Vida de santa Luisa de Marillac. 07. En los hospitales

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1992.
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En los hospitales

A FINALES de noviembre de 1639, Luisa de Marillac emprende un largo viaje. No volverá a París hasta febrero de 1640. Va a Angers a llevar a tres Hijas de la Caridad solicitadas para cuidar a los enfermos del hospital. Este servicio dentro de un centro es nuevo para la joven comunidad, que hasta entonces visitaba a los enfermos en su domi­cilio. La sra. Goussault, presidenta de las Damas de la Caridad de París, deseaba que las hermanas fueran a Angers, pues había podido comprobar el desorden que reinaba en el hospital, porque tenía una propiedad en Bourgneuf, a unos kilómetros de esta ciudad. Una solicitud, dirigida al rey por los concejales de Angers al principio del año, señala que «los enfermos están privados de todo socorro». Estos enfermos abandonados, que no reciben cui­dado alguno (es preciso llevar el alimento del ex­terior), y sin ninguna asistencia espiritual durante su enfermedad y en el momento de la muerte, son para Vicente de Paúl y Luisa de Marillac pobres que llaman. Son los «señores», a los que es preciso ir. El pobre es el inspirador del servicio.

Luisa de Marillac llega a Angers el 5 de diciem­bre. La duración del viaje y el mal tiempo han agravado la bronquitis que arrastra desde antes de su partida. El sr. cura de Vaux, vicario general, la acoge en su casa con gran benevolencia. Entre ellos se establecerán unas relaciones respetuosas y de amistad a la vez. El sr. cura de Vaux será para las hermanas un consejero seguro y un director espiri­tual vigilante. Las tres hermanas ponen inmediata­mente manos a la obra. En la gran sala del hospital (transformada actualmente en museo) se colocan cien camas en seis filas. Una epidemia de peste obliga a acostar dos o tres enfermos en un lecho. Luisa de Marillac, que comprueba la ingente tarea de las hermanas solicita con urgencia de Vicente de Paúl el envío de otras tres hermanas. Margarita Fran~ois no resiste a la fatiga y al contagio; fallece unas semanas después de su llegada.

Apenas le es posible, Luisa de Marillac se reúne con los Padres de los pobres, como se llamaba a los administradores de los hospitales. Estos desean que conste en acta la llegada de las hermanas al hospital. Todas las partes la firman el 1 de febrero de 1640. Los administradores piden también que se precise en un contrato los poderes de los superiores de París, los de los administradores y el servicio pedido a las hermanas. Se entabla una larga discu­sión sobre los diferentes artículos, discusión que prosigue por correo después de la vuelta de Luisa a París. El contrato no se firma hasta marzo de 1641; su registro en el senescalado de Angers le confiere carácter oficial. Los administradores acep­tan la dirección espiritual del superior general de la Congregación de la Misión y conceden a las her­manas libertad para vivir según su Regla. En lo que concierne al servicio de los enfermos y al gobierno del hospital, las hermanas están bajo la dependen­cia de los administradores. Este primer contrato hospitalario servirá de base a los establecidos lue­go en Saint-Denis, Nantes, Hennebont, Cháteaudun… Un artículo, que actualmente puede sorprender, precisa que «las mencionadas hijas tendrán solas y sin que se les pueda asociar ninguna mujer joven, el cargo de los dichos pobres, a fin de que mediante la unión y relación entre ellas, los pobres sean mejor servidos». En los hospitales había mujeres dedicadas al servicio de los enfermos; la mayoría de las veces se alojaban y alimentaban en ellos; algunas pagaban cierta cantidad para obtener per­manecer en el hospital hasta su muerte. Al no tener ya preocupaciones financieras, estas servidoras descuidaban poco a poco su trabajo. A1 precisar que las hermanas estarían solas en el servicio de los enfermos, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac quieren evitar toda confusión entre estas sirvientes retribuidas y las Hijas de la Caridad, cuya forma de vida y vocación son aún poco conocidas. Es una manera de asegurar la fidelidad a la misión confia­da y la cohesión de la pequeña comunidad hospitala­ria. Este artículo será con frecuencia fuente de dificultades, ya que se pide a las antiguas sirvientas que abandonen el hospital. En Angers, Luisa de Marillac vela para que se les encuentre una situa­ción decente en otro sitio. En cambio en Mans las servidoras, enteradas de la próxima llegada de las Hijas de la Caridad, rehúsan cualquier modifica­ción en el funcionamiento del hospital. A pesar de los esfuerzos desplegados por los lazaristas, padres espirituales del hospital, las hermanas no pueden entrar en él. Después de tres semanas de espera, han de renunciar a ello y se vuelven a París. En Montreuil-sur-Mer, las antiguas servidoras perma­necen en el lugar; la colaboración resulta tan difícil que Vicente de Paúl llama a las hermanas tres años después de su llegada.

