Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 15

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Year of first publication: 1701.
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Capítulo XV: Refiérense algunos de los principales bienes que producen las misiones.

Esta materia exigía un largo tratado, aun para decir solamente el servicio que mientras vivió Vicente hizo a la Iglesia, y el provecho que sacaron las almas con el ejercicio de sus misiones; contentarémonos, pues, con decir algo solamente, que para conocer lo que fue este siervo de Dios, basta saber algunos de los bienes principales que nacen de esta ocupación, que tanto ennobleció este prodigioso varón.

El principal fruto que resulta de las misiones, es el desterrar la ignorancia de los labradores y gente rústica educada en las aldeas y en los pueblos pequeños, quienes de ordinario tienen muy poca instrucción en los misterios de nuestra santa fe, ignoran los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, no saben cuáles son las condiciones necesarias para hacer una buena confesión, se encuentran algunos que ignoran hasta la oración del Padre nuestro y Ave María, sin saber lo que deben creer y obrar, viven como brutos, pasando de este modo todos los años de su vida, hasta morir en el estado más digno de compasión; de esta perniciosa raíz se originan los abusos de los sacramentos, el fraude en los contratos, los odios, las supersticiones, las blasfemias y otros innumerables pecados, que llevan no pocos millares de almas al infierno.

El celo de Vicente procuró remediar estos gravísimos desórdenes, y lo consiguió por medio de sus afanes evangélicos: pero más cumplidamente por la institución de la Congregación de la Misión, que en todos los países de Europa da frutos copiosos a la Iglesia. La grande utilidad que sacan los pueblos de la solicitud de los misioneros, se echa de ver en los efectos que producen en las almas sus ejercicios; los labradores dejan con gusto la labor del campo por venir a oír la palabra divina, sin que les cause fastidio el que sea larga la misión; y aun cuando se hallen rendidos por la fatiga de sus labores, al volver de ellas, sin entrar en su casa, se van directamente a la iglesia: muchos vienen de lugares distantes dos y tres leguas, a pesar del agua y de la nieve, por no perder las misiones; y con frecuencia es tan grande el número de los oyentes, que no teniendo bastante capacidad los templos, se predican los sermones en las plazas públicas. Difícil cosa es explicar la singular atención con que todos oyen la palabra de Dios, los suspiros y el llanto que salen de sus compungidos corazones; sin detenerse muchos de ellos, guiados por su arrepentimiento, van a confesarse; otros buscan a sus enemigos para abrazarlos y reconciliarse con ellos; otros hacen grandes demostraciones de verdadera penitencia; como sucedió en la isla de Córcega con una persona principal, que antes había vivido muchos años en bandos y enemistades, y oyendo un sermón de la misión, en la mitad de él interrumpió al predicador, se subió sobre un banco confesando públicamente sus pecados, y diciendo a gritos: «Soy un pecador escandaloso, que he ofendido gravemente a la Majestad Divina; he escandalizado a todo el pueblo, y por lo mismo pido humildemente perdón a todos«. Conmovió los corazones de los que estaban presentes el sentimiento con que decía esto, e hizo derramar lágrimas a todos. Causa admiración a los mismos misioneros ver la ansia con que llegan a sus pies los penitentes por librarse del peso de sus culpas, habiéndose verificado algunas veces el que no pocos durmiesen en las puertas de las iglesias para ser los primeros en ocupar los confesonarios por la mañana. Muchos dicen a gritos: «Padre, confiéseme a mí primero por amor de Dios, que soy un gran pecador y tengo más necesidad de hacer una confesión general que esos otros que están ahí«. Otros, con vivas instancias piden a los confesores que les den ásperas penitencias, sucediendo varias veces que vuelvan después a rogar que se les dé otra mayor que la que les han impuesto; señales todas de que reina en el alma el verdadero dolor de haber ofendido a Dios. Las restituciones que se hacen en el curso de las misiones son tantas, que parece se renueva el jubileo de la antigua ley, en que todo lo robado volvía a manos de su dueño; y se hacen tan eficazmente, que muchos, a imitación de Zaqueo, restituyen más de lo que habían usurpado. Finalmente, todos los vicios se corrigen, de suerte que se destierran de los pueblos la injusticia, el escándalo y otros pecados, y quedan habitados por hombres que aunque rústicos, son modelos de virtud.

