pieza clave del proyecto, con la ayuda y colaboración de hermanamientos con otras Conferencias. Jack persuadió a 20 Conferencias de Estados Unidos a que contribuyeran con 100 dólares al mes. En poco tiempo se añadieron las contribuciones de otras Conferencias, y el dinero empezó a fluir hacia la Conferencia de Ocoa para el proyecto del agua en la cantidad de 70.000 dólares para construir acueductos y comprar tuberías. Las aldeas mismas contribuyeron de manera activa con brigadas de trabajadores.

Con el paso de los meses el proyecto se extendió a cien aldeas, que disfrutaban por primera vez de agua potable y de agua para riegos, de manera que cambió hasta el color del paisaje, ahora todo de un verde húmedo, lo que antes había sido seco y marrón. Las aldeas comenzaron por sí mismas una especie de reforma agraria voluntaria para compartir el agua y la tierra.

Pero no fue eso sólo. La abundancia de agua limpia fue el primer paso de una mejora en las condiciones de vida: oportunidades nuevas de trabajo, mejoras en las viviendas, cultivos en huertas familiares que mejoraron la alimentación y la salud de toda la población, cultivos cooperativos, mejora del saneamiento doméstico y público. El trabajo doméstico de las mujeres se humanizó drásticamente; hasta disminuyó la mortalidad infantil al mejorar las condiciones higiénicas de la vida diaria.

Así se expresaba otro vicentino de Nueva York cuando el proyecto estaba ya en marcha y consolidado: “Los fondos de nuestra Sociedad de San Vicente de Paúl (de Estados Unidos) se ‘invierten’ bien en la República Dominicana. Los fondos no se gastan sin más, sino que se invierten en proyectos de desarrollo que producen un gran impacto. Cada proyecto se organiza y se administra cuidadosamente. Se palpan la disciplina y el control, y se crea una atmósfera de confianza por causa de las relaciones personales entre los responsables, la comunidad local y los que donan los fondos.”

Efectivamente, un elemento muy importante para el éxito del proyecto fue el haber establecido una relación de colaboración con la población local. Los líderes de las comunidades campesinas asumieron como propio el proyecto desde el comienzo mismo. Cientos y cientos de hombres y mujeres trabajaron juntos para llevar a cabo el plan elaborado por técnicos voluntarios. Fue un ejemplo perfecto de colaboración entre los mismos pobres.

El trabajo en colaboración creó relaciones de solidaridad y amistad entre aldeas donde antes habían existido suspicacias mutuas y rivalidades. Dijo el Presidente Nacional de la Sociedad de San Vicente de Paúl en la República Dominicana: “Era increíble ver cómo todos trabajaban juntos, la Conferencia local de la Sociedad en unión con asociaciones de mujeres, con concejos de comunidades, asociaciones de campesinos y cientos de personas procedentes de todas las aldeas”.

Este proyecto en colaboración en la región del río Ocoa es un ejemplo perfecto de cambio sistémico en la vida de un grupo humano, de lo que se puede conseguir cuando un grupo humano tiene una visión inspiradora, los recursos materiales necesarios y una comunidad de gente dispuesta a trabajar, que asume como propio el planificar, el llevar a cabo y el revisar continuamente el proyecto para ir mejorándolo sobre la marcha. A través del buen uso de los recursos disponibles de agua, los agentes del proyecto fueron capaces de mejorar la salud y la alimentación, aumentar la creación de puestos de trabajo agrícola y de mejora y construcción de viviendas, mejorar e intensificar las relaciones entre familias y aldeas por medio de la colaboración, dar a toda la población un nuevo gusto por la vida.

Estrategias para el Cambio Sistémico

Del estudio del caso que acabamos de ver y de otros casos en otros lugares del mundo, tal como se exponen en el libro que citamos al comienzo, se pueden extraer unas cuantas ideas que pueden inspirar y animar a otras personas y grupos, y también a Conferencias locales, a emprender proyectos dirigidos no ya sólo a aliviar las necesidades de los pobres, sino a cambiar de modo permanente las condiciones de pobreza en que viven, de cambiar el sistema social que les tiene aprisionados en la pobreza.

Para no asustarse ante la posible magnitud de la tarea convendrá comenzar por un proyecto de dimensiones modestas. Así suelen comenzar todos los proyectos que luego se desarrollan en gran escala. Es bueno soñar, pero no hay que dejarse arrastrar por sueños desmesurados que luego no se pueden llevar a la práctica.

Pasamos ahora a presentar algunas ideas expuestas en el libro citado como fruto de las experiencias de cambio sistémico por parte de diversas ramas de la Familia Vicenciana en diferentes lugares del mundo, bien en países desarrollados (Inglaterra, Irlanda), bien en países en desarrollo (Filipinas, República Dominicana, Madagascar y otros países africanos).

