Bases teológicas de la sencillez

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1982 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1982.
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En la conferencia del 24 de febrero de 1653, San Vicente explica a las Hermanas el contenido del espíritu de la Compañía. Cuando entra dentro del campo de la sencillez, el santo hace una confesión interesante: «Por lo que a mí se refiere, dice, no sé, pero me parece que Dios me ha dado un aprecio tan grande por la sencillez que la llamo mi Evangelio. Siento una especial devoción y consuelo en decir las cosas como son».

Sin­gular confesión de un hombre que no gusta mucho de descubrir su inti­midad y que, además, dadas sus múltiples y variadas relaciones, tenía que ser muy cauto en todo lo que decía y hacía. Después, en el correr de la historia, habrá quien intente saber si lo que dijo fue por política o como exigencia de la verdadera sencillez…

Como les dije al hablar de la humildad, también al tratar de la sencillez podemos seguir dos caminos: el camino que nos trazan los doctores y el camino que nos indican los santos.

Inmediatamente nos daremos cuenta de que no nos va a ser fácil el camino de los doctores, porque desgraciadamente no nos hablan mucho sobre la sencillez. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, habla de la sen­cillez como complemento de la veracidad, en cuanto la sencillez evitar la doblez, es decir, evita sentir una cosa y decir otra.

El otro valor de la sencillez: la rectitud de intención, es valor que tiene que darse en todas las virtudes, y por tanto, dice el doctor y santo, no puede ser objeto propio de una virtud especial. Es cierto, no te­nemos en los doctores tan bien configurada la sencillez como tenemos otras virtudes.

Quizá por esto mismo San Vicente se encuentra en dificultad cuando se propone definir la sencillez. Empieza por dar rodeos y hacer distin­ciones: Hay una sencillez que no es virtud, que no vale nadar es la sencillez que encontramos en las personas que no tienen ni inteligencia ni juicio. Pero hay otra sencillez que tiene relación con Dios, Ser puro, simple, que no admite composición. Pues bien; esa virtud se da por comunicación en algunas personas y está en ellas como se ha explicado en las Reglas. En las Reglas, San Vicente no da ninguna definición propiamente tal, solamente nos hace una descripción de lo que la sen­cillez debe producir o lo que la sencillez debe evitar.

Creo que es mejor seguir el camino que nos trazan los santos, estudiar su experiencia, ver lo que ellos dicen y cómo actuaron.

Sencillez en las relaciones con los demás

1. La rectitud

Para los santos, la sencillez es ante todo rectitud. Busca la rectitud en todo comportamiento moral. Sin esa rectitud, ya lo sabemos, se estropea todo y, en cambio, cuando existe se salva, al menos el aspecto moral. Se equivocó, decimos, pero le salva su recta intención. Es cierto que, si bien se salva el aspecto moral de la persona, no quiere decir que se salva todo. Existe el orden real, objetivo, también querido por Dios y necesario para la buena inteligencia entre los hombres. Por eso, la sen­cillez exige la verdad y exige la veracidad, es decir, que haya conformidad entre la realidad y lo que de ella se dice, y que se exprese adecuadamente. Si la cosa es buena, dígase que es buena y dígase claramente. Si, por el contrario, es mala, dígase que es mala, y dígase claramente. Si hay obli­gación de hablar, se habla, y si no, hay que callarse.

2. La transparencia

La sencillez, para los santos, exige todavía más: pide transparencia. Transparencia completa de la actitud de la persona; que no haya sombras, ni falsedad, ni doblez, ni recovecos. Aún más. No se contenta con la cla­ridad del contenido, busca la claridad del modo, del estilo. Los modos también tienen su cualidad. Una verdad se puede decir de muchas ma­neras: directa o indirectamente, entre dientes o con absoluta claridad. La experiencia nos dice que muchas veces no sabemos si nos han dicho la verdad o la hemos adivinado nosotros. Mal servicio se presta a la sen­cillez cuando tenemos que leer entre líneas. El Evangelio va por otro camino: «Que vuestro sí sea un sí y vuestro no un no. Lo que pasa de ahí es cosa del Maligno». La sinceridad y la sencillez deben crear el clima de los que viven la dinámica del Reino de Dios. El Señor tuvo que sufrir mucho a causa de la hipocresía de los fariseos.

