VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (VIII)
ESPACIOS VICENCIANOS EN LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Hay una cosa que está meridianamente clara en la cabeza y en el corazón de todos los miembros de la llamada Familia vicenciana: que el carisma, el ser, la espiritualidad, la identidad, el sello característico de los seguidores de Vicente de Paúl ha estado, está y estará de plena actualidad. Sin embargo, lo que no está tan clara es la forma de vivir, de transmitir y de realizar ese carisma vicenciano. Desde hace bastante tiempo, la Familia vicenciana, lo mismo que otros grupos en la Iglesia, está buscando su espacio, su sitio en la tarea evangelizadora de toda la comunidad eclesial, Espacio que estaba muy claro y certero en otra época, pero no en este cambio total y radical de época.
Por eso, ha llegado el momento de reflexionar sobre una serie de cuestiones fundamentales de nuestro presente y de nuestro futuro: ¿podemos aportar algo los vicencianos a la nueva y urgente evangelización? ¿somos capaces los vicencianos de hacer fructificar nuestro carisma, nuestra espiritualidad, nuestro ser en la tarea de la nueva evangelización? ¿cuáles son las claves vicencianas que pueden contribuir a hacer eficaz y operativo este proyecto planetario de la nueva evangelización? ¿en qué campo evangelizador debemos movernos hoy los vicencianos? ¿cuáles son los espacios vicencianos en la nueva evangelización?
LA EVANGELIZACIÓN, TAREA DE TODOS LOS CRISTIANOS
Se trata, pues, de ver si los vicencianos (cuando hablo de vicencianos, me refiero a toda la Familia vicenciana) tenemos algo que decir en el campo universal de la evangelización. Evidentemente, la evangelización es urgencia, ministerio y mandato universal para toda la Iglesia. El Papa Pablo VI, en la Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi», nos dice: ‘(Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» I
De suyo, no podemos hablar de una evangelización vicenciana, en cuanto tal, ni de una evangelización ignaciana o franciscana o dominicana. Porque el vasto campo de la evangelización es de todos los cristianos y para todos los cristianos. Es la tarea de toda la Iglesia. No es una tarea más entre muchas. Es la tarea fundamental y la razón de ser de la Iglesia. Hay que poner el énfasis en el artículo «la».
El arcoíris es un conjunto de variados colores, de ahí su belleza. Es un conjunto de colores que no es de ningún color concreto y específico, sino de todos los colores por igual. Y así, cada color contribuye a embellecer el conjunto. Podríamos decir que de lo que se trata es de encontrar ese color netamente vicenciano que contribuye a embellecer el arcoíris de la evangelización. O sea, qué puede aportar a la evangelización universal el carisma vicenciano, la espiritualidad vicenciana, el «ser» vicenciano.
UNAS ACLARACIONES SOBRE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
En el título de este capítulo se habla de la nueva evangelización. Es el vocablo que solemos usar con más frecuencia en los últimos años, desde que el Papa Juan Pablo ll, en una visita pastoral a Polonia en 1979, hablase de «una evangelización nueva en su ardor, en su método y en su expresión»
El Papa Benedicto XVI, hoy emérito, hizo de la nueva evangelización el tema medular de su Papado e instituyó el «Consejo Pontificio para la promoción de la nueva evangelización». El último Sínodo de los obispos ha tratado sobre la nueva evangelización. Y el actual Papa Francisco tiene la nueva evangelización como punto fundamental. Es decir, hoy al hablar de evangelización, siempre se emplea el adjetivo calificativo «nueva»
No voy a entrar en disquisiciones sobre el empleo del vocablo evangelización sin adjetivo o evangelización con adjetivo. Pienso que, en definitiva, es lo mismo, que lo verdaderamente importante es el sustantivo, es decir la evangelización. Pero es necesario tener en cuenta lo siguiente:
La nueva evangelización significa, por Io menos, dos cosas. Obviamente, y en primer lugar, significa que de nuevo hay que volver a evangelizar, puesto que la secularización se está decantando en occidente como una galopante descristianización. Los valores del evangelio, tales como el amor, la caridad, la fraternidad, la igualdad, la solidaridad… han cedido estrepitosamente ante el empuje de nuevos valores «seculares» como el progreso, la eficacia, el éxito, el consumo… Pues aunque los valores cristianos siguen en la boca, hace tiempo que ya no están en el corazón. No son los que nos mueven cada día, sino los que dejamos que solamente nos conmuevan en días señalados y contados con los dedos de una mano.
Pero la nueva evangelización significa también, y sobre todo, que hay que evangelizar de nuevo, de una manera nueva, con nuevos métodos, nuevas metas y nuevas estrategias, para no incurrir en los errores del pasado. La nueva meta no puede ser el formar otra cristiandad, sino la construcción del reino de Dios. Y eso nada tiene que ver con la ocupación conquistadora del mundo, sino con la presencia testimonial en el mundo. No se trata de bautizar una cultura o un territorio, sino de bautizar al que crea, es decir, al que quiera asumir y compartir el mensaje de Jesús de Nazaret.
Tampoco hay que olvidar lo que el Papa Francisco viene repitiendo con insistencia en todas sus alocuciones y, más concretamente, en su reciente Exhortación apostólica ‘(Evangelii gaudium»: que la evangelización (o la nueva evangelización) tiene que poner a la Iglesia, a toda la Iglesia, en «estado de misión» y tiene que moverse en las «periferias» de la vida, periferias materiales, morales, geográficas, existenciales, espirituales…; y que esta evangelización tiene que ser diálogo, sanación, esperanza y alegría Lo mismo que dijo, el 13 de octubre del año 2013, a los miembros del Pontificio Consejo para la nueva evangelización: «La Iglesia es la casa en la cual las puertas están siempre abiertas no sólo para que cada uno pueda encontrar allí acogida y respirar amor y esperanza, sino también para que nosotros podamos salir a llevar este amor y esta esperanza. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nuestro recinto y nos guía hasta las periferias de la humanidad».
TRES PRIORIDADES IRRENUNCIABLES
Cada cierto tiempo, los vicencianos -como otros grupos en la Iglesia- suelen hacer un discernimiento en torno al lugar o el espacio que deben ocupar en la tarea global de la evangelización o, si preferimos, de la nueva evangelización. Y también cada cierto tiempo, los vicencianos entran en una dinámica de inquietud, perplejidad, dubitación porque no terminan de ver claro cuál es ese espacio específica y propiamente vicenciano.
Si se me permite la humorada, diría que muchas veces nos parecemos a las tortugas, que dan la impresión de pasarse toda su vida buscando la casa y no se dan cuenta de que la llevan a cuestas, Nosotros nos pasamos la vida buscando nuestro espacio identitario en el conjunto de la Iglesia y de la sociedad y no nos percatamos de que lo tenemos delante. Concretamente, no tenemos nada más que acudir a las Constituciones y Estatutos de la Congregación de la Misión para saber, con plena seguridad, cuál es nuestro lugar o espacio. Porque en esas Constituciones está la traducción más viva y actual del carisma, de la espiritualidad y de la misión de los seguidores de Vicente de Paúl.
Si acudimos al capítulo primero de la segunda parte de las referidas Constituciones, nos encontramos con una articulación bastante detallada de la misión vicenciana. Pero, de una manera especial, el número 12 nos señala el camino, la meta y el ritmo de nuestra misión. En ese número está sintetizado el espacio que deben ocupar los vicencianos en la nueva evangelización. Podemos dar vueltas y más vueltas buscando nuestro lugar, pero siempre volveremos a este número 12 de las Constituciones.
De este número, voy a destacar sus tres primeros apartados, que, en mi opinión, constituyen las tres prioridades irrenunciables e innegociables en el ser y en el quehacer vicencianos. Tres prioridades que son, a la vez, el telón de fondo o el marco de referencia de la misión vicenciana y las claves para entender el lugar donde debe resituarse constantemente el evangelizador vicenciano.
«Preferencia clara y expresa por el apostolado entre los pobres» Más de uno puede equiparar esta primera prioridad vicenciana con la llamada «opción preferencial por los pobres» 7 Sin embargo, aún siendo muy loable y exigente esta expresión para todos los cristianos, se quedaría corta para la misión vicenciana. Porque, cuando las Constituciones hablan de «preferencia por los pobres», lo matizan con dos calificativos que no dejan resquicio a la duda: opción «clara» y «expresa». O lo que es lo mismo, opción nada teórica ni abstracta, opción totalmente alejada de los generalismos o de aquellos tópicos que vienen a decir cosas tan peregrinas como que «todos somos pobres de alguna forma», opción radical, en suma. Con esos dos adjetivos, la preferencia por los pobres deja de ser optativa y se convierte en obligatoria, y la opción por los pobres deja de ser meramente preferencial y se convierte en fundamental. Son dos adjetivos -clara y expresa- muy bien escogidos y que sintetizan todo el pensamiento y toda la acción evangelizadora de Vicente de Paúl.
