LA IGLESIA, CONTINUADORA DE LA MISIÓN DE JESUCRISTO
Consecuente con su visión de Cristo, Vicente de Paúl contempla y experimenta a la Iglesia como continuadora de la misión de Jesucristo, distanciándose de las eclesiologías dominantes en su tiempo.
Vicente de Paúl se mantiene dentro de la doctrina eclesiológica enseñada en los manuales. Así se ve, por ejemplo, en la respuesta que da a Juan des Lions, deán de Senlis, a propósito de la confirmación de la herejía de Jansenio con milagros realizados por la santa espina en Port-Royal: «Si espera que Dios le mande un ángel del ciclo para iluminarle mejor, no lo hará; le ha enviado a la Iglesia, y la Iglesia reunida en Trento le envía a la Santa Sede en el asunto de que se trata, tal como se ve en el último capítulo de este Concilio».
Vicente de Paúl quiere vivir en la fe de la Iglesia, sin apartarse ni lo más mínimo de lo que la Iglesia enseña: «Siempre he tenido miedo de verme envuelto en los errores de alguna nueva doctrina, sin darme cuenta de ello. Sí, durante toda mi vida, he tenido miedo de esto».
Pero la originalidad de Vicente de Paúl en su visión de la Iglesia radica en considerarla como una realidad histórica, itinerante, misionera, y al servicio de los pobres como continuadora de la misión de Cristo que es».
¿Cuál fue el proceso recorrido por Vicente de Pai para llegar a destacar estos rasgos en su visión de la Iglesia? ¿Cómo expresa su sentido de la Iglesia a través de sus escritos y de su trabajo?
Aunque Vicente de Paúl no formuló nunca de manera sistemática su pensamiento sobre este tema, hagamos el esfuerzo por recoger y agrupar los textos vicencianos destacando los elementos más originales de su visión de la Iglesia.
- EL PROCESO PERSONAL DE VICENTE DE PAÚL HACIA LA EXPERIENCIA DE LA IGLESIA MISIONERA
Vicente de Paúl, que había pretendido en su juventud ascender en la Iglesia, obtener beneficios, llegó, conducido por el Señor a través de los acontecimientos, a una experiencia bien distinta de la Iglesia.
Vicente de Paúl realizó dos viajes a Roma (¿en busca de algún beneficio?), que le dejaron una fuerte huella, ya que habla de estos viajes varias veces en sus cartas y conferencias. La ciudad de Roma le impresiona y le hace experimentar que pertenece a la Iglesia, a la misma Iglesia de los apóstoles y de los mártires.
Discuten los estudiosos vicencianos si este descubrimiento lo realizó Vicente de Paúl durante los días de su visita a Roma o, años más tarde, reflexionando después de su largo proceso de conversión. Las palabras que dirige en julio de 1631 al P. Francisco Du Coudray, enviado a Roma, nos muestran en todo caso el fruto de esta experiencia: «Por fin ha llegado usted a Roma, donde esta la cabeza visible de la Iglesia militante’, donde están los cuerpos de san Pedro y de san Pablo y de otros muchos mártires y santos personajes, que en otro tiempo dieron su sangre y emplearon toda su vida por Jesucristo. ¡Cuán feliz es, señor, por poder caminar sobre la tierra por la que caminaron tantos grandes y, santos personajes! lata consideración me conmovió tamo cuando estuve en Roma hace treinta años que, aunque estaba cargado de pecados, no dejé de enternecerme, incluso con lágrimas, según me parece».
En el año 1612, Vicente de Paúl ejerce de párroco en la aldea de Clichy. Descubre el gusto del pastor que se entrega a su pueblo. Experimenta la vida de la Iglesia, lejos de las tramas de las aspiraciones y de los beneficios: «¡Qué feliz soy de poder tener este pueblo!…»
La experiencia vivida en Gannes-Folléville (1617) le ayuda a Vicente de Paúl a percibir el lugar de los pobres en la Iglesia. En Chátillon descubre Vicente de Paúl fuerza del laicado para la evangelización de los pobres. En Montmirail-Marchais verifica el valor de signo que tiene la evangelización de los pobres en la Iglesia.
El encuentro con el señor obispo de Beauvais y el descubrimiento de la deficiente formación de los sacerdotes y de los candidatos al sacerdocio, le ayudan reflexionar sobre el ministerio como servicio: «La mayor necesidad que hoy tiene la Iglesia es la ch obreros que trabajen por apartar a la mayoría de sus hijos de la ignorancia y de los vicios en que están, y que le den buenos sacerdotes y buenos pastores».
El envío de misioneros a Madagascar, a partir de 1648, abre la visión eclesial de Vicente hasta los confines de la tierra.
«¡Bonita Campanía sería la de la Misión si, por haber tenido cinco o seis bajas, abandonase la obra de Dios! ¡Una compañía cobarde, apegada a la carne y a la sangre! No, yo no creo que en la compañía haya uno solo que tenga tan pocos ánimos y que no esté dispuesto a ir a ocupar el lugar de los que han muerto”!
Es a partir de estas experiencias como se va tejiendo la comprensión vicenciana de la iglesia. Vicente de Paúl no pondrá el acento en la jerarquía, ni en el adorno exterior o el brillo. Para Vicente, «la Iglesia es ante todo el pobre pueblo que pide ayuda, ese «pueblo bueno» que Vicente había encontrado ya y con quien se había sentido identificado mientras era párroco en Clichy, cerca de París. Al servicio de este pueblo van a entregarse él y los suyos. Hablando de los humildes y de los más pobres, dirá: Nuestros señores y nuestros maestros… ellos nos representan a Jesucristo, abriendo así una nueva perspectiva en la teología del cuerpo místico».
Así ya no nos extrañará encontrar en la correspondencia de Vicente de Paúl expresiones tan claras sobre dónde se encuentra la Iglesia de Jesucristo: «La Iglesia no está ni en la seda ni en el oro de los príncipes-obispos o de los abades, sino en la carne y sangre, en los sufrimientos, en las lágrimas del pueblo. El pueblo de Dios está aquí, asociado sin saberlo al misterio de la vida, de los sufrimientos, de la muerte del Hijo de Dios, en la espera de su gloria.
Llamado al Consejo de conciencia, Vicente de Paúl se acordará de esta Iglesia cuando se trata de nombrar obispos para el servicio del pueblo de Dios y en primer lugar de los pobres».
Esta experiencia de Iglesia se distancia notablemente de las preocupaciones juveniles de Vicente por hacer valer sus méritos y prepararse su progreso. Los acontecimientos de los que se ha servido el Señor le han descubierto que «aquellos para quienes él se siente enviado, aquellos que le llaman y le esperan son los pobres de los hospitales, los pobres del campo, los galeotes y forzados, los niños abandonados, los mendicantes y matones, la nobleza arruinada y las provincias devastadas, el clero mal preparado, los Obispos agotados ante la tarea pastoral sobrehumana, las naciones infieles que esperan la luz del Evangelio. Cada una de estas situaciones, en su espacio y tiempo determinados, son para el espíritu de san Vicente una imagen del pueblo de Dios que abarca a todos: Toda esta humanidad forma un pueblo llamado a ser la Iglesia».
Y sólo desde esta experiencia profunda de Iglesia se entiende la labor emprendida por Vicente de Paúl para la renovación de la Iglesia de su tiempo. Renovación tan significativa que Mons. Maupas de Tour puede decir: «ha cambiado casi totalmente el rostro de la Iglesia».