Se trata de “estrategias”, palabra de origen griego que se refiere al papel de un general que ejecuta con la mayor eficacia posible planes bien diseñados en tiempos de paz y en tiempos de guerra. El diseñar y el ejecutar estrategias es a la vez un arte y una ciencia que suponen planes de acción orientados a conseguir fines concretos. El libro citado ofrece cuatro tipos de estrategias:

  • estrategias orientadas a la misión
  • estrategias orientadas a las personas
  • estrategias orientadas a las obras concretas
  • estrategias orientadas a la corresponsabilidad.

Pasamos ahora a exponerlas en detalle.

1. Estrategias orientadas a la misión

Primera estrategia

Considerar la pobreza no simplemente como resultado inevitable de las circunstancias, sino como producto de situaciones injustas que se pueden cambiar centrándose en acciones que intenten romper el círculo vicioso de la pobreza.

Esta estrategia quiere conseguir una actitud fundamental: que las personas individuales y la sociedad en general lleguen a ver el círculo de la pobreza como algo que se puede romper, y no como inevitable. Si no existe esa convicción no se podrá conseguir ningún cambio que afecte de verdad a las condiciones de vida de los pobres. Los Objetivos del Desarrollo para el Milenio de Naciones Unidas afirman que el mundo tiene bienes materiales más que suficientes para satisfacer las necesidades de todos los miembros de la especie humana. Pero los pobres siguen siendo pobres sobre todo debido a las estructuras económicas y sociales que se podrían cambiar, pero que favorecen los intereses de los más fuertes y funcionan para detrimento de los más débiles.

Dice el papa Juan Pablo II en su encíclica Solicitudo rei sociales, 16::

Hay que denunciar la existencia de unos mecanismos económicos, financieros y sociales que, manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo cuasi automático, haciendo más rígida la situación de riqueza de unos y de pobreza de otros. Esos mecanismos, manipulados por los países más desarrollados de modo directo o indirecto, favorecen a través de su mismo funcionamiento los intereses de los que los manipulan, y terminan por ahogar o condicionar las economías de los países menos desarrollados.”

La pobreza puede ser erradicada del mundo sólo por medio del establecimiento de estructuras sociales justas dentro de las cuales los pobres tengan igualdad de oportunidades de acceso a la educación, vivienda, puestos de trabajo, atención sanitaria, alimentación y otras necesidades humanas fundamentales. Así habló Nelson Mandela en Londres el año 2005 durante una concentración para “Hacer que la pobreza pase a la historia”:

“La pobreza no es algo natural, como no lo son la esclavitud o el apartheid. Es creación de la humanidad, y puede ser vencida y erradicada por la acción de seres humanos. Derrotar a la pobreza no es un gesto de caridad, es un obra de justicia.”

Federico Ozanam expresó exactamente la misma idea hace ya más de siglo y medio:

“La (obra de) caridad no es suficiente. Trata las heridas, pero no detiene los golpes que las producen… La caridad es el samaritano que derrama aceite sobre las heridas del viajero asaltado. El papel de la justicia es prevenir los ataques.”

Segunda estrategia

Diseñar proyectos, políticas y líneas de acción inspiradas por nuestros valores cristianos y vicentinos.

Los valores cristianos y vicentinos deben inspirar todas nuestras acciones en servicio de los pobres. San Vicente de Paúl creía firmemente que Dios guía la historia de la humanidad, y que ha intervenido en ella de una manera definitiva por medio de Jesús. Estaba también convencido de que las acciones de los seguidores de Jesucristo son signos a través de los cuales se manifiesta la acción de la Providencia en el mundo.

Vicente sabía cómo dar forma concreta a las ideas. Fundó asociaciones y comunidades de creyentes que han durado ya casi cuatro siglos. A todas ellas las dotó de una sólida base espiritual y de los medios necesarios para su acción caritativa. Uniendo la acción y la oración, animaba a sus seguidores a entregarse por entero a Dios y a los pobres. La unión dinámica de lo espiritual y de lo práctico es la piedra maestra de los cimientos espirituales de la gran Familia Vicenciana.

En la misma línea dejó escrito el papa Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est, 36:

“Podríamos ser tentados a ceder ante la fatalidad, pues podría parecernos a veces que no se puede hacer nada. En tales momentos una relación viva con Cristo es algo decisivo. Los que oran no están perdiendo el tiempo, ni siquiera cuando se encuentran en situaciones desesperadas que parece que sólo exigen que se actúe. La verdadera piedad no disminuye la intensidad de la lucha contra la pobreza, por grave que ésta sea… El tiempo que se dedica a Dios en la oración no sólo no disminuye el servicio efectivo y amoroso a nuestro prójimo, sino que es de hecho la fuente inagotable de ese servicio.”

