Vicente Jiménez (Hno)

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Author: Jesús María Muneta, C.M. · Year of first publication: 2005 · Source: Boletín Provincial de Zaragoza.
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62 Hno. Vicente Jiménez 16-04-05 Teruel BPZ, Abril 2005

Vicente ha vivido casi con plenitud hasta que el Señor se lo ha llevado. Se ha conside­rado casi joven hasta hace un par de años en que comenzó su deterioro físico, evidente para los compañeros de comunidad, no tanto para él, que se consideraba apto para los quehaceres que siempre desempeñó en la cocina. Pero el buen cocinero que siempre fue, se ha ido al banquete del cielo.

Vicente nació en Salmoral, pueblecito cerca de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), de donde era su madre y donde tenía un tío sacerdote. Pasó pronto a Villatoro (Ávila), de donde era su padre. Allí desarrolló su infancia y su juventud. De familia numerosa, con un hermano sacerdote, que fue durante muchos años director espiritual en el Seminario Conciliar de Ávila, al que Vicente le tenía mucho afecto. Le tocó la guerra civil en el bando nacional y de la cual contaba varias anécdotas como la de entregar por equivocación un camión de ar­mas y munición al enemigo, en el frente confuso de la batalla de Brunete, haciendo méritos para haber sido fusilado por ambos bandos. O aquella otra, ya al término de la contienda, por tierras de Badajoz, de pasarse más de un día en una acequia, sin levantar la cabeza, al caer en una emboscada. Terminada la contienda se estableció en Madrid como refitolero de una pas­telería, donde aprendió muy bien el oficio. Siempre hizo gala ya como hermano de tener arte para preparar los postres, Entre sus aficiones prereligiosas, estaba la del toreo, más en parti­cular de banderillero. Reliquia de por vida la ha tenido en la palma de su mano izquierda por haberse clavado una banderilla destinada al becerro. Su pasión estaba en la plaza de las Ven­tas de Madrid: cómo entrar sin pagar, ya de monosabio, ya de portador de los utensilios de los toreros de turno… pero siempre entraba.

¿Cómo nació la vocación? Quizás hay que remitirse al ambiente familiar, a su hermano Dionisio, el cura, a la amistad con algunos de los padres de la comunidad de Ávila. Ingresó en la Congregación de la Misión el 28 de abril de 1946, a los treinta años. Al término de los dos años, emitió los votos y fue destinado a Cuenca, no estando más que un año. Sin embargo, los recuerdos de este primer destino, tanto de los Padres (Crespo, Sedano, Pardo), de los teólogos y de los proveedores, era diáfano. Fue destinado a Teruel en 1949, estrenando la casa Mísión-Semínario, que aún no había concluido el P. Tomás Lozano. La muerte de éste a los pocos meses fue el gran disgusto del Hno. Vicente, que siempre le ha recordado. Si vino para poco tiempo, ha permanecido en la comunidad de Teruel más de cincuenta y cinco años, haciéndose turolense de verdad, hasta que el Señor le ha llamado, tras breve enfermedad, a la casa del Padre.

Su oficio en la comunidad, ha estado en la cocina, unas veces solo, y otras acompañado con algún otro hermano y personal externo. Atender durante casi cuarenta años a una comu­nidad de más de cien miembros, sacerdotes y seminaristas, al final a alumnos del reaseguro del Estado, luego, en menor número, de nuevo a posibles seminaristas. Fueron años duros desde 1949 a los años 1970. Años del racionamiento, del inicio del desarrollo, siempre con escasez de recursos, con ecónomos que miraban la peseta o no podían pagar a tiempo. Madrid estaba lejos. Vicente era buen cocinero, se desvivió por la comunidad y los seminaristas. Siempre les preparó lo necesario y más, siendo los recursos muy limitados. No se pasó ham­bre gracias a la habilidad del Hno. Vicente. Muchas veces me ha recordado el levantarse, en aquellos años a las cinco de la mañana, encender la cocina de carbón, la oración a las seis de la mañana, volver a la cocina de la que no salía hasta las diez de la noche. Así hasta los años noventa, en que ya se hace cargo de la cocina personal contratado, sin que Vicente se retire de la cocina y el comedor hasta el ultimo día. Su abnegado trabajo, su generosidad, le granjeado la estima y el cariño tanto de los padres que han pasado e integrado la comunidad, como por los seminaristas y colegiales, y el personal foráneo que ha servido a la comunidad. Su sana curiosidad le hacía saber donde estaban unos y otros, conociendo pormenores de sus vidas, hasta tenía olfato psicológico para otear el futuro de nuestros posibles seminaristas. Por todo ello, Vicente ha recibido constantemente el agradecimiento de los que pasaron por esta casa. Con frecuencia han venido de casa y lejos a saludar al Hno. Y cuánto gozaba Vi­cente con ello y les invitaba y alargaba la conversación. Ya sabemos cómo ha sido la vida toda una generación de Hermanos, que hoy desaparece, dedicados al servicio de la cocina, portería u otros oficios, trabajo inestimable para la comunidad, pero quizás un poco limitados dos en su participación espiritual. Vicente ha sido siempre fiel a la eucaristía, en tiempos primeros como acólito de aquellos venerables superiores, en estos últimos años, también los míos, fiel a la misa, a la novena de la Milagrosa, y también, en sus ochenta años, se le veía hacer su oración. En el statu de nuestros hermanos Vicente ha sido un modelo, como servi­dor fiel, humilde (no permitía que un sacerdote de la comunidad hiciera algo que le tocaba a él), cariñoso con cuantos formaban la comunidad.

