Capítulo XIII: Del seminario que fundó Vicente para los que debían entrar en la Congregración.
Siguió Vicente el orden natural de las cosas en la erección de su Congregación; no lo hizo todo de una vez, el tiempo fue perfeccionando su obra. A las primeras personas que recibió, no les exigió grandes fatigas, aprovechándose de aquel ardor con que entraban al servicio y de los talentos que en ellos reconocía para emplearlos sin mucho examen en las obligaciones del instituto. Fuese aumentando poco a poco el número de los operarios; y viendo que ya era tiempo de exigir algunas pruebas para que los que en adelante fuesen admitidos en la Congregación se instruyesen en las virtudes evangélicas, estableció una especie de noviciado, al que llamó Seminario interno, para distinguirlo de los otros seminarios en donde se reciben los jóvenes que se dedican a la carrera eclesiástica, y retirados del mundo aprenden las reglas y la ciencia de su estado, y se preparan a ejercer dignamente sus funciones. Compuso Vicente algunas reglas particulares para este seminario interno, distribuyendo con excelente orden todas las horas del día, y luego que dio la última mano a una obra tan necesaria, dispuso que todos los que en adelante quisieran abrazar su instituto, pasaran dos años continuos en este nuevo establecimiento bajo la obediencia y gobierno de un director, ejercitándose en la vida espiritual y en la práctica de las virtudes que elevan el alma a la perfección. El primero a quien encargó esta dirección y desempeñó hasta su muerte, fue Juan de Salle, uno de los tres primeros sacerdotes que le acompañaron; con su rara prudencia y singular virtud dio a la Congregación excelentes varones, educados en su santa doctrina.
No hacía entrar Vicente a este seminario a todos los que pretendían ser admitidos en la Congregación o daban señales de tener buena disposición para ello; antes bien, cuando en algunos notaba indiferencia en la elección de estado o le pedían su consejo, los exhortaba a que tomasen los ejercicios espirituales sin hablarles del que les convenía, dejando a que por inspiración divina eligiesen el mejor; y si algunos se presentaban resueltos a volver la espalda al mundo y buscar el cielo por las estrechas sendas de la religión, si por sí solos no querían determinarse a elegir una más bien que otra, él no los inclinaba a que abrazasen ninguna en particular, dejándolo todo en las manos del Señor, y pidiéndole que les diese luz para acertar.
La desnudez de los afectos humanos en que vivía, hizo que más de una vez dijese a los que solicitaban entrar en su Congregación: «¡Oh, señores! nosotros somos unos pobres hombres indignos de compararnos con los que forman otras santas religiones; id con Dios, que en cualquiera de ellas estaréis incomparablemente mejor que en la nuestra.» Esto sucedió una vez con dos personas de conocida piedad y doctrina, a quienes, aunque manifestaron gran deseo de seguir el estandarte de Cristo en su Congregación, aconsejó que buscasen otro instituto, haciéndoles de todos grandes elogios; y siguiendo su dictamen, mudaron de propósito, y se metieron, el uno, en la religión de Cartujos, y el otro en la de los Capuchinos. Extraño desprendimiento: no apetecer lo muy bueno para sí, ni querer admitir lo que el decoro de cualquier corporación pudiera pretender.
Los que llamados del Señor venían resueltos a permanecer en la Congregación, después de pedirlo con repetidas instancias, no eran oídos de Vicente, sin probar antes su vocación, ni les daba palabra de admitirlos sin que antes entrasen a los ejercicios espirituales, para que en ellos les diese Dios a entender, por medio de la oración, lo que era más de su agrado. Prohibía completamente a los suyos que hablasen a los que entraban aconsejándoles que abrazasen su instituto. «Tened cuidado, les decía, cuando deis los ejercicios espirituales, de no hablar una palabra que pueda despertar en alguno el deseo de seguir nuestra regla. A Dios toca el llamar y traer sujetos a la Congregación. Antes bien os digo, que si alguno manifiesta inclinación a nosotros, no apoyéis sus ideas ni le aconsejéis otra cosa, sino que encomiende muy de veras a Dios un negocio de tanta importancia; presentadle las dificultades que hay, lo que se padece y trabaja por amor de Dios; y si a pesar de esto tiene constancia y manifiesta grande resolución, sea en buena hora, que se dirija al superior para que hable más despacio con él sobre su vocación. Dejemos obrar a Dios, señores, y aguardemos humildemente las órdenes de su providencia. Esto, por misericordia suya, se ha practicado hasta hoy en la Congregación, no habiendo piedra en este edificio espiritual que no haya sido puesta por la mano de Dios, pues la Congregación jamás ha buscado ni hombres, ni bienes, ni fundaciones.»
Una vez llegó a manos de Vicente una carta que escribió uno de los suyos a un eclesiástico de gran virtud, en la cual le aconsejaba que entrase en la Congregación, cumpliendo el deseo que tantas veces había manifestado de servir a Dios en ella. Detuvo Vicente la carta, y escribió al misionero, que no la había remitido por no faltar a la costumbre que hablan tenido de no exhortar a nadie, por más provechoso que pareciese, a que abrazase su instituto. Esta piadosa reprensión fue para todos los demás un aviso que se observa hasta hoy como ley.
Es condición natural de los hombres apreciar más lo que parece más noble. Como buen amante de la humildad, estimaba más lo que el mundo aprecia menos. A los sujetos de buen nacimiento y mucha instrucción, no los recibía sin largo examen en la Congregación, y si no les acompañaba una profunda humildad, luego los despedía. Pero no hacía esto con los que o no eran de esclarecido linaje, o tenían menos perfecciones intelectuales. A estos les daba una benigna acogida y les facilitaba la admisión. Agradaba más la medianía al siervo de Dios, porque creía que en ella se encontraban con más facilidad personas a propósito para enseñar a la gente ruda de los pueblos, porque con ser poco doctos, hablan de desconfiar de sí mismos, y por consiguiente habían de confiar mucho en la divina bondad, pidiéndole luz y acierto para cumplir con las obligaciones de su instituto. De estos humildes ignorantes sacó Vicente excelentes maestros. Al cuidado que ponía en examinar la vocación de los que querían entrar al seminario, correspondía el esfuerzo con que los perfeccionaba en toda clase de virtudes para que fuesen dignos operarios de la viña del Señor. Tal ocupación exige grande perfección; que mal podrán unos corazones sembrados de espinas arrancar malezas y persuadir pureza en las almas.