Tercera estrategia

Al anunciar el Evangelio a todas las naciones hay que mantener un gran respeto a las diferentes culturas locales. Así se van integrando los valores evangélicos y los valores vicentinos que inspiran nuestra acción en los modos culturales de los pobres por los que trabajamos.

El Concilio Vaticano II advierte (en Ad gentes, 11,15) que la Iglesia, cuando anuncia el Evangelio entre gentes que no conocen a Cristo, debe estar atenta a lo que se conoce como las “semillas del Verbo”, es decir, los sanos valores humanos, culturales, morales, que se encuentran en todas las culturas y que se deben sin duda a una acción oculta del Verbo y del Espíritu Santo en la historia humana en todos los lugares del mundo.

Por eso en nuestros proyectos a favor de los pobres en diversos lugares del mundo debemos evitar con cuidado el transmitir los valores típicos de nuestra propia cultura como si fueran valores evangélicos. Necesitamos tener un conocimiento claro de lo que son valores evangélicos, que sí debemos transmitir, y distinguirlos con cuidado de los valores que hemos aprendido desde niños en nuestra propia cultura.

Al proceso de integrar los valores evangélicos en las diversas culturas se le conoce como “inculturación”, de la que dice el papa Juan Pablo II en Familiaris consortio, 10:

“Por medio de la inculturación se camina hacia una restauración plena de la alianza con la Sabiduría de Dios, que es Cristo mismo. La Iglesia entera se enriquecerá también con las culturas que, aunque no tengan tecnología, abundan en sabiduría humana y están animadas por valores morales profundos.”

2. Estrategias orientadas a las personas

Las estrategias de este grupo se centran en los pobres mismos como las personas más capaces de cambiar su propia situación. Por eso como cristianos y como vicentinos inspirados por Cristo evangelizador de los pobres, intentamos estar atentos a sus necesidades y a sus esperanzas, de manera que no sólo les evangelicemos y les sirvamos, sino que también nosotros cambiemos por el contacto con ellos. Para emplear bien estas estrategias es necesario conocer a los pobres cara a cara, entrar en su mundo y hacerlo nuestro en la medida de lo posible, acompañarles en su caminar y apoyarles en los procesos de tomas de decisión hacia el cambio sistémico.

Primera estrategia

Escuchar con cuidado e intentar entender las necesidades y las aspiraciones de los pobres, creando una atmósfera de respeto y de confianza mutua, ayudándoles a ser conscientes de su dignidad de hijos de Dios y de su derecho a controlar su propio destino.

La experiencia enseña que muchos pobres se sienten incapaces de cambiar su situación porque han perdido el sentido de su dignidad y de su capacidad como personas. Pero su autoestima aumenta cuando otras personas les tratan con respeto. Si no conseguimos despertar en ellos su autoestima será imposible ayudarles a participar activamente en el desarrollo de sus capacidades y en el de sus familias y comunidades. Sin la participación activa de los pobres no se puede conseguir un cambio sistémico prolongado y sostenible.

Segunda estrategia

Comprometer a los pobres mismos, incluyendo a jóvenes y mujeres, en todos los estadios del proceso: identificación de las necesidades, planificación del proyecto, ejecución, evaluación y revisión.

Haciendo eso les ayudamos a ser responsables en todos los niveles del proyecto, desde el estudio de la situación en que se encuentran hasta la evaluación periódica, una vez que el proyecto esté ya en marcha. Esto tendrá como resultado que sean los mismos pobres los agentes principales de su propio desarrollo, que sean conscientes de sus derechos y de sus responsabilidades, y no simplemente receptores pasivos de la ayuda de otros.

La caridad no debe limitarse a aplicar un bálsamo calmante a las heridas causadas por la vida social; la caridad debe también tratar de unir a los diferentes actores en un diálogo y una acción común para construir una sociedad más justa. La parábola del buen samaritano nos presenta de una manera muy viva el principio de que el amor de Dios se hace presente en el amor al prójimo. Y hoy nos damos cuenta cada vez con mayor claridad de que la caridad implica no sólo curar las heridas de las víctimas y derramar aceite sobre sus heridas, sino también hacer que el camino de Jerusalén a Jericó sea más seguro para todos.

Los vicentinos intentan vivir y obrar en solidaridad con los pobres, y no se limitan a animar a otros a compartir con los pobres sus bienes sobrantes.

Tercera estrategia

Ofrecer una visión espiritual a todos los participantes en el proyecto para ayudarles a orientar su vida de una manera humana sólida y profunda.

A lo largo de la historia la preocupación seria por la educación, incluyendo la religiosa, de la juventud ha jugado un papel muy importante en proyectos inspirados por el espíritu de san Vicente. Luisa de Marillac comenzó en el mismo París las “petites écoles” para niños, y sus Hijas de la Caridad las escuelas para la infancia en el mundo rural. Federico Ozanam enseñó a estudiantes universitarios; Elisabeth Anne Seton comenzó la primera escuela católica libre en Estados Unidos, que dio origen a la fundación y crecimiento del enorme sistema católico escolar en esa nación.

