Celo por la salvación de las almas

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Francisco Ruíz Barbacil, C.M. · Año publicación original: 2005 · Fuente: Vincentiana.
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Introducción

El celo es una virtud fundamental para la vida del misionero vi­centino. Ella da el toque distintivo a una persona enamorada de Dios y ansiosa de hacer que Él sea conocido, amado y servido por todos.

El celo por la salvación de las almas tiene hoy como ayer fuertes enemigos: la vida cómoda del misionero, el individualismo, la apatía espiritual.

La vida cómoda, placentera, burguesa, egoísta al fin, y que reves­timos con la excusa de que vivimos en la cultura del bienestar. Lo contrario suena como a tiempos oscurantistas, salvajes y de poca cul­tura. Otro enemigo es el miedo a la mortificación. Para muchos, el sólo escuchar “mortificación” suena a algo trasnochado, impropio de una persona civilizada y moderna. El celo en nuestros días se parece en muchos a un águila temerosa de lanzarse al cielo, porque tiene su visión oscurecida y sus alas encogidas por el miedo y la falta de ilu­sión, de ideales, de fe y de amor.

El individualismo es otro enemigo. Frena las fuerzas comunita­rias y puede llegar a romper el dinamismo apostólico. Ata al misio­nero reduciéndolo al espacio de sus propio yo y mantiene cerradas las puertas y ventanas al Espíritu Santo.

Algunos consagrados sufren la apatía espiritual, que les impide avanzar con audacia y confianza por el camino de Jesús. Es necesario tener una vida interior sólida: “Sin una vida interior de amor, que atrae a sí al Padre, al Verbo, al Espíritu (Jn 14,23) no puede haber mirada de fe; en consecuencia, la propia vida pierde gradualmente el sentido, el rostro de los hermanos se hace opaco y es imposible descu­brir en ellos el rostro de Cristo. Los acontecimientos de la historia que­dan ambiguos cuando no privados de esperanza, la misión apostólica y caritativa degenera en una actividad dispersiva”.[note]CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA, Instrucción Caminar desde Cristo. Un renovado compro­miso de la vida consagrada en el tercer milenio, Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2002, no. 25.[/note]

Pero dando la vuelta a la medalla, nos encontramos con misio­neros ágiles, desprendidos, llenos de ideales altos y grandes, con mirada sutil como la de Jesús, para detectar la grandeza de todo ser humano y lo que Jesús ha hecho por él y el destino a donde lo quiere llevar. Se dan cuenta, como el apóstol San Juan de cuánto ha amado el Padre al mundo, para entregarle a su propio Hijo para salvarlo. Cuánto vale cada ser humano por deleznable que parezca, pues el mismo Hijo de Dios se ha encarnado para hacerlo feliz, aun a costa de derramar su sangre, de sentirse rechazado y sufrir la misma muerte de manos de quienes Él amaba tanto.

Tenemos en la Congregación misioneros, amantes de su voca­ción, que están viviendo en situaciones difíciles para evangelizar a los pobres. Misioneros generosos, que entregan su vida para ser enviados allí donde los superiores les indiquen. Misioneros, que cada día pren­den el fuego de su celo por la salvación de las almas, en la celebra­ción eucarística, animándose con las palabras de Cristo: “Hagan esto en memoria mía”.

“Todos somos testigos de la vida inmolada en aras de la caridad de muchos de nuestros hermanos; su conformidad con la voluntad de Dios y la alegría que irradian es el mejor testimonio de su amor fiel al Señor Crucificado y de su colaboración en la extensión del Reino. En las enfermerías de las casas se esconden verdaderos tesoros y modelos de entrega a la misión evangelizadora de la Iglesia. Antes trabajaron, acaso con gran aceptación de la gente, en los campos de misión, que se les había asignado; ahora comparten los sufrimientos de Cristo, pos­trados en la cama o sentados en un carrito de ruedas: desde ahí rubri­can sus enseñanzas de tiempo pasado sobre Jesucristo y Jesucristo Crucificado”.[note]ANTONINO ORCAJO, Caminar desde Cristo, en Anales (2002), p. 443.[/note]

Terminología

Significado de la palabra celo: Etimológicamente viene de la palabra griega zelos = celo; zeloo = tener celos, celar; zelotes = entu­siasta, fanático.

