Cultura popular francesa en los siglos XVII y XVIII (14 y final)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Robert de Mandrou · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1975 · Source: Edic. Stock, Troyes.
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8. Post-scriptum: La Biblioteca azul en el siglo XIX

mendigos La Revolución de 1789 no puso fin a la actividad de los libreros troianos ni de los pequeños viajantes: durante algunos años, la «viuda Garnier» continuó imprimiendo y expandiendo las obras de su fondo bajo la nueva enseña de «Ciudadana Garnier». Entre tanto la propaganda revolucionaria, el desarrollo de los diarios modificaron bastante las condiciones de la venta. Una maleta de viajante, confiscada en 1794 -y analizada por Albert Soboul en sus «Revolucionarios del año II»- comprende pocos títulos «tradicionales»1. Más tarde se mezcló la policía en el asunto; después de 1815, y hasta 1852, la edición y el comercio del libro circulante conocieron de nuevo un auge y una prosperidad más grande aún que en los siglos precedentes, a media que los progresos de la enseñanza primaria facilitaron su lectura directa.

Sin embargo el propio fondo se renovó entonces considerablemente, y tan profundamente que no es legal tratar como un mismo movimiento a la Biblioteca azul como un solo y único conjunto del siglo XVII al XVIII. El conjunto de esta evolución ha sido recientemente estudiado por un joven investigador, J.-J. Darmon, quien ha utilizados los vastos recursos estadísticos conservados en los archivos nacionales sobre el fin de la venta ambulante en el Segundo Imperio: remitamos al lector para mayor información a esta obra2 y limitémonos a algunas anotaciones esenciales.

Estos libros para el pueblo, que las buenas cabezas del siglo de las Luces han abrumado con sus desprecios, han encontrado un público «literario»; cuando en 1852 el ministerio del Interior decide vigilar el libro de circulares y crea a este respecto una comisión de examen, la prosperidad e los libritos de cubierta azul está en su cima; sin embargo la vigilancia de la venta es la señal de un declive, que los relevos de la prensa escrita han precipitado en los últimos decenios del siglo.

1. La renovación del fondo. El fondo de ventas cambia de rostro en el siglo XIX: Baudot y sus competidores continúan explotando el viejo repertorio con asiduidad; los almanaques en particular se perfeccionan, dejan un lugar más grande al calendario de las ferias y mercados clasificados por departamento, se hacen poco a poco más utilitarios, menos moralizadores y astrológicos: así el Mateo Laensberg de 1829 trae las rúbricas siguientes: tras el calendario de los meses las previsiones de tiempo para las cuatro estaciones, los pronósticos perpetuos (pájaros, nubes, luna, sol), los pronósticos diarios para el tiempo y la jardinería, mes tras mes; luego los horarios de las ferias para el Sena, el Aube, el Marne, el Sena-y-Marne, el Alto-Marne, el Oise, el Yonne, el Aisne, el Mosa, las Ardenas, la Costa-de Oro, el Loiret, el Sena-y-Oise y el Nièvre. Por último el calendario acaba con una serie de predicciones, mes por mes, misceláneas, historietas, cuentos, recetas para librarse de las ratas y de las pulgas…

Pero las grandes innovaciones están en la extensión de dos fondos tradicionales: primero la novela que prolifera hasta el punto de predominar en número sobre todo otra categoría, y que da a la pasión amorosa un campo de relatos inmenso; es el preludio de la novela-folletín que va a hacer a mediados del siglo la fortuna del periódico cotidiano a una perra. «Pasiones de capa negra», son únicamente «amores y secuestros, herederas perseguidas que desaparecen en hotelitos, …muerte en todos los albergues, bosques sombríos, medallones, juramentos, lágrimas y besos, navecillas, jóvenes prometidos más valientes que leones, dulces como corderillos, suicidas por delicadeza, sacrificios de toda clase». El autor anónimo de un curiosa catálogo conservado en la Biblioteca nacional intentó hacia 1826-1830 el recuento de esta nueva literatura novelesca que había florecido hacia mediados del XIX y alcanza su pleno desarrollo después de 1815: cuenta por centenares en su «Diccionario universal literario y crítico de las novelas» estos relatos de títulos evocadores, anónimos con mucha frecuencia según la tradición, que hundieron literalmente a los catálogos de venta ambulante, como a los locales de lectura en las ciudades y en París mismo.

