Caridad y conciencia: la lección de san Vicente, hoy

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana1 Comment

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Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1982 · Fuente: Congreso Nacional Vicenciano, Abril de 1982.
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Dentro de diez años, vamos a celebrar el 200 aniversario, no del nacimiento de San Vicente, sino de la Revolución Francesa y cito este dato porque la Revolución Francesa encontró útil el recordar a Vicente de Paúl. Ya hacía 130 arios que había muerto San Vicente cuando tuvo lugar la Revo­lución Francesa. Consideró útil recordarlo porque les pare­ció que la figura de Vicente podía inspirar sus ideales huma­nitarios de IGUALDAD-LIBERTAD-FRATERNIDAD y no sólo lo consideraron útil, sino que de hecho lo pusieron como patrón de una especie de religión que se inventaron en lugar de la suprimida por decreto: la Iglesia Católica. Le pusie­ron junto con otros patronos más laicos, pero también a San Vicente le llamaron filántropo francés.

Y bien, si la Revolución Francesa, a los 130 años de morir San Vicente, lo encontró útil para esos sueños de renova­ción social, había que preguntarse hoy, si, doscientos años después, sigue siendo útil. Y es la pregunta que yo quisiera hacer en esta conferencia que voy a pronunciar.

Advierto que no voy a hablar de la santidad de Vicente de Paúl y sé muy bien que quien no sepa y quien no considere a Vicente de Paúl un santo, no lo entiende, o sea, los revolucionarios franceses no entendieron a Vicente de Paúl, por mucho que le pusieran una estatua; y entre noso­tros pasaría igual, el que no sepa que es santo y el que no sienta que San Vicente de Paúl es un santo, no entiende a Vicente de Paúl, y digo esto, habiendo dicho que no voy a hablar de su santidad, sino sólo de este aspecto que desta­caron los revolucionarios franceses, su filantropía, e inten­taré hacer ver qué puede enseñar hoy Vicente de Paúl a todas las personas de cualquier estilo, católicos o no, cris­tianos o no, Hija de la Caridad o no, Paules o no, a cual­quiera que quiere dedicar su vida al alivio del necesitado, al remedio de las necesidades de los pobres, no será mala idea, que para enmarcar mejor la figura de Vicente de Paúl me vaya un poquito lejos, para que entendamos de dónde sale esta figura extraña que llamamos Vicente de Paúl, ¿qué ha hecho en la historia de la Iglesia que no hubieran hecho antes otros muchos?, ¿qué ha hecho en la historia de la Iglesia que no hayan hecho otros después de él?, ¿por qué se le recuerda?, ¿por qué es tan peculiar en una historia de veinte siglos que se supone esta presidida por el mandamien­to del amor de Xto., lo básico en su enseñanza?, y ¿por qué se distingue este hombre, si precisamente el conjunto de la historia de la Iglesia, se supone, digo, está presidido, movi­do, por el mandamiento principal de Jesucristo?

Bien, San Vicente de Paúl no inventó la beneficencia, eso lo sabemos todos muy bien, de ninguna manera, para cuando él apareció, la Iglesia ya tenía una historia de, pues casi 1.600 años de práctica, y esto, además en gran escala, como nos recordaban antes, esta mañana, en la primera conferencia, en gran escala, porque mucho antes de que nin­gún estado o ningún sindicato, o ningún partido político, o ningún movimiento de pensamiento filosófico, hablara de derechos humanos o intenta montar un sistema de asisten­cia benéfica, mucho antes de que pasara nada de eso, ya la Iglesia lo hacía, y lo hacía en todas partes. Y esto pasó, no porque, como voy a decir enseguida, porque la Iglesia pensara que a ella le tocaba remediar todas las necesidades que pasaran en una nación o población civil determinada, no por eso, sino históricamente, porque se cayó el imperio romano, que tenía una administración muy bien montada, muy eficiente. Con la caída del imperio romano se quedó Europa sin administración civil de ninguna clase y con mu­cha anarquía por todas partes y la sociedad, incluso a través de sus emperadores, Teodosio por ejemplo, volvió los ojos para cuestiones de beneficencia, pues, a la agencia o a la institución que parecía la más adecuada para hacerlo, que era la Iglesia Católica. Esto a partir, naturalmente del edicto de Milán, ya bien metido el siglo IV. O sea a falta de un poder civil que sea capaz de remediar las necesidades de beneficencia de la sociedad, se apela a quien parece que por su misma naturalza, la Iglesia, que cree en Jesucristo, a quien parece la institución más adecuada para encargarse de estas cosas. Y a la Iglesia se le pusieron en sus manos cosas muy curiosas, por ejemplo, un decreto de un empera­dor pone en manos de obispos el derecho de supervisar el trato de los presos en las cárceles. Estoy hablando del si­glo IV y yo no sé si en el siglo XX no les vendría bien a los obispos este derecho hoy en día.

Otro decreto ponía en sus manos el cuidado de todos los niños huérfanos; en otros decretos se daba al obispo incluso el poder de supervisar el precio de los mercados, y a lo mejor sería buena idea darles a los obispos este poder.

En casos, incluso, se les confiaba la reconstrucción de las ciudades destruidas en las invasiones, reconstrucción de las murallas. En casos, y no pocos, llegaron a ser, digamos, los gobernadores militares y civiles de las ciudades, y esto, como digo, por fallo de la autoridad civil que le costó muchos siglos después de la invasión de los bárbaros tener unas estructuras sólidas y la Iglesia se tuvo que ir encar­gando de todos los aspectos de beneficencia y de otros mu­chos que no lo eran. Todo esto sin contar, naturalmente, la red de hospitales, hospederías, leproserías —había unas 3.000 leproserías en Francia en el siglo XIII— y toda una red, una auténtica red de beneficencia en todos los aspec­tos que cubre esta palabra, que un experto norteamericano que ha estudiado a fondo el tema, dice que la beneficencia en el siglo XIII estaba tan bien montada o mejor que en el siglo XX. Os voy a dar un detalle; muchas veces he dicho esto, que si un peregrino francés atravesaba España camino de Santiago, era seguro que si caía enfermo iba a encontrar un hospital donde se le iba a atender gratis hasta que se muriera o se curara, esto en el siglo XIII, mientras que hoy un turista francés que caiga enfermo, que se prepare. Bien, digo esto como un dato gráfico para que veamos que tampoco es un invento moderno el preocuparse de todos los aspectos de la beneficencia que la Iglesia, delegada por la sociedad, porque la sociedad no podía hacerlo, consiguió un montaje o una red benéfica, que, sobre todo, en el siglo XIII, llegó a cubrir todos los aspectos de las necesida­des de los pobres.

