Bergson y el Padre Pouget (V)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jacques Chevalier .
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Hacia El, en efecto, se encaminaba, señor al servicio de un Señor mayor. E iba hacia El sin ser ése su obje­tivo, sin habérselo propuesto, sin saber incluso que a El se dirigía, sin saber que ya le había encontrado. Este libro, me dijo hablándome de La evolución crea­dora, “este libro, ya más claramente que todo lo inter­puesto con anterioridad, me puso en el verdadero ca­mino, haciéndome comprender que la vida es el gran misterio. Sin embargo, no me di perfecta cuenta del punto al que debía conducirme este descubrimiento. Usted lo ha visto antes que yo. Usted ha visto más cla­ramente en mí que yo mismo (porque su libro es ante­rior a las Dos fuentes). Usted ha discernido antes que yo adónde tendía mi doctrina y adónde tendía yo mismo, el camino en el que estaba comprometido y el punto al que sería conducido, porque nuestros espí­ritus y nuestras almas estaban de acuerdo…”

De hecho, el trabajo interior de su espíritu, y los resultados mismos de sus trabajos, le habían inducido, desde los primeros años del siglo, a sospechar y luego a comprender el valor de las realidades espirituales a las que, hasta entonces, no había prestado atención. Le habían libertado de la “religión de la ciencia”, que reinaba por esa época sobre los espíritus y que impe­día admitir nada que no pudiese ser demostrado por la ciencia. A la luz de la experiencia, externa e interna, la libertad se le apareció como un hecho, y como un hecho también la realidad del alma, y la imposibili­dad de que la vida del alma sea un efecto de la vida del cuerpo, o que el destino del alma, su memoria, su personalidad, estén ligados al destino del cuerpo y sean dependientes de él. Pero el sentido y la razón de todo esto todavía se le escapaban. “¿La manera como yo encontré a Dios me dijo en contestación a la pre­gunta que yo le planteaba—, o, quizá, la manera como Dios me encontró a mí? No ha habido, en mí, conver­sión en el sentido de iluminación súbita. Me he acer­cado a ella poco a poco. Y, sin embargo, hubo cierta­mente una desarticulación: no fue otra que la lectura de los místicos.”

¿Cómo fue llevado a leerlos? Sería preciso, sin duda, que alguna secreta predisposición le empujase a ello. En su infancia, había recibido, con la mira de su iniciación judaica, una enseñanza religiosa reducida y de escasa duración, que apenas hizo mella en su espíri­tu. Luego, peor que la hostilidad, la indiferencia. “Sin embargo, poco a poco un trabajo interior me dominaba. Y llegó un día en que quedé en presencia de mí mismo.” Este día, como hubiese dicho Santa Teresa, había encontrado a Dios, porque “no es menester ir al cielo, ni más lejos que a nosotros mismos”. Esto basta.

Había encontrado a Dios, pero tendrían que pasar años antes de reconocerlo. ¿Cómo y por qué caminos llegó hasta El?

Cuando queremos conocer algo de un país que no hemos explorado, nos dirigimos a los que lo visitaron. En presencia de esa tierra desconocida para él, el mundo sobrenatural o divino, Bergson se dirigió, pues, a los privilegiados de esta experiencia : a los místicos, quiero decir a las almas más liberadas del peso de la materia, las únicas capaces de prolongar la corriente espiritual lanzada a través de la materia, y que fueron, que son siempre, los promotores de la religión diná­mica, de la religión abierta ; semejantes a los frag­mentos más ligeros, desgajados de un proyectil, que continúan su carrera cuando el proyectil mismo cayó en un punto en el que es imposible deducir de dónde venía y adónde iba, estas almas, los místicos, nos muestran de dónde viene y adónde se dirige : cierta­mente, viene de Dios y tiende a Dios, al Amor que lo hizo todo.

