Vicente de Paúl: voluntad de Dios y realización del hombre

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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A diferencia de su maestro —Benito de Canfeld—, de sus contemporáneos —pertenecientes a la «escuela abstracta»— y de sus predecesores —los místicos renano-flamencos— Vicente de Paúl no reduce la conformidad del querer del hombre con la vo­luntad de Dios a una relación íntima, directa e inmediata de la voluntad humana con la divina. Su estructura personal, su gra­cia particular, su misión le hacen vivir y desarrollarse en otro clima espiritual, distinto al de su maestro, contemporáneos y pre­decesores. Su caminar concreto no se realiza a través del ejer­cicio de unas prácticas interiores «ascéticas» o/y «místicas», que conducirán al hombre a la «unión» o «fusión de la voluntad humana con o en la divina, a la «unión» o «fusión» de la esencia humana con o en la divina, después de haber atravesado la «vía purgativa», la «vía iluminativa», «la vía unitiva» o/y «sobre-eminente».

Hombre del pueblo y para el pueblo —informado, pero no ávido, de las disquisiciones sutiles utilizadas en su época en las conferencias espirituales de salón y en los libros que tratan de la «vida sobreeminente»— Vicente de Paúl se siente interpelado, atraído continuamente por la realidad social concreta, por la miseria de los pobres, en quienes Dios y Cristo están presen­tes. Es ahí, en los pobres de carne y hueso, donde descubre el «buen querer de Dios»; es ahí, en la carne viva de los pobres, donde se realiza la voluntad de Dios, continuando en medio y beneficio de ellos la misión de Cristo, evangelizador de los pobres.

El espíritu de Vicente de Paúl, en búsqueda contínua de la voluntad de Dios, no se agota en la sutileza de los razonamientos para intentar conocer la naturaleza o/y la forma del procedimien­to psíquico, metafísico o místico por el que se efectúa la unión de la voluntad humana con la divina. Sólo se ilumina cuando ama; sólo se encuentra cuando «sobrepesa maduramente todas las cosas en el peso del santuario antes de resolverlas»; sólo se calma cuando actúa ante la realidad concreta de cada día para transformarla de acuerdo con las exigencias que Dios reclama en ella. Entonces, sólo entonces está seguro de unirse a la voluntad de Dios.

En realidad, a Vicente de Paúl le interesa, le preocupa menos hacer tal o cual cosa, que realizar, en lo que ejecuta, la voluntad de Dios Por eso declara con precisión y profundidad: «Es me­nester santificar las ocupaciones buscando a Dios en ellas y rea­lizarlas para encontrarle en ellas, más que para verlas hechas».

Más aún, «el hacer y no hacer», «el querer y no querer» en Vicente de Paúl sólo tienen sentido y adquieren contenido cuan­do están sostenidos y animados por el espíritu de Cristo. Espí­ritu que impulsa a hacer todo para realizar la voluntad del Padre: «Nuestro Señor es una comunión continua con quienes están unidos a su querer y no querer». El alcance de las fórmulas vicencianas se cifra en hacer cobrar conciencia al hombre de la necesidad de que se realicen los planes de Dios en la historia. El «honrar el no hacer del Hijo de Dios», está motivado en él por el deseo de entrar en «la vida oculta de nuestro Señor» «centro de la vida» cristiana y punto de referencia «del presente y del porvenir» del hombre cristiforme, capaz de establecer una relación íntima entre la voluntad del hombre y la de Dios.

Estas consignas traducen de manera concreta la fórmula pau­lina: «nuestra vida está oculta con Cristo en Dios» (Col 3, 5). Al mismo tiempo verifican la autenticidad y la vitalidad del hom­bre de acción, que se introduce en el movimiento del «espíritu de Cristo» para proseguir en el tiempo su obra. Sólo en esta perspectiva se pueden comprender las directrices vicencianas:

 

«Jesucristo y los santos hicieron más padeciendo que obrando». «Sea más pasivo que activo, y así Dios hará con usted solo lo que todos los hombres juntos no podrían hacer sin él». «Tres hacen más que diez, cuando Dios pone la mano y la pone siem­pre que nos quita los medios humanos y nos compromete ante la necesidad de hacer algo superior a nuestras fuerzas».