A partir de los autores trágicos, la palabra zelos designa la incli­nación afectiva hacia una persona, idea o cosa. Según el objeto al que se refiere, podemos distinguir dos significados concretos: cuando tiene una finalidad positiva, zelos tiene el sentido de aspiración vehe­mente, emulación o entusiasmo, admiración y a veces alabanza o glo­ria. En sentido negativo caracteriza al celo entendido como vicioso; es decir, como celos, tanto al que pretende un objetivo bueno, co­mo al celoso, al envidioso. Según el contexto, el verbo zeloo puede traducirse también por celar, elogiar, aspirar a, o envidiar, estar celoso, tener celos.

En los LXX este grupo de palabras describe afectos humanos sólo en los escritos tardíos, como en Prov. 6,34: “Los celos enfurecen al marido”. Más frecuentemente se habla del celo de Dios mismo, esto es, de la intensidad, de la seriedad del compromiso que Dios adquiere con el hombre. En Ex 20,5 Dios se presenta como zelotes: “No te postrarás ante ellas (esculturas e imágenes) porque yo Yahvé, tu Dios soy un Dios celoso”. En el contexto de este pasaje se menciona el doble modo de actuar del celo divino: por una parte, se dirige a los malhechores, para castigarlos; por otra, se orienta hacia los que temen a Dios, para mostrarles su misericordia (Is. 63,15). El carácter exclusivo de la relación de Yahvé con Israel se muestra en que él siente celos ante la infidelidad de Israel (Ez 16,38; 23,25), que a menudo es presentada bajo la imagen del adulterio.

El Nuevo Testamento no sólo critica el celo reprobable desde el punto de vista ético, sino también el celo por la ley. Así San Pablo se distancia de su celo de antes “por las tradiciones paternas” (Gal 1,14). Fue precisamente el celo por Dios (Hch 22,3) lo que le convirtió en perseguidor de la Iglesia (Flp 3,6). Mirando hacia atrás, él reconoce que al comportarse como un piadoso israelita obraba equivocada­mente, como la mayoría de los judíos de su tiempo (Rm 10,2).

Ahora bien, lo que se condena no es el celo en sí mismo. Todo lo contrario. El mismo San Pablo invita de un modo apremiante a tener celo, pues ello es bueno, si se tiene por Cristo, que tuvo él mismo celo por Dios: “Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: el celo por tu Casa me devorará” (Jn 2,17). Así se elogia de un modo explícito el celo misionero, que se muestra solícito con los demás: “Bien está pro­curarse el celo de otros para el bien” (Gal 4,18). Y en 2 Cor 11,2 demuestra para con la Iglesia de Corinto un amor celoso, análogo al de Yahvé para con Israel (Dt 4,24). Afirma: “Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo”. Existe también otro celo, que se preocupa por el bienestar de los demás hombres (2 Cor 7,7; 9,2) y por su buen comportamiento y sus buenas obras.

Celo en Santo Tomás de Aquino

Para comprenderlo estudiemos los tres elementos que lo integran según Santo Tomás de Aquino: su causa, su razón formar (esencia) y como efecto.

Su causa es la misma caridad o amor de Dios y del prójimo, pues a estos dos mira el celo. Pero no toda caridad o amor da el celo por fruto: esta divina planta sólo produce las flores y frutos cuando es vigorosa su vida y rebosante su savia. O como dice Santo Tomás: es causa del celo la intensidad, el fervor y la fuerza del amor.

Su razón formal, como si dijéramos, su esencia, es la tristeza que esa fervorosa dilección nos causa al contemplar los bienes que faltan al ser tan hondamente amado: a Dios o al prójimo. Es pues, alma del celo, una gran pena, mayor cuanto más vaya el celo cre­ciendo, de no ver en el ser amado todos los bienes y perfecciones interiores o exteriores que nuestro amor tan vivamente le desea.

