Vida del Señor Vicente de Paúl: Capítulo 9

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Jaime Corera, C.M. · Year of first publication: 1988.
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9

(1654)

sanvibibliaParece, sin embargo, que el año de l654, terminados por fin los años de la Fronda y establecida la tranquilidad con la vuelta de Mazarino al gobierno, comenzó también para el señor Vicente con un tono un poco más tranquilo y hasta parece que más optimista. En febrero se atreve a aventurar, este hombre que nunca se mostraba satisfecho de sus obras, que la más cercana a él mismo, la Congregación de la Misión, no estaba del todo en mal estado: «Hay motivos para alabar a Dios por las informaciones que me llegan de todas nuestras casas, en las que todo va bien, gracias a Dios, tanto en lo que se refiere a la salud como a los trabajos». De su propia salud tampoco se puede quejar. Escribe en marzo: «Sigo bastante bien de salud», también «gracias a Dios», por supuesto. Su trabajo personal había disminuido un poco al venir la paz civil sobre la capital. Se hacía también ya innecesaria su actividad de mediador en cuestiones políticas, actividad que sin duda le desagradaba mucho, como mucho le desagradaba su participación en el Consejo de Conciencia, del que había sido dado de baja, con mucha alegría por su parte, en 1652.

Pero aún le quedaban muchas y muy importantes cosas. Estaba en primer lugar el gobierno de su propia congregación, que a la sazón contaba con unos 200 miembros en veinte casas esparcidas por Francia, Italia. Polonia, con algunos de sus hombres en lugares remotos y peligrosos, como Escocia, el norte de África, Madagascar. Con todos ellos mantenía una muy abundante correspondencia que era en muchos casos semanal. Un vistazo sumario a la correspondencia que aún se conserva de este año ofrece un panorama increíblemente variado de las preocupaciones diarias de ese anciano de 74 años: cartas a obispos y cardenales, cartas sobre múltiples asuntos de la iglesia de Francia, sobre muy variados asuntos económicos, sobre los esclavos de África, los galeotes, los niños abandonados, las cofradías parroquiales y la del Hotel­Dieu, la Visitación, las hijas de la caridad, la campaña de socorros a Picardía. Aun así encontraba tiempo para ayudar a sus hombres en las misiones de algunas aldeas cercanas, para supervisar en ellas la marcha de la cofradía de caridad. Escribe en junio: «He ido a restablecer una (cofradía de) caridad en el campo y volví ayer demasiado tarde, con lo que hoy me encuentro sobrecargado de trabajo». Rara vez se quejó este hombre por exceso de trabajo, pero se ve que no le quedó más remedio que hacerlo en esta ocasión, y en un par más de ocasiones a lo largo del año. Aunque siempre le parecía poco todo lo que hacía. Tal vez no fuera que le pareciera poco, y ni siquiera tal vez pensara en ello. Pero con toda seguridad lamentaba en el fondo de su alma que las numerosas obligaciones que habían ido cayendo sobre sus hombros a lo largo de los años le impidieran hacer lo que a él más le gustaba, lo que le había introducido desde el ya muy lejano 1618, en el mundo de los pobres: las misiones a los campesinos. Escribe hacia el final del año a sus hombres de la casa de Génova, notada desde su fundación en 1645 por su fuerte y constante dedicación a los trabajos misioneros: «¡Qué gran confusión siento al verme tan inútil en el mundo en com­paración con ustedes!». Para decir lo cual con sinceridad hacía falta que efectivamente sintiera una gran añoranza por sus lejanos tiempos de misionero rural. Pero también que tuviera un cierto muy sutil sentido del humor.

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Sólo un hombre como él podía esperar razonablemente, y conseguirlo, que hasta gentes frágiles como sus jóvenes hijas de la caridad no sólo fueran trabajadoras y santas a la vez, sino que se hicieran santas a través de una vida de trabajos duros y humildes. Pero casi excedía los límites de lo razonable el esperar que se hicieran santas en trabajos que, además de ser duros, eran extremadamente arriesgados. Vicente había enviado a sus hombres a trabajar como misioneros en el medio brutal de los ejércitos de aquel tiempo, formados mayormente por mercenarios depre­dadores, blasfemos, endurecidos en toda suerte de malas costumbres. Del mis­mísimo gran Condé, conocido mujeriego en tiempos de paz, murmuraban con malicia grandes damas de París que mostraba poco interés por ninguna de ellas a la vuelta de alguna campaña. La vida en el campamento militar le había dado gusto y afición por otro tipo de relaciones muy diferentes de las normales. Podía el señor Vicente enviar a sus hombres a trabajar en un mundo como aquel siempre que se tomara, ante los riesgos fácilmente previsibles, sus buenas precauciones, que él les señalaba con detalle en el reglamento de vida del que se habló arriba. ¿Pero no parecía exceder los límites de lo sensato enviar al mismo medio a unas frágiles e inocentes doncellas campesinas? Alguna de ellas se atrevió a preguntarle «cómo tenían que portarse las hermanas con los soldados convalecientes». Y él les dijo: «Con mucha caridad y mucha modestia. Como ya están menos enfermos habrá que tener mucho cuidado, igual que con los que están bien del todo. Y si alguno se atreve a hacer el insolente, le amenazáis con quejaros a la autoridad. No os acerquéis a ellos más de lo que exija la atención que necesiten».

En julio de 1654 envió a cuatro de ellas a Sedán, uno de los lugares más castigados por la fricción entre ejércitos imperiales y franceses, «a asistir a los pobres enfermos», es decir, a los soldados heridos. El se sentía obligado a hacerlo porque «habéis sido escogidas por Dios, quien, aunque hay muchas jóvenes en Sedán y alrededores, no ha puesto sus ojos en ellas sino en vosotras». La idea de enviarles a Sedán había venido de la reina que «si bien no es nada comparada con la voluntad del Dios, es también muy importante. Hijas mías, ¡la voluntad de Dios! Eso sí que os obliga a marchar allá con todo entusiasmo». Entusiasmo tendrían que poner, y no poco, pues marchaban allá nada menos que con el encargo de «hacer lo que Jesucristo hizo en la tierra, devolver la vida a las almas de esos pobres heridos y ayudarles a bien morir con vuestros ejemplos y exhortaciones, o a recobrar la salud con vuestros remedios, cuidados y atenciones. Los hombres van allá para matar, y vosotras vais para dar vida». Se podría pensar que ante un programa como ése en un medio tan hostil tendría que apelar el señor Vicente a su indiscutible autoridad para conseguir que alguna de ellas estuviera dispuesta a asumir un trabajo que rondaba los límites de lo heroico. Pero no tuvo que hacerlo; Vicente sabe muy bien, y se lo dice, que «hay muchas entre vosotras dispuestas a ir allá».

Fueron a Sedán, y más tarde, ante el éxito que tuvo este primer experimento, a otros lugares en años posteriores, a trabajar como enfermeras sacrificadas en una actividad que era nueva para ellas, pero que estaba sin duda en la línea de trabajo por los pobres que habían vivido con toda pureza desde su fundación. De paso, y sin pretenderlo ni darse cuenta de ello, se constituían en las primeras enfermeras profesionales en la historia militar de Europa, y aun del mundo.

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Unos pocos días antes de que enviara a sus cuatro hijas de la caridad a Sedán recibía el señor Vicente una carta de uno de sus misioneros en Polonia, asustado por unas «señales extraordinarias» que parecían ser «indicios de que iba a pasar algo malo». El señor Vicente le advierte para calmarle que «no conviene detenerse en esos tristes augurios», pues no es nada seguro que sean presagios de males que vayan a suceder. Pero le añade que, de todos modos, «convendrá redoblar las oraciones para que Dios quiera apartar de su pueblo esos males con los que tal vez tenga el designio de afligirle». No había ni rastro de espíritu mágico en el carácter de este anciano, pero sí mucha fe. Informa a su misionero de que «por aquí nos amenaza un eclipse de sol, el más maligno que ha habido desde hace varios siglos»: y le dice acto seguido: «Le ruego que me escriba si será también visible en Polonia, y que me indique todos los detalles».

«Todos los detalles»: él iba a ver con sus ojos el eclipse en París, y quiere además saber cómo se ve en Polonia. No siente inquietud ninguna ante el extraño y poco frecuente fenómeno, pero sí mucha curiosidad. Fue la curiosidad, y también el poder calmar las inquietudes de su corresponsal polaco, lo que le llevó a hablar con el «señor Cassandieux», o sea, el canónigo Gassendi, uno de los nombres más conocidos del siglo XVII en matemáticas, filosofía v astronomía. De él dice Vicente que «es uno de los más sabios y experimentados de estos tiempos, y se ríe de todos esos temores». Gassendi dio al señor Vicente una descripción científica de los eclipses, descripción que él a su vez transmite a su corresponsal para asegurarle que «no hay por qué temer este eclipse. Los sabios entendidos en astronomía no muestran ninguna preocupación: mucho menos los que están ins­truidos en la escuela de Jesucristo, pues saben que el hombres sabio dominabitur astris». Vicente, que a los 27 años sabía construir «bellas cosas geométricas», da a veces la impresión de que se hubiera encontrado muy a gusto en compañía del joven Pascal, que, para ayudar a su padre en la complicada labor de recaudación y contabilidad de impuestos, inventaba la máquina de calcular.

Vicente de Paúl tenía un espíritu tan inquisitivo como el de Pascal, tan racionalista como el de Descartes, pero mucho más realista que ambos, sobre todo que el segundo. Precisamente Gassendi, que murió al año siguiente del eclipse, había objetado años antes contra la posición idealista de Descartes que, seguridad por seguridad, tan firme era la que ofrecía el realismo, o sea la postulación acrítica de la veracidad fundamental del mundo exterior, como la que pudiera ofrecer cualquier tipo de experiencia mental del sujeto pensante, incluyendo la aparen­temente indestructible seguridad del cogito cartesiano, como principio inconmo­vible de todo pensar y de toda realidad. Vicente se parecía a Pascal y a Descartes en otras dos cosas, aunque es casi seguro que les superaba en las dos, y ciertamente en la segunda. Primero, en la amplitud de su curiosidad por saber. Este hombre, que no destacó en ninguna de las ramas del conocimiento de su tiempo, puede esparcir con toda naturalidad en cartas y charlas innúmeras citas implícitas y explícitas que convierten los varios miles de páginas de sus obras completas en una auténtica mina enciclopédica de múltiples saberes antiguos y contemporáneos posibles en su tiempo. Segundo, en fe, aunque uno de ellos, Pascal, pasaría a la posteridad como modelo de fe en grado y calidad fuera de lo ordinario. Los sabios pueden llegar a un conocimiento muy racional y nada mágico de los astros y de la realidad del cosmos, pero sólo en la escuela de Jesucristo aprenderá el hombre verdaderamente inteligente a dominarlos. El era, antes que nada, un discípulo de Jesucristo.

