Bula de canonización de san Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Papa Clemente XII · Año publicación original: 1757.
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Clemente, obispo, siervo de los siervos de Dios. Para perpetua memoria.

I. La Jerusalén celeste, esta bienaventurada ciudad del Dios vivo, en la que el soberano Padre de familias distribuye por igual a todos los que han trabajado en su viña la misma paga de la vida eterna, en diferentes lugares y moradas donde cada uno se colocado según su mérito. Por eso los apóstoles hallándose en la tristeza a causa de la muerte de cristo, en el temor por su debilidad, en la inquietud por su futura recompensa, al oír decir que Pedro, el más ardiente y el más osado de entre ellos, y que había sido establecido su jefe y su príncipe, renegara tres veces de su Maestro al canto del gallo, el señor Cristo los consoló, diciendo: «En la casa de mi padre hay varias moradas, » dando a entender con estas palabras que ninguno de ellos, a pesar de la diferencia de fuerza y de debilidad, de mayor y de menor justicia, no sería excluido, no sería excluido de esta feliz casa en la que existen varias moradas, es decir diferentes grados de méritos en una sola vida eterna. En efecto, otra es la claridad del sol, otra la claridad de la luna, otra la claridad de las estrellas, pues la estrella difiere de la estrella en claridad, y el Evangelio habla de diferentes fecundidades, ya que tal grano produce ciento, tal otro sesenta, tal otro treinta; así los mártires producen fruto al ciento por ciento, las vírgenes al sesenta, los demás en diferente cantidad.

Hay por lo tanto en la casa de Dios diferentes moradas; las estrellas no tienen la misma claridad; no el mismo, sino múltiple es el fruto de la semilla. De esta forma, no hay más que una sola corona recibida en el tiempo de la persecución: la paz tiene también sus coronas, con las que ella ciñe a los vencedores que, en diferentes combates han derribado y sometido a su adversario: a quien ha vencido a la voluptuosidad, la palma de la continencia; a quien ha combatido la cólera, combatido la injusticia, la corona de la paciencia; a quien ha despreciado el dinero, el triunfo sobre la avaricia. Es la gloria de la fe soportar los males de este mundo en la esperanza de los bienes futuros; y a quien la prosperidad no hace orgulloso obtiene la gloria de la humildad. Quien está inclinado hacia la misericordia para con los pobres adquiere la retribución del tesoro celestial; quien no conoce la envidia, quien ama a sus hermanos en la unión y en la dulzura es honrado con la recompensa de la dilección y la paz. en esta carrera de las virtudes, el bienaventurado siervo de Dios Vicente de Paúl no sólo llegó él mismo a recibir estas palmas y estas coronas de justicia, sino que, por sus cuidados y sus ejemplos, ha conducido allí a un gran número de sus semejantes. Porque, como un valiente soldado de Dios, dejando toda carga y el pecado que le rodeaba, se ha enzarzado en la batalla que se le presentaba, adelantándose a los demás por su virtud y, hasta su avanzada edad, ha combatido valerosa y fielmente contra los príncipes y las potencias y los amos de este mundo de tinieblas, ha merecido ser coronado de la mano del Señor en la tierra de la felicidad. Ya que, aquél a quien Dios, que solo opera grandes prodigios, había recompensado en el cielo con la eterna felicidad, ha querido hacerle ilustre en la tierra por signos y hechos milagrosos, y sobre todo en el tiempo en que, en Francia, novadores con falsos y ficticios milagros, se esfuerzan en difundir sus errores, en perturbar la paz en la Iglesia católica y en separar a los sencillos de la unidad de la Sede romana.

II. Para obedecer pues a la voluntad divina, para animar a los fieles a correr por el camino de la salvación, para reprimir la maldad de los perversos y para confundir la malicia de los herejes, Nos hemos decretado hoy por la autoridad apostólica, que todo el pueblo fiel, del que Dios se ha dignado, sin que lo mereciéramos, darnos la dirección, rindiera al siervo de Dios Vicente el culto, la veneración y los honores de los santos. Celebremos pues, con salmos, himnos y cánticos espirituales en la compunción del corazón y la misericordia con los pobres, la hermosa victoria conseguida sobre el mundo y el diablo, y el triunfo espiritual del siervo de Dios. Que se edifiquen templos en su honor al Dios inmortal; pero nosotros que somos el templo de Dios temamos violarlo y mancillarlo con la mancha de la perversidad humana, y hagamos de manera que nada impuro o profano entre en este templo de Dios, es decir en nuestra alma, por temor a que irritado, abandone la morada que habita. Que a la memoria de Vicente y sobre sus altares se ofrezcan dones y presentes; pero ofrezcamos también nuestros cuerpos como uno hostia viva, santa, agradable a Dios, testimonio de nuestra obediencia racional. Por último que estas estatuas y estas imágenes sagradas sean el objeto de una honor y de un culto religioso: pero apliquémonos cuidadosamente, con el auxilio de la gracia divina, a expresar y a representar en nosotros, mientras se lo permita la debilidad de cada uno, la forma eminente de sus virtudes y la imagen de su santa vida.

III. Nacido en una aldea humilde de la diócesis de Aqcs que dicen Ranquines, de padres muy pobres pero piadosos, Vicente de Paúl en su infancia como el inocente Abel fue pastor de ovejas y atrajo sobre él y sobre sus presentes las miradas del Señor. Ya que, viviendo en la inocencia, ofrecía a Dios con sus ahorros y su privaciones un agradable sacrificio de piedad. En efecto, distribuía a los pobres harina cuando regresaba del molino, e incluso el pan que le habían dado sus padres para su módica alimentación, consagrando así a la virtud lo que él quitaba a su subsistencia , y alimentando a sus padres con su abstinencia y su ayuno. Porque la ardiente caridad del piadoso niño no encontraba obstáculo en su pobreza; y tan poco considerable era lo que podía sustraer a sus recursos, su grandeza de alma sobre pasaba los límites estrechos de sus facultades. Así, un medio escudo que había juntado poco a poco, mediante una ahorro de todos los días, por su trabajo y su frugalidad, él se lo daba entero a un pobre que encontró, a ejemplo de aquella pobre viuda, que mereció ser alabada por el Señor cuando dio, no de su abundancia sino de su penuria, todo lo que tenía, todo su sustento.