He aquí lo que nos enseñan los místicos : no una madame Guyon, a la que Bergson leyó antes que a nadie y que le pareció pensar demasiado en sí misma en su unión con Dios, porque el apego de sí es el gran obstáculo para la moralidad, que está hecha de des­interés y de olvido de sí mismo; no un Plotino o los místicos de la India, que incluyen este olvido de sí en el Principio supremo hasta absorberse y perderse en él, abismando la voluntad humana en el seno de la Voluntad divina hasta perder el gusto por la acción ; sino los místicos auténticos, los que tuvieron mani­fiestamente la experiencia y, si puede hablarse así, el contacto de Dios, y que se mueven tan a su gusto en lo temporal como en lo espiritual, porque esto nos da confianza en ellos. ¿Quiénes son? Un San Pablo, una Santa Catalina de Siena, un San Francisco de Asís, una Juana de Arco y tantos otros ; Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, a quien Bergson debió su descubrimiento de Dios ; en suma, esos grandes mís­ticos que unen al súmmum de orgullo el súmmum de humildad, porque comprenden perfectamente que por sí mismos no serían nada ; esos santos que surgieron sin excepción del catolicismo, que fueron todos los imitadores, aunque incompletos, de Cristo : de Aquel que cargó en su cuenta los pecados y los sufrimientos de todo el género humano para rescatarlo y para ele­varlo hasta Dios ; del Cristo que enseñó a los hombres, siempre en guerra, siempre enemigos, que fueron he­chos para amarse, a través de Dios, por medio de Dios, con un divino amor, capaz de emprender la conquista del mundo.

Volviendo entonces los ojos sobre la historia, a la que siempre había distinguido, Bergson se dio cuenta de que con el Evangelio se produjo un corte brusco, co­mienzo de un mundo nuevo, que el cristianismo resul­tó de él y que, de su difusión en el mundo civilizado, también el alma humana experimentó una renovación: “Y no es que crea que puede transformarse la natura­leza humana—me dijo—, porque cuanto más avanzo, más me afirmo en una visión pesimista de la Humani­dad, cuyo fondo es el interés, la vanidad y la envidia generadora de odios y de guerras. Pero el cristianismo encorvó esta naturaleza humana, y sólo él puede sal­var a la Humanidad, si realmente la Humanidad puede ser salvada, si puede escapar a las potencias del mal, a las potencias diabólicas, que aprovechan el menor des­fallecimiento de nuestra voluntad para operar su obra destructora.”

Bergson, en efecto, preveía los males que amena­zaban caer sobre la Humanidad, cuyo cuerpo se agran­dó en demasía a expensas del alma, y sobre nuestra Francia, a la que tanto amaba. “Fue un profeta—me decía recientemente su hija—. Previó lo que tenía que ocurrir, y esto precipitó su muerte.”

Recordemos las palabras con las que finaliza su libro de las Dos fuentes: “La Humanidad gime, medio aplastada bajo el peso del progreso que ha realizado. No se da perfecta cuenta de que su futuro depende de ella. A ella corresponde ver si quiere continuar vivien­do; y luego preguntarse si sólo quiere vivir, o sumi­nistrar además el esfuerzo necesario para que se cum­pla, hasta en nuestro planeta refractario, la función esencial del universo, que es una máquina de hacer dioses.”

Cuando Bergson me envió las pruebas de su libro, como hizo con Pensamiento y movimiento, encare­ciéndome que lo revisase y le sugiriese mis correccio­nes, le dije que estas últimas palabras me habían resultado chocantes, y le propuse otra redacción. Pero el padre Pouget, en su menester de árbitro, dio la ra­zón a Bergson. “Vuelva usted sus ojos—me dijo—a Juan, X, 35. Y verá allí que los judíos acusan a Jesús de blasfemo porque, siendo hombre, se hace pasar por Dios. A lo cual Jesús respondió: ¿No está acaso escrito en vuestra Ley? Yo dije: ¿Sois dioses? Si llamó dioses a aquellos a quienes se dirigió la palabra de Dios—y no puede fallar la Escritura—, ¿a quien el Padre santificó y envió al inundo decís vosotros: “Blasfemas”, porque dije: Soy Hijo de Dios?”

Así, tras los dioses está Dios; al lado de los dioses hechos por el hombre están los dioses hechos por Dios, que son los hombres, y hay un Dios que lo hizo todo.

