VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (VI)
RELANZAMIENTO DEL LAICADO VICENCIANO A LA LUZ DEL CONCILIO VATICANO II
De entrada, quiero dejar sincera constancia de mi rubor y de mi atrevimiento. Porque soy consciente de que puedo caer en la sempiterna tentación del típico clérigo que, desde las alambradas del dogmatismo, se permite adoctrinar a los «pobrecitos» laicos, como si ellos no fueran mayores de edad y protagonistas de su compromiso vital. Sin embargo, líbreme Dios y el sentido común de caer en semejante tentación.
Tampoco pretendo hacer un estudio sobre la teología del laicado en los documentos del Concilio Vaticano ll o en documentos magisteriales posteriores. Ni es el momento ni soy yo el más experto e indicado. Mi intención es mucho más modesta: hacer una sencilla reflexión para colaborar al impulso y a la revitalización del laicado vicenciano en un momento necesario y oportuno. Y enmarcar esta reflexión en el acontecimiento eclesial más importante del siglo anterior y del presente: el Concilio Vaticano ll, del cual estamos conmemorando su cincuenta aniversario.
UNA ANOTACIÓN PREVIA
En el título de este capítulo hay dos palabras que tienen todo el protagonismo: laicado y vicenciano. Esto quiere decir que el capítulo va a estar basculando constantemente en torno a estos dos vocablos. Por una parte, vamos a reflexionar sobre el laicado y su ser y su misión, Pero, a la vez, no vamos a perder de vista que estamos hablando de un laicado específico que apellidamos «vicenciano». Un laicado que tiene muchas características comunes con todos los laicados, pero que también tiene sus propias peculiaridades y su misión propia.
demás, dentro de ese «laicado vicenciano» nos centramos, un poco más, en el que funda, estructura y organiza el mismo Vicente de Paúl, ayudado por Luisa de Marillac. Me refiero, por supuesto, a la primera Institución vicenciana tanto en la cronología como en su importancia y significatividad. Me refiero a las antiguas Cofradías de la Caridad, que, precisamente a partir del Concilio Vaticano ll se rebautizaron con el nombre actual de «Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl» (AIC).
Por eso, es bueno no perder de vista que nos movemos entre estas dos columnas del edificio laical: laico y vicenciano.
PUNTO DE PARTIDA UNIVERSAL
Hace ya casi setenta años, el Papa Pío XII lanzó una especie de grito programático: «iLos laicos son también Iglesia!» I En realidad, nadie había dicho lo contrario, pero alguna duda existiría cuando los Papas esperaron casi veinte siglos para confirmarlo oficialmente. Se podría decir que este balbuceo papal fue la primera semilla sembrada en el campo de la conciencia eclesial respecto del laicado.
Sin embargo, unos años más tarde, el Concilio Vaticano II se encargó de multiplicar esa pequeña semilla y de dar un giro de 180 grados a la doctrina oficial sobre el laicado. Lo más sorprendente fue que la mentalidad de la mayoría de los Padres Conciliares no hacía presagiar ni esperar un cambio de tal magnitud. Por eso, pienso que el gran protagonista de este cambio fue, sin duda, el Espíritu Santo empeñado en devolver a los laicos la parte que les corresponde en la vida y en la misión de la Iglesia, y que el persistente viento clerical les había arrebatado.
Pero no se trata de una acción fulminante y directa del Espíritu Santo ni de un cambio improvisado. El Concilio Vaticano II, en este campo como en otros, recogió el trabajo de pensadores y teólogos que -paradojas del destino- fueron vetados y prohibidos por la autoridad competente unos años antes del Vaticano ll.
En este tema del laicado es necesario citar a un teólogo dominico y a un laico, ambos franceses: Ives Marie Congar y Jacques Maritain. El libro de Ives Marie Congar, «Jalones para una teología del laicado», del año 1953, sigue conservando su audacia y su frescura aún hoy. La reflexión de Maritain como intelectual católico, influyó en muchos intelectuales de su tiempo y le convirtieron en el más grande maestro del laicado de los tiempos modernos. Es proverbial su afirmación de que la «laicidad es una nota esencial de la Iglesia».
