Cristo, regla de la Compañía

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Francisco Salinero, C.M. · Año publicación original: 1979 · Fuente: Segundo encuentro de animadores espirituales de las Hijas de la Caridad, Salamanca, Octubre-Noviembre de 1979, propiciado por el Secretario de la Comisión Mixta Española.

Rasgos de Cristo más propios de la cristología vicenciana.


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Cristo está siempre en el centro de la espiritualidad y en el apostolado vicenciano. El cristocentrismo es una caracte­rística fundamental para los hijos de san Vicente de Paúl. Sabemos cómo una de las máximas más utilizadas por el Santo era: «El fin principal de la Compañía es honrar a nuestro Señor Jesucristo en la persona de los pobres a imi­tación de Cristo, porque El los sirvió y estuvo presente en ellos». Con frecuencia también se preguntaba el Santo: «¿Qué haría Cristo ahora?».

Así también nosotros deberíamos hacernos esta pregun­ta: ¿Por qué predica, o por qué sirve Ud. a los pobres? Y podíamos respondernos al igual que lo hiciera Vicente de Paúl:

  • porque Cristo está presente en los pobres;
  • porque me he consagrado a servir a los pobres;
  • porque soy parte de la Iglesia, y ellos son sus miem­bros más necesitados…, etc.

Algunos estudiosos de san Vicente se plantean la cues­tión de si san Vicente es un místico o un humanista. Habría que afirmar que san Vicente es «cristocéntrico» ya que desde Cristo irradia su amor al hombre, a todo el hombre y a todos los hombres, en especial a los más pobres y necesitados. Por eso encontraremos a Cristo en cada una de sus conferencias y escritos. El P. FranQois Garnier, C.M., ha realizado un trabajo que viene en la revista «Vicentiana» de mayo-junio de 1979. Es un estudio analítico de la obra de Coste. Pues bien, las citas de san Vicente acerca de la persona e imitación de Cristo superan las 400, sin contar las que aparecen en las Reglas Comunes. A los estudiosos del tema les remito a ese trabajo.

Y antes de adentramos en el tema hemos de tener en cuenta un principio esencial. Y es que por encima de las influencias de posibles autores y escritores, el Santo parte de su fe y experiencia personal de Cristo. Y este rasgo suele ser muy específico de cada santo y cristiano convencido. Y esta experiencia de Cristo, adobada con frases y palabras de su época, es la que nos ha transmitido. Para san Vicente decíamos al principio, Cristo está en el centro de su espiritua­lidad. Lo importante será que sus hijos captemos esos rasgos y esas características propias que el Santo percibió en la persona de Cristo.

II. El misterio del Verbo encarnado

San Vicente nos legó una espiritualidad cristocéntrica con unos matices muy peculiares. Su contacto con Pedro de Berulle y demás maestros de la época le introducen en lo que podíamos llamar «la religión del Verbo Encarnado». Benito Canfeld, Francisco de Sales, la Escuela Abstracta…, etcétera, representan dos escuelas: Una que procura apoyar­se en la Divinidad y otra en la Humanidad de Cristo. Quizás podríamos afirmar que san Vicente comienza con una visión «descendente»: anonadamiento del Verbo Encarnado… (influencia de la escuela berulliana), pero a partir de su expe­riencia con los pobres inicia una línea «ascendente» que sube de los pobres hasta Cristo, y de Cristo a Dios Padre. San Vi­cente pues aportará una visión de Cristo muy peculiar y per­sonal. Ya en cierta ocasión, y dirigiéndose a las Hijas de la Caridad, les decía: «No os obliga a hacer e imitar todo lo que Cristo hizo. El servicio de los pobres, hijas mías, ha de ser preferido a todo». Y en otra ocasión, afirmaba: «No de­bemos pues sentirnos obligados por la totalidad de los con­sejos evangélicos. Algunos son contrarios a nuestra Institu­ción» (conferencia del 14 de febrero de 1659).

Cristo, pues, es el centro del apostolado de los misione­ros y de las Hijas de la Caridad. Son muchas las máximas que podíamos aportar, pero señalaré solamente éstas:

«Fuisteis llamadas para ir en pos de nuestro Señor, y por eso habéis de huir de todo cuanto le fuere opuesto. Amar cuanto él alababa» (conf. COSTE X). «Cuando vayáis a visitar a un enfermo, hacedlo unidas a nuestro Señor y haced por imitarle. Al ir a la parroquia a visitar a los enfermos, id para honrar en ellos a nuestro Señor; cuando vayáis a la oración para honrar a nuestro Señor en sus oraciones. Si váis al refectorio, pensad que es imitar la modestia con que Je­sucristo tomaba el alimento. Al volver a vuestras casas decid: voy a honrar los pasos que dio nuestro Señor al volver de sus viajes» (COSTE I, p. 229; II, p. 130).