Además, esta preferencia clara y expresa por los pobres y entre los pobres nos traslada a la visibilidad efectiva y a la significatividad real. Es decir, exige que la opción por los pobres sea efectiva, se pueda ver, se pueda tocar, se pueda evaluar, se pueda demostrar. Exige que no se quede en los papeles, en los documentos, en los paisajes de las promesas y de las buenas intenciones. Exige, en definitiva, que aterrice en la vida diaria y concreta, en la cercanía con los pobres, en la encarnación e inculturación en su vida y en sus situaciones.
El espacio primero y fundamental de los vicencianos en la nueva evangelización queda perfectamente delimitado en esta sencilla frase. Porque decir «preferencia clara y expresa por los pobres» nos remite inmediatamente a lo que Vicente de Paúl repite una y otra vez, y resume en el siguiente texto: «¿Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo? ¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Jesucristo tuvo en la tierra sino los misioneros? … jOh! iQué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas palabras de Nuestro Señor: ‘Evangelizare pauperibus misit me Dominus’! Ved, hermanos míos, cómo lo principal para Nuestro Señor era trabajar por los pobres. Cuando se dirigía a los otros, lo hacía como de pasada». Y si nos acercamos a lo que decía a las
Hijas de la Caridad, en este tema, la insistencia va en la misma línea. Por ejemplo, cuando las presenta su identidad, es decir, su ser y su quehacer, subraya: «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, tenéis que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra». E, inmediatamente, aclara: Jesucristo no hizo en este mundo sino servir a los pobres
Esta primera prioridad vicenciana es completada en las Constituciones de la Congregación de la Misión con un razonamiento evangélico: «La evangelización de los pobres, en efecto, es señal de que el Reino de Dios se acerca a la tierra» (Cf. Mt 11, 5). Es lo que Vicente de Paúl establece como marco y referencia de la misión vicenciana, es, de nuevo, el espacio donde deben moverse los vicencianos en su servicio evangelizador. Ya lo he citado en el capítulo 5 de este libro, pero es justo y necesario volver a citarlo y a enfatizarlo. Me refiero a lo que dice Vicente de Paúl a los misioneros el 6 de diciembre de 1658: «(Nuestra misión es): dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres». Es curioso que esta frase clave y fundamental de San Vicente apenas la hemos citado o empleado los sacerdotes y hermanos de la Misión. Sin embargo, las Hijas de la Caridad la han recogido en sus Constituciones, tanto en las anteriores como en las actuales renovadas
Esta frase constituye el sello vicenciano de la evangelización y certifica, por boca de Vicente de Paúl, el espacio exacto que debemos ocupar los vicencianos en la nueva evangelización. Y, sin duda, nos lleva a las grandes resonancias de la «Evangelii nuntiandi» de Pablo VI, el documento más completo sobre la evangelización en el mundo actual.
«Atención a la realidad de la sociedad humana»
Es la segunda prioridad que señalan las citadas Constituciones en su empeño por dejar bien asentado el lugar que corresponde a los vicencianos en la tarea evangelizadora de la Iglesia. Es decir, el vicenciano no puede evangelizar desde lejos, desde la zona de nadie o desde un espiritualismo desencarnado.
Esta segunda prioridad nos remite a la «encarnación» que es la primera nota esencial de la espiritualidad vicenciana. Porque, cuando hablamos, en el lenguaje vicenciano, de prestar atención a la realidad humana, estamos diciendo que no puede haber evangelización sin encarnación, sin inculturación, sin meternos de lleno en la realidad que se quiere y se debe evangelizar. Estamos diciendo que lo primero que hizo el buen samaritano, en la parábola del evangelista Lucas, fue bajar de su cabalgadura y acercarse al herido en el camino (Cf. LC 10, 30-37). Sin esa acción de «acercamiento» nunca hubiera auxiliado al herido.
Para evitar la tentación de andar por las ramas, esta segunda prioridad concreta esa atención a la realidad social. Es una concreción vicenciana que guarda relación lógica y coherente con la opción fundamental por los pobres: «(Atención), sobre todo, a las causas de la desigual distribución de los bienes en el mundo».
Ciertamente, hay muchas maneras de observar y analizar la realidad y también hay muchos ángulos desde donde llevar a cabo ese análisis. Desde los intereses de la ideología política, desde las frías coordenadas económicas, desde las tramposas y mentirosas directrices del mercado, desde las estadísticas del consumo y del disfrute, desde el bienestar venido a menos… Pero la visión y el análisis de la realidad de un vicenciano, según la letra y el espíritu de este número de las Constituciones, debe llevarse a cabo desde los pobres, con los pobres, para los pobres, junto a los pobres… Y, más concretamente, ese análisis y esa visión de la realidad debe dirigirse al extenso panorama de desigualdades, injusticias, insolidaridades… que están fabricando constantemente más pobres y marginados.
Se suele decir que la mirada de Vicente de Paúl cambió la sociedad francesa de su tiempo. Fue una mirada crítica, escrutadora de la realidad social, económica, política y religiosa. Y, sobre todo, fue una mirada que penetró hasta las mismas causas estructurales de la desigualdad, de la injusticia y de la miseria. No se quedó en la superficie. Y fue también una mirada valiente y coherente con lo que veía, Por eso, denunció esas estructuras de malignidad. Porque todo análisis de la realidad no se puede quedar en el olvido o en el silencio.
Vicente de Paúl entendió perfectamente algo que ha puesto de relieve la teología actual: que toda situación de injusticia, de desigualdad, de corrupción que genera víctimas es una cuestión teologal, es decir, una cuestión que afecta a Dios mismo. En una famosa obra de Bertolt Brecht la protagonista se queja a los dioses: «¿Cómo se puede ser buena cuando todo está tan caro?». Y los dioses le responden: «Desgraciadamente, no podemos hacer nada en ese sentido. Los asuntos económicos no son de nuestra incumbencia. Pues bien, esta respuesta nunca la daría el Dios de la Biblia. Las primeras noticias que los israelitas tuvieron de Él fueron consecuencia precisamente de la explotación que padecían en Egipto. Es importante subrayar que la justicia bíblica empieza cuando Dios escucha las quejas y los gritos del pueblo. Son esos gritos los que hacen intervenir a Dios, y no simplemente el hecho de ser ‘su» pueblo. Y es que una de las características clave en la Historia de la Salvación es la frase del capítulo 3 del libro del Éxodo: …el clamor de los israelitas ha llegado hasta mí…» (Ex, 3, 9).
Cuando el Papa Francisco habla repetidamente de «economía de la exclusión», de cultura del descarte» o de «cultura de la muerte está sacando a la luz las consecuencias de un análisis serio y profundo de la realidad social. Y nos enseña a todos -y, por supuesto a los vicencianos- a prestar «atención a la realidad de la sociedad humana». Incluso, para que no tengamos miedo a traspasar ciertas fronteras de la prudencia y de la ortodoxia, nos dice algo que puede sonar a nuevo en un Papa: No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de sabiduría. Porque a los defensores de la ‘ortodoxia’ se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de injusticia intolerables y a los regímenes políticos que las mantienen
Pero, además, esta segunda prioridad que señalan las Constituciones de la Congregación de la Misión se completa con una frase que nos indica la razón y la finalidad del análisis social: «a fin de cumplir mejor con la función profética de evangelizar»
Esta referencia a la «función profética» nos está indicando algo muy importante y que, a veces, hemos olvidado: que la evangelización es anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo y, a la vez, denuncia de todas las estructuras y situaciones que obstaculizan esa Buena Nueva. Toda auténtica profecía es anuncio y denuncia.
Además, los vicencianos saben, por boca de Vicente de Paúl, que esta dimensión profética de la evangelización tiene dos componentes fundamentales y complementarios: la enseñanza de los misterios necesarios para la salvación y el compromiso práctico para hacer efectiva esa enseñanza en la liberación integral de los pobres. Porque Vicente de Paúl, en su honda vivencia cristológica, tenía muy presente que Jesús de Nazaret no sólo anunciaba una Buena Noticia, sino que, a la vez, ponía en marcha una nueva realidad: el Reino de Dios. Por eso, sacaba una consecuencia lógica: para evangelizar no basta con hablar, es necesaria una acción transformadora que abra caminos al Reino de Dios, sabiendo que los primeros destinatarios del Reino de Dios son los pobres.
