200 años de Provincia (española)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: José Herrera, C.M. · Year of first publication: 1974 · Source: Anales españoles.
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Este, de 1974, es el año bicentenario de la Provincia vicenciana de España. 200 años ya forman una alta torre en el tiempo, desde la que se pueden contemplar los avatares de centenares y aún miles de misio­neros en la construcción del Reino de Dios en España. Y, puesto que los nuevos días nacen de las cenizas de los días pasados, una vista no enturbiada puede muy bien, mirando atrás, ver lo que viene delante;

como muy bellamente escribió el poeta Federico Guillermo Von. Weber Forschem; y no sólo verlo, sino como escribió López Ibor, «con la carga del pasado forjar el futuro».

En estos momentos en que la Congregación anda a tientas buscando su propia identidad y su propio carisma, parece útil esta mirada atrás por si logramos atraparla tras las pistas, que nos han dejado los ante­pasados, y proyectarnos como somos, con el mismo entusiasmo que otrora en las circunstancias de hoy y en las de mañana, sin pretensiones de exhaustividad, para la que carezca de tiempo que requieren las gran­des síntesis con los datos apretados y orientadores que las den profun­didad y garantías de acierto.

Sólo unas pistas y unos datos que despierten el apetito a los que quieran saber más.

70 años de fundamento

La torre histórica de los 200 años tiene 70 de fundamentación (1704­-1774).

Los fundadores vinieron de Roma, cosa insólita en aquella época y aún hasta siglo y medio después, en que no había otras fundaciones que las procedentes de París. Lo francés no tenía cartel en la Cataluña de Carlos III de Austria, en disputa con el Borbón, que a la postre se impuso en toda España.

El Papa cortó por lo sano y dispuso que fueran los misioneros de Roma los que vinieran a fundar la primera casa de Misioneros en Es­paña, no sin ciertas reservas del P. Bonet que casi los tenía por cismáticos, lo cual no impidió un desarrollo extraordinario de las obras principales de la Congregación: Misiones y Ejercicios al Clero a lo lar­go y ancho de Cataluña, durante estos primeros 70 años.

De Andalucía fue el primer misionero español

Era natural de Córdoba y se llamaba Luis Velázquez. Como tantos otros españoles fue a cursar sus estudios a Roma y, al ir a examinarse de Rúbricas a nuestra Casa de Montecitorio, quedó prendado de las obras y del espíritu de sencillez y de humildad de la Congregación y le dio su nombre, como un poco más tarde le ocurrió al segundo misio­nero español, D. Francisco Saint Just, canónigo de Barcelona, quien los consiguió del Papa Clemente XI.

Los primeros fueron

Juan B. Balconi, Domingo Orsese, Luis Velázquez y Francisca Saint Just, que todavía no había hecho los votos: dos italianos y dos espa­ñoles; pero los dos primeros, como es lógico, traían el vino añejo del espíritu vicenciano y la dirección de las obras. Pronto los españoles se convirtieron en maestros, formando con el par de italianos un «cuarteto trabada y en orden», capaz de atender a la avalancha de aquellos 300 ó 400 sacerdotes que se les venía encima para las Conferencias de los martes y los Ejercicios Espirituales que no tardaron en extenderse a los hombres de la Milicia, del Comercio, de la Industria y del Trabajo.

La casa santa y santificante

Este fue el nombre que los habitantes de Barcelona empezaron a dar y siguieron dando a aquella que les regaló el P. Saint Just, donde se obraban tantas y tan extraordinarias conversiones y cambios de vida por obra de aquellos misioneros que, con trabajo incansable, se entrega­ban a los ejercicios y misiones entre el pueblo humilde.

Los que llegan

La pequeña Comunidad era irradiante y pronto empezó a acrecentar­se con los que llamaban a su puerta con ánimo generoso. De éstos fueron los grandes misioneros que se llamaron Salvador Barrera, Jofreu Mur, Salas, los dos Pinell, Planas, Melción, Tort, Justafré y tantos otros.

