Vida de santa Luisa de Marillac. 01. Una infancia agitada

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CREDITS
Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1992.
Estimated Reading Time:

Introducción

LA HISTORIA habla con admiración del gran santo de la caridad. Su irradiación ha resistido el paso de los siglos. ¿No decimos de quienes encarnan al presente la caridad entre el deshecho de la sociedad, entre los moribundos abandonados, que son modernos «Vicentes de Paúl»?

¿Por qué la historia parece ignorar a la que fue la humilde y discreta colaboradora de Vicente de Paúl? ¿Acaso por ser mujer? ¿O porque fue sobrina de Miguel de Marillac, guardasellos de Richelieu, que intentó derrocar el orden establecido provo­cando el «día de los engaños»? ¿O no será por haber sido hija natural? Durante mucho tiempo la Iglesia ha colgado a esos niños el sambenito de lo que llamaba la culpa de los padres. Luisa no será canonizada hasta el siglo XX, casi trescientos años después de su muerte.

Sin embargo, de no ser por ella, ¿hubieran exis­tido las Hijas de la Caridad, designadas habitual­mente como hermanas de san Vicente de Paú1? Sin ella, ¿hubieran encontrado amor y educación los niños expósitos, y los galeotes y enfermos unas manos compasivas que los socorrieran en su des­gracia? Sin ella, ¿el mismo Vicente de Paúl hubiera llegado a ser el santo más popular?

Luisa de Marillac nació el 12 de agosto de 1591. Durante treinta y cinco años permanece al lado de Vicente de Paúl, compartiendo el mismo amor a Dios y a los pobres. El 15 de marzo de 1660 fallecía Luisa, unos meses antes que el humilde campesino de Las Landas.

Una infancia agitada

EN NUESTRA sociedad moderna, Luisa de Marillac sería uno de los innumerables niños denominados «casos sociales». Múltiples trastor­nos marcan su personalidad. Su madre es una des­conocida. En 1595 su padre, hombre de carácter antojadizo, se casa en segundas nupcias con una viuda, madre de tres hijos. Las relaciones conyuga­les se deterioraron rápidamente.

A los doce años, Luisa es huérfana. Luis de Marillac, su padre, muere el 25 de julio de 1604. Se le asigna como tutor a su tío Miguel; pero la fami­lia Marillac se desentiende de esta niña que, debido a su nacimiento, carece de los derechos legales de la familia. La falta de la madre, de un hogar, de hermanos y hermanas, deja para siempre su huella profunda en la sensibilidad de la niña.

Luisa no volvió con su padre. Éste muy pronto la coloca en el convento real de Poissy. La pequeña encuentra allí el afecto de su tía abuela, la madre Luisa de Marillac. Esta religiosa dominica es una humanista. Se complace en compartir con la niña su gusto por la cultura y la pintura. Con las otras niñas procedentes de las familias más grandes del reino, Luisa disfruta del fervor religioso que reina en el monasterio.

Hacia los doce años, Luisa es sacada de Poissy y enviada a un internado regido por una «señorita pobre». Los historiadores se preguntan por las ra­zones del cambio. Luisa no habló nunca de ello, aunque algunas veces recordó ante las hermanas su estancia en aquel modesto pensionado. ¿Fueron los apuros financieros de su padre los que motivaron el cambio? En 1602 se enfrenta en un proceso a su mujer, que ha dilapidado sus bienes. ¿Fue el tutor, que, muerto el padre, se negó a pagar la elevada pensión del convento de Poissy? Luis de Marillac dotó a su hija en el momento de sus segundas nupcias con una renta perpetua. Los ochenta y tres escudos pagados cada trimestre encajan mejor en la vida de la modesta pensión. Allí Luisa es iniciada en las tareas domésticas que una madre enseña normalmente a su hija.

¿Cómo reacciona la adolescente ante esta serie de reveses? Ciertas notas redactadas mucho después por Luisa permiten suponer un desconcierto y hasta una especie de rebeldía ante tantos sufrimientos.

«Dios… me hizo saber que su santa voluntad era que yo fuera a él por la cruz, que su bondad ha querido que tuviera desde mi nacimiento, no dejándome casi nun­ca en cualquier edad sin ocasiones de sufrimiento. Las almas a las que Dios destina al sufrimiento deben amar mucho ese estado y pensar que, sin una asisten­cia muy particular de Dios, no pueden serle fieles» ­(Escritos, 707).

Los albores del siglo XVII están fuertemente marcados por la renovación del concilio de Trento.

La vida religiosa florece en Francia. La Compañía de Jesús es restaurada en 1603. A1 año siguiente les toca a los capuchinos establecerse en el barrio Saint-Honoré. Luisa los ve desfilar por las calles de París, los pies desnudos, precedidos por una larga procesión presidida por el arzobispo de París. La joven de quince años se siente atraída por aque­lla vida claustral de total austeridad y oración. Va a menudo al monasterio. «Se llena de gozo apenas divisa sus muros» (Doc. 923). Se inicia en la ora­ción y se impone «comer raíces» (Doc. 947). En un arranque de fervor, Luisa promete a Dios hacerse un día religiosa capuchina. Pero sabe muy bien que son los padres los que escogen el futuro de sus hijos; que una joven no puede decidir nada por sí misma. Necesita, pues, hacer algunas diligencias ante su tutor. Miguel de Marillac, sorprendido por la petición de su sobrina, la envía a ver al provin­cial de los capuchinos, el padre Honoré de Champigny. La respuesta negativa hiere en lo más hondo a Luisa. ¿Es realmente su precaria salud lo que le impide ser capuchina? No podría, le dicen, soportar los rigores de la regla. ¿No está también la negativa inconfesada de los Marillac a pagar a su sobrina pobre la dote necesaria para entrar en reli­gión? El padre provincial por todo consuelo le dice estas palabras a la joven desamparada: «Dios tiene otros designios sobre usted». Estas enigmáticas palabras calan en el ánimo de Luisa.

Durante largos años buscará con inquietud e impaciencia su «vocación».

La familia de Marillac se preocupa entonces de casar a la joven. Uno de sus tíos, Octaviano d’Attichy, superintendente de finanzas, propone a uno de los secretarios de los servicios de la reina. El 5 de febrero de 1613, en la iglesia de San Gervasio, se celebra la boda de Antonio Le Gras y de Luisa de Marillac. Al casarse con un simple caballerizo, Luisa no llevará el nombre de señora, sino el de señorita, como las mujeres de la burguesía. Los de Marillac pueden descansar tranquilos; han dispues­to a su plena satisfacción el futuro de la hija natural de uno de los suyos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *