Capítulo XIV: De las misiones y de los avisos que dejó el siervo de Dios a los de su Congregación para el buen éxito de ellas.
La Congregación de la Misión que fundó Vicente, ejerce diversas funciones utilísimas para la Iglesia, según se verá adelante; pero la principal de todas es, como su nombre lo indica, predicar las misiones fuera de las ciudades, para instruir a los labradores y demás gente rústica del campo; Vicente tenía una predilección grande por este ejercido, de suerte que cuando lo obligaba la necesidad a volver a París, decía que le panda que le calan encima las puertas de la ciudad.
Y aunque debemos confesar que no fue Vicente el primero que se haya dedicado a tan excelente ejercicio, sin embargo podemos asegurar que esta obra fue especialmente suya, tanto por haberla extendido y por haber dado un nuevo método para sacar más fruto de ella, como por haber fundado una Congregación cuyo instituto particular es la predicación fuera de la ciudad. Por esto es justo dar a Vicente la primacía entre los misioneros, pues su celo se empleó principalmente en cuidar aquellos hijos de la Iglesia que viven en mayor abandono.
Los consejos que dejó Vicente a los suyos sobre el orden que habían de guardar para hacer las misiones, los siguen puntualmente hasta el día, y por eso me parece conveniente ponerlos aquí con alguna extensión.
Primero: mandóles que se entregasen al estudio de la propia perfección y al continuo ejercicio de las virtudes cristianas, con particularidad de aquellas que son propias del instituto, y que no olvidasen la propia salud, llevados por un celo desarreglado de la salud de los otros, pues además del daño que se hacían a sí mismos, las misiones darían poco fruto; siendo cosa cierta que cuando falta el espíritu en los operarios, poco o ningún bien se hace a los pueblos. Por esta razón estableció que en las misiones todos los ejercicios espirituales tuviesen su tiempo señalado: conviene a saber, la oración mental, el examen de conciencia, tanto general como particular, el oficio divino, las conferencias y demás ejercicios que se han dispuesto para conservar el espíritu en los operarios. Y para quitar la ocasión de variar este orden bajo el pretexto de consolar a los penitentes, determinó el tiempo que debían estar en el confesonario, tanto por la mañana como por la tarde, queriendo que pasada aquella hora, se retirasen todos juntos a la casa. Juzgó también necesario, que en verano se volviesen a la ciudad, no solo por ser estación poco a propósito para las misiones, por estar los labradores ocupados en recoger los frutos, sino también para dar algún reposo a los operarios después de las fatigas de las misiones, y para que con mayor quietud se entregasen en el retiro a la propia perfección.
Segundo: encargó que las misiones no se hiciesen de prisa, sino que tomasen tiempo bastante para ellas, deteniéndose en cada lugar, hasta que todo el pueblo quedase suficientemente instruido y bien encaminado en cuanto fuese posible a conseguir la salud eterna. Creía que para este objeto se necesitaba de ordinario el espacio de cinco o seis semanas en los lugares de mucha población, de tres o cuatro en los medianos, y de quince días o poco más en los pequeños; porque la experiencia le había enseñado que en menos tiempo era muy difícil poder conocer perfectamente las necesidades espirituales de los pueblos, desterrar la ignorancia de muchos, reducir a la penitencia a los obstinados, y finalmente, explicarles todo lo necesario para vivir cristianamente.
Tercero: desde el principio de la misión quería que se exhortase a hacer confesión general, no porque creyese que era necesaria a todos, sino porque le agradaba mucho la doctrina de San Francisco de Sales que la aconseja como cosa sumamente útil, y en muchos casos necesaria para todos los que quieran convertirse de veras a Dios. Juzgaba Vicente que debía persuadirse, especialmente a los que viven en las aldeas y lugares pequeños, a que hiciesen esa confesión, porque generalmente hablando, ignoran las condiciones esenciales de este sacramento, y por estar muy sujetos a la vergüenza que ocasiona un cierto temor natural en la gente sencilla, son sus confesiones ordinarias mal hechas por falta de verdadera contrición, de propósito eficaz o de integridad de la confesión. Y con el fin de que se hiciese fácil aun a los más rústicos el hacer la confesión, ordenó que en el púlpito explicasen con mucha claridad todas sus condiciones, y que en el confesonario facilitasen a los penitentes el trabajo de hacerla perfecta.