Si bien el comer, el vestir, el tener una vivienda, unas buenas condiciones sanitarias y un trabajo son aspectos fundamentales para salir de la pobreza, la vida del espíritu es crucial para un desarrollo humano integral. San Vicente mostró siempre una gran preocupación por la dimensión espiritual de las personas a las que servían él y los hombres y mujeres inspirados por él, así como por la sólida formación espiritual de todos los que participaban en su misión.

Dice el papa Pablo VI en Populorum progressio, 35, que la educación es

“la herramienta primera y fundamental para el crecimiento de la persona y su integración social; es también la herramienta más valiosa de la sociedad para promover el desarrollo y el progreso económico. La falta de educación es tan grave como la falta de comida.”

Cuarta estrategia

Promover procesos de aprendizaje por cuyo medio los miembros del grupo, en particular los mismos pobres, hablen unos con otros de sus éxitos y de sus fallos, compartan sus ideas y sus capacidades, y se vayan formando de ese modo líderes en el seno mismo de la comunidad local que sean servidores de los demás al estilo vicentino.

El formar de entre los mismos pobres personas con capacidad de liderazgo es fundamental para producir un cambio importante en la vida de un grupo o comunidad. Un estilo vertical y paternalista de mando no es eficaz para procesos educativos orientados hacia el cambio sistémico. En el espíritu del evangelio y de nuestra tradición vicentina el liderazgo debe estar orientado a servir a los demás.

Vicente de Paúl descolló en esta cualidad de saber capacitar a los demás. Escuchaba sus ideas, buscaba su consejo, y proporcionaba los medios que necesitaban sus colaboradores para llevar a cabo su misión. Vicente proponía a Cristo como modelo que sabe servir.

Los líderes-servidores asumen en cierta manera el papel de seguidores, escuchando a los otros y ayudándoles a reforzar su capacidad para trabajar por conseguir metas concretas.

Quinta estrategia

Crear organismos e instituciones con la ayuda de los cuales el grupo o la comunidad puedan diseñar estrategias eficaces para el interior de la comunidad y para intercambiar información y métodos de acción con otras comunidades.

Un ejemplo de la eficacia de esta estrategia nos lo da Eugene Smith hablando del proyecto de cambio sistémico en la República Dominicana del que se habló arriba:

“Cuando Jack volvió a Ocoa no podía creer lo que veía. Ahora todo estaba verde, y la conducción de agua se había ampliado de 6 aldeas a 19, y tiempo después a 120. Vio que una aldea ayudaba a otra, y así sucesivamente. El proyecto inicial estaba dando origen a muchos proyectos derivados.”

Esta estrategia quiere sugerir la necesidad que tienen los grupos y las comunidades de pensar más allá de un proyecto particular y de establecer equipos, organismos e instituciones con poder de decisión para atender a sus necesidades ordinarias, para representarles ante otros grupos y para fomentar la colaboración con ellos, para ponerse en contacto con expertos del exterior que les ayuden a diseñar proyectos, a buscar fondos y a otros temas.

Un aspecto importante de esta estrategia es que amplía el concepto de “comunidad”. San Vicente animaba a los miembros de sus instituciones a cultivar el espíritu de asociación, a mirar por encima de los propios muros, a ver los intereses de los pobres desde una perspectiva más amplia, y a facilitar las relaciones con otros grupos que también trabajaran por los pobres.

Sexta estrategia

Promover la conciencia y la necesidad de comprometerse en los procesos políticos por medio de la educación social y cívica de los individuos y de las comunidades.

La participación cívica es indispensable cuando se trabaja por la transformación estructural necesaria para producir un cambio real y duradero. La caridad y la justicia van mano con mano y no se pueden separar de la dimensión política de la vida. El amor hacia los pobres no es eficaz en última instancia si no se enfrenta a las causas de las situaciones injustas en las que viven los necesitados, sean esas situaciones de carácter social, cultural, económico o político. San Vicente fue muy consciente de esto, y usó su influencia en la corte real de Francia y en otros lugares con peso social importante para aliviar los sufrimientos de los pobres. Por su parte, santa Luisa de Marillac animaba a las primeras Hijas de la Caridad a hablar con sencillez, pero con firmeza, con las personas en puestos de autoridad, y a dar a conocer las necesidades de los pobres, y a defenderles cuando fuera necesario.

