I – Un nuevo escenario cultural
Vivimos un momento de cambios y transformaciones importantes en todos los ámbitos de la existencia humana; «una acelerada transformación» de la sociedad ha generado un nuevo escenario cultural caracterizado por la pérdida de la consistencia ontológica del alma, una crisis de verdad, una perversión de la libertad, desvinculada del ser y de la verdad del hombre, un oscurecimiento de la conciencia moral, en definitiva, una crisis espiritual del ser humano. Como afirma el Papa Benedicto XVI «El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano… sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra saber quién es«.
La Iglesia consciente del alcance de esta situación se ha propuesto como prioridad pastoral la Nueva Evangelización, consciente de la urgencia de «rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana» (Juan Pablo II). La propuesta de la nueva evangelización no es cuestión de métodos ni de estrategias humanas; es una respuesta a la situación actual; esta respuesta es la persona de Cristo que ofrece a todos la salvación: «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree en El» (Rom 1,16)
Desde hace años el concepto de Nueva Evangelización resuena en la vida de la Iglesia. No es una idea novedosa, ni un tema de reflexión suplementaria.
Como expresa la carta de presentación de los «Lineamenta para el Sínodo de los obispos», la Nueva Evangelización es una acción global, que junto con la encíclica «Verbum Domini» y la creación del Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, quiere hacer frente a los desafíos de la sociedad actual.
La urgencia de una nueva evangelización expresa la necesidad de renovar el espíritu misionero de la Iglesia, la necesidad de vivir en la Iglesia un nuevo Pentecostés: «Hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés«.
En esta propuesta de la Nueva Evangelización, todos estamos implicados en un doble sentido: como sujetos y como receptores del anuncio del evangelio. El anuncio del Evangelio es importante para los destinatarios y para nosotros mismos: está en juego nuestra salvación. Los «Lineamenta», en referencia a Evangelii Nuntianti 74, preguntan: «¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza o por ideas falsas, omitimos anunciarlo?» El anuncio del Evangelio es una prioridad pastoral, pero sobre todo es la razón de ser de la Iglesia y la vocación de todo bautizado.
El nihilismo que impregna la cultura actual hace más urgente y necesaria una propuesta de esperanza. El anuncio de Jesucristo hoy, exige reformular la cuestión sobre la propia identidad. Volver a preguntarnos ¿Qué es lo específico cristiano? ¿Cómo estamos viviendo nuestra identidad cristiana? «¿Cómo es la calidad de nuestra fe?» La Iglesia reconoce la insuficiencia, la falta de fecundidad en nuestro modo de vivir la fe, la secularización interna del propio cristianismo y la ineficacia de ciertos modos de anunciar el Evangelio. La situación de algunas comunidades cristianas refleja la desesperanza de los discípulos en el camino hacia Emaus. Ciertos modos de vivir la fe y de evangelizar carecen de vida y en consecuencia no aportan vida: las respuestas habituales, los caminos estandarizados están agotados y son incapaces de ofrecer una respuesta a la situación actual.
Para definir la identidad cristiana, necesitamos realizar un proceso de discernimiento que nos ayude a interpretar los cambios, descubrir la urgencia de realizar de nuevo una propuesta de fe (G.S. 4). Se trata de una confrontación recíproca entre la Iglesia y la sociedad: la Iglesia escucha y confronta a la sociedad y la sociedad es confrontada por la Iglesia.
En el documento se describe la situación actual en seis escenarios que expresan las transformaciones sociales y las respuestas posibles desde la perspectiva de la Nueva Evangelización:
- La cultura de la secularización que ha degenerado en un secularismo que prescinde de Dios, reduce la dimensión religiosa al ámbito privado.
- La inmigración. La globalización han convertido a nuestras sociedades en sociedades liquidas.
- Los medios de comunicación social en los que se exalta lo emotivo, la cultura de lo efímero, una especie de egocentrismo virtual.
- La crisis económica que revela el fracaso de cualquier proyecto de desarrollo que prescindía de Dios, y la fragilidad de la condición humana. «La exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a injerencias de carácter moral ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva».
- La investigación científica. Los logros y descubrimientos científicos pueden convertirse para el hombre de hoy en ídolos del presente «religiones de la prosperidad y la gratificación inmediata». Un escenario donde la ciencia sin ética impide el verdadero desarrollo humano.
- La política. Situaciones nuevas necesitan ser iluminadas desde el Evangelio: «el compromiso con la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, la mejora en los mecanismos de gobierno mundial y nacional; la construcción de formas posibles de escucha, convivencia, diálogo y colaboración entre las diversas culturas y religiones; la defensa de los derechos del hombre… la promoción de los más débiles, la protección de la creación y el compromiso con el futuro de nuestro planeta«
Los escenarios en los que estamos llamados a anunciar a Jesucristo han cambiado notablemente, pero la misión de la Iglesia permanece. Frente a la secularización que pretende eclipsar la cuestión de Dios, somos invitados a buscar nuevas expresiones de ser Iglesia, de vivirnos como creyentes. El objetivo de la Nueva Evangelización es proponer al hombre actual la cuestión de Dios para que pueda responder a la cuestión sobre su propia identidad, a la cuestión del hombre. Asume como tarea propia sensibilizar a la sociedad sobre la situación de los pobres y realizar acciones concretas a favor del bien común determinado por la justicia y la caridad, y concierne a los cinco continentes.
Es urgente, pues:
- Dar respuestas evangélicas a estas nuevas situaciones.
- Dialogar con la cultura contemporánea, teniendo un sentido crítico con relación a las derivaciones u a las orientaciones de la sociedad.
- Revisar humildemente nuestro modo de vivir la fe.
II – Sentido de la Misión
La nueva evangelización es la respuesta teologal de la Iglesia a los desafíos actuales. La Iglesia anuncia un reflejo del misterio trinitario: toda misión procede del amor del Padre que difunde su bondad, enviándonos a su Hijo que anuncia y difunde la salvación, continuada por el Espíritu.
El fin de la misión es dar a conocer al Dios revelado por Cristo mediante el Espíritu… para que pueda participar en la misma vida de Dios. Jesucristo es el más grande evangelizador, infunde en nosotros el Espíritu para que anunciemos su reino. Sin el Espíritu no hay evangelización. Las técnicas y estrategias no sustituyen la acción del espíritu, en quien lo proclama y en quien lo escucha. La nueva evangelización no consiste en una serie de acciones externas sino en dejar actuar al Espíritu que nos interpela sobre nuestra identidad como cristianos, sobre nuestro modo de vivir la comunión eclesial, sobre nuestra dificultad de configurarnos como una verdadera fraternidad.
Todos estamos llamados a ser evangelizadores en comunión con la Iglesia. Pero Evangelizar no es una forma de hablar sino una manera de vivir en comunión fraterna para construir la civilización del amor.
III – Una nueva conciencia misionera: de Pablo VI a Benedicto XVI
La misión de la Iglesia iniciada en Pentecostés ha ido evolucionando en sus expresiones a lo largo de la historia, pero el mandato de Cristo continúa siendo siempre actual: conducir a la humanidad hacia el Reino de Dios.
Un breve recorrido por los documentos más significativos del Magisterio desde Pablo VI a Benedicto XVI nos ayudará a situar la propuesta de la Nueva Evangelización y a comprenderla como una renovación del espíritu misionero alentado por el Concilio Vaticano II. En todos los documentos del Concilio, podemos reconocer como hilo conductor la misión. Se nos recuerda que la Iglesia existe para evangelizar, para continuar la misión de Cristo en el mundo: la Iglesia anuncia la Palabra (Dei Verbum), celebra el misterio Pascual (Sacrosantum Concilium), es solidaria con la humanidad, (Gaudium et Spes) para comunicar a todos la salvación. La constitución Lumen Gentium desarrolla la naturaleza misionera de la Iglesia; el Decreto Ad gentes profundiza en la misión dirigida a todos los pueblos. Estos documentos continúan siendo la referencia fundamental para la reflexión teológica y pastoral
En el Sínodo de 1974 aparece una nueva forma de ver la misión: la evangelización concierne a toda la Iglesia. Evangelii nuntiandi (1975) presenta la importancia de la evangelización del mundo contemporáneo. «Evangelizar constituye en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. La Iglesia existe para evangelizar». (E.N.14). La misión de la Iglesia es prolongación de la misión de Cristo (E.N. 1). Tiene como punto central el misterio de Cristo como respuesta al misterio del hombre (G.S. 22), que ofrece la salvación a todos los hombres en los que también actúa la gracia de modo invisible. (R.M. 10).
