Creación y organización de las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Anónimo · Traductor: Martín Abaitua. · Fuente: Anales españoles, 1981.
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Antaño esta cuestión no se planteaba. Siguiendo a Abelly y a Gobillon, todos los biógrafos, todos los predicadores, todos sin excepción, considera­ban a San Vicente de Paúl como el verdadero fundador, el verdadero orga­nizador de las Hijas de la Caridad, y a Santa Luisa de Marillac como la primera superiora.

De unos años a esta parte existe la tendencia a dar más importancia a la acción de esta última a costa de aquél. En un panegírico reciente, un vi­cario general confesaba que toda su vida había estado equivocado al haber concedido el lugar preponderante a San Vicente de Paúl. Un vicario de París se atreve a decir en un folleto editado el año 1935: “Contra lo que comúnmente se cree, fue ella (Santa Luisa de Marillac), y a pesar de la resistencia inicial de su venerable guía, la verdadera fundadora de las Hi­jas de la Caridad”.

Mons. Baunard no llega tan lejos; no afirma que Luisa haya fundado la Compañía a pesar de su director. Sin embargo hay una parte de exage­ración en las líneas siguientes, sacadas de su libro: “No la han conocido a Mondo —escribe— quienes no ven en ella sino un instrumento pasivo del que fue gran artífice, San Vicente de Paúl. Pero el doble y triple velo con que la envuelve su humildad no debe ocultarnos la grandeza de su función, y es ella quien desempeña el principal papel en esta fundación. Ella quien recibe de lo alto la inspiración, por no decir la visión, de esta creación to­talmente inaudita; quien impulsa a la acción cuando el Sr. Vicente anda contemporizando; quien inaugura o estimula esta acción caritativa primero en las cofradías, después en los hospitales. Es ella quien da a luz laborio­samente al Instituto con la formación de sus primeras hijas; quien está al frente de la organización con sus reglamentos, consejos, instrucciones y constituciones; quien la administra y gobierna desde cerca con sus confe­rencias y desde lejos con su numerosa correspondencia con cada una de 3tis hijas de las diferentes fundaciones. Es ella, y esta vez sólo ella, quien a fuerza de insistir ante Dios y ante los hombres pone el gobierno supe­rior de la Compañía en manos del Sr. Vicente y de sus sucesores.”

Al hablar de esta forma, Mons. Baunard desnuda a un santo para vestir a una santa. Efectivamente, San Vicente de Paúl, tal como siempre se ha venido creyendo hasta estos últimos años, tuvo la primera intuición del Instituto: El fue quien compuso los reglamentos principales; quien pidió y obtuvo que la Compañía fuese colocada bajo la autoridad del Superior General de la Misión.

Como todos los fundadores de comunidades femeninas, necesitó una mu­jer con imaginación y entereza que le pudiese suplir entre sus hijas, ejer­ciendo sobre ellas una vigilancia continua y formándolas como formaba a sus misioneros en San Lázaro. Escogió esta mujer de entre las más dota­das. Le exponía sus planes, la dirigía, la ayudaba, la animaba, le señalaba los escollos y los medios como evitarlos. No fue Santa Luisa un instrumen­to pasivo entre sus manos; San Vicente le permitió una amplia iniciativa; hasta la consultaba con frecuencia en sus iniciativas personales. Entre am­bos siempre fue perfecta la armonía, porque Santa Luisa no tenía dificul­tad en acomodar su voluntad y porque San Vicente sabía con su delicade­za evitar todo roce derivado del amor propio. El temperamento de uno y otra difería en más de un punto; tenía ella más prisa en terminar que él; en más de una ocasión Santa Luisa le pidió, especialmente cuando la fundación de la Compañía, que acelerara los pasos; San Vicente le aconsejaba que no fuera tan de prisa, y ella, dócilmente, contenía su marcha; y así la acción de ambos se combinaba y se hacía más fuerte. “La mantuvo dos años en esta indiferencia —escribe Abelly—, tranquilizándola siempre sin dar una solución definitiva y exhortándola a que confiase únicamente en Dios, porque así —le aseguraba— no quedaría nunca confundida.”