Hay, por supuesto, diferencias muy importantes entre Vicente y sus dos contemporáneos, aunque no deje de tener con ellos afinidades mentales muy curiosas. La diferencia más importante es ésta. Pascal se mueve en el mundo aséptico de las matemáticas, Descartes en el de las ideas claras y abstractas. Unas y otras se dejan manipular sin objeciones. Pero el señor Vicente se mueve entre gentes con pasiones y necesidades, y en situaciones históricas muy complicadas. El mismo es un hombre de temperamento apasionado, pero hace años que ha conseguido sujetar sus pa­siones, nos advierte su primer biógrafo, y someterlas a su razón. Aunque sabe muy bien, se lo dice a sus misioneros, que los peores pecados son los de la inteligencia, no por ello renuncia a usarla sistemáticamente y de un modo tan racional como lo haría el mismísimo Descartes. «Dios no nos pide nada que sea contrario a la razón», escribía un mes antes de morir. Enfrentado con la propuesta más importante que le hicieron en su vida de una obra en favor de los pobres como la del Hospital General, de la que se hablará más tarde, y que acabaría por rechazar. el señor Vicente llama a su secretario para que redacte una a una, en dos columnas paralelas, las razones en pro y en contra para que el peso relativo de las dos columnas haga ver a su inteligencia insobornable a través de sus ojos cuál es ante un problema complicado la solución más racional. No se puede evitar al recordar esta escena de la vida de Vicente de Paúl el evocar la sombra de Abelardo, el padre de todos los racionalismos, los buenos y los malos, y su dialéctica implacable del sic et non. Pero Abelardo, igual que Descartes, sólo se juega en el juego dialéctico la claridad de las ideas; Vicente se juega la vida y dignidad de miles de seres humanos.

Lejos de anularlas, la fe del señor Vicente dará a las conclusiones de su clara razón una dimensión que la razón misma no les puede dar. Para hacerse místico Pascal tuvo que llegar antes a considerar como pasatiempos intranscendentes las sorprendentes investigaciones geométricas y matemáticas de su temprana juventud, y dejarlas de lado. Para hacerse filósofo Descartes tuvo que poner entre paréntesis lo que creía por la fe. No así el señor Vicente: «Esta es mi experiencia, esta es mi fe», solía decir para convencer a los demás de la solidez de sus ideas y de su comportamiento. Su visión de hombre de fe no sólo no anulaba sino que daba una definitiva profundidad a lo que la experiencia había enseñado a su espíritu curioso e inquieto.

(1655)

De una carta de 1655 del señor Vicente, sacerdote de 75 años, a un corresponsal desconocido: «Ya no valgo más que para reparar el tiempo perdido, y para prepararme a comparecer ante el juicio de Dios». Tal vez sea buena idea dedicar algo de tiempo a prepararse a comparecer ante el juicio de Dios. Pero ¿cómo se repara el tiempo perdido? Está ya irremediablemente perdido. ¿Es sensato intentar ni siquiera evocarlo en el recuerdo? El tiempo perdido es, por definición, el tiempo de la frivolidad. También el señor Vicente tuvo sus dudosos años jóvenes y frívolos. Pero ¿para qué quiere recordar y aún menos tratar de reparar el tiempo que perdió? Que los muertos entierren a sus muertos. Déjese esa labor a novelistas decadentes y morbosos como Proust.

La verdad es que ni el recuerdo de los fantasmas del pasado, ni el posible temor, que en el fondo de su alma no sentía, al tremendo juicio de Dios hicieron que este creyente perdiera en su ancianidad el tiempo que él creía, con razón, haber perdido a manos llenas en su juventud. Pero como se pasó parte del año con «un dolor en las piernas que me obliga a tenerlas todo el día apoyadas en una silla, y casi tan altas como la cabeza», y aunque seguía, a pesar de la postura incómoda y de los dolores, dictando sus cartas, rezando su breviario, leyendo sus libros, y hablando con su gente, por los intersticios abiertos por la parcial ociosidad posiblemente se colaron en su recuerdo a lo largo de 1655 algunos fantasmas del pasado y algunos temores del futuro.

(25 de enero)

El año había comenzado con la acostumbrada acción de gracias a Dios en una charla que tuvo con sus misioneros en el 38 aniversario del sermón que había tenido en Folleville en 1617, y que él solía calificar como «el primer sermón de la Misión». De ninguna manera estaba intentando en la charla reparar el tiempo perdido. Fueron precisamente Folleville y 1617 el lugar y la fecha en que Vicente empezó a usar con sensatez el tiempo que Dios le daba. Estaba interpretando el tiempo pasado desde Folleville. No había fundado nada entonces. Pero su Congregación de la Misión, fundada ocho años más tarde, debía encarnar lo mejor de su alma nacida en Folleville, de manera que aquel sermón, que señala para él mismo el comienzo del tiempo no perdido, este anciano de 74 años lo ve ahora, mirando hacia atrás con acción de gracias, como el momento del origen de su congregación. Todo esto era sin duda «obra de Dios, pues donde no tienen parte alguna los hombres es Dios el que lo obra; El se sirve de los hombres para ejecutar sus obras. Nadie sabía lo que eran las misiones; tampoco yo pensaba en ellas ni sabía lo que eran». Dios sí pensaba, y también pensaba en «encargarnos de los ordenandos», y en servirse «de la congregación para ir a buscar hasta el fondo de Berbería a esos pobres cristianos esclavos», y en «utilizarnos en tantos otros lugares». De manera que Folleville y 1617 marcan el punto exacto de división entre los 37 años de tiempo dilapidado y perdido y los otros 37 dedicados hasta ahora a la reparación. El señor Vicente no lo sabe ni piensa en ello, y si pensara no lo admitiría, pero los 37 años últimos han reparado con creces lo perdido y dilapidado en los primeros. No tiene por qué temer el juicio de Dios. De todos modos el 25 de enero no es fecha para el temor, sino «para dar gracias a Dios por la fundación de la Misión, pedirle perdón por las faltas y pedirle gracia para realizar cada vez mejor sus trabajos».

¿Trabajo, una vez más? ¿No exagera un poco la nota el señor Vicente? Su afición al trabajo, y si no afición por lo menos su dedicación, empieza a tener el aspecto de una manía un poco obsesiva. Ahora que la enfermedad le obliga a frenar su actividad ¿por qué no se dedica a hacer actos de amor de Dios, de complacencia en El, y se va preparando así para llegar a su presencia?

…Muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, son muy sospechosos cuando no se llega a la práctica del amor efectivo… Lo que algunas personas toman como contemplación, arrebatos, éxtasis, no son más que humo. La acción buena y perfecta es lo que manifiesta de verdad el amor que tenemos a Dios… Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios; pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente… Hay quienes se gozan en dulces coloquios con Dios en la oración, hablan casi como los ángeles. Pero luego, si hay que trabajar por Dios, sufrir, mortificarse, instruir a los pobres, ay, les fallan los ánimos…

«Les fallan los ánimos». El señor Vicente se da cuenta de que su congregación, nacida para dar misiones a los campesinos, se ha visto envuelta a lo largo de los años en una maraña de obras que pueden ahogar por variedad y exceso de trabajo a una «compañía que acaba de nacer, que aún está en la cuna», lo dice él mismo hablando a sus hermanos. De modo que parecería hasta sensato objetarle al señor Vicente que aquello era, además de excesivo, hasta peligroso para la supervivencia de la idea original que había dado origen a su congregación. Pero Vicente podía tolerar en sus hombres cualquier debilidad, pero no que les fallaran los ánimos, o les faltara el coraje. Si esto sucediera, su trabajo de 37 años no iría mucho más allá de la fecha de su muerte, con lo que la sombra estéril del tiempo perdido se extendería hasta su misma tumba. ¿Cómo podía el señor Vicente resignarse a ello, cómo podría afrontar, si eso sucediera a su obra, el juicio de Dios? Era Dios mismo quien había puesto esa obra en sus manos, y tenía que responder ante El de su supervivencia.

(14 de julio)

…Pues qué, dirá un misionero flojo, ¿para qué tantas misiones? Ir a las Indias, a las Hébridas. Es demasiado. A las cárceles, a los niños abandonados, al Nombre de Jesús. Todo esto es emprender demasiadas cosas; habría que dejarlo. La verdad es que cuando muera el padre Vicente habrá que cambiar las cosas, habrá que dejar todas esas ocupaciones por no poder atenderlas… De forma, padres, que habrá que decir: adiós, misiones; adiós. Indias; adiós, Hébridas; adiós, cárceles, Nombre de Jesús, niños abandonados, Berbería. Adiós todo esto. ¿Y cuál sería la causa de este mal? Una persona floja, unos misioneros flojos, Ay, padres, ay, hermanos míos… Si estando todavía la compañía en su cuna ha podido tomar tantos trabajos, con cuánta mayor razón tendrá que aceptarlos cuando se encuentre más avanzada en edad y haya adquirido más fuerzas. Si un niño tiene fuerza y coraje bastantes para lograr realizar alguna cosa, con mucha mayor razón la hará cuando sea mayor y tenga 25 ó 30 años. Así tiene que pasar también con la compañía de la Misión. Está bien. Quiera su Divina Majestad darnos la gracia de que nunca caiga sobre la compañía ese mal del que acabo de hablar…

Admitamos, amable lector, aunque lo hagamos con cierta pena, que ese apasionado discurso que acabamos de oír al señor Vicente nos ha resultado un poco descon­certante, por no decir decepcionante. Admirábamos, y admiramos aún a nuestro hombre, para qué lo vamos a disimular, como a un héroe de verdad, un héroe de los de antaño, de los que se jugaban la vida propia en causas ajenas sin pensárselo dos veces, religión, rey, patria, dama de ensueños. Pero del discurso que acabamos de oír parece resultar que este hombre, que años antes pedía a Dios que destruyera su congregación si no iba a ser fiel a lo que esperaba de ella, ahora, a los 75 años, parece temblar ante la sola idea de que la obra de su vida perezca después de su muerte a manos de gente floja y sin coraje.

¿Y qué importaría si sucediera eso, señor Vicente? Sería algo así como si al caballero se le muere, a la vez que muere él, el caballo. Si, una vez llevada a cabo con éxito la defensa de la causa, la muerte del héroe importa poco, aunque produzca lástima, ¿qué puede importar la muerte del caballo? Resulta un poco decepcionante que, cerca ya de su muerte, el señor Vicente parezca estar un poco demasiado preocupado por la supervivencia de su congregación. ¿Dónde está lo que es mucho más importante, la preocupación por la causa?

(14 de julio)

A los diez días de la charla anterior el señor Vicente volvió a hablar a sus hombres. No dejó ahora ninguna duda sobre cuál había sido la verdadera causa de su vida. También dejó muy claro que lo que le importaba de verdad no era ni la vida propia ni la supervivencia de ninguna de sus fundaciones. Todo el mundo pudo comprender a través de la vehemencia de su palabra que lo único que de verdad había importado desde hacía 37 años a aquel anciano enfermo era la causa de los pobres.

…Renuevo la recomendación que hice, y que nunca se hará bastante, de rezar por la paz… Hay guerra por todos los reinos católicos; guerra en Francia, en España, en Italia, en Alemania, en Suecia, en Polonia, atacada en tres frentes, en Irlanda, incluso en las montañas y en lugares casi inhabitables. Escocia no está mucho mejor; en cuanto a Inglaterra, ya sabéis su triste situación. Guerra por todas partes, miseria en todas partes… ¡Oh, Salvador!, ¡oh, Salvador! Si por cuatro meses que hemos tenido la guerra encima ha habido tanta miseria en el corazón mismo de Francia, ¿qué harán esas pobres gentes de la frontera que llevan sufriendo desde hace veinte años? Sí, hace veinte años que están sufriendo la guerra. Si siembran, no están seguros de que podrán cosechar; vienen los ejércitos, lo saquean y lo roban todo. Lo que no han robado los soldados, lo cogen y se lo llevan los alguaciles. Después de esto, ¿qué pueden hacer? No les queda más que morir. Si existe una religión verdadera… ¿Qué he dicho, miserable de mí, si existe una religión verdadera? Dios me perdone…

Dios te perdona sin duda. Vicente de Paúl, Dios te perdona. ¿Cómo no le va a perdonar quien supo comprender y perdonar el aún más desgarrador ‘por qué me has abandonado’? Discípulo de Jesucristo hasta la muerte; y hasta la duda final que precede a la muerte. Dios perdona y comprende; comprenda al menos, ya que no es quién para perdonar, el amable lector.