IV. Arrancado por su padre de la vida campestre y pastoril, fue enviado a Aqcs, al convento de los hermanos de la orden de san Francisco para darse a las letras; lo que hizo con tanto cuidado y diligencia, con tal integridad de costumbres y tal piedad para con Dios, que fue el ejemplo de sus iguales y la admiración de sus maestros. De allí en Toulouse luego en Zaragoza, se entregó con asiduidad a los estudios de teología; y casto, humilde, modesto, tal como deben serlo los que son llamados a la herencia del Señor, ascendió por todas las órdenes eclesiásticas a la sublime dignidad del sacerdocio.

V. Apenas se había revestido del honor sacerdotal, cuando su reputación bien conocida de virtud y de doctrina le hizo nombrar, sin saberlo él y en su ausencia, para un rico beneficio; pero al enterarse que no podía entrar en posesión sin pleitear, renunció a él por sí mismo y de buena gana; ya que, prefiriendo sufrir la injusticia y el fraude a disputar en juicio con su hermano, quiso privarse de una abundante renta que no podía obtener sin uno de esos procesos que un eclesiástico, como él decía de sí mismo, debe huir absolutamente.

VI. Entretanto, para no servir de carga a los demás, sino para lograr, por un trabajo honrado, y una laudable industria, su mantenimiento y el de su pobre madre, enseñó las humanidades en un pueblo llamado Buzet, lugar muy considerable de la diócesis de Toulouse, y luego en esta ciudad misma. Y como su principal cuidado y su vigilante solicitud eran menos los de llenar el espíritu de sus jóvenes discípulos con una ciencia solamente estéril de las cosas de Dios, que el de llevar a sus almas a abrazar la celeste sabiduría, formar sus costumbres en la y en la santidad sublime de la profesión cristiana, gentilhombres confiaban a porfía a sus hijos a sus cuidados, para que, bajo la dirección evangélica de un hombre tan grande y en la escuela de su piedad, avanzaran en el camino del Señor y en la ciencia de los santos.

VII. Habiendo ido a Marsella para recoger allí una suma de dinero que se le debía por un legado de herencia, cuando viajaba por mar y bajo un viento favorable de Marsella a Narbona para volver a Toulouse, cayó en medio de los Turcos, que mataron al patrón de la embarcación y a otros pasajeros, a él miso le hirieron con una flecha, le despojaron de sus vestidos y le llevaron cautivo a África. Tuvo que sufrir por la crueldad de los Turcos numerosas y graves penalidades para no abandonar la ley de su Señor, pero bien sabía que los sufrimientos de este tiempo no tienen proporción con la gloria futura que se nos revelará.

VIII. Se cuenta que habiendo visto a uno de sus compañeros de esclavitud tristemente abatido bajo el peso de sus cadenas, y no teniendo otra cosa que dar pata aliviar las angustias de este desdichado, se puso él mismo en las cadenas, con el fin de rescatar a expensas de su cuerpo la calamidad de otro. Había sido empleado por un hombre duro, el último de sus amos (pues tuvo tres en el curso de su cautiverio), en el rudo trabajo del cultivo de sus campos, adonde venía con frecuencia a visitarle una de las concubinas de este amo que, nacida en el mahometismo, estaba sin embargo deseosa de abrazar la creencia y las reglas de la religión cristiana. Un día, después de muchas preguntas sobre Dios y sobre el Cristianismo, le ordenó cantar algunos de los cánticos de Sion. Entonces el siervo de Dios cantó este salmo: «En las orillas de los ríos de Babilonia nos sentamos y lloramos,» y otros cánticos piadosos. Pues, mientras que el cántico sagrado del Señor resonaba, por la voz de Vicente, en los oídos incircuncisos de la mahometana, Dios operaba en el corazón de esta mujer profana para hacerle sentir alguna suavidad de la dulzura celestial. Así, de vuelta a casa, se fue a ver a su marido, que había abandonado la fe cristiana para seguir los delirios de Mahoma, y le reprochó haber abjurado de su religión, que le parecía muy hermosa, tanto por lo que había aprendido de la boca de su esclavo, como por el placer desacostumbrado que había sentido por el canto del cántico, placer tal que ella no esperaba experimentar uno tan grande en el paraíso de s padres. Tocado por las palabras de su mujer, este impío volvió los ojos sobre su horrible estado, le condenó y, con la ayuda de los consejos y de las oraciones de su santo esclavo Vicente, resolvió salir de él. En efecto, después de poner orden en sus asuntos, se escapó con él en una pequeña embarcación de las manos de los Turcos, huyó a Francia, donde Vicente le presentó al vicelegado de la Sede apostólica de Aviñón quien, observando los sagrados ritos e imponiéndole una penitencia, le reconcilió con la Iglesia.

IX. El siervo de Dios se dirigió luego a Roma para honrar los sagrados restos de los mártires, cuya sangre ha purificado a una ciudad que, de sede de la superstición, se ha convertido en la madre y maestra de la religión, y prosternarse en las tumbas de los apóstoles y adorar la cátedra de Pedro, cuya dignidad no desfallece ni siquiera en su indigno heredero.

X. De regreso a Francia, por los consejos de un hombre de piedad excelente, Pedro Bérulle, fundador de la congregación del Oratorio de Jesús, y luego cardenal de la santa Iglesia romana, se encargó del ministerio parroquial en las diócesis primero de París, luego de Lyon donde, haciéndose de corazón el modelo del rebaño, dirigió por el camino del Señor a las ovejas que le habían encomendado, y las alimentó con su palabra y su ejemplo. Y como la mies era mucha y el número de los obreros pequeño, recibió a jóvenes clérigos a quienes mantuvo y educó en su casa llevando con ellos una vida en común, y a quienes instruyó en la ley del Señor para que, en edad más avanzada, pudieran edificar a la Iglesia del Señor por la palabra divina y una doctrina saludable.