Todos ellos merecen un monumento, porque recorrieron toda la re­gión del Principado Catalán e Islas Baleares, dando aquellas misiones masivas que homologaban con los ejercicios al Clero, a las Religiosas y a los Seglares, reavivando la piedad popular y defendiéndola de las ideas jansenistas o indiferentes que trataban de asfixiarla.

Rompiendo fronteras

No era suficiente para tanto trabajo que de todas partes era solici­tado, aquella Casa Santa, por lo que fueron flanqueándola con otras, que llegaron de otros tantos centros irradiantes: Guisona, Reus, Mallorca y Barbastro, ésta última ya fuera de Cataluña y clavada en el Reino de Aragón. También se corrieron a Portugal, fundando la casa de Lisboa, que fue absorbida más tarde por los franceses.

Los escritores

La necesidad de mantener la perseverancia de los ejercitantes y de los pueblos misionados en la vida cristiana y aún en el camino de la perfección, movió a varios misioneros a escribir tratados de ascética y de vida cristiana, en que hacían como un resumen de la doctrina ense­ñada y de los motivos y medios para vivirla en los diversos estados en que estaban. Y ello, a pesar de la fuerte reserva que S. Vicente había puesto en sus Reglas y pasó a ser máxima en la Congregación. En tiempo de S. Vicente los escritores abundaban en Francia —era el «gran siglo»— y los misioneros no tenían tiempo para escribir, y su deber ante todo era predicar. En España en el siglo xviii había poca literatura popular y práctica y los misioneros creían seguir predicando al pueblo, y así era, con aquellos libritos, en que se ponía ad captum populi la ascética que ellos les habían inculcado en Ejercicios y Misiones.

Tales fueron los dos hermanos Pinell, los P. Planas, Salas, Nualart y, sobre todo, el fecundo e incomparable Vicente Ferrer. Con todas sus obritas se podría hacer una biblioteca popular misionera que, si tal vez, en nuestros tiempos resultaría incompleta y poco atrayente, para la época, era sólida y muy estimada por lo segura, sencilla y práctica en su fondo doctrinal. Más tarde habría de haber algunos traductores de las obras vicencianas, v. gr., José Morillo, del Espíritu de S. Vicente de Paúl, del oratoriano Ansart, y Pedro Camín, del Compendio de Collet y sobre todo, el famoso Manual de piadosas meditaciones, del jesuita Busée, al que debiéramos levantar un monumento, por las almas innúmeras llevadas a Dios.

Piedras preciosas

Cuando S. Vicente enviaba a las Hijas de la Caridad a fundar una casa, les decía que ellas tenían que ser las «piedras preciosas» que iban a dar solidez y hermosura a la futura Comunidad, a la manera con que Salomón cimentó el templo, que levantó a Dios en Jerusalén.

Estos —Saint Just, Orsese, Barrera, Mur, Tort, el Hno. Manuel de Bette, que saltó desde Mariscal de Campo hasta la dignidad de Hno. de la C. M…., los Pinell, Ferrer…— fueron los diamantes y piedras pre­ciosas que durante 70 años se fueron labrando para ser los cimientos de la Provincia, que nació en 1774 en el territorio español.

La más fuerte, la mejor labrada y la más cabal, para ser piedra funda­mental de esta torre de los 200 años, tenía nombre y apellido de reso­nancia misionera y española a la vez, y se llamaba Vicente Ferrer.

Éste fue el primer Visitador

Como su homónimo el gran misionero de la Cristiandad medieval, recorrió en plan misionero todo el principado catalán y Mallorca, pre­dicando con su perfil ascético y sus «Juegos doctrinales», que pasaron a la posteridad, el Poenitentiam agite, volviendo a la vida cristiana a miles de pecadores, y dejó, en sus escritos y ejemplos, marcadas no po­cas singladuras, que, si nos asustan, es porque carecemos de aquella fibra ascética y del fervor que le urgía a destruir el pecado para facilitar el encuentro de las almas con Cristo. Y con él nació la Provincia de España, casi toda ella encerrada en el Principado catalán.