Esto se unía con el hecho de que la Iglesia era rica, de que la Iglesia tenía los medios para hacerlo, tenía grandí­simos medios económicos para montar una beneficencia con detalle; los monasterios eran ricos, se hicieron ricos, no empezaron ricos; las catedrales, las parroquias, cofradías, sobre todo, pero no únicamente, a través de donaciones, de manera que con el correr de los siglos y sin que se pueda decir, ni merece la pena hacerlo, cuando llegó a ser así, la Iglesia se convirtió en la potencia económica más fuerte de Europa.

Tiene pues, digamos, la delegación por parte incluso de los poderes civiles, tiene los medios económicos, y tiene un prestigio social que no tiene ninguna institución. Hay obis­pos de todos los estilos, no todos son muy santos, pero sin embargo el conjunto de la institución tiene mucho más pres­tigio que ninguna otra institución de gobierno civil o cultu­ral o de ninguna clase, durante estos siglos medievales. De manera que la Iglesia está en una posición para tener real­mente un montaje de la beneficencia completo. Y lo consi­guió.

Todo esto, naturalmente, se basa en esa, digamos, con-naturalidad de este tipo de actividad con el espíritu de la Iglesia que lo hereda de Jesucristo: qué cosa más natural que una Iglesia que se dice sucesora de Cristo se cuide de los pobres.

Así pues, como resultado de todos estos datos, la socie­dad llegó a pensar que la beneficencia era cosa de la Igle­sia. La beneficencia era cosa de curas, o de los monasterios, o de los obispos, o de las cofradías religiosas, o de las órde­nes religiosas; la sociedad va a pensar estas cosas a fuerza de verlo en la práctica, durante siglos, y sin embargo, la Iglesia, por lo menos en su doctrina oficial, vamos a decirlo así, teológica, NUNCA pensó que la beneficencia era cosa que le tocaba a ella en primer lugar, nunca jamás, y por resumir muchos textos podría citar a muchos Padres orien­tales que, precisamente, riñeron muchísimo con las autori­dades civiles porque éstas eran irresponsables, no respon­dían a las necesidades de la población y ellos predicaban y les desterraban. Digo que, sin citar a los Santos Padres, re­sumiría dos citas de Santo Tomás de Aquino, en el siglo XIII, que resumen muy bien el pensamiento más o menos oficial de la Iglesia sobre el tema. Dice Santo Tomás de Aquino: Dios ha constituido a los reyes y a los príncipes para que protejan a los sencillos, a los pobres y a los que no tienen poder.

En un sermón sobre el Catecismo dice Vicente de Paúl, y lo predica delante de los Gondi, porque el señor de Gondi le sugirió que subiera al púlpito y así lo hizo. Dice: «Subo aquí, al púlpito, por indicación del señor de Gondi, que se preocupa por el bienestar de vuestras almas, porque, dice, los señores no están en el mundo para cobrar los impuestos a sus súbditos, sino para velar por su bienestar espiritual y material». O sea, que está en línea con esto.

Los señores, los reyes, los príncipes, tienen poder dado por Dios, dice Santo Tomás, para que protejan a los senci­llos, a los pobres y a los que no tienen poder, o sea que en esta visión, queda reflejado el pensamiento tradicional ca­tólico. Cuando el poder civil hace algo por los pobres no hace más que cumplir con su deber. Y otro texto de Santo Tomás también dice: «El gobernante debe cuidar de los nece­sitados a expensas del erario público, o sea a expensas del dinero que se recibe de los impuestos. Debe —dice Santo To­más—; tiene una obligación moral de cuidar de los necesita­dos, a expensas del erario público».

No se pensaba en los mejores tiempos de la Iglesia que la caridad o la beneficencia, el apoyo a los pobres, a los humildes, a los necesitados, no se pensaba, que era cosa de la Iglesia, sino cosa del Estado, que el Estado no cum­pla y al no hacerlo el Estado, lo hace la Iglesia.

Bien, Vicente de Paúl se inscribe dentro de esta tradi­ción, él conoce bastante bien la tradición eclesial, teológica también, sabe muy bien, porque muchas veces lo dice en conferencias, en cartas, que mucho antes de él ha habido empresas benéficas de todo estilo, dentro y fuera de la Iglesia, y él se integra dentro de esta corriente histórica que originalmente brota de Jesucristo, pero luego, en la rea­lidad, en la práctica por cesión o concesión de la autoridad civil cuando no puede hacerlo.

Como a la Iglesia medieval, a San Vicente también le mueve ese lema de las Hijas de la Caridad: la caridad de Cristo. Y con esto haría una referencia a eso que he dicho que no voy a mencionar, la cuestión de su santidad. La san­tidad en San Vicente es la caridad de Cristo, que le mueve a obrar; este es el motor de Vicente de Paúl, como es el motor también de toda beneficencia en la historia de la Iglesia.