XI. El piadoso renombre de Vicente y el olor de su buena conducta llegaron a Francisco de Sales, quien le propuso a las religiosas llamadas de la Visitación, un monasterio de las cuales había sido erigido recientemente en París. en este difícil ministerio confiado a él, guardián vigilante de las santas siervas de Dios, director prudente de las almas, mostró y probó con sus obras qué justo y verdadero era el juicio del santo prelado, quien afirmaba no conocer a ningún sacerdote más digno que Vicente. Pues bien, durante cuarenta años, el bienaventurado siervo de Dios, con una prudencia, un cuidado y una solicitud singular, dirigió a estas vírgenes sagradas por el camino de la salvación, para que, después de renunciar a la concupiscencia de la carne y consagrarse a Dios en cuerpo y alma, consumaran su obra y alcanzaran, por la fidelidad a los divinos preceptos, las recompensas de Dios.

XII. Pero la ardiente caridad de Vicente no se podía encerrar en los claustros de los monasterios, sabiendo bien que no existe trabajo más excelente ni más útil que el cuidado y la cura de almas, para comprometerse en una lucha espiritual contra concupiscencia de la carne y las depravaciones del mundo, contra el orgullo y la maldad del siglo, contra las calamidades y miserias de los hijos de Adán, contra la ignorancia de los hijos; en una palabra, contra los espíritus de malicia, él levantó ejércitos de bravos destinados a combatir el combate del Señor. En efecto, el año de 1625, estableció la congregación de los sacerdotes seculares de la Misión quienes, despreciando y abandonando las delicias del mundo, reunidos en comunidad mus casta y muy santa, no teniendo nada en propiedad, vivirían juntos en la oración, la lectura, las instrucciones y demás ejercicios espirituales para formar así a los clérigos seculares en la ciencia del Señor, en las ceremonias eclesiásticas y en el sagrado ministerio, y despertar a los laicos, proponiéndoles la meditación de los preceptos divinos y de las cosas celestiales, en recorrer el camino de la salvación; que se comprometerían con Dios por un voto perpetuo a ejercer el trabajo apostólico de las Misiones, en particular en los pueblos, poblaciones y demás lugares de los campos, donde la luz de la verdad evangélica brilla raramente en los hombres hundidos en las tinieblas y la sombra de la muerte; quienes, no sintiéndose hinchados de ningún orgullo, obcecados por ningún humor pertinaz, ennegrecidos por ninguna envidia, sino modestos, moderados, pacíficos, harían de una vida toda de unión, consagrada a Dios por entero y a la salvación del prójimo, un presente muy agradable al autor de todos los bienes.

XIII. La caridad cristiana para con el prójimo, que nace de la caridad para con Dios como de su fuente, y hace subir por una especie de grados maravillosos, a la perfección del divino amor, no vela solamente por la salvación de las almas, sino que provee también a las necesidades del cuerpo. Por eso el siervo de Dios, ardiendo con una caridad perfecta, buscaba socorrer y aliviar el cuerpo y el alma, salvar mientras fuera posible, al uno y a la otra, llevando sin embargo todo el cuidado de los cuerpos a la salvación de las almas, que debe ser el objeto de la principal solicitud. Así compadeciéndose, en las entrañas de su misericordia, de las angustias de los miserables, sobre todo de los enfermos, de los ancianos, de los niños y de las jóvenes que, incapaces en sus achaques y en sus debilidades, de socorrerse a sí mismos, y privados con frecuencia del auxilio necesario, están oprimidos bajo el peso de sus miserias, él fundó la Compañía de las Hijas de la Caridad para trabajar día y noche en el servicio y en el cuidado de los ancianos, de los niños, de los pobres y de toda clase de enfermos.

XIV. Además, en todas las parroquias no sólo de las ciudades, sino de los pueblos y aldeas, instituyó cofradías de damas para aliviar, con su cuidado atento y su diligente solicitud, los males y las angustias de los miserables, procurar a los enfermos remedios tanto corporales como espirituales, a los calamitosos con recursos y auxilios, a los pobres con dinero, a los desnudos con ropas, a los afligidos con el consuelo. Trabajó asimismo en establecer, o en conservar y extender en muchos lugares varias compañías de Hijas, en particular las de la Cruz, las de la Providencia y de Santa Genoveva, dedicadas a educar y a instruir en los trabajos de su sexo y en las buenas costumbres de necesitadas jóvenes, por miedo a que, de mayor edad, caigan por la ignorancia en la ley del Señor y de los divinos misterios, o que, ociosas, no aprendan a servir en las casas y, ocupándose en lo que no les hace falta, se extravíen siguiendo a Satán, y que por último, no sabiendo trabajar con sus manos, abrumadas de necesidades domésticas, se vean obligadas a los pecados y a los vicios por la indigencia y la miseria.

XV. Además, él construyó un hospicio para guardar a los locos, una casa para corregir a los jóvenes de malas costumbres, y un vasto hospital para mantener y alimentar a los ancianos a quienes un accidente cualquiera había hacho incapaces de ganarse la vida con sus manos. Por último, por sus peticiones y sus cuidados, dos hospitales fueron construidos y dotados por la liberalidad real, en Blois y en Marsella, para los pobres galeotes enfermos que en adelante eran arrojados en antros, como a las bestias y que, ahora transportados allí con sus enfermedades, reciben allí todos los auxilios corporales y espirituales.

XVI. La gran bondad de Vicente y su integridad de vida, brillando día a día con tanto mayor resplandor cuanto con más cuidado él las ocultaba, eran en efecto conocidas del rey de Francia Luis XIII de gloriosa memoria, quien en vida, usaba de su ministerio para la distribución de sus limosnas secretas, y de sus consejos para el nombramiento de los clérigos a las sedes episcopales y a los beneficios eclesiásticos, y quien al morir, quiso tener en su último combate a Vicente de apoyo y consuelo.