Nunca se consideró enfermo, nada le dolía, el bastón no le gustaba, lo llevaba de lujo. Llegó la llamada del padre. Apenas tres días ha estado en el hospital. Ha recibido consciente y piadoso el unción de enfermos, y así confortado se lo ha llevado el Padre el día 16 de abril a las 11, 15 de la mañana. El día 19 a las doce se ha celebrado el funeral presidido por el P. Corpus Delgado y casi una treintena de sacerdotes de la Misión (Provincias de Zaragoza, Madrid y Barcelona) y sacerdotes diocesanos, con presencia de familiares venidos de Madrid, parroquianos y amigos. Vicente no soñó un funeral tan solemne. Se lo merecía. Un hueco ha dejado en la Comunidad que tardará en llenarse, y a mí un cierto vacío de orfandad­ tras treinta años conviviendo en la eucaristía, en la mesa y en las tardes dominicales. Que descanse en paz.

Jesús Mª Muneta

Homilía de la Eucaristía de despedida

La Iglesia nos invita a celebrar durante los cincuenta días de la Pascua el gran acontecimiento de la Resurrección del Señor. Cada vez que celebramos la eucaristía, y particularmente en este tiempo pascual, proclamamos la Resurrección del Señor y participarnos de su Cuerpo y de su Sangre, que son para nosotros Pan de Vida y Cáliz de salvación, comida y bebida de inmortalidad.

Como comunidad del Señor Resucitado nos hemos reunido hoy para celebrar la eucaristía en la s familiares, hermanos de comunidad y amigos del Hermano Vicente querernos dar gracias a Dios por el regalo de su vida y testimonio y proclamar nuestra fe en Jesucristo Resucitado.

En el evangelio de hoy Jesús, presentándose como Buen Pastor, nos ha explicado el sentido de su Vida y de su muerte: Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas… Yo doy mi vida por las ovejas… Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente…

Entregando la vida libremente por nosotros, Jesús no ha quedado atrapado por la muerte. Al contado, ha vencido a la muerte. Y con su resurrección ha abierto el camino a la Vida para cuantos creen en Él. Porque yo entrego mi vida para poder recuperarla.

El buen Pastor, Cristo Jesús, entrega la vida para que todos nosotros alcancemos la Vida, su misma Vida que vence a la muerte.

En este lunes de la cuarta semana de Pascua, nuestra fe en Jesucristo Resucitado, buen Pastor, ilumina el sentido de la vida y de la muerte de nuestro hermano Vicente y da seguridad a nuestra es­peranza en la resurrección. Por eso, interpretando la vida y el paso de este mundo al Padre de nuestro hermano, hemos cantado nuestra fe y nuestra confianza: el Señor es mi Pastor, nada me falta,

El hermano Vicente Jiménez Antonio nació el 19 de abril de 1916 (hubiera cumplido mañana 89 años) en Salmoral (provincia de Salamanca), hijo de Francisco y Ramona. Su infancia y juventud transcurrieron en Villatoro (provincia de Ávila), lugar de donde era natural su padre y que Vicente siempre consideró como su pueblo.