El celo considerado como efecto de esa gran caridad y de esa tristeza podemos definirlos: “Un movimiento del apetito irascible con­tra lo que implica el bien del ser amado”. Se resuelve, pues, en la lucha para adquirir para el amado los bienes que se le desean, y por con­siguiente, en el combate contra todos lo que ofendan o menosprecien los bienes y perfecciones del ser querido.

No hay linaje de amor, si es fuerte y vehemente, que no produzca su celo; el amor de concupiscencia o carnal produce los celos, las des­atadas furias que se arrojan a una lid de muerte contra los que te disputen la posesión total del corazón donde tienes puestos tus delei­tes y placeres. El amor de ti mismo, de tu gloria y excelencia, engen­dra su celo: la sierpe atosigadora de la envidia que te emponzoña y roe el corazón con el negro dolor de ver que otro pompea y triunfa con dichas y excelencias que tú no tienes y anhelas con vivas ansias. Y el amor noble de benevolencia y amistad se ve coronado de la real diadema del verdadero celo: el pesar generoso de ver al amigo, al bien querido, privado de alguna conveniencia o prerrogativa, o que le es decorosa o que de derecho se le debe.[note]Cf. SANTO TOMAS DE AQUINO, Suma teológica, 1ª, 2ª, cuestión 28, ar­tículo 4º.[/note]

El amor de Dios y del prójimo verdaderamente cristiano, no es un movimiento del apetito sensitivo hacia su objeto terrenal útil o deleitable, ni la mera tendencia de la voluntad racional a un bien honesto de Dios o del hombre; ha de ser pura dilección, o sea: ama­mos a Dios y al hombre por la elección precedente de nuestra inteli­gencia, a saber: hemos elegido amar esos dos objetos por el aprecio y alta estima en que les tenemos, tanto a ellos como a los bienes que les deseamos. No se trata, pues de desearles bienes o ventajas tem­porales o terrenas de tan vil metal de suyo que no cabe para con ellas la caridad, sino bienes y tesoros divinos cuyo valor es infinito e inmenso.

A Dios el bien externo de su gloria y honor entre las criaturas intelectuales y libres y el cumplimiento en ellas de su santísima voluntad; cosas ambas que, en efecto, le faltan no pocas veces entre los hombres, que le ofenden o injurian. Y en cuanto al hombre: la vida eterna y la gracia; bienes que puede no poseer o perder.

Los diversos oficios del celo se cifran en extender entre los hom­bres la gloria de Dios y el cumplimiento de su adorable voluntad y encaminar las almas hasta su último fin. Jesucristo condensó en el Padrenuestro el programa y los ideales del celo: hacer que sea san­tificado el nombre de Dios, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Perdónanos nuestras ofen­sas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden y no nos dejes caer en la tentación.

No hay en el evangelio hecho, palabra, gesto ni paso del Reden­tor que no esté dirigido a este fin. Las actividades infinitas del Hom­bre-Dios condensadas y reducidas a salvar las almas y extender el Reino y Gloria de su eterno Padre. Y hoy, sentado a la diestra de Dios en las alturas “intercede por nosotros” (Rm 8,34), y sólo abdicará su oficio después de haber puesto a los enemigos de Dios y de las almas por escabel de sus pies.

En el celo se necesita la iniciativa, el ataque, la capacidad de afrontar situaciones diversas, de captar el mundo que piensa diversa­mente, de interpretar la necesidad de los que parecen lejanos, de entrar en el deseo profundo de verdad, de justicia, de Dios, que hay en cada uno y hacerlo explícito. Esta actividad se encuentra especi­ficada aquí y allí en el Nuevo Testamento.[note]Cf. CARLO MARIA MARTINI, El evangelizar en San Lucas, Paulinas, Bogotá 1983, p. 18.[/note]

El celo nace de la toma de conciencia de la descristianización, del deseo de Jesucristo que ha venido a traer fuego a la tierra y quiere que se extienda.