Para situar mejor este punto de partida que es el Concilio Vaticano ll, será bueno recordar, aunque sea muy sucintamente, los documentos donde el Concilio habla, subraya, profundiza e impulsa la conciencia, el ser y el quehacer de los laicos. Son cuatro documentos:
— La Constitución sobre la Iglesia («Lumen Gentium») en su capítulo 4 2, números 30-38, describe el ser y la misión del laico en la Iglesia. En el capítulo 2 2 habla del Pueblo de Dios; y en el capítulo 5 2 habla de la vocación de todos a la santidad.
— La Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual («Gaudium et Spes») nos habla del diálogo de la Iglesia con el mundo. Y, lógicamente, abre a los laicos inmensos espacios de acción en todos los campos de la vida.
— El Decreto sobre el apostolado de los laicos («Apostolicam Actuositatem») está absolutamente dedicado a los laicos.
— El Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia («Ad Gentes») insiste en el compromiso ineludible que tienen los laicos en la evangelización, tanto en la proclamación del mensaje como, sobre todo, en la promoción humana.
Para ser honestos, hay que admitir que algunos textos del Concilio Vaticano ll sobre los laicos adolecen de ambigüedad y todavía conservan muchas reminiscencias del pensamiento y de la teología preconciliar.
ENTRE LA DESOLACIÓN Y LAS CONTRADICCIONES
Tal vez, nos haríamos una idea más exacta del cambio espectacular que inauguró el Concilio Vaticano ll respecto del laicado, si repasáramos el panorama desolador que había antes del Concilio. Voy a espigar una serie de ejemplos, sin meterme en complicadas disquisiciones teológicas o en interminables vericuetos históricos, que de todo hay en esta viña del laicado.
Comencemos, para hacernos una somera aproximación, con dos botones de muestra muy ilustrativos y significativos. Por ejemplo, el obispo de Rouen decía: «Los seglares no tienen la misión de ocuparse de los asuntos de la Iglesia; lo mejor que pueden hacer es rezar». Por su parte, el cardenal Gasquet cuenta una anécdota, a propósito de la conversación de un misionero con un catecúmeno; el misionero dice que la misión del laico en la Iglesia es doble: «Ponerse de rodillas delante del altar y sentarse delante del púlpito»; el cardenal Gasquet remata la faena añadiendo: «Se le olvidaba una tercera: echar mano de la cartera».
Es cierto que, en pleno siglo XIX, van surgiendo laicos luchadores y comprometidos con la Iglesia, por ejemplo, un miembro ilustre de la Familia vicenciana llamado Federico Ozanam. Ives Marie Congar les describe como «apóstoles en una Iglesia todavía clerical que se defiende en un mundo en vías de secularización. Y no es menos cierto también que alguna jerarquía y alguna parte del clero apoyan las acciones de todos esos cristianos laicos ejemplares. Pero, en la mayoría de las veces, es un apoyo mezclado con grandes dosis de desconfianza, y recordándoles constantemente la plena sumisión a la jerarquía. También está siempre patente la contradicción entre las iniciativas y compromisos apostólicos que van tomando algunos seglares, individualmente o en Asociaciones, y la mentalidad del clero y de la jerarquía sobre el papel del laicado. Incluso hay una gran contradicción entre la doctrina y la praxis de la misma jerarquía sobre los laicos en la vida de la Iglesia.