I. FUNDACION DE LA COMPAÑIA

Antes que nada veamos cómo San Vicente de Paúl llegó poco a poco a reunir sus primeras hijas. La Compañía, se ha dicho y repetido, es la con­secuencia lógica de las Cofradías de la Caridad; existía en germen en la Cofradía de Chátillon, fundada en 1617. Mientras las cofradías estuvieron localizadas en el campo se bastaron a sí mismas; cuando se introdujeron en París y estuvieron integradas por grandes señoras, hubo necesidad de otro organismo. Las señoras confiaron el servicio de los pobres a sus cria­das; éstas, por su parte, iban a las buhardillas sin ilusión, a la fuerza, sólo por obedecer a sus amas.

San Vicente quería que se fuera al pobre por amor del pobre, y para eso necesitaba voluntarias; las buscó y las encontró, y comprendió que para conservarlas en sus disposiciones iniciales necesitaban de una forma­ción y que además se requería una vida comunitaria. ¿Y no estaba allí, cabe él, Luisa de Marillac a su disposición para ayudarle eficazmente en su ta­rea? Luisa tenía prisa por comenzar, pero iban acumulándose las dificul­tades. San Francisco de Sales, obispo de Ginebra, había fracasado en una obra parecida: Una comunidad de mujeres sin enclaustrar iba entonces en contra de todas las ideas tradicionales. San Vicente, de natural contempori­zador, tomó tiempo para reflexionar. Su correspondencia con Luisa refleja el estado de su ánimo según que la reflexión iba dando sus frutos.

Seguimos sus cartas por orden cronológico en tanto que nos es cono­cido: “V. se debe a Nuestro Señor y a su Santa Madre; entréguese a ellos y al estado en que la han puesto esperando que ellos le indiquen que desean alguna otra cosa de V.”.

Más adelante: “Resista animosamente a todos los sentimientos que le lleguen contrarios a éste, y es té segura de que estará por este medio en el estado que Dios le pide para hacerla pasar a otro, para su mayor gloria, si así lo juzga oportuno”.

Otra llamada a la confianza: “Confíe en El, se lo ruego, y tendrá el cum­plimiento de lo que su corazón desea”.

He aquí ahora el tono de reconvención: “Le ruego de una vez para siem­pre que no piense en ello hasta que Nuestro Señor haga ver lo que El quie­re, ya que ahora da sentimientos contrarios. Se desean cosas muy buenas con un deseo que parece ser de Dios y, sin embargo, no siempre lo es. Dios lo permite para que el espíritu se vaya preparando a ser como El desea. Saúl iba buscando una pollina y se encontró con un reino; San Luis bus­caba la conquista de Tierra Santa y se encontró con la conquista de sí mismo y con la corona del cielo. V. busca convertirse en sierva de esas pobres muchachas, y Dios quiere que sea sierva de El y quizá de otras muchas personas a las que no serviría de esa otra forma. Y aunque sólo fuera sierva de Dios, ¿no es bastante para Dios el que su corazón honre la tranquilidad del de Nuestro Señor? Eso es lo conveniente y esa es la dis­posición para servirle. El reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo; El reinará en V. si su corazón está en paz. Esté pues en paz, señorita, y hon­rará soberanamente al Dios de la paz y del amor”.

La señorita se resignó. Días más tarde leía estas consoladoras palabras: “Nuestro Señor quiere servirse de V. para algo que se refiere a su gloria, y creo que la conservará para ello”.

Otra carta en el mes de mayo de 1633: “Y en relación con el asunto que lleva entre manos, todavía no tengo el corazón bastante iluminado ante Dios por una dificultad que me impide ver si es esa la voluntad de su Di­vina Majestad”.