En segundo lugar, viene la transformación del repertorio histórico: al mismo tiempo que los románticos descubren la Edad Media, Carlomagno deja de representar solo la historia de Francia: San Luis bajo su encina, los Templarios en su hoguera, Bayard sin miedo y sin reproche, Luis XI y sus pequeñas jaulas, Enrique IV y su penacho blanco ocupan un reducido lugar, son honrados cada uno con uno o dos títulos. Pero nada comparable con la entrada de Napoleón Bonaparte en este lugar de catálogo; por decenas se anuncian los títulos de los relatos de la epopeya europea de Napoleón: batallas en cabeza naturalmente, pero también rasgos de humanidad para con los vencidos, los soldados de su guardia, los antiguos compañeros de los malos días: recuerdos del Imperio, Napoleón en el campo de Boulogne, el paso de Nimega, favores del Emperador… Ningún hombre de estado de la Revolución encontró gracia entre los redactores de este nuevo legendario histórico; pero Napoleón fue objeto de los cuentos hasta en sus momentos menos gloriosos: retirada de Rusia, campaña de 1815 y exilio en Santa Elena, que vale al Emperador maltratado por sus vencedores la compasión de sus relatores. La leyenda napoleónica se constituyó en su mayor parte en esta literatura de vasta difusión que vino a sustituir, completar, confirmar los relatos de los soldados y de los militares fuera de servicio, y cuya irradiación fue sin duda más amplia que la de los cancioneros. Los vendedores apreciaron por supuesto estos relatos napoleónicos, de venta particularmente fácil; y parecen haber causado más de una preocupación a la policía de la monarquía restaurada, encargada de vigilar a los sospechosos y de impedir las propagandas hostiles al régimen. ¿Cuántas veces pudo reproducirse durante los quince años de la Restauración esta escena de mercado, que ocurre en enero de 1822 en Arcis-sur-Aube, y que cuenta el oficial de policía? «Hoy 4-1-1822, a la hora de las diez más o menos, nos Enrique de Percy, lugarteniente de gendarmería real, en la residencia de Arcis-sur-Aube, informado por el clamor público que tres o cuatro vendedores recorrían la ciudad con un tambor y una campana al efecto de reunir a los habitantes y a las gentes del campo venidas al mercado del dicho día, de darles comunicación de un escrito intitulado Llegada de Madame Bertrand a Francia, nos dirigimos a diversas calles de la ciudad de Arcis, luego a la plaza del mercado, donde vemos a un individuo desconocido de nosotros: el cual acompañado de un joven de edad de doce años tocando el tambor, había reunido en su alrededor a un centenar de personas a las cuales comenzó a anunciar el regreso de madame Bertrand a Francia, después queriendo dar de viva voz un resumen del contenido de la hoja que se proponía vender, daba a Bonaparte calificativos de desgraciado, de infeliz exiliado, hablaba de una carta escrita antes de su muerte a María-Luisa, a su hijo, con un tono patético que podía producir un pernicioso resultado, hemos exigido ver los papeles de este individuo quien ha declarado llamarse Pierron…».

2. El público «literario» de la Biblioteca azul. Este fondo, dedicado durante tanto tiempo al «populacho», a las cocinas, a los del pueblo y a las chozas, ha encontrado además a un público nuevo, a la hora en que los Románticos descubren al pueblo y las tradiciones populares. No existe nombre de nuestra literatura del siglo XIX, digamos incluso abarcando más de Stendhal a Proust, que no evoque, a vuelta de página o de prefacio, estos pequeños libros grasientos, que las nodrizas, los criados y su curiosidad les han dado a conocer. Sería fastidioso hacer la lista de los nombres y los testimonios -por el escaso interés «literario» que presentaría una recensión exhaustiva. Al menos séanos posible dar algunos ejemplos, menos conocidos que Nerval, siempre apasionado por las cantinelas y los cuentos de la Isla-de-Francia, él que escribe en las Canciones y Leyendas del Valois: «Recuerdo con ensueño los cantos y relatos que han mecido mi infancia. La casa de mi tío estaba llena de voces melodiosas, y las de las sabias que nos habían seguido a París cantaban todo el día las baladas alegres de su juventud».

Michelet, de buena gana, recurre a «estas bellas historias», Grisélidis, Genoveva de Brabante, Barba Azul, y muchas más: cuentos de hadas, novelas de caballería llevan a sus ojos la señal de una época poética, cuyo significado anda buscando. Barba Azul y Grisélidis, estos dos cuentos son «sin ninguna duda historias».

