SU FE, ESPERANZA Y CARIDAD
Hasta aquí hemos trazado a grandes rasgos los principales sucesos de la vida del Sr. Francisco Sen-just y Pagés, poniendo de manifiesto a nuestros lectores la especial Pro-videncia con que veló Dios por su siervo en los primeros años de su infancia, y que a las claras daban a entender los singulares designios que el Señor tenía sobre aquel niño privilegiado; queda hecho mérito de aquella su trabajosa y devota peregrinación que hizo a los santuarios de María por España e Italia; se han dado a conocer los trabajos que emprendió para fundar en nuestra amada patria la Congregación de la Misión; referimos brevemente la fundación de las Conferencias eclesiásticas en Barcelona, y por fin pusimos el sello a su vida, tan fervorosa y fecunda en buenas obras, con la muerte edificante con que plugo a Dios llevarle para Sí a gozar de su gloria.
Réstanos ahora bosquejar, siguiere sea a la ligera, los principales rasgos de virtud que resplandecieron en varón tan admirable, y dar a conocer el riquísimo tesoro de virtudes que poseyó nuestro Francisco; y lo hacemos con tanta más razón, cuanto abrigamos la segura confianza de que nuestro trabajo, lejos de ser infecundo y estéril, producirá abundantes frutos de santidad en nuestros lectores, y será poderoso estímulo con el que los hijos de la Congregación se animen a practicar los hermosos ejemplos de su fundador en España, a seguir las huellas de virtud que les ha dejado en su paso por la tierra, y a imitarle en las buenas obras de perfección que, para la suya y para la del prójimo, llevó a cabo en el suelo.
Emprendemos este trabajo fiados principalmente en la ayuda de Dios: trabajo que extractaremos en su mayor parte de la oración fúnebre que pronunció el Dr. Don Francisco Garrigo en las exequias que se celebraron pocos días después de la muerte del Sr. Francisco Sen-just y Pagés, y que procuraremos conservar íntegro en el orden y forma con que se halla consignado en el libro que nos ha servido de fuente para este insignificante trabajillo sobre nuestra Congregación en España.
El justo, dice el Apóstol San Pablo, vive de la fe: Iustus autem ex fide vivit, quiere decir que la fe viene a ser al alma justificada por la gracia, lo que es el espíritu al cuerpo, en lo cual concuerda admirablemente con la doctrina de Santiago: Pides sine operibus morilla est in semetipsa: la fe del justo se manifiesta en las obras. Ahora bien, el justo saca esta viva fe de la oración; y como posteriormente daremos a conocer el grado altísimo de oración a que llegó Francisco, fácilmente podemos colegir cuán grande sería la viveza de su fe.
«De las largas horas de oración dimanaba su viva fe, que no era como la de muchos, de los cuales dice San Cipriano que tienen fe en los labios y ninguna o muy poca en el corazón: nunc fides multis natat in labiis, cum in corde aut nulla sit aut vehementer langueat. Otros tienen fe de demonios, de los cuales dice Santiago: credunt et contremiscunt; y con esa fe, ¿en dónde han de parar, sino en el paradero que ellos pararon? Mas en el corazón de nuestro arcediano ¡qué viveza de fe tan eficaz! Bien lo declaran sus heroicas obras. Dígalo aquel tesón en guardar a cara descubierta todo lo que manda el Evangelio: non enim erubesco Evangelium; que la vergüenza la puso la naturaleza para el vicio, no para la virtud. Dígalo el modo eclesiástico y ejercicios santos en que distribuyó su vida, según la disposición de los Sagrados Cánones, Concilios y Rescriptos apostólicos; dígalo aquel desprecio santo de todas las honras, puntos, dignidades y de todas las cosas de esta vida, apreciando sólo lo eterno; dígalo aquel aborrecimiento santo de sí mismo con que sujetaba las rebeldías de la parte inferior a la superior; dígalo aquella presencia de Dios tan continua y fervorosa, no sólo especulativa, sino acompañada de ferventísimos actos anagógicos; dígalo aquella sed insaciable de penas, que es lo que únicamente le hacía apreciable la vida, para poder ser incansable víctima ofrecida al Señor en el altar de su amante corazón; y, finalmente, dígalo aquel anhelo con que suspiraba conti-nuamente para agradar más y más a Su Divina Majestad en la perfección de su espíritu. Todas estas eran señales evidentísimas de su heroica fe, pudiendo decir el Señor que registra lo más recóndito de nuestros corazones: Justus autem meus ex- fide vivit.»