En el libro Semillas de esperanza [Seeds of Hope – edition in English], del que estamos tomando todas estas ideas, se cita un ejemplo luminoso de cambio sistémico en la vida de varias comunidades campesinas en la isla de Mindoro, en las Filipinas, en el que un grupo de Hijas de la Caridad anima un proyecto de autopromoción integral que incluye un programa de formación en temas de espiritualidad, de liderazgo, en temas bíblicos, sobre formación humana y ecología, así como seminarios especiales sobre nuevas técnicas agrícolas, sobre la creación de cooperativas, y sobre la participación política de los campesinos como ciudadanos y como votantes (pp. 163-185) [pp.140-161 –edition in English].

Séptima estrategia

Respetar y apoyar los mecanismos para promover la solidaridad que existan entre los miembros del grupo o de la comunidad.

Los mecanismos para promover la solidaridad capacitan a las comunidades para seguir existiendo. Los programas que promueven la ayuda mutua juegan un papel fundamental. Muchas personas pobres no podrían sobrevivir si no hubiera solidaridad en el grupo o en la comunidad.

En el libro del que estamos hablando se citan varios ejemplos de solidaridad mutua en grupos y comunidades pobres. Por ejemplo, el programa de ahorros y préstamos que comenzó en Payatas, Filipinas, y que se ha extendido ahora a otros muchos lugares (páginas 121 y siguientes) [pp. 99 ff. – edition in English ]; los comedores para niños puestos en marcha por las voluntarias de la Asociación Internacional de Caridades en Madagascar (pp. 79 y ss.) [pp. 63 ff. –ed. In English]; el trabajo efectuado comunitariamente en el proyecto en la República Dominicana del que hablamos arriba. En cada uno de estos programas la ayuda mutua ha sido fundamental. Basándose en estos ejemplos, se pueden imaginar otros proyectos en los que la gente marginada cree lazos de solidaridad. Debemos ser cada vez más conscientes de que son los pobres mismos los agentes más adecuados para encontrar soluciones a su pobreza y mejorar su situación, y para promover en sus vidas un cambio sostenible.

3. Estrategias orientadas hacia las obras concretas

Primera estrategia

Comenzar con un estudio serio de la realidad local, basado en datos concretos, para poder adaptar los proyectos a esa realidad.

El análisis de la situación real es fundamental para atacar las causas de la pobreza y poner en marcha proyectos para un verdadero cambio sistémico. Hay que conocer los aspectos positivos y negativos de la situación dada; hay que ser conscientes de los problemas y riesgos que puede suponer el proyecto; es necesario saber situar la situación dada en su contexto geográfico, económico, político, social y cultural. Esto se puede llevar a cabo por observación directa, por medio de entrevistas con los interesados, por el estudio de datos estadísticos reunidos por organizaciones, etc.

En cuanto a las personas, es preciso identificar a los miembros del grupo que van a participar en el proyecto, escuchar sus sugerencias, sus aspiraciones, sus dificultades, Ningún método técnico, aunque necesario, puede sustituir a un saber escuchar con respeto y con atención las voces de los pobres.

Dice Pablo VI en Octogesima adveniens, 4:

“Cada comunidad cristiana debe analizar de manera objetiva la situación de su propio país, para derramar sobre ella la luz del evangelio, y… para discernir las opciones y los compromisos necesarios para llegar a conseguir los cambios sociales, políticos y económicos necesarios.”

Segunda estrategia

Tener una visión los más comprehensiva posible cuando se trate de necesidades humanas básicas: puestos de trabajo, atención sanitaria, vivienda, educación, atención espiritual… Se debe intentar un tratamiento integral en lo posible, estableciendo un proyecto que asegure un desarrollo sostenible de larga duración.

Esta estrategia es esencial para mejorar de un modo significativo y permanente las condiciones de vida de los pobres. Así lo vio con claridad ya en su tiempo, mediados del siglo XIX, sor Rosalía Rendu, la hija de la caridad que asesoró a los jóvenes fundadores de la Sociedad de San Vicente de Paúl en sus primeros pasos de dedicación a los pobres:

“Hay clases diferentes de caridad, y la pequeña ayuda que damos es sólo un paliativo. Hay que poner en marcha una caridad más eficiente y más duradera; hay que conocer las actitudes y el nivel de instrucción de los pobres; hay que conseguirles trabajo para que puedan ellos mismos escapar de su situación de miseria.”

Efectivamente, la limosna ocasional es necesaria, pero “es sólo un paliativo”. Aunque el concepto y la expresión de cambio sistémico sea relativamente reciente, muchos miembros de las diversas ramas de la Familia Vicenciana a lo largo de su historia se han dado cuenta de que al ser muchas las necesidades de los pobres, había que trabajar por atender no ya sólo una necesidad concreta, sino sus condiciones de vida en general, tratando además de proveerlos de los medios necesarios, en particular la educación básica y la capacitación laboral, para que ellos mismos fueran capaces de salir de su pobreza por sus propios esfuerzos.