El celo nace de estar uno muy iluminado y prendido en el amor de Jesucristo. La luz irradia destellos. Una persona iluminada por la doctrina y vida de Cristo, puede suscitar en el otro, el deseo de cono­cer y vivir como el otro vive.

El celo es dinamismo. Ser testigo de la fe, es descubrir al inter­locutor nuestra propia relación con Jesucristo.

El celo nace por el aprecio que uno tiene a alguien o a algo. Y lo protege y defiende por encima de todo. El celo potencia los talentos recibidos; hace fructificar los dones de Dios.

El celo no se confunde con la ambición ni con la exhibición. La persona con celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres fundamenta su casa en el amor y la humildad.

“El celo suscita la energía para promover el reinado de Dios, despierta un entusiasmo afectivo y efectivo por la evangelización de los pobres”.[note]CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN, Instrucción sobre la estabilidad, castidad, pobreza y obediencia, en Vincentiana (1996), p. 6.[/note]

El celo en San Vicente de Paúl

Si bien es verdad que en los primeros años de su juventud, Vicente de Paúl no iba buscando la gloria de Dios y la salvación de las almas, sino su propio interés y el de su familia, también está claro que, una vez que entró en el camino de la conversión continua, pro­gresó de tal modo que llegó a alturas sublimes en su transformación en “otro Cristo”.

Tenía siempre delante el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo. Era su regla, la medida de sus pensamientos, palabras, acciones, omisiones, sentimientos, amores, intenciones, etc. Decía a sus misio­neros: “Qué gran negocio es revestirse del espíritu de Cristo”. Y añadía que el Espíritu de Cristo es el Espíritu Santo, derramado en el cora­zón de los justos, que vive en ellos y crea en ellos las disposiciones e inclinaciones que Cristo tuvo en la tierra: “cuando se dice: ‘el espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras’, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espí­ritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da la mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu”.[note]SV XII, 108; ES XI, 411.[/note]

El celo que nace del amor a Dios nos lleva a entregar nuestra vida. “El que quiera salvar su vida, hermanos míos, la perderá: es Jesu­cristo el que nos lo asegura, diciéndonos que no se puede hacer un acto más grande de amor que entregar la vida por el amigo. ¿Pues que? ¿Tenemos un amigo mejor que Dios? ¿Y no hemos de amar todo lo que Él ama, y tener, por amor a Él, al prójimo como amigo? ¿No seríamos indignos de gozar del ser que Dios nos da, si nos negáramos a utilizarlo por un motivo tan digno? Ciertamente, al reconocer que le debemos nuestra vida a su mano liberal, cometeríamos una injusticia, si nos negáramos a emplearla y consumirla según sus designios, a imitación de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo”.[note]SV XI, 49; ES XI, 739.[/note]

“San Vicente aprendió de Bérulle que su sacerdocio era mucho más que un modo de asegurarse una vida tranquila. Pero luego aprendió, guiado por el Espíritu y por su exigencia, algo que a Bérulle nunca le pasó por su bien ilustrada cabeza: que el sacerdote, participante en el sacerdocio eterno del Verbo Encarnado, es igual que el Verbo Encar­nado, responsable de la redención espiritual y material del hombre. O, de otro modo, que el sacerdote no es sólo el hombre de la liturgia, la oración comunitaria y los sacramento, sino también un responsable del verdadero bien espiritual y material de la sociedad”.[note]JAIME CORERA, Diez estudios vicencianos, CEME, Salamanca 1983, p. 302-303.[/note]

San Vicente escribe al Canónigo de Saint-Martin: “Los sacerdotes de este tiempo tienen un gran motivo para temer los juicios de Dios, porque, además de por sus propios pecados, Él les hará dar cuentas por los pecados del pueblo; pues no han tratado de satisfacer por ellos a su justicia irritada, tal como están obligados a hacerlo. Y lo que es peor, Él les imputará la causa de los castigos que envía, porque no se oponen como deben a las plagas que afligen a la Iglesia, como son la peste, la guerra, el hambre y las herejías”.[note]SV V, 568; ES V, 541.[/note]