Si tan ardiente y heroica fue su fe, no fue menos firme su esperanza. Es ésta compañera inseparable de aquélla; virtud sobrenatural que nos inclina a esperar la bienaventuranza eterna, la gloria eterna que el Señor en su infinita bondad y misericordia tiene preparada a los que viven la vida de la fe; recompensa magnifica, merces magna nimis, como decía Dios a Abraham, que sostiene y alienta el alma en la encarnizada lucha que tiene que reñir con sus enemigos; galardón inestimable, consuelo dulcísimo para el que considera este valle de lágrimas como el tránsito del desierto, como el paso del destierro, para arribar a las hermosas y encantadoras riberas de la patria celestial.
«De aquí, de su contemplación—escribe el panegirista del Sr. Sent-just—provenía también aquella firme esperanza que era como áncora en la cual este navío de alto bordo (posaba en sus mayores borrascas y tribulaciones, sin admitir ni la menor duda de que Dios le había de favorecer. Tenía en su corazón grabadas aquellas palabras de San Buenaventura, que repetía muchas veces diciendo: ¡Oh esperanza del Cielo, que cuanto esperas, tanto alcanzas! y así conseguía lo que esperaba. Arrojábase a los martirios de su cuerpo que os tengo referidos, y cuando bastarían algunos de ellos para quitarle naturalmente la vida, por la esperanza heroica que tenía en el Señor, de que le había de dar fuerzas sobre las de la naturaleza, se las daba Su Divina Majestad, dilatando el vigor de ella a medida de los deseos fervorosos de nuestro Francisco. De algunos santos se lee en su vida que hacían, movidos del Espíritu Santo, cosas memorables que, miradas con los ojos de la prudencia humana, parecían manifiestas temeridades, como se cuenta de muchos mártires que se arrojaban a los tormentos con la esperanza de que el Señor, que interiormente los movía, había de suplir con su gracia lo que les faltaba, para Poder alcanzar el fin de aquella acción gloriosa ¡Cuántas veces pasó esto mismo a nuestro Francisco! Tenían muchos, y aun de los de opinión espirituales, por temeridad su peregrinación tan lejos y tan rígida; por temeridad emprender una fundación sin medios; por temeridad estar tan enfermo e ir a la residencia casi sin poderse tener en pie; por temeridad el no llamar desde el principio muchos médicos para su curación; por temeridad el no hacer por la casa un pingüe personato de su dignidad. ¡Ah! que no lo entendéis—dice San Pablo (ad Rom., II.)—Quicurnque Spiritu Dei aguntur, hi sunt filii Dei. Estas materias no las regulan los justos por reglas de discursos humanos, sino por consultas e inspiraciones del Cielo. Son ríos que provienen de más alta fuente de la que ve la cortedad de nuestros ojos. Intelligant—dice San Agustín sobre este lugar—si Dei sunt, se Spiritu Dei agi, ut quod agenciara est agant; porque mediante esta virtud teologal de la esperanza obran con un modo sobrehumano, al cual nuestro corto entender no puede alcanzar.
Y para que se vea cómo en la práctica confiaba en Dios, probaremos lo dicho con tres sucesos que le acontecieron. Fue el primero, que yendo de la ciudad de Alba a visitar el cuerpo de la Santa, cayó en un pantano de agua, del cual salió hecho una esponja y cubierto de lodo de pies a cabeza. No tenía ropa con que mudarse, mas confiando en que Dios, por los méritos de la Santa, le había de asistir, fuese a la Iglesia para celebrar Misa, y ¡cosa extraña! no bien pisó el umbral de la puerta, cuando vió milagrosamente limpio y enjuto su vestido. Cuando llegó a Roma tenía los pies tan llagados de la peregrinación, que no podía dar un paso; y mal debía tenerlos cuando contra su voluntad hubo de verle un cirujano, quien le aconsejó que permaneciese quedo varios días, para curarse. ¿Qué hizo entonces Francisco? A la mañana siguiente, antes que alguno de la posada en que se hospedaba se diese cuenta, se fue a visitar las siete iglesias de Roma, esperando que Dios le había de ayudar, no obstante ser tan largo el trecho de una a otra, que para andarlas todas son necesarias siete horas de camino; las anduvo, y no sólo fue esto, sino que .volvió a la posada tan sano como si nunca tuviera enfermos los pies, con admiración del cirujano y de cuantos le vieron el día antes, y desde entonces, todos los días que estuvo en Roma, que fueron siete meses, las recorrió sin dificultad alguna. Finalmente, habiéndole escrito su con-fesor que volviese luego de su trabajosa peregrinación, y hallándose en la capital del orbe católico, nuestro Francisco tomó aquel luego tan al pie de la letra, que acabar de leer la carta y ponerse en camino, todo fue uno, siendo verdad que llovía a cántaros: hizo su travesía por los Alpes, llegándole la nieve a veces, no sólo a las rodillas, sino a la cintura, pensando expirar, según afirmó él mismo después, cada paso entre aquellos hielos; y cuando prudentemente podía temer hallarse tullido de resultas de ellos, se hallió sano y bueno sin el menor daño, y con más robusta salud que había tenido durante todo su viaje.
