Voluntarias al servicio de los más pobres (AIC)

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación Internacional de CaridadesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1981 · Fuente: Justicia y Caridad 1981.
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aicEl señor Vicente es forzosamente hijo de su siglo. Su enseñanza está marcada por su época y su medio. No hay, pues, que querer buscar en él la respuesta a todas las preguntas de nuestro tiempo, cueste lo que cueste. Incluso, a veces, su vocabulario es descon­certante y exige ser bien interpretado si se desea respetar su pen­samiento. Y a pesar de todo, Vicente sigue siendo uno de los gran­des clásicos de la caridad. En efecto, la fuente de su doctrina no es ninguna gran teoría que esté anticuada. Lo que le inspira es sobre todo un amor cordial al Señor y la imperiosa voluntad de re­mediar de modo eficaz, la ignorancia y la miseria de los más pobres. Este realismo y este ardor, son las señales de su genio.

Como base de una obra de envergadura, hay siempre un gran proyecto: el que la realiza infunde en ella un espíritu que, a su vez, comunica a sus colaboradores, y su trabajo lleva también la huella de un estilo que le es propio.

La opción del señor Vicente

La evangelización de los pobres y la acción para lo desvalidos es el doble proyecto que domina la existencia del señor Vicente. En realidad, este doble proyecto no es más que uno sólo, ya que el amor verdadero abarca las necesidades temporales y espirituales de los hombres y de las mujeres.

«Hay que hacer todo el servicio espiritual que sea posible, lo mismo que el corporal» es un principio básico y un estribillo para el señor Vicente.

Su atención va de todos modos, primero, a las miserias espirituales y se siente muy afectado por ellas.

Para remediarlas lanza las misiones populares y colabora en la reforma del clero.

También está obsesionado por las desgracias físicas y materiales de los pobres. «¿Qué será de los pobres? ¿A dónde irán? He aquí mi peso y mi dolor».

Este pensamiento vuelve cuando se trata de una estación rigurosa, de una cosecha mal lograda o de cualquiera otra calamidad.

Amar es estar obsesionado por toda miseria humana.

Amar es sentirse responsable. De repente él toma unas iniciativas ca­paces de remediar las miserias que él encuentra.

Su primera fundación con este objetivo es la Caridad de Chatillon-les­Dombes, la misma de la que surgió la A. I. C.

Como a sus otros colaboradores, el señor Vicente pedirá a las «damas» que remedien los males del alma y del cuerpo. El va más allá, les pide que se alisten por entero del lado de Dios y de la Caridad, y que por eso ellas tengan «una unión y vinculación espiritual entre sí».

Así su proyecto se precisa. Para él, la caridad tiene por vocación el «servir a los más humildes, a los más abandonados y a los más colmados de mise­rias corporales y espirituales».

Para defender esta difícil vocación, el señor Vicente entabla una lucha dura y a veces áspera.

Se trata de estar siempre disponibles ante las necesidades más urgentes, de permanecer siempre movilizables, ansiosos «de ir a cualquier parte adonde Dios quiera llamarlas para el servicio del prójimo».

Para el señor Vicente, sin embargo, el servicio a la Iglesia forma parte del servicio a los pobres.

La misión de la Iglesia es precisamente «evangelizar y servir a los po­bres»; hacer tomar plenamente conciencia de esta misión a la Iglesia, es parte integrante del proyecto del señor Vicente.

La fundación de las Caridades se inscribe en esta línea. Poniendo a las mujeres al servicio de los pobres, él sabe que les encarga una misión de Iglesia.

«Hace ochocientos años, más o menos, decía él, que las mujeres no tienen empleo público en la Iglesia… y he aquí que la Providencia se dirige hoy a vosotras para que supláis lo que les faltaba a los pobres».

Vicente se siente hijo de la Iglesia. El conoce su misión y su grandeza, aun­que también reconoce sus lagunas y fallos. Cada vez que la Iglesia se deja esclavizar por el señuelo del dinero o la llamada de los hombres, ella falla, y se ve a sus responsables dejarse llevar por su inacción.

Sólo el espíritu de pobreza y el servicio a los pobres pueden regenerar a la Iglesia. El mismo, Vicente, fue convertido por el encuentro y el servicio a los pobres. El ve ahí la mejor escuela de compromiso, y proclama que la Iglesia tiene necesidad de obreros plenamente comprometidos.

«La Iglesia es como una gran mies que requiere obreros, pero obreros que trabajen».

Las fuentes de la caridad según en señor Vicente

1. Vicente no lo oculta en absoluto, es en Dios donde se apoya su proyecto

Es Dios la primera y permanente fuente de esta explosión de amor cuya energía se libera a través de la historia y de la vida de millares de seres humanos.

Dios es padre. El ama a cada uno de sus hijos. Como todo padre, les pide que a su vez le amen a El, pero para Dios este mismo amor que le une con cada una de sus criaturas es también el lazo que les une, al mismo tiempo y necesariamente entre ellas.

Vicente no pierde nunca de vista esta dimensión religiosa del amor. El la vive y le inspira toda su acción. Es sobre todo la sorprendente familiaridad que él mantiene con la persona de Jesús lo que le permite amar haciendo referencia a Dios.