Tampoco faltan afirmaciones curiosas en los documentos oficiales. Ahí está lo que dice el esquema «Supremi Pastoris» del Concilio Vaticano l: «Nadie ignora que la Iglesia es una sociedad distinta, en la que Dios ha destinado a algunos a mandar y a otros a obedecer. Estos son los seglares, los otros son los clérigos»
Pío IX repitió afirmaciones del mismo estilo en 1876 a los obispos de Brasil. Y León XIII en su carta al cardenal Guibert (1885) decía que «es incontestable y absolutamente claro que en la Iglesia, por exigencia de su misma naturaleza, hay dos estados bien distintos: los pastores y la grey, esto es, los jefes y el pueblo. El primero tiene la función de enseñar, de gobernar y de dar a los hombres las leyes necesarias; el otro tiene el deber de someterse al primero, de obedecer, de cumplir sus órdenes, de demostrarle respeto»
Continuando en esta misma línea, Pío X, ya en 1906, dice que «sólo en el cuerpo pastoral residen el derecho y la autoridad… En cuanto a los fieles no tienen otro deber sino dejarse conducir y seguir, como rebaño dócil, a sus pastores»
Sin embargo, es de justicia destacar a un gran converso inglés como John Henry Newman, que se convertiría del anglicanismo al catolicismo, que sería, después, nombrado cardenal por León XIII, y que, finalmente, fue beatificado por Benedicto XVI el 19 de septiembre de 2010. Porque en aquellos tiempos de negatividad y de cerrazón hacia el laicado, Newman reivindicaba, a tiempo y a destiempo, el papel activo de los laicos en la Iglesia y en la sociedad civil, y consideraba que el clericalismo era uno de los grandes males de la Iglesia católica en Inglaterra. Merece la pena transcribir un amplio párrafo de su última conferencia a sus amigos laicos del Oratorio de Birmingham: l‘He aquí que ha llegado el tiempo de hablar…Es necesario no ocultar vuestros talentos bajo un velo, ni vuestra luz bajo el celemín. Yo quisiera contar con laicos preparados, no arrogantes, ni impacientes ni querellantes, sino hombres que profesan sinceramente su religión, que se identifican con ella, que saben justificar su punto de vista, que conocen bien las verdades de su fe de las que pueden dar cuenta, que estén bien informados de la historia, que puedan defender estas verdades. Yo quisiera laicos inteligentes, bien formados… Yo espero que vosotros sabréis ampliar vuestros conocimientos, desarrollar vuestra razón y que aprenderéis a discernir la relación de una verdad con otra, a ver las cosas tal como ellas son, y a percibir los fundamentos y los principios del catolicismo».
Tampoco hay que olvidarse de algún obispo destacado en este tema, como Mons. G. Bobomelli que, en los primeros años del siglo XX, se atrevía a escribir al cardenal Rampolla en estos términos nada diplomáticos: «Hay laicos más instruidos en religión que muchos obispos y sacerdotes ¿Por qué no servirse también de ellos? ¿Por qué no oírles? ¿Por qué decirles: vosotros a callar y a obedecer?»
Esta brevísima y sintética incursión nos pone en la pista de lo que se respiraba antes del Vaticano ll respecto del laicado. Y lo traigo a colación no tanto para subrayar las evidentes y absolutas sombras, sino para darnos cuenta con más claridad del espectacular cambio y de la nueva etapa eclesial que el Concilio Vaticano II posibilitó, a pesar de todas las dificultades.
TRES CONVICCIONES BÁSICAS
El Concilio Vaticano ll subrayó con fuerza tres convicciones básicas y elementales sin las cuales no podemos dar un paso adelante. Es más, sin estas convicciones todo el edificio teórico y práctico del laicado -y, naturalmente, del laicado vicenciano- quedaría en el aire o en los paisajes de las buenas intenciones.
Toma de conciencia de la vocación laical
El Sínodo de los obispos de 1987 fue dedicado a «La vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio Vaticano ll». Este Sínodo profundizó y actualizó lo dicho en el Concilio sobre los laicos.
Y fruto lógico de dicho Sínodo fue la Exhortación apostólica «Christifideles laici» de Juan Pablo ll, donde se pone en marcha el laicado «militante» y se clausura el viejo estereotipo de un laicado inoperante y meramente receptivo, consumidor de servicios religiosos y acomplejado en sus responsabilidades.