«El hada, escribe, es una mujer también, el fantástico espejo en el que ella se mira embellecida». Y sigue diciendo: «¿Qué fueron las hadas? Lo que de ellas se dice es que antiguamente, reinas de los Galos, orgullosas y fantásticas, a la llegada de Cristo, y de sus apóstoles, ellas se mostraron impertinentes, y volvieron la espalda. En Bretaña, bailaban en ese momento y no dejaron de bailar. De donde su cruel sentencia. Están condenadas a vivir hasta el día del juicio.

Balzac, en busca de todas las tradiciones, de todas las explicaciones válidas de la «Comedia humana», que se ha entregado a la tarea de llegar a comprender, no desdeña la lección de los cuentos. A la vuelta de una página del prefacio escrito en 1836 para el Lirio del valle, en el que se esfuerza en establecer una definición de la nobleza tradicional, cita el fondo caballeresco de la literatura popular que cita como testimonio indiscutible: «No hay gentilhombre, escribe, que no tenga algún nombre primitivo, su nombre de soldado franco. Los viejos cuentan enseñan a los niños estas cosas históricas con Ogier el Danés, Renaud de Montauban y los Cuatro hijos Aymon».

Flaubert también, como Madame Bovary, ha alimentado su infancia y su adolescencia con estas «glorificaciones enfáticas de las pasiones», con estos «relatos de aventuras», con estos «fondos polvorientos y grasientos de las estancias de lectura». Declara un día, sin avergonzarse, en su correspondencia, haber soñado él mismo por largo tiempo, con escribir una novela de caballería. Escribe en 1853 a Luisa Colet: «Estoy leyendo los cuentos de niño de Mme de Aulnoy, en una vieja edición, cuyas imágenes he coloreado a la edad de seis o siete años… Sabes que es uno de mis viejos sueños el de escribir una novela de caballería». (Ël añade, es cierto: «Pero ¿qué cosa no tengo yo ganas de escribir? ¡Cuál es el afán de pluma que no me excita!»). es todo un mundo en el que se mezclan la imaginería inglesa de Walter Scott con las figuras comunes de nuestro fondo, reinas desdichadas como Helena de Constantinopla, castellanas perseguidas, caballeros a falta de cruzada, santos devorados por tentaciones rechazadas en el último segundo. Flaubert entra en ello a manos llenas.

Lugar aparte merece que se le dé aquí a George Sand cuyas novelas La Charca del diablo, François le Champi, Los Maestros campaneros (este último prescrito en veladas que aúnan el relato de enfrentamiento entre Berrichons y Bourbonnais) conceden un gran espacio a las tradiciones populares del Centro. Sin duda George Sand «idealiza» ella con generosidad, ella que proclama en Consuelo: «El genio del pueblo es de una fecundidad sin límites. No necesita registrar sus producciones, produce sin descanso como la tierra que cultiva. Pero ella ha conocido, encontrado y restituido lo mejor que pudo (a pesar de las dificultades que expone en su dedicación de los Maestros campaneros a Eugène Lambert) toda una parte de estas tradiciones, entre ellas lo que ella llama, en La Charca del diablo, las «extrañas aventuras de espíritus traviesos y liebres blancas, de almas en pena y de brujos transformados en lobos, de aquelarre en encrucijada y de lechuzas profetisas»…

Rehabilitación, por decirlo así: Proust también, quien ha oído contar cien veces la triste Genoveva y el traidor Golo, no deja de citarlos al comienzo de Swann. Por un giro de las cosas al que no le falta picante, la literatura popular se reintegra así parcialmente en la «gran» literatura, en el momento mismo en que la persecución policíaca y el esplendor de la prensa barata la condenan a la desaparición, al propio tiempo que las tradiciones orales de las que ha sido el soporte y reflejo.