En una conferencia San Vicente elogia el celo del P. Juan Le Vacher. Había sido expulsado de Túnez y al saber que había regre­sado a Túnez dice: “Ha vuelto, y los pobres esclavos salieron a su encuentro. Aquella pobre gente no sabía qué hacer para demostrarle su alegría. Es su salvador; es su salvador; y si hay ángeles a los que Dios envía al purgatorio a consolar a las almas, del mismo modo, etc. Padres, quien dice misionero, dice salvador; hemos sido llamados para salvar a las almas; para eso estamos aquí. ¿Cumplimos debidamente con esta obligación? ¿Salvamos a las almas?.[note]SV XI, 321; ES XI, 217.[/note]

Para San Vicente el celo consiste en imitar a Cristo redentor: “Quien dice misionero, dice un hombre llamado por Dios para salvar a las almas; porque nuestro fin es trabajar por su salvación, a imitación de Nuestro Señor Jesucristo, que es el único verdadero redentor y que cumplió perfectamente lo que significa ese nombre amable de Jesús, que quiere decir salvador. Vino del cielo a la tierra para ejercer ese ofi­cio, e hizo de él el objetivo de su vida y de su muerte, ejerciendo con­tinuamente esa cualidad de salvador por la comunicación de los méritos de la sangre que derramó. Mientras vivió sobre la tierra, dirigió todos sus pensamientos a la salvación de los hombres, y sigue todavía con estos mismos sentimientos, ya que es allí donde encuentra la voluntad de su Padre. Vino y viene a nosotros cada día para eso, y por su ejemplo nos ha enseñado todas las virtudes convenientes a su cualidad de salvador. Entreguémonos, pues, a él, para que siga ejer­ciendo esta misma cualidad en nosotros y por medio de nosotros”.[note]LOUIS ABELLY, La vie du Vénérable Serviteur de Dieu Vincent de Paul, libro III, cap. 8, secc. 2, p. 89-90; ES XI, 762.[/note]

San Vicente insiste en vivir el celo lo que significa estar dispuesto a perderlo todo y a dar la vida: “He aquí un hermoso campo que Dios nos abre, tanto en Madagascar como en las Islas Hébridas y en otras partes. Pidamos a Dios que abrase nuestros corazones en el deseo de servirle; entreguémonos a él para hacer lo que le plazca. San Vicente Ferrer se animaba pensando que vendrían sacerdotes que, con el fervor de su celo, abrasarían toda la tierra (Lc 12,49). Si no merecemos que Dios nos conceda esa gracia de ser de esos sacerdotes, supliquémosle que al menos nos haga sus imágenes y precursores, pero, sea lo que sea, estemos ciertos de que no seremos verdaderos cristianos hasta que no estemos dispuestos a perderlo todo, y a dar incluso nuestra vida, por el amor y la gloria de Jesucristo, decididos con el santo apóstol a escoger antes los tormentos y la muerte, que vernos separados de la caridad de este divino Salvador” (Rm 8,35-39).[note]LOUIS ABELLY, o.c., libro III, cap. 10, p. 101; ES XI, 762-763.[/note]

Elogio del trabajo misionero

“Nuestro Señor, en aquellas palabras ‘Buscad primero el Reino de Dios’ (Mt 28,19), nos recomienda que hagamos reinar a Dios en noso­tros y que luego cooperemos con él en extender y ensanchar su reino por la conquista de las almas. ¿No es un gran honor para nosotros haber sido llamados a ejecutar un proyecto tan grande y tan impor­tante? ¿No es obrar como los ángeles, que trabajan continua y única­mente por el engrandecimiento de este reino de Dios? ¿Habrá condición que sea más apetecible que la nuestra, ya que no hemos de vivir ni de obrar más que para establecer entre nosotros y acrecentar y agrandar el reino de Dios? ¿Y a qué se debe, hermanos míos, que no respondamos dignamente a una vocación tan santa y tan santificante?”.[note]LOUIS ABELLY, o.c., libro III, p. 32; ES XI, 765-766.[/note]