Dentro de esta tradición, también Vicente de Paúl se dedica a suplir los fallos de la autoridad civil y a poco que se conozca la vida de Vicente de Paúl se sabe que se tuvo que meter en mil cosas que no hacía la autoridad civil, porque estaba preocupada en otras cosas: guerras, compe­tencias dinásticas, rivalidades, etc. Entonces el Señor Vicen­te, como parte de esa tradición eclesiástica, también él se dedica a suplir los fallos de la autoridad civil. Y además a remediar, en la medida de sus fuerzas, no ya los fallos de esa autoridad sino los estragos que producía esa autori­dad de su tiempo: reyes, primeros ministros, grandes seño­res. No solamente este Señor Vicente hace lo que éstos no hacen en el terreno de la beneficencia, sino que se dedica a arreglar lo que éstos producen como estrago entre la población.

Por ejemplo, por la política guerrera de los grandes, y las rivalidades entre ellos, y la política guerrera del rey y sus ministros, se produce una serie de estragos entre la pobla­ción francesa, que San Vicente trata de remediar en la me­dida de sus fuerzas, o sea, por un lado suplir a la autoridad civil, por otro remediar lo que ésta destruye; y estas dos funciones han sido tradicionales en la beneficencia de la Iglesia.

Si esto es así, ¿por qué se habla de él? Porque Vicente de Paúl destaca en esta larguísima y brillante historia de la beneficencia eclesiástica. Ahora voy a intentar dar una res­puesta seria, que sería el núcleo de esta charla. Yo veo así la cosa.

Vicente de Paúl, para empezar, tampoco en esto es ori­ginal del todo, pero en su tiempo brilla por tenerlo con mucha claridad, tiene un sentido muy agudo de la dignidad del pobre, de la libertad, del derecho a la libertad del po­bre. Esto se vio bien claro en la historia del Gran Hospital General que el rey, sus ministros y sus señores y señoras quisieron montar para encerrar por la fuerza a todos los pobres de París. Se pidió ayuda a Vicente de Paúl. Vicente de Paúl contestó que no tenía personal. Un hombre que cuando quería sacaba personal de debajo de las piedras. Luego se supo que este hombre no quería participar en esta empresa, porque, como decía él, estos pobres son cristianos, no son turcos, son hijos libres de Dios y no se les puede encerrar aunque sean pobres. Un sentido, pues, muy agudo de la dignidad del pobre y de su libertad.

Poniéndome un poco en plan de sermón, diría que esto es lo fundamental, es el paso fundamental que hay que dar, no me refiero a la conversión personal, de la que luego hablaré, sino el paso fundamental que hay que dar en la visión de todo aquel que quiera ser un alma vicenciana en el terreno de la beneficencia.

Lo primero que tenemos que hacer es convencernos de que el pobre es un ser libre, un ser digno, una imagen de Dios; tan digno el último pobre de cualquier ciudad que el rey de España. Tan digno, si no más, porque en criterios evangélicos lo es más. Tenemos que convencernos de que el pobre más insignificante, el más tonto, es tan digno como el gobernador de la ciudad. Pero esto hay que sentirlo; en cuanto se siente se obra en consecuencia.

Vicente de Paúl es un hombre que lo siente a fondo. Por ejemplo, dice: Entre esta pobre gente se encuentra la ver­dadera religión, una fe viva. Y del Louvre, el palacio de los reyes, dice: Ahí no se encuentra Dios. Lo dice él en una carta. Es un hombre que realmente ha adoptado los crite­rios de Jesucristo para ver a la gente, para encuadrarla, y ha descubierto que el pobre, que socialmente no es nada, es realmente, en realidad, un ser dotado de toda la dignidad, de toda la grandeza y de toda la libertad de un hijo de Dios. Digo que Vicente de Paúl, en un tiempo en que, inclu­so, la Iglesia jerárquica estaba muy rígidamente jerarqui­zada en el clero bajo, clero alto, obispos de una clase, obis­pos de otra clase, tiene un criterio totalmente cogido del Evangelio, de que la jerarquía social no es lo que hace a la gente importante en sí, sino la opinión de Dios sobre la gente, y la opinión de Dios sobre la gente se encuentra en el Evangelio, no en los tratados de política, o de clases de su tiempo, ni en los actuales, ni en la opinión de la sociedad, que piensa que el rey es una persona sagrada y los campe­sinos, como decía Richelieu, son mulos.

Esto sería, pues, el primer aspecto que destacaría en la originalidad de San Vicente, en esta historia de la benefi­cencia.

Otro aspecto: la pobreza. San Vicente no la ve como una necesidad individual, sino como una realidad social, o sea, no es que haya un niño abandonado, o un pobre mendigo, o un pobre campesino, hay toda una clase social, la campe­sina, que es pobre. Hay una realidad que ya casi se convierte en un hábito social, por supuesto, con una clase social de niños abandonados. Existe la realidad de que se abandona a los niños sistemáticamente, en París. Hay una realidad global de esclavos, de miles de esclavos, no es que hay que liberar a un esclavo, también hay que hacerlo, pero es que hay una realidad social, en su tiempo, de toda una clase de seres humanos que son esclavos. Vicente de Paúl tiene un sentido muy agudo de que hay necesidades colectivas, sociales, de que no hay sólo necesidades individuales, sino necesidades de clases enteras, de grupos humanos enteros dentro de una sociedad, y así habla él con mucha frecuen­cia de estos grupos, sobre todo de los campesinos.

Otra idea que aparece claramente en su acción (San Vi­cente tiene, en este aspecto, un sentido que no se descubre fácilmente en la beneficencia anterior a él), en su actividad, más que en su teoría, en su manera de hablar, es que la pobreza cuando es generalizada, cuando no es el caso de uno, de dos, sino de muchos, tiene causas sociales; eso contra la tendencia universal de culpar al pobre porque es pobre; fijaos bien, cualquiera que lea catorce tomos de car­tas y cosas que dijo y cosas que escribió, no encontrará ni una sola palabra de reproche contra los pobres, nunca ja­más, y sabía muy bien que entre los pobres que asistía había algunos que eran pobres porque querían, porque mo­ralmente eran un desastre. Vicente de Paúl se da cuenta muy claramente que cuando hay una situación de pobreza, por ejemplo en el campesinado francés, hay causas sociales de esa pobreza; en otras palabras, es la sociedad la que los hace pobres, y no su pereza o su falta de iniciativa, o su individualismo, sino la sociedad misma los pone en una si­tuación en que se garantiza que el hijo del labrador pobre va a morir pobre y su nieto también, y así de una genera­ción a otra. Esta es la causa de la pobreza generalizada. San Vicente lo vio con muchísima claridad.