Comprenda y considere. Este hombre, este creyente, lleva 37 años tratando de vivir limpiamente de la fe, tratando de vivir la religión pura e intachable ante Dios Padre, que consiste en asistir a los huérfanos y a las viudas en sus sufrimientos y mantenerse no manchado por el mundo. Como todo creyente, cree en Dios a quien no ve, en Jesucristo, a quien tampoco ve. Sus padres, sus familiares, el entorno social en que nació y creció fueron los mediadores de su fe infantil y de su fe juvenil. Pero desde que Dios, en su inescrutable misericordia, le descubrió en Folleville el abandono espiritual y en Chatillon el abandono material de los pobres de este mundo, la fe de Vicente dejó de basarse en la carne y la sangre para encontrar su único punto de apoyo en la imagen más auténtica de Jesucristo que se puede encontrar en la tierra: no el lienzo de Turín, sino el rostro doloroso del niño abandonado, del campesino explotado, del esclavo, del galeote condenado.

Pero han pasado ya 37 años desde que empezó a dedicar su vida en seguimiento de Cristo a la causa de la redención de los pobres. Lo ha hecho con toda gene­rosidad, ha movilizado a cientos de personas para la misma causa. Han pasado ya 37 años y los pobres, lejos de disminuir, son más numerosos que antes, su pobreza y sus sufrimientos mayores también que antes. «No les queda más que morir…». ¿Quién se atrevería a reprocharle que se pregunte a sí mismo si hay una verdadera religión? Su fe se ha basado desde los 37 años en la esperanza de la redención de los pobres. Hace 37 años que el señor Vicente aprendió a buscar a Dios a tientas en la imagen rota que se encuentra en los rostros de los pobres de Jesucristo. Si la imagen, ya desfigurada, se desfigura aún más hasta hacerse irreconocible, y esto a pesar de los constantes y dolorosos esfuerzos por recomponerla, ¿dónde podrá encontrar ahora el señor Vicente al Dios de Jesucristo? Se ha quedado sin lugar donde encontrarlo en esta tierra. «Si hay una religión verdadera…».

…Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva. Creen sencillamente, sin hurgar; paciencia en las miserias que hay que sufrir mientras Dios quiera, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol. Pobres campesinos que nos dan su trabajo, que esperan que recemos por ellos mientras que ellos se fatigan por alimentarnos… Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres. Al ir a comer deberíamos pensar: ¿he ganado el pan que voy a tomar? Yo pienso en esto con frecuencia: Infeliz ¿te has ganado el pan que vas a comer, ese pan que viene del trabajo de los pobres?… Los pobres nos alimentan; al menos recemos por ellos, recemos por sus necesidades, ya que no ganamos el pan como ellos… Somos los culpables de que ellos sufran por su ignorancia y sus pecados; nuestra es la culpa de que ellos sufran si no sacrificamos nuestra vida por ayudarles…

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También en este año de 1655 a Luisa de Marillac le asaltaron dudas sobre el futuro de la compañía de muchachas que dirigía desde la fundación. Más o menos por los días en que Vicente hablaba a sus misioneros en los tonos dramáticos que acabamos de ver sobre su propia congregación, le escribía Luisa una breve carta en la que le dice que su «corazón está hondamente entristecido con el pensamiento de que la compañía está muy cerca de su decadencia». No era la primera vez que hablaba en ese tono de su cofradía de jóvenes, ni iba a ser la última. El mismo día y en el revés de la misma carta le contesta el señor Vicente que «hay que aceptar la providencia de Dios sobre sus jóvenes. Ofrézcaselas a El y quédese en paz. También el Hijo de Dios vio a su compañía dispersa, y casi siempre disipada. Una su voluntad a la de El». Ella solía atribuirse a sí misma, a sus pecados y a su incapacidad, las deficiencias que observaba en sus jóvenes, y que más de una vez le hacían dudar de si tendría un futuro cierto y sólido aquel experimento nuevo y arriesgado que había comenzado hacía 22 años.

No se contentó el señor Vicente con la breve nota para calmar a Luisa y darle seguridad. En un consejo de gobierno tenido por aquellos días se creyó obligado a alabarle, contra su costumbre y norma de no alabar a nadie en su presencia, en presencia de las otras hermanas presentes en el consejo. Lo hizo largo y tendido y en tonos altamente laudatorios. Y terminó diciendo: «No conozco ninguna casa religiosa en París que esté tan bien como la vuestra. Y esto, después de a Dios, se lo debéis al buen gobierno de ella». Oído lo cual, Luisa de Marillac, disimulando malamente un más que probable sonrojo, se atrevió a protestar con mansedumbre: «Padre, usted sabe muy bien, y también lo saben todas las hermanas, que si he hecho algo bueno ha sido por haber seguido sus órdenes».

Lo cual, aunque no era exacto del todo, pues no todo lo bueno que Luisa había hecho hasta entonces por la cofradía de las hijas de la caridad dependía del señor Vicente, no dejaba de ser verdad en algún sentido y de una manera general. A Luisa le parecía, y por eso lo decía con total sinceridad, que efectivamente todo dependía del señor Vicente, de cuyas órdenes e ideas no se veía a sí misma más que como ejecutora. Pero hay que decir, sin querer ni insinuar por ello que Luisa se engañara a sí misma o que dijera lo que no sentía, que no sólo no fue una mera ejecutora de las órdenes e ideas del señor Vicente, sino que de algunos aspectos muy fundamentales de lo que resultó ser la compañía de las hijas de la caridad fue ella la responsable, y no el señor Vicente. A veces lo fue ante la oposición, o por lo menos la inhibición, del señor Vicente. Lo fue, por ejemplo, como se vio arriba, en la idea misma de la fundación, idea que fue originalmente suya, y que al señor Vicente le costó comprender y aceptar. Lo fue también en otro aspecto que resultó ser fundamental en aquellos años de consolidación de aquel experimento y para su historia posterior hasta hoy mismo.

Se recordará que, en una ausencia temporal de su tío el arzobispo titular, el futuro cardenal de Retz su sobrino había dado reconocimiento jurídico diocesano en 1646 a la «cofradía de la Caridad de sirvientes de los pobres enfermos». Una cofradía tal no podía funcionar ni existir legalmente en la diócesis de París más que si permanecía «perpetuamente bajo la autoridad y dependencia del arzobispo y de sus sucesores». Y eso era así aunque en la práctica se confiaba y encargaba «el gobierno y dirección de esta sociedad y cofradía, mientras Dios quiera conservar su vida, a nuestro querido y apreciado Vicente de Paúl». El señor Vicente, en otras palabras, mandaba de hecho sobre la cofradía de las hijas de la caridad, pero no con autoridad propia, sino con autoridad delegada del arzobispo. El verdadero superior en cada momento era quien fuera arzobispo de París. Y eso sería así «perpetuamente». A Vicente, que sabía derecho canónico, esta situación le debió de parecer la normal desde el primer momento, pues correspondía de lleno con lo que el derecho determinaba acerca de las cofradías de personas laicas o seglares, como lo eran las hijas de la caridad.

Luisa no se planteó en ningún momento, y si lo hizo no se preocupó por ello, si lo aprobado por el joven Gondy correspondía o no a lo que determinaba el derecho de la iglesia. Pero no le gustó nada la situación resultante en cuanto se refería a sus jóvenes. Ella vio con claridad desde el primer instante que la dependencia del arzobispo de París, o bien limitaría la expansión a los límites de la diócesis de París, o bien crearía un fraccionamiento de la cofradía al extenderse a otras diócesis y quedar por ello sometida a las varias autoridades de los obispos correspondientes. Era obvio que ningún «prelado querrá recibirlas bajo esa condición» de permanecer sometidas a la autoridad del arzobispo de París. Acudió a la misma reina, Ana de Austria, bien por sí misma o por intermediarios, tal vez alguna dama importante, para que solicitara del papa, cosa que la reina hizo parece que en 1647, el que se nombrara «como director perpetuo de dicha cofradía o sociedad de sirvientes de los pobres de la Caridad al superior general de la Congregación de la Misión y a sus sucesores». Con la añadidura `sus sucesores’ se quería excluir el que las pudiera gobernar, según establecía la aprobación, algún otro «eclesiástico al que el señor arzobispo haya designado» diferente del señor Vicente o de quienes le sucedieran como superiores generales.

Pero había otro aspecto aún más importante, que era el que preocupaba de verdad a Luisa. «Puede usted estar seguro -escribe a Vicente en 1646, a los pocos días de la primera aprobación dada por el obispo coadjutor- de que cuando suceda eso (que la cofradía dependa de otra autoridad diferente de la de Vicente o sus sucesores) esta compañía dejará de ser lo que es, y dejará de socorrer a. los pobres enfermos». Si eso llegare a suceder, y a Luisa le parece inevitable si se coloca a la cofradía bajo cualquier otra autoridad, «no se cumplirá la voluntad de Dios entre nosotras». Esta era la razón definitiva, esto lo veía ella con toda claridad. Pero la situación creada por la aprobación del joven Gondy dada en 1646 parecía no tener remedio por mucho que a ella le desagradara.

La suerte ¿o fue la providencia? se puso de parte de esta mujer fuerte y clarividente. Los documentos de aprobación firmados por el obispo debían ser registrados por el parlamento para que la cofradía gozara de personalidad jurídica en el ámbito civil. Pero se perdieron en el camino, nadie sabe ni dónde ni cómo. Aunque la cosa no es segura, hay suficientes indicios para sospechar que Luisa tuvo algo que ver con el extravío de los papeles.

De modo que hubo que acudir de nuevo a la autoridad diocesana, que ahora en 1655 era ya de pleno derecho el joven Gondy, huésped a la sazón en la casa de la Misión en Roma. Quien firmó, hay que suponer que con gusto y sin ninguna dificultad, una segunda y definitiva aprobación en la que se confiaba «a nuestro querido y estimado Vicente de Paúl el gobierno y la dirección de dicha sociedad y cofradía, mientras él viva, y después de su muerte a sus sucesores en el cargo de superiores generales de dicha Congregación de la Misión». Con lo cual se conseguía lo que parecía imposible y que Luisa había perseguido con admirable constancia y clarividencia desde hacía nueve años. Esta aprobación vuelve a de­clarar que la cofradía permanecerá bajo la autoridad del arzobispo de París. Pero esta declaración no ha impedido, aunque sí ha creado alguna dificultad en la historia posterior de la compañía de las hijas de la caridad, el que ésta se constituyese en lo que se ha calificado justamente como «una institución singular»: una sociedad o cofradía de mujeres solteras o viudas exentas de la autoridad eclesiástica local y dependiente de los sucesores del señor Vicente. La idea y la consolidación de lo singular de esta institución hay que atribuírselo a Luisa de Marillac.

