Capítulo XXVI: Envía Vicente sus misioneros a diversas provincias de pueblos infieles y oprimidos por la herejía.
No satisfecha la ardiente caridad de Vicente con el fruto que daba a la Iglesia por mano de sus operarios en los pueblos de la cristiandad, discurrió hacer lo mismo en los países infieles; y porque sabía por la experiencia que en su cautiverio había adquirido, los indecibles males que padecen los cristianos cautivos, tuvo siempre un tierno afecto por ellos, y deseó con ansia aliviarlos en cuanto le fuese posible. Quiso el cielo premiar este cuidado de su siervo, excitando la piadosa liberalidad de Luis XIII, quien para este efecto le dio una suma de nueve a diez mil liras,1 que al punto envió el siervo de Dios con algunos sacerdotes de su Congregación a Túnez y Argel; y con el fin de que estos socorros se empleasen con seguridad en beneficio de los pobres esclavos, procuró que los cónsules que en dicha ciudad tiene la nación francesa, fuesen personas de vida ejemplar; igualmente solicitó que a los sacerdotes enviados a estas misiones, los declarase la Santa Sede vicarios apostólicos, para que pudiesen con esta autoridad remediar los desórdenes que nacen cada día en aquella porción del rebaño del Señor. Trabajó incesantemente toda su vida en mantener estas dos misiones, reemplazando con buenos operarios la falta de los que morían asistiendo a los cautivos apestados, sin que el temor de que corriesen la misma suerte los que nuevamente enviaba, disminuyese en nada el fuego de su caridad.
El gran bien que hacían estos operarios en los dichos lugares, correspondía a los deseos de Vicente; y para no alargar demasiado la relación de lo que allí acaeció, nos limitaremos a decir que muchos cautivos se hubieran dado la muerte, como muy frecuentemente lo hacían antes de esta época por desesperación, o hubieran renegado de la fe, y por la diligencia de los misioneros han perseverado en la confesión del verdadero Dios, sufriendo por su amor, con admirable paciencia, la horrible opresión de aquellos bárbaros. Otros de los que antes vivían sin temor de Dios y se entregaban, a ejemplo de los infieles, a los vicios más vergonzosos, particularmente a una detestable deshonestidad, han mudado de vida, observando los preceptos de la religión cristiana. Algunos ha habido tan firmes en la fe y tan abrasados de la caridad divina, que por huir los peligros que engendran las ocasiones y por evitar la más ligera ofensa de Dios, se han resignado a padecer crueles tormentos, y aun la misma muerte, con ánimo generoso, por conseguir una deseada victoria. Además de estos, muchos herejes, cautivos de aquellos bárbaros, han abjurado los errores de su secta y abrazado la fe católica, siguiendo más bien el buen ejemplo, que convenciéndose con las razones. Finalmente, como entre los cautivos hubiese algunos sacerdotes, que con escándalo de los otros cristianos, vivían en el mayor desorden, introdujeron los misioneros cierta subordinación al vicario apostólico, consiguiéndose de este modo que socorriesen las necesidades espirituales de los cautivos que había en la ciudad, y también las de aquellos que tienen sus dueños ocupados en las labores del campo, y de este modo hicieron menos penoso y menos peligroso el cautiverio.
No menor asistencia prestaba Vicente a los pobres cautivos representando sus miserias a muchas personas piadosas, quienes movidas a compasión, le daban cuantiosas limosnas, que empleaba en socorrer sus necesidades, dando a muchos de ellos dinero, ropa y alimentos, y rescatando a otros, prefiriendo a los que estaban en mayor peligro de renegar de la fe o de morir bajo la dura servidumbre de aquellos bárbaros. Con razón se llamaba Vicente padre universal de los afligidos, pues a los que tan distantes vivían, socorría con el mismo cuidado que a los que tenía presentes.
Entre todas las obras que en servicio de Dios y bien de las almas emprendió nuestro Santo, ninguna fue tan peligrosa como la misión de Madagascar, en la que se manifestó el ardiente amor que tenía a su prójimo. Mejor que nuestra relación, lo explicará la carta que escribió al Sr. Nacquart, cuando le envió a aquella isla con otro de la misma Congregación, y de la que insertaremos aquí una parte.
«Tiempo ha, dice, que nuestro Señor comunica a vuestro corazón deseos de servirle en alguna obra especial. Cuando en nuestra casa de Richelieu se propuso la misión a los infieles, me pareció que el Espíritu Divino llenaría vuestra alma dando señales de que os llamaba a esta empresa, según lo que me escribisteis entonces, así como otros de la misma casa; ha llegado el tiempo que produzca su fruto esta semilla de la divina vocación.