Bin sabemos que no sólo nos comunicamos con palabras. También con los gestos. Continuamente creamos situaciones llenas de sentido. Los mismos silencios pueden ser muy elocuentes. Todo es comunicación en nosotros, aunque vivamos en la más absoluta soledad. También en este campo la sencillez pide transparencia, claridad. Sabemos cuán dolorosas son las situaciones llenas de sombras que, a veces, se crean entre nosotros, en nuestras comunidades. ¡Cuánto sufrimos porque no acertamos con el significado de tal comportamiento! Qué se ha querido decir con aquel gesto, con aquella palabra; cuándo se ha dicho esto o lo otro. Nos llena­mos de interrogantes molestos, de inquietas perplejidades. Nos parece esto, pero en realidad no nos lo han dicho. Parece ser aquello, pero ¿quién sabe? La falta de sencillez es como un enemigo misterioso ante el cual no se sabe cómo actuar.

La sencillez, por todo esto, es absolutamente necesaria para la creación de comunidades basadas en la comunión fraterna, en la mutua ayuda, en el diálogo, en el discernimiento de la voluntad de Dios, en las alegrías y penas compartidas. No nos olvidemos del Evangelio: «La lámpara de tu cuerpo es tu ojo; cuando tu ojo está sano, tu cuerpo entero tiene luz, pero cuando está enfermo, todo tu cuerpo está a oscuras. Por eso, mira y ve, no sea que la única luz que tienes esté apagada. En caso de que tu cuerpo esté todo él iluminado, sin parte alguna oscura, estará iluminado del todo como cuando te alumbra el brillo de una lámpara».

3. La credibilidad

Es misión de la sencillez crear credibilidad, hacernos creíbles, infundir fe, convencer. La credibilidad es fruto de la transparencia, porque la trans­parencia engendra evidencia. San Vicente dirá que no convencemos por lo que decimos sino por lo que somos. Y es que la sencillez va mucho más allá del acto concreto. Crea una atmósfera especial que envuelve e ilu­mina toda la persona. Un autor moderno ha hablado de la sencillez y de la transparencia existenciales. Me parece un modo exacto de expresar lo que yo intento.

A veces, las situaciones son muy complejas. Es entonces cuando la sencillez clarifica todo el entorno. A veces alguien se siente impulsa­do por una fuerza interior a decir lo que considera verdad: vas por mal camino, esto no es así, estás jugando con tu vocación…, etc., pero al mismo tiempo no hay nada que ofenda, no hay acusación alguna, ni condenación, es todo servicio a la verdad. Si hay dolor es el solo dolor de la verdad.

La sencillez y las relaciones con Dios

Hasta ahora solamente me he referido a la sencillez en el ámbito de las relaciones humanas: rectitud, transparencia, credibilidad. También estas exigencias de la sencillez tienen valor en nuestras relaciones para con Dios. Pero hay algo mucho más importante, a mi modo de ver.

Tomemos como punto de partida un pasaje del Evangelio de San Lucas: «En aquel momento, con la alegría del Espíritu Santo, Jesús exclamó: Bendito seas, Padre, Señor del ciclo y de la tierra„ porque si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, bendito seas por haberte parecido eso bien». Es una oración de Jesús después de haber comprobado cómo los intelec­tuales influyentes rechazaron su misión y sólo la gente sencilla se per­cata de ella. Así era el plan del Padre, que derribó a los poderosos y exalta a los humildes, como nos dice la Virgen en el cántico del Magni­ficat.

Creo que estamos tocando el valor supremo de la sencillez cristiana, es decir: la sencillez crea la situación apta para la comunicación con Dios; para penetrar en los misterios divinos; para hacernos instrumentos dó­ciles a las mociones del Espíritu. Si la humildad hizo su labor destru­yendo todo impedimento: orgullo, autosuficiencia, etc., la sencillez adorna la estancia, la ilumina, crea las condiciones propias para la intimidad. San Vicente, comentando un pasaje de los Proverbios, dice: «Al Señor le gusta conversar con los sencillos; ¡Qué agradable es a Dios la sencillez! Ya lo sabéis, se deleita tratando con los sencillos, con los sencillos de corazón, con los que proceden con toda sencillez y bondad. ¿Queréis en­contrar a Dios? Está con los sencillos: ¡Animo! ya tenéis la promesa de que Dios se complace en conversar con los sencillos».