Cuarto: prohibió especialmente a los suyos que recibiesen en las misiones ninguna clase de donación, queriendo que una obra de tanta caridad se hiciese gratuitamente; pues habiendo considerado por una parte la pobreza de los que viven en las aldeas, y por otra cuán difícilmente se mueven muchos cristianos a socorrer las necesidades de los ministros de Cristo, creyendo que el ministerio evangélico tiene puesta la mira en el interés temporal, juzgó necesario quitar a los pueblos hasta la sombra de este interés, a imitación del Apóstol San Pablo, quien por igual razón no quiso recibir cosa alguna de los fieles de Corinto, aunque pudo hacerlo lícitamente: y la experiencia ha probado, que no aceptando los misioneros ninguna donación durante sus misiones, los pueblos admiten con más voluntad la palabra de Dios, y se saca mayor fruto de ella.
Quinto: encargó con mucho empeño que se condujesen los misioneros con los curas y demás sacerdotes con el mayor respeto y sumisión; que nunca hablasen en público de sus defectos, sino que antes bien, procurasen que el pueblo los honrara y reverenciara; que sin su licencia no se entrometiesen en cosa alguna, y que tanto al principio como al fin de la misión fuesen todos juntos a recibir la bendición de los curas o de los que por su ausencia ejerciesen sus funciones. Iguales demostraciones de reverencia quiso que usaran con los religiosos, y que cuando se encontrasen con ellos en el mismo lugar, les cediesen voluntariamente el púlpito en las horas que quisiesen pre-dicar.
Sexto: encargóles que en los lugares donde hubiese herejes, se abstuviesen de usar con ellos de expresiones duras, teniendo por seguro que usando en las disputas palabras que ofenden, no conseguirían el convertirlos, sino hacerlos más obstinados en sus errores. Con este motivo les decía que los hombres doctos no conseguían ningún triunfo sobre el demonio con la soberbia, porque esta sabía más que ellos; pero que era fácil el vencerla con la humildad, por ser esta una arma fuerte de que él no puede valerse; y añadía, que nunca había oído decir que se hubiese convertido ningún hereje con la inteligencia de los argumentos, pero sí con la dulzura y el trato cortesano, humilde y benigno.
Séptimo: advertía a los predicadores que nunca usasen de conceptos elevados, sino que se dedicasen a convencer con la fuerza de la verdad desnuda, teniendo cuidado de mover a los oyentes con razones proporcionadas a su capacidad, y proponiéndoles medios sencillos y practicables para que sacasen fruto de lo que hubiesen oído. Ordenábales además de esto, que usasen un estilo familiar y de comparaciones proporcionadas a la inteligencia del pueblo; que no se dejasen llevar del exceso de predicar a gritos, ni exagerar las comparaciones, ni reprender con aspereza a los pecadores, sino que predicasen en voz moderada y natural, reservando un poco de fervor para excitar los afectos en el fin del sermón. Decíales que los sermones nunca durasen más de tres cuartos de hora en los días de trabajo, y más de una en los de fiesta, para no fastidiar al auditorio, ni confundir el entendimiento con la multitud y variedad de ideas, y que lo mismo hiciesen al enseñar la doctrina cristiana en la hora del día que se señalaba para eso. A estos particularmente encargaba que no se contentasen con explicar al pueblo los misterios y verdades de la fe, sino que de cuando en cuando preguntasen a los niños y les hiciesen repetir lo que hablan oído, para que tanto ellos como los demás oyentes recordasen las materias explicadas.
Octavo: hacía a los confesores entre otras esta importantísima advertencia: que junto con la caridad y paciencia que debían usar con los penitentes, acompañasen la constancia en negar o diferir la absolución cuando así lo creyesen conveniente; queriendo que se arreglasen en estos casos a las máximas que dejó registradas en las actas de la Iglesia de Milán el gran restaurador de la disciplina eclesiástica San Carlos Borromeo. La experiencia ha probado después la mucha utilidad que se saca de observar las dichas máximas, así como por el contrario, lo perjudicial que es a muchos el que los confesores se separen de ellas. Por esto el siervo de Dios, que no se contentaba en las misiones con las demostraciones estertores, sino que procuraba la verdadera conversión a Dios del corazón; quería que los confesores tuviesen cuidado de procurarla y de que los penitentes rompiesen los lazos con que el Demonio los encadenaba. Y para que en esto caminasen uniformes, les mandó que antes que comenzasen las misiones, acordasen entre sí los casos en que convenía retardar o negar la absolución. Encargaba también a los confesores que cuando encontrasen algún penitente que tuviese pleitos o enemistades, procurasen reducirlos a una amistosa composición, con el fin de cortar de raíz el origen de nuevas discordias y de otros pecados, exhortándolos a que pusiesen sus contiendas en manos de personas discretas y desinteresadas.