XVII. Después de la muerte de este príncipe, Ana de Austria, su esposa de gloriosa memoria, regenta de Francia, le llamó, a pesar de sus resistencias y su voluntad, al santo consejo de conciencia. Para él y en Louvre entre los cortesanos, y en su casa entre los discípulos de la Misión, y en las plazas entre los ciudadanos, y en las casa privadas entre los indigentes y los necesitados, y en los hospitales públicos entre los ancianos y enfermos, y en las poblaciones y aldeas entre los campesinos y los labradores, y en los monasterios de vírgenes consagradas, y en las asambleas eclesiásticas ; en todo y con todos cumplía los oficios de la caridad y difundía la luz de la santidad y esparcía el buen olor de Cristo; ya que, hasta en el palacio de la realeza, despreciando la vanidad del siglo, hollando con los pies sus riquezas y sus honores, tenía sus pensamientos vueltos hacia Dios y fijos en el cielo. También su principal cuidado fue que en las prebendas parroquiales, en las dignidades y en los beneficios eclesiásticos, que son el bien de los pobres y el patrimonio de Cristo, se anteponía a los más dignos; y cuando gentilhombres le recomendaban a sus hijos, y le presionaban con promesa o amenazas, pisoteaba las esperanzas y los temores. Ya que esta alma fuerte y robusta no deseó ganarse, en detrimento de la herencia de Cristo y a expensas de la Cruz, amigos poderosos, y sin temblar por los males con que le amenazaban, no temió a los enemigos, .

XVIII. Entre los compañeros de sus misiones sagradas que había querido obligar con él por voto a enseñar sobre todo a los hombres del campo los misterios de la fe católica y los preceptos divinos, y dedicar también a la buena educación del clero y a las otras obras de caridad, todo el tiempo de su peregrinación y de su vida, ceñido de la fuerza de lo alto, se mostró ministro fiel, valiente e infatigable operario en el cultivo de la viña del Señor.

XIX. Porque él no había causado ninguna violencia, como algunos, para obtener su gobierno, sino que más bien la había sufrido para aceptarlo, se conducía de manera que a todos los abrazaba en las entrañas de una íntima caridad. tenía cuidado, en efecto, de que la tristeza no invadiera, que el pensamiento del siglo no atormentara a ninguno de ellos y, con la vigilante solicitud de un padre, veló para que éste no se sintiera abrumado por un trabajo excesivo, para que aquél no se durmiera en una excesiva inacción, apartando a los vigorosos de la pereza, forzando a los fervientes al descanso, aligerando a todos el yugo suave de Cristo, y evitando todas las trampas del diablo: uniéndolos a todos en la santa sociedad de las almas y en la perfecta caridad de Cristo, él los animaba de palabra y de obra a correr la carrera de las virtudes cristianas.

XX. Para él, que los sobrepasaba a todos por el mérito de su santidad y por la dignidad de su puesto, se ponía por encima de ellos por el humilde abatimiento de su espíritu. Se decía a menudo y en público un hombre de nada, hijo de un campesino, dedicado en otro tiempo a la guarda de un rebaño; en una asamblea general, abdicó de la prefectura perpetua de su congregación, afirmando por humildad que era incapaz de llevar el peso; pidió con insistencia que se eligiera a otro en su lugar, y fueron necesarias las súplicas reiteradas de la asamblea entera y una especie de violencia para que él la ejerciera en lo futuro. Y es que cuanto más se elevaba a la cumbre de la santidad por el conocimiento y el amor de Dios, más bajo se situaba por el conocimiento y el desprecio de sí mismo; además cumplía los menesteres más viles de su casa y con frecuencia, prosternado de rodillas y derramando lágrimas, pedía perdón a los suyos por haber escandalizado su alma con sus malos ejemplos. Por sus admirables obras de piedad y sus eminentes virtudes, se había adquirido en la corte un crédito soberano; la reina de Francia hacía de ello un caso particular, y ante todos los obispos, cardenales, y ante todos los grandes en la Iglesia y en el siglo, hombres de todo estado y toda condición, era tenido en gran honor, en gran estima. En cuanto a él, humillándose ante Dios autor de todo bien, él no mostraba en sus actos o en sus palabras, nada que respirara vanidad u orgullo, la arrogancia o la inmodestia; sino que todo en él, reglado y compuesto según la disciplina cristiana y la santidad evangélica, dejaba ver abiertamente que no había ninguna oscuridad en el interior de aquél cuyo exterior brillaba con tan resplandecientes virtudes,

XXI. La desgracia de los tiempo y el tumulto de las guerras civiles habían debilitado la santidad del clero de Francia, introduciendo la ignorancia y la corrupción de las costumbres. Para reparar el honor de la casa de Dios y restablecer la disciplina eclesiástica, Vicente dirigió en este sentido todos sus pensamientos y sus fuerzas. Así, para devolver a la disciplina eclesiástica su vigor, enervada por la languidez de los vicios, él establece casas religiosas, destinadas a recibir a los clérigos que debían ser promovidos a las órdenes sagradas y, para él o para sus asociados de la Misión, les hizo instruir para la celebración de los ritos sagrados, y formar en las santas costumbres en relación con la dignidad de su estado. De ahí el brillo de las ceremonias sagradas, de la observancia de las venerables leyes que se dio a muchas iglesias de Francia.

XXII. Reunió también a compañías de sacerdotes quienes, en día reglados, conversaban entre ellos de las cosas divinas, se ejercitaban en las santas discusiones para adquirir el poder de exhortar en la sana doctrina y de confundir a los contradictores.

XXIII. A ejemplo de Moisés quien, antes de ser puesto por Dios a la cabeza del pueblo de Israel para liberarlo de la cautividad, conducirle a través del desierto, sacrificar a Dios en la montaña y, desde allí, a la tierra de promisión, huyó del tumulto de la corte del Faraón a la soledad, Vicente enseñó a los clérigos llamados a la herencia del Señor quien, en la tierra desierta y sin agua de esta vida mortal, deben servir en el altar del Señor y preceder en la palabra y el ejemplo al santo pueblo de Dios tendiendo a la patria celestial después de sacudirse el yugo de la cautividad del diablo, a retirarse del tumulto del mundo a una santa soledad, antes de ascender a los grados eclesiásticos, para entregarse allí por unos días a la meditación de las cosas divinas y a la contemplación de los deberes de su cargo.