Otro de los frutos no menos importante que ordinariamente se saca de las misiones, es la desaparición de las venganzas personales y la perfecta reconciliación de los enemigos. Referiremos algunos casos, pasando en silencio por la brevedad otros muchos que se podrían escribir.

En la diócesis de Paris había tal desunión entre un cura y su pueblo, que llegaron los excesos hasta injuriar a aquél dentro de la iglesia; la mayor parte de los feligreses, luego que lo veían subir al altar, se salían por no oír su misa, y protestaban que más querían dejar de cumplir con la Iglesia, que recibir los sacramentos de su mano. Tuvo noticia Vicente de tan lamentable suceso, y para remediarlo envió algunos de los suyos a predicar la misión a aquel pueblo; lo que hicieron con tal eficacia, que después de ella no quedó la más ligera señal de la pasada enemistad, permaneciendo luego tan unidas las ovejas con su pastor, que de ambas partes se diputaron personas para que fuesen a París a dar las gracias a Vicente por haber sido el instrumento para ajustar una paz tan importante para su salvación.

Un joven de la diócesis de Palestrina, a quien un enemigo suyo había cortado un brazo, habiéndolo encontrado en la plaza pública, después de oír un sermón de la misión, se arrojó a sus pies y le pidió perdón del odio que le había tenido y deseo de vengarse, y para que en adelante fuese firme la amistad, hizo que le abrazase en presencia de todos, dejándolos admirados con tan extraña acción.

En la misma diócesis vivían dos viudas cuyos maridos habían muerto a manos de sus contrarios; el amor por una parte, y lo reciente de los homicidios por otra, las tenía inconsolables y dispuestas a seguir las enemistades, sin que personas de mucha autoridad hubiesen podido conseguir el mutuo perdón. Llegaron a aquel lugar las misiones, y habiendo oído el sermón sobre el perdón de las injurias, salieron resueltas a remitir la ofensa recibida, como lo ejecutaron a pesar de las persuasiones de algunos parientes que habían tomado a su cargo volver por lo que ellos llamaban la honra y vengar la sangre derramada.

En uno de los principales lugares del Piamonte existía una voraz discordia, por la que en bandos declarados se hacían guerra sangrienta algunas familias, sin perdonar edad, estado ni sexo, pretendiendo cada partido acabar hasta con la memoria del contrario. Las casas estaban siempre guardadas por hombres armados; asaltábanse y defendíanse como se acometen en tiempo de batalla las plazas en las fronteras de los reinos, llegando a tal exceso, que no se respetaban ya las iglesias. Nada había conseguido para detener aquel ímpetu belicoso la autoridad del príncipe, quien con este fin había mandado muchos y muy buenos ministros de su corte, por ser cosa cierta que el rigor alcanza poco con los que tienen por honra morir o matar. Mas como al poder de la gracia de Dios nada resiste, se consiguió por medio de las misiones lo que con la fuerza e industria no habían podido conseguir las leyes humanas. Diéronse palabra por una y otra parte de oír los sermones sin ofenderse, y salieron de ellos con los ánimos tan mudados, que depusieron las armas y ajustaron una paz firme, queriendo para darle más fuerza, confirmarla con juramento en presencia del Santísimo, y quedaron luego unidos como hermanos, sin que volviese a asomar ni una chispa de la antigua enemistad.

No muy distante de este lugar había otro en que por espacio de cuarenta años reinó una poderosa enemistad entre varias familias que por el número de víctimas que había hecho, se llegó casi a despoblar; muchas familias habían quedado extinguidas del todo, y esto, lejos de aplacar los ánimos, había refinado la venganza. Nada había podido remediar la justicia, pues todo se desprecia cuando solo se trata de derramar sangre, y no se hace ningún aprecio de la vida. Pero la misericordia divina quiso enviar las misiones a aquel pueblo, y produjeron tan buenos efectos, que pronto se reconciliaron las partes contrarias, se ajustó la paz, y juraron sobre los santos evangelios conservarla fielmente.