Antes de partir para Angers, las hermanas han recibido de manos de Vicente de Paúl su «regla­mento de vida», que precisa el sentido que deben dar a su trabajo en el hospital y las medidas que ha de tomar para realizarlo bien:

«La primera cosa que nuestro Señor pide de ellas es que lo amen soberanamente y que todas sus acciones sean por amor a él; y la segunda que se quieran unas a otras como hermanas a las que él ha unido con el lazo de su amor y a los pobres, como sus señores, puesto que nuestro Señor está en ellos y ellos en nuestro Señor» (Doc. 247).

La relación de la Hija de la Caridad con el pobre y con el enfermo es una relación de servidora con señor. En el siglo XVII, los campesinos, las jóve­nes y mujeres de la clase pobre tienen en general una actitud de respeto y de obediencia para con el propietario del castillo del que dependen sus gran­jas. Vicente y Luisa adoptan estas actitudes, pero invirtiéndolas. Las hermanas han de respetar y ser­vir a los que habitualmente no son considerados, a los que Jesucristo reconoce como sus hermanos. Ellos se convierten para toda Hija de la Caridad en «sus señores y amos». El hospital del siglo XVII acoge a toda suerte de mendigos y vagabundos, a los que no tienen techo ni a nadie que los cuide durante sus enfermedades. Estos hombres y muje­res son frecuentemente rudos, «sucios y chillones». Detrás de esta áspera corteza, las Hijas de la Cari­dad son invitadas a ver la grandeza de todo ser humano. Luisa de Marillac recuerda constantemen­te en sus cartas la importancia de esta mirada valorizadora. Solamente respetando la dignidad del pobre es posible hacer que recobre el sentido de la vida.

«Mis queridas hermanas, sed muy afables y dulces con vuestros pobres; sabéis que ellos son nuestros amos y que es preciso amarlos tiernamente y respetarlos mu­cho. No basta con que estas máximas estén en nuestro espíritu; es preciso que demos testimonio de ellas con nuestros cuidados caritativos y dulces» (E. 319).

Luisa de Marillac enseña a las hermanas gestos sencillos, pero que traducen el respeto debido al amo. El siglo XX ve en ellos cuidados de higiene elemental, pero en el siglo XVII esos gestos eran inusitados entre los pobres.

«Os ruego que no se deje nunca de lavar los pies de los enfermos que entran, que se les lave la ropa y se los trate con gran dulzura y caridad: vuestra obliga­ción es que tengan los remedios y el alimento a tiempo» (E. 290).

«No sé si tenéis la costumbre de lavar las manos de los pobres; si no lo hacéis, os ruego que os acostum­bréis a ello» (E. 329).

A las hermanas del hospital de Nantes, Luisa les recuerda la importancia de «tener a los enfermos bien limpios» y de dar a cada uno una servilleta personal.

El respeto no puede limitarse al aspecto corporal y material. Hay que tener en cuenta toda la dimen­sión espiritual del ser humano; es lo que Luisa de Marillac y Vicente de Paúl llaman el «servicio espiritual de los pobres». Las Hijas de la Caridad, con su comportamiento y sus palabras, revelan a Jesucristo. Para ellas, trabajar en la humanidad de los pobres es trabajar en su evangelización. Cristo redentor le descubre al hombre la sublimidad de su vocación y el sentido de su existencia en el mundo (cf «El redentor del hombre», Juan Pablo II).

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