OCUPACIONES DEL SR. SEN-JUST HASTA SU MUERTE. MUERTE DEL SR. SEN-JUST.
Coronado con tan feliz éxito el intento del Sr. Sen-just, y admitido éste en el seno de la Congregación, no se dió punto de reposo ni cejó en el santo propósito de cumplir exactamente con los tres fines primarios de tan santo Instituto. Si hasta entonces había sido modelo de virtud y espejo de santidad como cristiano y como sacerdote, a contar des de el día de su ingreso en la Congregación juzgó que debía levantar sobre tan sólidos fundamentos el edificio de la perfección cristiana. Desde entonces se le vio trabajar asiduamente en la adquisición de la sencillez, humildad, mansedumbre, santificación y celo de la salvación de las almas, virtudes que constituyen el carácter esencial de todo buen misionero, y a las que añadió la obediencia más completa y la exacta observancia de las Reglas de su nuevo estado.
El ejercicio de las Misiones, osea el de anunciar la divina palabra a los pueblos, no pudo ejecutarlo el Sr. Senjust, como misionero, por la escasez del personal, y sobre todo por las revueltas de Cataluña con motivo de la guerra de Sucesión en España, que no terminó sino en 1713 por el tratado de Utrech, cinco años después de la muerte del Sr. Sen-just, En cambio, trabajó incansablemente en el otro fin de la Congregación, a saber, en la formación de los ordenados en la ciencia y en la virtud y en el adelanto de los ya sacerdotes en ambas cosas por medio de las conferencias eclesiásticas.
En Noviembre del mismo año en que se fundó la Congregación se dio la primera tanda de los ejercicios espirituales a los ordenandos; la segunda tuvo lugar en Diciembre del mismo año. En el año siguiente se dieron distintas tandas en los meses de Febrero, Marzo, Mayo y Noviembre; en 1706 hubo ejercicios en Febrero, Mayo, Septiembre y Diciembre; en 1707 tuvieron lugar en Marzo, Abril, Julio y Diciembre; y en 1708 en Febrero, Marzo, Mayo, Septiembre y Diciembre; en los cuatro últimos no trabajó el Sr. Sen-just sino con la oración y buen ejemplo; pero en los anteriores tomó parte muy activa en ellos, ya en las pláticas, ya en la explicación de las rúbricas, y, algunos, como los de Marzo de 1705 y los de Diciembre de 1706, fueron dirigidos personalmente por el mismo Sr. Sen-just, con notable edificación y aprovechamiento de los ordenandos.
Y no contento con los ejercicios espirituales a los ordenandos, antes bien celoso el Sr. Sen-just del lustre, decoro, ilustración y santidad del sacerdocio, instituyó en Barcelona, a imitación de San Vicente y convencido de las inmensas ventajas de tan santo ministerio, las conferencias eclesiásticas. Para llevar a feliz término tan laudable propósito, acordó con el Vicario general de Barcelona, doctor Dr. José Romaguera, convocar a todos los eclesiásticos de la ciudad y ver de alcanzar de ellos la necesaria cooperación para obtener su designio.
Señalóse el día 28 de Diciembre de 1707 para la reunión, y allí fue de ver lo más selecto del sacerdocio de la ciudad, dignidades, canónigos, párrocos, beneficiados y eclesiásticos eminentes en ciencia y virtud, reunidos bajo la presidencia del Vicario general, pendientes de los labios del virtuoso y sabio fundador, cuya unción y celo logró llevar el convencimiento al ánimo de tan respetable auditorio, que no salió del lugar sin haberse formado la Conferencia. En atención a los méritos del Sr. Sen-just, y como iniciador de tan santa empresa, fue nombrado Presidente el humilde hijo de San Vicente de Paúl; primer asistente, el Dr. D. Diego Vieta; segundo, el Dr. D. José Coder; Secretario, el Muy Ilustre Sr. Canónigo y Dr. Antonio Garrigo; Maestro de Novicios, el Dr. Mauricio Andreu; enfermeros, los Dres. Antonio Soler y Sebastián Moranges; Sacristanes, los Sres. D. Juan Bautista Nilana y Fernando Diern; y Porteros, D. Félix Vert y D. Francisco Fort. Diéronse después a cada uno las reglas de su respectivo oficio, y fué nombrado Director perpetuo de la Conferencia el Superior de la casa, quien designaría la persona que, en su ausencia o imposibilidad, debería dirigir la Conferencia, la cual, por dificultades de gran monta, no se celebraría, según se acostumbraba en otras partes de la Congregación, cada ocho días, sino cada quince; nombrándose además cada año nuevos oficiales mayores, a saber: Presidente, Asistentes, Secretario y Maestro de Novicios, quienes a su vez elegirían a los oficiales menores.