En el mes de septiembre parece que la solución está próxima. Luisa lee en una carta de su director: “Creo que su ángel bueno ha hecho lo que me indicaba en la que me escribió. Hace cuatro o cinco días que ha comu­nicado con el mío a propósito de la Caridad de sus hijas; pues es cierto que me ha sugerido con frecuencia el recuerdo y que he pensado seriamen­te en esa buena obra. Ya hablaremos de ella, con la ayuda de Dios, el vier­nes o el sábado si no me indica antes otra cosa”.

Por fin se decidió. Quedaban los últimos detalles: “Realmente —escribe el Fundador— hay que hacer todo lo posible antes de retener a las jóvenes, y esto sólo se podrá hacer a finales de semana; despídalas, sin em­bargo, para dentro de doce o quince días… Entre tanto convendrá darles a conocer que hay que conservar el espíritu de indiferencia. Pero, en fin, será menester educarlas en el conocimiento de las virtudes sólidas antes de utilizarlas.”

Y las elegidas se congregaron el 29 de noviembre de 1633 en la casa de Santa Luisa para formarse en el recogimiento para su nuevo estado.

Después de haber leído esos fragmentos de cartas no dudamos que San Vicente de Paúl haya tenido el principal papel en la fundación de las Hijas de la Caridad. Su primer biógrafo y el de Luisa lo expresan con términos precisos: “Después de Dios —dice el primero—, la fundación de estas dos compañías (los Sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad), su desarrollo, su utilidad, sus reglas y sus prácticas, proceden del celo, de la prudencia y de la piedad de este sabio fundador; los ha visto nacer de sus trabajos y los ha cultivado con su dirección suave; ha sostenido y afirmado sobre apoyos y cimientos infalibles, como son los del Evangelio.”

“El Sr. Vicente —escribe el segundo— pensó que era necesario re­unir esas jóvenes en comunidad bajo la dirección de una superiora… El no halló a nadie más digna de esa función que a la Srta. Le Gras… El le puso en sus manos a algunas jóvenes para que las alojase en su casa y las hi­ciese vivir en comunidad.”

Tanto para Abelly como para Gobillon, San Vicente es el personaje prin­cipal; él manda, él dispone, y Santa Luisa obedece. Y Abelly y Gobillon son contemporáneos de San Vicente y de Santa Luisa. Los dos fueron testigos

de la primera expansión de ambas comunidades; no fue tres siglos más tarde, sino al día siguiente de la muerte de los dos santos, cuando relata­ron lo que vieron o lo que les contaron los testigos, ya que la primera bio­grafía del santo es de 1664, y la de la santa de 1676.

Veamos ahora cuál fue el papel del Fundador y de su colaboradora en la elaboración de los Reglamentos.

II. LA ORGANIZACION DE LA COMPAÑIA POR LAS REGLAS

También sobre esta cuestión admiradores de la nueva santa han dado libre curso a la exageración. Del contenido de las cartas de Vicente de Paúl a Luisa de Marillac acerca de las Reglas, sólo han retenido esta frase del Fundador escrita en 1636: “Le devuelvo las reglas de las hijas; está todo tan bien, que no he querido añadir nada”. Luego, concluyen, corres­ponde a Luisa el honor de haber organizado, con las Reglas, la Compañía de las Hijas de la Caridad. Visión demasiado estrecha de espíritus con ideas preconcebidas. ¿De qué Reglas habla San Vicente? No lo dice. Cada cate­goría de hermanas, cada empleo, tenía su reglamento propio. Las hermanas de los forzados tenían sus reglas; igualmente las de las cofradías, de los hospitales, de las escuelas; se dictaron especiales para los hermanas cocine­ras, las veladoras, las celadoras, las hermanas que cuidaban de la vajilla o las amortajadoras. Las postulantes recibían un orden del día para el re­tiro que precedía a su ingreso. En su carta a Luisa, San Vicente ciertamen­te no habla de las Reglas Comunes en uso hoy en día porque aún no existían.

Hasta 1653 no hubo más que reglamentos provisionales. El primero, de 1633 a 1634, fue escrito por la Superiora y revisado por el Fundador. La conferencia del 31 de julio de 1634 explica el segundo. La carta, ya citada, de 1636 habla de otro reglamento obra de Santa Luisa.