En la conferencia del 22 de agosto de 1659 que trata sobre las cinco virtudes fundamentales del misionero, se expresa así del celo: “El celo es la quinta máxima, que consiste en un puro deseo de hacerse agradar a Dios y útil al prójimo. Celo de extender el reino de Dios, celo de procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más per­fecto? Si el amor de Dios es un fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios”.[note]SV XII, 307; ES XI, 590.[/note] Y añadía: “Pongamos la mano en nuestra conciencia… ¿sentimos en nosotros este deseo? Si lo sentimos, ¡qué dicha! Si no lo sentimos, llenémonos de vergüenza y reconozcamos que no somos misioneros, pues los verdaderos misioneros son sencillos, humildes, mortificados y llenos de ardor por el trabajo”.[note]SV XII, 308; ES XI, 591.[/note]

Vicios contrarios al celo

Para San Vicente, los vicios contra el celo son varios: la insensi­bilidad, la comodidad, la pereza, la ociosidad y la tibieza.

En la conferencia del 29 de agosto de 1659 tratando sobre las máximas contrarias a las máximas evangélicas dice: “La insensibili­dad hace también que no nos impresionen las miserias corporales y espirituales del prójimo; no se tiene caridad, no se tiene celo, no se sien­ten las ofensas contra Dios. No seamos de esos misioneros sin celo: cuando les mandan a las misiones, van; cuando hay que trabajar con los ordenandos, trabajan; cuando hay que atender a los ejercitantes, les atienden; pero, ¿cómo lo hacen? ¿dónde está su celo? Su celo está apa­gado por la insensibilidad. Procuremos, pues, llenarnos del espíritu de fervor, desempeñemos todas las funciones de nuestro instituto y hagá­moslo con celo, con coraje, con fervor; tengamos compasión de tantas almas que perecen y no dejemos que nuestra pereza e insensibilidad sean la causa de su perdición”.[note]SV XII, 321; ES XI, 601.602.[/note]

Al clérigo de la Congregación, Juan de Fricourt, que le escribió a San Vicente comunicándole que estaba lleno de dudas y que no tenía ningún afecto ni por las reglas ni por los ejercicios, le contesta: “Para curar el mal hay que conocerlo. A mi parece, creo que es una cobardía de la voluntad y una pereza del espíritu por las cosas que Dios le pide. No me extraño de ellos, ya que naturalmente todos los hombres están en esta situación. Y si me pregunta. de dónde viene la diferencia que hay entre ellos, ya que unos son fervorosos y otros flojos, le responderé que aquéllos sobrepasan mejor que éstos las repugnancias de la natu­raleza y que éstos no se esfuerzan en superarlas; que los primeros están en paz, puesto que no tienen el corazón repartido por habérselo dado enteramente a Dios, mientras que los otros están inquietos ya que, que­riendo amar a Dios, no dejan de amar a otras cosas que no son Dios y esas cosas son las satisfacciones del cuerpo, que hacen al alma pesada para la práctica de las virtudes. Esto es lo que engendra y alimenta la pereza, que es el vicio de los eclesiásticos. Es el estado que más horro­riza a Dios. Sí, la tibieza es un estado de condenación. ¿Mi querido hermano, cuántos motivos tenemos para temblar Vd. y yo, al saber que es maldito todo aquel que realiza con negligencia la obra de Dios… Decídase, pues, mi querido hermano, de una vez para siempre, a pasar por encima de su desgana; pídale muchas veces a Dios la gracia de someterle la parte inferior. Se acerca el tiempo de ejercicios, espero que los suyos servirán para que se despegue por entero de los placeres de la vida presente y se anime al celo para llegar a la eternidad”.[note]SV VIII, 111-112; ES XI, 100-101.[/note]