Cuando San Vicente afirma que la verdadera religión la ha encontrado entre los pobres del campo, la razón que da es la sencillez. Por eso Dios les ha enriquecido de una fe viva. Ellos creen, palpan, saborean las pa­labras de vida. Y es que también la sencillez dispone para recibir el don de Sabiduría y gustar de las cosas de Dios. La historia más auténtica de la Iglesia es la historia de la santidad. Esta historia nos ofrece abun­dantes casos en los cuales Dios se ha comunicado íntima y profundamente con personas que, humanamente hablando, no significaron gran cosa: sin embargo, por ellas, la misma Iglesia se ha visto vigorizada, rejuvenecida y alentada en su caminar. Estoy pensando en Santa Catalina cuya humil­dad y sencillez han dado, siguen dando v darán, gran vigor, a la Comuni­dad. No se puede despreciar la labor de nadie en la construcción de la Comunidad. Hay que reconocerlo y agradecerlo. Sin embargo, sucede algo especial: estos trabajos suelen estar marcados por el tiempo, por la época en que se realizaron y por eso en gran parte pasan, caen, necesitan adap­tación. La santidad de Santa Catalina traspasa el tiempo, no decae, se acrecienta y nos interpela. Es puro don de Dios su santidad, recibida en humildad y sencillez, transmitida con la misma humildad y la misma sencillez.

Frutos de la sencillez

Todos, afirman que los frutos de la sencillez, son la seguridad, la ale­gría y la paz. «Lo ordinario, dice San Vicente, es que los sencillos sepan conservar la paz en medio de las penas y calamidades. ¿Por qué? Porque son sencillos y Dios hace que abunden en ellos las gracias que niega a los autosuficientes, a los ricos y a los sabios de este’ mundo»,

No es sólo seguridad de ellos para ellos. También los demás se sienten seguros ante los sencillos. Se sabe de ellos todo lo que hay que saber porque, como también dice S. Vicente: «No entienden de firmezas ni de etiquetas. Hasta en la Corte son estimados los sencillos».

Es un poeta el que me ha inspirado este valor de la sencillez. La sen­cillez es ingrediente del buen gusto. Sé que el buen gusto tiene mucho que ver con la cultura. Sé que los gustos cambian: gustos de la época, solemos decir. Con todo, parece existir un buen gusto que no cambia nunca y es el de la sencillez, que es orden, armonía, limpieza, simplicidad de elementos. Sea todo esto que acabo de decir como una breve introduc­ción, discutible si no les convence. No es mi propósito lanzar una teoría sobre el buen gusto. Lo que yo quiero decirles es que la sencillez vicen­ciana supone el buen gusto. Las Constituciones, cuando hablan de la po­breza —todas las virtudes están engarzadas— afirman que las Hijas de la Caridad viven sencillamente…, optan por habitaciones de estilo sencillo (en español, debido al contexto, se dice: habitaciones de estilo modesto). Indiscutible el contexto de la pobreza. Pobreza siempre, pero, además, buen gusto. No estoy impuesto en modas femeninas, ni he hecho cursillos de decoración. No obstante, creo entender que una pobreza desordenada, carente de armonía, pierde valor. La sencillez completa la pobreza en el porte personal, en el ajuar. Estoy seguro que ustedes pueden decir mucho más que yo sobre esto. La idea queda, vean si es válida.

La sencillez y las mediaciones

La comunicación con Dios puede ser directa o sirviéndonos de sus mediaciones. Nos habló por los profetas, nos habló sobre todo por medio de su Hijo, nos sigue hablando por la Iglesia, por los acontecimientos de la historia, por los signos de los tiempos.

1. Diferentes mediaciones

Dentro de la Compañía, tenemos institucionalizadas las mediaciones: los Superiores, las Formadoras, los Directores espirituales, etc. Es muy im­portante que durante la formación, y después, sepamos situarnos con sen­cillez ante las mediaciones. Porque no se trata de admitir solamente el mínimo de la mediación, como si nuestra Comunidad fuera una empresa apostólica «civil». Toda empresa civil exige una jerarquía y una normativa, que deben aceptarse honradamente. Necesita unidad de metas y de criterios para que funcione bien. De lo contrario, ya se sabe: el caos, el desorden, la falta de empuje. Entre nosotros, ésto, con ser bastante, es poquísimo. La naturaleza de la Comunidad es teológica. La tradición de todas las comunidades religiosas es constante en ver sus mediaciones institucionalizadas como mediaciones de Dios, representantes de Dios, a pesar de las limitaciones. El Concilio Vaticano II llama a los Superio­res «lugartenientes» de Dios. La frase no es una frase debida a la inercia de la tradición. Fue discutida, por muchos obispos rechazada y, no obstante, se puso en el documento final.