De manera que a poco que se conozca la historia de la Francia de su tiempo, se ve que la sociedad francesa es una auténtica «máquina de fabricar pobres»; esa sociedad está montada para asegurar que los, aproximadamente, 20 millo­nes de habitantes de Francia, 18 ó 19 millones van a vivir en la pobreza, y claro los responsables de toda la «maquinaria» es el otro millón, y este millón garantiza con este montaje social que se han hecho a lo largo de los siglos —ni se da cuenta de ello—, garantiza que la población pobre se repro­duce a sí misma y que por tanto, Vicente de Paúl que se dio cuenta de esto dice: Los pobres campesinos no son po­bres porque son vagos, o porque son tontos, o por que son individualistas, sino porque los despojan de sus bienes y no les dejan salir de esa situación esa sociedad en que están in­crustados.

Otro aspecto característico de Vicente de Paúl en la historia de la beneficencia sería que Vicente de Paúl actúa sobre las causas de la pobreza. El mismo Abelly, su primer biógrafo, lo hace notar. Eso que Abelly no era excesiva­mente agudo en el conocimiento de Vicente de Paúl aunque le conoció personalmente. Sin embargo, dice claramente que en cuanto estaba de sus manos, Vicente de Paúl no se contentaba con remediar los efectos de la pobreza, sino que iba a las causas. ACCION SOBRE LAS CAUSAS DE LA POBREZA.

Su idea y su práctica de dar escuela a las niñas de fami­lias campesinas, cuando apenas si empezaban a leer, incluso a las niñas de familias aristocráticas en Francia, Vicente de Paúl, las Hijas de la Caridad, en su tiempo, ya daban escuela a las niñas de campesinos analfabetos; claro, esto está pensado como una manera de promocionar, de reme­diar las causas de una pobreza de la que no va a haber salida sino reciben una educación; o sea, la educación esco­lar como ataque a las causas de una situación de pobreza que intenta remediar.

De hecho, en la cuestión de los niños abandonados, obser­va Abelly que las Hijas de la Caridad los cuidaban según iban creciendo hasta que eran capaces de valerse por sí mismos, o sea, hasta que eran unos seres no abandonados, se les había quitado la causa de su pobreza y podían valerse por sí mismos para poder salir de esa situación.

Pero bien, las situaciones más claras en que Vicente de Paúl acude a las causas, son políticas, o sea, si el primer mi­nistro, por su política, produce un determinado daño social en su nación o en otra nación; en tres o cuatro ocasiones por lo menos, Vicente de Paúl acudió a ese primer ministro para decirle: Señor, no haga Vd. eso. Dos veces a Richelieu; una para animarle a hacer una cosa que no quería hacer y otra para animarle a declarar la paz en la Lorena; y una vez a Mazarino, para pedirle, nada menos, que dimitiera. Esto hizo San Vicente en una situación en que, evidentemente, el primer ministro era la causa del sufrimiento del pueblo de París.

También, observa Abelly, cualquier hombre prudente hubiera dicho al Señor Vicente: No haga Vd. eso, porque con eso va a conseguir las iras del primer ministro, o no va apoyar sus obras. Y dice Abelly que el Señor Vicente, sin hacer caso de consideraciones de prudencia demasiado humana, arriesgó lo que fuera, y arriesgó mucho, hasta la piel, ya que casi lo matan.

Posiblemente, cuando se habla de cómc Vicente de Paúl acudía a las causas de los males sociales, el caso más claro, no el único, es éste de tipo político, en que él ve que una decisión política o una política concreta del gobierno de su tiempo produce, sistemáticamente, una pobreza, un sufrimiento, muertes, peste, en el pueblo y quiere remediar­lo en la medida de sus fuerzas, y acude a quien sea.

Otro aspecto, el más importante en cuanto a la actuación, a la efectividad, o más bien en cuanto a la eficacia de ‘su actuación, Vicente de Paúl se dedica sistemáticamente a convertir conciencias, no sólo le da pena que haya niños abandonados, que haya pobres, que haya pestes, que haya guerras, que haya hambre; es que él se empeña en conver­tir las conciencias de aquellos que pueden, por su posición política o por su posición social, o por su dinero, que pue­den remediar esos males. O sea, se dedica a convertir a la gente a lo que él se convirtió cuando era más joven; a esta idea: de que el último pobre es un hijo de Dios, tan digno como tú, a quien tienes que acudir en su ayuda. Esto se vio clarísimo en la cuestión de los niños abandonados, que, como es fácil comprender, porque también pasa ahora, como se les consideraba hijos del pecado, pues eran ciuda­danos de octava categoría, los últimos. Las Damas de la Caridad, las grandes señoras aristócratas, saltándose los grandes prejuicios sociales, fueron capaces, durante tantos años, de entregar con entusiasmo tanto dinero para el pro­blema de la educación de estos niños abandonados.

Pero hubo un momento en que ya no pudieron más, y es clarísimo que una de las razones que actuaron en su com­portamiento es que no se sentían obligadas; a lo mejor se sentían obligadas a enviar cálices u ornamentos de iglesia a las regiones devastadas para los curas que se han quedado sin nada; eso, sí; pero, sentirse obligadas a seguir mante­niendo la obra de los niños abandonados, cuando éstos son hijos del pecado, eso, se ve claramente que ya, tanto, no.

San Vicente tiene aquí un problema tremendo, es más problema que conseguir dinero para que siga la obra. Más problema que eso es convencer a estas gentes, a estas mujeres, a quien se ponga delante: de que tienen que hacer­lo, de que estos niños abandonados son, uno por uno, hijos de Dios; de que, como dice él a las Damas: Aún no habéis resistido hasta la sangre.