XXIV. Por lo demás, el siervo de Dios Vicente no fue sólo un excelente fundador de los ministros del altar, sino que mostró en sí al modelo de un buen y fiel dispensador. Ya que era como el refugio de todos los indigentes y miserables y, tomando incluso a veces de lo que parecía necesario para él y para los compañeros de sus misiones, aliviaba toda clase de pobres con tan grandes limosnas, que era comúnmente llamado el padre de los pobres. aunque ya avanzado en años, prestaba un cuidado asiduo al ministerio apostólico de las santas misiones y, llevado en las alas de la caridad, superior en todos los trabajos, elevándose por encima de las fuerzas de su ancianidad, quería aquí y allí para llevar la luz de la verdad evangélica y de los diversos preceptos a los que caminaban en las tinieblas y en la sombra de los vicios, sobre todo a los pobres habitantes de los pueblos y aldeas que, privados de la luz de la fe cristiana y errantes al azar en la noche de la ignorancia, eran llevados por él al camino del Señor. Y como la caridad no tiene medida, la virtud del siervo de Dios no se encerró en los límites de Francia, sino que se extendió y brilló a lo lejos: pues para extender la fe y la piedad, envió de entre sus discípulos a obreros evangélicos, no sólo a Italia, a Polonia, a Escocia, a Irlanda, sino también a Berbería, a las Indias, a las naciones separadas de nuestro continente, que el celo de sus discípulos, después de disipar las tinieblas de la idolatría, llevó a la luz de la verdad.

XXV. En las provincias distantes, a la vez que se buscaba la salvación de las almas, no omitía proveer también a las necesidades de los cuerpos, para atraer por los socorros temporales a los hombres carnales. Así no sólo la Lorena, la Champaña, la Picardía, arrasadas por la peste, el hambre y la guerra, fueron ampliamente socorridas por las sumas que les envió y que él les hizo distribuir por el ministerio fiel de las Hijas de la Caridad, pero en otras provincias más distantes aún, él ayudó a hombres afligidos por la carestía o por alguna otra calamidad. Y cuando la ciudad de parís misma sufría cruelmente por la falta de víveres, él dio de comer en su casa hasta dos mil pobres.

XXVI. Si bien ocupado constantemente por los diferentes y múltiples asuntos de la corte, de su congregación de las otros establecimientos que había fundado o de los que tenía que cuidar, en los cuales él daba a todos , para la gloria de Dios, infatigables servicios, no obstante él atendía a las necesidades de todos, de todos aliviaba las angustias; no rechazaba a nadie, abrazaba a todo el mundo en Jesucristo. Era ciertamente una cosa admirable que a nadie le negara el acceso a él, que a todas las peticiones prestara un oído fácil, que respondiera con bondad, que acogiera con dulzura, que no levantara la envidia de nadie, sino que haciéndose todo a todos, se ocupara del cuerpo de unos, sanara el espíritu de los otros y que, según las necesidades de cada uno, les proporcionara de su bolsa y de su doctrina, ropas, víveres, instrucciones, mostrando también que sino se debe todo a todos sin embargo se debe la caridad, a nadie la injusticia. Las injusticias, en efecto, que le eran hechas por los demás en cuanto a la justicia, estaba tan alejado, aunque pudiera fácilmente, de vengarse, que nunca se le ha oído quejarse, porque los bajos sentimientos que tenía de sí mismo le hacían juzgar, cuando le ocurría recibirlos, que los sufría justamente. También los soportaba con espíritu de paciencia, que pidió perdón de rodillas a aquél que le ultrajaba, y que a un hombre que le abofeteaba le presentó humildemente la otra mejilla..

XXVII. Unos soldados enfurecidos, y en un furor insensato, habían herido ya a un pobre artesano y le perseguían con la espada desenvainada, para matarle; él le cubrió con su cuerpo y arriesgó su vida en peligro manifiesto para ganar para Dios a aquél que habría arrancado de los brazos amenazadores de la muere con peligro de su sangre y de su cabeza; y en efecto, atónitos por una fuerza de alma tan grande y extraordinaria, y conmovidos por las palabras del siervo de Dios, los soldados se apaciguaron y se retiraron, y aquel desdichado escapó vivo.

XXVIII. Pero como el campo de Señor del que nosotros somos lo obreros, regado de lo alto por la gracia de Dios, está fortalecido por la fe, trabajado por los ayunos, sembrado por las limosnas, fecundado por las oraciones, Vicente no descuidó el cultivo espiritual de su cuerpo mortal por el miedo a que la preciosa semilla pereciera, y que en medio de las zarzas y de las espinas no resultara más que una cosecha digna de ser consumida en las llamas, no de ser encerrada en los graneros del Señor. Tenía pues costumbre de domar sus miembros, de macerarlos con ayunos y demás obras de penitencia, principalmente en las comunes calamidades del reino de Francia y de la Iglesia católica.

XXIX. Si, en algún asunto y complicado le pedían su parecer, y se viera forzado a dar una respuesta, o si le proponían hacer algo difícil y extraordinario, como el santo rey David, consultaba a Dios antes de empezar nada y pedía humildemente al Padre de las luces que derramara en su espíritu el fulgor de su caridad para descubrir lo que había que responder o hacer, que le previniera con su gracia divina pata seguir lo que él hubiera descubierto una vez y reconocido, que le diera la fuerza de esta gracia para ejecutarlo. Todas las veces que salía de su habitación o de su casa para aparecer en público, se prosternaba en tierra ante Dios y, con peticiones breves pero fervientes, imploraba su divino auxilio, para que al pasar, aunque bien a su pesar, a través de los senderos del siglo, y tratar cosas terrestres y mundanas, no se mancillara con el lodo de los hijos de los hombres. Apenas de regreso en casa, entraba en los secretos de su corazón, sometía al examen los repliegues de su conciencia y en medio del debate de sus pensamientos, de los cuales unos le acusaban, los otros justificaban su conducta, examinaba con cuidado, corregía con celo castigaba con severidad la palabra imprudente salida de su boca, o el acto desconsiderado que había podido cometer. Tan cuidadoso era de guardar los caminos del Señor que ha ordenado que se observaran sus mandamientos con extrema fidelidad.