«La realización de la voluntad de Dios transforma al hombre en Dios y le reviste de Jesucristo», había escrito Canfeld. El espíritu de su discípulo, Vicente de Paúl, está dinamizado por el «revestimiento del espíritu de Cristo» —regla de su doctrina y de su acción— que le conduce a realizar en todo los designios de la «providencia» y así unirse a la voluntad del Padre. Pero esta voluntad del Padre, para Vicente de Paúl, es una voluntad de servicio al hombre, tal y como ha sido manifestada en el evan­gelio y realizada por la misión del amor compasivo de Cristo.

Vicente de Paúl pone de relieve algo que su maestro, Benito de Canfeld, sus contemporáneos, pertenecientes a la «escuela abstracta», sus predecesores, los místicos renano-flamencos, ha­bían olvidado, incluso menospreciado: la voluntad divina es una presencia activa de Dios en el mundo. Esta voluntad, que Jesús encarna en la historia, es una nueva presencia de Dios en medio de los hombres. Se manifiesta y se realiza en beneficio de todo pobre, de todo hombre. Equivale a la realización del «reino de Dios y de su justicia». Por ello es menester llegar a descubrir cómo toda la transformación socio-religiosa realizada por Vicente de Paúl a través de su acción socio-económico-caritativa, se encuentra imantada por un doble polo de atracción: la voluntad de Dios, es decir, «el reino de Dios y su justicia» y Cristo, pro­feta ungido en los últimos tiempos para anunciar este «reino» y proclamar «el año de gracia de parte del Señor». En definitiva, lo que Vicente pretende más y más cada día a través del «hacer y no hacer», es unirse lo más íntima­mente posible con la voluntad de Dios y revestirse más y más del espíritu de Jesucristo. Para conseguirlo, no duda tenaz y laboriosamente descubrir y realizar los planes de la «misteriosa» providencia de Dios en la realidad que le tocó vivir e introducir­se «en el espíritu de Cristo para entrar en sus operaciones». En su perspectiva, realización de la voluntad de Dios —planes, designios, estrategia de Dios en la historia— y revestimiento del espíritu de Cristo —vida del hombre cristiforme— se prueban y se verifican en la acción evangelizadora, que realiza el querer de Dios en la historia y hace presente y activo a Cristo en medio de los hombres. De esta manera la acción, quizá la única prueba irrefutable del amor, permite a Vicente de Paúl no sólo realizar la voluntad de Dios y continuar la misión amorosa de Cristo, sino también unirse a la voluntad divina, encontrar a Dios y unirse con él.

Vicente de Paúl ¿un místico de la acción? Semejante eti­queta prendida en el pecho de este hombre, a quien se reconoce y admira en su tiempo por su «prudencia» y «caridad» «, hubie­ra hecho sospechar a sus contemporáneos, pertenecientes a la «escuela abstracta». Estos tan amantes de la «mística de las esen­cias» y del «anonadamiento» de los místicos renano-flamencos, tan inflexibles defensores de la «extinción voluntaria de toda actividad nocional, para alcanzar la esencia divina directamente, sobrepasando todo intermediario creado, inclusive la humanidad de Cristo», hubieran confirmado públicamente el rumor, que correrá más tarde entre los jansenistas, de la «ignorancia» de Vicente de Paúl. Las expresiones místico de la acción, mística de la acción están ausentes del vocabulario y de la estructura mental de los autores y maestros espirituales de la época. Místico y activo, mística y acción son términos que se excluyen en los espíritus refinados de la «idea clara y distinta» del cartesianismo reinante

