III.- ESTADO ACTUAL DE LA ASOCIACIÓN.
Todos conocemos los trastornos políticos, sociales y religiosos ocurridos en nuestra Patria en la última mitad del siglo pasado, trastornos que han dejado sentir su influencia en nuestra fe, en nuestras costumbres, en nuestras ideas, en nuestras necesidades, en nuestras relaciones, en nuestro modo de ser, cambiándolo todo a nuestro alrededor; pero lo que más, indudablemente, se ha resentido en esos cambios, ha sido nuestra creencia religiosa y el gobierno y régimen de nuestras piadosas Asociaciones. Mientras vivió el P. Muñoz, de santa memoria, como recorría las ciudades y pueblos predicando continuamente la caridad y bajando sin interrupción en conservar y multiplicar la asociación de Señoras de la Caridad, ésta no decayó; mas después de la muerte de tan celoso Misionero, como las señoras se pusieron aún en peor situación y los Hijos de San Vicente andaban dispersos, expulsados de sus domicilios por leyes violentas, las señoras de nuestra amada obra se encontraban como ovejas sin pastor, sin una voz cariñosa y firme que las impulsara por el sendero del bien. Ya con extraordinarios esfuerzos las dirigía el P. D. Agustín Torresa, ya el P. D. Vicente de P. Andrade, ya otros fervorosos Misioneros; y si bien todos trabajaban con ahínco por el sostenimiento de esta Asociación de caridad, no pudieron impedir decayese de su antiguo esplendor, aunque conservaron siempre las socias el verdadero espíritu de su institución.
Por este tiempo se vieron frecuentemente señoras de excelente educación, finos modales, elegante y sencillo traje, entrar en pobres casitas, pisar inmundas chozas y visitar a desoladas viudas enfermas, cargadas de familia, cuyos hijitos, hambrientos, pálidos y cadavéricos, cubiertos de harapos, casi desnudos, rodeaban su pobrísimo lecho pidiéndoles pan; y como las desventuradas no podían ,satisfacer el hambre y la necesidad de esos pedazos de su corazón, lloraban por la necesidad y sufrimientos de sus niños más que por sus propios dolores. Este triste cuadro enternecía, conmovía a las Señoras de la Caridad que lo presenciaban. Consolaban a las madres, abrazaban a los hijos, y, como ángeles de paz, infundían la calma y la esperanza en aquellos corazones, socorrían por el momento, según les era posible, aquella perentoria, casi extrema necesidad, y luego, a pie unas veces y en sus carruajes otras, iban a las familias ricas a suplicarles por amor de Dios les ayudasen a socorrer a aquellos pobres. Reunidos a fuerza de fatigas alimentos, medicinas, vestidos, y después de haber conseguido que el Sacerdote y el Médico fuesen a ver y prestar sus auxilios a las enfermas, se presentaban otra vez en aquel desmantelado albergue con abundancia de todo, y no se retiraban de él a descansar de sus fatigas hasta que habían perfeccionado su obra de misericordia.
Esta es la verdadera caridad; esta es la fuerza misteriosa y fecunda que sostiene maravillosamente estas benéficas Conferencias. ¿Cómo una Asociación, que no cuenta con capital de que disponer, ha podido remediar tantas necesidades y enjugar tantas lágrimas? ¿Quién ha dado a las señoras que la componen tanto valor y constancia en medio de tan grandes y tan numerosas contrariedades y dificulta-des? Las palabras misteriosas y divinas que resuenan sin cesar en el corazón tierno y generoso de las señoras mejicanas: Amad a vuestros prójimos como a vosotros mismos; lo que hiciereis con vuestros prójimos lo recibiré como si lo hiciereis conmigo mismo, comunicaban a sus almas una fuerza invisible, sobrenatural, y les impelían a socorrer toda suerte de necesidades; esas palabras celestiales, que jamás se han olvidado, ni se olvidarán, en esta tierra predilecta de la Madre de la Misericordia, conservaron en días de prueba nuestra Asociación; y esas palabras, por fin, cuando la tempestad se calmó un poco, volvieron nuestras Conferencias a su antiguo desarrollo y prosperidad. Esto se verificó principalmente cuando el P. D. Félix Mariscal, Visitador de la Congregación de la Misión y digno Director general de las Señoras de la Caridad, las tomó por obediencia bajo su sabia dirección.
En 1886, dando cuenta en público documento ese Hijo de San Vicente de los trabajos de nuestra Asociación, decía. «Hoy cuenta, señoras, vuestra Asociación con 29 consejos centrales, en los cuales hay 276 secciones, con un personal de 3.511 socias activas y 5.113 contribuyentes ú honorarias. Este ejército de almas generosas, revestidas de la caridad de Jesucristo, ha introducido el bálsamo del consuelo en un sinnúmero de familias, ya con sus numerosas visitas, ya con sus abundantes liberalidades, ya, en fin, con mil palabras de consuelo dirigidas oportunamente al curar llagas, al darles las medicinas y al distribuirles los alimentos necesarios para su subsistencia. Veintiún mil ciento setenta y cuatro pesos, con ocho centavos, habéis invertido en as vuestras obras de caridad.»
No se apartó de su espíritu la Asociación de Señoras de Caridad, ni se paralizó en su desenvolvimiento en los años que estuvo al frente de ella el P. Mariscal; por el contrario, creció rápidamente, al grado de que tres años después contaba con 35 consejos centrales, 7.344 socias activas y 10.601 honorarias, habiendo gastado en sus obras piadosas la considerable suma de 53.336 pesos con 24 centavos. Más perfecta ha sido todavía la organización y mayor el desenvolvimiento que ha tomado la Asociación desde el año de 1891 por circunstancias particulares y por la palpable protección del Señor, como se advertirá fácilmente asando la vista por el siguiente resumen:
Tiene actualmente 26 centros, con 14.933 socias activas 21.047 honorarias; cuenta con unos 40 hospitales fundados y sostenidos con fondos de la Asociación, donde son cuidados los enfermos con todo esmero y visitados por las mismas señoras; con más de 20 cocinas económicas para alimentar a familias pobres que no pueden trabajar; cuenta también con consultorios médicos gratuitos, botiquines, asilos y colegios de niñas en gran número, y otros establecimientos benéficos que sería demasiado prolijo enumerar y que, por lo general, se hace mención de ellos en la Memoria que cada año se publica para satisfacción de los contribuyentes a tan santa obra, emulación de todos, y para conservar las relaciones que existen con el centro de toda la Asociación, establecido desde sus principios en París. Las cantidades que en el último año de que se dió cuenta se han empleado en toda nuestra República en tan santas y caritativas obras, han sido de 182.002 pesos 41 centavos. ¡Gloria a Dios!
Y gracias también a las bendiciones, protección y eficaces auxilios prestados por nuestros limos. Rvmos. Señores Arzobispo y Obispos a tan beneficiosa obra; gracias a la activa cooperación de los Sres. Curas, que celosos por la salvación de las almas y deseosos del bienestar de sus feligreses, han prestado con todo el afecto de sus almas su valiosa ayuda a las piadosas señoras; gracias a los fervorosos, sabios, prudentes y caritativos directores, que han dirigido en las obras de misericordia a dichas señoras con sus consejos y enseñando con sus ejemplos; gracias a las mismas señoras, que no han decaído de ánimo en medio de tantos contratiempos y de tantas dificultades, sino que con generosos esfuerzos han seguido sin vacilaciones el sendero abierto y señalado por la caridad; y gracias, por fin, a los corazones buenos y siempre dadivosos de las personas pudientes de nuestro desinteresado y magnánimo pueblo.






