Vida y Virtudes del sr. Sen-Just (II)

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Autor: Mariano Torres · Año publicación original: 1904 · Fuente: Anales Madrid, 1904.
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ESCUDOCMSU PEREGRINACIÓN A ITALIA Y TRABAJOS DE SU VIAJE
Empecemos la narración de tan prodigioso viaje con las mismas palabras de Francisco: «Este intento (habla de la fundación de una Compañía que tuviese por fines los que tiene la Congregación de la Misión) jamás pudo lograrse, pues no fue Dios servido darme compañeros para tan calificados empleos, y así sólo en ellos ejecuté lo que cupo en mí la posibilidad por espacio de unos diez y ocho arios; y sucediendo después el fatal asedio y pérdida de Barcelona, que ocasionó, aun a los más retirados, el haberme de inmiscuir en dependencias poco ajustables a. la perfección de vida que se requiere en los eclesiásticos; por estas cosas pareció a mi Padre espiritual el ser muy conveniente a mi alma el que yo hiciese alguna ausencia larga de estos países; y por hallarse vecino el Año Santo, pareció sería lo mejor procurar ganar la indulgencia.
No era esta la primera vez que sentía devoción en visitar el santuario de Nuestra Señora de Loreto, pues muy joven aún intentó repetidas veces hacerlo, y lo hubiera ejecutado a no impedírselo sus padres. Pero muertos éstos, ya no hubo obstáculos que no venciese ni voluntad contraria a la que no se opusiese; así es que, tanto para satis-facer su devoción, como para seguir el dictamen de su Padre espiritual, que lo era Fray Juan de la Concepción, Carmelita descalzo, determinó partir secretamente en compañía solo de Miguel Xuriach, muchacho entonces de diez y seis a diez y ocho años.
No quiso salir de Barcelona sin antes visitar y despedirse de Santa Eulalia, a quien siempre profesó singular devoción; y cumplido este acto de gratitud a la Santa, salió de la ciudad el 17 de Septiembre de 1698 para Alba de Tormes, porque tampoco se resolvía a dejar su patria sin antes visitar igualmente el sepulcro de Santa Teresa de Je-sús, su gran protectora, cuyas huellas siguió tan de cerca. Salió, pues, el citado día de Barcelona para Alba: caminaba siempre a pie con su báculo, meditando la vida de Cristo, en la cual se recreaba, diciendo a menudo a su compañero: Vulpes foveas habent, et volucres coeli nidos; Filias autem Hominis non habet ubi caput reclinet. Matth.; su vestido interior era una túnica de lana y el exterior una sotana y manteo, que no se quitó en todo el camino; comía una sola vez al día, y únicamente manjares cuadragesimales, es decir, sopas, huevos (cuando los hallaba) y frutas secas; no bebía vino, y para dar al cuerpo el necesario reposo buscaba un banco o mesa, y si no lo hallaba dormía sobre el duro suelo. En cierta ocasión quiso echarse sobre una cama vestido (así dormía siempre) porque el suelo estaba lleno de suciedad é inmundicia; mas no pudo permanecer en ella, y pasado un largo rato hubo de levantarse, y acomodándose como pudo se acostó en el suelo.
Levantábase de ordinario a las tres de la mañana; acto continuo empezaba la oración, en la que permanecía por espacio de más de una hora; rezaba después las Horas menores, y partía del mesón antes de amanecer, rezando una parte de Rosario con el compañero, explicándole al propio tiempo los misterios de la Vida y Pasión de Cristo; siéndole preciso a veces interrumpir el rezo por la devoción que sentía, y prorrumpir en fervorosas jaculatorias de amor y arrepentimiento para satisfacer, mejor dicho, para mitigar la llama del amor divino que abrasaba su pecho. Su conversación era de cosas espirituales, cayendo con frecuencia sobre la Doctrina cristiana o sobre la Pasión del Señor, en la cual continuamente meditaba.
Al salir del mesón, y después de haber tomado la frugal comida que se ha dicho, rezaba la segunda parte del Rosario como en la mañana, aplicándola por las almas de los fieles difuntos; y antes de recogerse por la noche al mesón, procuraba rezar la tercera. Esto hizo todos los días de su peregrinación.