En esta línea de la «función profética de evangelizar», hay que insistir en algo básico: la evangelización exige un esfuerzo por ir transformando las estructuras sociales, políticas, económicas, culturales e, incluso, religiosas; la evangelización está exigiendo una pastoral de hechos y de gestos salvadores, liberadores y sanadores, no sólo una catarata de palabras archisabidas y una repetición aburrida de sermones moralizantes. En definitiva, es urgente que los vicencianos emprendan una pastoral de gestos proféticos, de acciones de solidaridad con los marginados y excluidos sociales, de tomas de posición valientes y arriesgadas ante injusticias concretas y lacerantes, de colaboración abierta y solidaria con iniciativas humanizadoras…
A raíz del Concilio Vaticano ll, las voces más alentadoras y perspicaces de la comunidad eclesial empezaron a recordarnos varias verdades de sentido común cristiano en esta línea profética de la evangelización: que sin una clara y decidida toma de postura a favor de los pobres no puede haber verdadera evangelización; que la lucha por la justicia es una dimensión constitutiva de la evangelización; que los hechos y trabajos por la promoción de las personas, especialmente de los pobres y marginados, es un infalible criterio verificador del mensaje evangélico que predicamos y transmitimos
El último y más reciente documento oficial del magisterio, la Exhortación apostólica «Evangelii gaudium», es sumamente explícito y aleccionador a este respecto: «La tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano. Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas para que las disfrutemos (1 Tm 6, 17), para que todos puedan disfrutarlas… Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos… Una auténtica fe, que nunca es cómoda e individualista, siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra
A nadie se le oculta que, para llevar a buen puerto esta «función profética», es necesario romper muchos bloqueos y cambiar muchas mentalidades. A pesar de un gran cúmulo de dificultades, en los primeros años de postconcilio se fue creando un ambiente de coraje profético que, poco a poco, se fue diluyendo entre sospechas, miedos, desconfianzas y nostalgias de un pasado cómodo. Es preciso rescatar ahora mismo aquella primera atmósfera de primavera ilusionante y esperanzadora.
«Ser evangelizados por los pobres2
Esta tercera prioridad se puede leer al completo: Alguna participación en la condición de los pobres, de modo que no sólo procuremos evangelizarlos, sino también ser evangelizados por ellos. Pero destaco y subrayo la parte final de la proposición porque me parece que contiene el mensaje más sustancial y concluyente. Y porque tiene un sabor inequívocamente vicenciano.
«Ellos (los pobres) tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» quiera diría que este párrafo es la traducción al lenguaje actual de un texto de Vicente de Paúl. Pero es de la Exhortación apostólica «Evangelii gaudium» del Papa Francisco. Y no es de extrañar que en un documento sobre la evangelización aparezca, con énfasis, una alusión explícita e interpelante sobre los pobres como ‘evangelizadores nuestros».
En definitiva, es lo que Vicente de Paúl enseñó y la más genuina tradición vicenciana ha mantenido y mantiene: que los pobres, además de ser nuestros amos y señores, son también nuestros «maestros». Es cierto que Vicente de Paúl nunca dijo o escribió, de forma textual, que los pobres son «nuestros maestros». Pero no es menos cierto que el contenido de esa expresión subyace en todo su pensamiento y en toda su acción. Es cierto también que Vicente de Paúl nunca emplea la expresión «los pobres nos evangelizan» o «somos evangelizados por los pobres». No es lenguaje posible o imaginable en la teología y en la pastoral de su tiempo. Pero no es menos cierto también que la mejor hermenéutica vicenciana nos dice que Vicente de Paúl dice en su lenguaje lo que nosotros decimos hoy en el nuestro.
Y así, para Vicente de Paúl, los pobres, con su necesidad y sus avatares, nos enseñan cuál es el querer de Dios y dónde está nuestro sitio en la Iglesia y en la sociedad; nos introducen cerca de Dios; nos remiten sin cesar a Jesucristo nos interpelan con su sufrimiento; nos invitan a una pobreza más radical; nos muestran la mordedura de la pobreza; nos evangelizan mediante su paciencia y su capacidad de acogida
En una conferencia a los sacerdotes y hermanos de la Misión, explicando la sencillez y la prudencia, Vicente de Paúl tiene un párrafo digno de figurar en la mejor antología que trate sobre el tema de la evangelización en esta vertiente de ser evangelizados por los pobres: «Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, la verdadera religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva: ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida. No los veréis nunca, en medio de sus enfermedades, aflicciones y necesidades, murmurar, quejarse, dejarse llevar de la impaciencia; nunca, o muy raras veces. Lo ordinario es que sepan conservar la paz en medio de sus penas y calamidades. ¿Cuál es la causa de esto? La fe. ¿Por qué? Porque son sencillos y Dios hace abundar en ellos las gracias que les niega a los ricos y sabios del mundo. Todo esto, traducido al lenguaje teológico y pastoral de hoy, quiere decir que Vicente de Paúl tuvo muy claro y vivió en toda su hondura que «los pobres nos evangelizan» y que hay que «dejarse evangelizar por los pobres».
LA CARIDAD, FUENTE E IMPULSO
En esta búsqueda de los espacios vicencianos en el proyecto global de la nueva evangelización, las Constituciones de la Congregación de la Misión nos recuerdan cuál es el motor de la misión vicenciana: «La caridad de Cristo que se compadece de la muchedumbre (Cf. Mc 8, 2) es la fuente de toda nuestra actividad apostólica, y nos impulsa, según la expresión de San Vicente, a hacer efectivo el evangelio
Esta proposición constitucional viene a decirnos que la caridad es fundamento y dinamismo del ser y del quehacer vicenciano, que la caridad está en el corazón mismo de la vida y del mensaje de Jesús de Nazaret, y que sin caridad el edificio cristiano y vicenciano se queda en pura fachada. No creo que haya ningún grupo eclesial, ya sea laico o religioso, que, a estas alturas, no esté totalmente convencido de que la caridad es tarea y deber de todos los cristianos sin excepción, que es la marca única y auténtica del cristiano verdadero y que la forma esencial de ser y estar los cristianos entre sí y ante el mundo es el servicio de la caridad. Y, por supuesto, no creo que ningún vicenciano ignore algo tan elemental y tan obvio.
Richard Mc Cullen, antepenúltimo Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, lo expresaba con un ejemplo tan ecológico como bello: «Tenemos en nuestro planeta un preciosísimo elemento al que llamamos agua. Es la base, por decirlo de alguna manera, de la deslumbrante variedad de plantas y flores que adornan la faz de la tierra. Ni los robustos cedros ni las humildes violetas pueden existir sin agua. Los cedros y las violetas tienen cada uno, a su modo, su propia y única belleza, pero unos y otras tienen necesidad del agua. Reconocen la supremacía del agua, si quieren subsistir. Igualmente, todos los Santos o Fundadores proclaman la supremacía de la caridad. Es el amor, al fin, lo que más les interesa, como el agua al cedro y a la violeta… Lo que diferencia a un Fundador de otro es el tono, la calidad, el color del amor que ellos expresan a Dios y a sus criaturas
Dentro del común denominador que es la caridad, Vicente de Paúl supo dar un nuevo empuje, una audacia creativa, un rostro renovado a esa caridad. Se atrevió a rescatarla del intimismo, de la falsa tranquilidad, de la rutina cumplidora. En definitiva, convirtió la caridad en mucho más que una simple virtud en el sentido tradicional del término, y la hizo efectiva, solidaria, liberadora e interpeladora. Al fin y al cabo, la volvió a poner en el sitio que le correspondía y que nos legó Jesús de Nazaret.
Durante algún tiempo, algunos vicencianistas discutieron sobre qué teología de la caridad tenía Vicente de Paúl. Y la conclusión a la que llegaron es que Vicente de Paúl, como habitante de su tiempo y de su historia, tenía la teología clásica y tradicional sobre la caridad y en ella fue formado, incluso sus argumentos y razonamientos teológicos sobre la caridad se mueven en las coordenadas de la teología de entonces. Sin embargo, la verdadera novedad y especificidad de la caridad vicenciana está en que Vicente de Paúl fue más allá de los argumentos teológicos clásicos y, como alguien ha dicho, el rostro peculiar de la caridad vicenciana sólo se puede entender a la luz de la fe y de la experiencia» de Vicente de Paúl. Y en el centro de esa fe y de esa experiencia aparece un Cristo-Amor que se caracteriza por un «espíritu de caridad perfecta» y que se manifiesta en un «anonadamiento» de amor por los hombres y en una ternura y compasión entrañables por los pobres y abandonados.
