Asociación de señoras de la Caridad de México (I)

Francisco Javier Fernández ChentoHistoria sin categorizarLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1903 · Source: Anales Madrid.
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aicI.- SU ORIGEN Y DESENVOLVIMIENTO
El Presbítero de la Congregación de la Misión de San tente de Paúl Sr. D. Juan Figuerola, hombre de una caridad ardiente y de una constancia a toda prueba, fundó, la ciudad de Puebla, a manera de ensayo, la Asociación de Señoras de la Caridad por los años de 1848. Poco tiempo pudo atender a su obra de predilección; pero el Señor, en s designios de su misericordia, suscitó otro Sacerdote y Misionero, D. José Recolons, para que sostuviera y dirigiera la misma obra por algunos años. Este fue el primer granito de mostaza sembrado por la benéfica y adiestrada mano en el campo fértil de nuestra, nación, cuidado y cultivado con sacrificios, abnegación, humildad y paternal solicitud por los Hijos de San Vicente de Paúl, ayudados por todo el clero y por todos los buenos mejicanos, y que pronto brotó, se desarrolló, creció y extendió sus ramas bienhechoras a lo lejos, cobijando bajo su sombra a todos los necesitados.
Superando mil dificultades se erigió la misma Asociación en Guanajato el año de 1861. Las señoras socias, llenas de santo celo, nacido del amor de Dios y del prójimo, se desprendían generosamente de cuanto poseían y podían disponer en provecho de sus hermanos en Jesucristo; y cuando ya nada tenían que dar, pedían a los ricos para socorrer a los pobres; acudían a los establecimientos, se acercaban y rogaban a los almacenistas, se encaminaban a las minas, y por doquiera su caridad humilde reunía fondos para atender a cuantas necesidades se había propuesto remediar, Estos ensayos indicaban bien a las claras lo que podía hacerse; se manifestaba una idea, la cual, desarrollada algún día, produciría grandes y beneficiosos resultados.
Por este tiempo, otro Sacerdote hijo igualmente de San Vicente de Paúl, el Sr. D. Francisco Muñoz, observaba con profunda tristeza que la miseria se extendía, no sólo en la capital de Méjico, sino en toda la nación, haciendo numerosas víctimas hasta en familias poco antes bien acomodadas. Se determinó a remediar ese mal, fundando la Asociación de Señoras de la Caridad con toda la extensión posible: encomendó a Dios su pensamiento, lo consultó con personas de virtud, ciencia, autoridad y posición; pidió permiso a su digno Superior y Visitador, D. Juan Masnou, C. M., para realizar su idea, y el día 2 de Agosto de 1862, a las diez de la mañana, tuvo el indecible consuelo de reunir a varias señoras de las principales de aquella cristiana y culta sociedad en la iglesia de San Vicente de Paúl (que nuestros ojos han visto caer en este año a los golpes de la piqueta de la impiedad o del indiferentismo) de la Casa Central de las Hijas de la Caridad, bajo la presidencia del Ilmo. Señor Director y Maestro D. José María Díez de Sollano, Obispo titular de Troade, auxiliar del Ilmo. Sr. Arzobispo de la Garza y en esta fecha Obispo de León de los Aldamas.
Después de invocar las luces del Espíritu Santo, el Ilustrísimo Sr. Obispo dirigió una animada exhortación sobre la caridad a la escogida concurrencia, y luego el P. Muñoz, extendiéndose en algunas consideraciones sobre la misma divina virtud, hizo ver la necesidad que había entre nosotros de semejante Asociación en las actuales circunstancias, y concluyó con frases parecidas a las que usó San Vicente para obligar a las Señoras de la Caridad de su tiempo a que continuasen cuidando de los niños huérfanos.
Todas las señoras presentes al acto convinieron en que quedase instalada la obra de los pobres enfermos en la parroquia del Sagrario de esta capital, bajo el nombre de Asociación de Señoras de la Caridad.
El P. Muñoz, en representación del Sr. Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, y como Director, facultado por éste, de la nueva Asociación, presentó la lista de las señoras que habían de formar interinamente el Consejo.
Como cura del Sagrario quedó nombrado presidente de la Asociación el Ilmo. Sr. Sollano, el cual se ofreció a proporcionar un médico que gratuitamente visitase a nuestros enfermos y a conseguir del Sr. Río de la Loza las medicinas necesarias. La Asociación se puso bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús, advocación que en la junta tenida ocho días después (10 de Agosto de 1863) se cambió por la de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, para que se distinguiese de otra de la misma índole compuesta de señores que llevaba aquel nombre.
Veintitrés socias activas y trece contribuyentes fueron las fundadoras de la nueva obra de caridad, y antes de un año ese número llegaba a ciento cuarenta y cinco. Para conservar el buen espíritu que en aquellos instantes animaba a las señoras, se acordó que cada mes tuvieran un día de retiro espiritual, suplicando a todas encarecidamente asistieran a él con puntualidad, para conservar y renovar siempre las eficaces resoluciones de consagrarse sin reservar al servicio de los pobres enfermos.
