Vida y Virtudes del Sr. Sen-Just (VII)

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Author: Mariano Torres · Year of first publication: 1904 · Source: Anales Madrid, 1904.
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ESCUDOCMSU PUREZA Y HUMILDAD
Acaso no haya virtud alguna tan ponderada en las Sagradas Letras y en los escritos de los Padres de la Iglesia como la virtud de la pureza. Referir aquí todas sus excelencias sería desviarnos de nuestro intento, porque no tratamos de inculcarla a los otros, sino simplemente de hacer ver a nuestros lectores que ésta fue una de las virtudes más predilectas del corazón de Francisco. Amóla como a la señora de su alma; y tan vehemente fue su predilección hacia ella, que se hacía notorio a todos lo mucho que la amaba. Efecto de la viva fe que le animaba en todas sus obras y de su continua presencia de Dios, llegó a adquirir tal dominio sobre la parte inferior de su alma, y tan a raya tuvo sus inclinaciones naturales, aun las lícitas, que acostumbraba decir: «A ningún vicio temo menos que al contrario a la castidad, aunque ninguno me hace vivir más cauteloso». Estas últimas palabras nos dan la inteligencia de las anteriores, que a primera vista pudieran parecer exageradas o nacidas de exquisita presunción o excesiva temeridad. La vigilancia cristiana; he aquí el secreto de su admirable pureza.
Conocía perfectamente que la pureza es una flor hermosísima, de muy suave y delicado aroma, mas no ignoraba que el menor vientecillo aja o seca su hermosura y envenena su perfume; sabía muy bien que esta virtud es un brillante y terso espejo, mas no le era desconocido que el menor hálito la empaña; había leído que es un tesoro riquísimo, pero recordaba lo que añade el Apóstól: «que lo llevamos en vasos frágiles, tan frágiles, que el choque más insignificante basta para quebrarlos.» De aquí su vigilancia y recato. Siempre guardó la modestia de los ojos, porque por ellos entra muchas veces la malicia al corazón del hombre; jamás miró a mujer a la cara, porque las miradas son saetas que hieren y llevan mucha malicia; nunca habló solo a solas con personas de otro sexo, porque tenía profundamente grabadas en la memoria aquella expresión de San Jerónimo: Homo et mulier, ignis et stupa; nec diabolus insuflare cessat, donec accendatur; a sus sentidos exteriores les negó muchas veces lo que lícitamente se les podía conceder, para rehusarles siempre lo que no le era posible otorgarles sin detrimento de esta angelical virtud; los interiores los sujetó a la razón, y ésta a Dios, con austeras y horribles penitencias, para así salir airoso de la lucha de L a carne; en una palabra, veló continuamente sobre sí mismo; no presumió de su castidad, ni se expuso temerariamente a peligro de perderla; por eso se conservó siempre puro en su corazón y en su espíritu, en su cuerpo y en su alma.
Ya hemos visto como Dios concedió a este su siervo y migo algunas gracias que sólo ha dispensado a grandes
santos. También en esta materia le hizo el Señor merced especialísima, y fue que las personas acosadas por el demonio con tentaciones deshonestas, cuando acudían a en busca de remedio, se hallaban repentinamente libres con sólo que orase por ellas; y de algunas sé—dice D. Francisco Garrigó—que jamás volvieron a sentirse tentadas después de haber acudido al Sr. Sen-just.
No quiere esto decir que no aconsejase los medios que dan los maestros de la vida espiritual para librarse de este género de tentaciones, que sí los aconsejaba y mandaba y los tenía en mucho, por ser de hombres experimentados en la dirección de las almas, y muchas veces iluminado con especiales luces para ello, sino que, movido por impulso del Espíritu Santo, obraba así y los dejaba libres el demonio.
Entre los medios que prescribía en la lucha de la carne, cuatro recomendaba con particular interés: la fuga del trato y familiaridades con personas de otro sexo, la oración, la mortificación y la devoción a María.
En la última ordenación que hubo en Barcelona antes de su muerte, predicó a los ordenandos por mandato suyo el Dr. D. Francisco Garrigo un sermón de la castidad, virtud tan necesaria a los eclesiásticos; y tratando de los medios para conservarla y evitar el vicio contrario, dijo ser el más importante el huir de todo comercio y familiaridad con el sexo contrario; y habiendo terminado, fue nuestro Francisco a dicho señor a darle las más expresivas gracias, diciéndole:—»¡Ah, amigo, y cuánta razón tenéis! ese es el medio más importante, y sin el cual aprovechan poco todos los demás. Sola fuga est remedium; que mientras llevarnos este jergón de paja de nuestro cuerpo, lo más seguro es no acercarlo al fuego.» Y dijo muy cuerdamente; porque en este combate de la carne, al revés de los otros en que vence el que pone en fuga al enemigo, sólo el que huye triunfa.
La oración, en concepto de nuestro Francisco, es también medio muy eficaz para salir airoso en esta clase de tentaciones, porque al recurrir el hombre a Dios por medio de ella, pone ante sus ojos la necesidad del auxilio de la gracia y manifiesta su impotencia para combatir a este enemigo de nuestras almas: la oración humilde y confiada atrae las bendiciones del Cielo, y con ellas la fortaleza necesaria para no sucumbir, sucediendo que en este caso son tantas las victorias que se obtienen contra el enemigo, Cuantas son las tentaciones y los ataques del mundo, demonio y carne contra el alma.