Urge, pues, una toma de conciencia verdadera, realista y práctica de que, evidentemente, los laicos son Iglesia, de que hay que descender de los papeles a la vida, de que no podemos estar citando constantemente documentos excelentes y actuando con clichés de otros tiempos y otras teologías. Aunque mucho me temo que no terminamos de creernos lo que proclaman los documentos oficiales y lo que nosotros mismos decimos. Ciertamente, no cabe duda de que el problema está en la práctica, en el aterrizaje diario.
Ni agregados ni de segunda categoría
Subsisten todavía dos maneras erróneas de contemplar y de vivir la vocación cristiana del laico. La primera sería aquélla en que los laicos, a pesar de ser-también-lglesia, están en ella como agregados. El laico se sabe miembro de la Iglesia, pero se encuentra en ella como un visitante, como un invitado.
Lo sagrado tiende a reducirse a lo intraeclesial, a lo espiritual. Todo aquello que es realizado extra muros de la Iglesia tiende a considerarse como profano o, al menos, como no eclesial. Se «está» en la Iglesia y se siguen sus instrucciones, porque de ellas depende «nuestra» salvación eterna… Se es católico y se intenta ser buena persona. Pero poco más. El Concilio Vaticano ll ya denunció este nivel de pertenencia como «uno de los más graves errores de nuestra época».
La segunda es aquélla en que, aún entregado de alma y cuerpo a la Iglesia, el laico se percibe a sí mismo como cristiano de segunda categoría. Piensa que vocación, en sentido estricto, únicamente la tienen los presbíteros y los consagrados. Y está convencido de que él es un «cristiano residual».
Hace referencia no tanto al «estar» como al «ser» del cristiano. Se es eclesial, bautizado, pero de menos categoría. Porque lo eclesial tiende a confundirse con lo eclesiástico, con lo clerical. Esta posición no suele ser hoy tan frecuente como la anterior. Pero existe el peligro de que la recuperemos con algunas variables. Aún la viven personas de la tercera edad y comienza a surgir entre los jóvenes,
Convicción profunda de laicos activos
Ciertamente, las anteriores lagunas sólo pueden ser rellenadas desde aquello que ya subrayaba el Concilio Vaticano ll: «Los laicos están llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos»
Y es que, como indicaba Pablo VI en su Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi», «su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial -esa es la función específica de los Pastores- sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas, escondidas pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización…De lo cual se deduce algo tan obvio como olvidado: que el puesto de los laicos debe ser reconocido y promovido incansablemente, que la Iglesia entera debe propiciar la vitalidad y la actuación de los laicos sin clericalismos directos o soterrados, sin forcejeos de poder en un sentido o en otro, que el reconocimiento de la misión de los laicos obedece a razones de identidad eclesial, no a concesiones de la jerarquía, a motivos estratégicos o a disminución de los clérigos.
Y, por supuesto, para conseguir la efectiva incorporación de los laicos a la vida y a la misión de la Iglesia no bastan altisonantes proclamaciones de principios. Se requiere abrir cauces de preparación, de corresponsabilidad y de colegialidad. Pero, sobre todo, hace falta que todos nos convenzamos seria, íntima y profundamente de que los laicos no son meros espectadores simpáticos o simples y buenos «ayudadores», sino que tienen su propia e intransferible carta de ciudadanía activa eclesial. Sin esta convicción, de nada servirán los discursos y los más avanzados planteamientos teológicos.
DOS CLAVES ECLESIOLÓGICAS
El Concilio Vaticano ll fue un Concilio fundamentalmente eclesiológico, es decir, respondió a aquella famosa frase que pronunció el Papa Juan XXIII cuando lanzó la idea de convocarlo: «Quiero abrir las ventanas de la Iglesia para que podamos ver hacia afuera y para que desde afuera pueda verse el interior de la Iglesia».
En todos sus Documentos, Decretos y Constituciones late una visión nueva y renovada de la Iglesia. Y, evidentemente, da un paso decisivo: pasa de una jerarcología (eclesiología de tipo ‘monárquico») a una verdadera eclesiología. Donde más se ve este paso es en todo lo referente al laicado.