En otro país reinaba el odio y el deseo de la venganza en tal grado, que puede decirse que los hijos bebían el rencor con la leche que mamaban. No se perdonaba la más ligera ofensa, ni era posible persuadir a que se remitiese ninguna injuria, pues el ejemplo de los padres incitaba la venganza de los hijos, e iba perpetuando el odio de generación en generación, dejando en todos profundas raíces. No era de esperarse que en este lugar produjesen fruto alguno las misiones, y en efecto nada se consiguió por medio de los sermones, aunque todos se habían empeñado en predicar casi exclusivamente sobre el perdón de las injurias. Uno de estos sacerdotes tuvo la inspiración de presentar al auditorio y dar a besar el Santo Crucifijo, invitando especialmente a los que vivían en enemistades, a que se acercasen a abrazarle en señal de que por su amor se determinaban a perdonar y a celebrar la paz. Esto se hizo después de algunas exhortaciones en presencia de un sacerdote cuyos contrarios le habían matado un sobrino; penetróle el corazón una invitación tan tierna, y postrado en tierra pidió que le diesen a besar el Crucifijo, llamando en alta voz al que había dado la muerte a su sobrino; y como éste se hallase presente, se acercó, recibió un abrazo de perdón con otras grandes demostraciones de un verdadero afecto. Esta acción del pastor abrió la senda para que gozasen la paz aquellas ovejas que la enemistad había trocado en fieras; cesó la venganza y renació el amor. Públicamente en la iglesia se perdonaron unos a otros, y se acordó una amistad general, poniendo por testigo de sus intenciones al Santísimo Sacramento.

Además de estos bienes que hemos referido brevemente, las misiones han procurado la conversión de muchos herejes, y no ha sido cosa rara ver en un mismo día hasta treinta que se presentaban a un tiempo para abjurar sus falsas opiniones. Se han visto en las misiones que se han hecho en las galeras, muchos mahometanos que han abrazado nuestra santa fe y pedido el bautismo con gran placer suyo y aprovechamiento de los forzados.

Pero como esta clase de personas no se encuentra en todos los lugares, lo que más frecuentemente se ha notado es la conversión de pecadores escandalosos que de ordinario abundan en los pueblos. Así con las misiones se ha desterrado el concubinato, se han visto mujeres prostituidas que movidas por la fuerza de la palabra divina, han detestado los desórdenes de la vida pasada, y se han entregado a ejemplar penitencia; han llegado los ecos de las misiones hasta los senos de los montes, sacando de allí a los salteadores de caminos para llorar sus culpas, como se vio una vez en que vinieron a buscar a los misioneros unos cuarenta, causando en los habitantes del lugar no poca admiración y consuelo por tan maravillosa mudanza.

Finalmente, el Señor ha querido derramar abundantes bendiciones sobre los trabajos de los misioneros, renovando completamente el género de vida en poblaciones enteras. En un lugar de Italia, cuyos habitantes se daban con exceso a las fiestas y comidas, pasando días enteros en el gran número de hosterías que allí habla, se observó que después de una misión, quedaron todas abandonadas, y se vieron los dueños en el caso de cerrarlas, a tal punto, que después no encontraban los pasajeros un lugar dónde hospedarse.

Semejante cosa sucedió en un pueblo de la Sabina, cuyos habitantes quedaron después de una misión reconciliados entre sí y resueltos a terminar toda clase de litigios, con lo que cesó el despacho de los tribunales, quedándose hasta sin comer los empleados de la justicia; el gobernador que entonces había, dejó el oficio, y volvió a su casa diciendo: que pues no había allí que hacer, no tenía para que estar.

Por estas maravillosas conversiones continuamente recibía nuestro Vicente cartas de congratulación, de las cuates vamos a copiar una de un caballero llamado el Señor de San Ciro, escrita en el año de 1641 y que es como sigue: «Los trabajos de los sacerdotes de vuestra Congregación, juntos con el ejemplo de su virtud, han causado tal mudanza de vida en mis súbditos, que a los vecinos les parecen otros hombres. Por mi parte confieso que los encuentro enteramente distintos de lo que antes eran, y me parece que Dios me ha enviado una nueva colonia para poblar esta villa. Vuestros misioneros han encontrado aquí espíritus rudos e intratables que no hubieran podido convenirse sin el auxilio de la gracia que acompaña a tan buenos operarios«.