San Vicente de Paúl precisa en dos rasgos toda su teolo­gía y espiritualidad acerca del Verbo Encarnado:

  • La relación de Cristo para con el Padre: una acti­tud de adoración.
  • La caridad de Cristo para con los pobres: su entre­ga a los demás (COSTE VI, p. 397).

1. Una actitud de adoración hacia el Padre

Las fuentes y la inspiración de esta actitud de Cristo hacia el Padre quizás haya que encontrarlas en el evangelio de san Juan. El Santo cita 186 veces este evangelio en sus conferencias, especialmente a los misioneros. En dicho evan­gelio encontramos expresiones como: «vengo del Padre… soy enviado por el Padre… retorno al Padre» (Jn 17, 13.18; 7, 33.29…).

San Vicente, por tanto, va a resaltar esta actitud religiosa de Cristo hacia el Padre: anonadamiento, comunión y unión con la voluntad del Padre (Para una mayor comprensión del tema puede acudirse al P. DODIN, Sem. Vicenc. Tomo I, p. 37).

a) El anonadamiento del Hijo hacia el Padre como la expresión de su amor: «¿Y qué?, ¿podría existir, hermanos míos, mayor amor que el que lleva a anonadarse por El»? San Pablo al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó. ¿Hubiera podido manifestar ma­yor anonadamiento que al morir por amor lo hiciera de la manera en que murió? ¡Oh amor de mi Salvador! ¡Oh amor, fuisteis incomparablemente más grande que lo que los án­geles pudieron y hubieran podido comprender».

b) Unión y comunión con la voluntad del Padre: «El la tenía en tal estima que le ofrecía cuanto había en su sagrada persona, y cuanto de ella podía provenir. Le atribuía todo, no queriendo decir que su doctrina era suya sino que la re­fería a su Padre: «doctrina mea non est mea, sed ejus qui misit me, Patris». ¿Puede existir más alta estima que la del Hijo que es igual que el Padre, y que sin embargo, reconoce al Padre como autor y principio único de todo el bien que hay en El?».

2. El amor de Cristo para con los pobres

Esta segunda actitud de Cristo para con los hombres, particularmente para con los pobres, el Santo la recoge de los escritos de san Pablo, san Mateo, y especialmente de san Lucas. Estos escritos ofrecen una perspectiva dinámica de la Historia de la Salvación. Arrancan de la eternidad para ver el amor que Dios Padre tuvo al mundo que nos envió a su Hijo. Este se encarnó y acampó entre nosotros para asu­mir, redimir y elevar a toda la humanidad caída por el pecado, para en una recapitulación de Cristo y finalmente elevarla hasta el Padre.

San Vicente estaba familiarizado con esta visión de la Obra Redentora de Cristo y procura situarse dentro de esta Misión del Hijo. Tanto en sus conferencias a los misioneros, como a las Hijas de la Caridad, recuerda las diversas etapas de la Historia de la Salvación: Adán, Abrahám, Moisés, Cristo, los apóstoles…, etc. Y sugiere cómo han sido necesa­rios tantos siglos para que llegaran a su existencia las cari­dades y la Congregación de la Misión: «Desde toda la eter­nidad estábais destinadas para servir a los pobres, de la mis­ma manera que nuestro Señor. ¡Sí, Salvador mío, Vos habéis esperado hasta ahora para formar una Compañía que con­tinuara lo que Vos habéis comenzado!» (COSTE IX, p. 594).

En este avanzar de Dios en la historia de los hombres, san Vicente descubre ese movimiento y esperanza de los pobres. Movimiento religioso que aparece en los profetas, como Jeremías, Isaías… en los salmos… y encuentra quizás su manifestación más esplendorosa en el evangelio de san Lucas. Aparece inicialmente con la fisonomía de una virgen pobre que proclama la victoria de los pobres, sigue con la experiencia de Cristo que nace pobre en Belén y vive una infancia pobremente. Cristo no rehúye a los ricos, pero su mirada de predilección es para los pobres y para los peque­ños. Al igual que san Mateo en sus bienaventuranzas pro­clama dichosos a los pobres, pero a continuación añade la maldición de los ricos. Su evangelio va dirigido especialmen­te a los pobres. Para ellos es la «buena nueva».