La simple enumeración de las obras emprendidas por sor Rosalía y su comunidad de hijas de la caridad para atender a las diversas necesidades básicas de la población pobre del suburbio obrero en el que vivían y trabajaban impresiona por su variedad y por su visión: escuela primaria para los hijos de los obreros, clases de costura y bordado para las madres y las jóvenes, un jardín de la infancia para los niños de las madres obreras, todo ello complementado con iniciativas dirigidas a la atención de necesidades urgentes: una farmacia, una clínica, almacenes de ropa, de alimentos, de leña. Y en casos de verdadera emergencia social, tal como una epidemia de cólera, asistencia a los vivos, acompañamiento a los moribundos, entierro de los muertos.

El padre Pedro Opeka, C.M., a cuya iniciativa se debe un impresionante plan de cambio sistémico en las vidas de gentes que antes vivían en un enorme basurero de la capital de Madagascar (se describe el proyecto en las páginas 17-39 de la edición en español de Semillas de esperanza) [pp.10-30 -edition in English], resume esta estrategia de esta manera escueta:

“La persona humana es un todo; sus partes no crecen independientemente unas de otras. Un verdadero desarrollo humano se consigue sólo cuando tenemos en cuenta todas las dimensiones de la persona humana” (página 143) [p. 121 -edition in English].

Tercera estrategia

Comenzar proyectos a escala modesta, delegar tareas y responsabilidades, proporcionar servicios de calidad que tengan en cuenta la dignidad de las personas.

Los proyectos por los pobres suelen nacer en una escala modesta, y luego crecen paso a paso. La historia de la experiencia de Vicente de Paúl en Chatillon es un buen ejemplo. Cuando a sus 37 años descubrió en aquella población de la que era párroco la necesidad que tenían los enfermos pobres de que alguien les asistiera de modo permanente, reunió a un pequeño grupo de personas, formuló un plan, creó una asociación y delegó las responsabilidades en las mujeres del grupo. De esta primera experiencia fue brotando toda una red de Cofradías de Caridad (así se llamaban los grupos) que a la muerte de san Vicente, eran “casi innumerables”, dice su primer biógrafo, extendidas por buena parte de Francia y en Italia. La primera idea de atención a los enfermos pobres en sus casas se amplió posteriormente con la creación de escuelas de formación profesional para muchachos y muchachas, atención, cuidado y educación de niños abandonados, y otras varias actividades.

En el mismo libro que se acaba de citar se narra en las páginas 73-91 [pp. 63 ff. –edition in English] una actuación de las Asociaciones Internacionales de Caridad (AIC, el nombre actual de la institución que nació en Chatillon), Se comenzó en Madagascar con unas pequeñas ayudas de 100 dólares para poner en marcha un modesto proyecto de alimentación que con el paso del tiempo se convirtió en una red nacional contra el hambre y la mala nutrición, un proyecto que es hoy reconocido y apoyado hasta por organizaciones internacionales tales como UNICEF.

La calidad, la competencia, la amabilidad y el respeto deben ser características del servicio orientado a cualquier proyecto. Destacamos estas palabras de Luisa de Marillac a un grupo de hijas de la caridad sobre cómo hay que tratar a los personas pobres:

“Ante todo sed educadas y amables con los pobres por los que trabajáis; sabéis muy bien que ellos son nuestros amos y que nosotras debemos amarles con ternura y tenerlos un gran respeto. Al servir a los pobres tenéis que tener ante los ojos sólo a Dios… Tratad a los pobres con respeto y humildad, recordando que toda rudeza o desprecio, como también los servicios y el honor que les deis, van dirigidos hacia Nuestro Señor mismo.”

Cuarta estrategia

Diseñar el proyecto de tal manera que se pueda evaluar en sus diversos estadios, previendo de antemano resultados que se puedan medir con cierta precisión

Cuando se les presentan proyectos para conseguir subvenciones, las instituciones que las conceden suelen exigir que se incluyan en el diseño del proyecto evaluaciones intermedias y una evaluación final.

La evaluación es una herramienta indispensable en el desarrollo de cualquier proyecto. La revisión periódica de un proyecto permite tener un conocimiento de los aspectos positivos y negativos, y proporciona la oportunidad de ajustar los objetivos iniciales, los métodos de trabajo y los medios si surgen problemas sobre la marcha.

Las evaluaciones ayudan a evitar las desviaciones que no respondan a lo que se pretendía en el proyecto inicial; también ayudan a saber responder a circunstancias no previstas que surjan durante su desarrollo, manteniendo de eso modo durante todo el transcurso de su ejecución la finalidad que se pretendía cuando se diseñó el proyecto.

Quinta estrategia

Intentar que el proyecto concreto sea autosostenible, asegurando los recursos humanos y económicos necesarios para que perdure.

