Vicente de Paúl: AYUDA A PARÍS Y A SUS ALREDEDORES (III)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Organización de la caridad

A pesar de sus 72 años, Vicente de Paúl llega a ser el educador y el organizador del movimiento caritativo parisino de 1652. Para este educador de la caridad, lo que está en juego es la respuesta a las exigencias de Dios en medio del drama de esta sociedad.

Vicente de Paúl no es ni un «prestidigitador», ni un gigante solitario. El solo no puede hacer todo en esta acción caritativo-asistencial. Con mayor precisión que los polemistas monoculares y los creadores de gigantes solitarios, los documentos históricos nos informan de la variedad de obras realizadas y de la diversidad de personas que intervienen en ellas. Para reducir la miseria, que invade París y sus alrededores, se requiere llegar a obtener una asociación tácita de todos, a crear una conciencia común. Pre­tender afirmar lo contrario, no sería objetivo. Sin embargo sería igualmente falso no admitir la diferencia de participación y de funciones en esta empresa caritativa. Vicente de Paúl ama a Dios en los pobres. En la exigencia de este amor hace cobrar conciencia a los demás de las necesidades más urgentes y lanza una llamada a los seglares y a los religiosos. Al hablar de la situación en que se encuentran los necesitados, presenta la inspiración de Dios y solicita la colaboración de todos. Su objetivo no es monopolizar la caridad, ni gobernar a los demás, sino hacer eficaz el evangelio. Su abertura a todos: ricos y pobres, jesuitas port-royalistas y miem­bros de la Compañía del santo sacramento, le inducen a guardar su independencia y a no entrar en ningún partido. Su cometido es aliviar la miseria de los pobres. Por eso, al tratar de comunicar una estrategia dinámica y una mística de la caridad, impide que las divergencias se endurezcan, se conviertan en oposiciones, en divisiones y que las mezquindades se propaguen y destruyan el espíritu de la caridad. El escucha —es su arte—, mira —es su gracia— pero con simpatía y lucidez, lo que le permite reconocer a los demás, dejarse interrogar por sus interpelaciones y responder a las inspiraciones de Dios, transmitidas a través de la realidad.

París desolado acude a Dios, pidiendo su auxilio. El arzobispo de París organiza procesiones para pedir la paz mil veces prometida y jamás otorgada. Este espectáculo de miserias, desfilando ante el relicario de santa Genoveva, refleja un deseo de paz. Las personas caritativas de París socorren a los pobres vergonzantes y a los refu­giados venidos de las provincias para evitar que mueran de ham­bre.

Vicente de Paúl intenta sensibilizar a los miembros de su co­munidad, a las Hijas de la Caridad, a las Damas de la Caridad, a estas miserias «humillantes e inspiradoras». En Saint-Lazare, duran­te el año 1562, se habla de las miserias públicas y de la paz en las conferencias; por turno se celebra la misa para pedir la paz y cada día ayunan seis personas y comulgan por esta intención. En los momentos más álgidos reúne todos los días a las Damas de la Caridad y estudia con ellas las necesidades del día y los medios de aliviar «las necesidades extremas de la diócesis».

A pesar de la generosidad de las Damas de la Caridad, de la ayuda de la Compañía del santo sacramento y de Port-Royal», la miseria de los indigentes aumenta cada día. Es un drama. Utilizando las experiencias anteriores, Vicente de Paúl «perfecciona y ajusta su técnica caritativa». No solamente se contenta con informar a todos, sino que organiza metódicamente una colecta.

La campaña de información se continúa por medio de la pu­blicación de las Relations y a través de nuevos escritos difundidos entre el público. Se invita a predicadores y confesores a recordar los principios teológicos referentes a la obligación de dar limosna y se recomienda la ayuda a los hambrientos. La organización metó­dica de la colecta permite pedir en las iglesias, en las casas de los particulares y en los edificios de las corporaciones.

Cada semana se necesitan de 6 a 7.000 libras. Todo París contri­buye y con ello se suministran alimentos y vestidos, medicinas pa­ra los enfermos y utensilios de trabajo. Se establecen algunos depó­sitos caritativos en la ciudad, «donde cada uno aporta lo que quiere dar». Hay en estas palabras de Vicente de Paúl una alegría, que expresa el impulso y el movimiento de una vida de caridad.

«Una de las maravillas» de esta caridad es la creación de los depósitos caritativos de la isla de Saint-Louis. Los primeros al­macenes, donde la generosidad popular deposita esta variada e im­portante mercancía, son los presbiterios. Los dones, que se reco­gen en ellos, son trasladados inmediatamente al hotel de la señora Bretonvilliers y al hotel de Mandose. Situados a las proximidades de la isla del sena, estos dos grandes inmuebles se convierten en depósitos de las embarcaciones que parten hacia las «estaciones» de Corbeil, Villeneuve-Saint-Georges, Lagny, Etampes, Juvisy, Go-nesse. Vicente de Paúl está contento del espíritu de organización y de orden que reinan en estos depósitos.

 

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