Además, la caridad inspira, modela e impulsa la misión vicenciana poniendo a los pobres en la raíz y en el centro de sus obras e Instituciones. Los pobres constituyen la razón de ser de las mismas. Y los pobres deciden, configuran y polarizan los orígenes, el presente y el futuro de esas Instituciones y obras. A la vez que rectifican continuamente su rumbo, dinamizan su compromiso, ajustan su misión y garantizan la fidelidad a su espíritu propio y específico.
PROPUESTAS VICENCIANAS PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Cuando nos preguntamos, como al principio de este capítulo, qué pueden aportar los vicencianos a la nueva evangelización, inmediatamente se nos vienen a la cabeza una serie de acciones misioneras o un elenco de proyectos más o menos idealistas.
Lo que aquí quiero exponer no son recetas misioneras, sino unas propuestas humildes que, desde el carisma vicenciano -el carisma de la caridad-, pueden enriquecer y potenciar la nueva evangelización. Son propuestas vicencianas que nacen de la caridad como fuente e impulso de la evangelización y, a la vez, despliegan el dinamismo de esa caridad
Reconocer la centralidad de la diaconía de la caridad como un modo privilegiado de evangelizar
A pesar de los cambios y transformaciones sociales y culturales que vive nuestro mundo, el testimonio del amor gratuito, del servicio desinteresado, reflejo del Dios-Amor, es una manera privilegiada de evangelizar.
Conviene recordar que no hay verdadero anuncio de Jesucristo si no somos transparencia y testimonio de su amor, al estilo del buen samaritano, es decir, mirando con atención solidaria a los apaleados y tirados en la cuneta de la marginación, acogiéndoles, curándoles y ofreciéndoles la posada de una comunidad que les ayude a salir de su situación. El «Instrumentum laboris» del Sínodo de los obispos sobre la nueva evangelización dice sin ambages: «El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización Es anuncio y testimonio de la fea Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella. Se trata de temas que han de ser profundizados en la nueva evangelización
Apostar por una eclesiología de la caridad que evangeliza desde lo social y en lo social Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas est», nos dice: «El amor al prójimo, enraizado en el amor a Dios, es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial… También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. Y añade: «Cuando la actividad caritativa es asumida por la Iglesia como iniciativa comunitaria, a la espontaneidad del individuo debe añadirse también la programación, la previsión, la colaboración con otras instituciones»
Por eso, una Iglesia de la caridad es una Iglesia que se siente mensajera del amor de Dios para todos los hombres, pero que tiene unos destinatarios primeros y especiales: los pobres. La Iglesia, como Jesús, ha sido enviada para evangelizar a los pobres. Así lo dice el Evangelio de Jesús y así lo ha reconocido la Iglesia de sí misma. Anunciar a Jesucristo es el mayor servicio que la Iglesia puede hacer a los hombres, a todos los hombres, a los de hoy y a los de siempre. Y este anuncio de Jesucristo debe ir destinado de una manera privilegiada a los pobres. Sin embargo, esto no siempre se expresa con claridad y, cuando se expresa, no siempre se asume como tarea de toda la comunidad.
Hay que reconocer honradamente que la opción por los pobres no termina de ser asumida realmente por toda la comunidad eclesial. Sigue dando la impresión de ser solamente una opción de algunos grupos laicales o congregacionales. Porque es curioso observar cómo todavía hay cristianos que no llegan a comprender y a aceptar que la exigencia radicalmente evangélica de amar efectivamente a los pobres es un ministerio eclesial tan comunitario como el de la palabra o el de la liturgia. No llegan a comprender que lo mismo que se reúne para escuchar la Palabra y celebrar la cena del Señor, lo mismo que institucionaliza comunitariamente la catequesis, la comunidad cristiana ha de reunirse para amar a los pobres, para vivir y actuar comunitariamente ese amor. No se dan cuenta de que, en caso contrario, los cristianos reducen el Reino de Dios y sus exigencias al espacio interior y espiritual, al margen del mundo y de sus estructuras generadoras de pobreza y sufrimiento. No perciben que desentenderse del ministerio de la caridad es romper el centro mismo de la misión evangelizadora de la Iglesia.
Benedicto XVI lo deja muy claro: «La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia
Considerar la organización de la caridad como un testimonio evangelizador de la Iglesia.
Una de las notas más características de la caridad vicenciana es la organización. Vicente de Paúl fue, entre otras muchísimas facetas, el gran organizador de la caridad. La organización coordinada de la caridad está en la raíz misma de la misión vicenciana. Hay una regla de oro: para que el servicio a los desfavorecidos sea ordenado, implique a la comunidad y responda a las necesidades de cada momento histórico y social, y sea, a la vez, testimonio evangelizador, necesita una organización.
Y esto no sólo por razones de eficacia -que también-, sino por razones de comunión eclesial, porque sólo así la acción caritativa y social de la Iglesia será significativa y expresión comunitaria del amor por los pobres y del rostro samaritano de la Iglesia.
Hoy el servicio a los pobres exige unos cauces de organización y coordinación renovados, actualizados y adecuados a nuestro tiempo. Aún más, no hay que olvidar que esta organización necesita la colaboración de las ciencias sociales y de las técnicas modernas. Pero teniendo siempre presente una condición indispensable: que haya plena fidelidad a las motivaciones evangélicas y al carácter eclesial del servicio a los pobres
Valorar como agentes de evangelización a los que ejercen el servicio de la caridad.
Aunque parezca extraño, no siempre se ha visto como evangelización el servicio de caridad en la Iglesia y en la sociedad. Daba la impresión de que la evangelización tenía que ver sólo con los ministerios o servicios intraeclesiales (predicación, catequesis…). El servicio de la caridad era contemplado como una especie de apéndice -eso sí, muy digno y loable- diocesano o parroquial. Aún más, incluso daba la impresión de que no se consideraba servicio evangelizador, en el pleno y total sentido del término, el servicio de caridad que llevaban y llevan a cabo algunos grupos eclesiales. Recuerdo que, cuando Juan Pablo ll en la Exhortación apostólica «Vita consecrata», el 25 de marzo de 1996, escribió que «servir a los pobres es un acto de evangelización y, al mismo tiempo, signo de autenticidad evangélica y estímulo de conversión permanente para la vida consagrada», algunas Congregaciones respiraron aliviadas y llenas de gozo
En la actualidad, frecuentemente, se ve al voluntariado como una actividad encomiable y admirable, gratuita y generosa, y lo es. Pero, por eso mismo, tiene también una fuerza especial para anunciar y confesar la fe. Porque cuando se ejerce el servicio de la caridad con espíritu evangélico, el mismo servicio es un auténtico anuncio del evangelio.
El amor incondicional al pobre, el reconocimiento y respeto de la dignidad de toda persona, la gratuidad de su entrega, el trabajo por un mundo mejor que vaya construyendo el Reino, el testimonio oculto y discreto que supone y la conciencia de estar amando y sirviendo al mismo Jesucristo en la persona de los más desvalidos, hacen del voluntariado una verdadera proclamación del Evangelio y un camino excelente para hacer visible la fe en este contexto de la nueva evangelización. El mismo Papa Francisco nos habla de «jóvenes voluntarios» que evangelizan con su compromiso y militancia de servicio caritativo-social: «Cabe reconocer que, en el contexto actual de crisis del compromiso y de los lazos comunitarios, son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado. Algunos participan en la vida de la Iglesia, integran grupos de servicio y diversas iniciativas misioneras en sus propias diócesis o en otros lugares. iQué bueno es que los jóvenes sean ‘callejeros de la fe’, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra.
EL AGENTE DE LA MISIÓN VICENCIANA
Cuando hablamos de evangelización o de nueva evangelización, damos por supuesto que, para que haya evangelización, tiene que haber evangelizadores. Y para que haya espacios vicencianos en la nueva evangelización, tiene que haber evangelizadores específicamente vicencianos, agentes de la misión imbuidos del carisma vicenciano e impulsados por la espiritualidad vicenciana.
Por eso, es conveniente trazar una especie de imagen o retrato breve del evangelizador vicenciano, resaltando las líneas más importantes y fundamentales de ese retrato:
— Persona con profunda experiencia de Dios. Que significa mucho más que ser simplemente piadoso.
— Persona identificada con Cristo, evangelizador de los pobres. De tal forma que Vicente de Paúl dice a los sacerdotes de la Misión: ¡Qué dicha, padres, hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios! ¿No es esto hacer lo que el Hijo de Dios vino a hacer en la tierra, como ya hemos dicho? El Hijo de Dios vino a evangelizar a los pobres; y nosotros, padres, ¿no hemos sido enviados a lo mismo? Sí, los misioneros han sido enviados a evangelizar a los pobres. iQué dicha hacer en la tierra lo mismo que hizo nuestro Señor, que es enseñar el camino del cielo a los pobres!». Son innumerables los textos que encontramos en las conferencias de San Vicente de Paúl con el mismo o muy parecido contenido.