Estas conclusiones, que eran las de Bergson en su tiempo, llevan, como declara Loisy, a “profesar la trascendencia del cristianismo” y a encontrar en él “la religión absoluta”. Así terminaba la historia de un alma que había sido conducida, por caminos desco­nocidos por ella misma, hasta el mandamiento supre­mo en el que se hallan incluidos la Ley y los profetas (Mat. VII, 12), abriendo así, a cuantos se afanan en la búsqueda, un camino hacia la Verdad total. En ade­lante, como él mismo me lo declaró, nada separaba ya a Bergson del catolicismo.

Sin embargo, no se había terminado todo, si es verdad que nada puede terminarse en este mundo. Bergson había llegado a Dios, se había acercado a Cristo, era católico de corazón, de intención y de es­píritu: como diría algunos arios más tarde en su tes­tamento, “mis reflexiones me condujeron cada vez más cerca del catolicismo, en el que veo la culmina­ción completa del judaísmo”.

Pero, para franquear entonces el umbral, para ad­herirse plenamente a Cristo y a su Iglesia, le quedaban todavía por resolver ciertas dificultades, ante las cua­les su espíritu permanecía en suspenso. Me las expuso. Las di a conocer al padre Pouget y le traje su respues­ta. Pero las palabras que implican una referencia no tienen la fuerza ni el acento del testimonio que se re­cibe directamente. La presencia lo es todo; y era esta presencia lo que le faltaba.

Surgió por entonces la ocasión que puso a Bergson en presencia del padre Pouget. De una vez por todas quedaron solventadas las dificultades. Bergson tenía acceso a ese estado indefinible que había experimen­tado ya en contacto con Santa Teresa y San Juan de la Cruz: ese estado de alegría, ese sentimiento, que no puede ser ilusorio, de una comunión, de un contacto con la divinidad, acompañado tan visiblemente de una inteligencia muy superior de las cosas (son éstos pre­cisamente los términos de que se sirvió). El padre Pouget estaba allí. Y, en presencia de este hombre extraordinario, al que tenía ante sí, experimentaba una impresión semejante a esa acción de presencia que ejercen, en los hechos de catálisis, algunos cuerpos dotados de la propiedad misteriosa de provocar o im­pedir una reacción sin modificar las sustancias.

De igual modo, Bergson experimentaba en presen­cia del padre Pouget esa reacción que hemos experi­mentado tantas veces, que hace que, cerca de hombres como él y tras ellos, ciertas afirmaciones corriente­mente admitidas se conviertan en imposibles, las objeciones se desvanezcan apenas formuladas y una luz nueva, que ya estaba ahí, aparezca, sin saberlo nos­otros, de tal manera que no tengamos necesidad de cambiar nuestras disposiciones profundas, sino sólo de reconocerlas. Las palabras mismas se borran si no las reavivamos en seguida ; las objeciones formuladas, Bergson lo hace notar, desaparecen de nuestro espí­ritu sin dejar en él rastro alguno ; y no queda ya otra cosa que esa impresión inigualable, irrefutable, que Bergson tradujo con una sola palabra : “Yo me decía : Esto debe de ser la verdad, tal es su sencillez.”

“Hay en este hombre—prosigue Bergson—algo que todavía no fue analizado y que permanece como el gran misterio. Me parecía, en presencia del padre Pouget, que él no podía ser diferente a como era. Me parecía que no había tenido que realizar esfuerzo al­guno para llegar a ser un santo. Sin embargo, esta santidad había debido de requerir un buen precio. Pero el resultado no guardaba proporción con el esfuerzo y no encontraba equivalente en él.” ¿Qué es, si no, lo que la teología católica denomina con una palabra: la gracia?

Muy lejos de mí la pretensión de desvelar el miste­rio. No podemos, en el mejor de los casos, más que constatarlo, quiero decir consentir en verlo. Pero ne­cesitamos, cuando menos, decir quién era este hombre, cuya sola presencia bastó para levantar el velo y hacer manifiesta la verdad.

 

 

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