En su conferencia del 19 de julio de 1640, San Vicente constata que, desde su origen, las hermanas han tenido por guía la costumbre, no (regla­mentos) escritos, y añade: “Con la ayuda de Dios, en el porvenir tendréis vuestras pequeñas Reglas”. Ese porvenir tardó en llegar, porque Luisa de Marillac escribía en 1643: “Nuestro muy honorable P. Vicente tuvo la caridad de hablarnos del reglamento y de la forma de vida de las HH. de la Caridad como consecuencia de lo que una hermana de una parroquia le había preguntado por escrito sobre la práctica de lo que se hacía en la casa. Nuestro veneradísimo Padre todavía no había podido decidirse a ponerlo por escrito; en lo cual tenemos un motivo para reconocer que la Divina Providencia se ha reservado la dirección de esta obra, que avanza y retro­cede como a Ella le place”. El reglamento, que se explicó ese día, contenía treinta y dos reglas: Quince señalaban la distribución del día; dieci­siete indicaban los medios para realizar bien los ejercicios. San Vicente ordenó que se leyeran en la casa madre al menos una vez al mes.

Podría concluirse de este último detalle que la casa madre tenía las Reglas escritas o que las iba a tener muy pronto. Sin embargo no parece que las cosas estuviesen más avanzadas en 1645, porque el Fundador decía en su conferencia del 22 de enero: “Aunque hasta el presente nadie haya puesto por escrito vuestras reglas, sin embargo os obliga la costumbre de las primeras hermanas”. Y al mismo tiempo Santa Luisa suplicaba a su director que accediese a los deseos de sus hijas: “Hace tiempo que la Compañía desea y pide que su manera de vivir se redacte en forma de re­glamento para que, por la lectura del mismo, nos veamos animadas a prac­ticarlo”.

Pero San Vicente deseaba obtener para su Compañía la aprobación de las autoridades civiles y religiosas, y no podía conseguirla sin adjuntar a su súplica una copia de los estatutos. Estos estatuto, preparados por él en 1645, ligeramente retocados siguiendo las observaciones de Santa Luisa y revisados en 1646, fueron presentados en el arzobispado modificados y aprobados, y desde allí pasaron al procurador general, lugar donde se ex­traviaron.

Y en 1651 vemos nuevamente a Santa Luisa pidiendo al Fundador que se ponga por escrito la forma de vivir “para dársela… a las hermanas capaces de leerla”, y en París “hacer que la leyera todos los meses la her­mana sirviente con las hermanas de las parroquias reunidas para ello, una parte cada quince días”.

Las dudas de San Vicente provenían posiblemente de que la aprobación oficial de los estatutos siempre seguía en suspenso, y por ese lado eran de temer modificaciones. En 1655 desapareció el obstáculo con la aprobación del cardenal de Retz, a la que inmediatamente siguió la aprobación civil.

San Vicente no había estado esperando a ese importante acto para em­pezar la redacción de las Reglas comunes. Tampoco se apresuraba. Luisa estaba entre las personas consultadas. “Esto es, mi venerable Padre, lo que he observado —le escribía una vez después de haberle señalado algunos pasajes que creía sería bueno modificar—; pero, en nombre de Dios, no tenga en cuenta mis memoriales ni mis observaciones, sino ordene lo que usted crea que Dios pide de nosotras”.

Aun después de haber pronunciado sus primeras conferencias sobre las Reglas, San Vicente continuaba retocándolas. “El reglamento que V. nos pide de las HH. de la Caridad no está todavía en disposición de ser ense­ñado”, escribía el 26 de agosto de 1656 a uno de sus sacerdotes.

Según vamos viendo, las Reglas comunes son obra de San Vicente de Paúl en persona. “Llevan su estilo, sus ideas, su espíritu; la comparación con los reglamentos de las cofradías parroquiales o con los de los sacerdo­tes de la Misión lo demuestra con toda claridad”.