Sin ningún género de duda, el mismo Vicente se hubiera encontrado extraño, al verse clasificado con semejante etiqueta: él, tan desconfiado del sentido y objeto de los llamados «movi­mientos agónicos» y de las «visiones deificas»; tan irónico, hasta el límite de llegar a ser casi mordaz, cuando previene a los seminaristas, después de haberlo constatado, del «peligro» y de los «inconvenientes» en los «excesos que se deben evitar en el amor a Dios»; tan irreductible, cuando afirma que «la perfec­ción no consiste en los éxtasis sino en el cumplimiento de la voluntad de Dios»; tan tajante, cuando declara, sin tener el más mínimo inconveniente en ello que «los éxtasis y raptos» para las Hijas de la Caridad, «son más perjudiciales que úti­les; tan osado cuando sentencia que el «amor afectivo» es estéril e incluso culpable, si no pasa a ser «efectivo»; tan evangélico, cuando proclama la excelencia del amor a Dios y al hombre sobre el amor exclusivo a Dios. Y, sin embargo, este santo filantrópico del culto revolucionario, a quien sus bió­grafos e historiadores, salvo rarísima excepción, le han hecho y le hacen desaparecer bajo el gigantismo de sus «obras admira­bles», este líder de hombres, que compromete su pensamiento en la acción antes que Karl Marx y sus adeptos, es un místico de la acción, que quizá él mismo se ignora, y que por supuesto los hombres de ayer y de hoy tienen dificultad en abordarle bajo este prisma.

Tanto los autores de tratados de espiritualidad como los his­toriadores de la espiritualidad están excesivamente condicionados en sus «estructuras mentales», cuando definen o explican los lla­mados «hechos místicos». Invariable y constantemente reducen los «fenómenos místicos», las gracias místicas, la mística, en definitiva, a un sentimiento sensible de la gracia, a una experien­cia indefinible, pero gozosa e íntima, aunque oscura, de la «pre­sencia de Dios» en el hombre, de la «unión», de la «fusión» del hombre con Dios.

En esta estructura mental, condicionada por elementos reduccionistas y construida para dar cabida única y exclusivamente a un estado de «pasividad» del hombre en la unión íntima con Dios, no hay lugar para dar acogida a la actividad humana en esa unión gozosa y profunda de Dios. Decididamente, Vicente de Paúl, haya sido cual haya sido su experiencia de los fenóme­nos místicos 42, no encuadra fácilmente en este marco prefabri­cado. Lo más cómodo y lo menos arriesgado, es dictarle la sen­tencia de exclusión del mundo místico, en el cual Dios se hace presente en este mundo a algunos mortales.

Semejante sentencia de exclusión fue para mí, hasta 1966, inapelable. A partir de ese año me pareció sospechosa y comencé a rehacer el proceso. En 1968 sentí la gravedad que encerraba.

En 1971 cobré e hice cobrar conciencia de que era falsa e injus­ta. Cuatro autores me proporcionaron, me siguen proporcionan­do todavía hoy, las piezas de instrucción de autos de procesa­miento para volver a comenzar este proceso: Francisco de Sales, Maritain, Bremond y Bergson.

Francisco de Sales cuando, al hablar en el Tratado del amor de Dios del triple «éxtasis del entendimiento», «del afecto» y «de la acción», declara: el origen de cada uno de estos éxtasis es la caridad y la preeminencia entre ellos la ostenta el «éxtasis de la acción». Esta preeminencia le viene no sólo en razón de ser el único de los tres éxtasis, que es continuo, sino sobre todo por ser criterio verificador de la verdadera existencia de los otros dos. El «éxtasis de la acción», al que se llega y se consume en y a través del quehacer humano, en y a través de la vida, esta­blece al hombre en comunión íntima con Dios, sin estar por ello arrebatado en el éxtasis.

Maritain cuando, al establecer con gran acierto y precisión la distinción entre «mística« y «contemplación», escribe:

La noción de vida o de estado místico es más amplia que la de contemplación, al menos si se trata de la contemplación en su sen­tido estricto, fruto del don de sabiduría. Porque si todos los dones del Espíritu santo tienen conexión entre ellos y se desarrollan con la caridad (ella misma superior a los dones), sin embargo el ejerci­cio de un don concreto puede brillar más en una persona que en otra, y el alma, en la que aparecen ante todo los dones que tienen referencia a la acción (consejo, fortaleza, temor…) habrá entrado en el estado místico sin haber llegado por ello a la contemplación propiamente dicha, que depende principalmente de los dones de inteligencia y sabiduría.