— Persona con firme y convencido sentido de pertenencia vital a esta vocación específica vicenciana. Y, a la vez, persona que se alimenta de la espiritualidad vicenciana, que tiene muy clara en su vida y en su misión la espiritualidad vicenciana, y que no se entretiene con otras espiritualidades ajenas.
— Persona que ha interiorizado, ha madurado, ha asumido existencialmente y ha hecho carne propia la opción fundante y fundamental de su vida: el servicio total e integral a los verdaderamente pobres.
— Persona que se esfuerza por leer la voluntad de Dios en los «signos de los tiempos», y que se esfuerza en leer esos «signos de los tiempos» en referencia a las necesidades y acontecimientos que tienen que ver con los pobres, los desvalidos, los marginados, los excluidos… Es significativo cómo las Hijas de la Caridad tienen en sus Constituciones y en su Instrucción sobre los votos una llamada de atención clarificadora: el clamor de los pobres es el primer criterio para discernir la voluntad de Dios
— Persona llena de celo (que es una de las cinco virtudes vicencianas), con todo lo que conlleva de tensión por la evangelización, de coraje profético, de audacia y creatividad para abrir nuevos caminos de evangelización. En una de sus homilías diarias, en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco, con su habitual lenguaje cercano y distendido, mostraba su total desacuerdo con el simple «evangelizador de salón, muy educado, muy bueno, pero que no se arriesga hasta las periferias existenciales»
— Persona que siente la obligación y la urgencia de formarse permanente y continuamente. Y que está convencido de que la formación para la evangelización es una cuestión de justicia para los pobres a quienes hay que evangelizar. No basta con la buena voluntad ni con la repetida frase de «siempre se ha hecho así». Es absolutamente necesario «esforzarse en una actualización permanente y completa (fe, vocación, doctrina social de la Iglesia, formación humana…) puesto que, ante las mutaciones e interrogantes del mundo, contentarnos con lo ‘ya adquirido’ es faltar a la justicia en el desempeño de nuestro servicio
EL DESTINATARIO DE LA MISIÓN VICENCIANA
El ya citado Sínodo sobre «la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana» dedicó la «propuesta 50» a la Vida Consagrada y dijo: «La vida consagrada, plenamente evangélica y evangelizadora, en profunda comunión con los pastores de la Iglesia y con la colaboración de los laicos, fieles a sus respectivos carismas, proporcionará una contribución significativa a la nueva evangelización. El Sínodo pide a las Órdenes y Congregaciones que estén totalmente disponibles para ir a las fronteras geográficas, sociales y culturales de la evangelización. El Sínodo invita a los consagrados a acercarse a los nuevos areópagos de la misión».
También, en el «Instrumentum laboris» de este Sínodo se dio mucha importancia a una serie de «escenarios» donde hoy es más apremiante y necesaria la evangelización. Y se habló de escenarios como la cultura, el fenómeno migratorio, los medios de comunicación social, la economía global, los avances científicos y tecnológicos y el mundo de la política
Por otra parte, es ya sabida y repetida la afirmación de que los consagrados deben estar en la vanguardia de la misión: en la periferia, con los más pobres y excluidos, allí donde las llamadas de los pobres son más urgentes; en la frontera, donde la iglesia enfrenta los nuevos y difíciles problemas y desafíos misioneros presentes en los nuevos areópagos; y en el desierto, donde el evangelio es poco conocido, allí donde la Iglesia es pobre, es una minoría o está dando sus primeros pasos.
Evidentemente, lo que acabo de citar referente a los consagrados, vale igualmente, en nuestro caso, para toda la Familia vicenciana, para todas las ramas de esta gran familia. Y así, aplicando todo esto al evangelizador vicenciano, surgen inmediatamente unas cuantas preguntas: ¿con quién estamos los vicencianos? ¿dónde estamos? ¿cómo evangelizamos? ¿dónde ponemos el énfasis evangelizador? ¿qué escenarios o areópagos de la nueva evangelización entran en nuestras preocupaciones, inquietudes y búsquedas evangelizadoras? ¿desde dónde impulsamos la evangelización? ¿estamos en la vanguardia de la misión o nos hemos acostumbrado a una pastoral ritualista, sacramentalista y de conservación? ¿estamos donde debemos estar según nuestro carisma y nuestra espiritualidad?
Fácilmente se puede observar que las anteriores preguntas tienen que ver con lo que llamaríamos «los destinatarios» de la evangelización, es decir, aquellos a quienes se dirige o debe dirigirse nuestra misión vicenciana. Y, si queremos concretar un poco quiénes son o deben ser esos «destinatarios» para el evangelizador vicenciano, podríamos dibujar una serie de líneas:
— Los pobres, en toda la extensión de la palabra «pobre» y en toda la extensión de la realidad de la pobreza: desde la pobreza económica hasta la pobreza cultural, moral, psicológica y social, Desde los pobres de siempre hasta los nuevos pobres que están siendo fabricados por una sociedad estructuralmente insolidaria. Desde las víctimas de un sistema mundial y global intrínsecamente perverso, inhumano e injusto hasta los colectivos empobrecidos y cada vez más vulnerables, fruto de la crisis económica, social y de valores que estamos padeciendo.
— Los necesitados de formación cristiana y de atención espiritual que, además, son pobres y que, por esa necesidad, son todavía más pobres. El Papa Francisco dice: «La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe». Aunque hay que tener mucho cuidado con el empleo inadecuado de lo que se suele catalogar como «pobres espirituales».
— Los pobres a los que nadie llega y nadie quiere atender. Es decir, los que ya no cuentan ni siquiera en las estadísticas de la pobreza, de la miseria y de la marginación social. Los que han perdido hasta la visibilidad o a nadie interesa que se hagan visibles. En definitiva, aquellos a los que se refería Santa Luisa de Marillac cuando hablaba del servicio de la Compañía de las Hijas de la Caridad: «iQué dicha si la Compañía no tuviera que ocuparse más que de los pobres desprovistos de todo!»
EL MENSAJE VICENCIANO (Algunas insistencias desde el carisma vicenciano)
La evangelización o la nueva evangelización lleva consigo un mensaje, un anuncio, una Buena Noticia de salvación. Aunque la cuestión básica en la nueva evangelización no sólo es cómo anunciar el evangelio, sino preguntarnos si el evangelio que anunciamos es buena noticia para los pobres, y si nosotros, como Iglesia, hacemos creíble este evangelio.
Sabemos que, en realidad, el mensaje evangelizador nuclear y fundamental es el mensaje de Jesucristo, es decir, anunciar, con palabras y obras, lo que llamamos el «kerygma»: «Si profesas con tus labios que Jesús es el Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10, 9).
Pero en este mensaje universal puede haber insistencias específicas. Y, ciertamente, los vicencianos podemos aportar algunas de estas insistencias derivadas de nuestro carisma y de nuestra espiritualidad propia. Voy a señalar, como muestrario, cuatro insistencias vicencianas dentro del mensaje universal de la evangelización:
— El Dios vivo y verdadero revelado por Jesucristo. Ya el Concilio Vaticano ll, al hablar de las causas que pueden fomentar el ateísmo en el mundo, subraya las falsificaciones y las deformaciones sobre Dios que los propios creyentes hemos podido vivir y transmitir. Por tanto, el mensaje vicenciano tiene que incidir sobre el Dios que es amor entrañable e incondicional, perdón sin medida y misericordia gozosa, generosa y solidaria. Con un matiz muy importante: el Dios protector y defensor de los pobres, como le gustaba decir a Vicente de Paúl; el Dios cuya gloria es que el pobre tenga una vida digna; el Dios que escoge Io débil, lo pobre, Io pequeño, como primer canal de revelación.
— Jesucristo salvador y liberador. Jesucristo encarnado, que se hace el último, el siervo, que nos sirve su vida, su muerte y su resurrección. Jesucristo que se presenta como el Mesías ungido por el Espíritu para liberar a los cautivos, romper los cepos, liberar a los pobres… Jesucristo que nos trae el Reino y ese Reino es, principalmente, para los pobres. Jesucristo cuya causa es la de los pobres. En definitiva, Jesucristo evangelizador-servidor de los pobres.
— La caridad, como eje fundamental de nuestra existencia creyente. El amor afectivo y efectivo como centro neurálgico del creyente y como prueba verdadera de la fe: «La fe actúa por el amor», dice San Pablo a los Gálatas (Gal, 5, 6). Es significativo que la bula «Salvatoris nostri», del Papa Urbano VIII, por la cual se aprueba y erige la Congregación de la Misión, establezca Io siguiente: «En los lugares en que desempeñen las funciones de catequesis y de predicación (los miembros de esta Congregación) procurarán fundar, bajo la autoridad del ordinario, las llamadas cofradías de la Caridad para auxilio de los pobres enfermos». En definitiva, esta bula recoge el pensamiento y la práctica de Vicente de Paúl en el sentido de que la misión y la caridad creciesen juntas y se complementaran mutuamente. Y que la caridad fuese el fruto estable de la misión.
— La mirada de fe por la que se descubre a Jesucristo en la persona de los pobres, los marginados, los excluidos sociales, los abandonados, los alejados del banquete de la vida, los náufragos de los «mecanismos perversos». Es lo que, actualizando el lenguaje teológico de Vicente de Paúl, llamamos «el pobre como sacramento de Cristo». Vicente de Paúl lo expresó de mil formas y maneras, pero siempre inspirado en el capítulo del evangelio de Mateo, que conocemos como «el juicio final»: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber… Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños (más pobres), conmigo lo hicisteis» (Cf. Mt 25, 31-46). Así, Vicente de Paúl, desde esta ‘sacramentalidad del pobre», conecta con la más concientizada tradición de la Iglesia, desde la radicalidad de los Santos Padres hasta la teología de la liberación ya oficialmente comprendida y aceptada. Está de más el traer a colación algunos textos vicencianos para reforzar e ilustrar esta temática, porque ya han ido saliendo, con creces, a lo largo y a lo ancho de las páginas de este libro.
CINCO CRITERIOS CON SABOR VICENCIANO
La Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi» nos dice: «La evidente importancia del contenido no debe hacer olvidar la importancia de los métodos y medios de la evangelización. Este problema de cómo evangelizar es siempre actual, porque las maneras de evangelizar cambian según las diversas circunstancias de tiempo, lugar, cultura…
Por eso, me atrevo a indicar cinco criterios con indudable sabor y color vicenciano, que pueden enriquecer y hacer más efectiva la tarea evangelizadora de toda la Iglesia. Son también criterios que un miembro de la Familia vicenciana debería tener en cuenta para evangelizar desde su ser y quehacer específicos.
Un estilo inconfundible: la sencillez
Es tan vicenciana esta virtud que Vicente de Paúl la llamaba «mi evangelio». Aquí me refiero, sobre todo, a la sencillez como estilo y método evangelizador. A la sencillez en el lenguaje, en la cercanía, en la inculturación, en la encarnación en el pueblo llano y humilde. En la dirección que señalaba el mismo Papa Francisco cuando dijo a los sacerdotes una frase que ha dado la vuelta al mundo y que ha escandalizado a no pocos: «Hay que ser pastores con olor a oveja
He aquí tres textos de Vicente de Paúl que nos explican muy bien esta sencillez en la evangelización: «Esa es también nuestra forma de predicar: con un discurso común, llanamente, con toda sencillez y familiaridad. Padres, para predicar como apóstol, esto es, para predicar bien y con utilidad, hay que hacerlo con sencillez, con un discurso familiar, de manera que todos puedan entender y sacar provecho. Así es como predicaban los discípulos y los apóstoles; así es como predicaba Jesucristo; es un gran favor el que Dios ha hecho a esta pobre y miserable Compañía, al concedernos la dicha de imitarle en esto. La sencillez convierte a todo el mundo. La verdad es que, para convencer y conquistar el espíritu del hombre, hay que obrar con sencillez; ordinariamente no se consigue esto con hermosos discursos de artificio, que gritan alto, hacen mucho ruido, y queda todo en eso. Todos esos hermosos discursos, tan estudiados, de ordinario no hacen más que conmover la parte inferior. Quizás logren asustar a fuerza de gritar en no sé qué tono; calentarán la sangre, excitarán el deseo, pero todo esto en la parte inferior, no en la parte superior; ni la razón ni el espíritu quedarán convencidos. Imite sobre todo la sencillez de las palabras y de las comparaciones que nuestro Señor siguió en la Sagrada Escritura, cuando hablaba al pueblo… Ya ve usted cómo hablaba de forma inteligible y se servía de comparaciones familiares: el labrador, el viñador, el campo, la viña, el grano de mostaza. Así es como tiene usted que hablar, si quiere que le entienda el pueblo, al que anuncia la palabra de Dios
A esta forma sencilla y coloquial de anunciar el mensaje, Vicente de Paúl y la mejor y más auténtica tradición vicenciana le dan el nombre de «pequeño método».
Desde siempre, uno de los grandes problemas en la tarea evangelizadora ha sido y es la cuestión del lenguaje, de la comunicación. Tanto en la forma como en el contenido. En tiempo de Vicente de Paúl abundaba el lenguaje barroco, retórico, retorcido, ampuloso, enrevesado, oscuro, ininteligible, vacío de contenido, con alardes de oratoria aburrida e insoportable… Se trataba de la predicación que el P. Isla ridiculizó, en España, con su famosa obra «Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes», en la segunda mitad del siglo XVIII. Vicente de Paúl, formador y reformador del clero, soluciona ese problema con el llamado «pequeño método». Podríamos decir que ésta es una de las grandes aportaciónes vicencianas a la evangelización de ayer, de hoy y de mañana.
«(El efecto de la caridad) consiste en no ver sufrir a nadie sin sufrir con él, no ver llorar a nadie sin llorar con él. Se trata de un acto de amor que hace entrar a los corazones unos en otros para que sientan lo mismo, lejos de aquellos que no sienten ninguna pena por el dolor de los afligidos ni por el sufrimiento de los pobres… iCómo! Iser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias»
Estos dos párrafos forman parte de una conferencia de Vicente de Paúl a los sacerdotes y hermanos de la Misión sobre la caridad. Entre las muchas dimensiones que vertebran la caridad, subraya, con gran énfasis, la sensibilidad ante las necesidades y los sufrimientos de nuestros hermanos los pobres. Vicente de Paúl era muy consciente de que toda organización caritativo-social se queda en burocracia si falta sensibilidad hacia los pobres, porque la base de todo está en ser auténticamente sensibles ante el prójimo sufriente. Y este criterio es fácilmente comprobable en su pensamiento y en su praxis.
No sé si la sensibilidad es una virtud suficientemente asumida y vivida, hoy y aquí, por el evangelizador vicenciano, pero cada día estoy más seguro de que tendría que ser, al menos, uno de sus distintivos más característicos. Más de una vez he oído decir que los vicencianos y vicencianas tenían que ser los grandes expertos en sensibilidad social. Ese es nuestro reto y nuestro compromiso en la tarea de la nueva evangelización. Vicente de Paúl, que emplea repetidas veces los vocablos misericordia y compasión como sinónimos de sensibilidad, insiste encarecidamente en que los misioneros -los sacerdotes y hermanos de la Misión- se revistan de esta virtud en su actividad evangelizadora. Por ejemplo, cuando les recomienda: «Es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que es el espíritu propio de Dios. Pues, como dice la Iglesia, es propio de Dios hacer misericordia y conceder el espíritu de ella. Pidámosle, pues, a Dios, hermanos míos, que nos dé ese espíritu de compasión y de misericordia; que nos llene de él, que nos lo conserve, de forma que quienes vean a un misionero puedan decir: he ahí un hombre lleno de misericordia. Pensemos un poco en la necesidad que tenemos de misericordia nosotros, que debemos ejercitarla con los demás y llevar esa misericordia a toda clase de lugares, sufriéndolo todo por misericordia
Sin sensibilidad, no hay apertura y cercanía a los pobres. En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, y que define la vida, la falta de sensibilidad nos convierte en explotadores como los asaltantes o en falsos neutrales como el sacerdote y el levita. Sin sensibilidad, el clamor de los pobres se ahoga y se silencia entre la insolidaridad y el egoísmo. Sin sensibilidad, el cruel mundo de los pobres se queda en los libros y en las noticias frías. Sin sensibilidad, no puede haber descubrimiento de Jesucristo en los pobres y en los marginados, porque la fe se queda en un elenco de doctrina aprendida y recitada de memoria.
En definitiva, los vicencianos -lo mismo que todos los cristianos- saben que la sensibilidad conduce a la pasión por los pobres, al amor afectivo y efectivo a los pobres, y a la lucha por la nueva justicia a favor de los olvidados en las periferias de la vida, y, a la vez, saben también que, en esta sociedad mecanizada y calculadora, la sensibilidad es un testimonio más convincente que los grandes discursos teológicos y espirituales.
Por otra parte, pienso -y la experiencia diaria lo confirma que la sensibilidad hacia los pobres es un soporte fundamental para la nueva evangelización. No hace falta nada más que asomarse a los evangelios para ver cómo las obras de Jesús de Nazaret anunciando el Reino estaban llenas de una sensibilidad entrañable y especial hacia las personas aquejadas por alguna contrariedad.
De nuevo, es el mismo Vicente de Paúl quien nos deja muy clara esa sensibilidad de Jesús de Nazaret, con una explicación tan sencilla como preciosa: «iQué cariñoso era el Hijo de Dios! Le llaman para que vaya a ver a Lázaro, va; la Magdalena se levanta y acude a su encuentro llorando; la siguen los judíos llorando también; todos se ponen a llorar. ¿Qué es lo que hace nuestro Señor? Se pone a llorar con ellos, lleno de ternura y compasión. Ese cariño es el que lo hizo venir del cielo; veía a los hombres privados de su gloria y se sintió afectado por su desgracia. También nosotros hemos de sentir este cariño por el prójimo afligido y tomar parte en su pena
Una apoyatura esencial: la Doctrina Social de la Iglesia
Robert P. Maloney, Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad en el período 1992-2004, decía: «Sugiero que todos los programas de formación vicenciana del siglo XXI debieran impartir una considerable dosis de esta doctrina. Y espero que, en el siglo XXI, algunos laicos vicencianos sean expertos en la Doctrina Social de la Iglesia».
Durante mucho tiempo, la Doctrina Social de la Iglesia ha estado olvidada o relegada a los documentos y libros manejados por unos cuantos expertos teóricos. Es más, se creía que, ante la naciente y pujante teología de la liberación, la Doctrina Social de la Iglesia constituía una rémora o una simple pieza valiosa de museo. El Papa Juan XXIII ya advirtió de este peligro: «Una doctrina social no debe ser materia de mera exposición. Ha de ser, además, objeto de aplicación práctica. Esta norma tiene validez sobre todo cuando se trata de la Doctrina Social de la Iglesia, cuya luz es la verdad, cuyo fin es la justicia y cuyo impulso primordial es el amor. Es, por tanto, de suma importancia que nuestros hijos, además de instruirse en la Doctrina Social, se eduquen sobre todo para practicarla
Muy poco después de ocupar el ministerio petrino, pudimos ver que , entre los proyectos de Juan Pablo ll, estaba el relanzamiento de la Doctrina Social de la Iglesia. El punto de inflexión fue en la reunión de los obispos latinoamericanos en Puebla de los Ángeles (México). En el discurso de inauguración, el 28 de enero de 1979, Juan Pablo ll dijo: «Confiar responsablemente en esta Doctrina Social, aunque algunos traten de sembrar dudas y desconfianzas sobre ella, estudiarla con seriedad, procurar aplicarla, enseñarla, ser fiel a ella, es, en un hijo de la Iglesia, garantía de autenticidad de su compromiso en las delicadas y exigentes tareas sociales, y de sus esfuerzos en favor de la liberación o de la promoción de sus hermanos. Permitid, pues, que recomiende a vuestra especial atención pastoral la urgencia de sensibilizar a vuestros fieles acerca de esta Doctrina Social de la Iglesia
Actualmente, nadie ignora ni discute que la Doctrina Social de la Iglesia es parte integrante de la evangelización, porque «todo lo que atañe a la comunidad de los hombres -situaciones y problemas relacionados con la justicia, la liberación, el desarrollo, las relaciones entre los pueblos, la paz-, no es ajeno a la evangelización; ésta no sería completa si no tuviese en cuenta la mutua conexión que se presenta constantemente entre el evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre
No en vano, Juan Pablo ll llegó a decir rotundamente que «la nueva evangelización… debe incluir entre sus elementos esenciales el anuncio de la Doctrina Social de la Iglesia»
Es indudable que el carisma vicenciano se siente muy a gusto con y en la Doctrina Social de la Iglesia. Y, por supuesto, la Doctrina Social de la Iglesia tiene una dimensión que aviva, fortalece y actualiza el carisma vicenciano. Porque si la caridad es la entraña y el eje fundamental del carisma vicenciano, no hay que olvidar que también «la caridad es la vía maestra de la Doctrina Social de la Iglesia.
Evidentemente, la denominada oficialmente «moderna Doctrina Social de la Iglesia» surge para dar respuesta a toda la problemática de la «cuestión social» y del «mundo laboral» que León XIII plasma en la encíclica «Rerum novarum» a finales del siglo XIX. Vicente de Paúl vivió en otra sociedad muy distinta y muy lejana en el tiempo y en la problemática social e ideológica. Pero es fundamental tener en cuenta que la Doctrina Social de la Iglesia no es solamente el «cuerpo doctrinal» de las encíclicas y documentos sociales de los tiempos modernos. Se refiere también a todas las enseñanzas sociales, políticas y económicas de la Iglesia desde el inicio del cristianismo y a la luz del evangelio. Y en esta cadena de pensamiento y, sobre todo, de práctica caritativo-social se encuentra con todo derecho Vicente de Paúl y su Familia vicenciana.
Incluso algún miembro de esta Familia vicenciana, como Federico Ozanam, puede considerarse precursor de la moderna Doctrina Social de la Iglesia. No hace falta nada más que asomarse a su pensamiento sobre la «cuestión social».
Como muestra de que la Doctrina Social de la Iglesia está presente en los vicencianos, voy a transcribir un amplio párrafo de una carta que escribió Federico Ozanam el 5 de noviembre de 1836. En este párrafo condensa su visión global de una problemática cada vez más creciente y espinosa, y se adelanta a lo que, medio siglo más tarde, dirá el primer documento social y oficial como fue la encíclica «Rerum novarum»: «La cuestión que divide hoy a la ciudadanía no es una cuestión política, sino una cuestión social. Se trata de saber si ganará el espíritu del egoísmo o el espíritu de sacrificio. ¿Se va a construir la sociedad sobre una explotación monstruosa para el provecho de los más fuertes o sobre la dedicación de cada uno al bien de todos y, sobre todo, a la protección de los débiles? Hay muchos que tienen demasiado y que quieren aún más, Hay muchos más que no tienen lo suficiente, que no tienen nada y que quieren tomárselo si no se les da. Se está iniciando una lucha entre estas dos clases de gentes, que amenaza con ser una lucha terrible. En un lado está el poder del oro, y en el otro el poder de la desesperación. Debemos interponernos entre estos dos ejércitos en conflicto, si no para impedirlo, al menos para suavizar el choque. Y el hecho de que somos gente de clase media, nos hace más fácil cumplir el papel de mediadores, al que nos obliga nuestro título de cristianos. Por eso es útil nuestra Sociedad de San Vicente».
Una estrategia actual: el cambio sistémico
Cuando citamos los niveles de organización de la caridad y de lucha contra las pobrezas y marginaciones en el proyecto liberador que llevó a cabo Vicente de Paúl, siempre subrayamos el nivel de lucha contra las estructuras injustas. Ciertamente, Vicente de Paúl era consciente de que la pobreza tenía unas causas estructurales que la producían, la fomentaban, la multiplicaban y la eternizaban. Vicente de Paúl luchó, con los medios y las categorías mentales de su tiempo, contra esas estructuras perversas. Y esa lucha, lógicamente, sonaba a algo novedoso y revolucionario. Pero, incluso, Vicente de Paúl nunca dudó en considerar esas acciones contra las estructuras injustas como una dimensión evangelizadora de los pobres.
Hoy hemos dado un paso más y a esa lucha de Vicente de Paúl la llamamos «cambio sistémico. El concepto de «cambio sistémico» es de nuestro tiempo. No era conocido en tiempos de Vicente de Paúl, aunque él expresara -con otro lenguaje, desde luego- muchas ideas relacionadas con esta estrategia. Por ejemplo, en todo lo relacionado con la organización de las ayudas a los pobres, en la concientización de su entorno para socorrer a los pobres, en los reglamentos redactados para las Cofradías de la Caridad, en los proyectos de promoción y dignificación de los marginados, en la oposición a los proyectos gubernamentales de encerramiento de los pobres y mendigos de París… Pero no se puede hablar de «cambio sistémico» en cuanto tal ni en la obra de Vicente de Paúl ni en su tiempo. Sería un alarde imaginativo sin fundamento histórico.
