Cuando se lee o se estudia la Historia de la Espiritualidad Cristiana, aparece ésta en buena medida determinada por los grandes maestros que han impulsado o protagonizado la vida consagrada: San Basilio, San Agustín, San Benito, San Bernardo, San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán… A través de todos ellos, el Espíritu Santo ha inspirado grandes familias carismáticas que articulan y enriquecen la vivencia de la espiritualidad en la Iglesia. Hemos de ser conscientes, por eso, de la importancia que tiene para todos los cristianos la celebración de este Año dedicado a la Vida Consagrada. En primer lugar, porque todos los cristianos estamos consagrados a Dios por el Bautismo y hemos recibido el Espíritu que hace de nosotros unas criaturas nuevas. Y, en segundo lugar, porque todos los vicentinos compartimos un mismo carisma con quienes dentro de la Familia Vicenciana se entregan de un modo específico a Dios para dedicarse a la misión y a la caridad.
Fue el Papa Francisco quien convocó para 2015 el Año de la Vida Consagrada al final de su encuentro con 120 Superiores Generales el 29 de Noviembre de 2013. Hacía el Papa la convocatoria en el contexto de los 50 años de la clausura del Concilio Vaticano II (1962-1965) y, en particular, de los 50 años de la publicación del decreto conciliar “Perfectae Caritatis” sobre la renovación de la vida consagrada.
No hay que olvidar que fue este decreto, aprobado el 28 de Octubre de 1965, el que marcó la renovación de toda la vida consagrada en la Iglesia. Se apoyó en tres líneas de fuerza para promover la reforma: la vuelta a las fuentes de toda vida cristiana, el retorno a la inspiración primitiva de los Institutos y la adaptación a las diversas condiciones de nuestro tiempo. Y señaló desde ahí cinco principios para renovar la Vida Consagrada: el seguimiento de Jesús según el Evangelio como regla última y suprema de esta vida, la vuelta al espíritu de los Fundadores de cada Instituto, la sintonía con la vida de la Iglesia, el diálogo con el mundo actual y el empeño en la renovación espiritual por medio de la conversión.
De ese modo, el Concilio devolvió a los consagrados y a todos los bautizados a las fuentes de la vida cristiana. Nos hizo pensar en la Iglesia como Misterio, pues en su origen está la Trinidad. Nos hizo pensar en Jesús como Salvador del mundo, pues Él nos redimió con su misión, muerte y resurrección. Nos hizo ver que la Iglesia es el pueblo de Dios, comunidad de personas con los carismas y ministerios otorgados por el Espíritu para vivir como Cuerpo de Cristo. Nos hizo pensar en el mundo como lugar de crecimiento en solidaridad con los más pobres y con un destino escatológico. Y, mientras tanto, nos invitó a seguir a Jesús, meditar la Palabra de Dios y vivir la liturgia, especialmente la Eucaristía.
Los frutos de toda esta inspiración han sido en estos cincuenta años tan fecundos para la Vida Consagrada y para la Iglesia que no podemos sino reconocer que ha sido un tiempo de gracia. Ha habido en los Institutos una verdadera voluntad de regeneración y un empeño más decidido por recuperar la frescura evangélica y la genuina inspiración carismática de los Fundadores. Y se han renovado así Constituciones y estructuras, espiritualidad y mentalidades, comunidades y dinámicas misioneras, formación y acción pastoral.
Por todo ello, tres son los objetivos que el cardenal Braz de Aviz, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, señalaba como propios de este Año. El primero, “recordar con memoria grata este pasado reciente”. Muchos de los consagrados y de nosotros mismos hemos vivido la evolución de estos años. Ha habido debilidades e infidelidades, es verdad, pero ellas son para nosotros ocasión de experimentar la misericordia y el amor de Dios. Pero ha habido, sobre todo, mucho deseo de autenticidad y mucho interés por promover lo más genuino del espíritu evangélico. Todos somos testigos de cómo ha cambiado la liturgia (ahora más participativa y comprensible) la consideración de la Sagrada Escritura (ahora fuente de nuestra espiritualidad personal y comunitaria) el papel de los laicos en la Iglesia (ahora más reconocidos) la comprensión de la vocación cristiana (ahora desde la llamada universal a la santidad) De todo ello se han beneficiado los consagrados y todos los bautizados. De ahí que hayamos de tener una memoria grata, por agradable y por agradecida.
Con la mirada positiva sobre todo este tiempo de gracia que va del Concilio a hoy, se nos llama también a “abrazar el futuro con esperanza”. Y éste es el segundo de los objetivos. Es verdad que el momento presente de la Vida Consagrada es delicado y fatigoso, ya que la crisis que afecta a la sociedad y a la Iglesia toca también de lleno a los consagrados. Pero hemos de saber leer esta crisis como una ocasión de fortalecimiento y crecimiento. La Vida Consagrada pertenece a la realidad de la Iglesia y siempre va a estar presente en su seno. Siempre va a haber cristianos y cristianas dispuestos a entregarse a Dios por entero en castidad, pobreza y obediencia haciendo del Evangelio su original forma de vida. La Vida Consagrada es iniciativa de Jesucristo e impulso de su Espíritu. Por eso, su futuro está en el corazón de Dios, que cuidará de su vigor y orientará su renovación y su crecimiento.
Esta esperanza en el futuro de la Vida Consagrada no nos ahorra, decía el Cardenal Braz de Aviz, “vivir el presente con pasión”. Y éste es el tercer objetivo de este Año, que va a ser una ocasión propicia para “evangelizar” la vocación propia y dar testimonio de la belleza del seguimiento de Cristo en una de sus muchas formas carismáticas. Vivir con pasión es consustancial a la verdadera vida. Para vivir de verdad, hay que poner pasión en el ser, intensidad en el hacer, alma en el desear, convicción en el pensar. Para vivir de verdad hay que vivir una vocación; es decir, tener una motivación, caminar con un sentido, comprometerse con una misión, tender hacia un horizonte, avanzar hacia una meta. Y esa es la condición de los consagrados y de todos los bautizados.
El Año de la Vida Consagrada nos ha de llevar a pensar, por eso, que merece la pena creer en Jesucristo, seguirle por el camino del Evangelio y comprometerse con la realización de su Reino mediante la justicia y la caridad.







