Capítulo XXV: Fúndanse varias casas de la Congregación de la Misión en diversos lugares.
La nueva casa que ocupaba la Congregación, dio mayor estimación a sus trabajos y un gran aumento en la ciudad de París; y poco después, no siendo bastante el reino de Francia para contener las raíces que echaba este frondoso árbol, se fue extendiendo por los países extranjeros, como fueron la Saboya, Italia, Polonia, y aun África y otros países remotos, como diremos después; cosa a la verdad maravillosa en lo humano, pues no era de esperarse que en vida del fundador de una compañía se extendiera ésta a tan diversas partes del mundo. Había además dos razones para no esperar tan pronta propagación: la primera, porque tenía Vicente por máxima invariable no solicitar nuevas fundaciones; la segunda, porque los establecimientos de estas Congregaciones se dificultan en razón de que necesitan los fundadores desde el principio medios abundantes para atender a las necesidades de los misioneros, ya porque, como antes se ha dicho, no pudiendo recibir nada de los pueblos en donde predican, necesitan que la casa erogue todos los gastos, ya porque no haciendo funciones en las ciudades sino entre pobres labradores, difícilmente se encuentra entre estos quien haga donación de ningún género.
No es mi intento hablar en este capítulo de todas las fundaciones que se han hecho en el reino de Francia, sino solo de algunas de las principales, mencionando los más ilustres fundadores, para dar a conocer cuánto progresó ene nuevo establecimiento por el mucho aprecio que hacían de Vicente. En primer lugar, Luis XIII fundó una casa de misioneros en Sedano; el cardenal Richelieu fabricó otra con su iglesia y renta suficiente en la ciudad de su mismo apellido. Y aunque fundó algunas casas Ana de Austria en Mets y Lorena, y Luis XIV en Fontenebló y otros lugares después de la muerte de Vicente, sin embargo, el objeto de estos príncipes fue, no solamente propagar las misiones, sino tributar un homenaje a la memoria del primer fundador, a quien habían distinguido con un especial cariño.
En Ainsi, ciudad de Saboya, a donde se había trasladado la silla episcopal de Ginebra, fundaron los misioneros, a instancias del Illmo. Sr. D. Justo Guerreiro, pastor vigilantísimo de aquella Iglesia, y de la Madre de Chantal, fundadora del orden de la Visitación; y moviendo con sus instancias la liberalidad del comendador de Silleri, hombre de gran piedad y muy estimado, consiguieron que señalase a los misioneros una renta suficiente para su mantención; de este modo aseguraron el que aquellos pueblos se instruyesen en la Religión cristiana, y se preservasen de la herejía reinante. En Italia la primer casa que hubo de la Congregación fue en Roma, y se fundó con ocasión de un viaje que hizo a esta corte en 1640 Luis Breton, sacerdote de la Mision, a quien había enviado Vicente a algunos negocios que en ella se le ofrecían; ordenóle que el tiempo que le quedase libre, lo empleara en enseñar la doctrina cristiana a los pobres del campo de las inmediaciones de Roma, pues conocía bien y hablaba la lengua italiana. Obedeciendo el hijo el precepto de su piadoso padre, en los días de Adviento, con licencia del cardenal Lauti, obispo entonces de Porto, se dedicó a este ejercicio por espacio de un mes, preparando a los pueblos de aquella diócesis con sermones y explicación de la doctrina, a celebrar el nacimiento del Salvador con júbilo interior y obras de verdadera devoción. Dios bendijo los trabajos de aquel buen sacerdote, inspirando gran fervor y piedad en la sencilla gente de aquellos lugares, lo que llegó a noticia de Urbano VIII, quien, estando ya informado del instituto, dio permiso para que se erigiese en Roma una casa de la Congregación, de la que quiso ser fundadora, así como de otras muchas lo había sido la señora María de Vignerod, duquesa de Aiguillon, sobrina del cardenal de Richelieu y singular bienhechora de la Congregación. Sería esta ocasión de hablar de tan virtuosa señora por ser raras sus virtudes, y sobre todo, por su gran liberalidad; pero bástenos decir que contribuyó al socorro de muchos pobres, al establecimiento de casas de beneficencia y a la propagación de la fe, no solo en el reino de Francia, sino en muchos países de infieles.