Noveno: ordenó que al principio del sermón, rezase el predicador en alta voz, e hiciese repetir a todos algunas devotas oraciones para que las retuviesen en la memoria, y con ellas se encomendasen a Dios por la mañana y por la noche, ofreciesen sus trabajos, diesen gracias en la mesa antes y después de la comida, y las usasen en otros casos semejantes; que hiciesen lo mismo al explicar la doctrina y propagasen algún pequeño libro que contuviese los principales misterios de la fe y las ya dichas oraciones.
Décimo: para que los eclesiásticos sacasen también provecho, mandó Vicente que en un lugar separado y entre ellos solos tuviesen algunas conferencias espirituales en que con secreto y libertad pudiesen representarles la eminencia del estado que han abrazado, la estrecha obligación que tienen de instruir al pueblo con la doctrina y el buen ejemplo, y que les propusiesen varios medios, tanto para su propio adelanto espiritual, como para el buen gobierno de las almas, especialmente en el modo de enseñarles con fruto la doctrina cristiana y de infundir la piedad en la juventud. Mandó también que a todos se les hiciesen repetir las ceremonias de la misa, una o más veces, según la necesidad, y que se les exhortase a que se reuniesen pasadas las misiones al menos una vez en la semana, para tratar de lo relativo a las funciones eclesiásticas, según se ha hecho ya en muchos pueblos con grande utilidad del mismo clero y del pueblo.
Undécimo: juzgó importante el siervo de Dios, el que los misioneros no confesasen sin predicar primero al pueblo, a fin de instruirle sobre las disposiciones necesarias para hacer una buena confesión. También ordenó que se procurase en cuanto fuese posible, que todos comulgasen en un mismo día al fin de la misión, y con el fin de que fuese esta función llena de fervor, introdujo la práctica de ella del modo siguiente: De un lado del altar se han de colocar los niños, y de otro las doncellas que por primera vez van a recibir la comunión, y a quienes en todo el curso de la misión se les habrá instruido sobre la grandeza de este acto sagrado; el resto del pueblo permanecerá en silencio mientras se cante solemnemente la misa, al fin de la cual y antes de dar la comunión se debe hacer una corta plática para despertar en las almas con más fervor el amor a Dios y el aborrecimiento al pecado; y concluye el predicador su discurso haciendo decir a todos en alta voz actos de fe, contrición, humildad, propósito de servir a Dios fielmente en adelante, de perdón de las injurias y de reconciliación con todos. Entonces los hijos piden en alta voz perdón a sus padres, los criados a sus amos, el pueblo a su pastor, el pastor a sus ovejas, arrepintiéndose cada uno por el escándalo que con su conducta ha dado, por los disgustos que ha causado, y esto con tanto fervor y sumisión, que haga derramar lágrimas aun a los de más duro corazón. Por la tarde después de las vísperas, se hace una solemne procesión, en la que con bello orden caminan todos de dos en dos con velas encendidas, cantando con modestia y piedad algunas alabanzas divinas, y al fin de ella se termina el día con una breve y fervorosa plática, en que se hace renovar al pueblo los actos de amor a Dios nuestro Señor, y por fin se le da la bendición con el Santísimo.
Duodécimo: dispuso que después de la comunión general se detuviesen todavía algunos días los misioneros en el lugar de la misión, tanto para afirmar al pueblo en las buenas resoluciones que ha tomado, cuanto para oír las confesiones de aquellos que no las hubiesen hecho hasta entonces, particularmente de algunos, que aunque han permanecido obstinados durante todo el tiempo de las misiones, se conmueven sin embargo al ver el fervor que hay en todos el día de la comunión general. Para concluir la misión, mandó que se predicase un sermón exhortando al pueblo para que perseverase en el santo temor de Dios, dándole los medios adecuados para eso, como son la frecuentación de los sacramentos, la asistencia a las fiestas y a los oficios divinos, la oración a Dios por la mañana y por la noche, el examen de la conciencia antes de acostarse, y el recurrir a Dios en todas las necesidades y tentaciones del modo que se les haya explicado en las misiones.
Tales son los consejos que dio Vicente a los de su Congregación para hacer con fruto las misiones; todo lo cual, como se ha dicho, exactamente se observa hasta el día; y de cuánta importancia sean estas máximas apostólicas, cuánto provecho resulte a los pueblos de la observancia de ellas, lo declararemos en parte en el capítulo siguiente.