Pocos meses después de conseguir esta segunda aprobación pareció al señor Vicente una buena idea el convocar a las hermanas que trabajaban en París para tener una especie de solemne «acto de fundación» de la compañía sobre la base del reco­nocimiento dado por Gondy. Asistieron cuarenta de ellas. Firmaron todas las que sabían hacerlo, que eran exactamente treinta. Había además en la compañía en la fecha, agosto de 1655, otro centenar de hermanas repartidas por diversos puntos de Francia y en Polonia. El señor Vicente ruega a Luisa de Marillac «que continúe en el cargo de superiora y directora de dicha cofradía mientras viva, tal como lo ha hecho con gran bendición desde que se fundó la cofradía hasta el presente». A punto estuvo de no durar Luisa en su cargo más que diez meses, que es lo que estuvo a punto de durar su vida después de este acto de fundación. En mayo de 1656 dio a todo el mundo un susto grandísimo, pues casi se muere. «Creíamos que íbamos a perderla», escribe Vicente a una hija de la caridad del hospital de Nantes. «Ha estado muy enferma y todavía no se encuentra totalmente fuera de peligro». Pero no se murió entonces, y aún duró los casi cuatro años que fueron suficientes para dar a su cofradía los últimos toques en la solidez de espíritu y de estructura con la que ha llegado hasta hoy mismo.

(1656-1657)

No andaba por esas fechas mucho mejor de salud o de fuerzas el mismo señor Vicente. Pero sí le quedaban las fuerzas suficientes para seguir llevando con regularidad su densa agenda de trabajo, y también para preocuparse por la salud de los demás. En noviembre de 1656 encomienda a las oraciones de su comunidad de misioneros a varias hijas de la caridad enfermas, en particular a una «muy buena sierva de Dios», probablemente Luisa de Marillac, «con la que perdería mucho esa humilde compañía si llegara a morir». Su propia edad, su propia fragilidad y la ajena le sugieren pensamientos de caducidad que no puede evitar expresar en público delante de sus hombres: «¿Qué es nuestra vida, que pasa tan aprisa? Yo ya he cumplido 76 años, pero todo ese tiempo me parece ahora como si hubiera sido un sueño».

Pero tenía que permanecer aún, mientras no se muriera, despierto y vigilante. Nueve días después de expresarse como acabamos de ver, el rey Luis XIV le encomendaba su participación en la obra más complicada y de mayor envergadura de entre todas las que habían pasado por sus manos en cuarenta años de trabajos por los pobres. «Os pido -dice a sus misioneros- que roguéis mucho a Nuestro Señor para que nos manifieste su voluntad sobre este asunto».

El éxito inicial del asilo del Nombre de Jesús había dado a las damas de la caridad la idea de hacer un proyecto parecido pero en una escala mucho mayor. Consi­guieron de la reina la cesión de dos edificios abandonados, una antigua fábrica de pólvora y el castillo de Bicetre, donde había tenido Luisa a sus niños por algún tiempo, y se pusieron con entusiasmo a acondicionarlos. Pero pronto les vino una orden para que suspendieran las obras, orden que Vicente sospechaba pudiera venir de la misma corte, y ciertamente se debía a las presiones de nobles y personas importantes que tenían desde hacía tiempo el proyecto de construir un gran Hospital General «siguiendo el ejemplo del Hospital de Lyon». Y aunque Vicente aconsejó de inmediato a las damas que obedecieran la orden de suspensión de obras, nada menos que la duquesa de Aiguillon le escribió diciéndole que lo harían si él mismo se lo indicaba, pero que se temían que el proyecto no seguiría adelante si se ponía en manos de la autoridad pública y se lo sustraía a la dirección del señor Vicente. Pero este último aspecto dejaba de ser objeción desde el momento en que el rey ponía la orientación y dirección espiritual del proyecto en sus manos.

En múltiples casos le había bastado al señor Vicente el que una orden, e incluso una mera sugerencia, procediera de una alta autoridad civil o eclesiástica para que viera en ello una señal inequívoca de la voluntad de Dios y se sintiera obligado a ejecutarla. Sólo ponía objeciones cuando la orden o sugerencia parecía contradecir o estar al margen de su dedicación a los pobres que Dios mismo le había señalado como la vocación de su vida. ¿A qué venía, pues, recomendar a sus misioneros que rezaran para que Dios le manifestara su voluntad en este asunto? ¿No le bastaba que viniera la orden del rey, y que la obra fuera tan netamente una obra en favor de los pobres? No sólo no le bastó ni una razón ni la otra, sino que acabó por no aceptar la orden regia.

A los dos edificios que habían comenzado a reparar a sus expensas las damas la autoridad pública añadió un tercero, el hospital de la Pitié. Los tres, y luego otros dos más, formarían «el conjunto del Hospital General» que, dice el documento oficial de proyecto de fundación en 1657, había sido «tan esperado y deseado por la población de París, juzgado tan difícil y moralmente imposible». El hospital de la Pitié había sido abierto como el primer ensayo de Hospital General en 1612, pero fracasó desde su mismo comienzo. El fracaso de esa primera experiencia había creado entre las gentes bien de París la convicción de que lo que parecía ser posible en Lyon y en otros lugares no había manera de llevarlo a cabo en la capital del reino. Pero ahora, cuarenta y cinco años más tarde. París contaba con dos grupos altamente entrenados en la organización y financiación de importantes empresas caritativas como lo eran las damas de la caridad del Hotel-Dieu y la compañía del Santísimo Sacramento. Contaba, además y sobre todo, con un hombre como Vicente de Paúl, fundador del primer grupo y miembro activo del segundo, que había probado ser capaz de llevar adelante cualquier tipo de organización por complicada que fuera.

«El fin de la obra» no podía ser más benéfico y humanitario: «suprimir la mendicidad y la ociosidad, e impedir todos los desórdenes que provienen de ellas; establecer manufacturas; orientar a los pobres en el temor de Dios y en una vida más ordenada; hacer buenos artesanos, buenos ciudadanos v buenos cristianos». No hay que dejarse engañar por las piadosas intenciones que expresa el documento. La idea del Hospital General tenía en diversos países de Europa ya casi un siglo de historia, y había nacido por la necesidad de resolver de alguna manera el pavoroso problema de orden social creado por la inmigración masiva a las ciudades de soldados mutilados, campesinos desposeídos y expulsados de sus tierras y vagabundos de todo tipo. Los alrededor de 40.000 mendigos y ociosos que pu­lulaban por las calles de París afeaban con sus andrajos el brillante escaparate de la Ciudad-Luz, pero sobre todo creaban un terrible problema de orden público y de seguridad ciudadana para la gente bien. A pesar del lenguaje piadoso, el documento de fundación del Hospital General de París ni se engaña ni nos engaña. Admite paladinamente que «aunque no fuese motivada por la caridad sería necesario establecer esta obra por motivos policiales». De hecho era este segundo aspecto el que primaba en el proyecto de todos los hospitales generales creados hasta entonces. El ingreso en el hospital no era libre, sino forzado. Entre los gastos previstos en el presupuesto para el gran proyecto se encuentra el pago de «arqueros y oficiales de policía para la búsqueda de los pobres, captura de mendigos, con­ducción a las prisiones y reclusión en el hospital, guarda de las puertas de la ciudad para evitar que los pobres escapasen a los pueblos próximos, y para sofocar las rebeliones de los pobres, vagabundos, soldados y personas maleantes».

Con razón la historia posterior ha calificado esta terrible experiencia de solución falsa de la pobreza generalizada como ‘el gran encerramiento de los pobres’. A los pobres encerrados se les daba de comer, de vestir y también un lugar donde dormir bajo techo. Se obligaba también, a los que podían hacerlo, a contribuir con un trabajo artesanal o de obras públicas mal pagado que tenía todo el aspecto de ser lo que hoy calificaríamos como trabajo forzado. En suma, una auténtica prisión para pagar el crimen de ser pobre y ocioso, evitar sumariamente el desorden social en la calle y de paso hacer de pobres improductivos algo útil para la buena sociedad de gente bien. La solución parecía ser brillante y eficaz desde el punto de vista de esta gente, y por eso los poderes establecidos extendieron la fórmula rápidamente por toda Europa. Pero al señor Vicente, aunque el proyecto parecía poder conseguir en gran escala lo que él había conseguido en pequeña escala con el asilo del Nombre de Jesús, la fórmula del Hospital General no le pareció ni brillante ni eficaz, y sí muy poco humana y aún menos cristiana. Para obras de este estilo no podía estar disponible, aunque lo ordenara el rey.

A Luisa de Marillac, interesada sin duda tanto como el gobierno en intentar resolver el problema de la pobreza callejera que ella conocía de primera mano, no se le escapaban tampoco las diferencias radicales de planteamiento entre una obra como la del Nombre de Jesús, a la que ella había contribuido desde el primer momento, y un proyecto como el del Hospital General: «Si la obra se considera como asunto político -escribe- parece conveniente que la emprendan los hombres. Pero pueden muy bien emprenderla las damas si se considera un asunto de caridad».

No se muestra amiga de que colabore en la obra la compañía del Santísimo Sacramento, por el carácter secretista de sus actuaciones, y sin duda además porque la dicha compañía, como ha hecho ver el historiador Henry Kamen urbana ante todo como un problema de orden social, y se mostraba también inclinada a resolverlo mediante el método expeditivo de encerrar por la fuerza a los pobres.

De manera que el señor Vicente, que había apoyado la obra mientras estaba en manos de las damas y dependía de la orientación que él mismo era muy capaz de darle, se asustó cuando a manos de la autoridad pública el proyecto recibió la orientación de encerramiento forzado que a él no podía gustarle en manera alguna. Convocó a los hombres de su comunidad para pedirles su opinión. «Todos, de común acuerdo, hemos pensado que nuestra compañía no puede aceptar esta obra». La razón que da para no aceptarla, «los muchos trabajos que tiene» la compañía, no podía ser la razón definitiva, sino sólo una excusa, pues el señor Vicente era muy capaz de sacar gente de las piedras cuando la causa lo merecía. Pero él y sus hombres vieron claro:, la obra del Hospital General, que a primera vista parecía suponer la culminación de lo que él mismo había estado intentado hacer durante cuarenta años, era en realidad la negación más insidiosa de su obra y de su misma alma.

También los pobres lo vieron así. Uno de ellos, creyendo que era el señor Vicente el responsable del encerramiento -que, por cierto, tuvo un éxito inicial muy li­mitado, pues todo el que pudo se escapó de París o se ocultó a las pesquisas de arqueros y policías- le reprochó en plena calle el tener «la culpa de que se encierre a los pobres en el Gran Hospital». Los pobres le conocían bien, y no podían comprender cómo el señor Vicente se podía haber prestado a hacer el juego a las autoridades en aquel asunto. Ningún pobre le había reprochado, todo lo contrario, que hubiera abierto para ellos el asilo del Nombre de Jesús. Pobres y Vicente estaban totalmente de acuerdo: no se puede resolver el problema planteado por la pobreza por el simple expediente de retirar de la circulación a los pobres por la fuerza.

Pero ésa fue precisamente la política que emprendieron todos los estados cristianos, católicos y protestantes por igual, a partir del siglo XVI. Con ello se intentaba resolver malamente un problema creado por las muchas guerras y por el paso de una estructura social y económica feudal a otra de tipo burgués-capitalista. Esta necesitaba para su funcionamiento una reserva de mano de obra abundante y barata. Para ello había primero que desarraigar a siervos, colonos y pequeños agricultores independientes y obligarles a emigrar a los centros urbanos. Esto se consiguió a través de las destrucciones provocadas en el mundo rural por las guerras, y por la simple expulsión de los campesinos fuera de sus tierras. Pero una vez creado el problema no se pensó ya en aplicarle como intento de solución algo que había sido inventado mucho antes y se había aplicado con bastante éxito durante los siglos medievales, la caridad cristiana, o sea, el verdadero amor al necesitado. Había que ser consecuente, y se era: se intentó resolver el problema de una manera fría y racional, con el menor gasto social y económico posible, y, por supuesto, sin ningún aprecio, no ya amor, por el pobre. Lo más barato, ya que no se les podía matar fríamente, era encerrar a los pobres en inhóspitos edificios públicos, extrayendo de paso de ellos la utilidad productiva que se pudiera, darles de comer, y esperar a que se murieran por su propio pie. Lyon, la primera ciudad industrial de Europa, había inventado el sistema y parecía dar buenos resultados. Se conseguía a la vez progreso económico y orden social. ¿Qué más se podía pedir?