Ya que Cristo se ha identificado con los hombres —»todo lo que hacéis al más pequeño de los míos…»—, Vicente identifica a Cristo con el prójimo que él ama.

Amar así significa que su amor sea espontáneo y natural, y en último término que sea auténtico.

La fe no debilita, sino que intensifica el amor, de ahí que no haya que temer ninguna alienación.

Es igualmente la actitud de Cristo la que Vicente adopta frente al sufri­miento. No interroga a Dios, y, menos aún, le amenaza; en nombre de Dios, hace todo lo necesario para contener y combatir el mal. Ya que Dios no se complace en ver sufrir a los hombres sino que desea verlos dichosos, la Caridad es instrumento y mensajera de la bondad de Dios.

2. Esta caridad es, pues, plenamente un movimiento del corazón y un gesto de solidaridad con respecto a los necesitados

Movimiento de simpatía y de compasión que brota del corazón, la caridad hace entrar con pleno derecho en los sentimientos de los otros.

«Es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capa­ces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo».

Pero se trata de otra cosa que sentir emociones, se trata de vivir una solidaridad profunda y eficaz.

Vicente permanece fiel a sus pobres orígenes, o más exactamente les es fiel ahora.

No se siente en absoluto bienhechor, sino solidario, obligado y deudor de los pobres.

«Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres. Al ir al refectorio deberíamos pensar: «¿Me he ganado el alimento que voy a tomar?» Con frecuencia pienso en esto, lleno de confusión: «Miserable, ¿te has gana­do el pan que vas a comer, ese pan que te viene del trabajo de los pobres?»»

El estilo de acción de la caridad, según el señor Vicente

Como todo líder, Vicente tiene su estilo propio, un estilo de realismo y de audacia.

Para guiar a los suyos en la práctica personal del amor al prójimo, su consigna es cultivar lo que él llama «las virtudes sólidas» las que son indis­cutibles. En cuanto a sus proyectos sobre lo que podría llamarse «la empresa de caridad», están marcados con el sello de la audacia.

A. Las «virtudes sólidas»

1) El amor es sencillo

Incluso siendo realista y ávido de eficacia, Vicente no quiere que se mida el amor por el rendimiento.

Sabe muy bien que algunos, mientras presumen de tener una gran dedi­cación, solo persiguen que se les vea moverse, asegurarse la simpatía o una buena reputación. De repente «sirven a los pobres, van y vienen, se matan, para no hacer nada».

«Dios no tiene ninguna necesidad ni de nuestro saber ni de nuestras buenas obras, sino de nuestro corazón». La simplicidad consiste precisamen­te en ajustarse bien a sus intenciones. «Dios mira las obras, sólo si se ve en ellas y se las dedicamos».

«Hay que ir rectos hacia Dios, sin recovecos ni engaños» ya que incluso y sobre todo en la práctica del bien, el fin no justifica los medios.

2) El amor es humilde

Como el recogimiento en la oración, es la humildad la que centra al ser humano en Dios, en la acción. «Sólo la humildad es capaz de soportar esta gracia»; al contrario de la complacencia, que es el veneno de las «buenas obras», la humildad está dispuesta para compartir y para recibir y permite a Dios que actúe en nosotros.

Pero ser humilde no quiere decir ser insignificante, renunciar a todo pro­yecto que haga salirse de lo corriente.

Hablando de San Martín y de San Luis, Vicente dice que «la humildad, lejos de cortar las alas a la audacia, va emparejada con el espíritu empren­dedor».

La humildad que desaparece ante Dios hace igualmente grande la parte de los otros; cimenta la unión de los que colaboran en un mismo proyecto.

Nadie acapara el éxito para sí, y todos se sienten valorizados. «El mal de las comunidades (y de las obras), dice Vicente, suele ser muchas veces la emulación (espiritual de competición) el remedio es entonces la humildad».

Por eso tiene más mérito el regocijarse del bien que hacen los otros que el querer realizarlo uno mismo.

3) El amor es cordial

Los necesitados tienen su orgullo discreto e indómito. Quieren ser abor­dados con respeto. Además, ellos lo merecen doblemente. Vicente les llama «vuestros señores» en el sentido de que tienen muchas cosas que ense­ñarnos.

A este respecto, la dulzura es una forma elemental. Ella tiene el arte de amansar lo que ella toca. «No se le cree a un hombre porque sea muy sabio, sino por que lo juzgamos bueno y lo apreciamos».

Para expresar los sentimientos que Vicente califica de dulzura, hablaría­mos mejor de bondad cordial. Ser dulce, en efecto, quiere decir para él «en­trar a los corazones unos en otros para que sientan lo mismo» por medio de un oído atento y «por atenciones delicadas para probar la sinceridad de las nuestras», abstenerse con ellos de esta amargura «que no sirva nunca más que para amargar más las cosas»; ser pacientes y abordarles con esa acogida «por la que dan la impresión de ofreceros su corazón y pediros el vuestro».