En su viaje a Alba de Tormes entraba por mucho el visitar los dos santuarios más célebres de Cataluña y Aragón respectivamente, y aun puede afirmarse que de toda España, el de Montserrat y el de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza. Llegó a Montserrat, y apenas esperaba dar alas a su devoción y entregarse a las dulces expansiones del alma enamorada de María, cuando tuvo que abandonar precipitadamente el venerable santuario, por haber dado en él con tres caballeros catalanes muy afectos a Francisco y a la familia de éste, temeroso de que, conocida su estancia en Montserrat por sus deudos, le estorbasen la visita que había emprendido sin ellos saberlo.
Y para mejor ocultarse a las pesquisas de sus parientes y de más fácil suerte burlar las diligencias que éstos pudieran intentar para desaconsejarle de su buen acuerdo, se dirigió a Zaragoza por sendas desconocidas, salvando montes y marchando a pie firme por veredas apartadas del camino real.
En Zaragoza hizo una Novena a la Virgen del Pilar y celebró los nueve días en la capilla de esta Señora, teniendo grandes ratos de oración ante aquella bendita imagen, que ha visto arrodillarse a sus pies cien generaciones de fervorosos creyentes y multitud de verdaderos hijos atraídos allí por los favores recibidos ó en demanda de nuevas gracias y favores.
De Zaragoza partió para Madrid, en cuya villa sólo se detuvo tres días por ser—dice–en ella muy conocido. De Madrid se dirigió a Toledo, permaneciendo en ella ocho días; de Toledo fue al Escorial, y de aquí marchó a Ávila, cuna de Santa Teresa, para pasar de ella a la ciudad de Alba.
Púsose en camino, y al anochecer llegó a un mesón en que se recogió, gozoso al considerar que en la mañana siguiente se verían cumplidos con hartura sus deseos. Mas aquí le aguardaba la tribulación y el sufrimiento; porque el Señor, como buen Padre, quiere avezar a sus hijos al trabajo, para que así fortalecidos y hechos a las privaciones y desconsuelos no fíen en sí, sino que pongan su confianza en la Bondad divina; y los alimenta antes con el pan de la tribulación, para darles a gustar después el manjar del consuelo. Así sucedió a Francisco. Llegó, como queda dicho, al mesón; toda la noche estuvo lloviendo, y como el camino era difícil por razón de la lluvia y del lodo, salió antes de amanecer y lloviendo como estaba, teniendo la desgracia de entrarse por una gran charca de agua, a la cual se agregó un fuerte vómito acompañado de recias calenturas, poniéndole en tal aprieto que dijo a su compañero: que si semejante accidente le hubiese sobrevenido en casa, hubiera pedido el Viatico y la Extremaunción, porque sentía agonías de muerte. Mas nada fue capaz de hacer volver atrás al esforzado varón, quien, desafiando la lluvia y llegando ligera brisa el recio viento que corría, y haciendo caso omiso de las muchas veces que dio consigo en tierra, entró en la ciudad de Alba. Y ¡cosa extraña! ¡singular prodigio de la Providencia para con Francisco! Iba a cambiarse la ropa para decir la Santa Misa, cuando con gran extrañeza suya, y no menor del compañero que llevaba, se encontró enjuto y sin lesión alguna y como si acabara de salir de su casa para emprender el camino. Dijo Misa, e hiciéronle quedar los Padres algunos días, en los que estuvo regalándose con Santa Teresa su protectora.
Parecióle que encontrándose en Alba debía visitar el sepulcro del Apóstol Santiago, y así se encaminó a Galicia, no sin sentir otro vómito recio, aunque no tan fuerte como el anterior. Llegado a Santiago, resolvió visitar dos célebres santuarios bastante apartados de la ciudad, y al volver contó a Miguel Xuriach, que en esta ocasión no le acompañó, el siguiente caso que le había acontecido; y fue habiendo sobrevenido una grande tempestad de agua lento, se engrosó mucho un río que había de pasar y emitió vadearlo, aunque desistió de ello por haber sido alcanzado de un hombre que mucho tiempo le iba detrás clamando que no se atreviese a hacerlo; él creyó ser un Angel; porque si no le hubiera dado alcance, probara pasarlo y se hubiera perdido sin remedio.