También al señor Vicente le interesaban de verdad el progreso económico y el orden social. ¿Por qué no le gustaba el sistema? Este olvidaba algo que para el señor Vicente era fundamental. El solía decir, y lo decía con total convicción que «los pobres son nuestros amos y señores». Creía además que el pobre más infeliz era tan imagen de Jesucristo, o tal vez más, que el mismo rey. A la imagen de Jesucristo no se la encierra a la fuerza, sino que se le sirve. Esta visión mística del pobre era sin duda plenamente medieval, por no decir evangélica, y había funcionado en Europa con eficacia demostrada a lo largo de muchos siglos. La misión histórica del señor Vicente fue demostrar que seguía siendo igualmente válida para los tiempos nuevos. Vicente de Paúl añadió a la caridad tradicional una técnica de orden y administración racional de los recursos, técnica exigida por el carácter masivo de la pobreza y muy acorde con el espíritu de los nuevos tiempos, tiempos de razón.

Pero pudieron más éstos con su carácter de fría racionalidad, su interés por resultados económico-sociales tangibles y visibles, su desprecio por la dignidad del pobre, y acabaron prevaleciendo sobre la visión del señor Vicente no ya en Europa sino en todo el mundo, hasta hoy mismo. De manera que la visión de Vicente de Paúl resultó ser una visión históricamente frustrada, derrotada por las fuerzas que han prevalecido en la historia posterior. ¿Qué han logrado producir éstas, además del enriquecimiento de los responsables del gran encerramiento de los pobres? Algo que sin duda se hubiera evitado en buena parte si la historia posterior hubiera hecho caso de la visión de Vicente de Paúl: que el número de pobres sea hoy infinitamente más grande que en su tiempo.

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La razón dada al rey, para no aceptar la obra del Hospital General no era después de todo simplemente un mero pretexto inventado por el señor Vicente, pues precisamente el año de 1657 su congregación fue castigada por numerosas e impor­tantes bajas. «Dios se complace -escribía en setiembre- en probar a nuestra pequeña compañía de diversas maneras». Entre otras, de estas maneras: al menos siete de sus hombres murieron ese año en Génova trabajando entre las víctimas de la peste; uno murió camino de Madagascar, y dos más al llegar a la isla; los misioneros de Polonia «lo han perdido todo» en Varsovia ante los invasores suecos, y tuvieron que dispersarse; en Escocia e islas adyacentes sólo quedó uno, después de que muriera otro ese mismo año; las vicisitudes de sus misioneros en Túnez y Argel, entre ellas el encarcelamiento de uno de ellos que era cónsul, estuvieron a punto de decidirle a abandonar el trabajo entre los esclavos. A todo eso había que añadir, lo sabemos por la información que nos da él mismo en su correspondencia, la muerte de varios misioneros en Francia y numerosas noticias de mala salud entre sus hombres, en particular del que iba a ser su sucesor después de su muerte tres años más tarde, Renato Almeras, a quien se llegó a dar por muerto.

Vicente aceptaba todos estos infortunios con resignación ante lo que él veía ante todo como voluntad de Dios. «Como El es dueño de vivos y muertos puede disponer de nuestros hombres como quiera». Pero la resignación no excluía un cierto sen­timiento de queja y desconcierto ante la extraña manera de expresarse la voluntad de Dios. Se lo podía permitir decírselo a Dios mismo como quien tiene con El una larga y fácil familiaridad: «¿Es ésa, Señor, la recompensa con que pagas a tus servidores?». Lo decía en público, ante sus misioneros reunidos en oración en San Lázaro, al informarles de los sufrimientos a manos de los cirujanos de uno de sus hombres que había enfermado de la peste no una sino dos veces, y que al quedar con «algunas costillas cariadas tuvieron que aplicarles fuego». Sólo un pensamiento da consuelo a su alma entre tanto desastre y sufrimiento: que la muerte prematura de sus hombres sea semilla de nuevos misioneros que «lleven adelante su obra», es decir, la obra de Dios.

(1658)

Malos fueron estos años para el señor Vicente también en cuestión de finanzas. Excluido desde el comienzo mismo que los hombres de su congregación cobraran nada a nadie por ninguno e sus trabajos, no le quedaba más solución para garantizar la supervivencia de sus hombres y de sus obras que el asegurar la percepción regular de algún tipo de rentas o productos provenientes de negocios industriales, comerciales o de tierras. De todo ello hubo entre sus fuentes de financiación, aunque predominó con mucho la percepción de productos y de rentas de la tierra. Tal vez influyó en que así fuera su origen campesino. Pero más probablemente influyó en ello su alta capacidad natural para asuntos de negocios. La tierra era sólida y segura, y se encareció, ella misma y sus pro­ductos, año tras año a lo largo de su vida, mientras que las rentas en metálico de diversos negocios que tuvo entre manos se las comía progresivamente la erosión del valor de la moneda. Por observación personal puede hacer la ad­vertencia de que los precios en su tiempo se duplicaban cada cincuenta años, observación que aunque se queda un poco corta, ha venido a ser confirmada por estudios recientes sobre la economía de aquel tiempo. No se le podían escapar a este hombre, aunque fuera muy espiritual, aspectos materiales de tanto bulto. Pero es que el ser muy espiritual no le impedía en absoluto ser muy cuidadoso en asuntos económicos de detalle. A uno de sus hombres destacado en Picardía para distribuir los auxilios de guerra le pregunta «en qué ciudad se hacen o se venden ciertas colchas de hilo y de lana como las que antes se distribuyeron entre los enfermos y pobres, que costaban baratas, y cuánto cues­tan ahora».

Su correspondencia de estos años está literalmente llena de la preocupación por los aspectos económicos de la vida y de las obras de sus hombres. No consideraba este hombre tan espiritual que una tal preocupación fuera indigna de un hombre espiritual o que pusiera trabas a su seguimiento de Cristo. A uno de sus hombres, nombrado por él mismo superior de uno de los seminarios regidos por su congre­gación, le advierte: «Ya ve, padre, cómo de las cosas de Dios de que estábamos hablando he de pasar a los negocios temporales. Y es que el superior debe mirar no sólo por las cosas espirituales sino también por las temporales, y esto para seguir el ejemplo de Dios mismo, que se ocupa en conservar el mundo y hacer que la tierra produzca granos cada año y los árboles nuevos frutos».

Pero aún hay más: el señor Vicente se negó invariablemente a aceptar toda petición, por parte de quien fuera, de obras o fundaciones nuevas para su congregación o para las hijas de la caridad si el peticionario no aseguraba con compromisos firmes y firmados los medios económicos suficientes para que los misioneros o las her­manas pudieran vivir, aunque sobriamente, con decencia, y para que pudieran llevar a cabo sus trabajos propios.

El que la base económica de su propia congregación consistiera fundamentalmente en la posesión de tierras o el derecho a rentas se debía a su decisión original y radical de que sus hombres no percibieran una retribución directa por sus trabajos. Pero de algo tenían que vivir sus hombres, con algo tenían que trabajar. No le quedaba más solución, dadas las estructuras económicas de aquel tiempo, que asegurarse las rentas y los productos de la tierra necesarios para sobrevivir y para trabajar. Sus hijas de la caridad no tenían tierras ni apenas rentas. Pero a partir de la fundación en el hospital de Angers vivían la mayor parte de ellas de su salario de enfermeras, y trabajaban en edificios y con los medios que les proporcionaban las autoridades municipales, o bien los fundadores de la obra correspondiente. Siempre miró el señor Vicente con cierta envidia este sistema de financiación de la cofradía de sus jóvenes campesinas, y sin duda lo hubiera establecido, si es que ello hubiera sido posible, para su propia congregación. Pero, dice a sus misioneros, «el trabajo de las misiones, pues debemos hacerlo gratis, no nos permite practicar la pobreza total», que consiste, como la de Cristo, en no ser dueño de nada. No renuncia, a pesar de ello, a su ideal, no puede renunciar si quiere ser verdadero discípulo de Cristo. Confiesa y dice que «si pudiéramos escoger, deberíamos tener siempre, para no engañarnos, un estado parecido al de Nuestro Señor, que no tuvo ninguna casa en este mundo».

Pero mientras tuviera casas y rentas tenía que velar por su conservación y por su buen rendimiento. Los disturbios de la Fronda habían producido en sus propiedades y en sus rentas daños notables de los que su congregación ya no se recuperó mientras él vivió. Sólo para San Lázaro el señor Vicente calcula los daños pro­ducidos en tiempos de la Fronda en 42.000 libras. Llegaron las cosas al punto de que San Lázaro había perdido todo crédito entre la gente adinerada de París «porque todo el mundo sabe que estamos endeudados por todas partes». Lo más dramático de esto es que lo escribe a uno de los hombres de su congregación, «cónsul de Argel que ha sido golpeado y encarcelado sin motivo», por cuya libertad las autoridades de Argel pedían una suma que San Lázaro no podía pagar. Pero aún estaba por venir el golpe más duro.

Poseía la congregación del señor Vicente en Orsigny una gran finca con varios cientos de hectáreas de excelentes tierras de labor, donativo, como era el caso de tantas otras propiedades de San Lázaro y de San Lázaro mismo, de un rico bien­hechor. La finca de Orsigny era el verdadero granero de que se abastecían las muchas mesas de San Lázaro. Después de unos años de pacífica posesión la propiedad de Orsigny entró en litigio. Vicente consultó al menos a nueve abogados. Todos le aseguraron que «nuestro derecho era infalible y que no teníamos nada que temer por nuestra parte». Pero se perdió el juicio, aunque sólo por la diferencia de tres votos entre los veintiún jueces que vieron la causa, y perdió también de golpe la propiedad de Orsigny. La decisión judicial fue un robo a mano armada. «No hemos sido juzgados según derecho ni según costumbre», dice. Pero se calla, aunque todo el mundo lo sabía en París, que un buen número de los jueces simpatizaban con los jansenistas o eran declaradamente tales, y por ello hostiles al señor Vicente.

La pérdida de Orsigny era «una pérdida considerable para la compañía, pero que muy considerable» en estrictos términos económicos. Pero este hombre, experto en economía, era aún mucho más experto como hombre de fe. «Dios nos ha quitado, con esta finca, la satisfacción que teníamos de poseerla y la que habríamos podido tener en ir allá de vez en cuando. Ese placer habría sido como un dulce veneno que mata, como un cuchillo que hiere. Ahora estamos libres de ese peligro por la misericordia de Dios. Ahora que estamos más expuestos a la escasez ojalá nos recompense Dios esta pérdida material con un mayor desapego de las cosas de la tierra y una mayor confianza en su providencia». Le aconsejaron que apelase contra la sentencia en un tribunal superior, asegurándole los expertos que por supuesto ganaría la apelación. Pero se negó a ello en redondo, en parte escar­mentado por la experiencia del primer juicio, y en parte porque «daríamos un grave escándalo, después de un decreto tan solemne (del tribunal) si lo impug­náramos para destruirlo». Pero más le movió a negarse a apelar la consideración de «que si buscamos el reino de Dios, no nos faltará nada, como dice el evangelio. Si el mundo nos quita por un lado, Dios nos dará por otro». Lo que Dios cumplió en este caso a la letra y casi libra por libra, pues menos de tres meses después de pasada la sentencia de despojo «Dios ha permitido que un consejero de esa misma cámara (la que había dado la sentencia) nos dejara al morir casi lo mismo que valía la finca» de Orsigny.