XXX. Entregado a una oración asidua, ni la gente, ni los negocios, ni los acontecimientos felices o tristes le apartaban de la contemplación de las cosas divinas. Como tenía siempre a Dios presente en el espíritu, se mantenías y, y por un cuidado diligente y un santo ingenio, había hecho que todas las criaturas que pasaban bajo sus ojos recordaban a su espíritu al Creador de todas las cosas, y que cantando a su modo la gloria y las alabanzas de Dios, ellas le ayudaban a contemplar la belleza celestial. Por eso siempre modesto y dulce, afable y benigno, en todo con una admirable ecuanimidad, no se dejaba llevar ni por los sucesos afortunados ni perturbar por los adversos, y así decía con el salmista: «Veía al Señor ante mí y le tenía siempre en mi presencia, ya que está siempre a mi derecha a fin de que no caiga.»

XXXI. Nunca se abstuvo del sacrificio no cruento del altar, viviendo de modo que pudiera ofrecerle todos los días. Y al no poder, algunos meses antes de su muerte, tenerse de pie, a causa de la debilidad considerablemente aumentada de sus piernas, asistía todos los días al sacrificio de la misa y, reconfortado con el pan de los ángeles, después de una humilde acción de gracias, recitaba con un vivo sentimiento las oraciones acostumbradas prescritas por la iglesia para los agonizantes, como debiendo él mismo volar pronto de la prisión del cuerpo a la patria celeste.

XXXII. Como estaba animado hacia Dios con una de viva, de la que, toda su vida, ha sido el apoyo y el defensor intrépido. En Francia se había levantado la tempestad de la herejía, que se lo llevaba todo en su torbellino; el siervo de Dios gimió al ver la de católica alterada en muchos por el veneno jansenista, la sencillez de muchos convertida en el juguete de la astucia de los herejes, y un gran número de personas de rango arrastradas a perniciosas opiniones. Abrasado pues de santo celo de Dios, creyó deber empuñar las armas de la fe contra enemigos comunes y, buscando agradar a Dios antes que a los hombres, animó a los sagrados pastores de la Iglesia por el rebaño del Señor Cristo y no permitir a los lobos salteadores matar a escondidas a las ovejas del Señor. Así pues, mediante todas las insistencias y exhortaciones que estaban a su alcance, determinó a ochenta y cinco obispos de Francia, a quienes otros más se unieron posteriormente, a denunciar la enfermedad que se insinuaba en secreto y el contagio escondido a la cátedra de Pedro, cumbre del apostolado a quien se deben denunciar todos los peligros y los escándalos que surgen en el reino de Dios, señaladamente los que lesionan la fe, para que las pérdidas de la fe sean reparadas lo antes posible allí donde la fe no podría sentir fallos. Por ello, en sus cartas dirigidas a Inocencio X de feliz memoria, nuestro predecesor le pidieron con muy humildes súplicas condenar por su boca apostólica los errores que pululaban para que la Iglesia, restablecida en sus reglas y reafirmada por un decreto cuya justa proclamación temían los malvados cerrara todo acceso a estos hombres que, armados de ambigüedades perversas y de sofismas artificiosos, so pretexto de defender la fe católica y arrastrar al mal a los corazones de los hombres bien pensados y a derribar toda la verdadera doctrina referente al libre arbitrio, la gracia de Dios y la redención de los hombres por la pasión y la muerte del Señor Cristo.

XXXIII. Desde que llegó la respuesta de Roma, Vicente recibió el decreto del sucesor de Pedro con sumisión y respeto de corazón y, triunfante en el Señor por ver la causa terminada con la sentencia de la sede apostólica, trabajó con gran celo para poner fin al error también. Su primer cuidado y preocupación fueron de apartar de todas las comunidades religiosa que había fundado él mismo o que dirigía, la peste oculta enemiga de la fe católica, por miedo a que el contagio de algún miembro infectado corrompiera incluso a los más sanos. Luego, sabiendo que es un deber de piedad descubrir los escondites de los impíos y combatir en ellos al diablo al que sirven, con la libertad apostólica que, en materia de fe, conviene a un siervo de Dios, no cesó de comprometer al rey, a la reina y a sus ministros a volver por justos castigos a los refractarios a la obediencia , a expulsar del reino de Francia, como a una peste pública, a los pertinaces en el error, y poner así el rigor del poder secular al servicio de la dulzura de la Iglesia que, contenta con el juicio sacerdotal, y bien alejada de las venganzas sangrientas, está ayudada no obstante por las constituciones severas de los príncipes cristianos, porque los rebeldes recurren a veces al remedio espiritual por miedo al suplicio corporal.

XXXIV. Por último, lleno de días y de méritos, llegado ya a los ochenta y cinco años, quebrantado no menos por la vejez que por los trabajos corporales llevados con gozo para las obras de piedad y la salud de las almas que le ocupaban sin cesar, y soportados con valor hasta el último suspiro, provisto de los sacramentos de la Iglesia, aspirando al cielo y despreciando la tierra; rodeado de sus sacerdotes que le rindieron los últimos deberes de la religión; a estas palabras, familiares a él, que le sugerían: «Oh Dios venid en mi auxilio, » les respondía: «Señor, daos prisa en socorrerme;» lleno de confianza, no en su virtud sino en el auxilio divino, consumó felizmente su carrera en París, en casa de San Lázaro, casa de los sacerdotes seculares de la congregación de la misión, el cinco de las calendas de octubre del año 1660.

XXXV. Después de su muerte, la fama de su santidad se difundió por todas partes; Dios mismo lo certificó con mucho signos y milagros, por los que su admirable Providencia atrajo una mayor veneración a los restos inanimados de su siervo, dando a conocer así en qué honor se hallaba ante Dios el alma de aquél cuyo cuerpo, quedado como informe a la partida del principio vital, revelaba con tanta claridad la presencia del autor de la vida.