Juan Pablo II
Siguiendo a «Evangelii Nuntiandi», la propuesta del Evangelio al hombre de hoy fue uno de los grandes aciertos de Juan Pablo II, ¿Dónde radica esta novedad? La evangelización es nueva porque es el Espíritu quien impulsa a los evangelizadores, es nueva en su presentación más en armonía con los tiempos actuales; es nueva en los países que han recibido el anuncio del evangelio; es la clave para resolver el problema de la secularización, la falta de vocaciones… se trata de volver a encontrar el entusiasmo por evangelizar: «el amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14).
Juan Pablo II habla de la necesidad de una pastoral evangelizadora al Consejo Pontificio para la cultura (1986),en «Christifideles laici», (1989) y en «Ecclesia in Europa». Por último, en la encíclica «Redemptoris Missio», (1990) describe las nuevas situaciones de la misión, los agentes y responsables, la cooperación concreta y la espiritualidad misionera.
La expresión «Nueva Evangelización» muy empleada por Juan Pablo II, fue utilizada por primera vez en su visita a Puerto Príncipe, (Haití) en 1983, en el contexto del V Centenario de la primera evangelización de América. El Papa no utiliza el verbo «reevangelizar», para no ser interpretado como una crítica a la evangelización primera; habla de salir al encuentro del hombre actual con el mismo ardor y la misma creatividad misionera. No se trata de restaurar modelos anteriores sino de abrir nuevos espacios a la fe, buscar la manera más adecuada de anunciar el Evangelio, nuevos métodos y procedimientos.
La Nueva Evangelización no es una problemática exclusivamente occidental, la secularización afecta a todos los continentes aunque de diversas maneras. La Nueva Evangelización no está determinada por criterios geográficos, sino por realidades culturales indiferentes a la cuestión de Dios.
La encíclica Novo Milenio Ineunte (2001) es una llamada a una esperanza misionera. Por eso la Iglesia debe contemplar el rostro de Cristo, introducirse en la dinámica del mandamiento nuevo y hacer de toda acción pastoral expresión del amor de Cristo: «Si verdaderamente hemos contemplado el rostro de Cristo, nuestra programación pastoral se inspirará en el mandamiento nuevo que él nos dio: que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (N.M.I. 42).
La Nueva Evangelización supone recomenzar desde Cristo «al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y culturas, aunque tiene en cuenta el tiempo y la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz» (N.M.I. 29).
Benedicto XVI
En el discurso pronunciado en Aparecida el año 2007 con ocasión de la V Conferencia del CELAM, Benedicto XVI asumió la llamada de Juan Pablo II: la Nueva Evangelización conduce a proclamar el mensaje de la salvación, defender la dignidad de cada ser humano, profundizar en los valores de nuestra fe, tener un estilo de vida de acuerdo con la fe cristiana, ayudar a los que se encuentran en situación de pobreza.
Con motivo de la celebración del Año Paulino, Benedicto XVI propuso como prioridad pastoral: mostrar el rostro de Cristo en los «nuevos areópagos» de hoy. La actividad misionera de la Iglesia debe orientarse hacia los centros neurálgicos de la sociedad del tercer milenio.
Benedicto XVI está convencido de la aportación imprescindible de la fe cristiana en el nuevo contexto cultural, la dimensión de fe es un elemento configurador de la sociedad. Revitalizar las raíces cristianas ayudará a «recuperar el alma», el sentido de la dignidad del hombre y su desarrollo integral.