Antes de comenzar a trabajar, los que diseñan el proyecto deben reunir los recursos humanos y materiales necesarios para llevarlo a cabo. Se debe redactar un presupuesto detallado. Si se busca una subvención, hay que justificar todos los gastos. Eso exige que se defina con todo cuidado el costo de los materiales, del trabajo y los salarios. Las organizaciones que conceden ayuda financiera exigirán recibos y facturas justificadas de las empresas que venden los materiales.

Para conseguir que un proyecto tenga éxito y produzca un impacto duradero es importante crear relaciones con otras organizaciones cuando sea posible, colaborando con otros grupos o instituciones que tengan objetivos similares.

Sexta estrategia

Transparencia total en todos los aspectos del desarrollo del proyecto. Mantener controles cuidadosos sobre el dinero y la dirección; dar cuentas detalladas de todas las operaciones.

La transparencia contagia a todos los participantes en el proyecto un espíritu de confianza y la conciencia de que también ellos son copropietarios. La transparencia incluye:

  • decir siempre la verdad, difícil disciplina sobre todo cuanto está en juego nuestra conveniencia personal o cuando la verdad es embarazosa;
  • dar testimonio de la verdad, es decir, autenticidad personal que hace que la vida de una persona esté en consonancia con sus palabras;
  • buscar la verdad como un peregrino, más bien que creer que uno posee toda la verdad como si tuviera monopolio sobre ella;
  • esforzarse por hacer todo con pureza de intención;
  • practicar la verdad por medio de obras de justicia y de caridad;
  • vivir sobriamente y compartir lo que uno tiene;
  • usar un lenguaje claro y transparente, sobre todo al tratar con los pobres;
  • dar cuentas detalladas de todas las cantidades de dinero invertidas en el proyecto.

4. Estrategias orientadas a la corresponsabilidad

Primera estrategia

Promover la corresponsabilidad social y la creación de redes de asistencia, sensibilizando a la sociedad en todos los niveles, local, nacional e internacional, acerca de la necesidad de cambiar las condiciones injustas que afectan a las vidas de los pobres.

Ésta debe ser una convicción de la Familia Vicenciana mundial: no debemos atender solamente las necesidades del pobre individual, sino que debemos también preocuparnos por los grupos sociales e intentar reformar las estructuras injustas que con frecuencia ocultan las causas de la pobreza y la perpetúan. Todos los que nos decimos inspirados por el espíritu de san Vicente de Paúl debemos tener a la vez, como él, un corazón caritativo y una conciencia social,

Igual que en tiempo de san Vicente, una caridad genuina debe ser social, es decir, debe tener una dimensión social que le lleva a trabajar por la justicia, a actuar sobre las estructuras económicas, políticas y culturales. San Vicente trabajó intensamente por hacer más vivo el sentido de la responsabilidad de las autoridades y de las clases pudientes de su tiempo. Trabajó, y lo consiguió en buena medida, para que los políticos de su tiempo tuvieran conciencia de su obligación moral de preocuparse por los pobres.

Para responder a las diferentes necesidades de los pobres debemos asociarnos con organizaciones que tienen los mismos objetivos. Los proyectos producirán un mayor impacto si formamos una red con algunos de los muchos grupos que trabajan por la erradicación de la pobreza, en particular con otras ramas de las gran Familia Vicenciana, nuestra ‘red’ natural, pues está animada toda ella por el espíritu de los mismos fundadores. Esta idea se amplía y expone con mayor detalle en la siguiente estrategia.

Segunda estrategia

Construir una visión compartida con diferentes grupos con los que podamos colaborar: comunidades pobres, personas individuales interesadas, donantes, iglesias, gobiernos, el sector privado, sindicatos, medios de comunicación, organizaciones internacionales…

Cuando deseamos que haya una transformación de las condiciones sociales de la vida de los pobres, necesitamos estrategias valientes para conseguir objetivos sociales importantes. Vicente de Paúl tenía una visión que apuntaba muy alto. También la tenía Federico Ozanam. Ambos querían extender la ayuda a todos los que la necesitaran, cubrir el mundo con “una red de caridad.” Con esta visión animaron a otras muchas personas a comprometerse en la renovación y mejora de las condiciones de vida de los pobres.

Si colaboramos con otras fuerzas, nuestra visión cristiana y vicenciana podrá ser adoptada por otras personas e instituciones, e influir en su acción. El modelo básico de la misión vicentina es de carácter colaborador, supone trabajo en comunidad y en equipo, el asociarse con otros movimientos e instituciones que trabajan por el mismo fin de redención de los pobres.