Esta cristología del pobre descrita por el evangelio de san Lucas lleva al Santo de las caridades a elegir como lema de la Misión el texto lucano: «El espíritu de Dios está sobre mí; me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4, 18).

III. Configuración con Cristo

A este Cristo en unión perfecta con el Padre y servidor de sus designios de amor hacia los pobres y sencillos es al que san Vicente quiere unirnos y configurarnos. En la con­ferencia del 22 de febrero de 1659 se encuentra esta frase que centra perfectamente el tema que hoy tratamos: «Cristo es la regla de la Misión». Y sabemos cómo para san Vicente la regla no es una simple norma jurídica, sino una actitud de profunda identificación y configuración con Cristo.

Vamos a ver este pensamiento vicenciano en diversos textos:

«El intento de la Compañía es imitar a nuestro Señor Je­sucristo en la medida que pueden hacerlo unas criaturas mezquinas y miserables. ¿Qué quiere decir esto? Que se ha propuesto conformarse a El en su conducta, acciones, ejem­plos y fines» (COSTE XI, p. 381).

«Es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros o noso­tros con El; que obremos en El y El en nosotros, y que ha­blemos como El y en su Espíritu, lo mismo que El estaba en su Padre y predicaba la doctrina que le había enseñado. Por consiguiente, padre, debe vaciarse de sí mismo para re­vestirse de Jesucristo» (consejos al P. Durand).

«Conformarse en todas las cosas con la voluntad de Dios y poner en ella todo nuestro afecto, es vivir en la tierra una vida de ángeles; es vivir la vida de Jesucristo» (ABE­LLY, 3, 33).

Para alcanzar esta configuración con Cristo a san Vicen­te le interesa resaltar las actitudes propias de Cristo y llevar­las inmediatamente a la vida práctica. En la conferencia del 13 de diciembre de 1658 afirma: «Revestirse de Cristo exige un gran esfuerzo». Así mismo procura resaltar las motiva­ciones y la visión que Cristo tenía de las cosas y a través de las «máximas evangélicas» llegar a pensar y sentir como Cristo: «¿Qué pensaría Cristo sobre la caridad»… ¿por qué El quiso esto?… (CosTE, XI, p. 554).

Igualmente resalta la entrega y la donación que realizó Cristo de sí mismo hacia los hombres, en particular los po­bres y sencillos, para ponerle como modelo a los misioneros, Damas e Hijas de la Caridad: «El Señor comenzó a evange­lizar a los pobres, formar a los apóstoles… a ocuparse de los niños abandonados…, ahora que ya no se encuentra en la tierra, pide otras manos que quieran continuar su obra y concluir así su trabajo».

De todas las actitudes de Cristo, san Vicente selecciona aquellas que él cree más importantes y que habitualmente llamamos «virtudes específicas». Vemos lo que dice respecto a las virtudes de las Hijas de la Caridad: «Tenéis que saber que el espíritu de vuestra Compañía consiste en tres cosas: amar a nuestro. Señor y servirle en espíritu de humildad y sencillez. Mientras la caridad, la humildad y la sencillez se encuentren entre vosotras, podrá decirse: la Compañía de la Caridad vive todavía»… Estas tres virtudes son como las tres facultades del alma que deben animar a todo el cuerpo… En una palabra, este es el espíritu propio de la Compañía» (Reg. Com. IV).

Para san Vicente existe una sola Misión. La Misión del Verbo Encarnado. Por tanto la tarea del misionero y de la hija de la Caridad consistirá en situarse en la línea de esta única Misión redentora de Cristo. Para alcanzar este obje­tivo procurará que utilicemos unos medios muy concretos:

a) Ante todo y por encima de otras cosas hemos de buscar la santidad personal La unión con Dios mediante la imitación de Jesucristo su Hijo. Por todo lo cual «nuestra primera exigencia consiste en conseguir nuestra propia perfección».

b) No solamente hemos de realizar una tarea de imi­tación de Jesucristo, sino procurar que Cristo prolongue su Obra Redentora a través de nosotros ya que «es preciso que Jesucristo actúe en nosotros».

c) Penetrarnos de las mismas disposiciones de Cristo, y como diría el apóstol san Pablo hay que «vaciarse de sí mismo para penetrarse de Cristo».