Luisa de Marillac estuvo asociada, repitámoslo, a la obra del santo Fun­dador, que la consultaba y escuchaba con gusto. Han dicho que en lo refe­rente a un punto importante —la autoridad del Superior General de la Mi­sión sobre las Hermanas— tuvo ella que luchar para hacer que el Santo compartiese sus ideas personales, y que consiguió su propósito. Veamos qué hay de verdad en esta afirmación.

III. LA AUTORIDAD DEL SUPERIOR GENERAL DE LA MISION SOBRE LAS HIJAS DE LA CARIDAD

Santa Luisa quedó contrariada cuando, al leer la primera acta de erec­ción de la Compañía, firmada el 20 de noviembre de 1646 por el coadjutor de París, llegó a las siguientes líneas: “La citada Cofradía estará y perma­necerá perpetuamente bajo la autoridad y dependencia del señor arzobispo y sus sucesores”. Es cierto que el documento añadía que Vicente de Paúl seguiría al frente de la Compañía hasta su muerte; pero ¿después? Luisa inmediatamente tomó la pluma para expresar sus preocupaciones a su director: “Ese término tan absoluto de dependencia del señor arzobis­po —decía—, ¿no nos podrá perjudicar más adelante, ya que nos da liber­tad para poder sustraernos de la dirección del Superior General de la Mi­sión?”. Este pensamiento la perseguía sin cesar hasta en la oración. “Creo —insistía— que Dios, una vez más, ha dado a mi alma una gran paz y sencillez en la meditación que he hecho sobre el tema de la necesi­dad de que la Compañía de las HH. de la Caridad siga bajo la dirección que le ha dado la Providencia tanto en lo espiritual como en lo temporal, de tal forma que he visto que sería más ventajoso para su gloria que la Compañía desapareciese por completo que seguir con otra dirección, pues esto creo que sería contra la voluntad de Dios.”

El mismo año, la reina Ana de Austria enviaba una súplica al Papa so­licitando lo que Luisa tan vivamente deseaba.

El arzobispo de París había dado su aceptación, pero el Papa seguía sin resolver nada. A pesar de eso, Luisa mantuvo su hermosa tenacidad. Escri­bía una vez más en 1651: “La base de este fundamento, sin el que creo que es imposible pueda subsistir dicha Compañía, ni que Dios obtenga de ella la gloria que parece querer se le dé, es la necesidad que la Compañía tiene de ser erigida, … enteramente sometida y dependiente de la dirección ve­nerable del venerado Superior General de los sacerdotes de la Misión”.

 

Durante este tiempo, ¿cómo pensaba San Vicente? Nada de lo que posee­mos nos indica que en algún momento haya estado en desacuerdo con su hija espiritual. Al contrario, su pluma recuerda principios que podría in­vocar la misma Luisa: “Si nosotros dirigimos la casa en que se educan, es porque los designios de Dios para que naciera su pequeña compañía se sirvieron de la nuestra; y ya se sabe que Dios utiliza los mismos medios para dar el ser a las cosas que para conservarlas”. Cada vez que sus cohermanos le preguntaban sobre la dirección de las hermanas, respondía: “Esta dirección se nos ha venido a nuestras manos; conservémosla”.

¿Qué hizo para vencer la resistencia del arzobispo de París? No conoce­mos su actuación; ningún documento nos habla de ella. Se trataba de un asunto entre él y el prelado; su respeto a la autoridad episcopal explica el silencio de sus cartas dirigidas a particulares. Obraba del mismo modo, y puede asegurarse que el éxito fue obra suya. Luisa de Marillac exultó de alegría cuando supo que el cardenal de Retz había cedido y cuando leyó, en 1655, en la segunda acta de erección: “Puesto que Dios ha bendecido el trabajo que nuestro querido y bien amado Vicente de Paúl ha realizado para hacer llegar a buen término ese piadoso designio, Nos le hemos con­fiado y encargado nuevamente, y por las presentes le confiamos y encar­gamos el gobierno y la dirección de la susodicha Sociedad y Cofradía du­rante su vida, y después de ella a sus sucesores, los generales de la citada Congregación de la Misión”.

 

 

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