Ser «lugarteniente de Dios», exige mucho a los que detentan tal con­dición. Entre las exigencias está la docilidad que deben al Espíritu. Per, lo mismo se debe decir, teológicamente hablando, de las demás mediacio­nes. Piensen en el papel de ustedes corno Directoras del Seminario ante los problemas del discernimiento de una vocación o de la presencia de una gracia de Dios.

Es evidente el papel que la sencillez debe desempeñar en estos casos, tanto en la persona que actúa como mediadora como en la persona que se sirve de la mediación. Lo que a ambas debe interesar es la voluntad de Dios: la mediación, transmitiéndola sin escoria alguna; la que la busca, aceptándola en toda su pureza. Se requiere la apertura de dos almas, lo que no es fácil porque es dar mucho, pero merece la pena porque, tra­tándose de la voluntad de Dios, siempre es mucho lo que se ventila.

Frecuentemente he oído decir a Padres, para mí venerables, que las Hermanas han tenido en toda la historia de la Compañía una verdadera veneración por los Superiores, y que esto ha sido uno de los grandes apoyos y resortes en sus vidas. Algo parecido oí, no hace mucho, a un Obispo. No creo que estas afirmaciones se pronunciaran porque teórica­mente tiene que ser así, sino porque habían percibido en la vida de las Hermanas algo distinto a lo percibido en otras Comunidades. De lo con­trario, nada habrían dicho.

Mereceque se conserve este valor. Para ello, entre otras cosas, los Su­periores deben cultivar la sencillez en sus relaciones con las Hermanas a ellos confiadas. Les recuerdo unas buenas reflexiones y consejos que la Madre Guillemin da a la Hermanas Sirvientes, pero que igualmente pue­den servir a ustedes. Trata de la sencillez. «Si decimos: ‘vamos a enseñar la sencillez a las Hermanas jóvenes…, vamos a enseñar a nuestras Her­manas a ser sencillas, y para eso vamos a arremeter contra su modo de hablar, su porte, sus posturas. Es falso —dice la Madre Guillemin— no se puede empezar así. Empecemos por enseñarles a ser veraces, auténti­cas. Cuando lo sean, serán sencillas. Por lo demás, las jóvenes tienen el sentido de la veracidad. A veces son sinceras hasta la brutalidad… pero ésto parte por lo menos de una buena intención, de un buen natural. Tenemos que apoyarnos en esa tendencia a una sinceridad un poco brutal y externa, para llevarlas a una sencillez verdadera».

Cuando más desciende una’ persona, por su calidad de vida, su auten­ticidad, su amor; su bondad, su rectitud, tanto más entra en comunión con los demás, tanto más es mediadora de todas las gracias. Esto se ha afirmado de la mediación de la Virgen, pero creo vale para la mediación de cualquier lugarteniente de Dios.

2. Aceptación de las mediaciones

También hay que tener en cuenta la sencillez de la persona que quiere servirse de la mediación. Lo primero que debe aceptar como exigencia de la sencillez, es aceptar a la mediación como es. Es absolutamente cierto que Dios quiere guiarnos con la ayuda de otras personas tan limitadas como nosotros lo podemos estar. El único verdadero Mediador, de cuya mediación se participa, es Cristo, y Cristo sufre también las limitaciones de lo humano: en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Cierto que la diferencia es considerable, pero es un indicio claro de cómo Dios ha querido guiamos. La mediación hay que aceptarla para lo que está cons­tituida y no desvirtuarla de su verdadera misión. Imagínense a dónde se llegaría si en el confesor no se buscase la reconciliación con Dios o en el director espiritual la voluntad de Dios. Por lo menos se habría falsi­ficado la mediación. Por otra parte, bien saben ustedes lo fácil que es caer en esta tentación.

Recuerdo una anécdota muy graciosa que nos cuentan algunos bió­grafos de San Juan de la Cruz, aquel «medio fraile», como cariñosamente le llamaba Santa Teresa, porque era pequeño y delgadito. Una gran señora de Granada se dirigía con él, pero he aquí que llega a Granada otro sa­cerdote con el título de canónigo y de doctor por Salamanca. La buena señora pensó que para la dirección de su alma debía acudir a aquel pres­tigioso doctor y dejar al frailecillo carmelita. Mientras la señora resolvía sus dudas, tuvo un encuentro con San Juan, quien leyendo en el interior del alma de la señora le dice: Y bien, Señora, también yo soy doctor por Salamanca. Lo que era verdad, a pesar de no parecerlo. Es un ejemplo. No quiero decir con esto que no se busquen personas competentes; lo que quiero decir es que no se falsifiquen las mediaciones por falta de sen­cillez. En la época de la formación es sumamente interesante dar la ver­dadera visión de las mediaciones puestas por Dios y ofrecidas por la Compañía. Santa Luisa es un ejemplo admirable en este aspecto.