XXXVI. Por ello se construyó en París, según la costumbre y por la autoridad del ordinario, dos procesos, uno sobre su renombre de santidad, sus virtudes y sus milagros, el otro, para probar que no se le había dado ningún culto. Estos procesos abiertos con el permiso de Clemente XI de feliz memoria nuestro predecesor, y su validez reconocida en la congregación de los sagrados ritos el cuarto día del mes de octubre del año del Señor 1709, la comisión de la introducción de la causa fue firmada. Después de cumplir todas las formalidades exigidas por los decretos de la sede apostólica en esta clase de causas, se examinó si constaba de sus virtudes teologales y cardinales en grado heroico, y después de la última congregación de nuestros hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana prepuestos a los sagrados ritos, la cual fue general, Benedicto XIII de piadosa memoria, que nos ha precedido en el pontificado, ordenó el veintiún día del mes de setiembre del año del Señor 1727, la publicación del decreto, constatando las virtudes tanto teologales como cardinales en el grado heroico.

XXXVII . Se llegó luego al examen de los milagros que se hizo en tres congregaciones, la última general de las cuales se tuvo el doce del mes de julio del mismo año, y en ella se aprobaron cuatro milagros: el primero en la curación súbita de Claude-Joseph Compoin, ciego; el segundo, en la palabra y en las fuerzas instantáneamente devueltas a Anne-Marie Lhuillier, niña de ocho años, muda de nacimiento e incapaz de mover sus miembros inferiores; el tercero, en la úlcera inveterada y maligna en la pierna; el cuarto por último, en la curación repentina de Alexandre-Philippe Le Grand de una parálisis inveterada y obstinada.

XXXVIII. Lo que la dicha congregación de los ritos había juzgado impresionante estos milagros, el mismo Benedicto nuestro predecesor lo ha confirmado y, dando, el tercer día del mes de agosto del año del Señor de 1729, su asentimiento al decreto de la misma congregación de los ritos, pronunciando que había lugar a la solemne beatificación del siervo de Dios, inscribió a Vicente de Paúl en el número de los beatos, y permitió, con su autoridad apostólica que, todos los años, en ciertos lugares, el día aniversario del feliz deceso del bienaventurado siervo de Dios, se recitara su oficio, y se celebrara la misa, como de un confesor no pontífice, según las rúbricas del breviario y del misal romano; y después, que el nombre del mismo siervo de Dios fuera incluido entre los santos que se leen en el martirologio romano, y que se recitara en público, en el segundo nocturno las lecciones propias del mismo bienaventurado Vicente, aprobadas por dicha congregación de los ritos, después de haber escuchado al promotor de la fe.

XXXIX. Habiendo sido expedidas a continuación dos cartas remisorias y compulsorias para hacer, por autoridad apostólica, el proceso ordinario sobre los nuevos milagros que habían sucedido después del decreto de la beatificación del mismo siervo de Dios, y habiendo sido llevado a Roma este proceso y reconocida su validez, después de las congregaciones en uso llamadas ante preparatoria y preparatoria. El examen de los milagros nos fue entregado a nos, que por una disposición de la bondad divina, habíamos sucedido al mismo Benedicto XIII en el sagrado cargo del apostolado; y habiéndose tenido una congregación general ante nos el día treinta del mes de enero del año del Señor 1736, después de escuchar los consejos de nuestros venerables hermanos e implorado el apoyo del auxilio divino, el día veinticuatro del mes de junio del mismo año, nos aprobamos plenamente dos de los siete milagros que se habían presentado, a saber el primero, consistente en la curación instantánea de François Richer de una hernia completa, inveterada y desesperada.

XL. Hecho esto, y reunida de nuevo ante nos una congregación general, se puso en deliberación si se podía proceder con seguridad a la solemne canonización del beato Vicente de Paúl, y nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana habiendo dado su asentimiento por un voto unánime, nos pronunciamos solemnemente el decreto sobre la conclusión de la canonización.

XLI. Varios meses después, nos ordenamos convocar, según la costumbre, un consistorio secreto, en el que nuestro querido hijo Antoine-Félix, cardenal sacerdote del título de Santa Práxedes, llamado Zondanari, en su nombre y en el de toda la congregación de los sagrados ritos, dijo en primer lugar en un informe que las escrituras, el proceso y todos los actos de la causa se habían hecho según las reglas, y que tenían plena fuerza de autoridad y de prueba legítima; tras lo cual, después de una exacta exposición de la vida, de las virtudes y de los milagros del beato Vicente, que él y los demás cardenales eran de parecer unánime que el beato Vicente podía, si así nos parecía, ser inscrito en el catálogo de los santos; parecer al que accedieron todos los demás cardenales que estaban presentes.

XLII. No habiendo pues omitido absolutamente nada, en un asunto tan santo y tan grave, de las necesarias precauciones prescritas por la costumbre y los reglamentos de nuestros predecesores, nos decretamos que se pasaría adelante; y algunos días después se reunió un consistorio público, en el cual nuestro querido hijo Thomas Antamori, abogado consistorial de nuestra curia, después de contar largo y tendido la excelente caridad del beato Vicente, la inocencia de su vida y sus milagros, en el nombre de nuestro querido hijo en Jesucristo, Louis, rey cristianísimo de Francia, y de nuestra muy querida hija en Jesucristo, María, igualmente cristianísima reina de Francia, su esposa, de los demás príncipes católicos, y de nuestros venerables hermanos arzobispos y obispos y de todo el clero del reino de Francia, además de toda la congregación de sacerdotes seculares de la Misión, nos pidió humildemente que tuviéramos a bien colocar al beato Vicente en el catálogo de los santos. Nos pues, siendo del parecer, vista la grandeza de un asunto tan grande, que convenía deliberar con más madurez aún con nuestros venerables hermanos los cardenales, de la santa Iglesia romana y los demás arzobispos y obispos, nos indicamos oraciones públicas y ayunos y exhortamos a todos los fieles de Cristo a rogar a Dios con nos que nos dé su espíritu de sabiduría y de inteligencia para que conozcamos estos secretos celestiales que la razón humana no puede comprender, y que ilumine los ojos de nuestro espíritu para que discernamos lo que, en una causa tan grave, había que decidir según la benevolencia divina,.