A los treinta años, Vicente escuchó la llamada del Señor, buen Pastor, que le invitaba a seguirle; y dejando Villatoro y a sus cuatro hermanos Y tres hermanas, las tareas del campo y los ganados, se dirige a Madrid, a la comunidad de los Misioneros Paúles, donde ingresó el 28 de abril de 1946. Después de dos años de preparación para la vida de comunidad, el hermano Vicente se comprometió a seguir de por vida a Jesucristo Evangelizador de los pobres en castidad, pobreza y obediencia en la Congregación de la Misión. Así lo proclamaba for­malmente e12 de mayo de 1948 mediante la emisión de los votos.

Después de un breve tiempo de trabajo en Cuenca, en el Curso 1949-19501o encontra­mos ya en la comunidad de Teruel, donde ha permanecido durante casi 56 años, hasta que el pasado día 16 fue llamado a la Casa del Padre.

Hermano en la Congregación de la Misión, ha participado en la misión de la Iglesia y de la Congregación a través de los múltiples servicios que ha desarrollado, particularmente como colaborador para la formación de las generaciones de futuros misioneros.

Al hermano Vicente podemos aplicarle las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: conozco a mis ovejas y ellas me conocen. Cercano a los sacerdotes, a los seminaristas, a los colegiales, a las personas que participan en la Iglesia de La Milagrosa de Teruel o a las que debe acudir por razón de su servicio en esta casa, el hermano Vicente conocía a cada uno, lo recordaba por su nombre, le daba a comprender su alegría por el encuentro. Y cuantos han pasado por las aulas de este Seminario y Colegio, cuantos han conocido al hermano Vicente lo aprecian, lo buscan, quieren saludarlo y celebran que no se haya olvidado de ninguno, a pesar de ser tantos. Por eso hoy, hermanos del hermano, todos hemos querido acompañarle en esta celebración con nuestra presencia, con nuestro testimonio y con nuestra oración.

Como el buen Pastor, cada uno de nosotros estamos invitados a vivir nuestra vocación cristiana sabiendo descubrir en cada persona a un hermano, a un hijo de Dios, puesto por el Señor en nuestro camino para vivir la comunión, el amor, desde la cercanía, la acogida, la comprensión, el afecto. Los cristianos sabemos que, hoy más que nunca, hemos de ser per­sonas de comunión; y que el primer paso para que el anuncio de Jesucristo resulte creíble en nuestro mundo sigue siendo el amor, hecho servicio, el mutuo apoyo fraterno de los herma­nos.

El hermano Vicente, en seguimiento de Jesucristo y como Él, Pastor bueno, ha dado la vida, la ha entregado. Sin ruido, sin darse importancia, desde la sencillez y humildad del ver­dadero seguidor de Jesucristo, desde la amabilidad y la abnegación, desde la dedicación entusiasta y sin horario, el hermano Vicente ha ido tejiendo de fidelidad las horas y los días, las semanas, los meses y los años de su vocación misionera.

Cuando descubrimos la fragilidad de los compromisos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y de los mismos cristianos, el testimonio de una vida totalmente entregada y vivida en fidelidad hasta el final, como la del hermano Vicente, resulta una provocación, una interpelación extraordinariamente atractiva.

Y es que si nos decidimos a seguir al Señor, el buen Pastor que ha dado su vida, ¿cómo podríamos vivir en coherencia si no es en la fidelidad sin rupturas, sin mediocridades, en la dedicación generosa de todas nuestras energías? Cada uno en la vocación a la que ha sido llamado, sea cual sea nuestra edad, nuestro trabajo, la situación personal en la que nos en­contremos, hemos de saber colmar de fidelidad nuestra vida.

El Señor, que lo llamó a su servicio, hizo descubrir al hermano Vicente como a Pedro (según hemos escuchado en la primera lectura) que todas las realidades, todas las situaciones y todos los trabajos son caminos de salvación, de gracia, de fecundidad misionera. La aten­ción a los detalles más prácticos de la convivencia y, de la comunidad han sido la forma como el Señor ha querido contar con el hermano Vicente para prolongar su misión evangelizadora en el mundo.

En el seguimiento de Jesucristo, el buen Pastor, cada uno de nosotros ha sido llamado a desempeñar un servicio: unos como sacerdotes, otros como laicos; unos en la soledad, contemplación, otros en la familia, el trabajo del campo o de la empresa, la educación, la acción social, la catequesis o el comercio. Toda realidad, toda tarea, toda forma de existencia puede ser camino de Evangelio, cauce de salvación, testimonio misionero. Importa vivir cada día sabiéndonos invitados por el Señor a construir su reino; partícipes de su misión; comprometidos intensamente; alimentados de su Palabra y de su eucaristía, sostenidos en la amistad personal y profunda con el buen Pastor, que nos anima a vivir como Él entregados, disponibles, generosos.