Por eso, hay dos claves eclesiológicas que el Concilio Vaticano ll subrayó con fuerza y que sostienen su eclesiología y sus consecuencias para una teología y una praxis del laicado. Hay que advertir que estas dos claves son inseparables:
La Iglesia es comunión
Es decir, comunidad, fraternidad de unos hombres y mujeres que han recibido el mismo bautismo y viven animados por el mismo Espíritu. Durante muchísimo tiempo, la Iglesia se asemejó a una pirámide. En la cúspide estaba el Papa; bajo él, el cuerpo de los obispos; más abajo, el clero presbiteral, los religiosos y las religiosas; por último los laicos y, por fin, las laicas. Todo funcionaba como si la acción del Espíritu actuara en cascada. No todos serían de la misma dignidad. Unos pastores y un rebaño. Una jerarquía y un pueblo fiel, de laicos.
El Concilio Vaticano ll transforma esa pirámide en una circunferencia, signo de comunión y de igual dignidad dada por el bautismo. San Agustín lo expresaba muy bien cuando decía a sus feligreses: «Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo»
Además, el Concilio, para expresar todo el significado trascendental de esta Iglesia de comunión, llamó a la Iglesia «Pueblo de Dios», una expresión totalmente nueva. Sólo hay que pensar y reflexionar en todo lo que significa la palabra «pueblo» y, a la vez, darnos cuenta de que la palabra «laico» viene del vocablo griego «laos» que significa eso mismo: pueblo.
Y esta Iglesia-comunión nos lleva a la corresponsabilidad, a la colaboración, a la participación, a la igualdad del Espíritu, al convencimiento de que todos los miembros de la Iglesia son total y absolutamente necesarios.
A veces, se ha olvidado que la comunión la crea el Espíritu de Cristo, presente en toda la Iglesia y en cada uno de sus miembros. Por tanto, lo primero que hemos de recordar es que el Espíritu no es privilegio de un grupo o estamento. El Espíritu se da a toda la comunidad eclesial: «En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, y todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1 Co 12, 13). El mismo Espíritu está actuando en todos nosotros. No hay en la Iglesia sectores que gozan de la garantía del Espíritu y sectores privados de Espíritu. Todo el Pueblo de Dios posee el Espíritu. El Espíritu es para todos. «Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo» (Rm 8, 9).
Por ello, nadie puede pretender acaparar al Espíritu y menospreciar o ignorar la acción del Espíritu en los demás. Esa ha sido casi siempre la gran tentación de la jerarquía: creer que el Espíritu tiene que pasar necesariamente por ella para actuar, dinamizar y dirigir a su Iglesia. Al contrario, la comunión exige sentido de complementariedad, diálogo, colaboración, corrección mutua.
La Iglesia es misión
O, lo que es lo mismo, que la Iglesia no es para sí misma, está llamada a abrirse a la misión, es urgida a ser fermento liberador y transformador de la vida en medio del mundo. Está al servicio del Reino de Dios. Pablo VI recoge perfectamente esta segunda clave eclesiológica en su ya citada Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi»: «Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» Albert Schweizer decía que «una comunidad que no actúa en forma misionera, no es una comunidad dirigida por el Espíritu».
Y aquí es donde tenemos que subrayar las consecuencias laicales de que «la Iglesia es misión»: que la evangelización, la misión, es tarea de todo el Pueblo de Dios, no sólo de unos cuantos ordenados o consagrados; que la misión de la Iglesia ha de estar en medio de la sociedad y así debe ser una Iglesia «secular», y, por tanto, aquí está la actividad social, cultural, laboral, política, familiar… de los seglares; que el carácter secular es propio de los seglares, y la construcción del Reino de Dios en el «siglo» es muy propio de ellos; que una evangelización sin los laicos no sería evangelización, sino propaganda clerical. En resumen, hay un telón de fondo que no se puede pasar por alto: que «toda la Iglesia es misionera y la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios
Si la Iglesia quiere cumplir su misión ha de estar en medio del mundo. Es lo que nos ha recordado, con machacona insistencia, el Concilio Vaticano ll: «La Iglesia existe en este mundo y vive y actúa con el, Es la condición normal de la Iglesia. Estar en el mundo sin ser del mundo, sin identificarse totalmente con él. Pero no hemos de entender a la Iglesia como una comunidad que vive su propia vida «junto a» o «por encima de» la sociedad, sino «dentro de» ella.