Se rezaron las oraciones prescritas por el reglamento, se cantó un Te Deum en acción de gracias al Dador de todo bien y se rogó al Cielo perfeccionase la obra que misericordiosamente había comenzado. También se reunió en esta primera Asamblea la cuesta, y produjo ¡nueve pesos veinticinco centavos! Pequeñísima suma, en efecto, pero que con el tiempo había de aumentarse, como se aumentaron los panes milagrosos del Evangelio y como se multiplican todos los días los efectos de la divina Providencia para remediar las necesidades de todos.
Al poco tiempo se instalaron en las demás parroquias de la capital y de sus alrededores nuevas Conferencias, y no tardó en extenderse esta obra por excelencia de caridad a las principales ciudades y poblaciones de nuestra patria. Y para que al establecerse nuevas asociaciones o secciones de la nueva Asociación se conservase constantemente la unidad de acción, se formó un centro, esto es, un consejo superior que dirigiese el movimiento de la obra de caridad, regulase, inspirase y diese vida a todos sus actos.
Por las muchas atenciones de que estaba rodeado el digno Director y Presidente de la primera Conferencia, se nombró un Vicedirector que supliese a aquél en sus ausencias y presidiese en su lugar las reuniones semanales y mensuales que según reglamento debían tener las socias. Ese nombramiento recayó por unanimidad de votos sobre el ejemplar Misionero P. Muñoz.
Se pidió a la autoridad eclesiástica y civil la aprobación necesaria para que legal y canónicamente continuase ejerciendo nuestra Asociación sus obras benéficas; con el debido permiso se colocaron alcancías en algunas iglesias parroquiales para reunir fondos para los pobres enfermos; las señoras, animadas de la caridad más fervorosa y más activa y dispuestas a sufrir humillaciones y desprecios por amor de Dios y de los prójimos, recorrían los comercios é iban a las casas particulares para recaudar fondos con que atender a tantas necesidades como por todas partes descubría tan solicitud maternal.
Desde sus principios contó esta Asociación con algunos médicos, que, como socios o agregados honorarios, visitaban y recetaban gratuitamente a las familias pobres y en-fermas socorridas por las socias. Los primeros doctores que ofrecieron espontáneamente sus servicios profesionales fueron los Sres. D. Francisco y D. Lázaro Ortega, Don Francisco Cordero y D. Antonio Velaroy, a quienes siguieron é imitaron otros muchos, varios practicantes y bastantes farmacéuticos que, sin gratificación alguna, proporcionaban a la conferencia las medicinas para sus enfermos.
También tenía al principio la Asociación un Secretario, D. Antonio Vértiz, un Vicesecretario, D. Hilario Romero y Gil, que extendían y firmaban las actas de las reuniones, y un Tesorero, D. Pedro Ebromar, que colectaba recursos para tan benéfico objeto y llevaba las cuentas con toda exactitud y claridad.
El 8 de Abril de 1864, después de suficientes pruebas y conseguidos excelentes resultados, quedó erigida canónicamente la Asociación de Señoras de la Caridad. Desde esa fecha, para siempre grata; desde ese día memorable para los ricos, por tener un medio seguro y en extremo provechoso de, practicar la caridad; para los pobres por contar con generoso, útil y moralizador remedio en sus en-fermedades; desde ese año se normalizó y aseguró en medio de nosotros la existencia de la obra primera de la caridad fecunda de San Vicente de Paúl. El Ilmo. y Reverendísimo Sr. Arzobispo de Méjico, Dr. D. Pelagio Antonio de Labastida, tomó la Asociación bajo sus paternales cuidados y se consagró con todo el afecto de su grande caridad a sostenerla, favorecerla y propagarla. Por sí mismo, a imitación del gran Pontífice Pío IX, extendía, firmaba y sellaba los diplomas y patentes que se distribuían a las asociadas. Siempre que sus ocupaciones se lo permitían, asistía y presidía sus asambleas, les dirigía palabras de aliento, les ayudaba con sus recursos y recomendaba su Asociación en cuantas ocasiones oportunas para ello se le presentaban.