He aquí los ejercicios que se tenían en la Conferencia. Ante todo se hacía un cuarto de hora de lectura espiritual sobre materias eclesiásticas; a la lectura seguíase otro cuarto de hora de oración mental; terminada la oración, se hacía una plática por espacio de media hora, terminada la cual se rezaban las letanías del Dulcísimo Nombre de Jesús, con lo cual se daba por concluido el acto. Así emprendió y llevó a cabo el Sr. Sen-just una obra de la cual obtuvieron resultados inmensos en ciencia y en virtud tantos sacerdotes de Barcelona y de otras Diócesis convecinas, y que tanta gloria procuró por ella a la Majestad del Señor.
Habiendo llegado a noticia de la Santidad de Clemente XI los felices progresos de la casa de Barcelona y el celo con que todos los misioneros, y en especial el fundador, trabajaban en el desempeño de las funciones propias de su Instituto, para recompensar de algún modo los trabajos y celo del Sr. Sen-just le nombró, «motu proprio, Arcediano mayor de la Santa Iglesia Catedral de Barcelona, no obstante los gravísimos empeños de los ministros del Rey, que deseaban se confiriese esta dignidad a otras personas de no escaso valer y aventajados méritos. Con este motivo lo manifestó Su Santidad al Sr. Orsese, Superior de la casa de Barcelona, presente a la sazón en Roma, a quien dijo el Papa: Hemos conferido la dignidad de Arcediano Mayor de la Catedral de Barcelona a vuestro fundador, a quien escribimos es Nuestra voluntad la acepte. Esta voluntad del Papa se vio expresa después en la Dataría, en donde, publicándose la gracia, según el estilo de la Curia, con el nombre simple del que se confiere, por aquella vez se hizo la adición siguiente: Tamquam spiritualibus exercitiis tradendis et agendis addictus.
En este nuevo cargo dio inequívocas pruebas de su celo a cumplir con la obligación de la asistencia al coro; pues habiéndole hecho ver en cierta ocasión un su amigo la conveniencia de no asistir al coro en los últimos meses de la enfermedad que debía llevarle al sepulcro, y que se contentase con rezar en casa, replicó: «¡Ojalá fuese yo tan dichoso, que me quedara muerto cumpliendo con la obligación de mi residencia!» Y sucedióle un día que faltó poco para ver satisfechos sus deseos, pues sufrió en la silla del coro un ataque tal, que juzgaron los médicos iba a morir de tan inesperado accidente.
Poco tiempo, sin embargo, disfrutó del beneficio, pues fue el Señor servido de librar a su siervo de una carga que juzgaba tan pesada para sus ligeros hombros, y porque plugo a Su Divina Majestad probar a su fidelísimo siervo con una recia enfermedad que en breve tiempo había de aducirle al sepulcro. Un año antes de su muerte fue acometido de una mortal hidropesía de pecho, que no fue bastante a hacerle desistir de sus penitencias y mortificaciones, ni a aflojar en un punto el rigor de vida que hasta entonces había llevado. El mismo fervor por su santificación y por la de sus hermanos de Congregación; el mismo celo por la salvación de sus amados pobres del campo y de sus queridos compañeros en el ministerio sacerdotal; la misma exactitud y diligencia en cumplir cuidadosamente con sus ejercicios de piedad; la misma puntualidad en levantarse a las cuatro de la mañana y seguir los demás actos de la Comunidad; las mismas horas de oración y meditación; los mismos ejercicios de penitencia; en una palabra, todo cuanto hacía por su adelantamiento en la perfección y por el provecho espiritual de sus prójimos en estado de perfecta salud, todo lo mismo practicó en los primeros meses de su enfermedad; y aun añadió a la perfección de estos actos la más completa conformidad con el beneplácito del que es Dueño de la vida y de la muerte, y la purísima intención de no buscar en sus padecimientos sino la mayor gloria de Dios, y la satisfacción de los pecados que, a su juicio, había cometido en los años de su vida; y sólo cuando se vio totalmente falto de fuerzas para andar, sólo cuando la prescripción facultativa del médico y el precepto del Superior le obligaron a ello, se acostó en la cama, de la que no debía levantarse sino para ir a gozar de la paz y bienaventuranza eternas.