En el libro que venimos citando a lo largo de este trabajo aparecen varios ejemplos de colaboración entre diversas ramas de la Familia Vicenciana, así como de colaboración con otras instituciones de muy diverso carácter: instituciones voluntarias católicas o no, poderes públicos, incluso con organizaciones supranacionales (Naciones Unidas, Comunidad Europea).

El libro destaca en este punto un programa muy ambicioso que nació de la colaboración entre la Comunidad de San Egidio (asociación católica de carácter laico) y las Hijas de la Caridad para la lucha contra el sida en varios países de África. Se encuentra una descripción detallada del proyecto en las páginas 41-52 [pp. 31-42 -edition in English]. La colaboración inicial entre las dos instituciones se amplió posteriormente para incluir la colaboración de Catholic Relief Services (Servicios Católicos de Socorro, de Estados Unidos), El proyecto promueve hoy lazos de colaboración entre varios sectores de la sociedad: los afectados por la enfermedad como actores principales, los gobiernos locales y nacionales, el sector privado (ONGs, empresas), iglesias y personas individuales interesadas por colaborar en el proyecto.

Estrategia tercera

Esforzarse por transformar las situaciones injustas y tratar de producir un impacto significativo por medio de la acción política sobre los programas públicos y sobre las leyes.

Para llegar a conseguir un cambio sistémico varias ramas de la Familia Vicenciana se han comprometido en documentos recientes a estar al lado de los pobres en sus luchas por la justicia y a participar con ellos en la acción política.

El pecado corrompe no sólo a los individuos, sino también a las estructuras sociales, las leyes, las políticas económicas, y otras muchas cosas de carácter social, como las costumbres y la cultura. Enfrentado a la injusticia de la sociedad de su tiempo, que producía tanta pobreza, escribía Federico Ozanam el 31 de mayo de 1848:

“La caridad no basta. Trata las heridas, pero no detiene los golpes que las producen… Hay una inmensa clase social pobre que no quiere limosnas, sino instituciones.”

Ozanam animó a los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl a unirse a los pobres en sus esfuerzos por cambiar las estructuras sociales injustas. Con la intención, expresada en su programa, de luchar por una sociedad basada en la justicia social y la colaboración de las clases sociales, se presentó él mismo en una ocasión como candidato a diputado para la Asamblea Nacional. Movido por los mismos ideales de promover la justicia social fundó una publicación periódica, La nueva era, que naturalmente no fue muy bien vista por los elementos más conservadores, incluso católicos, pues se defendían en ella vigorosamente los derechos de los trabajadores y de los pobres.

La Misión Vicenciana, ante Naciones Unidas, en la que están representadas varias ramas de la Familia Vicenciana, intenta ayudar a los pobres de cualquier parte del mundo en sus luchas por la justicia, a través sobre todo del apoyo a los Objetivos de Desarrollo para el Milenio y a través de la defensa de los derechos humanos. En las páginas 197-215 [pp. 170-189 -edition in English] del libro citado se ofrece una descripción detallada de los campos de actuación de la Misión Vicenciana ante Naciones Unidas.

Estrategia cuarta

Tener una actitud profética: anunciar, denunciar, y por medio de la asociación con otros, comprometerse en acciones que ejerzan presión para conseguir cambios.

Ser profeta, anunciar y denunciar la injusticia es un deber para los seguidores de Cristo. Jesucristo, que resume la misión que le ha confiado el Padre en evangelizar a los pobres, liberar a los cautivos y oprimidos, dar la vista a los ciegos (Lucas 4,18), aparece en los evangelios repetidas veces desafiando a las autoridades civiles y religiosas, llamándoles a practicar la compasión hacia los pobres, la justicia y la verdad. En seguimiento de Cristo, la atención constante a crear una sociedad justa requiere solidaridad con los pobres, un valor vicentino central.

Epílogo

Todas las estrategias para el cambio sistémico que se han expuesto hasta aquí requieren una confianza firme en la capacidad humana y también una confianza sólida en la Providencia. Concluimos este trabajo con unas palabras impresionantes del padre Pedro Opeka, a quien se citó más arriba:

“El progreso material nunca satisface del todo las ansias de los corazones de la gente. Nuestro espíritu está inquieto cuando buscamos un sentido a la vida. La chispa de Dios se encuentra en todos los seres humanos, y mueve el corazón a ir más allá de los horizontes limitados de la vida diaria… Cuando exploramos el misterio de la alianza entre Dios y la humanidad, cuando desarrollamos los dones de la compasión, de la misericordia y del compartir, nos movemos más allá de los límites de la justicia humana y comenzamos a extender una caridad que no tiene límites. De este modo vivimos en la paz y en la alegría porque amamos profundamente. Con ese fin, intentamos volver continuamente a la fuente de la Buena Noticia y le abrimos nuestros corazones. Si hacemos eso fielmente, entonces, siguiendo las huellas de Cristo, nosotros mismos seremos una Buena Noticia.”

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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