San Vicente experimenta, después de su experiencia en Folleville-Châtillon, la alegría que hay al evangelizar a los pobres. El celo es para él la alegría de compartir: “¡Qué dicha, padres, qué dicha! ¡Hacer aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra”.[note]SV XII, 4; ES XI, 324.[/note] “Somos escogidos por Dios como instrumentos de su caridad inmensa y pater­nal, que ha de reinar y ensancharse en las almas. ¡Si supiéramos lo que es esta entrega tan santa! ¡Jamás lo comprenderemos bien en esta vida, pues si lo comprendiéramos, obraríamos de una manera muy distinta, al menos yo, miserable de mí! Por tanto, nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni a una sola diócesis, sino por toda la tierra. ¿Para qué? Para abrasar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para infla­marla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo consuma todo? Mis queridos hermanos, pensemos un poco en ello, si os parece. Es cierto que yo he suido enviado no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo”.[note]SV XII, 262; ES XI, 553.[/note]

El amor ardiente del celo no tiene fronteras porque imita el cora­zón de Jesucristo: “Mirad, Padres y Hermanos míos, hemos de tener en nuestro interior esta disposición y hasta este deseo de sufrir por Dios y por el prójimo, de consumirnos por ellos. ¡Oh, qué dichosos son aqué­llos a los que Dios les da estas disposiciones y deseos! Sí, Padres, es menester que nos pongamos totalmente al servicio de Dios y al servicio de la gente… consumirnos por esto, dar nuestras vidas por esto, despo­jarnos para revestirnos de nuevo”.[note]SV XI, 402; ES XI, 281.[/note] “Pidámosle a Dios que dé a la Compañía ese espíritu, ese corazón, que nos hace ir a cualquier parte, ese corazón del Hijo de Dios, el corazón de Nuestro Señor, que nos dispone a ir como él iría y como él habría ido, si hubiera creído con­veniente su sabiduría eterna, marchar a predicar la conversión a las naciones pobres. Para eso envió él a sus apóstoles y nos envía a noso­tros como a ellos, para llevar a todas partes su fuego… Pidámosle todos a Dios este espíritu para toda la Compañía, que nos lleve a todas partes, de forma que cuando se vea a uno o dos misioneros, se pueda decir: he aquí unos hombres apostólicos, dispuestos a ir por los cuatro rincones del mundo a llevar la palabra de Dios”.[note]SV XI, 291-292; ES XI, 190.[/note]

El corazón del celo

Entrando en el corazón de personas llenas de celo por la salva­ción de todas las personas como Vicente de Paúl, Luisa de Marillac, Francisco Javier, Teresa del Niño Jesús, Francisco Régis Clet, Justino de Jacobis, Juan Gabriel Perboyre, Federico Ozanam, Marco Antonio Durando, etc., encontramos algo, que es común a todos: el espíritu misionero. Este espíritu es el que Jesús prometió a sus discípulos:

“Permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos del poder desde lo alto” (Lc 24,49). Les mandó que aguardasen la promesa del Padre… recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra (Hch 1,4-8). Jesús explicó su poder con estas palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido, para llevar el evangelio a los pobres” (Lc 4,18). “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió de las orillas del Jordán y se dejó guiar por el Espíritu a través del desierto… Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu” (Lc 4,1-14). Juan Bautista realizó su misión con gran celo porque “estuvo lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre” (Lc 1,15). En la mañana de Pentecostés los Apóstoles que­daron todos llenos del Espíritu Santo (Hch 2,4-41). Pablo de Tarso se convirtió en apóstol de los gentiles, después que Ananías le impuso las manos y oró para que fuera lleno del Espíritu Santo (Hch 9,17).