3. Las comisiones de estudio y la vigilancia: el declive. En varias ocasiones en el curso de su historia, el pequeño libro de venta atrajo la atención de las autoridades políticas: ya a principios del siglo XVIII, el lugarteniente de policía de París había mandado renovar, para conocimiento de los editores y corredores, la ordenanza de 1635 que preveía un control estricto de sus actividades, ordenanza cuya aplicación no parece haber tenido seguimiento hasta finales del Antiguo Régimen; además en 1702, Jacques (II) Oudot tuvo altercados con las autoridades, al ser denunciado por imprimir sin permiso (según su costumbre) «piezas volantes que contienen en su mayor parte noticias falsas o supuestas, reflexiones políticas, relatos de milagros imaginarios y otros malos trabajos de esta calidad, escritos ridículos que divierten y alarman al pueblo»; más tarde, la oficina de la Librería se ocupó de ello también, sin celo; bajo la Restauración, se dio orden a los prefectos (en marzo de 1822) de vigilar de cerca las actividades de los viajantes. Pero el golpe decisivo vino tras los acontecimientos de 1848. Sin duda alguna, la vigilancia de los pequeños mercaderes no ha sido nunca muy fácil en estos tiempos en que la policía de las carreteras, de los albergues no está perfeccionada; el gran terror de los bien pensantes en 1848-1849 hizo buscar por todas partes las responsabilidades revolucionarias y socialistas. Algunos funcionarios del ministerio del Interior se dieron cuenta del peligro que representaría toda la literatura popular, antigua o nueva. En 1849, una ley ordena la vigilancia de los patos, canciones e imágenes que tratan de temas políticos; en 1851, las órdenes de vigilancia renovadas consideran toda venta de libros o folletos en la vía pública sin autorización como delito, y presentan las listas de almanaques y escritos políticos prohibidos (almanaques falansterios, República del pueblo…), señalan también los escritos que atacan a la religión católica y prohibidos (almanaques de los amores, ciencias del diablo). Yendo más lejos el ministerio del Interior se da cuenta por último que la ausencia de moralidad de una buena parte de este fondo (toda la vena burlesca) pervierte los medios populares y merece depuración: se ha de controlar toda esta producción y una circular del 28 de julio de 1852 prescribe el sello de cada ejemplar.

El 30 de noviembre de 1852, se crea una comisión en el ministerio del Interior para examinar el conjunto del fondo -y preparar las listas de depuración destinadas a facilitar e trabajo de los prefectos 8o de sus servicios encargados de la venta ambulante). Esta comisión, compuesta de académicos y funcionarios, va a trabajar dieciocho meses para leer, clasificar, arquear los centenares de libritos facilitados por os diferentes editores obligados a someter su producción, y finalmente obligados a distribuir la censura y el elogio. El secretario efectivo d esta comisión de censura especial, Charles Nisard, publicó con su trabajo el libro bien conocido que es hasta ahora la única obra de conjunto dedicada a esta literatura, su «Historia de los libros populares o de la literatura ambulante desde el origen de la imprenta», que ha sido reeditada recientemente (1968) por las ediciones Maisonneuve. El libro es útil, pues ofrece una buena evocación «literaria» del total del fondo; y Nisard se identificó lo suficiente en su trabajo para indicar con frecuencia los motivos de condena de los diferentes tipos de libros, en términos que corresponden exactamente a los juicios de la Comisión permanente de la que J.-J. Darmon ja dado algunos sabrosos ejemplos:22 de febrero de 1854, negativa a autorizar la Historia de Italia, «escrita bajo un punto de vista casi revolucionario»; 19 de noviembre de 1862, negativa a autorizar la Historia de Juana de Arco, apodada la Doncella de Orléans… «la Comisión no cree deber emitir un juicio favorable a la admisión de este libro para la venta ambulante, a causa de la introducción en la que se encuentran acusaciones lanzadas contra la magistratura, la Iglesia y las clases elevadas, y que, tomadas en un sentido general, pueden parecer injuriosas en todas las épocas»3. Una nota del 12 de junio de 1854 ofrece las conclusiones de la comisión: los dos tercios de las obras estudiadas por los comisarios se han de retirar de la circulación, esencialmente por ser inmorales e insultar a la religión católica. La comisión recomienda pues una vigilancia constante mediante el estampillado de cada ejemplar en la capital del departamento del puesto de venta, mediante la creación de un cuerpo de inspectores de la venta ambulante que vigile as ferias, las estaciones, los grandes mercados y los puestos en las ciudades, en suma mediante la creación de una comisión permanente de examen encargada de estudiar las nuevas producciones o reediciones salidas del antiguo fondo.