Los periodos de la Provincia Hispana

Un vuelo cronológico y geográfico sobre estos 200 años nos proveen de datos suficientes para dividirlos en 5 períodos más o menos largos: a) Período catalán; b) período hispánico; c) período exílico; d) período imperial y e) período de balcánico.

1. Periodo catalán

Este período comprende el último cuarto del siglo XVIII, a partir de 1774.

En esta temporada los misioneros ya no dependen de Roma y son sui juris y con Roma, Turín y Polonia constituyen las provincias no fran­cesas de la época.

Los Visitadores de este período son los PP. Vicente Ferrer, Fernando Nualart, Rafael Pi y Felipe Sobíes, que rebasa el siglo xviii y se mete en 15 años dentro del XIX. En él las misiones y ejercicios no sólo se consolidan, sino que Palma y Barbastro forman los extremos de un eje de gran espiritualidad que, pasando por Barcelona, renuevan la vida cristiana no sólo en Cataluña sino en las montañas del Alto Aragón y en las Islas Baleares.

Los grandes misioneros de este período sigue siendo el P. Ferrer, que aún siendo Visitador, hace de doctrinero, en que era especialista, y dirige los Ejercicios al Clero; el P. Melción en Baleares, renovando el catolicismo en Menorca, inficcionada del protestantismo, durante la ocupación inglesa, a partir de la Guerra de Sucesión en 1708, de la que fue rescatada en 1781.

El tercero de la gran terna misionera de este subperíodo es el Padre José Morillo, que recorre desde Barbastro las montañas de Huesca, dirige en Madrid a las primeras Hijas de la Caridad que se instalan en la Corte, misiona en Andalucía, donde dedica su traducción del Espíritu de S. Vicente al Cardenal Luis de Borbon, arzobispo de Sevilla, y muere en Cádiz en 1802 en olor de santidad, teniéndole que poner guardia al féretro en la sala mortuoria, para que su interminable desfile, los fieles, en su afán de guardar una reliquia, no le dejen sin sotana. En una lista de Beatos y Venerables españoles, muertos en el siglo xix, figura al lado del Beato Diego de Cádiz y de S. Antonio María Claret, con el título de Venerable, sin que se sepa quién se lo otorga, si no fue el pueblo.

2. Periodo hispánico

A consecuencia de la Revolución Francesa, la Congregación queda dividida en dos obediencias: Los franceses quedan sometidos a Vicarios Generales, que desde su clandestinidad tratan de conservar los restos del naufragio, con los cuales poder reconstruir, pasada la tormenta, la nueva Comunidad, lo que hacen con más libertad en la época imperial de Napoleón y en la Monarquía de Luis XVIII.

Los misioneros no franceses, quedan, por decisión del Papa, a las órdenes de los Vicarios Generales italianos Sicardi, Fenaia y Baccari; pero a causa de las dificultades de comunicar con Roma, el Nuncio del Papa, Mons. Gravina, otorga poderes de Vicario General a los Visitadores de España y Portugal.

El de España —P. Felipe Sobíes— ejerció de Visitador desde fines del xvm y prolonga su gobierno hasta 1815 en que reúne en Asamblea a los misioneros de España en la casa de Guisona. Al P. Segura le tocaron tiempos más tranquilos y el P. Francisco Camprodón tuvo que capear los vientos perseguidores del trienio liberal, viéndose obligado a refugiarse con otros misioneros en Palma de Mallorca, a pesar de la defensa que alguien hizo en las Cortes de nuestro modo de ser, de estilo popular y amigo de los pobres.