A lo largo de su pontificado está desarrollando convicciones de la fe cristiana: el amor y la misericordia de Dios, la obra redentora de Jesucristo, la esperanza de la vida eterna, la primacía de la caridad, la necesidad de santificar la vida de la humanidad. Su propio ministerio es en sí misma una verdadera acción evangelizadora.
El Año de la fe, con ocasión del 50 Aniversario del Concilio Vaticano II. se entiende en este mismo sentido: situar la fe en el centro de la acción pastoral.
En el año 2010, Benedicto XVI ha creado el Consejo Pontificio para promover la evangelización a partir del convencimiento de que «La nueva evangelización es la palabra clave de orientación para la pastoral presente y futura» (Lin. 24); la nueva evangelización inaugura «una nueva etapa en el dinamismo misionero» (Lin. 5) para conducir a los hombres hacia Cristo: Camino, Verdad y Vida.
Necesitamos alimentarnos de la Palabra de Dios y dejarnos evangelizar Para poder hablar hoy de Dios es imprescindible escucharle. Como oyente de la Palabra, la Iglesia anuncia al mundo un logos de esperanza, de alegría y de paz. (Cfr. V.D. 127).
Otros documentos del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968, Puebla 1979, Santo Domingo, 1992, Aparecida, 2007) fijan estos objetivos misioneros: encarnar el Evangelio en las diversas realidades, redefinir la identidad del cristiano como discípulo y misionero, renovar las instituciones eclesiales. «Que nadie se quede con los brazos cruzados. Ser misionero es ser anunciador de Jesucristo con creatividad y audacia en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en especial, en los ambientes difíciles y olvidados y más allá de nuestras fronteras» (D.A. p. 26 nº 4)
Uno de los retos de la evangelización hoy, formar estos discípulos-misioneros «que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Cristo… Este es el mejor servicio que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones» (D.A. p. 35 nº14)
IV – Un nuevo paradigma misionero
Desde el Concilio Vaticano II se ha ido forjando un nuevo modo de comprensión de la misión de la Iglesia: se ha pasado de una visión eclesio-céntrica de la misión a una comprensión misionera de la Iglesia. La Nueva Evangelización comprende a la vez «la misión» y «las misiones». Los documentos del Magisterio muestran una continuidad en la conciencia misionera de la Iglesia, como lo recuerda Benedicto XVI en su carta apostólica Porta Fidei. Este Año de la Fe comenzará el 11 de octubre de 2012, fecha del aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará el 24 de noviembre de 2013.
«La Iglesia desea introducir en el mundo de hoy y en el actual debate su temática más original y específica: el anuncio del Reino de Dios, iniciado en Jesucristo» (Lin. nº10).
Desde Gaudium et Spes a Evangelii Nuntiandi y Redemptoris Missio, se han abordado diferentes temas: la Iglesia en el mundo, la opción preferencial por los pobres, la evangelización de la cultura de la libertad, diálogo entre la fe y la postmodernidad. En las Instrucciones de 1984 y 1986, se precisa que la opción preferencial por los pobres no es ni sectarismo ni particularismo sino la manifestación de la universalidad del ser y de la misión de la Iglesia.
Para Juan Pablo II el conflicto con la cultura moderna y secularizada (cultura de libertad) es un problema moral, una concepción antropológica diferente del ser humano que conduce a la moral cristiana Veritatis Splendor (1993).
Desde el Concilio Vaticano II, los documentos del Magisterio expresan la preocupación de la Iglesia por la evangelización de los pobres y la de la cultura de la libertad; su deseo de acompañar a la humanidad en este período de cambios rápidos, profundos y universales. Cristo es el verdadero signo de los tiempos, la clave fundamental para conducir el hombre a Dios, la clave para renovar la vocación de discípulos y misioneros. «Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación».