Era por aquel entonces Canónigo de Santiago el señor Manuel de Silva, gran allegado de los parientes de Francisco, y estaba prevenido de Barcelona que velase sobre la llegada del Arcediano Sen-just , y así tenía dada orden a los sacristanes que pidiesen las letras testimoniales a tal sacerdote (y les dio las señas) si llegaba; y sucedió que, entrando por primera vez en la iglesia nuestro Francisco a hacer oración al Santo Apóstol, topó con D. Manuel, y acercándose éste a él le dijo: «Usted es el Sr. Senjust». Turbóse el Arcediano al oirse nombrar por su apellido, y esta turbación le declaró al otro, quien le llevó consigo a su casa, tratando a él y al compañero de viaje con el agasajo y regalo que a tales huéspedes convenía.
Fue causa de tristeza para Francisco verse así regalado y agasajado; mas con santa industria supo burlar la vigilancia de D. Manuel, y así dormía sobre esteras, deshaciendo al levantarse la cama, para que no fuese conocida su penitencia. Refiriéndose a su permanencia en casa de Don Manuel, solía decir que en ninguna parte había estado más incomodado.
Pasados tres meses que estuvo en Santiago, continuó su camino con las mismas incomodidades y cansancio, comiendo y durmiendo con la parsimonia acostumbradas. De Santiago se trasladó a Burgos; aquí se detuvo ocho días para visitar la imagen del Santo Cristo que se venera en la ciudad; transcurridos los ocho días, salió para Logroño. Había en Logroño una ley, según la cual todo castellano que pasaba a Navarra debía denunciar el dinero que llevaba, de otra suerte lo perdía todo; é ignorando Francisco esta ley, acertó a preguntar a los mismos guardas el camino de Viana, a que respondieron: ¿Ustedes van a Viana?
Vengan acá; y les hicieron entrar en una estancia, despojándolos hasta de sus vestidos para ver si tenían dinero. Fue ésta la mayor mortificación de toda su vida, según confesaba él mismo después, por verse así desnudo, descubiertas sus carnes y patentes sus cilicios. Interrogáronle quién era; mas habiendo negado siempre, por no manifestarse, se quedaron los guardas con 24 pesos de a ocho y le devolvieron lo demás; y fue especial favor del Cielo el haberle acaecido este suceso; porque cuando los caminantes denunciaban el dinero que traían, los guardas tenían secreta inteligencia con los ladrones, a quienes daban conocimiento para que, saliéndoles al camino, les robasen y entrasen con ellos a partir en el hurto.
En Pamplona visitó al Capitan general Pignatelli, casado con una pariente suya, para pedirle pasaporte a Francia. Instóle el General a que permaneciese en palacio; mas nunca quiso hacerlo, yendo a hospedarse en un convento de Carmelitas descalzos. De Pamplona tomó camino de Roncesvalles, haciendo posada en casa de D. Simeón de guinda, Canónigo entonces de aquella Colegiata, quien tos regaló y dio órdenes de que les acompañasen hasta la frontera de Francia.
Si tuvo mucho que sufrir en su peregrinación por España, fue sin comparación más lo que padeció en el vecino reino. Llegó sin ningún percance a Bayona; más en el trayecto de esta ciudad a Tarbes tuvo que caminar siempre con lluvia, con fuertes dolores de cabeza y vientre, hinchados y llagados los pies y con una muy recia calentura, que le obligó a permanecer tres días en Tarbes. De Tarbes partió a Tolosa; de aquí por mar hasta Bisiero, y continuando d pie su viaje llegó a la ciudad de Arlés. En este último trayecto negáronse los dueños de los mesones a darle de comer y proveerle de alimentos, por ser ellos herejes y verle a él tan mortificado y amigo de manjares cuadragesimales.
Mayor fue el sentimiento que tuvo en esta ciudad cuando, presentando sus credenciales al Vicario general de la Diócesis para celebrar misa, recibió de éste innumerables afrentas y desprecios, vituperios y burlas como éstas: «¿Qué andáis a buscar en Roma? Canónigo sois; Prior sois que vais a hacer Concilio; qué, ¿vais a buscar las absoluciones de los franceses que matasteis en Barcelona en 1697?» Y tan descortés se mostró el Vicario, que aun después de comprobada su inocencia y virtud, se negó a darle licencias para celebrar.