Pasada la racha liberal, pudieron regresar a la Península los exilados y reanudaron sus trabajos, sucediendo en 1824 el P. Fortunato Feu al P. Camprodón.

El P. Feu ha sido uno de los más ilustres Visitadores. El arregló todo para que, con el fin de atender a las Hijas de la Caridad, que desde Carlos III eran una institución de Patronato Real, dieran a los misio­neros una casa amplia en la calle del Barquillo en la que después fue construido el Ministerio del Ejército. En esta casa se instaló la Comu­nidad Central de la. Misión en España y allí se empezaron a preparar estudiantes y novicios para, luego, ir ganando las cotas exteriores de la Península. Ya desde principios de siglo se había ganado la de Extre­madura en Badajoz, en donde se prosiguieron los dos grandes ministe­rios al igual que en. Madrid, ejercicios y misiones, en que las crónicas florecen con nombres, que, si ya son célebres, se harán más célebres con la aureola de la persecución y el destierro, que llevarán el buen olor de España por tierras europeas y americanas. Codina en Mallorca, Cata­luña, Barbastro y Badajoz; Roca en Cataluña y Madrid, y Vilera en Mallorca y Valencia, donde funda la casa de Monteoliveti, son las figuras señeras de la época. Roca sucederá al P. Feu y en su tiempo estallará la tormenta desencadenada por el judío y masón Mendizábal que, en nombre da la «Libertad», privó de casa y de patria a centenares de Miles de religiosos, a España de centenares de centros de cultura y de espiritualidad, convertidos, a no tardar mucho, en cárceles y en cuar­teles y aún en casas para los hijos del vicio que, desatadas las com­puertas de la moralidad, proliferaron en las grandes ciudades. Era Su­perior de la Casa Central en esta época el P. Codina, traído de Badajoz, el cual pudo prolongar la agonía y proteger la salida de los misioneros, gracias a la emergencia de haberle prestado para refugio de los colé­ricos; más pasada la emergencia, se vieron a jefes y soldados habitar donde antes habitaban fervorosos novicios, activos estudiantes y celosos misioneros, quienes de los campesinos de Madrid, a cambio de la ins­trucción misional y del perdón de los pecados, no les pedían ni la leña, con que hacían su comida. La Casa de Barcelona fue asaltada y, desalo­jados sus habitantes, pasó a Cuartel, y la Casa Misión de Monteoliveti y de Ejercicios pasa a la dignidad de cárcel y cuartel sucesivamente.

Los exilados

Viendo el cariz que tomaban las cosas, el P. Roca se fue a París, como dijo a la Comunidad, parare vobis locum, y desde allí fue dando órdenes por medio del P. Codina, de que los diversos grupos de novi­vios y estudiantes fueran moviéndose hacia la frontera para confluir en Guisona y, desde allí a Francia por los valles de Andorra con los PP. Mas­nou, Armengol, etc., que les servían de guías y profesores, los cuales —profesores y estudiantes— se despidieron de España celebrando en Andorra la fiesta de Santiago, encomendando a su defensa el gran tesoro de la fe católica, cuyas semillas iban ellos a desparramar por varios con­tinentes, llevados por el vendaval de la persecución.

Y todo ello en nombre del progreso y de la libertad; y los que luego fueron encontrados dignos de regir diócesis y Provincias en las que aquí llamaban «naciones libres y progresivas», aquí no fueron dignos de tener una casa, que no se negaba a los criminales ni a las prostitutas.

Entre los exilados iban los que, años más tarde, brillarían en el extranjero, Maller, Domenech, Amat, Masnou, Alabau, Figuerola y otros veinte más, que con algunos que pudieron pegarse al terreno, constituían la Provincia de España en esta época.

Cortemos aquí el hilo de este resumen histórico de nuestro bicente­nario, que reanudaremos en el próximo número con la narración de lo que hicieron en el medio siglo siguiente que titularemos «Destierro y regreso».

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