La contemplación, es decir, el conocimiento intuitivo, sabro­so y amoroso de Dios, es la oración mística. Pero la vida mís­tica, mucho más amplia que ésta, es vivir profundamente el misterio cristiano, es vida teologal de caridad, y, por tanto, de unión de la voluntad del hombre con la divina en y a través de la acción y de la vida. La distinción precisa de Maritain me parece tener el valor de una profundidad enriquecedora y de una claridad iluminadora.

Bremond cuando, al describir los rasgos de la fisonomía de Vicente de Paúl de forma viva, a veces incluso, fascinante, declara: «No es el amor a los hombres lo que le ha conducido a la santidad, más bien es la santidad lo que le ha hecho verda­dera y eficazmente caritativo; no son los pobres los que le han dado a Dios, sino Dios, por el contrario, el que le ha dado a los pobres».

«El que le ve más filántropo que místico; el que no le ve ante todo místico, se representa a un Vicente de Paúl que jamás existió». Y termina afirmando: «el misticismo nos ha dado a nuestro mayor hombre de acción».

La lectura de estos textos me aseguró durante algún tiempo, pero no llegó a tranquilizarme. Las afirmaciones de Bremond me siguen pareciendo, aún hoy, fulgurantes, pero carentes de pruebas y, en definitiva, no demasiado aclaratorias, propensas, incluso, a poder inducir a la confusión. Esta confusión podría engendrarse, si el lector llegara a pensar que Vicente de Paúl pasó en su vida por un período de pasividad mística, antes de comprometerse a vivir las exigencias de la fe en la caridad activa y militante. Una vez superado el riesgo de esta posible confusión, las afirmaciones fascinantes de Bremond tienen el arte de aguijo­near al lector y de estimular en él la búsqueda de pruebas que confirmen sus afirmaciones lapidarias. Y, la verdad, uno termina por encontrarlas en la doctrina y en la vida de este cons­tructor genial de acción.

El cuarto autor fue —lo es todavía hoy— Bergson, cuando habla de la «experiencia mística» en su obra Les deux sources de la morale et de la religion. El párrafo merece ser transcrito:

Queremos hablar de la experiencia mística considerada en lo que tiene de inmediato, al margen de cualquier interpretación. Los ver­daderos místicos se abren sencillamente al oleaje que les invade. Seguros de sí mismos, porque sienten en ellos algo mejor que ellos mismos, se revelan como grandes hombres de acción, con sorpresa de aquellos para quienes el misticismo no es más que visión, rapto, éxtasis. Lo que han dejado deslizar en su interior es un flujo des­cendiente, que quisieran, a través de ellos, alcanzar a otros hombres: la necesidad de extender a su alrededor, lo que han recibido, la sienten como un impulso de amor. Amor al que cada uno impone el sello de su personalidad. Amor que es entonces en cada uno de ellos una emoción nueva, capaz de transponer la vida humana en otro tono. Amor que hace que cada uno de ellos sea amado de esta manera por él mismo y que por él, para él, otros hombres dejen abrir su alma al amor de la humanidad. Amor que se podría también transmitir por medio de una persona unida a ellos o a su recuerdo vivo y que haya conformado su vida con este modelo. Vayamos más lejos. Si la palabra de un gran místico, o de alguno de sus imitadores, encuentra eco en alguno de nosotros ¿no es acaso porque puede existir en nosotros un místico que dormita y que espera solamente la ocasión de despertarse?

Esta descripción de los místicos de Bergson corresponde frase por frase a ese genio de la caridad, que se llama Vicente de Paúl; a ese hombre que, en razón de «la potencia de su espíritu y de la noble irradiación de su persona», no sólo «se impone a pesar de él mismo, fuerza al respeto y a la admiración», sino también desencadena dinamismos insospechados y ocultos que yacen en todo hombre, al que el «amor» le hace ser «inven­tivo».