V – Evangelizar, anunciar a Jesucristo
No se trata simplemente del anuncio de una Buena Noticia. La palabra «Evangelio» aparece ya en Antiguo Testamento, en el libro de la Consolación de Israel del profeta Isaías (40-66); «Evangelio» es la consolación de Israel, no una consolación afectiva, ni ficticia, sino más bien la acción divina que cambia la situación de aquel que está en dificultad: la consolación es la salvación.
«Que grato es ver correr por los montes los pies del que trae buenas nuevas, que proclama la paz y el bienestar, que lanza el pregón de la victoria, que dice a Sión: tu Dios es rey» (Is 52,7). Para el profeta Isaías el que evangeliza es el Mesías, enviado para consolar: «El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres» (Lc. 4,18). El anuncio que Israel recibe es el de la visita de Dios, el fin del tiempo, de las lágrimas y del dolor.
El evangelio de san Marcos comienza por «proclamar la Buena Noticia de Dios» (Mc. 1, 14), no se refiere a un libro, sino a un anuncio: Dios reina. Proclamar el Evangelio es creer que Dios reina ahora, en este momento. Evangelizar es anunciar la salvación, el reino de Dios, el reino de la justicia y la paz en el que los poderosos son derribados de sus tronos (Mc 13,10). El Mesías es el único que puede traernos el Reino de Dios (Mc 1,14). Este anuncio implica que el evangelio sea proclamado a todas las naciones. Dejarse evangelizar, es dejar a Dios reinar en uno mismo, dejar venir su Reino (Mc 16,15).
Evangelizar es transformar los valores de una cultura según el proyecto de Dios, liberar a la humanidad de todo lo que le oprime y comunicar la salvación. Juan Pablo II en la encíclica «Redemptor Hominis» afirma que evangelizar es creer que Dios nos humaniza y permitirle reinar en nosotros, es ayudar al hombre a ser hombre y encontrar lo que es verdaderamente humano. Cuando hablamos de evangelización pensamos enseguida en acciones concretas que tenemos que hacer y olvidamos un requisito previo: dejar a Dios reinar en nuestras vidas, dejarnos «evangelizar».
El Reino de Dios no es espectacular, pues su poder se encuentra en lo pequeño. Jesús habla del Reino como de una semilla capaz de dar mucho fruto (Mt 13,19). La palabra de Jesús hace fructificar nuestras capacidades. Todas las imágenes que Jesús utiliza para hablar del Reino (levadura, semilla, sal y luz) son en cierto sentido imágenes de «muerte»: la semilla debe morir; la levadura disolverse; la sal diluirse. Esto significa que la evangelización no es posible sin una entrega generosa, sin morir a uno mismo, incluso si la fecundidad del Reino no depende de nosotros, sino de Dios.
La meta de toda evangelización es ayudar al hombre de hoy a descubrir el misterio de Dios en su vida y crear las condiciones en las que la fe pueda ser pensada, celebrada, vivida y rezada (Cfr. Lin.11). Es en Jesucristo, en su persona y en su vida, en sus palabras y acciones, como se realiza la revelación de Dios (Dei Verbum nº 4)
Jesucristo no puede ser anunciado sin una renovación: «el esfuerzo de renovación que la Iglesia está llamada a hacer para estar a la altura de los desafíos» (Lin. 9), tiene lugar cuando contemplamos el rostro de Cristo, cuando tratamos de hacerlo ver a los demás (N.M.I. 16), cuando nuestra vida cristiana es reflejo del amor apasionado por Cristo (V.C. 109; C.L.64), cuando reconocemos la primacía de Cristo como «Salvador y Evangelizador» (T.M. 39).
Este proceso de renovación es necesario debido a la distancia entre la experiencia de fe y nuestra vida. La verdadera crisis de la Iglesia es una crisis de fe. Los «Lineamenta» hablan también de cansancio (L. 6 y 15), de una secularización ambiental, de la indiferencia que invade la vida cotidiana y termina desgastando el entusiasmo para transmitir la fe. Este cansancio no es necesariamente una crisis de identidad sino la sensación de impotencia ante un mundo que se desentiende de Dios.
