Asociación de señoras de la Caridad de México (II)

Francisco Javier Fernández ChentoHistoria sin categorizarLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1903 · Fuente: Anales Madrid.
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aicII.- SU OBJETO Y SUS OBRAS
El fin primario y principal de esta Asociación, después de la propia santificación de las socias, es visitar a domicilio a los pobres enfermos, consolarles en sus padecimientos, animarles a llevarlos con resignación cristiana, proporcionarles médico, darles medicinas según lo exijan sus males, proveerles de alimentos, ropa y cuanto necesiten en tan triste situación. Este es el primer objeto de esta admirable Conferencia, pero no es el único: la caridad es su espíritu, la que la anima, y la caridad no tiene límites, todo lo abraza, a todo se extiende; nada ni a nadie excluye de su inmensa extensión. Por esto las Señoras de la Caridad, además de socorrer a domicilio a cuantas familias pobres les es posible, visitan a los enfermos de los hospitales, ya sean estos particulares, ya sean del Gobierno; instruyen a los pacientes en la doctrina, les consuelan en sus penosos sufrimientos, alientan su esperanza, reaniman su decaído ánimo, les obsequian con objetos de cariño, les regalan prendas útiles y acomodadas a su situación, les sirven ellas mismas las medicinas y alimentos prescritos por los facultativos, les enseñan a sufrir con paciencia y mérito, les dan reglas seguras para que reciban santamente los sacramentos de la Iglesia y los preparan para que cumplan con sus deberes de cristianos.
A las infelices presas, recluidas en triste y penosa cárcel por la humana justicia, una o dos veces a la semana van a verlas, pasan largos ratos en su compañía, se enteran por si mismas de las necesidades corporales y espirituales que sufren, para remediarlas en cuanto les sea posible; les entrenen con recreativas y provechosas lecturas, les exhortan dulces y persuasivas palabras a sufrir con paciencia, en expiación de su culpa, el castigo impuesto por la ley; y así las regeneran, les hacen aprender el modo de vivir como buenas cristianas é indican el camino que en adelante han de seguir para ser quizá cariñosas hijas, amantes esposas, solícitas y ejemplares madres de familia. Para las niñas abren y sostienen escuelas gratuitas; y en algunas partes talleres donde se instruyan al mismo tiempo que en religión y verdadera moralidad, en los quehaceres propios de su sexo y adquieran los conocimientos necesarios para que algún día sean útiles a sí mismas y a la sociedad, proporcionándose, con un trabajo honrado y productivo, provechoso porvenir, que las libre de la miseria y aun de la corrupción. A los niños, en los días festivos principalmente, les reúnen y explican el Catecismo, los disponen para la primera Comunión y les acostumbran a confesarse y a comulgar con alguna frecuencia. Para conseguir esto les preparan sus fiestecitas, sus desayunos extraordinarios y les reparten objetos de piedad y a veces hasta vestidos com-pletos o juguetes. Para los jóvenes de las familias socorridas, en algunas partes, han establecido casas-asilos donde esos desheredados de la fortuna aprendan un oficio con el cual, más adelante, puedan atender convenientemente a sil subsistencia y a la de sus pobres madres. Algunas veces las Señoras de la Caridad han atendido a las necesidades de eclesiásticos pobres y enfermos, honrando en ellos al Sumo Sacerdote, Jesucristo, que voluntariamente se hizo pobre para santificar la pobreza en su divina persona. Repetidas veces a bastantes enfermos, además de darles alimentos, ropa, médico y medicinas, se les paga casa o habitación donde puedan vivir con alguna comodidad, y se les ha enviado a tornar baños medicinales por exigirlo sus dolencias. Por sí mismas, no tan sólo las señoras, sino igualmente las señoritas y hasta las niñas de pocos años, han servido la comida y las medicinas a los enfermos, han cosido y hecho los vestidos para los niños, han auxiliado a los inválidos y se han presentado como madres, hermanas y compañeras a los desvalidos. ¡Cuántas recetas preparadas por las señoras en los botiquines de la Asociación se han repartido! ¡A cuántos hambrientos se ha alimentado con la comida dispuesta en sus cocinas económicas! ¡A cuántos infelices se les ha atendido en todo, se les ha cuidado hasta en los postreros momentos de la vida, y ni después de muertos se les ha dejado completamente, pues se les ha acompañado a la última morada acá en el suelo y con los ruegos y oraciones a la eternidad1 “Jamás—se lee en la Memoria de .1865—la Asociación desecha enfermo que necesite socorro; admite y abre sus puertas a todos. Procura que siempre estén bien asistidos en cuanto a sus alimentos, pues no excusa gastos, por grandes que sean; no se les niega jamás ropa. Cuando necesitan se les haga alguna operación, ale les aconseja consientan en ella, y la Sra. Presidenta u otras socias asisten a la operación para ayudar en lo que Itere necesario. Así sucedió con una infeliz que estaba perdiendo la vista, y con otra que sufrió una operación terrible; a ésta se le ha tomado casa contigua a la del facultativo, para que éste la vea con frecuencia.