Complemento de su viva fe y de su inquebrantable esperanza fue la ardentísima caridad hacia Dios que consumió su pecho. La caridad es la vida del alma. Dios Nuestro Señor reina por ella como supremo Rey en la inteligencia, en la voluntad y en el corazón del hombre. El alma, en la cual habita la caridad, es como el templo, en el que mora la Majestad y gloria del Señor. ¡Dichosa el alma que ama a Dios con todas sus potencias! ¡Dichosa el alma que no busca otra cosa en todas sus acciones sino agradar más y más al Amado! ¡Oh! ¡y quién nos dirá los dulcísimos coloquios del alma de Francisco en aquella su altísima meditación y contemplación! Y ¡qué lengua podrá dignamente declarar y ponderar las manifestaciones de Dios al alma de su fidelísimo siervo, y la correspondencia de este corazón amante al amor inmenso de su Señor! De algunos Santos leemos en sus vidas, que tales dulzuras recibían de Dios, tales consuelos les comunicaba su Divina Majestad, que, no pudiendo sufrirlos, se quejaban amorosamente y suplicaban al Señor tuviese a bien detener la fuente de sus misericordias para no morir. Algo semejante ocurrió a Francisco, pues sabemos, por persona que le trató íntimamente y por testimonio de su director espiritual, que tuvo frecuentes arrobamientos, y que a veces creyó iba a rompérsele el pecho, no pudiendo contener la encendida llama de amor de Dios que le consumía.
Mas dejando esto aparte, tenemos una señal inequívoca para conocer si amarnos a Dios y el grado de amor que le tenernos. Dícelo San Gregorio Magno: Probatio dileetionis exhibitio est operis. La prueba del amor es el cumplimiento de las obras, y tanto más amaremos a Dios cuanto mojo: ,practicáremos la ley para con Él y para con el prójimo. Esto sentado, ¿quién ponderará como se merece la caridad del Sr. Sen-just para con Dios Nuestro Señor, cuando sabemos lo que hizo para perfeccionarse a sí mismo y para la salvación del prójimo? Porque, como queda ya referido, no se limitó su amor a contemplar las admirables perfecciones y los atributos de Dios en sus continuas meditaciones, sino que, reduciendo a la práctica las luces que Su Divina Majestad le comunicaba en la oración, sabía emplearlas todas ellas en beneficio de sus hermanos en Cristo.
Este amor le llevaba incesantemente a dar a conocer al Dios de las misericordias a los pobrecitos pecadores, indicándoles en el púlpito, en el confesonario, en sus amonestaciones, en sus consejos, en su conversación, con la dulzura de su trato, con la mansedumbre de sus palabras, con sus ejemplos, lo que debían hacer para salvar sus almas; éste le llevó a emprender aquella difícil y trabajosa obra de fundar en España la Congregación de la Misión, por el íntimo convencimiento que abrigaba de ser dicho Instituto importantísimo para trabajar en la santificación personal de los que a él se consagran, para procurar la salvación de los campesinos, que por su estado no tienen ni la facilidad ni la frecuencia de instruirse en los misterios de nuestra fe, ni en lo que deben hacer para salvarse como los que viven en poblaciones más importantes, y para instruir a los ecle-siásticos en las ciencias y virtudes que requiere el sublime estado a que Dios los llama; este amor, finalmente, le llevó a vivir una vida enteramente consagrada a manifestar, con su correspondencia a las singulares gracias que el Cielo le había concedido, la llama del divino amor que ardía en su pecho. Podemos, pues, afirmar que Francisco amó a Dios con todo su corazón, porque siempre fue de Dios; con toda su alma, porque la tuvo siempre unida por la gracia a su Divino Esposo; con todas sus fuerzas, porque las empleó siempre en servir y glorificar, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, al que para tanta gloria suya le había criado; y con todo su ser, porque con cuerpo y alma sirvió al Señor todos los días de su vida.