Citando un texto de San Pablo, de la Carta a los Hebreos: aún no habéis resistido hasta la sangre. ¿Qué es eso de decir que ya habéis hecho bastante?, ¿que esos niños, no? ¿Que, por favor, Señor Vicente, no nos pida eso? ¿Otras cosas, sí, pídanos, pero eso no? Convertir la conciencia. ¿Quién cambia a los poderosos?, ¿quién cambia a quien tiene los medios económicos? El que tiene el poder, para que, según enseñan los textos de Santo Tomás de Aquino, para que se convenza de que su primera obligación son los más débiles; porque no le demos vueltas: no hay sistema político en el mundo que esté montado para facilitar las cosas a los que las tienen difíciles, todo lo contrario; eso es lo que pasa; facilitan todo a los que ya lo tienen fácil, a los que tienen más poder.

La doctrina teológica tradicional de la que vive San Vi­cente es lo contrario: Dios ha puesto, ha constituido a los reyes, a los príncipes, para que protejan a los sencillos, a los ignorantes, y a los que no tienen poder, porque los otros no necesitan protección.

Crear conciencia en los poderes públicos de su responsa­bilidad, de que la beneficencia, realmente, es cuestión del poder civil, de que el bienestar de todos los ciudadanos, sobre todo de los que no tienen bienestar, es responsabili­dad primera del poder civil, y no simplemente una obra de caridad, una obra de misericordia de la Iglesia, si lo quiere hacer, o del rico si lo quiere hacer. La obligación primera es crear conciencia de eso; este es el elemento más eficaz de la acción de San Vicente. Es el ,que menos se suele destacar también, porque, como hizo tanto, movilizó tanto, que, sim­plemente las cifras de dinero que movió y la gente que mo­vió, ya asusta, y se escapa este aspecto que quizá sea el más importante.

Este es un hombre que se dedica sistemáticamente a convencer al rey, a la reina, al primer ministro, al segundo, a los señores ricos, a los señores burgueses, de que tienen una obligación moral de asistencia a los necesitados. Que no es una cosa que se puede hacer o no, que no es una obra de misericordia que si se hace, bien, y si no se hace, también, sino una obligación estricta. Que para eso tienen el poder, los medios económicos, el prestigio social, dado por Dios, para que, precisamente, lo viertan en los más necesitados.

Otro aspecto a destacar en la personalidad de San Vi­cente es la promoción de la mujer como un elemento activo en la Iglesia. Este hombre, en un tiempo en que, unos años antes, Moliere ridiculizara a la aristocracia femenina de su tiempo, en una de sus comedias. Vicente de Paúl, a esta misma gente que se prestaba muy bien a una vida frívola, a una vida tonta, le da un sentido profundo de uti­lidad social y de vida cristiana práctica a una buena parte de la aristocracia femenina de su tiempo. Le costó luchar con­tra la tendencia a la vanidad de esas grandes señoras, que tenían sus grandes joyas, sus grandes palacios, pero en un tiempo que, realmente, podía haber sido una aristocracia inútil totalmente y frívola, como lo fue la mayor parte de la aristocracia.

La promoción de la mujer en la sociedad y en la Iglesia fue una de sus preocupaciones. Las Hijas de la Caridad lo saben, porque se les dice muchas veces, y las señoras o mujeres o voluntarias de la caridad tal vez no lo sepan por­que no se les ha dicho. Pero, Vicente de Paúl decía a estas mujeres de las cofradías, que no eran Hijas de la Caridad, que vosotras hacéis lo que se hacía ya en la generación apos­tólica, en tiempo de los apóstoles, pero que, después, por un designio de la Providencia, o por lo que sea, las mujeres dejaron de hacer en la Iglesia, y ahora Dios ha querido que volváis a. hacerlo, o sea, que vais a tener, en el conjunto de la Iglesia, el puesto que no habéis tenido durante siglos, no porque no os tocara, sino por lo que fuera. Y no ya como agentes de beneficencia, que pueden hacer cosas, sino como agentes de evangelización. Porque si hay algo claro en la enseñanza de Vicente de Paúl sobre toda persona que cayó bajo sus manos es que, a la vez que le dirigía a aliviar las necesidades materiales de los pobres, le dirigía a aliviar sus necesidades espirituales. O sea, le dirigía a evangelizarlos totalmente, a promocionarlos en todos los aspectos y a diri­girlos a Dios; no ya simplemente a curar, sino a evangelizar.

Es una visión de la mujer en la Iglesia que aún no hemos asimilado. Vicente de Paúl en su tiempo tenía una visión del papel de la mujer en la Iglesia que aún estamos por asimi­lar, incluso teóricamente.

Un último aspecto de estas ideas que tratan de destacar lo más original de Vicente de Paúl es destacar algo así como espíritu y orden, o entusiasmo-carisma-institución. San Vi­cente de Paúl es un hombre carismático, es un hombre de entusiasmo, es un hombre de caridad, es un hombre de sen­timientos, es un hombre fogoso incluso, pero sabe muy bien que las necesidades de los pobres son casi eternas, que no pasan, así, en poco tiempo, y que por tanto lo que necesi­tan, las necesidades permanentes de los pobres, es la res­puesta de instituciones permanentes, y entonces lo que hace este hombre es organizar, y organizar continuamente, y orga­nizar sin parar. Vicente de Paúl no hizo más que escribir cartas, muchísimas cartas, y reglamentos, muchísimos; no escribió más que algún folleto, sobre la Gracia, poca cosa; prácticamente, no escribió más que cartas y reglamentos. Es un hombre que tiene la obsesión, y con razón, de que si a la gente no se le organiza el entusiasmo, que es la expe­riencia que aprendió en Chátillon, el entusiasmo primero de la gente que se mueve en un sermón, se esfuma en dos días, viene el cansancio, porque las necesidades de los po­bres son muy exigentes; los pobres son muy exigentes; cada vez hay más pobres, y viene el cansancio, y Vicente de Paúl sabe que los pobres tienen derecho a ser asistidos y sabe muy bien que el entusiasmo es necesario y si falta, falta la caridad, falta el corazón y ahí no hay nada. Pero que no basta; lo que hay que hacer es organizar y organizar con mucho cuidado.