Al mismo tiempo que las señoras atienden al socorro y medio de las necesidades materiales, no descuidan las espirituales. Ya en su principio, en 1864, tuvieron el consuelo de preparar dos tandas de los ejercicios de San Ignacio, una a más de doscientos enfermos en el hospital de San Andrés de esta capital, dada por los Ilmos. Sres. Obispos Sollano y Ramírez, ayudados de varios eclesiásticos, y otra en la acordada a ciento seis presas, dirigida por los PP. Paúles, ya Comunión general se acercaron, llenas de consuelo, derramando abundantes lágrimas de devoción, muchas Señoras de la Caridad, mezclándose con las mismas presas. Ilmo. Sr. Obispo Ramírez, Vicario apostólico de Tamaulipas, administró la Confirmación a diez reclusas é hizo una solemne procesión por el interior de la cárcel llevando en las manos a Jesús Sacramentado.
El 19 de Julio del mismo año ofrecieron las Señoras de la Caridad por primera vez en Méjico un ejemplo admirable y en extremo consolador de humildad y de devoción acercándose a la Sagrada Mesa al frente de innumerables enfermos y pobres por ellas mismas socorridos. Muchas personas, al ver aquel espectáculo tan tierno y edificante, no pudieron contener las lágrimas, y el mismo Sacerdote que administraba la Sagrada Comunión se emocionó extraordinariamente, al grado de que apenas podía continuar distribuyendo el divino manjar. Pocos días después se repitió el mismo consolador acontecimiento al presentar las Señoras en gran número a niños de uno y otro sexo a recibir al Señor por primera vez en sus inocentes corazones y, acto seguido, el sacramento de la Confirmación. Ya no nos llaman la atención sucesos semejantes, por la frecuencia con que, gracias a Dios, se verifican entre nosotros. No obstante, siempre consuelan y mueven dulcemente a la práctica de la virtud; por esto referiré otros casos no menos edificantes y de gran satisfacción, debidos al celo y al es-píritu de sacrificio de las antiguas socias de nuestras amadas Conferencias.
Visitaban a un pobre enfermo encenagado en los vicios, el cual miraba con indiferencia y aun con repugnancia cuanto a la eterna salvación se refería. Las señoras, ‘des-pués de haber recibido del enfermo bastantes desprecios é insultos, consiguieron, llenas de confianza, se dejase poner al cuello una Medalla Milagrosa, y ¡cosa admirable! una hora después él mismo pidió un Sacerdote, se confesó con sensibles muestras de arrepentimiento y, al poco tiempo, murió con todas las señales de un verdadero penitente.