Por esto se apresuró a dejar aquella ciudad y partir a Marsella, en donde con mucho trabajo y dificultad pudo decir misa, por no presentar las licencias de Arlés, sobre lo cual preguntado respondió que no las traía, porque no se las habían querido dar. En Marsella visitó la cueva en la que, según tradición, hizo asombrosa penitencia la Magdalena, distante siete leguas de Marsella; después bajó al convento de San Maximino, en donde se venera el cuerpo de la Santa; y cumplidas sus devociones, salió de Marsella para Niza, y de Niza para Turín, no sin antes haberse visto precisado a pasar un gran río, parte en brazos de hombres y parte en una miserable barquichuela.
Llegado a Turín, fue su primer cuidado visitar la Sabana Santa. Visitó también otro santuario en los estados de Milán y pasó después a esta ciudad, en donde dio muestras de su amor a la humildad; pues, vendiendo fresas por las calles, él las compraba y comía; y avisado del compañero de que la gente se mofaba y reía, contestó: «que se mofasen y burlasen y dijesen de él cuanto se les viniese a la boca».
Salió de Milán para Venecia, y aquí se embarcó para Asís con mucha gente que iba a ganar el Jubileo de la Porciúncula. El vómito fue causa de que los pasajeros se burlasen de él y de su compañero; mas sobreviniendo luego una muy violenta tempestad, nuestro Francisco tomó un Crucifijo y el Breviario y se puso a conjurarla. Fue cosa que puso admiración a todos, porque al punto se sosegó la mar, quedando como una balsa de aceite; y los que antes le despreciaran, comenzaron a pregonar a grandes voces su virtud y santidad, llamándole con respeto: «Il Santo! ¡Il Santo! Arribaron, pues, felizmente a Pessero, y, ganado eI Jubileo, determinó subir al monte Alvernia, en donde tuvo lugar la impresión de las llagas de San Francisco, su patrono.
A tres horas de subida al monte había un convento de franciscanos, en cuya subida le aconteció lo mismo que al entrar en Alba; mas persuadido de que era artificio del demonio para hacerle desistir de su buena empresa, no se Acobardó, y tomando bríos llegó al convento, donde fue cordialmente acogido de los religiosos, que al verle salie1 ron a recibirle con los brazos abiertos. Mas no cesando el mal, le aconsejaron abandonase la estancia, y una vez que hubo bajado del monte, cesaron repentinamente los dolores.
De Asís emprendió su viaje a Loreto, que era el fin de su peregrinación. Un mes se detuvo en Loreto, y en este mes ¿quién podrá referir las consolaciones que tuvo, los regalos y caricias que recibió de la Reina de los Cielos? Casi todo el día pasaba en oración en presencia de María, y, a no dudarlo, que esta tierna Madre de amor y misericordia recompensaría abundantemente los trabajos y fatigas hasta entonces sufridos con dones, mercedes y carismas celestiales que Francisco supo ocultar a los ojos de los hombres, para saborearlas mejor en lo más íntimo de su alma y en la presencia de Aquel que comunica sus gracias y dones a los humildes: Humilibus autem dat gratiam.
De Loreto tornó a Asís, en la que estuvo hasta el 4 de Octubre del mismo año (1699). Al día siguiente salió de Asís para Roma, sin saber por qué iba a la Ciudad Eterna; sí sólo que había dentro de él algo que le impulsaba a visitar las iglesias de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.
Allí encontró a D. Benito Vadella, Arcediano de Besalú, que había recibido cartas de Barcelona, quien lo llevó a su casa. En Roma se detuvo siete meses, visitando de continuo todos los templos, santuarios y lugares de devoción, desahogando su fervor y corriendo todos los días las estaciones de Roma.
Al cabo de pocos días de su estancia en Roma, le habló D. Benito Vadella del Instituto de la Misión, explicándole en qué consistía; llevóle, además, a la Casa de Monte Citorio que tiene la Congregación en Roma, en donde fue recibido de aquellos Padres con grandes muestras de veneración y aprecio, y a donde iba frecuentemente a celebrar la santa Misa; e informado bien de aquel Instituto, dijo: «Ahora entiendo bien por qué Dios me ha traído a Roma.» Y quedó con tanta consolación de haber sabido que en la Iglesia de Dios existía ya tal Congregación, que le rebosaba por todo su interior, y se vio, con todo lo que sucedió, que no paró hasta llevarla a Barcelona.

 

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