La beneficencia de San Vicente de Paúl a nuestros tiempos

A partir de la Revolución Francesa, partiendo de Francia y extendiéndose a los estados de Europa, el estado vuelve a coger la beneficencia y, para no hacer dos cosas, suprime el prestigio del status social de la Iglesia; a veces lo suprime sin más, por real decreto y se acabó, y por otro lado le quita los bienes económicos. En España se hizo un poco más tarde, a través de lo que se llama desamortizaciones de Mendizábal. En Francia se hizo de un plumazo en la Revo­lución Francesa. Se le priva a la Iglesia, por un lado de su prestigio social, por otro lado de los medios económicos y se arroga el gobierno revolucionario a sí mismo, en exclusiva, la asistencia benéfica al pueblo francés necesitado. Esta es la teoría, y de esta teoría vivimos hasta hoy. A partir de la Re­volución Francesa todos los gobiernos del mundo tienen claro que su obligación primera es asistir a los necesitados de mil maneras y que es sobre todo obligación del estado. En este sentido hemos hecho un progreso, aunque lo hiciera la Revo­lución Francesa de manera tan sangrienta y de manera tan expoliadora de los bienes de la Iglesia.

De manera que esto es así. La Iglesia ya no se siente tan urgida, porque ya hay otra institución más poderosa que es el !Estado; ya no tiene tanta urgencia de meterse en el terreno de la beneficencia; sigue haciéndolo, en parte, por tradición histórica, en parte por el espíritu de Jesucristo, que le transmite. Pero la urgencia ya no es tanta, ahora será el estado el que ponga una cadena de hoteles en el Camino de Santiago, y la Iglesia ya no hace una cadena de hospe­derías, que sí la mantuvo en el siglo XIII, y cosas así.

Por un lado ya no hay tanto la conciencia (dentro de la misma Iglesia) de que la beneficencia le toca a la Iglesia casi en exclusiva, porque el Estado lo hace. Por otro lado, en la misma Iglesia se vio en el siglo XIX un individualismo cada vez más profundo, cada vez más grande, un individualismo de la fe cristiana, una especie de ¡sálvese el que pueda! O sea, la primera obligación de todo ser que viene a este mundo es salvar su alma; cuando se dice esto, y se insiste con mucha fuerza, van saliendo generaciones de cristianos con un sentido de la fe, sobre todo, individualista. MI FE, MI SALVACION. Esto es fácil probar en el siglo XIX, de­pende de ideas no católicas, sino anticatólicas, las del indivi­dualismo económico. En la Iglesia se da cada vez un más creciente individualismo cuando esto se da, la fe cristiana deja de tener el sentido social que debe tener por la enseñan­za de Jesucristo mismo del Evangelio y cada día los pro­blemas de la beneficencia que no me tocan a mí están más lejos de mí. La Iglesia se desentiende más de ellos.

Se dio un tercer elemento en la segunda mitad del si­glo XIX, que aumentó el número de los pobres y la pobreza de los pobres. El proletariado se hizo universal y empeoró en condiciones económicas, culturales y de salud. En los cincuenta primeros años del siglo XIX, y está el caso curio­sísimo de la Revolución Francesa que, abrogó, por decreto, la existencia de las Hijas de la Caridad y a los diez años tuvo que llamarlas otra vez, porque se quejaban en todos los departamentos franceses porque, desde que se habían ido ellas de los hospitales éstos funcionaban mal y tuvieron que decir en un decreto oficial que: «Constando, como consta, que la única manera de atender bien a los enfermos es por aquellas personas movidas por la caridad». Todo esto nos lleva a ver cómo hubo un empeoramiento del sistema bené­fico, aumento de la pobreza y aumento del sentido individual en la Iglesia.

Creo que aún estamos hoy, después de tantísimos años, ya casi dos siglos, estamos aún sufriendo hoy el efecto de alguno de estos tres elementos. Por lo que nos toca a la gente de la Iglesia, destacaría el sentido individual de la fe. Habría que destacar otros aspectos, por ejemplo: la benefi­cencia, cuando cae en manos del Estado se burocratiza infi­nitamente más que cuando está en manos de la Iglesia o en manos privadas, ¿por qué? Porque tiene menos conciencia. La organización civil, en ningún sistema de gobierno se rige por la conciencia, sino por intereses, lucha por el poder, etc. Hay gentes que tienen conciencia, pero el sistema no se rige por la conciencia y entonces si hay que montar un sistema de beneficencia que alcance a la población, por ejemplo la Se­guridad Social Española, eso no se hace por razones de con­ciencia, se hace por razones de eficiencia, e incluso por razo­nes de asegurar que la población, en conjunto, tiene un nivel suficiente para poder trabajar, que esto es lo que movió a Bismark, en la segunda mitad del siglo XIX, a montar el primer sistema de Seguridad Social en el mundo; en parte, como hacen ver los historiadores, el acallar la rebelión de las masas, ya que el obrero que se quedaba accidentado se quedaba sin nada, el que se jubilaba se quedaba sin nada, para acallar la rebelión de las masas.

Por otra parte asegurar que la población tiene un nivel de cultura y un nivel de salud suficientes para que funcione el sistema económico. Pero, pensad, que ningún gobernante, a lo mejor un gobernante individual, sí, pero que un gobierno esté pensando en aspectos de conciencia, de preocupación personal por los que sufren, para montar un sistema de beneficencia, eso es un sueño. La Iglesia, sí, y si no lo hace no pinta nada en el terreno de la beneficencia; y por eso necesita menos burocracia. Porque pone más caridad, y más atención, y lo otro, cuando falta el corazón, el sentimiento, el sentido de fe en relación al necesitado, hay que suplirlo con una organización, eso es la burocracia, con muchas leyes, muchas regulaciones, muchas supervisiones, mucho control de cuentas. Burocracia. Cuando ésta aumenta, resul­ta que los fondos destinados a los necesitados, la mayor parte, o una buena parte, se va a mantener la burocracia en favor de los necesitados.