Realista y lúcido, este profeta de los pobres ve más rápida­mente que sus contemporáneos: tiene el arte de ver los aconte­cimientos y las necesidades como son en Dios y la gracia de interpretar a las personas a través de Cristo. Abierto y acoge­dor, este «arquitecto», que da forma a todo lo que toca, con­fiesa humildemente: es menester crear un espacio abierto en el hombre para acoger a Dios, que viene, y así permitirle que obre en y a través de nosotros. Humilde y paciente, este animador de acción proclama una y cien veces que la originalidad y el genio del cristianismo consisten en «vaciarse de sí mismo para llenarse de Dios» «. Pero no olvida señalar que este vaciarse de sí mismo se realiza en y a través de la acción caritativa en beneficio de los pobres, de los hombres. Conmovido y exigente, este forjador de hombres comunica su experiencia humano-cris­tiana con otras conciencias. El intercambio de esta experiencia con otras conciencias crea el «espíritu» de las comunidades que él mismo funda y organiza. Esta comunicación de su «fe» y de su «experiencia» es la tarea más difícil y más delicada de su vida. Tenaz y laborioso, este líder de hombres proclama inde­fectiblemente de palabra, vida y obra, que la experiencia de Dios termina y adquiere sentido y objeto en la dimensión social de la acción, en el compromiso social diríamos nosotros hoy «Seguro de sí mismo», por haber experimentado en él toda la fuerza de Dios 57, este creador de una caridad lúcida e inventiva en la sociedad y en la iglesia de la época moderna ha podido realizar hasta el fondo la experiencia de Dios y la experiencia del pobre en la aventura del anonadamiento de Cristo.

Vivir hasta el fondo esta única y doble experiencia, es el servicio típico de Vicente de Paúl a la sociedad, al cristianismo, a la iglesia. Su arte, su gracia particular consisten en haber realizado hasta el fondo esta aventura del anonadamiento, del «vaciarse de sí mismo» no en la «pasividad», requerida abso­luta, inflexible, inquisitoriamente por los partidarios de la «es­cuela abstracta», sino en la experiencia de Dios y de Jesucristo en el pobre, en la acción en beneficio de los pobres. Esta experiencia de Dios, de Cristo en el pobre es un lugar privilegiado para Vicente de Paúl de la experiencia cristiana, y de la unión con el «Dios de Jesucristo». El misterio de Cristo pobre se hace más misterioso en la «imagen al natural» de Cristo pre­sente en el pobre y su anonadamiento más anonadamiento en la vulnerabilidad, en la fragilidad de los débiles, marginados por ello de y por la sociedad. El anonadamiento en Vicente de Paúl es una delicada prueba del olvido de sí, del desprendimiento de sí, de la entrega a los más miserables de los miserables.

Si Vicente de Paúl entra en esta experiencia de vida, es por haberse introducido en el movimiento de la encarnación de Cristo. Pero el Cristo de la contemplación y de la acción vicencianas es «fuente de amor humillado». De un amor (cari­dad) que, en razón de la nueva presencia del amor-fidelidad de Días —instauración del reino de Dios y su justicia— en la existencia de los pobres, de los hombres, se encarna en la his­toria para salvarles, para liberarles de todo aquello que les opri­me hasta llegar, incluso, a liberarles del pecado y de la muerte. La realización de este amor conduce a Cristo al anonadamiento de la encarnación, de la muerte y de la muerte de cruz «. Amor y anonadamiento son realizaciones concretas de las exigencias que reclama la ejecución de la voluntad de Dios, de ese Dios que libera y salva al hombre. Porque este Cristo, Dios-encarnado-en-la-historia revela que Dios es amor —que se manifiesta y se entrega en la acción— Vicente descubre en el movimiento de la encarnación que Dios es gratuito y que se entrega en el don. Esta inserción de Dios en el hombre provoca la inserción del hombre en Dios y manifiesta que el amor (cari­dad) es la verdadera y quizá la prueba auténtica y verificadora de la realización de la voluntad de Dios, de la unión de la volun­tad del hombre con la voluntad divina.

Fuente de inspiración y de acción, este Cristo vicenciano hace percibir a Vicente de Paúl la vida como un don. En razón de esta percepción tratará de programarla y de realizarla en la historia concreta de su tiempo como don. Pero este don abre a la verdadera actividad, a un deseo de servicio y de solidaridad con el hombre. Servicio y solidaridad que realizan los designios del Padre y que se ejercen, a imitación de Cristo, a través del amor compasivo. La realización de este servicio, de esta soli­daridad conducen al hombre al anonadamiento y este anonada­miento desvela hasta dónde pueden conducirle las exigencias del amor de Cristo, que le comprometen radicalmente en la libera­ción histórica de los pobres.