Un anciano, que se acogió a los cuidados de las Señoras de la Caridad, hacía catorce años que no se confesaba y vivía separado de su familia: las señoras conocieron el triste estado de cuerpo y alma del enfermo, y después de atender a sus necesidades corporales intentaron salvar su alma; le aconsejaron entrara en el camino de la virtud; y aunque al principio las rechazó claramente y con aspereza, la constancia y amabilidad de las señoras triunfaron al fin de aquel corazón antes obstinado en el mal y rebelde a la gracia. Se confesó el anciano y se reconcilió con su familia.
Arrebatado por los ímpetus de vergonzosas pasiones, un joven tomó cierta dosis de veneno para quitarse la vida; no consiguió esto, pero sí el ponerse en un estado de suma gravedad. Supieron algunas señoras de nuestra Asociación eso, y sin pérdida de tiempo fueron a ver al enfermo, llevándole un médico; éste manifestó que no podía hacerse cargo de la curación sin llenar previamente algunos requisitos legales. Las señoras no se apartaron del lado del infeliz ni por un momento; le prodigaron sus cuidados maternales, le pusieron la imagen de la milagrosa Virgen al cuello y le llevaron un padre para que se confesase. Recobró el suicida el habla, se despejó su inteligencia, se reconcilió con Dios por medio de la confesión, y, por último, se restableció completamente y llevó en adelante una vida arreglada.
Imposible referir detalladamente las innumerables conversiones obtenidas, las uniones ilegítimas santificadas, los servicios extraordinarios y caritativos prestados, los actos de virtud realizados por las Señoras de la Caridad. Aquí sacan a una enferma de la farsa de los espiritistas, la mueven confesarse y tienen la satisfacción de verla morir con la muerte de los justos; allí oyen de un joven libertino y persistente por demasiado tiempo en el mal estas palabras: ¡Han triunfado ustedes, señoras! ¿qué quieren que haga? Ya preparan para la primera confesión y, por consiguiente, primera comunión, a personas de treinta, cincuenta, setenta y más años pasados en la mayor ignorancia y en la más Uta’ perversión; ya abren asilos para huérfanos abandonados y casas de corrección y arrepentimiento para mujeres extraviadas; ya dejan sus comodidades y, acompañadas de us criados o de otras socias, recorren las calles, visitan los ranchos, salen a los campos en busca de pobres, enfermos, heridos, y los llevan a hospitales, a casas particulares, donde les suministran cuantos auxilios han menester.
Durante las guerras, cercos y asaltos, que por tantos años han asolado nuestra querida patria, ¡cuántos actos verdaderamente heroicos de caridad, abnegación, desprendimiento y sacrificio practicaron las Señoras de la Caridad! En la Memoria de 1871 se encuentran relaciones conmovedora de varios de esos actos; pero Dios sólo es el que, conoce hasta dónde se ha extendido la benéfica influencia en la sociedad mejicana de la Asociación de las Señoras de la Caridad: ha cumplido en la tierra una misión enteramente divina que ha aliviado innumerables miserias, consolando a infinidad de dolientes y llevado la tranquilidad, la esperanza y el bienestar a millares de almas.
Entre tantas ocupaciones no se olvidan las señoras de que la caridad debe estar ordenada, y por tanto, prefieren siempre los bienes del alma a los del cuerpo, los intereses eternos a los del tiempo, y en todas las cosas y por todos los medios buscan a Dios, la salvación de las almas, la eterna recompensa. A las familias acogidas las designan con el nombre de nuestro Señor, de la Santísima Virgen o de algún santo, bajo cuya protección se las pone, y así fácilmente conocen por quién obran la virtud: con suavidad se encomiendan a Dios y aspiran por los bienes del Cielo; frecuentan los santos Sacramentos, hacen sus ejercicios espirituales, visitan por turno todos los días de la semana al Santísimo Sacramento y a la Santísima Virgen, reciben mensualmente la bendición solemne del Dios de la Eucaristía, celebran con gran lucimiento la fiesta de su santo fundador, y cada semana, entre preces y lecturas piadosas, dan cuenta en sus juntas de las obras de caridad practicadas en nombre de Jesucristo y en favor de sus hermanos.

 

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