Esta revolución histórica de la beneficencia, San Vicente la hubiera aplaudido; de vivir hoy, aplaudiría la existencia de la Seguridad Social, pero vería también lo que le faltaba a la beneficencia cuando es pública, estatal, y que él tenía en abundancia, que era la Caridad, corazón, atención al caso particular, un sentido agudo de que el último enfermo que pasa por una consulta es tan hijo de Dios como el médico, o tal vez más; y todo esto, una burocracia bien organizada no lo tiene, no lo puede tener, habrá personas de mucha conciencia, de muchísima caridad dentro de este sis­tema, pero el sistema no tiene corazón.

La idea de Vicente de Paúl, su visión, su sensibilidad ante los problemas de la beneficencia, fue resucitada un poco después, inmediatamente después de la Revolución Francesa, por un seglar. Perdonen los Padres Paúles y las Hermanas, pero hablando en teoría, no en la práctica, por­que yo sé que desde San Vicente de Paúl hasta la Revolución Francesa, hubo miles de Padres y Hermanas que vivieron el espíritu de San Vicente. Pero en la teoría, no veo ni Padres ni Hermanas, desde San Vicente hasta la Revolución Fran­cesa, que entendieran a Vicente de Paúl tan bien como Fede­rico Ozanán, seglar. Hay que decir que Federico Ozanán fue un discípulo de una Hija de la Caridad en cuestiones de dedicación a la beneficencia.

Fue un seglar el que entendió a Vicente de Paúl para tiempos nuevos, tiempos muy diferentes de los de Vicente, los tiempos después de la Revolución Francesa, y que lo hizo muy bien; y pienso que ideas de él, a comienzos del siglo XIX, hace 160 años, ideas de él, nos valen aún hoy. Por ejemplo, Ozanán tenía, en un tiempo de fe individua­lista, un sentido agudísimo de la proyección social de la fe. Dice: ¿Qué hacer para ser verdaderamente católicos, si no lo que más agrada a Dios? Pues a esta pregunta que se la hace él, yo podría responder: Para ser verdaderamente cató­licos, lo que más agrada a Dios es la oración, los sacramen­tos y una preocupación por la salvación personal. Pero Oza­nán responde: ¿Qué hacer para ser verdaderamente católi­cos? Hacer lo que más agrada a Dios, socorrer a nuestro prójimo como hacía Jesucristo.

¿Cómo ser católico a comienzos del siglo XIX, cuando la Revolución Francesa ha puesto en cuestión todos los valores de la fe cristiana? ¿Cómo ser católicos? ¿Cómo hacer lo que más agrada a Dios? Dice Ozanán: Socorramos a los necesi­tados como lo hacía Jesucristo. Es una frase que parece cogida de los textos de San Vicente. Los pobres los vemos con los ojos de la carne, ahí están, y podemos meter el dedo y la mano en sus llagas, las marcas de la corona de espinas son visibles en sus frentes. Vosotros sois nuestros amos y nosotros seremos vuestros servidores. Frase muy vicenciana.

Ozanán, en teoría, supo adaptar el antiguo espíritu vicen­ciano a sus tiempos, cosa que en Padres y Hermanas no se ha visto, es decir en teoría, ya que en la práctica sí que lo viven. Aún se puede acudir a Ozanán, hoy, después de tantos años, para hacer un esfuerzo de adaptación del espíritu vicenciano al siglo XX. Porque realmente los problemas sus­citados en tiempos de Ozanán aún están sin resolver. Por ejemplo, si la cuestión que agita hoy al mundo no es ni una cuestión de personas, ni una cuestión de formas políticas, sino una cuestión social; sí es la lucha de los que no tienen nada y de los que tienen demasiado; sí es el choque violento de la opulencia y de la pobreza, el deber nuestro, de los cris­tianos, es interponemos entre estos enemigos irreconciliables y hacer que la igualdad llegue a conseguirse, que la igual­dad llegue a ser lo más igual, en cuanto es posible, entre los hombres. Como obligación de nuestra fe cristiana, que la caridad haga lo que la justicia sola no podría hacer, natural­mente, la justicia que está en los libros de leyes.

Sabe muy bien Ozanán, que la justicia humana siempre se queda corta, y no es que la caridad tiene que hacer lo que no hace la justicia, sino que la caridad tiene que hacer lo que no puede hacer la justicia, es decir ir más allá. Por ejemplo, no se puede exigir por justicia a nadie que dé la vida por sus hermanos. La caridad, SI. En ese sentido dice que la caridad nos haga ir allá donde no llega la justicia. Una vez cumplida la justicia, aún queda un margen muy grande para la actuación del amor cristiano.

Ozanán fue un precursor que aún no hemos asimilado del todo. Fue un iincomprendido, hasta finales del siglo XIX, en que León XIII, en la Rerun Novarum, por fin, oficialmente, dio un contenido profundamente social a la fe cristiana. Quiso hacer ver a los católicos que para ser católicos tenían que leer la encíclica y ponerla en práctica, y la encíclica habla del problema social que es, dice Ozanán, el que divide al mundo entre los que tienen y los que no tienen, ese es el problema. La «Rerun Novarum» quiere hacer ver a los católicos que hay que meterse en ese problema para vivir la fe.

Ha habido muchas encíclicas, documentos del Concilio, etc., y en la última encíclica de Juan Pablo II sobre el tra­bajo dice: La solidaridad de los creyentes, n.° 8, debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social del tra­bajador, la explotación de los trabajadores y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está viva­mente comprometida en esta causa, porque la considera su misión, su servicio, como prueba de su fidelidad a Jesu­cristo.

Es decir, la Iglesia prueba que es fiel a Cristo, si se mete en esta causa de la degradación de buena parte de la pobla­ción. Para poder ser verdaderamente Iglesia de Jesucristo, de los pobres.

Y para terminar rápidamente, y resumiendo lo dicho:

Las lecciones de Vicente de Paúl hoy

La primera es fundamental: es una conversión, del egoís­mo individualista, de la visión egoísta de la fe, a la visión generosa y extrovertida hacia los demás de la fe. San Vi­cente se pasó quince o dieciséis años de su sacerdocio pen­sando en sí mismo, en su familia, en su pueblo, en ser obispo para vivir de rentas, no para reformar la Iglesias, y así pasó esos años de su sacerdocio. Tuvo que dar el gran vuelco de su vida para pasar de la visión egoísta, centrada en sí mismo de su fe, a una visión hacia los demás, hacia los necesitados.

Para ser vicenciano hay que pasar por este estado de fuego y si no no existe espíritu vicenciano.

Hay que convencerse que el pobre es imagen de Jesu­cristo, según el texto hermoso de San Vicente: dar la vuelta a la medalla. Porque en su tiempo, realmente, tenemos dibujos de algunos caricaturistas, en los que muchos campesinos parecían bestias en el aspecto físico, y Vicente de Paúl lo recuerda en ese texto. «Hay algunos que ni parecen seres humanos, y la primera impresión que siente uno al verlos es repugnancia, pero dad la vuelta a la medalla, y detrás de ese ser humano tan repugnante, que parece el último infeliz del reino, tenéis la imagen viva de Jesucristo su­friente». Esto hay que sentirlo profundamente en el corazón para ser vicenciano.

El pobre, tu hermano, o incluso más, tu señor, según una expresión tan querida por San Vicente, que él heredó de la Edad Media eso de «nuestros amos y señores» no lo inventó él, lo cogió de unas Constituciones de una Orden hospitalaria del sigloo XIII, y él lo sabía muy bien, porque lo dice en una conferencia a las Hermanas: que él no era el inventor de esa expresión, pero es claro que él sentía que los pobres eran sus amos y señores.

Conciencia, personal, social; no se puede ser vicenciano sin un gran corazón, sin mucho amor, mucha caridad, mucho sentimiento, mucha ternura. Pero tampoco se puede ser vi­cenciano con sólo eso, si no se tiene un corazón inteligente que ve que la sociedad está produciendo pobres por todos los lados, que hay que remediar las causas de la pobreza, que no basta tener corazón, compasión, caridad. tener en­trega, no basta dar la vida; hay que tener los ojos bien abiertos. SERVIR es VER los problemas, y no estar en la luna.

PARTICIPACION plena de los seglares. Vicente de Paúl es un hombre que creía en los seglares. Colaboración con otras instituciones. Esto es muy importante.

Vicente de Paúl obsesionado por los pobres, colaboraba con el diablo en favor de los pobres. Sí, colaboró con los jansenistas, herejes o semiherejes, a los que combatió fuer­temente en el terreno de la doctrina, de las ideas, porque le parecía que la doctrina de los jansenistas iba a acabar con la piedad popular, y así hubiera sido y así ha sido. Los jansenistas han acabado prevaleciendo. Herejes o semihere­jes, pero cuando se trataba de organizar socorros para los pobres, colaboraba con ellos.

San Vicente no inventó la beneficencia, la Iglesia no la inventó tampoco. La Iglesia no es la única agencia de bene­ficencia. Hay muchísimas otras organizaciones, políticas o no políticas también metidas en esto. Entonces no podemos decir, nosotros tenemos lo nuestro, algo eclesial, y vosotros tenéis lo vuestro, algo social o político o como sea, arregla-ros como podáis. El vicenciano tiene que colaborar con quien sea, que realmente, que sinceramente. trabaje por la promoción social de los pobres necesitados.

Quien colabora con quien sea no tiene porqué adoptar sus ideas; el vicenciano tiene suficientes ideas en su Evan­gelio y en su San Vicente para no necesitar ayuda de nadie. Por ejemplo para no necesitar ayuda del marxismo, que ten­drá ideas buenas, y el cristiano debe aprender de cual­quiera, como hacía Santo Tomás de Aquino que aprendía de Aristóteles que era un pagano, tanto o más que Marx. Pero hay algo claro, nuestro Maestro es Jesucristo, no tene­mos otro maestro, no necesitamos otro maestro para cam­biar la sociedad, aprendemos sistemas e ideas de quien sea, pero no necesitamos más que un Maestro que ya lo tenemos, que sabe más que Marx y que cualquiera.

No es ser injusto, sino ser realista e insistir en una idea: lo que dice CARIDAD, de esa que va más allá de lo que exije la justicia, y CONCIENCIA, no simplemente resolver problemas sociales, políticos, lo que se dice CONCIENCIA, lo que se dice auténtica preocupación por el ser humano, no las veo más que en la Iglesia y en San Vicente de Paúl, y de ahí que SER VICENCIANO ES SER HOMBRE, MUJER, seglar secular, clérigo, diocesano o no, que se deja llevar con mucha vista, con conocimiento de lo que es la sociedad en que vive, por la caridad y la conciencia.

One Comment on “Caridad y conciencia: la lección de san Vicente, hoy”

  1. La lectura de éste artículo, para mí y en ésta época del tiempo, tan materializado y deshumanizado, ha traído, nuevas luces y renovación en mi Espíritu Vicenciano y con formación, de nuestro co-fundador, Federico Ozanam, reconociendo también, que es mucha y ardua la tarea, de poder SER, en mi QUEHACER, un pequeño reflejo, de lo mucho, que ellos hicieron… más celebrando y agradeciendo a la Sma. Trinidad, el legado tan grande que nos ofrece, el testimonio de vida, de éstos 2 hermanos, en Jesucristo.

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