El anonadamiento amoroso o amor anonadado es, en defini­tiva, para Vicente de Paúl el espacio abierto que permite acceder a Dios en el hombre. Al mismo tiempo permite al hombre acoger, aceptar, adoptar y realizar el buen agrado de Dios. Teológica­mente hablando este anonadamiento amoroso dice relación para este hombre, que posee una eficacia transformadora de la men­talidad social de su época y una conciencia crítica frente a las situaciones vividas por los pobres, a la transcendencia y a la perfección de Dios, a la pequeñez de la criatura y del hombre pecador, al movimiento del anonadamiento de Cristo en su en­carnación y muerte. Psicológicamente hablando este anonada­miento amoroso hace de Vicente de Paúl un instrumento de Dios, al mismo tiempo crea en él una disponibilidad vital, capaz de realizar las exigencias de Dios, inscritas en las miserias de los pobres. De ahí la confesión de Vicente de Paúl al final de sus días, 7 de julio de 1660: el hombre «habrá realizado todo aquello que hubiera pretendido hacer, solamente cuando, por haber hecho el bien, sea consumido y anonadado. Consumirse por Dios, no tener ni bienes ni fuerzas sino para consumirlos por Dios, es lo que hizo Cristo, que se consumió por amor a su Padre».

Sólo en esta perspectiva se puede comprender el testamento de Vicente de Paúl, confiado el 1 de mayo de 1635 a su confi­dente preferido, el padre Portail: «Recuerde que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que debemos morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida debe estar escondida en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que para morir como Jesucristo tenemos que vivir como Jesucristo». En este testamento se encuentran las directrices de Vicente de Paúl para sus discípulos y adeptos. Estas directrices se sumergen en el oleaje más puro de la mística paulina, de la mística cris­tiana.

Quien se introduce en el movimiento del Cristo vicenciano, de ese Cristo que realiza la voluntad salvífico-liberadora del Padre en beneficio de los pobres, de los hombres y se une perfectamente con ella, comprenderá que la «indiferencia», la «pasividad», el «hacer y no hacer», el «querer y no querer» de Vicente de Paúl revelan una gran profundidad mística -unión íntima, intensa, amorosa con Dios- vivida y experimentada en la acción. La originalidad del espíritu de Vicente de Paúl -de la mística o espiritualidad vicenciana- se arraiga en Jesucristo encarnado y anonadado en la historia para realizar la voluntad del Padre, que es, como hemos señalado, una voluntad de servi­cio al hombre; voluntad que esclarece al mismo tiempo la rela­ción íntima entre la proclamación del «reino de Dios y su jus­ticia» y la realización de la solidaridad humana con los pobres.

Esta visión de Cristo -«fuente del amor humillado»- con­duce a Vicente de Paúl a orientar las virtudes llamadas ascéticas o/y místicas, especialmente la humildad y la caridad en una perspectiva cristocéntrica, evangélica, apostólica. En esta perspectiva, la humildad (anonadamiento, pobreza, servicio) es ex­presión de la caridad y la caridad (amor, don, entrega) es exigen­cia de la humildad. Es menester añadir que estas dos virtudes, lo mismo que la relación íntima entre ellas, se orientan a la acción —la continuación de la aventura o misión histórica de Cristo— y se exigen para verificar la realización de Dios en favor de los pobres, de los hombres. La unión de la humildad y de la caridad permite a Vicente de Paúl «anonadarse ante Dios»». Pero el anonadamiento vicenciano ante Dios se vive, en razón de las exigencias del cuerpo místico, en el amor compasivo o amor anonadado. Por ello este amor compasivo o amor anona­dado, que realiza la voluntad de Dios, se ejerce en razón y en beneficio de la situación de miseria en que se encuentra envuel­ta la existencia de los pobres. A través de este anonadamiento amoroso —humildad y caridad— Vicente de Paúl se reviste más y más del «espíritu de Jesucristo» y se une cada día más íntima­mente con la voluntad de Dios.