No es fácil sintetizar en unas pocas líneas el concepto, el contenido, las características, la metodología, el proceso, los objetivos finales… del cambio sistémico. Pero, siguiendo las explicaciones de los que están verdaderamente implicados en este proceso, podríamos apuntar lo siguiente: si se quiere cambiar la situación de los pobres, debemos centrarnos no sólo en un problema particular, tal como proporcionar alimentos, por importante que eso sea. La experiencia enseña que las soluciones rápidas, aun cuando sean útiles por un tiempo, son inadecuadas a largo plazo. Yendo más allá de esas soluciones, se debe examinar la situación socioeconómica total en que viven los pobres, y a continuación, se debe intervenir de manera que se modifique el sistema entero. Una política de esa clase es necesariamente interdisciplinar, e implica a muchos actores diferentes de la sociedad misma: a los propios pobres, a las personas individuales interesadas, donantes, iglesias, gobiernos, al sector privado, a los líderes del mundo de los negocios, los sindicatos, los medios de comunicación, las organizaciones y las redes de información, etc.
En este contexto, el cambio sistémico intenta ir más allá de proporcionar alimentos, ropa y vivienda para aliviar las necesidades inmediatas de los pobres. Se centra en cambiar las estructuras dominantes en cuyo interior viven los pobres sometidos a un círculo cerrado que empobrece y margina sistemáticamente. Y, a la vez, impulsa a los pobres a desarrollar estrategias que les lleven a salir de ese círculo de la pobreza y de la exclusión.
En la encíclica «Sollicitudo rei socialis», el Papa Juan Pablo II se refiere varias veces a las «estructuras de pecado» y, entre otras cosas, dice: «Pecado y estructuras de pecado, son categorías que no se aplican frecuentemente a la situación del mundo contemporáneo. Sin embargo, no se puede llegar fácilmente a una comprensión profunda de la realidad que tenemos ante nuestros ojos, sin dar un nombre a la raíz de los males que nos aquejan’ Hoy somos cada vez más conscientes de que el pecado afecta no sólo a los individuos, sino también, y muy profundamente, a las estructuras sociales. Y vemos cómo se encarna en leyes injustas, en relaciones económicas basadas en el poder y en la corrupción, en tratados claramente falsos e injustos, en fronteras artificiales, en gobiernos opresores, en oscuros poderes que manejan intereses políticos, financieros, económicos, sociales desde la sombra y la impunidad… Estas «estructuras de pecado» hacen que los pobres sean más pobres y que no salgan nunca de su postración.
Precisamente, aquí está la respuesta a las dudas que algunos pudieran tener sobre si esta estrategia del cambio sistémico tiene algo que ver con la evangelización. A través de las páginas de este libro ha ido apareciendo la voz coral de la Iglesia -encíclicas, exhortaciones apostólicas, documentos sinodales y de Conferencias episcopales, mensajes, discursos, alocuciones varias- que, machaconamente, proclama la íntima unión entre evangelización y promoción humana, entre nueva evangelización y lucha por la justicia, entre anuncio del mensaje de Cristo y opción por los pobres y marginados, entre la construcción del Reino de Dios y la denuncia profética de todas las estructuras de malignidad y pecado.
Si, por casualidad, algún miembro de la Familia vicenciana tuviera todavía alguna duda sobre el cambio sistémico y su incidencia evangelizadora, no estaría de más que se asomara a una serie de textos de la Familia a la que pertenece. He aquí una pequeña pero significativa muestra:
— Las Constituciones de la Congregación de la Misión dicen: «Siguiendo a San Vicente que, según la parábola del Buen Samaritano (LC 10, 30-37), salía al encuentro de los abandonados con soluciones prácticas, las Provincias y cada uno de los misioneros se apresurarán, en la medida de sus fuerzas, a socorrer a los marginados de la sociedad, a las víctimas de calamidades y de cualquier clase de injusticia, así como a los aquejados por las formas de pobreza moral propias de esta época. En favor de ellos y actuando con ellos trabajarán con empeño por que se cumplan las exigencias de la justicia social y de la caridad evangélica» 2 Incluso, subrayan con claridad la íntima unión entre evangelización y servicio al pobre: «Cuando en el mes de agosto del mismo año (1617), (San Vicente de Paúl) funda en Châtillon-les-Dombes las Caridades para socorrer a los enfermos desprovistos de todo recurso, comprendió y expuso la íntima relación que existe entre la evangelización de los pobres y el servicio que se les presta
— Las Constituciones de las Hijas de la Caridad, al hablar del servicio a Cristo en los pobres, subrayan: «San Vicente recuerda que el amor implica la justicia. Las Hijas de la Caridad tienen la preocupación constante por la promoción de la persona en todas las dimensiones de su ser. Por eso… se comprometen a trabajar en el plano social para cambiar las estructuras injustas que engendran la pobreza
— La Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl (AIC) no se queda atrás cuando proclama su compromiso: «La lucha contra las pobrezas ataca a las causas y a los mecanismos que los engendran. La AIC, con aquellos que se encuentran en situación de miseria, no puede contentarse con paliar ciertas dificultades. No puede seguir aceptándolas como una fatalidad, y verlas perpetuarse… Para evitar que se instale la pobreza, se pueden emprender acciones a nivel individual y/o colectivo; sin embargo, es sobre todo a nivel de estructuras como puede actuarse con mayor eficacia sobre las causas
— La Sociedad de San Vicente de Paúl también es taxativa: «La Sociedad de San Vicente de Paúl no sólo está preocupada por el alivio de las necesidades, sino también por la identificación de las estructuras injustas que puedan causarlas. Los vicentinos están comprometidos a identificar las causas de la pobreza y a contribuir a su eliminación… Cuando la injusticia, la desigualdad, la pobreza o la exclusión se deban a injustas estructuras económicas, políticas o sociales o a una legislación inadecuada o insuficiente, la Sociedad de San Vicente de Paúl, siempre en caridad, debe hablar clara y francamente sobre dichas situaciones, con el objetivo de aportar y reclamar mejoras»
Un horizonte globalizador: la conversión a los pobres
Los cuatro criterios anteriores se quedarían en un manual de buenas intenciones si no tenemos una referencia fundamental o una especie de horizonte que englobe, globalice y dinamice toda nuestra práctica evangelizadora y liberadora. Es decir, si no nos convertimos radicalmente a los pobres. No se trata de una convesSión más, para ir llenando la agenda de nuestras diarias conversiones. Cuando decimos que Vicente de Paúl es un «converso», no estamos hablando de pequeños y fragmentarios actos morales de conversión, que, sin duda, llevaría a cabo. Estamos apuntando a algo mucho más profundo y globalizador de toda su existencia. Él se lo dijo a los sacerdotes de la Misión con una frase que procedía de su propia experiencia: «Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos eligió para ellos; ése es nuestro patrimonio, lo demás sólo es accesorio.
En este sentido, la conversión a los pobres significa que los pobres tienen que estar en el centro de nuestra misión evangelizadora, que los pobres tienen que señalarnos el camino en la evangelización.
Y es que un auténtico vicenciano -que, por supuesto, es auténtico cristiano- tiene que hacerse una de las preguntas más importantes: ¿qué lugar ocupan los pobres en la evangelización? Es una pregunta directa que debe ser respondida sin rodeos ni paños calientes. Porque si no tenemos el horizonte y la referencia de los pobres, ¿de qué Cristo vamos a ser testigos? Si los pobres no son los primeros destinatarios de la Buena Nueva, ¿para qué queremos la evangelización? ¿no se convertirá esa evangelización en mera propaganda? Si nuestra causa no es la causa de los pobres, ¿cómo vamos a ser continuadores de la misión de Cristo?
El teólogo Jon Sobrino se sitúa en esta misma óptica cuando afirma que lo que se cuestiona en el fondo es si la Iglesia tiene que transmitir sólo conocimientos salvíficos, como dicen algunos, o tiene que proseguir la historia liberadora de Cristo con palabras y obras
En definitiva, la conversión a los pobres es una condición única para verificar nuestro ser y nuestro quehacer. Es un indicador infalible de nuestro espacio específico en el proyecto de la nueva evangelización. Porque proseguir la misión de Cristo, en el lenguaje vicenciano, exige una conversión clara y contundente a los pobres y un compromiso radical de lucha por los pobres como consecuencia de esa conversión.
CONCLUSIÓN
Evangelizar desde el compromiso con los pobres, desde el servicio caritativo, es lo más genuino de las claves vicencianas de la evangelización, es lo que más y mejor podemos aportar los vicencianos a la nueva evangelización. Y esto por una razón tan simple como lógica: la opción por los pobres se convierte en el eje fundamental de la nueva evangelización, capaz de hacer visible y creíble la gratuidad amorosa y entrañable de Dios, y de suscitar la civilización del amor. Y en ese preciso espacio se tienen que encontrar los vicencianos.
Celestino Fernández
La Milagrosa







