Alexis-Julien Lucas era bretón. Nació en Redon el13 de febrero de 1764. La Congregación le admitió en su seno el 29 de febrero de 1785 y le autorizó a hacer los votos después de sus dos años de seminario, el día de San José. Tras su ordenación, le enviaron a Rochefort con el título de vicario de la parroquia de Saint Louis. Obligado a dejar este puesto en 1791, se volvió a su país natal. Gracias a las gestiones de su cohermano, el Sr. Le Gal, superior del seminario mayor de Vannes, se convirtió en preceptor del joven L’Évêque de La Ferrière, que habitaba el castillo de La Ferrière, en Bainse cerca de Redon. Al alumno que le confiaron le gustaba el trabajo y en algunos meses terminó sus estudios.
No teniendo otra cosa que hacer en casa de los La Ferrière, el Sr. Lucas partió para Nantes, donde estaba su hermano casado, continuando en secreto sus funciones sacerdotales, comenzó el 22 de septiembre de 1792, su aprendizaje de impresor. A su edad, le costaba mucho hallarse ocioso todo el día, encerrado en un apartamento, como lo hicieron tantos sacerdotes durante la Revolución. Pensaba que llevando la vida de obrero, se vería libre de toda sospecha. Se equivocaba. Un comisario inspector de la policía de Nantes le detuvo el 21 de mayo de 1793, a las once de la mañana, en el taller de su patrón Malassis, y le encerraron en la prisión de Bouffay.
En el interrogatorio que hubo de sufrir ese mismo día, el juez le preguntó: «por medio de las presas de que os servíais, ¿no habéis hecho uso, a sabiendas o sin saberlo Malassis, sea para informar a los enemigos de la cosa pública sea imprimiendo y haciendo distribuir escritos incendiarios? » Cuando se quiso saber si, durante su estancia en Nantes, había ejercido las funciones eclesiásticas, se negó a responder, para no comprometer a su hermano y pretextó que la pregunta era contraria a la libertad de conciencia. Su patrón y sus compañeros de trabajo comparecieron después de él ante sus jueces y manifestaron todos su extrañeza al oír decir que Alexis Lucas era sacerdote.
El 22, el comité central de los cuerpos administrativos de la ciudad de Nantes decidía que este último sería llevado al acusador público cerca del tribunal criminal del Loira-Inferior. El tribunal criminal ordenó, el 8 de junio, el traslado del Sr. Lucas a la prisión de los Carmelitas «hasta que la administración del departamento del Loira-Inferior haya provisto de los medios de efectuar su deportación».
El traslado no se realizó hasta tres días después. El Sr. Lucas se encontró en su nueva prisión con un centenar de sacerdotes, que por su edad o sus debilidades se habían visto dispensados de la deportación. No estuvo mucho tiempo. El 29 de junio, Nantes era bombardeado y un buen número de casas se derrumbaron. Los habitantes de Pont-Rousseau, más experimentados que los demás, pidieron un refugio a la municipalidad. Los alojaron en una caserna y se instaló a la tropa en el antiguo convento de los Carmelitas. Se cuidaban poco de los prisioneros; todo edificio podía convenirles.
Desde el principio de la guerra, el puerto de Nantes era un hervidero de galeotas sin empleo, que hacían anteriormente el comercio con Holanda. La administración compró varias y las transformó en prisión. Fue en una de estas casas flotantes, la Thérèse, a donde, fueron trasladados, en la noche del 5 al 6 de julio, los sacerdotes encerrados en las Carmelitas. Esta medida tenía a la vista de la autoridad la inmensa ventaja de proteger los molinos de la Sécherie contra las balas de los rebeldes; ya que estos no se atreverían a disparar por esta parte por miedo a alcanzar a los sacerdotes.
Los prisioneros de los Carmelitas no pudieron llevarse consigo a la Thérèsse sus efectos personales y lo necesario para decir la misa. Se lo quitaban todo sin piedad.
A estas privaciones se añadieron otras. Amontonados en un espacio estrecho, que recalentaba el sol de julio, sufrían calor y falta de aire. El departamento les retiró la pensión que les daba hasta ahora y con la que se procuraban los víveres necesarios a su subsistencia. Los que no tenían dinero propio se habrían muerto de hambre si los compañeros de cárcel más ricos no hubieran tenido la caridad de compartir con ellos su alimento. El 27 de julio, el Sr. Douaud su ecónomo, detenido como ellos, suplicó a la administración que interviniera: «No estando en disposición de recurrir a nuestros provisores ordinarios, que nos hacían los créditos, escribe, nos vemos obligados a pagar contante lo que nos es necesario. No teniendo nada la mayor parte, estamos reducidos a perecer si el departamento no nos paga la módica pensión que nos ha pagado hasta hoy, y con la que podemos vivir aunque miserablemente, por razón del precio excesivo de los víveres «. Ante estas razones, la pensión se restableció.
Ya, el 15 de julio, la municipalidad había insistido en el traslado de los prisioneros a tierra. El 7 de agosto, los condujeron al convento de los Capuchinos Menores. Su nueva pensión valía cien veces más que la anterior; distaba mucho de presentar las condiciones higiénicas que no se deben negar a nadie, ni siquiera a los prisioneros. Que se juzgue por esta descripción que extractamos del informe de la comisión encargada por los cuerpos administrativos de conocer los diversos locales «Casa muy angosta, celdas estrechas y bajas de piso, no teniendo algunas y las otras más que hacia el sur, excepto algunas de este a oeste, que se experimenta al entrar. Esta casa insalubre no puede ser empleada para alojar a convalecientes, y los prisioneros que la habitan no están ni mucho menos seguros».