4) El amor no se busca

En cuanto se trata del don de sí mismos, la mortificación es una consigna necesaria, la renuncia, es, en efecto, el reverso del amor. Hay que ser libre para poder comprometerse.

¿Cómo el que nada le falta podría ponerse al servicio de los pobres? ¿có­mo frecuentar a los pobres sin renunciar a las comodidades y aceptar contra­riedades de toda clase?

Vicente insiste igualmente en las distancias que hay que tomar en rela­ción con los nuestros. Incluso si en la mayoría de los casos esto no quiere decir abandonar a la familia, para muchos esto quiere decir tener el valor de romper con sus prejuicios y con un cierto estilo de vida. Mientras que un compromiso permanezca inofensivo, mientras que no sea otra cosa que una manera interesante de ser útil, le falta la dimensión de la renuncia y por tanto del verdadero amor.

5) El amor es sensible a las cosas de Dios y a las del prójimo

«Si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama». Se trata, por supuesto, de un amor que no se consume en efusiones sentimentales, sino que se entrega a fondo y que va hasta el fin de sus fuerzas en lo concreto de la vida.

Para Vicente el hecho de pasar a la acción es la piedra de toque. Dema­siados cristianos se mecen en la ilusión de amar a Dios pero no tienen prisa en darse a sí mismo.

«Amemos a Dios, repite Vicente, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente».

B. Atreverse a ir por delante

Vicente no hizo la teoría de una acción colectiva o de una política al ser­vicio de los pobres. El la vivió no obstante.

Hijo de su tiempo, aunque parezca tener en cuenta sobre todo la caridad que se dirige hacia las personas, su mirada va más lejos.

1) La caridad no limita su campo de acción

«Nuestra vocación es de ir, dice Vicente, no a una parroquia, ni solamente a un obispado, sino por toda la tierra».

El dinamismo propio de la caridad es «hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor».

Este fuego, si no quiere morir, debe extenderse sin cesar.

Vicente que es un organizador nato, se opone, sin embargo, a las implan­taciones y fundaciones definitivas. La caridad no se liga a una institución o estructura porque las estructuras, al convertirse en un fin en sí mismas, co­rren el peligro de desligar del servicio de los más pobres a quienes están comprometidos a ello.

2) Para ser eficaz la caridad se organiza

Desde su primera experiencia de ayuda mutua en Chátillon, Vicente tiene la intuición de que para ser eficaz, la caridad debe organizarse.

«Los pobres, observa Vicente, después de su primera experiencia en Chá­tillon-les-Dombes, han sufrido mucho a veces, más por falta de orden que por falta de personas caritativas».

Vicente domina los proyectos que emprende, los ve en su conjunto y en sus mínimos detalles. Pero no es un mero técnico de organización, es un animador. Lo que importa para él no es ser el artesano del bien sino que el bien se lleve a cabo. El hecho de que él se alegre del bien realizado por los otros es incluso uno de los secretos de su sorprendente eficacia.

3) El propósito de la caridad es tambén liberar a los pobres de la opresión de la pobreza

Vicente tiene el respeto y el culto de la persona individual del pobre, pero para él la caridad no se contenta con gestos puntuales con el riesgo de ver en el servicio de los desvalidos más un ejercicio de virtud que una dedicación a una causa.

La caridad va hasta el fin de su dinamismo. La persona humana no es sólo un individuo, sino también un ser social. También, con los medios de su tiempo, Vicente trabaja en la reforma de la Iglesia y en la de la Sociedad.

Superando la acción asistencial, toma iniciativas colectivas dirigiéndose en ayuda de las masas que sufren, crea instituciones, actúa sobre los Pode­res Públicos, intenta cortar al mal en su raíz. Su acción tiende a cubrir pro­vincias enteras, incluso todo el país.

No hay que mantener las pobrezas, sino liberar a los pobres.

Viviendo en el siglo XVII, Vicente, es verdad, no expresa la problemática de la caridad en términos de justicia y de reforma de estructuras. Pero él presiente que la persona desgraciada tiene derechos.

La compasión no es la única ni la principal motivación para acudir en su ayuda.

Hablando de los sufrimientos de los pobres, llega a gritar a la justicia. «Que Dios nos conceda la gracia de enternecer nuestros corazones en favor de los miserables y de creer que, al socorrerles, estamos haciendo justicia y no misericordia».

Es un sentimiento de solidaridad y un grito de alarma que estalla cuando él lanza esta frase: «Hay que correr a las necesidades espirituales del pró­jimo como se va a apagar un incendio».

Esto no es más que un rápido esbozo de la doctrina de San Vicente, en lo concerniente al servicio a los más pobres. Muchos ven en él el prototipo de una caridad compasiva que se «inclina hacia la miseria» pero ésta imagen no es más que la caricatura de su ideal.

«¿Qué haría Cristo si estuviera en mi lugar?», he aquí la pregunta que él se hacía en toda circunstancia y que define de una manera mucho más audaz su proyecto.

Como Cristo, Vicente quería aliviar las miserias del momento, pero como Cristo él atacaba a las causas de las pobrezas.

Realizar este doble proyecto, he aquí el ideal al que deben aspirar los y las que se adhieren a su espíritu.

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