XLIII. Muy pronto tuvimos otro consistorio, semipúblico, al que también asistieron por orden nuestra los patriarcas, los arzobispos y los obispos que se hallaban en la curia romana, y nuestros protonotarios llamados por el número de los doce y los auditores de las causas del sagrado palacio apostólico; y, presentes ya, después de haberles hablado largamente de la eminente santidad del siervo de Dios y de la celebridad de sus milagros, de haber enumerado una vez más las insistencias de los príncipes católicos y sobre todo las ardientes oraciones de toda la congregación de los sacerdotes seculares de la Misión, nos los invitamos a todos a exponer su sentimiento por medio de libres sufragios; y ellos, una vez dicho unos tras otros y por orden sus pareceres fuertemente motivados respondieron a una voz, y bendiciendo a Dios, que el beato Vicente debía ser colocado entre los santos confesores. A la vista de su consentimiento general, con los afectos más íntimos de nuestro corazón, nos regocijamos en el Señor, que reunía las voluntades de nuestros hermanos para que su nombre fuera glorificado en su siervo, y que empujaba nuestros corazones e iluminaba nuestros espíritus para honrarle tanto como pueden hombres mortales. Entonces nos fijamos el día de la canonización, y advertimos que perseveraran en las oraciones y ayunos para conseguir la luz y los socorros de lo alto para llevar acabo una obra tan grande.

XLIV. Hecho lo que se debía hacer según las sagradas constituciones y la costumbre de la Iglesia romana, hoy, día del domingo de la santísima Trinidad. Nos nos hemos dirigido a la sacrosanta basílica de Letrán, decentemente adornada, , con nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, y los patriarcas, arzobispos y obispos, los prelados de la curia romana, nuestros oficiales y las personas de nuestra familia, el clero secular y regular, y una afluencia muy grande de pueblo; y allí, nuestro muy querido hijo Nérée, cardenal diácono de la santa Iglesia romana, en nombre de Corsini, nuestro sobrino según la carne, habiéndonos reiterado, por la boca del mismo abogado Thomas Antomari, las instancias por el decreto de canonización, después del canto de las oraciones sagradas y letanías y la humilde invocación de la gracia del Espíritu Santo: En honor de la santa e indivisible Trinidad, por la exaltación de la fe católica y el crecimiento de la religión cristiana, de la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y de la nuestra, después de madura deliberación y la frecuente invocación del socorro divino, por consejo y consentimiento de nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, los patriarcas, arzobispos que se hallan en la ciudad, nos hemos decretado, definido que el bienaventurado Vicente de Paúl es santo, y le hemos inscrito en el catálogo de los santos, como, a tenor de las presentes decretamos, definimos, inscribimos del mismo modo, y hemos ordenado y ordenamos a todos los fieles de Cristo que le honren y le veneren como verdaderamente santo, estableciendo que, en toda la Iglesia, se puedan construir y consagrar en su honor iglesias y altares en los que se ofrecerán sacrificios a Dios y que, cada año, el día diecinueve de julio, se pueda celebrar su memoria con una piadosa devoción entre los santos confesores no pontífices.

XLV. Y con la misma autoridad, hemos remitido y remitimos misericordiosamente en el Señor, en la forma acostumbrada de la Iglesia, a todos los fieles de Cristo, verdaderamente penitentes y confesados que, cada año, el mismo día de la fiesta, vengan a visitar el sepulcro en el que reposa su cuerpo, siete años y otras tantas cuarentenas de las penitencias que les hayan impuesto, o de los que por otra parte, y de cualquier modo que sea, se sientan deudores.

XLVI. Terminadas estas cosas, nos hemos venerado con nuestros homenajes y con nuestras alabanzas a Dios Padre eterno y al Espíritu Santo Paráclito, un solo Dios y un solo Señor; nos hemos cantado con toda solemnidad el himno sagrado Te Deum, y otorgado a todos los fieles de Cristo entonces presentes la indulgencia plenaria y la remisión de todos sus pecados; pues a causa de nuestras debilidades corporales, de nuestra salud debilitada y de nuestra edad avanzada, nos hemos retirado de la misma iglesia de Letrán, y dejando a nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, a los arzobispos, obispos y a todo el clero y al pueblo, en presencia del que nuestro venerable hermano Thomas, cardenal de la santa Iglesia romana, obispo de Palestrina, de nombre Rufo, ha celebrado, como más antiguo cardenal en orden, solemnemente la misa, con memoria de un santo confesor, en el altar mayor de dicha basílica, por indulto y permiso de Nos.

XLVII. Ahora pues, conviene dar gracias y dar gloria al Dios vivo por los siglos de los siglos que ha bendecido a nuestro consiervo con toda bendición espiritual, para que fuera santo e inmaculado ante él; y como nos le ha dado como un sol brillante en su templo en esta noche de nuestros pecados y de nuestras tribulaciones, abordemos con confianza el trono de su divina misericordia, suplicando de palabra y de obra que san Vicente sirva a todo el pueblo cristiano por sus méritos y por sus ejemplos, que él le asista con sus súplicas y su patronazgo y que, en el tiempo de la cólera, él sea nuestra reconciliación.

XLVIII. Por lo demás, como sería demasiado difícil llevar las presentes estas presentes cartas originales a cada uno de los lugares donde hagan falta, nos queremos que en sus copias, incluso impresas, firmadas por la mano de un notario público y con el sello de alguna persona constituida en dignidad eclesiástica, les sea añadida la misma fe en todas partes que a estas presentes mismas.

XLIX. Que no se permita pues a ningún hombre violar esta página de nuestros decreto, inscripción, mandato, estatuto, concesión, largueza y voluntad, contradecirle por una audacia temeraria. Y si alguien tuviera la presunción de intentarlo, que sepa que incurrirá en la indignación del Dios todopoderoso de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo. Dado en Roma, en San Juan de Letrán, año de la encarnación del Señor de 1757, el dieciséis de las calendas de julio, de nuestro pontificado el séptimo año.

☩ Yo CLEMENTE, obispo de la Iglesia católica.»

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