Siguiendo el ejemplo del inolvidable Sr. Labastida, demás Sres. Arzobispos y los Sres. Obispos y los Curas párrocos acogieron con benevolencia la naciente obra de misericordia, admitiéndola en sus diócesis y parroquias y recomendándola eficazmente a sus diocesanos y feligreses. S. M. la Emperatriz Doña Carlota, el Mariscal Forey, el Sr. D. Mariano Riva Palacio, se suscribieron voluntaria y generosamente con cantidades considerables para atender al socorro de los pobres enfermos acogidos por las Señoras de la Caridad. El mismo Emperador Maximiliano favoreció de una sola vez con dos mil pesos a la benéfica institución. Los comerciantes, los particulares de buena o regular posición, los industriales, los hombres de letras y profesión, los Sacerdotes, las Hijas de la Caridad, los empleados, las personas de algún oficio; todos se ofrecieron a cooperar, conforme a su posibilidad, al sostenimiento y propagación de tan provechosa obra y a aliviar a los indigentes en las innumerables necesidades de la vida. Unos daban dinero en efectivo, otros ropa, aquéllos víveres, éstos granos, quiénes verduras, y algunos suplían la falta de objetos o numerario que ofrecer con el trabajo personal que consagraban a confeccionar o arreglar ropa y vestidos para los pobres, o de mil otras maneras ingeniosas y siempre caritativas ayudaban a las señoras socias.
El día 25 de Julio de 1864, en la capilla de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, bajo la presidencia del Ilustrísimo Sr. Arzobispo de Michoacán, Dr. D. Clemente de Jesús Mungía, acompañado del Ilmo. Sr. Obispo Garate, primer Obispo de Querétaro, del Director de las Asociaciones, de otros señores eclesiásticos y de varios particulares, se reunieron por primera vez en asamblea general las señoras dignatarias del Consejo Superior, la mayor parte de las señoras socias activas que componían las doce Asociaciones Caridad establecidas en lo que hoy llamamos Distrito Federal, y se dio cuenta de dichas Asociaciones y de las de Puebla, Guanajuato, Toluca, Zinacantepec, Tenancingo y Santiago Tianguistengo, que ya existían. Formaban total de 22 Asociaciones, con 566 socias activas y 839 honorarias; habiendo empleado todas juntas en sus obras de piedad la cantidad de 810.003 pesos 68 centavos. Llaman la atención en esa primera Memoria estas palabras: Raciones extraordinarias que se componen de pollo, gelatinas, sopas, vinos, etc., las cuales manifiestan la ternura, delicadeza y regalo con que cuidaban aquellas señoras a los pobrecitos enfermos.
Al año siguiente (24 de Julio de 1865), ya existían 38 Conferencias, con un total de 997 socias activas y 1.863 contribuyentes, que emplearon en socorrer a los pobres 16.767 pesos 11 centavos. En 1866 las Asociaciones o Conferencias llegaron a 87, con 2.251 socias activas y 5.226 honorarias, habiendo gastado la cantidad de 29.669 pesos 83 centavos en sus obras de piedad; y en 1872 había 127 Conferencias, 2,877 socias activas y 6.688 contribuyentes, que reunieron para su obra la suma de 72.933 pesos 29 centavos. Todos los Estados, todas las ciudades de alguna importancia tenían la dicha de poseer a las Señoras de la Caridad. Dios las bendecía visiblemente y los pueblos las aceptaban como un don celestial.
Émulas de las señoras en el bien, se levantaron, no sólo las señoritas para pertenecer, como aquéllas, a la bienhechora Asociación, sino también las tiernas niñas de doce, diez, y de nueve años, formando su particular asociación (con el mismo objeto) con su carta de agregación, erección canónica y sus diplomas respectivos. Esta Asociación de niñas de la Caridad es una extensión de la de las Señoras, y además de ejercer la misericordia con las niñas necesitadas, recogiéndolas, instruyéndolas, visitándolas en sus enfermedades, regalándolas vestidos, libros y objetos útiles para sus labores, servía de preparación para ingresar en la Asociación de Señoras cuando llegaban aquéllas a mayor edad. Fruto del ardiente celo de las Señoras de la Caridad de Guadalajara fue esa que podemos llamar nueva institución. ¡Oh, qué gozo se apodera del corazón al ver a tan tiernas niñas en junta, proyectando medios de aliviar a sus semejantes, gastando los centavos de sus juguetes en alimentos é instrucción de sus niñitas abandonadas! El anciano y ejemplar Sacerdote que las presidía, y el Ilmo. Sr. Arzobispo distribuyéndoles los diplomas, aparecían radiantes de gloria, como Jesucristo bendiciendo a los niños.
Así continuaron las Asociaciones de Señoras de la Caridad, con pequeñas alternativas, hasta el año de 1875, en que llegaron a su mayor incremento y desarrollo. Más de treinta Consejos centrales existían en ese año con unas trescientas Asociaciones, 4.022 socias activas, 10.166 contribuyentes, 134 Sacerdotes que las dirigían y 226 Médicos que las ayudaban con su asistencia profesional: 94.973 pesos 81 centavos se distribuyeron entre los pobres.
Las terribles y espantosas catástrofes que desquiciaron nuestra sociedad y la dolorosísima muerte del infatigable y celoso Director, Presbítero D. Francisco Muñoz, acaecida en Valenciana (Guanajuato) el 13 de Septiembre de 1877, fueron causa de que se paralizase y atrasase nuestra amada Asociación. Pero esto ya lo veremos más adelante; ahora digamos algo de su objetivo y obras.

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