El Ilmo. Sr. D. Justo Guerreiro, obispo de Ginebra y prelado ejemplarísimo, escribió muchas cartas a Vicente semejantes a esta, declarando entre otras cosas, que estaba de tal modo persuadido de la utilidad de las misiones, que si las hubiesen hecho en todos los lugares de su diócesis, saldría contento de esta vida, repitiendo con regocijo estas palabras del Santo Simeón: Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum, in pace.

Como Vicente mejor que nadie estaba convencido por la experiencia de los grandes bienes que resultan de las misiones, animaba continua y fervorosamente a los de su Congregación para que se dedicasen con ardor a la práctica de ellas. Decíales que este ejercicio era el fin principal de la Congregación, y que todo lo demás debían considerarlo como accesorio, pues que nunca podrían los misioneros emplearse con orden en las instituciones de los ordenandos y en la perfección de los seminarios, si no conocían primero, por medio de las misiones, la mucha necesidad que tiene el pueblo de eclesiásticos virtuosos e instruidos, que puedan hacer conservar el fruto que de ellas se saca; y que debían mirar como una honra especial de la Providencia haber seguido su vocación, porque este empleo había tenido Cristo Redentor nuestro, enviado por el Padre Eterno para evangelizar a los pobres; y en fin, que no cumpliendo exactamente con las obligaciones de su instituto, darían al Buen Pastor estrecha cuenta de las almas que por negligencia de ellos se perdieran.

«Acordémonos, añadía, de aquello que dice San Ambrosio, Si non pavisti, occidisti; y si bien estas palabras propiamente se aplican al sustento corporal, pueden no obstante, aplicarse con mayor verdad al sustento espiritual del alma. Juzgad pues, si faltando nosotros en esto a nuestra obligación no habrá gran razón de temer el juicio de Dios. ¿Por ventura creerá alguno de los que aman la vida presente, abreviarla con la fatiga de las misiones, y tratará por tal razón de evitar este trabajo como un mal que acelerará su muerte?

Si alguno lo creyese, yo le preguntaré si debe considerarse como un mal en quien viaja por un país extraño al que siga una senda que le abrevie el camino y le haga llegar más pronto a la patria; ¿cómo pues podrá reputarse como infelicidad para los misioneros el entrar con mayor presteza a la posesión de la gloria que su Divino Maestro les ha abierto con sus padecimientos y su muerte? ¿Temeremos acaso que nos suceda aquello que nunca se puede desear bastante, y que siempre llega demasiado tarde?»

Era tan ardiente el deseo de Vicente por el buen éxito de las misiones, que aun a los legos de la Congregación los exhortaba para que ayudasen a ellas con su oración y buen ejemplo, ofreciendo a Dios por este fin sus fatigas y mortificaciones, teniendo fielmente a su cargo el cuidado de las cosas temporales para que los sacerdotes pudiesen con más desembarazo ocuparse en la salud eterna de los pobres, pues a esto estaban obligados por ser en la Congregación miembros de un mismo cuerpo; «así como, decía, en el sacratísimo cuerpo de Jesucristo todos los miembros concurrieron a la obra de nuestra redención, pues su cabeza fue coronada de espinas, y sus pies atravesados de clavos; y si después de la resurrección fue glorificada la sagrada cabeza, también los pies participaron de la gloria de que fue adornado todo el cuerpo; así pues, si cooperáis a la salud de los pobres de un modo proporcionado a vuestro estado, seréis participantes de la misma corona que está reservada a los sacerdotes y ministros evangélicos«.

Con estos y otros discursos procuraba Vicente aumentar en los suyos el espíritu de su vocación, y encender en sus corazones un vivo deseo de dedicarse enteramente al santo ejercicio de las misiones; y como su pecho estaba abrasado por la caridad del prójimo, sus palabras movían siempre al que las escuchaba a ofrecer la salud y aun la vida por el bien espiritual de sus semejantes.

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