La sencillez, virtud específica de la Hija de la Caridad

1. Imitación de Jesucristo

Como ya hice al hablar de la humildad, también para la sencillez creo que el fundamento, la razón, hay que buscarla en el ‘Cristo que las Hijas de la Caridad deben contemplar e imitar, según establecen las Consti­tuciones.

Efectivamente, si la humildad nos llevaba a ser verdaderos adoradores del Padre, la sencillez nos lleva a ser aptos servidores del designio de Amor del Padre para la humanidad toda. Jesús es el designio de ese Amor del Padre. A ese Jesús, designio de ese Amor divino, deben contemplar e imitar las Hijas de la Caridad. Jesús es en realidad el Sacramento admi­rable del Padre. Es signo y realización de lo que el signo significa. El plan de Dios, el designio de Dios, es amor y mensaje de amor. Si no ven signos y prodigios, dice el Señor, no creen. Cuando en las bodas de Caná Jesús convierte el agua en vino, realiza un signo por el cual sus discípulos llegan a creer.

Esto supone que el signo debe ser visible, creíble y hasta cierta me­dida comprensible. Dicho esto, me pregunto cuál es la misión de la Hija de la Caridad dentro de este plan de Dios. La respuesta no me resulta difícil. Su misión es prolongar el sacramento de Cristo en el servicio a los pobres, amándoles, pero al mismo tiempo siendo signo de que Dios les ama: que los pobres crean que Dios les sigue amando en medio de su pobreza, que lo vean, que lo comprendan, que lo sientan. No podrá hacerse presente esta misión, si no se es signo claro, personal y comunitariamente.

Las Constituciones insinúan este aspecto cuando dicen que la sencillez hace «inteligible» su comportamiento a todos. Recuerdo el dolor de una Hermana que con lágrimas me decía: No sé cómo me comporto, porque un pobre me ha dicho que no ve en mí el amor de Crista que digo co­municar.

2. Proximidad a los pobres

Este aspecto cristocéntrico de la sencillez puede completarse, y sin duda se completa, con los valores de los que ya hemos hablado. No des­carto que el origen campesino) de San Vicente —dicen algunos de sus biógrafos que nunca quiso renunciar a su aire de campesino—, como el origen de las primeras Hermanas, influyeran en el aprecio por esta vir­tud de la sencillez. Pero esta razón no sería muy válida, a mi modo de ver, si no se injertara en la visión e imitación de Cristo, Signo del amor del Padre.

Más importante es el hecho de su misión, que debe realizarse entre personas pobres, humildes y generalmente sencillas. Entonces, como ahora, el pobre se ve separado de los otros estamentos de la sociedad por más que se les diga que ante la ley todos los ciudadanos son iguales. De hecho, ellos quedan sobrecogidos por las complicaciones de una vida que no es la de ellos; se sienten acomplejados ante las personas que consideran más cultas; no saben cómo expresarse, se azoran, se confunden, les oprime un sentimiento de inferioridad. La sencillez de la Hija de la Caridad debe liberar a esas pobres gentes de todos esos sentimientos y hacer que re­cuperen la esperanza o mejor la confianza, para que ante ella se sientan a gusto, seguros; que puedan hablar como ellos hablan y argumentar con sus propios argumentos; que tengan la certeza de que se les escucha, atiende y comprende. Los pobres deben andar por las casas de las Hijas de la Caridad como por sus propias casas y no de puntillas o tener que quitarse los zapatos, como vemos que lo hace en la película «El Sr. Vi­cente», Margarita Naseau. No acierta a caminar o tiene miedo de manchar aquellos mármoles o alfombras, pavimentos tan distintos a los de su casa paterna. Sé que el hecho no es rigurosamente histórico, pero es signifi­cativo.

Finalmente, el pobre necesita cordialidad, y ésta no se da si no existe la sencillez. En la confusión nadie da el corazón. Nosotros no lo damos cuando no vemos claro, aunque tengamos otros muchos resortes. Pero al pobre no se le puede exigir que lo dé, si al mismo tiempo no está seguro de que le damos el nuestro.

El gran valor de la sencillez es que nos libera de todas las oscuridades, nos hace luz, convierte en luz nuestra existencia.

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