El Concilio Vaticano II comenzó a trabajar después que el Beato Juan XXIII pidió a toda la Iglesia que abrieran las ventanas al Espí­ritu Santo. El Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, es el que mantiene vivo y encendido el fuego del celo en el corazón de los misioneros, y les empuja a realizar la obra de la evangelización inte­gral de todos los hombres. El es el que les da el coraje, la decisión, la acción generosa, el impulso constante y vigoroso, para estar en la vanguardia de la evangelización en la Iglesia. Y así el celo se llama valentía para evangelizar, impulso misionero, plenitud de entrega, decisión firme, compromiso misionero, energía para la acción, amor capaz de todo, espíritu creativo, amor sin fronteras. “El celo suscita la energía para promover el reinado de Dios, despierta un entusiasmo afectivo y efectivo por la evangelización de los pobres”.[note]CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN, Instrucción sobre la estabilidad, castidad, pobreza y obediencia, en Vincentiana (1996), p. 6.[/note]

El celo tiene que ver con el amor en el celibato. “Por el celibato, el misionero renuncia a compartir su vida con sólo una persona, para así poderse dedicar más de lleno a la misión: ‘De este modo abrimos más ampliamente el corazón a Dios y al prójimo’ (C 29 & 2). Así que­damos más libres para cumplir las exigencias que supone la evangeli­zación de los pobres. El compromiso de la castidad consiste en usar esa libertad para dedicarse plenamente al fin de la Congregación, pues él nos ayuda a canalizar todas nuestras energías físicas, espirituales y afectivas, hacia una dedicación efectiva a la predicación del evangelio y a una relación cercana, personal con los pobres” .[note]CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN, o.c., p. 23.[/note]

En el discurso a los religiosos que pronunció durante su visita a Madrid en 1982, Juan Pablo II nos advirtió sobre las ataduras, que frenan el celo apostólico: “No dejéis que los vínculos de la carne y san­gre, ni el afecto que justamente nutrís por la patria donde habéis nacido y aprendido a amar a Cristo, se conviertan en lazos que disminuyan vuestra libertad”.[note]JUAN PABLO VI, Discurso a los religiosos y miembros de los Institutos Seculares Masculines, en Madrid el 2 de noviembre de 1982.[/note]

El celo apostólico lleva a aceptar el dolor, que suscita el amor solidario a los hermanos que sufren, haciéndonos uno con ellos y lle­vándoles el Evangelio hasta dar la vida, trabajando por el Reino de Dios. “Según la Revelación y la experiencia cristiana, la formación espi­ritual posee la originalidad inconfundible, que proviene de ‘la novedad’ evangélica. Es obra del Espíritu y empeña a la persona en su totalidad; introduce en la comunión profunda con Jesucristo, Buen Pastor; con­duce a una sumisión de toda la vida al Espíritu, en una actitud filial respecto al Padre y en una adhesión confiada a la Iglesia. Ella se arraiga en la experiencia de la cruz para poder llevar, en comunión pro­funda, a la plenitud del misterio pascual”.[note]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica. Pastores dabo vobis, 25 de marzo de 1992, no. 45.[/note]

La lectura meditada y orante de la Palabra de Dios. Es la escu­cha humilde y llena de amor que se hace elocuente. En efecto, a la luz y con la fuerza de la Palabra de Dios es como puede descubrirse, comprenderse, amarse y seguirse la propia vocación; y también cum­plirse la propia misión.[note]Cf. Ibidem, no. 47[/note]

La comunión con Dios es un don y un fruto de los sacramentos y, al mismo tiempo, es un deber y una responsabilidad que los sacra­mentos confían a la libertad del creyente, para que viva esa comu­nión en las decisiones, opciones, actitudes y acciones de su existencia diaria. En ese sentido, la “gracia” que hace “nueva” la vida cristiana es la gracia de Jesucristo muerto y resucitado, que sigue derramando su Espíritu Santo y Santificador en los sacramentos.[note]Cf. Ibidem, no. 48.[/note] Inspirar nues­tra vida misionera en el ejemplo, primero de Jesucristo, y después imitar el de tantos hermanos nuestros, cercanos y lejanos, que han vivido y viven su celo misionero sin apantallar, en el ejercicio senci­llo, humilde, con excelencia, fiel y perseverante del ministerio donde la obediencia les haya enviado. La oración oxigena los pulmones del misionero, le lleva a contemplar el rostro de Cristo misionero del Padre. Recibe del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, el amor, que calienta su alma misionera.

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