Esta inserción de la Iglesia en el mundo se realiza, se concreta y se asegura, sobre todo, por la vida y la acción de los laicos que son, al mismo tiempo, miembros vivos de la Iglesia y ciudadanos de la sociedad civil. Toda la Iglesia es secular y está en el mundo, pero son los laicos los que viven en las condiciones ordinarias de la vida familiar, laboral, social y política. Son ellos, sobre todo, quienes enraízan y encarnan a la Iglesia en el mundo
PASOS URGENTES QUE DEBE DAR EL LAICO
Al hilo de todo lo dicho hasta ahora y como una deducción lógica de la doctrina conciliar sobre el laicado, me atrevo a proponer una serie de pasos, de tránsitos, de recorrido que debe llevar a cabo hoy y aquí el laico cristiano, tanto personal como colectivamente.
Y digo que debe llevar a cabo hoy, porque todavía no lo ha hecho del todo, y muchísimos laicos y Asociaciones laicales ni siquiera han comenzado a dar esos pasos que subyacen en el espíritu del Concilio Vaticano ll. Evidentemente, no puede haber un relanzamiento serio del laicado sin dar estos pasos.
No haría falta decir que también el laicado vicenciano tiene que dar urgentemente estos pasos. Porque aquella intuición revolucionaria y profética de Vicente de Paúl en 1617, en Châtillon-lesDombes, puede caer en la rutina, en la mediocridad o en el olvido con el paso de los siglos por nuestra pereza y nuestra falta de audacia. El laicado vicenciano no está libre de una serie de tentaciones espiritualistas que van minando la espiritualidad más genuina y específica vicenciana. Y, por otra parte, tampoco está en primera línea de renovación y puesta al día. Alguien ha dicho que es muy fácil ser revolucionario en tiempo de la revolución, pero que lo difícil y necesario es ser revolucionario una vez pasada la revolución.
Pasar de la «burbuja piadosa o devocional» al compromiso militante La tentación constante es dormirnos en la comodidad piadosa. Siempre habrá buenas excusas para ello. Pero si el laicado se queda en lo simple devocional, en «ser buena y piadosa persona’ está traicionando totalmente la letra y el espíritu de Concilio. Y, por supuesto, nunca será sal y luz de esta sociedad. Consciente o inconscientemente, estará enquistado en la prehistoria.
Pasar de la sacristía a los areópagos actuales
Muchos laicos -y muchas Asociaciones laicales- creen que se han puesto en línea con el Concilio Vaticano ll porque, al menos, ya están en la sacristía, es decir, porque ya hacen algunas tareas de ayuda y colaboración cultual y litúrgica. Pero se olvidan de que el Concilio Vaticano ll -e infinidad de documentos pontificios y episcopales posteriores- señalan un lugar ineludible al laico cristiano: los actuales areópagos para la misión o la evangelización, es decir, las plazas públicas donde se juega el presente y el futuro de la persona (la política, la economía, el trabajo, la cultura, los medios de comunicación, la educación…).
Pasar de lo eclesiástico a lo eclesial
Uno de los peligros que ha tenido y continúa teniendo el laicado cristiano es la dependencia casi absoluta del eclesiástico o del clérigo de turno. Cuando una Asociación laical, por ejemplo, no sabe caminar sin las apoyaturas eclesiásticas o clericales, algo muy grave está ocurriendo en su seno. Por poner un ejemplo vicenciano, todos conocemos cómo ha ido languideciendo algún grupo de la AIC al faltarle la apoyatura de la Hija de la Caridad o del sacerdote de la Misión. Esta dependencia de lo eclesiástico es un índice de la falta de madurez del laicado. Es, en definitiva, una negación práctica de la glesia-comunión y de la Iglesia-misión que puso de relieve el Concilio Vaticano ll.