Cooperó mucho a esta fundación el Sr. Juan Bautista Altieri, entonces viceregente en Roma y luego cardenal de la Santa Iglesia, quien instruido del nuevo instituto, y del mucho fruto que había sacado de sus trabajos el ya dicho Luis Breton, intercedió con el papa a fin de que diese la licencia para la fundación de esta casa; y mientras vivió manifestó en varias ocasiones el aprecio y veneración que profesaba a los misioneros. Con no menos amor favoreció la Congregación el Sr. Clemente X, hermano del dicho cardenal, pues con singular piedad la asistió, no solo en lo espiritual, sino en lo temporal. Véase pues como, con el auxilio de Dios, un solo sacerdote produjo tanto bien.
Recibió Vicente la noticia de esta fundación con tiernos afectos de agradecimiento a la Majestad Divina, pareciéndole que con haberse fundado una casa en la metrópoli del cristianismo, se le presentaba un ancho camino para que él y los suyos se emplearan en el servicio de Dios fuera de Francia. Luego que esto supo, envió a ella diligentísimos operarios, encargándoles entre otras cosas, que cuidasen muy particularmente de instruir a los pobres labradores y denlas gente del campo, tanto por ser estos los más necesitados, cuanto porque siendo este ejercicio de menor aplauso y el que a los ojos de los hombres parece más humilde, es el menos expuesto al peligro de la vanidad. Repitiendo esto en una carta suya, decía: «¡Cuánto deseo tengo de que hagáis estas misiones a los pobres pastores! Estos son los favorecidos de nuestro Señor, porque a ellos antes que a los ciudadanos de Jerusalén, y aun a los de Belén donde nació, quiso participar la noticia de su venida al mundo«.
Todo lo que Vicente había ordenado a estos misioneros, lo ejecutaron con celo particular, pues transitando por aquellos campos, dormían con los humildes pastores en sus cabañas, disponiéndolos con pláticas familiares a hacer confesión general y a vivir como verdaderos cristianos; con lo que en las diócesis circunvecinas eran llamados por los obispos y cardenales, para que se encargasen de guiar por el camino de la eterna salud a los pueblos que tenían a su cargo pastoral.
La fama que en toda la Italia habían adquirido los misioneros, llegando a noticia del cardenal Durazzo, arzobispo de Génova y prelado de gran piedad, le hizo desear que también su diócesis disfrutase de los beneficios de las misiones. Pasó a la sazón, o más bien por disposición divina, un sacerdote de la Congregación que volvía de Roma a París y sin intención de detenerse en ese punto; pero habiendo presentado al cardenal su patente para obtener la licencia de decir misa, le llamó el vigilante pastor y le pidió que le instruyese en lo relativo a las reglas que observaban y trabajos en que se ocupaban los misioneros, lo que sabido por el arzobispo, le determinó a suplicarle que permaneciese algunos días en aquella diócesis para hacer algunas misiones en unión de otros sacerdotes de buenas disposiciones para el caso, y deseosos del bien de las almas. Obedeció el misionero, dando luego aviso a Vicente, y con su licencia puso por obra el encargo del cardenal, que en breve produjo bienes manifiestos en la moralidad del pueblo, siendo uno de ellos el haber celebrado la paz unas villas que estaban en grande oposición. Por estos primeros beneficios de las misiones calculó el cardenal todo el bien que debía resultar del establecimiento de una casa en Génova; lo que verifico con gran liberalidad, socorriendo al mismo tiempo la de Roma con sumas considerables que dio en vida y dejó para después de su muerte.
El ejemplo del cardenal Durazzo y el bien que por todas partes hacían los misioneros, movieron la piedad del marqués de Pianezza, personaje muy distinguido, para fundar poco tiempo después una casa de la misión en Turín, que prosperó mucho y dio gran fruto en diversas partes del Piamonte.
Después de la muerte de Vicente sus misioneros han fundado en Nápoles, por instancias del cardenal Caracholi, arzobispo de esta ciudad, quien deseando que floreciese en su clero la disciplina eclesiástica, dispuso que cuanto antes se ocupasen en las funciones de su instituto. Poco después el Sr. Troti varón de singular virtud y celo, hizo lo mismo en Pavia, desde donde las misiones se extendieron a todo el estado de Milán.
En Polonia fueron llamados los misioneros el año de 1651 por la piadosísima reina María Gonzaga, quien les dio una casa en Varsovia con suficiente renta, favoreciéndolos toda su vida por la grande estimación que tenía a Vicente, a quien conoció y trató mucho en París. Otras muchas fundaciones de la Congregación de la Misión se han hecho con grande utilidad de la Iglesia, y por ser muy largo el referirlas, las pasamos en silencio.