Ya el señor nuncio, con la autoridad de la Sagrada Congregación de Propaganda fide, ha elegido la isla de San Lorenzo, llamada vulgarmente Madagascar, para que allí sirva a Dios nuestra Congregación, y esta ha puesto la mira en vos, como la mejor víctima que tiene para sacrificar y presentar a nuestro Creador, y en unión del Sr. Gondree consumareis este sacrificio en servicio de Su Majestad y de aquella olvidada gentilidad. ¡Oh mi muy amado señor! ¿Qué dice vuestro corazón de esta noticia? ¿Recibe con la debida humildad tan señalado favor del cielo? Porque esta vocación es semejante a la de los apóstoles y santos más grandes de la Iglesia. La humildad, señor mío, la humildad solamente es lo que puede corresponder a tal gracia, acompañada con un perfecto desprendimiento de cuanto sois y de cuanto en adelante podéis ser, y de una firme confianza en la voluntad divina. Igualmente necesitáis tener un corazón grande, una fe semejante a la de Abraham y una caridad tan ardiente como la de San Pablo. El celo, la paciencia, el amor a la pobreza, la discreción, la pureza y el deseo de sacrificaros enteramente por Dios, son tan necesarios para vos, como lo fueron para San Francisco Javier«. Continúa después dándole otros muchos e importantes consejos, y concluye su carta con estas palabras hijas de su celo y humildad: «Doy fin a ésta, postrado en espíritu a vuestros pies, suplicándoos que roguéis a nuestro común Señor para que siempre le seáis fiel y termine en su amor el camino que conduce a la eternidad. Ningún estado apetezco con más vehemencia en la tierra, que el de ocupar, si me fuese permitido, el lugar de vuestro compañero el Sr. Gondree«. Animados con las exhortaciones de su celosísimo padre, emprendieron estos buenos misioneros con grande alegría la penosa navegación el día 18 de Abril de 1648; durante su travesía emplearon el tiempo en varios ejercicios de piedad, haciendo misión sobre la misma nave, pues en cualquier lugar la caridad cristiana procura el bien del prójimo. Llegaron después de ocho meses de un viaje feliz a la isla, y luego que comenzaron a hablar el idioma, se dedicaron con fervor a la conversión de los isleños, a quienes encontraron bien dispuestos para recibir y abrazar la fe. El fruto hubiera sido copioso si la guerra, que a poco tiempo se encendió entre los franceses y aquellos infieles, no hubiese impedido la propagación de la divina palabra, y si los dos primeros misioneros hubieran tenido más larga vida, o los otros que enviaba Vicente no hubiesen muerto, unos antes de llegar, y otros a poco de haber entrado en la isla. Pero el tiempo que vivieron estos operarios, trabajaron con tal actividad en la conversión de aquellos idólatras, que bautizaron un crecido número de ellos, y luego perseveraron con invencible constancia en la fe y vida cristiana hasta la muerte.
Dos de los misioneros que murieron en aquella isla, derramaron su sangre por la propagación de la fe de Cristo, y dieron verdadera honra a su benéfica Congregación. Uno de ellos fue Nicolás Esteban del Bene, sacerdote, y el otro Felipe Patté, lego. Yendo estos a instruir en los misterios de la Religión católica a un personaje principal del país, este mandó darles una muerte cruel, sirviendo en esto de instrumento para que Dios premiase el fervor con que se dedicaron a hacer aquella misión.
La ingeniosa caridad de Vicente encontró también camino para que fuesen los de su Congregación a provincias inficionadas de herejía, consiguiendo de este modo que los católicos perseverasen en la fe, y los herejes se redujeran al gremio de la Santa Iglesia. En 1643, de orden de Inocencio X, envió Vicente algunos sacerdotes a la isla de Irlanda, en donde la mayor parte de los católicos tenían una profunda ignorancia de las cosas de Dios, y estaban en gran peligro de ser engañados por la astucia y malignidad de los herejes. Partieron al punto aquellos operarios evangélicos a cultivar la nueva viña, haciendo frecuentes misiones en diversas partes del reino, y recogiendo un fruto proporcionado a sus afanes, hasta el año de 1652 en que se prohibió a los católicos el ejercicio de la religión, y a ellos la continuación de sus trabajos.
Envió también a otros países dominados por la herejía a muchos misioneros, quienes no solo confirmaron a los católicos en la verdadera fe, sino que redujeron a muchos herejes a la obediencia de la Santa Iglesia. Dando cuenta uno de estos misioneros a Vicente por una carta de lo que había hecho en cierto país, le dice que había convertido a la Religión católica por medio de la palabra divina cerca de novecientos; y dos años después le dice, que los nuevamente convertidos pasaban de mil doscientos; cosa admirable para quien sabe cuán obstinados son los herejes en sus errores. Cuando llegaban estas buenas noticias, venían muchos a dar a Vicente la enhorabuena, y él ordinariamente contestaba: «Nada soy más que un poco de lodo vil y despreciable, pues si Dios se digna servirse de mí para alguna cosa buena, se vale como del lodo y cal que une entre sí las piedras de sus edificios espirituales«.