Pasar de la mera suplencia a la misión compartida
En muchos ambientes clericales y congregacionales se suele ensalzar mucho a los laicos porque solucionan tareas, trabajos y faenas a las que no llegan los clérigos por ser mayores de edad, por escasez o por falta de vocaciones. Este es un planteamiento demagógico y equivocado. Es una manipulación descarada que se hace a los laicos de buena fe y de buena voluntad. El laico cristiano no es una fuerza de suplencia ni tiene vocación de «chico o chica de los recados». Hay que posibilitarle su entrada, con todo el derecho que le da el bautismo, en la misión de la Iglesia. Misión que comparte con el clérigo en términos totalmente alejados de superioridad o inferioridad. Llevar a cabo la misión compartida es un signo de que la comunidad eclesial vive de verdad como Pueblo de Dios.
PEDAGOGíA DEL CONCILIO VATICANO ll: RELANZAMIENTO DESDE LAS RAÍCES
Cuando el Concilio Vaticano ll habló de la renovación, de la puesta al día, del relanzamiento de las Congregaciones, Órdenes religiosas o grupos eclesiales, nos dejó un principio infalible que, a la vez, es un manual básico de pedagogía renovadora. Nos indicó que hay que afirmarse en las raíces para encarnarse más profundamente en el mundo de hoy. Es decir, volver a la inspiración originaria del Fundador y encarnar esa inspiración en la sociedad que nos toca vivir
Por eso, no está de sobra que un laicado vicenciano o, concretamente, una Asociación como la AIC retorne, de vez en cuando, a sus raíces para revitalizarse en una dirección correcta. Pero no se trata de una vuelta a las raíces como mera y simple documentación histórica, sino como inspiración dinámica, profética y creativa.
Y esta pedagogía del Concilio Vaticano ll tiene que estar en la base del relanzamiento del laicado vicenciano, del laicado de la AIC, en pleno siglo XXI, a través del «compromiso vicenciano», con la recuperación de una espiritualidad específica y con una serie de urgencias netamente vicencianas.
El compromiso específicamente vicenciano
La palabra que define la praxis y la misión de los laicos es el vocablo «compromiso». Esto vale para todos los laicos, para todos los bautizados. Sin embargo, es conveniente especificar el carácter y la naturaleza de dicho compromiso al referirlo al laicado vicenciano. No se trata de un compromiso genérico, no tiene nada que ver con un cajón de sastre donde todo cabe, tampoco se puede identificar con una serie de tareas más o menos intraeclesiales.
Pienso que cualquiera que esté mínimamente en contacto con el carisma vicenciano, debe tener muy claro que el «compromiso vicenciano» se refiere, única y exclusivamente, a todo lo que tenga que ver con los pobres y marginados, a todo lo que afecte al amplio y terrible mundo de la pobreza y de la miseria, a todo Io que incida en la falta de dignidad humana en las varias y diversas dimensiones. Sería demasiado prolijo el traer a colación todo el catálogo de frases de Vicente de Paúl en este sentido, desde aquélla que tanto citamos: «Los pobres que no saben ni qué hacer ni a donde ir, que se multiplican y sufren cada día, constituyen mi peso y mi dolor pasando por aquélla otra de que «nuestro lote son los pobres hasta alguna tan interpelante como «tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria
En definitiva, hablar de «compromiso vicenciano» es hablar de tres dimensiones conjuntas y complementarias como son: el servicio a los pobres, la práctica de la solidaridad y la lucha por la justicia. Y las tres, vertebradas por un denominador común: el amor afectivo y efectivo.
La recuperación de una espiritualidad específica
En la Iglesia conviven diversas y distintas espiritualidades, como conviven distintos carismas. Es como un arcoíris con muchos y variados colores. De esa variedad de colores proviene la belleza del arcoíris. O sea, que la variedad de espiritualidades enriquecen y embellecen a la comunidad eclesial. Esto quiere decir que cada grupo, en la Iglesia, debe vivir su propia y específica espiritualidad.