San Vicente utiliza un ejemplo muy realista: «Las causas ordinarias producen efectos según su propia naturaleza: un cordero hace otro cordero. Igualmente el que sirve a los demás, si sólo actúa por sí mismo, sólo engendrará actitudes humanas y no conducirá almas. En cambio, el que está lleno de Dios y de las máximas de Jesucristo, encontrará palabras eficaces. Si sois de Dios, si Dios habita en vosotros, la misma virtud que dimanaba de Jesucristo, dimanará de vosotros. Todos vuestros actos permitirán que pase la acción de Dios» (Al Padre Durand).

d) Y para lograr y alcanzar esta disposición de unión con Cristo, bueno será:

  • una actitud de oración para situarse tras las huellas de Cristo y discernir todas sus enseñanzas por medio de las «máximas evangélicas»;
  • una actitud de humildad y sencillez que nos haga ca­paz de percibir la desproporción que existe entre lo que nosotros somos y lo que Dios nos está pidiendo; y no dejarnos deslumbrar por las apariencias que suele engañar a las personas.

El Cristocentrismo Vicenciano lo podríamos resumir en un triple aspecto:

  1. Identificación y configuración con Cristo.
  2. Hemos de prolongar la obra redentora y salvadora de Cristo ante los pobres.
  3. Por tanto, somos continuadores de la misión de Cris­to; somos servidores, redentores… Como diría santa Luisa: «Es muy razonable que aquéllas a quienes el Señor ha lla­mado para seguir a su Hijo, trabajen en hacerse perfectas como El, y traten de que su hija sea la prolongación de Cristo».

IV. El seguimiento de Cristo según la dostrina del Vaticano II

Todos los cristianos, como exigencias de su consagración bautismal, tienen la obligación suprema de seguir a Cristo, inspirar su vida en las máximas evangélicas y realizar de este modo el espíritu de las bienaventuranzas.

Dentro de esta común gravitación en torno a la persona de Cristo, los consagrados, mediante los votos u otros víncu­los sagrados, se caracterizarán por la realización visible y práctica de la vida del mismo Cristo, tal como El practicó mientras convivió con nosotros: una vida pobre, sencilla y virgen. Así los Consejos Evangélicos que comprenden y ex­presan de alguna manera las dimensiones más profundas de la persona, serán una manifestación y realización anticipada del Misterio Pascual; es decir, la manifestación en nuestra vida diaria de la Muerte y Resurrección de Jesucristo.

Vamos a citar los textos conciliares que más directamen­te hablan de este «seguimiento de Cristo» para aquellos que pertenecen a la Vida Consagrada, bien en la vida religiosa, como diría san Vicente, para los que viven en «estado de caridad».

«Ya desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que por la práctica de los consejos evangé­licos se propusieron seguir con más libertad e imitar más de cerca a Cristo, y cada uno a su manera llevaron una vida consagrada a Dios» (P.C. 1).

«Como quiera que la norma última de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo, tal como se propone en el evangelio, esa ha de tenerse por todos los Institutos como regla suprema» (P.C. 2).

«…mediante la práctica de los consejos evangélicos habéis querido seguir más libremente a Cristo e imitar­lo más fielmente, dedicando toda vuestra vida a Dios con una consagración particular» (E.T. 4).

Vamos a resaltar algunos temas apuntados en el texto que acabamos de citar. Textos que ciertamente son muy generales porque van al comienzo de sus respectivos do­cumentos.

1. Se habla de «seguirle con mayor libertad e imitarle más de cerca». Por eso algunos estudiosos de este tema sue­len distinguir entre esos dos versos: seguimiento e imitación de Cristo, como de dos actitudes distintas:

  • Seguir a Cristo comportaría una actitud radical, una aceptación de Cristo como fundamento de nuestra vida. Seguir a Cristo supone aceptarle como Maestro y Señor. Seguir a Cristo supone que El es el proyecto de nuestra vida.
  • Imitar a Cristo nos lleva a reproducir en nosotros todos sus rasgos. «Es imitar más de cerca el género de vida que el Hijo de Dios tomó cuando vino a este mundo para cumplir la voluntad del Padre» (L.G. 44). 0 como señala Pablo VI en la «evangelica tes­tificatio»: El Concilio ha reconocido a este don es­pecial —es decir, la Vida Consagrada— un puesto escogido en la vida de la Iglesia, porque permite, a quienes lo han recibido, conformarse más profunda­mente a aquel género de vida virginal y pobre que Cristo escogió para sí» (E.T. 2).