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También en cuanto a la salud fue 1658 un año muy malo para el señor Vicente. Mucho más que su salud estuvo a punto de perder cuando al comienzo mismo del año la carroza en que viajaba voleó sin previo aviso en pleno París y dio con él en el duro suelo, como se contaba arriba. Mal comenzaba el año. Pero no iba a mejorar en su transcurso. El incidente de la carroza alarmó y conmovió vivamente a Luisa de Marillac y a sus muchachas. Escribe Luisa en las actas de un consejo de comunidad que se tuvo en presencia del señor Vicente una vez recuperado éste: «La primera cosa que se trató, sin pedirle permiso a él» fue dar gracias a Dios por haber preservado «a nuestro venerado padre de su grave accidente cuando volcó la carroza, de lo que por necesidad debería haber salido muy mal parado». Era esto casi como mentar la soga en casa del ahorcado. Pero había que dar gracias a Dios efectivamente, porque muy bien podía haber sucedido que el señor Vicente no hubiera salido de la carroza más que para ir al cementerio. Pero allí estaba, aunque maltrecho, vivo, y había que dar por ello gracias a Dios. Luisa aprovecha la ocasión para decir, sin pedirle a él permiso y sabiendo que no le iba a gustar, que «a toda nuestra pequeña compañía le ha servido este incidente para darnos cuenta de que no hemos usado bien de la gracia que Dios nos concede al darnos su gobierno tan caritativo, sus cuidados admirables, sus advertencias y sus consejos repetidos tantas veces con una paciencia y una mansedumbre maravillosas». Cómo le iba a gustar esta andanada de elogios al señor Vicente. «Se vio sorprendido por nuestras palabras y empezó a decirnos que él era un miserable pecador que no hacía más que estropearlo todo. Entró profundamente dentro de sí mismo, y su silencio nos dio a conocer claramente que le habíamos llenado de confusión. Pero su paciencia le impidió reprendernos por nuestra falta de discreción».

Y como en el transcurso del año fa frágil salud del señor Vicente dio señales de empeoramiento, Luisa multiplicó las muestras de la enfermera solícita que había sido desde hacía tantos años. No le fue a ella mucho mejor, pues acabó el año «con gran debilidad y con dolores de espíritu y de cuerpo», pero eso no le impidió preocuparse de su paciente como si ella misma estuviera del todo sana. En víspera de navidades le envía por escrito la siguiente receta para «su dolor de piernas»: «Se pone a remojo en medio cuarto de litro el peso de un escudo de sen. Se toma muy caliente un poco antes de la comida, y se come, después de tomar eso, un potaje también muy caliente. Si se toma durante dos o tres días tiene el efecto de una purga muy fuerte, pero no debilita. Creo que fue el señor de Lorme el que me enseñó este secreto, que él utiliza desde hace más de treinta años. Nos gustaría mucho que lo probase usted. El probar no le hará ningún daño; a mí no me lo ha hecho cuando lo he usado». Le contesta el señor Vicente dándole las gracias e informándole del éxito parcial de su remedio, y pidiéndole consejo para semanas sucesivas. «Haré como usted me indique». Sin acabar el año Luisa le envía un segundo regalo de navidad: «si le sentaron bien las tomas anteriores le prepararemos para mañana una dosis mayor para que se la tome desde la mañana. Veinticuatro granos de cornacinia o dos escudos de sen, un poco de cristal y otro poco de ruibarbo, y junto con esta infusión un buen trago de jarabe de flores de albaricoque. Creo que esto le sentará muy bien». Y así fue. «Me encuentro mejor gracias a los remedios que me ha enviado». Y así, mejor, aunque por supuesto no sano del todo, terminó Vicente el año del Señor de 1658.

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En el transcurso de ese año el señor Vicente, a pesar de sus dolencias, siguió ocupándose de sus trabajos de costumbre. Siguió también el ritmo ordinario de la vida de su comunidad de San Lázaro, incluyendo sus acostumbradas charlas con sus hombres. Una de ellas, tenida en mayo, y fue particularmente importante. Mal se debía sentir cuando la tuvo, pues expresa su temor de que «tal vez sea la última que tenga con vosotros». Se recordará que la asamblea de su congregación habida en 1651 había dado como bueno y definitivo un texto de las reglas que el arzobispo aprobó oficialmente dos años más tarde. Pero algunas correcciones que parecieron oportunas posteriormente retardaron la impresión del texto, que por fin pudo en­tregar el señor Vicente a sus hombres en mayo de 1658. Podía haber sido esto una especie de entrega de testamento entre vivos. Eso es lo que parece insinuar Vicente en su temor de que fuera aquella la última de sus charlas. Pero no lo fue. De hecho él siguió teniendo sus charlas semanales, casi sin fallar una sola, durante otros dos años más hasta casi la víspera de su muerte.

Resultó ser ésta más dramática de lo que eran habitualmente sus charlas con su gente. Un sentimiento predominaba en su espíritu en aquel momento, el de sorpresa ante lo increíble de la situación. «Señor mío, oh, padres, ¿estaré durmiendo?, ¿estaré soñando? ¡Que yo dé unas reglas! Todas estas reglas y todo lo que estáis viendo se ha hecho sin saber cómo, pues yo nunca había pensado en ello. ¿No es Dios el autor de estas reglas? Dios es el que lo ha hecho todo». Efectivamente, tenía que ser Dios. ¿Cómo podía haberlo hecho él, nacido pastor humilde y or­denado sacerdote prematuramente? Les relata una vez más los incidentes que él siempre había considerado como el origen de su congregación, la confesión del campesino de Gannes y el subsiguiente sermón en Folleville, y las misiones que empezó a dar junto con Portail y «otro buen sacerdote» desde 1618 hasta 1625. Ahora se da cuenta de que «mientras nosotros hacíamos eso, Dios iba haciendo lo que había previsto desde toda la eternidad». De manera que era Dios mismo el que le había ido llevando, sin que él mismo lo previera o lo planificara, de misionero a fundador, de fundador a legislador. «¿Quién hubiera pensado jamás que las cosas llegarían a la situación en que las vemos ahora?».

En charlas posteriores el señor Vicente fue comentando el contenido de las reglas que les entregó aquel día de 1658. Pero hubo un punto que no pudo dejar de comentar aquel mismo día, lo que hizo ver a todos los presentes que era aquello la verdadera clave de su larga vida, lo que daba sentido a su propia vida y lo daría a la de sus oyentes. «Todas estas reglas están sacadas del evangelio; todas tienden a hacer nuestra vida conforme con la que Nuestro Señor llevó en la tierra. Vino Nuestro Señor y fue enviado a evangelizar a los pobres. ¡A los pobres, padres, a los pobres! Nunca ha habido ninguna otra compañía que haya tenido como fin el hacer lo que Nuestro Señor vino a hacer al mundo: anunciar el evangelio a los pobres solamente, a los pobres abandonados».

Llegó el momento más dramático con la distribución de los ejemplares de las reglas a los presentes. Pidió que se fueran acercando a recibirlos los de más edad. El mismo era el más anciano de todos los presentes en la reunión, y posiblemente el más enfermo. Pidió excusas por hacerles venir, y les dijo que «si él pudiese, se acercaría a llevárselas a cada uno a su sitio». Empezó por su más antiguo com­pañero: «Venga, padre Portatil, venga usted, que ha aguantado todas mis debili­dades. Dios le bendiga». Y así continuó con todos los demás. «Cada uno las iba recibiendo de rodillas, besando por respeto el libro y la mano del padre Vicente. El padre Vicente les iba diciendo a cada uno algunas palabras: Venga, padre, que Dios le bendiga».

Todos los presentes se dieron cuenta de que aquella escena tenía el carácter casi épico de los grandes sucesos extraordinarios. «Todos los presentes creían estar con los apóstoles oyendo hablar a Nuestro Señor. Muchos no pudieron contener las lágrimas. Se hubieran dicho unos a otros aquellas palabras del evangelio: bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis y los oídos que lo oyen».

El mismo señor Vicente no pudo sustraerse en sus palabras finales a un cierto tono grandioso, poco frecuente en él, pero que le resultó inevitable y espontáneo en aquella ocasión. «Oh, Señor, que eres la ley eterna y la ley inmutable que gobiernas con tu sabiduría infinita todo el universo. De ti emanan todas las normas de las criaturas y todas las leyes del bien vivir, como de su fuente. Bendice a éstos, a los que tú mismo has dado estas reglas, y que las reciben como procedentes de ti. Concédeles tu gracia para observarlas hasta la muerte. Con esta confianza y en tu nombre, yo, infeliz pecador, pronuncio las palabras de la bendición. La bendición de Nuestro Señor…».

(1659)

No se volvió a caer de nuevo de la carroza durante el año de 1659, ni pudo, pues su estado de salud no le permitió ya volver a salir de San Lázaro hasta su muerte. Escribe en julio: «Hace siete u ocho meses que no salgo, debido al mal de piernas, que ha aumentado». Podía haberse caído alguna otra vez, como suelen hacerlo los ancianos, en su trabajoso caminar sobre muletas a la capilla para decir misa, o a la sala en que tenía sus charlas con sus misioneros, o al descender las escaleras desde su habitación a una sala de visitas del piso bajo, donde se reunían para oírle las hijas de la caridad y las damas del Hotel-Dieu, o una variedad de personajes grandes o pequeños que solicitaban su ayuda o su consejo. Pero Dios y la solicitud de sus hombres le libraron de una última caída que pudiera haber sido fatal. Y aunque a finales del año anterior comunicaba a Luisa de Marillac la buena noticia de una mejoría, ésta debió de ser pequeña y muy provisional. Comenzó el año nuevo enviando una breve misiva de gratitud y de despedida final, «ante la duda de lo que pueda ocurrir», al padre de Gondy, que estaba a la sazón casi tan achacoso como él mismo y que le iba a sobrevivir poco tiempo. Le agradece «los innumerables beneficios que nuestra pequeña congregación y yo en particular hemos recibido de su bondad». El recuerdo del padre le debió de traer la memoria del hijo, el cardenal de Retz, que, una vez abandonada la ciudad de Roma, vivía en paradero rigurosamente secreto, des­conocido incluso para el señor Vicente, para evitar que pudiera llegar hasta él la mano larga y vengadora de Mazarino a través de sus esbirros. «Tengo motivos para creer que va a ser ésta la última vez que tengo el honor de escribir a su eminencia». Le escribe también por gratitud, por la que debía en realidad y con mucho mayor motivo a sus padres. Se toma la confianza «de recomendar a su eminencia su pequeña compañía de la Misión, que usted mismo ha fundado y llenado de favores y que es obra de sus manos, y que se siente sumisa y agradecida a su eminencia como padre y prelado».