La oración, con todo, es muchísimo más eficaz si va acompañada de su inseparable amiga la mortificación; porque en vano clamará al Cielo, en vano pedirá socorro a Dios en las tentaciones de la carne el que por otra parte da a la naturaleza aquellas satisfacciones prohibidas por la ley del Señor: el que no mortifica su carne y tiene a raya los apetitos desarreglados de su concupiscencia y busca su comodidad en el comer, vestir, en todo aquello que puede halagar y fascinar los sentidos, es punto menos que imposible que sea verdaderamente casto y puro de corazón, aunque ore y pida al Altísimo la gracia de la castidad.
Finalmente, otro medio que aconsejaba Francisco para conservar intacta esta bellísima flor de la pureza y retener el grato aroma con que perfuma el ambiente que la rodea, era la devoción a la Reina de los Ángeles. Esta flor purísima e Inmaculada, que llevó en su cáliz el fruto bendito de nuestro Salvador Jesús, es el escudo impenetrable en el que se estrellan todos los esfuerzos del mundo, todas rebeldías de la carne y todas las iras del demonio, cuando tratan de arrebatarnos la preciosa joya de la castidad. Al solo nombre de María huyen despavoridos los infiernos, y se amansan las fieras de la concupiscencia y se caIman las tempestades levantadas en el alma. Por eso decía Francisco: «Cuando el enemigo os tiente y trate de robaros el precioso tesoro de vuestra pureza, recurrid a María, que María os librará y os hará triunfar de las asechan zas de los enemigos de vuestra alma. Sed verdaderamente devotos de esta celestial Señora, y no temáis; que los asaltos de los que os persiguen, serán otras tantas coronas de gloria que ceñiréis sobre vuestras cabezas».
El plan que nos hemos propuesto no nos permite dar mayor amplitud a esta materia; mas lo dicho bastará para llevar al convencimiento de todos el grado tan subido de castidad que poseyó, y el alto concepto que se habla formado de las excelencias, ventajas y medios de conservar, en sí mismo y en los otros el precioso tesoro y la inestima-ble joya de tan hermosa virtud. Digamos ahora cuatro palabras sobre su humildad.
Sin la humildad—dice San Bernardo—el edificio de las otras virtudes no es fábrica, sino mina; sabíalo esto muy bien Francisco, y se aplicó a la práctica de esta virtud para levantar el edificio de su santidad, que, según fue de grande y magnífico, podemos conjeturar cuáles serían los cimientos que tal habían de sostener. «Poseyó, según se expresa el tantas veces mencionado Doctor D. Francisco Garrigo, esta virtud en grado heroico y en los cuatro que señalaban los Maestros, y que, como enseñaba San Felipe Neri a sus discípulos, son: despreciar al mundo, despreciarse a sí mismo, no despreciar a nadie y despreciar el ser despreciado. Hacía en casa ordinariamente los oficios más humildes: barría los aposentos, arreglaba las camas, fregaba los platos en la cocina, servía de mozo a los albañiles, llevándoles la cal, ladrillos, piedras, agua, arena, y lo demás».
Del mundo, de sus vanidades, de sus placeres, de sus dichos no hacía maldito el caso ni le importaba lo que de él pudieran decir, no ya el vulgo, sino personas de virtud y letras. A sí mismo se despreciaba hasta tenerse por el último de todos, por el peor de los hombres, que a no ser por la infinita misericordia de Dios hubiera sido saco de iniquidad y malicia: a los otros, mirábalos como superiores y mejores servidores de Dios que él, en pocas palabras, fue dechado y modelo perfecto de esta virtud tan necesaria para la salvación. Estos sentimientos de su propia dignidad y bajeza los conservó hasta la muerte, pues como pocas horas antes de morir le dijese un amigo suyo que ya que se marchaba al Cielo se acordase en la presencia del Altísimo de los que quedaban tan necesitados de él en tierra, le respondió aquellas palabras del ángel al profeta Elías (III Reg.. 19): Grandis restat vía. Amigo, aunque confío que la infinita Bondad ha de llevar mi alma en camino de salvación, son tales mis culpas, que para satisfacer por ellas a la Divina Justicia necesito de muchísimos años de purgatorio.» Quien tales sentimientos conservaba en los irnos momentos de su vida, quien así se llamaba pecador, qué tales serían los que tuvo en vida? Verdaderamente que es prodigiosa su humildad, y que merced a ella recibió del ello singularísimos favores.
¡Oh ¡y qué lástima que los llevase consigo al sepulcro y no nos dejase aquí su memoria para excitarnos a servir a Dios! Pocos días antes de morir hizo llamar a un Sacerdote, al que comunicaba lo más secreto de su corazón y por cuyos sabios y prudentes consejos se dirigía en el caminó- de su perfección; mandóle buscar un gran legajo de papeles que sobre materias de espíritu había escrito, y en su presencia obligóle a que lo quemase. Según testimonio del Sr. Garrigo, había en estos papeles gran copia de doctrina y muy vastos conocimientos relativos a la manera de gobernar las almas, recibidos de Dios en las frecuentes comunicaciones que tuvo con Su Divina Majestad en la oración; y al quemarlos, se los llevó consigo, privándonos de ella, porque decía, como otra Santa Teresa, de quien toda su vida fue siempre devotísimo: Secretum meum mihi: mi secreto para mí, estimando que quedasen ocultos a los ojos de los hombres, para que no lo fuesen ante Dios, y así recibir del Señor la eterna recompensa prometida a los humildes de corazón.

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