En este triste reducto, se vivía con poco: una comida al día. El invierno se acercaba y no teníamos ropas para abrigarnos. El Sr, Douaud tomó de nuevo la pluma: ante la urgente necesidad, escribe a los administradores, tengo el honor de dirigiros el estado de nuestra despensa desde el 27 de agosto; estamos reducidos a una sola comida a mediodía, y a una triste colación por la noche; también nos es imposible vivir con veinticinco sueldos, frente al precio excesivo con el que lo pagamos todo; nuestro gasto, a pesar del mayor ahorro, asciende todos los días a treinta y dos sueldos. Si no os dignáis aumentar nuestro régimen, juzgaz, ciudadanos administradores, en qué situación nos vemos, cuando todos nuestros recursos están agotados.
«Casi todos los efectos que teníamos en la anterior casas de los Carmelitas, nos han sido robados, ya lo sabéis; a la mayor parte de nosotros nos lo robaron todo; cómo defenderse de las injurias del aire y de la estación que se acerca, en una casa expuesta a todos los vientos, un buen número acostados en los graneros mal cubiertos y mal cerrados, sin fuego, sin luz y casi sin ningún socorro».
Había, en el número de los enfermos, el antiguo párroco de Pouillé, el Sr. Thobye. Minado por una fiebre continua, sudaba [64] mucho por la noche; así cuando venía el día, extendía su ropa y sus mantas en la ventana para secarlas más rápido. La Sociedad popular de la Halle poseía en su seno hombres de gran imaginación. Por parte de sacerdotes refractarios, ropas expuestas en lugar a la vista debían ocultar algún complot. Se dieron prisa en informar al directorio del departamento que, de lo alto de sus ventanas, los prisioneros de los Capuchinos Menores hacían señales, por medio de ropa blanca, a los rebeldes situados al otro lado del Loira. El directorio decretó que se pondría una reja en el tragaluz de las buhardillas que daban al río. Pero el directorio no era ya el dueño. El comité revolucionario recurrió a un medio más radical: dio orden de llevar a los prisioneros al navío la Gloria. Era el 27 de octubre. Los prisioneros no sospechaban que les quedaban bien pocos días de vida.
El 16 de noviembre de 1723, día de grandes júbilos en Nantes en honor de la Razón, reciben del capitán la orden de poner en sus manos su dinero y cuanto tenían de precioso. «Tranquilícense, les dice el que los despojaba; lo que hoy les tomamos se les devolverá en el castillo de la Musse-en-Chantenaye, cuando se les dé la libertad «.
La noche de ese día, dos agentes de Carrier se presentan ante un constructor llamado Baudet y le conminan, en nombre de la ley, que les preste obreros para hacer aberturas a una gabarra que, aseguran, debe llevar a un riachuelo y cerrar el paso a los rebeldes. El trabajo se realizó prontamente. Una vez que la gabarra estuvo lista, se dirigió hacia la Gloria. Los guardias estaban avisados. Atan a los prisioneros de dos en dos, por precaución, dicen, y no para molestarlos; después les hacen bajar a la frágil embarcación y los alinean en tres filas. Y salen. Hacia medianoche y media, llegan a la costa de la Samaritana, estacionada delante de la Sécherie.
«¿Quién vive? grita un artillero faccioso.
-Comandante, nosotros estanos abordo, responde una voz».
E inmediatamente una lancha se acerca a la Samaritana y se entabla la conversación:
«Permitidnos pasar, nosotros y la gabarra que sigue, cargada con ochenta bandidos.
-La consigna es que no pase nadie; vosotros no pasaréis.
-Pasaremos y, por pasar, os cortaremos en mil pedazos; tenemos el derecho de pasar por todas partes donde nos dé la gana.
-Vuestros papeles.
-Aquí están».
Y el centinela leyó: «Permitido a los ciudadanos Fouquet y Lamberty pasar por todas partes que se necesite, con una gabarra cargada de bandidos, sin que nadie pueda interrumpirlos ni molestar en ese traslado. Carrier».
A la vista del nombre de Carrier el cañonero tiritó. «Pasad «, dijo al punto. Pronto se dieron cuenta los prisioneros que tenían los pies en el agua. Miraron por donde venía el agua y, a la luz del claro de luna, vieron que una masa disimulaba los agujeros. Y el agua seguía subiendo. Piden socorro. Un soldado entra y, armado de una estufa para castañas, figura arrojar agua fuera de la gabarra.
La hora trágica ha llegado. El comandante pasa lista de los prisioneros; todos responden. «Removed la masa «, exclama. Enseguida sube el agua en abundancia. Los condenados no dudan ya de la suerte que les está reservada. Se dan mutuamente la absolución y desaparecen en el abismo, mientras que, de la Samatitana, se oían gritos de espanto lanzados por las víctimas.
Consulter les archives municipales de Nantes, 22 mai 1793; le registre des jugements du tribunal révolutionnaire, f° 48, v° (Archives du greffe); — Alfred Lallié, les Noyades de Nantes, 2e édition, p. 162; – La Justice révolutionnaire à Nantes par le même; — Le Diocèse de Nantes pendant la Révolution, par le même, p. 347 et suivantes.