Prelado sobre la Congregación de la Misión era Retz en cierto sentido, pues seguía siendo en esa fecha el legítimo arzobispo de la diócesis de París, a la que seguía gobernando a distancia a través de sus muy adictos vicarios. Pero lo fue por poco tiempo después de la muerte del señor Vicente. Retz, el escandaloso eclesiástico, el ambicioso tramador político, renunció libremente a la sede arzobispal de París y vivió los años que aún le quedaban en una vida de conversión sincera, estudio, oración y trabajo por los pobres que sorprendió a todo el mundo. En la carta de despedida el señor Vicente le escribe que mientras su congregación «rezará en la tierra por su eminencia, yo haré lo mismo desde el cielo». Tal vez se debiera a estas oraciones el sorprendente cambio de vida en la edad adulta de Retz. Aunque de joven era Retz alocado y frívolo, Vicente había visto claro a través del escan­daloso comportamiento que tanto había herido la sensibilidad de la gente bien y del clero digno. No estaba efectivamente aquel joven, a pesar de las apariencias, muy lejos del reino de Dios. Si algo tuvo que ver en su radical conversión la semilla del buen ejemplo que había recibido desde su niñez de sus padres y del señor Vicente, o también la gracia de las oraciones que le llovían del cielo después de la muerte de éste, ni el historiador ni el biógrafo lo saben. Sólo lo sabe Dios.

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El día 2 de octubre de 1659 comenzó el señor Vicente sus ejercicios espirituales anuales. Iban a ser éstos, no lo sabía con seguridad aunque podía sospecharlo con sobrado motivo, los últimos que haría en su vida. En el transcurso de ellos dio el último paso para asegurar la pervivencia del gobierno de su congregación después de su muerte. Desde su lejana fundación en 1626 la había gobernado él mismo sobre el fundamento de su autoridad y carisma de fundador, autoridad reconocida libremente y sin dificultades por todos, dentro y fuera de casa. El carisma suyo personal era intransferible, pero podía, basándose en él, proponer a su congregación un sistema que legitimara el paso de su propia autoridad a otra persona. El sistema que eligió desde el comienzo mismo de su congregación, y aun antes en el contrato que firmó con los Gondy en 1625, era el común en las órdenes religiosas y en otras instituciones eclesiásticas, incluyendo e1 papado, durante siglos, la elección de un sucesor por mayoría de votos. El se reservaba el garantizar un gobierno de transición entre el día de su muerte y el de la reunión de una asamblea general que eligiera a su sucesor, cosa que hizo en estos ejercicios espirituales «después de haber pensado en este asunto» durante cinco días. Nombró como vicario que gobernara su congregación entre la fecha de su muerte y la celebración de la asamblea a Renato Almeras, del que dice: «Creo delante de Dios que posee las cualidades requeridas para ello». Se reservaba también otra cosa, el sugerir dos nombres de entre los cuales, «salvo el mejor juicio de los electores», se podría elegir a su sucesor como superior general. Uno de los dos nombres era el de Almeras, quien fue de hecho elegido por unanimidad por los otros dieciocho participantes en la asamblea que se tuvo tres meses después de fallecido el señor Vicente.

Arreglado este asunto podía morirse en paz, por lo menos en cuanto se refería a asegurar la continuidad en el tiempo de la institución más cercana a él mismo de entre las varias que había fundado. ¿Conservaría su congregación a lo largo del tiempo el espíritu vivo del fundador que le había dado alma y origen? El hizo todo lo que pudo por que así fuera, pero no estaba muy seguro de ello. Había en primer lugar una especie de ley aparentemente ineludible, a la que se refirió con frecuencia en sus charlas, ley que él había creído descubrir por sus lecturas y por su experiencia en multitud de instituciones similares. Todas habían empezado llenas de vitalidad bajo el empuje del fundador, y todas, con la excepción tal vez de los cartujos, habían decaído a niveles de vida un poco amorfos o francamente corrompidos menos de cien años después de la muerte del fundador respectivo. Pero es que además él conocía muy bien a sus hombres. Y aunque no faltaban entre ellos los capaces de mantener muy vivo lo que él mismo les había inspirado, sabía que había también entre ellos «misioneros flojos», que asustados por la variedad de las obras de su congregación acabarían refugiándose en una forma discreta de vida clerical, dejando de lado el riesgo de una auténtica vida misionera. Hombres que limitarían «su visión y sus proyectos a una pequeña circunferencia, en la que se encierran sin querer salir de ella, como se encierran los caracoles en su concha». A punto estuvo él mismo, recién ordenado sacerdote, de convertirse en un ino­fensivo caracol clerical. Pero Dios rompió su concha y abrió su alma a la esplen­dorosa luz del día y del mundo. Tal vez fuera excesivo esperar que se repitiera el milagro con demasiada frecuencia incluso entre los hombres que se habían sentido atraídos por su espíritu vigoroso.

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Sus problemas agudos de salud y la preocupación por la estabilidad de su con­gregación no consiguieron encerrar a este hombre de 79 años en la pequeña cir­cunferencia de San Lázaro. Seguía velando por la buena marcha de todas sus obras y de todas las muchas gentes movilizadas por él, de los pobres campesinos de 1a Picardía, de variados problemas de iglesia. También se preocupaba, cómo iba a dejarlos de lado, por los problemas del mundo en que vivía. Unas heladas tardías a finales de abril de 1659 habían arruinado sembrados y viñas en los alrededores de París. San Lázaro recibía con ello un duro golpe que obligó a reducir drásti­camente la ración diaria de pan y vino de los muchos comensales del priorato. Pero a Vicente le duele aún más el daño que sufrirían por ello los campesinos: «Quiera Dios tener piedad del pobre pueblo», escribe en mayo a uno de sus hombres que estaba en la frontera de Picardía, desde el mismo comienzo de la campaña nueve años antes, repartiendo los auxilios de guerra que se enviaban desde París. Una noticia le consuela: «que se habla de la paz como de cosa hecha; eso sería un gran bien para las pobres regiones de la frontera». Efectivamente, así era. Aunque la paz de los Pirineos entre Francia y España no se firmó de hecho hasta noviembre en la isla de los Faisanes, en la desembocadura del Bidasoa, ya desde el año anterior habían comenzado en firme las negociaciones de paz que pusieron fin a la lucha armada que había durado veinticinco años.

Había sido él uno de los primeros que habían intentado poner paz al poco tiempo de que Richelieu se lanzara por el camino de la lucha abierta y declarada. No tuvo, se recordará, éxito ninguno en las gestiones que llevó a cabo ante Richelieu en persona. No dejó por ello de desear la paz ni de rezar por ella. Le dolía profundamente que estuvieran enzarzados en una guerra fraticida dos países vecinos y católicos. Pero le dolían aún más los miles de víctimas inocentes y pobres que producía la guerra. Si el conseguir la paz no estaba al alcance de su mano, sí estaba, y a ello se dedicó en Lorena, en Champaña, en Picardía, hasta que vino la paz, remediar en la medida de sus fuerzas los desastres de la guerra.

De manera que cuando al fin vino la paz el señor Vicente la saludó con júbilo. Se le quitaba por fin de encima lo que había sido probablemente la mayor pesadilla y la más larga de su larga vida. Podía por fin liquidar la larga y costosa operación de ayuda en que se había embarcado por propia iniciativa desde el comienzo mismo de las hostilidades. Escribe a su hombre en Picardía que los habitantes de la región fronteriza «ya no podrán esperar más ayudas de París». Pero se sigue preocupando por aquellos a los que, aún después de acabada la guerra, no les resultaría fácil conseguir una recuperación rápida que les permitiera vivir decentemente. Había que intentar que «todos los pobres que carecen de tierras se ganen la vida. Habrá que dar a los hombres alguna herramienta para trabajar, y a las jóvenes y a las mujeres ruecas y estopa y lana para hilar. Ahora que llega la paz encontrarán dónde poder trabajar. Y como ya los soldados no les quitarán lo que tengan podrán reunir algo y recuperarse poco a poco».

En cuanto a él mismo, no había ya esperanza de que se recuperara, ni siquiera poco a poco, como no fuera de milagro. Escribe en noviembre a un misionero suyo en Madagascar, quien nunca vería su carta pues había fallecido año y medio antes: «Mis piernas enfermas ya no me pueden llevar». Algo más que «una pequeña molestia que tengo en las piernas:> debía de ser lo que le afectaba la víspera misma del día final del año 1659 para excusarse de una visita que deseaba hacerle nada menos que la duquesa de Aiguillon, y para sugerirle que la pospusiera «para otra ocasión». Ocasión que ya no se volvería a presentar, pues a lo largo de la mayor parte de los meses que le quedaban de vida no sólo dejó del todo de salir de San Lázaro, o de apenas ni siquiera descender penosamente a la planta baja, sino que se vio confinado, casi como un inválido, a su propia habitación.

(1660)

Así llegó al año de 1660, que iba a resultar ser el último de su vida; «recluido en su habitación desde hace un mes», escribe Luisa de Marillac el 13 de enero, «aunque no deja de trabajar tanto o más que nunca por el prójimo». No había visto Luisa al señor Vicente desde que comenzó la reclusión ni volvió a verle en vida. Ella misma falleció el 15 de marzo de ese año. De entre las muchas renuncias que había aceptado y asumido para vivir hasta el fin su vida sacrificada tal vez fuera ésa una de las más dolorosas, el no poder contar al final con la ayuda de quien había sido, según creía y decía ella, el padre de su alma, «la persona que nos es más querida en este mundo», como ella misma había escrito unos años antes a Portail. Se volverían a ver cara a cara, esta vez en el cielo y sin achaques, al amanecer del día 27 de setiembre.

El mismo Portail falleció un mes antes que Luisa de Marillac. Trabajador honrado y dedicado, hombre fiel y cumplidor, había resultado ser tal vez un poco corto en las cualidades de dinamismo y energía que Vicente deseaba para sus hombres y que él mismo poseía en tan alto grado. Pero a cambio resultó ser muy útil para mil detalles en la consolidación de una fundación de cuño relativamente nuevo como la congregación de misioneros del señor Vicente, y de otra muy original y de alto riesgo como era la compañía de las hijas de la caridad. Se murió calla­damente, como había vivido. Más de un mes antes de morir se había retirado a una especie de pequeña ermita en un rincón de las tierras de San Lázaro para prepararse a lo que él y todo el mundo veía, dado lo delicado de su salud, como inevitable y cercano.

También en esta recta final de la vida se pudo percibir el contraste de carácter entre el señor Vicente y quien resultó ser su ‘brazo derecho’, según gustan de calificar con justicia a Portail los biógrafos del señor Vicente. Vicente no se retiró a ninguna ermita para prepararse a morir. Y aunque ya desde febrero muchos días no podía moverse de su habitación ni para celebrar misa, se mantuvo vigilante y trabajando hasta casi la víspera de su muerte. Murió el 27 de setiembre, pero estuvo celebrando consejos de gobierno de su congregación y escribiendo cartas por lo menos hasta el día 25.

Por lo demás, si la muerte de Luisa provocó alguna lágrima en el corazón del señor Vicente, éste se la guardó para sí mismo. Sólo en un par de momentos en las dos charlas que se las arregló para tener en San Lázaro, a pesar del lastimoso estado de su salud, en el mes de julio con un grupo de hijas de la caridad, dejó escapar de sus labios, como se vio arriba, el testimonio emocionado y casi lírico de la admiración que sentía por ella. Admiración y también la seguridad de que Luisa había ido a fundirse de inmediato en la inmensidad de Dios. «Ahora está allá arriba», dice a las jóvenes de Luisa, «y reza por vosotras desde el cielo». Vicente tiene «muchos motivos para creer que está gozando ahora de la gloria prometida a los que sirven a Dios y a los pobres como ella les sirvió». Es más: se atreve a asegurar en carta y por escrito a los pocos días de la muerte de Luisa «que está ya ahora delante de Dios». No era ésta en absoluto una convicción apasionada.