Este aparato policiaco, que ha obligado a los editores a revisar su fondo y sometido a los pequeños vendedores a un procedimiento pesado de control , no ha matado la literatura popular. Cuadros recapitulativos, de 1867, revelan incluso cierta vitalidad, ya que en el curso de este año se llevan estampillados 7 969 600 libritos; en diciembre de este mismo 1867, 524 567, que se descomponen en 42 242 libros, 96 431 opúsculos, 47 468 grabados, 68 669 almanaques, 251 613 canciones, 17 384 periódicos, 760 fotografías. La comisión de censura y todas estas formalidades no gozan de buena prensa; y después de 1860 los ataques de los periódicos son frecuentes: la lectura sin duda alguna demasiado rápida de las obras por los comisarios ha ocasionado muchas meteduras de pata lo que ha dado pie a los burlones. Así El Faro del Loira en Nantes, el 8 de enero de 1862: «El pobre Constitucional afirma que la comisión de venta ambulante cumple una función de alta moralidad, que está compuesta de hombres eminentes, protege las costumbres. Que se limita (venga) a impedir el colportaje de los libros indecentes u obscenos, y que como joven honrada no haga que se hable más de ella. Que renuncie a estampillar los libros y no se le reprochará haber permitido la venta de libros en los que se dice que la mejor manera de apagar los incendios no es echar agua, sino lanzar al fuego estampitas de la Virgen». Le Figaro (el 9 de julio de 1868), Le Temps y el Journal des Débats (los dos del 31 de octubre del mismo año), elevando el debate siempre abierto, reprochan a la comisión eliminar sistemáticamente las obras que presentan un interés político, discursos de republicanos de 1848, libritos de educación cívica, en beneficio de las estupideces novelescas, como el Oráculo de las Damas, los Amores de Zélie en el Desierto o, peor aún, en beneficio del Pequeño Alberto y sus recetas de magia natural: la prensa de oposición no teme tacar a los comisarios de oscurantismo.

A decir verdad, el trabajo de la comisión de vigilancia se inscribe en un esfuerzo «ideológico» que se organizó desde París y que requirió la participación de los maestros y del clero J.-J. Darmon ha citado textos de antología en apoyo de esta demostración. Un maestro del Eure denuncia la plaga: «en las ciudades como en los campos… Francia está inundada de libros con doctrinas pestilentes»; François-Florentin Bouquet, laureado de la sociedad de agricultura, comercio, ciencias y artes del Marne en 1857, se alza contra una literatura en la que, «en un estilo encantador, toda religión (está) considerada como hipocresía, toda autoridad como una tiranía, el matrimonio como una oscuridad social, la riqueza como el único camino que conduce a la felicidad, la franqueza, la probidad, el verdadero talento, el honor, el amor de la patria, el sacrificio, la virtud como vanas quimeras». De lo que se hacen eco las instrucciones pastorales y mandatos de los obispos, como el de Fréjus y Toulon en 1867: «Las doctrinas más absurdas, las más revolucionarias, las más desastrosa para el hombre, la familia y la sociedad se enseñan públicamente, se comentan en revistas con pretensión de sabias, en hojas diarias, historias, novelas, piezas de teatro, … escritos malsanos en los que son glorificados los vicios, llevadas al ridículo las virtudes y que llegan hasta nuestros pueblos, y al seno de las familias, a llevar el desprecio de toda autoridad4…»

La comisión de vigilancia se mantiene hasta el establecimiento de la República en los años 1880: pero con menos trabajo cada vez. El libro popular difundido por los vendedores y los gabinetes de lectura (en las ciudades) resiste mal a la competencia con la prensa barata: el diario de a perra, Diario del jueves, del domingo, las Veladas parisinas, y las Veladas de las Chozas, que da a la vez información del día y las novelas en folletines, atrae cada vez más a la clientela de los medios populares. Por otra parte, la toma de conciencia política, en los medios populares urbanos, orienta a cantidad de lectores hacia las publicaciones de otro carácter: entre 1840 y 1850, hacia «El Taller, órgano especial de la clase trabajadora, redactado por obreros exclusivamente», por ejemplo. Bajo el segundo Imperio, los obreros disponen de los recursos nuevos de los periódicos y de los libros de educación política y social: la «Librería icariana» de Cabet, la Biblioteca de los conocimientos útiles de Leneveux, la Escuela mutua, curso completo de educación popular, y otros muchos…

El siglo XIX, más todavía que los precedentes, ha conocido pues una cultura popular diversificada, de los campos a las ciudades, de principio a fin de siglo. El advenimiento de la prensa ha traído consigo una primera renovación considerable ya que contribuye a hacer desaparecer definitivamente la literatura ambulante, y no recobra -por medio del folletín y ciertas crónicas- más que una parte del fondo. Este tiempo del diario y del semanal, de la imaginería de Epinal y del almanaque Vermot, se nos presenta ahora como un enlace, una transición: entre el Antiguo Régimen cultural (si se puede decir) y nuestro tiempo en que el cine, la radio, la televisión y el libro de bolsillo constituyen los soportes de lo que se ha convenido en llamar la cultura de masa del siglo XX.

  1. A. Soboul, Los Revolucionarios parisinos del año II, p. 673.
  2. Jean-Jacques Darmon, El Colportage de librairie en France sous le second Empire, París, 1972.
  3. Citado por J.-J. Darmon, op. cit., p. 296 a 298.
  4. Textos citados por J.-J. Darmon, op. cit., p. 303 a 307.

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