En resumen: «seguid a Cristo» hace siempre referen­cia a una actitud más radical de la propia existencia; «imi­tar a Cristo» en cambio, supone el tomarle como ideal mo­ral o norma de vida. Y así el «seguimiento» afectaría más al ser de la Vida Consagrada, y la «imitación» a la manera concreta del vivir y actuar de la misma. Bien entendido que estas diferencias difícilmente se perciben, y desde luego, más difícilmente se pueden separar, ya que el «seguimiento de Cristo» llevará consigo el querer «imitarle» y tomarle como el ideal de nuestra vida.

2. Los textos conciliares hablan igualmente de una llamada y de una respuesta: «Con una libre respuesta a la llamada del Espíritu Santo habéis decidido seguir a Cristo» (E.T. 7).

  • En toda Vida Consagrada debe darse una llamada, una vocación, una gracia de Dios. No vamos a aden­tramos en el problema del discernimiento de esa lla­mada y de esa vocación, ni cómo llegar al conoci­miento de si esa llamada es auténtica y verdadera. Es una problemática ajena al tema que nos ocupa. Basta con que sepamos que el Espíritu del Señor de­nama generosamente sus dones sobre los que ha ele­gido, y cada uno tiene esa experiencia personal en su pequeña historia.
  • Pero junto a esa llamada del Señor, debe darse tam­bién una respuesta por parte de la persona. Pues mientras no se diera esta respuesta por parte de la persona elegida, la llamada de Dios sería una simple invitación. Sin la respuesta responsable de la perso­na a la llamada de Dios, no podríamos hablar pro­piamente de compromisos dentro de la Vida Consa­grada. La llamada divina exige, pero la respuesta hu­mana compromete.
    En suma, que la «llamada divina» recalca más los aspectos de la consagración pasiva y sacramental en la que Dios toma la iniciativa; mientras que la «res­puesta humana» resaltaría los aspectos de la consagración activa en donde la persona asume su propia responsabilidad y decide con su respuesta el modo de ese seguimiento de Cristo, una vez que ha per­cibido la llamada de Dios: «cada uno a su manera, llevaron una vida consagrada a Dios» (P.C. 1).

3. Podemos extraer otro valor positivo de los textos que estamos comentando. Me refiero al sentido de radicali­dad y totalidad que este seguimiento de Cristo comporta al que se ha consagrado por los Consejos Evangélicos. Cual­quier Consejo Evangélico lleva consigo una exigencia de radicalidad, pero particularmente hemos de recalcar aque­llos que afectan a lo más profundo de la persona: castidad, pobreza y obediencia. Toda consagración lleva consigo el sentido de plenitud, totalidad y radicalidad.

4. El «seguimiento de Cristo» puede plantear otras cuestiones no menos importantes. Por ejemplo, ¿qué Cristo hemos de seguir e imitar? Porque llevados de unos intereses muy personales, podemos fácilmente fraccionar la figura de Cristo, y escoger aquella faceta que más nos interesa egoís­tamente para posteriormente manipularla ante los demás.

Hemos de seguir e imitar al Cristo total: en su dimen­sión divina y en su dimensión humana, como se nos mani­fiesta en su Encarnación. Por tanto el que ha consagrado to­da su vida al «seguimiento de Cristo» no debe separar o anular en su propia realidad ninguna de estas dimensiones, porque estaría mutilando el «seguimiento de Cristo». Debe imitarle en el aspecto espiritual y material, seguirle con una vida activa y contemplativa y amarle afectiva y efecti­vamente.

V. El cristocentrismo vicenciano en las Constituciones actuales

«El fin principal para el que Dios ha llamado y reuni­do a las Hijas de la Caridad es para honrar a nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda ca­ridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la per­sona de los pobres» (Reg. Com. 1).

«La regla de las Hijas de la Caridad es Cristo y se pro­ponen imitarle bajo los rasgos con que la Escritura le revele: adorador del Padre, servidor de sus designios de amor y evangelizador de los pobres» (Const. p. 16). «Las Hijas de la Caridad contemplan a Cristo y se unen a El en el corazón y en la vida de los pobres, donde su gracia no cesa de actuar para santificarles y salvarles. Tienen la preocupación primordial de darles a conocer a Dios, anunciarles a Jesucristo y decirles que el reino de los cielos está cerca y es para ellos». «En una mirada de fe, ven a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo y se esfuerzan por servirles en sus miembros dolientes con dulzura, compasión, cordiali­dad, respeto y devoción» (Const. p. 17).

