Nació el 16 de noviembre de 1894 y fue bautizado el 25 del mismo mes y año en San Juan de Gracia (Barcelona).
Entró en la Congregación en 1911. Cursó sus dos primeros años de estudios eclesiásticos en Dax (Francia), y los restantes en el Seminario de Barcelona.
Estuvo dedicádo a la enseñanza en la Escuela Apostólica y Estudiantado de la Casa de Bellpuig. En 1923 le encontramos en Mallorca, donde permanece hasta 1932.
Durante todo este lapso de tiempo el P. Queralt estuvo dedicado en cuerpo y alma a las Misiones y a la predicación de toda clase, en tal forma, que bien puede decirse que recorrió la Isla en todas direcciones.
Se compenetró tanto con los mallorquines que doquiera se le conocía, y al enterarse de su desaparición y muerte probable, durante la pasada revolución, se hablaba de él como podría hacerse de un hijo de Mallorca.
En 1934 fue destinado a la Casa de Barcelona, donde, con el ardor y entusiasmo con que solía dedicarse siempre a los trabajos apostólicos, además del ministerio’de la predicación, y a raíz del entusiasmo despertado por la Misión General predicada en la Ciudad Condal, durante la República, el P. Queralt recibió el encargo de organizar la juventud de nuestra barriada.
Desde este momento los jóvenes constituyeron todo su ideal. Fundó para ellos la «Juventud de San Vicente de Paúl», con local social adecuado, con su revista y sus distintivos propios.
A tales actividades se dedicaba el buen cohermano, cuando tuvo que ir a nuestra Casa de Figueras, con el fin de ejercer el ministerio sacerdotal. En tal coyuntura empezó la guerra española.
Al principio las pasó negras. Fue cogido y le amenazaron con el arma; pero se supo ingeniar, y después consiguió de los milicianos un pase para el tren hasta Barcelona.
Refugiado en casa de una buena señora de la calle de Valencia hasta el 30 de noviembre de 1936, por fin fue denunciado, según parece, y conducido, con dicha señora y una hija suya, al control de la F. A. I., sito en el Ateneo de la calle de Pedro IV.
Allí, después de haber prestado declaración, se le dio permiso, a media tarde, para ir a comer, debidamente custodiado, a una taberna cercana.
—¿Quién paga?, le dijeron sus acompañantes.
—Yo mismo, contestó el Padre.
Después le dijeron ellos:
Ahora, a San Elías.
Todo el mundo sabe se trataba de una de las checas barcelonesas, instalada en un ex convento de religiosas.
Desde entonces el silencio más absoluto se cierne sobre la persona del P. Queralt.
Mutatis mutandis, el Sr. Obispo de Barcelona, Dr. Irurita, siguió el mismo itinerario e idéntico fin que nuestro inolvidable cohermano.
El P. Vicente Queralt, en sus ratos de ocio, cultivaba las bellas letras: la música, la pintura y, sobre todo, la poesía, que utilizaba con éxito, para fines apostólicos.