No podemos pensar en la renovación como una mera actualización o puesta al día, sino como un proceso de conversión personal. «La invitación a la conversión no es tanto un esfuerzo moral como una capacidad de apertura a la gracia: Dios nos llama a una vivencia intensa de la fe, sin anquilosarnos en rutinas sin vida.
La Iglesia participa en este proceso de conversión pastoral a la misión. Es necesario un nuevo modo de ser Iglesia, un nuevo rostro configurado por la acción del Hijo y del Espíritu, para poder ser un instrumento al servicio de la evangelización (L.G. 4; R.M. 92). La Iglesia no anuncia ideas sino que está llamada a ser presencia en el mundo, a compartir, a establecer el diálogo, a dar testimonio de una vida nueva que muestra la novedad de vida traída por Cristo, a favorecer la unidad y la fraternidad.
El anuncio del Evangelio es una experiencia de comunión. La Iglesia, está llamada a crear comunidades eclesiales maduras que reconocen que el Amor les precede, les redime entregándose a los hombres. La Iglesia tiene por misión ofrecerse por los demás para introducirlos en la dinámica de la filiación y de la fraternidad.
Esta experiencia de sobreabundancia de amor, provocará la recomposición del entramado social, cultural, intelectual, moral, institucional. Solo la humanidad de Cristo, el segundo Adán, nos revela en qué consiste el verdadero humanismo. No existe otra forma de anunciar el Evangelio que no sea la de transmitir su propia experiencia de fe.
VI – La misión del cristiano
Cristo es la luz y necesita de sus discípulos, de amigos para que esta luz continúe brillando. La Encarnación es una llamada a que otros hombres colaboren en su misión. La misión del cristiano consiste en primer lugar en escuchar los gritos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, en acoger y compartir sus sufrimientos. El Espíritu que ora en nosotros con gemidos inefables nos envía al mundo para escuchar los gemidos de la creación que espera su liberación final.
«Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón… La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guidados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido la buena nueva de salvación para comunicarla a todos. La iglesia por ello, se siente intima y realmente solidaria del género humano y de su historia» (G.S. 1). Cincuenta años después, esta afirmación sigue siendo válida y necesaria; la relación de la Iglesia con el mundo no se basa en optimismos históricos sino en la solidaridad de Cristo con el género humano.
Del mismo modo que Jesús se trasladó de Nazaret a Cafarnaúm, nosotros no podemos permanecer en «Nazaret» preocupados por «asuntos internos», hay que bajar a Cafarnaúm para entrar en diálogo con la sociedad actual. La encarnación de Cristo exige la inculturación de la fe en todos los ámbitos humanos. El Evangelio necesita de mediaciones culturales para poder expresarse, aunque la fe en Cristo no sea el resultado de ninguna cultura, ni se identifique con una cultura determinada.
El mensaje cristiano supone la apertura a la universalidad, el amor de Dios está destinado a todo el género humano: «el designio de Dios es congregar a todos sus hijos frente a la dispersión» (L.G. 13). El Dios de Israel no el Dios de un lugar, sino un Dios de personas, un Dios universal, que «nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea todo en todos» . El amor que viene de Dios nos une a Él y hace de nosotros una humanidad reconciliada.
La razón de este diálogo es de orden teológico. «La iglesia debe entrar en dialogo de salvación con todos» porque Dios continua ofreciendo la salvación a la humanidad.
La misión consiste en trabar relaciones con el mundo, con creyentes y no creyentes, con cristianos de otras confesiones. «El diálogo… no se opone a la misión (ad gentes), por el contrario tiene vínculos especiales con ella y es una de sus expresiones» (R.M. 55). El Evangelio no es una imposición sino una propuesta a un encuentro con Cristo.
La misión consiste también en manifestar lo que somos por el bautismo: en la medida que nos acercamos a Cristo y nos dejamos alcanzar por el fuego de la caridad, aumenta el espíritu misionero. Pero en el contexto de la Nueva Evangelización, manifestamos lo que somos con un nuevo estilo, con actitudes y métodos nuevos, con nuevas expresiones. Las nuevas expresiones son una nueva presencia del cristianismo en la sociedad, un rostro nuevo para el cristianismo.