«Contemplan a Cristo en el anonadamiento de su En­carnación. Como santa Luisa se maravillan de que un Dios, en cierto modo no pueda o no quiera estar nunca separado del hombre. Del Hijo del Hombre aprenden a revelar a sus hermanos la presencia de Dios en el mundo» (Const. p. 2).

«Pero sobre todo, los pobres son para ellas la presen­cia misma de Cristo: «lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

A quien mira con una mirada de fe, los pobres le re­velan al Señor, presente y operante en sus vidas» (Const. p. 15).

Estos son los textos más relevantes acerca del cristocen­trismo vicenciano. Ahora vamos a entresacar las ideas más importantes:

1. Somos imitadores y continuadores de la obra de Cristo. Somos unos simples instrumentos en manos de la Divina Providencia. Sólo de esta manera tendremos la segu­ridad de que al ir a servir a los pobres, Cristo va con noso­tros, y que este servicio lo hacemos en su nombre.

2. Contemplarle y encontrarle en los pobres bajo los aspectos de dicha trilogía: adorador del Padre, servidor de sus designios y evangelizador de los pobres. Estamos con­vencidos que la única Misión es la de Cristo y que nosotros hemos de caminar detrás de sus huellas. La hija de la Cari­dad se ha de aplicar con sencillez, humildad y caridad a encontrarle en los pobres. Y una vez encontrado, contem­plarle y tratarle con dulzura, compasión, cordialidad, respeto y hasta con devoción en esos pobres que son como sus se­ñores, y de quienes tanto tienen que aprender y recibir.

3. En una mirada de fe, ven a Cristo en los pobres: Esto supone que el pobre para la hija de la Caridad es como un sacramento o manifestación de Cristo; y a su vez, la hija de la Caridad es para el pobre la mejor manifestación del amor que Cristo les tiene.

Y para penetrar hasta el fondo misterioso de esa mani­festación, debe avivar la fe para que sea capaz de traspasar, al igual que sucede en los sacramentos, las barreras de los signos exteriores, a veces tan sucios y repugnantes.

Y solamente cuando la fe esté viva, «la caridad les apre­miará» para pasar del amor afectivo al amor efectivo.

El P. J. Jamet llega a afirmar: «Lo que les hace Hijas de la Caridad no es el servicio de los pobres, aun de los más pobres, sino la convinción de que sirviendo a los pobres, tie­nen conciencia de que sirven a Jesucristo».

Y la Madre General, Lucía Rogé al comentar el aspecto de «siervas de los pobres» lo explica y lo traduce por «las criadas de Jesucristo» (Sem. Vic. VI).

4. En la persona de los pobres: La hija de la Caridad, por encima de las Instituciones, de los contratos profesiona­les, de las técnicas modernas… debe colocarse junto a la persona del pobre, ya que es la imagen de Dios y miembro pobre y dolorido del Cristo Encarnado.

5. Anunciarle y manifestarle a los pobres: La vocación de la hija de la Caridad es eminentemente misionera y evan­gelizadora. Para ella la humanización y evangelización son inseparables. Ha de tener como preocupación constante el anunciar a Jesucristo «por las palabras y las obras ya que —como dice san Vicente— esto es más perfecto».

6. Su consagración estará siempre al servicio de los pobres: Los pobres y su servicio son quienes les hace Hijas de la Caridad. Por eso el sentido de su consagración es emi­nentemente activa y dinámica: «démonos a Dios… es nece­sario, hermanas mías, que nos demos a Dios… hay que amar a Dios, pero con el sudor de nuestra mente y el es­fuerzo de nuestros brazos»… Por eso podemos afirmar que en la medida en que se da al servicio de los pobres se está consagrando a Dios; y no se consagra cuando deja de darse al servicio de los pobres. Bien entendido que lo accidental es la manera de realizarlo. Lo esencial es que toda su vida está entregada a los demás, en particular a los pobres y sencillos.

Las Constituciones recogen este pensamiento cuando afirma: «El servicio es la expresión de su consagración a Dios en la Compañía, y le comunica su pleno sentido» (Const. p. 29).

Terminamos afirmando de nuevo que Cristo está siempre en el centro de la espiritualidad y en el apostolado de san Vicente y de la Compañía: «El fin principal de la Compañía es honrar a nuestro Señor Jesucristo en la persona de los pobres… a imitación de Cristo, porque El los sirvió y estuvo presente en ellos».

Por eso «Cristo es la Regla de la Compañía».

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