Vióse, pues, en la precisión de rendirse a una cama decente, por espacio de quince días que transcurrieron hasta su muerte; pusieron en ella sábanas, que nunca las había usado, y le obligaron a ponerse una camisilla, que aceptó por obediencia, aunque no sin mucho sentimiento suyo, pues había más de veinte años que no la llevaba; y sacándole del aposentillo, o mejor dicho, de aquella especie de nicho sepulcral en que había vivido, le colocaron en un cuarto decente y arreglado según las conveniencias de la enfermedad y en conformidad con el amor que en la casa le tenían.
Allí, en el lecho del dolor, descubrió el riquísimo tesoro de virtudes que encerraba su alma; la obediencia, siguiendo en todo las prescripciones de los médicos y del enfermero; la humildad, manifestando a todos cuán indigno era de las atenciones que le guardaban; la gratitud, manifestando con las palabras y con el semblante lo agradecido que quedaba, por el servicio más insignificante que se le hacía; la mansedumbre, tratando con dulzura a cuantos le servían o visitaban; la paciencia, sufriendo en silencio las penalidades que lleva consigo la enfermedad; el sufrimiento, ahogando interiormente los movimientos de la naturaleza, que siempre tiende a quejarse; la resignación, disimulando los defectos de las personas encargadas de su cuidado; la conformidad con la voluntad de Dios, aceptando los males y achaques de la enfermedad como venidos de una mano amorosa, que no hiere sino para sanar, ni se sirve del castigo más que para demostrar el amor que tiene a los hombres; y, finalmente, la práctica de todas las virtudes, juz-lose dichoso en imitar a Jesús paciente, dolorido y agonizante, a quien siempre tuvo por regla de su conducta y modelo de sus acciones.
Conociendo que se acercaba su última hora, pidió por sí mismo los últimos Sacramentos, para cuya recepción se dispuso con repetidos actos de fe, esperanza y caridad, nacidos del ardiente calor de aquel horno de amor divino en pie se abrasaba su pecho. A la administración del Santo Viático asistió todo el Cabildo de la Catedral, acompañado le otras personas no menos ilustres por su posición, virtud y ciencia, y de muchos sacerdotes de la ciudad y de los pueblos circunvecinos amigos del Sr. Sen-just y a quienes este honraba con su amistad y confianza. Recibió el Santo Viático con singulares muestras de devoción, que hicieron derramar lágrimas a cuantos asistían a tan conmovedor acto. Después de este acto entró el Superior de la casa a pedirle consejo para el gobierno y dirección de la misma, al que contestó con aquellas palabras de la Escritura, que tuvieron muchos por profecía: Qui coepit opus bonum, ipse perficiet. El que dio comienzo a esta buena obra, la llevará a feliz término.
Agravósele la enfermedad, y creyeron los médicos y el Superior de la casa ser llegado el momento de administrarle la Extrema Unción, que recibió con singular espíritu de penitencia; hízose después la recomendación del alma, a la que respondió con pausa, con gran devoción y con tal serenidad, que no fuera mayor si estuviera sano. Finalmente, con los ojos fijos en un Crucifijo que tenía en las manos, y entre dulces jaculatorias que él mismo hacía, entregó su hermosa alma en manos del Creador el 2 de Julio de 1708, a las tres de la tarde.
Fue su muerte universalmente sentida y llorada en toda la ciudad, así dé nobles como de plebeyos, lo mismo de sacerdotes que de seglares, y muy grande el concurso de fieles que acudió a la casa de los Misioneros durante los dos días en que estuvo expuesto el cadáver en un túmulo rodeado de ocho hachas, si bien él, en su profunda humildad, dejó dispuesto en su testamento le enterrasen sin pompa y que sólo alumbrasen su cuerpo con cuatro velas como pobre. Por espacio de tres días consecutivos se celebraron honras fúnebres en su memoria, distinguiéndose el Cabildo en ellas, y más aún la Conferencia de los Sres. Eclesiásticos, que el difunto había fundado y de la que fue primer Presidente hasta su muerte, la cual fue concurridísima de toda suerte de personas, distinguiéndose entre ellas varias de la nobleza extranjera y en la que con no menor elocuencia que fervor religioso predicó las virtudes del difunto el señor Doctor Francisco Garrigo.
Así murió el Sr. Sen-just, después de una vida llena de merecimientos y empleada toda ella en beneficio espiritual del prójimo. A él cupo la gloria de ser el fundador de la Congregación de la Misión en España, él fue el primer novicio recibido en el seno de esta bendita Madre en tan hidalga tierra, él la ilustró con los continuos ejemplos de su virtud durante los cuatro años que vivió en ella, y él fue el primero en volar a las mansiones de la gloria para recibir la magnífica recompensa que Dios tiene preparada a los que le sirven y aman con fidelidad en la tierra. Imitemos sus virtudes y seremos partícipes de su gloria.