Esta adopción del ángulo de visión de la perspectiva vicenciana permite comprender la densa originalidad de las frases de Vicente de Paúl: «La perfección no consiste en el éxtasis sino en realizar con perfección la voluntad de Dios». «La santidad… consiste en la unión con la voluntad divina». La originalidad de la síntesis espiritual vicenciana permite vivir las directrices y exigencias de la Régle de perfection canfeldiana en otro clima espiritual. El clima vicenciano, a diferencia del de su maestro Benito de Canfeld y del de la «escuela abstracta», es más evan­gélico que neoplatónico, más encarnado que abstracto, más antro-pocéntrico y cristocéntrico que teocéntrico. Como su maestro sostiene que la conformidad de la voluntad humana con la divina resume toda la vida espiritual y hace acceder al hombre a la unión con Dios. La diferencia estriba no sólo en la manera de llegar a esa unión, sino también en el modo de realizarse. Para Vicente de Paúl se llega a la unión de la voluntad humana con la divina, no a través de la «pasividad» o/y del «anonadamien­to» canfeldianos y de la «escuela abstracta», sino a través de la inserción en el «anonadamiento» de la aventura histórica de Cris­to. Anonadamiento que no es in-acción, inanición y ausencia de Cristo como en Canfeld, el más pasivo de los místicos del si­glo XVII, sino ejercicio constante de caridad y de humildad en el más activo de los místicos, en «el mayor hombre de acción» de ese mismo siglo, Vicente de Paúl. La realización de la unión de la voluntad humana con la divina en la doctrina y en la «praxis» vicenciana no consiste, como en la doctrina y en la práctica canfeldianas, en la «absorción» de la voluntad humana en la voluntad de Dios, sino en la «santificación de las acciones que se realizan, más que para verlas hechas, para ejecutar la voluntad de Dios y encontrarle en ellas».

Como todos los místicos, Vicente de Paúl exige el anonada­miento del hombre para llegar a la unión con Dios. Pero el anonadamiento amoroso en la espiritualidad vicenciana es expresión en el hombre, como en Cristo, de las exigencias del amor al Padre, inscritas en la carne viva de los hombres. Y el amor anonadado es igualmente exigencia en el hombre, como en Cris­to, del anonadamiento ante el Padre en razón de liberar de la miseria a los pobres, a los hombres. Por eso el amor anonadado es para Vicente de Paúl sumisión, conformidad y unión con la voluntad divina en la acción.

De la misma manera que existe una mística contemplativa, en la que el alma percibe, experimenta la presencia gozosa, ínti­ma de Dios en sí misma, y se adhiere toda a él, también hay una mística de la acción en la que se descubre la presencia amorosa de Dios en el hombre y éste se une totalmente con él.

Vicente de Paúl es, ciertamente, un alto místico de la acción, que conoce por gracia y experiencia directa la misión del Verbo encarnado, emanación eterna del Verbo de Dios. Misión que él vive hasta identificarse con ella. Imitar a Cristo, si se quiere, pero esto es decir poco; participar en los «estados del Verbo encarnado» como dicen los espirituales de la «Escuela Francesa», pero esto es muy pasivo; él vive a Cristo. Cristo es su vida, y en el sentido inefable que Pablo lo entiende: «Mi vida es Cristo». «Vivo, ya no yo, es Cristo quien vive en mí». El Cristo que vive Vicente de Paúl es, ante todo, el Cristo «fuente del amor humillado». Vivir este anonadamiento de Cristo pobre, presente en los pobres, en favor de los pobres, he ahí Vicente de Paúl y su mística.

Vivir este Cristo, que realiza en todo la voluntad del Padre, a fin de liberar al hombre de toda miseria que le impide vivir en la dignidad humana de hijo de Dios, adherirse a esta voluntad del Padre, es una pobreza total, supone un desprendimiento he­roico. Vicente no tiene otra pretensión en su vida más que ésta. Por ello utiliza hasta sus últimas fuerzas para conseguirlo.

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