Al dar gracias a Dios por la vida del Hermano Vicente y celebrar nuestra fe en la resurrección  de Cristo Jesús, pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen, invocada con tan­to amor en esa Iglesia como Milagrosa, que nuestro hermano participe de la alegría de los santos y que cada uno de nosotros, en nuestra propia vocación, sepamos ser testimonio vivo del amor y misioneros creíbles de Único Pastor, que entregó su vida por la Vida de todos.

Corpus J. Delgado

Mis recuerdos del Hermano y amigo Vicente

Él llegó a Teruel, el año 1949, yo estaba de apostólico en cuarto curso; había cinco cur­sos; yo repetí primero; había empezado con 10 años en San Miguel. Nuestro contacto con los Hermanos era muy frecuente, según el oficio tanto de ellos como el nuestro. Había que servir a los Padres, en el comedor, por semanas; yo lo hice del 50 al 51. Siendo campanero había que pasar por la cocina para preguntar si se podía tocar la campana, a las horas de comida y cena, y eso me tocó hacerlo una temporada. En algún paseo o excursión siempre había algún trato con los Hermanos. Al ir al Noviciado, con los de mi curso, yo ya fui para Hermano.

Años después, cuando comenzaron a darnos varios días de vacaciones, y podíamos ir a donde quisiéramos y a ver a la familia, el trato con Vicente ya era anual y por varios días. Julio era el mejor tiempo y si era al principio más aún: las Ferias de Teruel. Sí Vicente sabía que yo iba, sacaba otra entrada más para los toros; se las solía proporcionar el cuñado del P. Belmonte, carnicero; y en esta cuenta entraba también mi padre. Y ahora que nombro a mi padre, diré que vivía en Valdecebro, mi pueblo, y se bajó a vivir a Teruel en la década del 60. Poco a poco se fueron conociendo más y salían juntos los domingo y festivos por la tar­de: cine, paseo, merienda… Mi padre iba al Colegio-Apostólica, café y a pasar la tarde juntos hasta que se acercaba la hora de preparar la cena. Si no había ningún compromiso particular, sabías que estaban juntos; y así, durante años, hasta que en diciembre del 79, enterramos a mi padre, q.e.d. Esto no lo puedo olvidar nunca y estoy muy agradecido al H. Vicente, amigo mío y de mí padre. Esto era durante todo el año, estando los dos juntos en Teruel.

Cuando yo estaba de vacaciones y era Superior e1 P. Indurain, era muy frecuente oirle decir: H. Jiménez, Sr. Ros y alguno más, al coche; ¿ninguno quiere?, pues voy yo; y tú, dirigiéndose a mí, prepara el coche y vamos a dar una vuelta. Y salíamos cerca, pero el caso era salir de Teruel. Los Superiores o Padres nos han dado muchas oportunidades para salir con el coche, lo mismo que cuando vivía mi padre.

En agradecimiento al H.Vicente, por el trato con mi padre, estuvimos en Ceuta, en casa de mi hermano Eugenio, unos días en el 80. Y nos llevó a Tetuán y Tánger, en Marruecos. En 2003, fuimos a Valdecebro, invitados por mi sobrino Juan, que estaba de vacaciones. Hay foto. En 2004, una tarde, en compañía del P. José Manuel Goicochea, subimos al pueblo otra vez; y creo que fue mi último paseo en coche con el H.Vicente.

En Zaragoza nos encontramos el día 12 en el funeral de la madre del P. José Fernández Rio1 y nos alegramos mucho al vernos otra vez; hablamos de su próximo cumpleaños, el día 19 -89- y del verano. El día 16 nos anunciaron su muerte. Sólo el Señor sabe la pena que he sentido y siento y quizá él también lo sabe. El lunes 18, le vi en la caja por última vez y le despedí en el cementerio. D.e.p.

En coche muchas veces o andando muchos días, cuando estaba de vacaciones en Te­ruel, y los últimos años, muchos ratos sentados, haciéndole compañía. Vicente, en nombre de mi familia, gracias por todos; descansa en paz con el Señor y, si puedes, intercede por mí y por los míos.

La Comunidad de Teruel ha sido para mi padre, una segunda familia. Gracias a todos. Os acompaño en el sentimiento y el dolor.

Ángel Ros

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