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Aún le faltaban a él mismo seis meses para llegar a la presencia de Dios. A1 llegar allí tendría que responder y dar cuenta cara a cara del último proyecto de su vida, su proyecto más arriesgado y desconcertante en favor de los pobres. Al final de su vida este hombre de Dios débil y enfermo se embarcó en un proyecto armado de liberación por fuerza de los esclavos del norte de África. Numerosos testimonios del proyecto aparecen en su correspondencia desde febrero de 1658. Pero cumplidos ya los ochenta años en abril de 1660 los testimonios se multiplican. Corre por París el rumor de que la expedición armada está teniendo o ha tenido lugar. Vicente escribe sólo diez días antes de su muerte a uno de sus hombres en Marsella, donde estaba la base de operaciones, en un tono angustioso: «En nombre de Dios, dígame lo que pasa». Se murió sin saberlo. Se enteraría en el cielo. Se enteraría de que la expedición había sido, como le sucedió en algún otro de sus proyectos, un fracaso. Pero antes de enterarse tendría que dar cuenta ante Dios, él, hombre de paz, de su intervención en un proyecto de liberación armada. Póngase por un momento el lector en el lugar de Dios y pase, si se atreve, un juicio. Estos son los hechos.

Sin que se sepa cómo ni cuándo el señor Vicente había «saludado en una ocasión en casa del señor cardenal» Mazarino a un cierto caballero Paul, de la orden de Malta, marino valiente que por valor y méritos había ascendido a lugarteniente general de la marina francesa. Tuvo este caballero la idea, algo descabellada aunque no imposible del todo, de organizar una invasión para liberar por la fuerza a los miles de cristianos esclavos en Argelia. Vino el proyecto a oídos del señor Vicente, sin que tampoco sepamos cómo, aunque probablemente por sus contactos en la corte o bien por información de sus hombres en Marsella. A Vicente le entusiasmó la idea desde el primer momento. De repente se le presentaba la manera de conseguir de un golpe lo que venía intentando hacer penosamente desde hacía tantos años con mucho dinero y muchos sufrimientos por parte de sus hombres en el norte de África, la vuelta a la libertad de seres humanos mantenidos injustamente en es­clavitud. Escribe en 1658 al superior de la casa que tenia su congregación en Marsella: «Le ruego vea al caballero de mi parte y le manifieste mi gratitud por ese proyecto. Su valentía da motivos para esperar un buen resultado de esta em­presa. Dígale que me considero feliz de llevar su apellido».

No puede disimular las ganas de que la empresa se lleve a cabo; y aún añade, aparte de los motivos personales mencionados, otros dos para animar al caballero a llevar adelante su atrevido proyecto. Uno es «el trato que le han dado al señor cónsul en Argel», que era el representante oficial del rey de Francia y, recuérdese, miembro de la congregación del señor Vicente. El otro es más general y patriótico, irresistible para un alto oficial de la marina francesa: «El (el caballero Paul) lavará a Francia de los insultos con que esos bárbaros han manchado su nombre». Aún añade más: apela a los sentimientos religiosos que sin duda tendría un miembro de la orden de Malta como era el caballero Paul, y dice a su hombre que le sugiera que «no podrá hacer una obra más agradable a Nuestro Señor».

No se quedó en entusiasmo y buenas palabras de aliento la participación del señor Vicente en la arriesgada empresa. Se buscó la influencia de la duquesa de Aiguillon para que consiguiera el apoyo de las autoridades de Marsella; él mismo tuvo una reunión con «dos personas de mucho juicio, muy inteligentes y experimentadas» para ver «qué es lo que se puede hacer en ese asunto de Argel»; y hasta se consiguió que el mismo rey y su primer ministro Mazarino se interesaran en el proyecto. No se pudo, sin embargo, conseguir el apoyo económico de la corona, ocupada a la sazón en el asedio «por mar y por tierra» de la ciudad de Dunkerque, asedio al que el rey dedicaba «todas sus finanzas». Dio éste sin embargo órdenes secretas al caballero Paul para que llevara adelante el proyecto. El mismo Vicente apoyó la financiación del proyecto con la suma de 20.000 libras. Era ésta un dinero que el señor Vicente tenía en depósito procedente de colectas llevadas a cabo por las damas de la caridad y destinado a la compra de la libertad de un número de esclavos. La idea de ofrecer las libras al caballero procedió de la duquesa de Aiguillon, presidenta en aquel momento de la cofradía, y contó con el consenti­miento de las damas. Tenían que tomarse ciertas cautelas para que la importante cantidad no se volatilizara en los vericuetos de una empresa que podía muy bien resultar fallida. Vicente escribe a su hombre en Marsella que las 20.000 libras se le darían al caballero Paul «después de haber liberado a los esclavos», «no a unos cuantos, sino a todos los esclavos franceses que haya en Argel. Dígale que no recibirá nada hasta que lo haya hecho». Si no se consiguiere la libertad de todos, «ese dinero tiene que servir para conseguir por los caminos ordinarios ese resultado» de compra de la libertad de algunos.

Aún se tomó otra precaución, ésta de alta política internacional. «El Gran Señor» de Constantinopla, a cuya soberanía estaba sometido casi todo el norte de África, «podría resentirse» y tomar sus represalias por aquella intromisión armada en sus dominios, represalias tales como «detener a todos los comerciantes de Francia que haya por el Levante». Pero el señor Vicente sabe de muy buena tinta «que no hay motivos para temer esta reacción», pues «el Gran Señor no verá mal que el rey (de Francia) busque la ocasión de castigar los agravios que ha recibido de dicha ciudad de Argel y de las vejaciones que allí sufren sus súbditos». Tenía en cuenta al escribir esto las injurias de cárcel y bastonazos que había recibido el mismísimo cónsul del rey, e innúmeras vejaciones sufridas por varios comerciantes franceses, sin mencionar las de los esclavos. Pero había más: desde hacía muchos años existía un tratado entre la corona francesa y Constantinopla en virtud del cual se com­prometían ambos poderes a no tomar como esclavos a súbditos de la otra autoridad. En virtud de este tratado Francia enviaba de vez en cuando embajadores al norte de África para exigir, casi siempre sin mucho éxito, que se cumpliera el tratado y conseguir por negociación la libertad de los esclavos franceses. Así pues, la detención de los esclavos franceses era, además de ‘inhumana’, totalmente ilegal en virtud de tratados firmados. El señor Vicente sabe que en esta ocasión el rey «ha enviado un despacho a su embajador en Constantinopla para que presente sus quejas al Gran Señor y a la Sublime Puerta». De manera que por ese lado se aseguraba que el intento del caballero Paul no serviría de ocasión o pretexto para desencadenar un mal mayor que el bien de la posible liberación de los esclavos, como sería una sangrienta guerra entre las que eran entonces las dos mayores potencias mediterráneas.

En la correspondencia de los últimos seis meses de su vida aparece el tema en un tono casi nervioso a veces, muy preocupado por las confusas noticias que corrían por París sobre la invasión, y por la exasperante lentitud con que procedía el proyecto del caballero Paul. La última noticia, decíamos, es de sólo diez días antes de su muerte, del 17 de septiembre. «Estoy con una preocupación que me causa una pena indecible. Corre por aquí el rumor de que el comendador Paul ha puesto sitio a Argel, pero se ignora el resultado». El rumor era falso. Sólo un tiempo después de la muerte de Vicente emprendió por fin el caballero la ejecución del proyecto, sin que consiguiera ni de lejos la liberación de todos los esclavos franceses que Vicente había esperado con verdadera ansiedad. El caballero Paul no consiguió ni siquiera poner el pie en tierras africanas, ni que lo pusiera uno solo de sus hombres armados. Cinco días estuvo a la vista de la ciudad de Argel sin poder desembarcar por el mal estado de la mar. Cansados él y sus hombres de la espera dieron un golpe de timón y pusieron proa a otras aventuras. Todo el botín que se pudo llevar se redujo a unos cuarenta esclavos cristianos que arriesgaron su vida a nado y pudieron ser recogidos por los barcos del caballero Paul.

Estos son los hechos. Ahora puede juzgar el lector si este último hecho importante de la vida del señor Vicente es congruente con la fe y la trayectoria de un hombre de paz como él, discípulo de Jesucristo por los cuatro costados, que desde 1617 ha entregado su vida a ayudar en la medida de sus fuerzas a continuar la misión de Cristo de redención de los pobres. Los biógrafos del señor Vicente suelen mencionar, aunque no todos, ese incidente de su vida como quien pasa sobre ascuas, y de todos modos como poco significativo o tal vez incluso como un poco disonante en el conjunto total de su personalidad y de su obra. Hay quien aventura una interpretación que ve el incidente como motivado por un secreto deseo del señor Vicente de cerrar al final de su vida el círculo abierto en su juventud por los piratas que lo llevaron como esclavo al norte de África, apuntando de paso que Dios no quiso que se cerrara el círculo. Pero aún hay otra interpretación más peregrina, y ésta se debe a uno de los mejores biógrafos, si no el mejor, que ha tenido Vicente de Paúl. Nos referimos a Jean Calvet, hombre culto y honrado, que en esta ocasión se deja arrastrar por el entusiasmo patriótico y atribuye a Vicente de Paúl intenciones que éste no pudo jamás tener: «Hasta 1830, cuando se apoderó de Argelia, no llegó Francia a realizar el sueño de Vicente de Paúl de acabar definitivamente con la piratería y la esclavitud. ¿Cuántos, entre los que en 1830 desembarcaron en Argel, sabrían que «Francia heredaba de Vicente de Paúl, ante Dios y ante los hombres, sus derechos sobre el África del norte?» (El subrayado es nuestro).

Este incidente no se puede ver como menor ni como poco significativo en la vida de san Vicente de Paúl. Que no es menor se ve fácilmente en el hecho de que le ocupó y le preocupó mes tras mes durante más de dos años. Y que no es poco significativo se revela en que pertenece a los dos últimos años de su vida, hasta la víspera misma de su muerte. No es creíble que dada la admirablemente ho­mogénea y consistente trayectoria de su personalidad a partir de los 37 años, centrada obsesivamente en la imitación de Cristo redentor de los pobres, se em­barcara precisamente al final de su vida en un proyecto asumido ciertamente por compasión hacia los pobres, esclavos en este caso, pero que lo hiciera a espaldas o al margen, o tal vez en contra, de su seguimiento de Cristo. El nunca creyó tener, ni creyó que Francia tuviera, derechos de colonización o de conquista sobre el norte de África. Pero sí se creyó obligado a poner todos los medios a su alcance para conseguir la liberación de seres humanos en condiciones extremas de indi­gencia, sin excluir, si no había otro camino para la liberación, los medios armados.

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¿Qué juicio se pasaría sobre él por este último hecho de su vida cuando este hombre de paz amaneció el 27 de setiembre de 1660 ante la presencia de su Creador y Señor? ¿Pondría Dios Padre en el cielo alguna objeción, y si no objeción al menos alguna reserva o apostilla, a la sentencia dada de antemano por su Hijo en la tierra?:

Ven,
bendito de mi Padre,
recibe el reino
preparado desde la creación del mundo.
Porque tuve hambre…

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