El nuevo estilo no se refiere a estrategias pastorales sino a la manera de proponer el Evangelio, formatos más significativos que faciliten la apertura del hombre a realidades no mensurables, expresiones que susciten la cuestión de Dios, sin conformismos, con argumentos sólidos y razonados (Lin. 16). «Al hombre de hoy no basta con hablarle de Dios o de Cristo, hay que hablarle primero de él mismo. Es necesario ponerse a la escucha.» Es pues preciso practicar una pastoral de la escucha.
Este nuevo estilo global comprende pensamiento y acción, lo personal y lo comunitario, lo privado y lo público, la educación y la caridad. La delicadeza y el respeto forman parte de este nuevo estilo. Evangelizar es un acto de amor, de compasión y de misericordia para con el hermano. La escucha atenta, la humildad en su presentación, el amor para presentar la verdad, la confianza en el Señor, forman parte de este proceso de anuncio. No podemos proponer el Evangelio sin tener en cuenta la situación religiosa del interlocutor, su realidad y sus circunstancias. «Los testigos de la nueva evangelización para ser creíbles deben saber hablar en los lenguajes de su tiempo, anunciando así desde dentro las razones de la esperanza que los anima. Esta tarea no puede ser imaginada de modo espontáneo; exige atención, dedicación y cuidado» (Lin 22).
Manifestar lo que somos con un nuevo estilo y en nuevos espacios de encuentro, en el «atrio de los gentiles» (Lin.5), con los que nos encontramos en otras encrucijadas, los que aún están en búsqueda, esos espacios culturales en los que el hombre podrá descubrir su vocación original. (Lin. 21)
Por último, la misión consiste en conducir a la creación a la liberación definitiva. Cuidar de todo lo creado para que todos los pueblos y toda la creación sean una ofrenda agradable a Dios. (Rom 15,16) La misión de la Iglesia es mostrar al mundo un sentido, una razón de ser…
¿Pequeño rebaño o gran pueblo?
En Barcelona ha sido elegida como icono de la Nueva Evangelización la Iglesia de la Sagrada Familia (obra del arquitecto Antonio Gaudí). Esta iglesia es un espacio sagrado con grandes agujas que apuntan al cielo, se parece a una especie de bosque de inmensas columnas que nos invita a mirar a lo alto, invitación a captar el misterio. La Iglesia y la ciudad entran en dialogo, en una búsqueda permanente. Benedicto XVI afirma que la ciudad y la iglesia, son dos categorías totalizadoras que no se excluyen «Ser cristiano es en sí mismo algo vivo, moderno que atraviesa mi modernidad, formándola, plasmándola».
«¿Pequeño rebaño o gran pueblo?» J. Danielou planteaba esta cuestión en su libro «Iglesia y secularización». En la Nueva Evangelización no se trata de un cristianismo de elites ni tampoco de un cristianismo de masas; no se trata de renunciar a lo que Benedicto XVI llama la «Iglesia popular», pero se trata de producir a través de la radicalidad del Evangelio frutos significativos en la sociedad.
Este es el desafío lanzado por Benedicto XVI cuando habla de las comunidades cristianas como de «minorías creativas», afirmando que el destino de la sociedad depende siempre de minorías creativas. Los cristianos estamos llamados a ser una minoría creativa significativa, sin «estrechez de miras» y sin «una voluntariedad envalentonada»; sin vivir encerrados en nuestra realidad y sin pretender transformar toda la realidad solo con nuestro esfuerzo.
Para que el cristianismo sea significativo es preciso encontrar lo esencial de la fe: la fe en Dios Trinidad. Somos privilegiados por poder participar de la gracia de anunciar a Cristo, dando testimonio de nuestra vida cristiana «respuesta debida a Dios» y «servicio a los hermanos» (R.M. 11)