Si los miembros de una Asociación vicenciana, como es la AIC, no recuperan la verdadera espiritualidad vicenciana -que el mismo Espíritu del Señor dio a Vicente de Paúl para llevar a cabo su misión y para infundirla a sus colaboradores y colaboradoras estarán siendo infieles a su ser y a su quehacer, y estarán muy alejados de la pedagogía que indicó el Vaticano ll. Y todos sabemos que los miembros de un grupo o Asociación, con el paso de los años, tienen, al menos, dos tentaciones en este campo: la primera es la búsqueda de espiritualidades de moda o de espiritualidades tranquilizantes; la segunda, tener una espiritualidad para una temporada y otra distinta para otra temporada, como el que tiene una ropa para el invierno, otra para la primavera y otra para el verano.
Recordemos que la espiritualidad específicamente vicenciana -y, por tanto, del laicado vicenciano- es una «espiritualidad de encarnación», una «espiritualidad kenótica», una ‘(espiritualidad samaritana», una «espiritualidad del principio-misericordia», una ‘espiritualidad del misterio pascual». Esta es la espiritualidad que el laico vicenciano tiene que recuperar en fidelidad y coherencia a su origen y a su vocación.
INTERPELACIONES NETAMENTE VICENCIANAS
Ciertamente, la lista de interpelaciones que podemos poner delante del laico vicenciano sería kilométrica. Voy a señalar solamente algunas, teniendo en cuenta las que más podemos deducir de la letra y el espíritu del Concilio Vaticano ll. O sea, interpelaciones propias de la misión vicenciana y subrayadas por el Vaticano ll.
La caridad reestructuradora de la realidad social
Es obligado arrancar del Decreto conciliar «Apostolicam actuositatem», el Decreto del Vaticano ll especialmente dedicado al apostolado seglar, a la misión del laicado cristiano. Después de urgir al laico cristiano a «ordenar todo el universo hacia Cristo» a «restaurar todo el orden temporal y a «perfeccionarlo sin cesar el Concilio le exige una caridad de tipo «reestructurador». El siguiente párrafo es taxativo: «Cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efectos, de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos»
Salir a la plaza pública
La Constitución conciliar «Gaudium et Spes» está vertebrada por un principio: la Iglesia -por tanto, los cristianos- tiene que estar metida en el mundo, en el «saeculum». Sin embargo, todavía hay infinidad de laicos cristianos muy remisos a sacar su voz y su presencia en la plaza pública. Prefieren lo intraeclesial.
La tercera ponencia del Congreso de «Evangelización y hombre de hoy», celebrado en Madrid del 9 al 14 de septiembre de 1985, llamó la atención sobre el hecho de que el mayor movimiento seglar en España no es el del compromiso temporal, sino el de los catequistas (200.000). La ponencia, en su primera redacción, calificaba el hecho como «síntoma enfermizo». Más tarde, por obra y gracia del cedazo de la censura y de los vigías de la ortodoxia, lo suavizó con la expresión de «síntoma de una desproporción.
Nadie pone en duda que el Concilio Vaticano ll pide a los laicos cristianos que su presencia sea más efectiva y no simplemente testimonial, que su fe sea realmente «confesante» por el compromiso socio-político, que participen en la vida asociativa, que asuman públicamente la responsabilidad en los diversos campos de la sociedad, haciendo hincapié en el compromiso a favor de la justicia, que ejerzan la «caridad política».
Es fácil deducir las exigencias y consecuencias que todo esto conlleva para unos laicos vicencianos cuyos ‘tamos y maestros» son los pobres.
Sin compromiso con la justicia no hay santidad
No quisiera olvidarme de lo que dijeron los obispos en el mensaje final del Sínodo sobre los laicos, en octubre de 1987. Es una resonancia viva del Concilio Vaticano ll: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios Lo curioso de esta afirmación fue la reacción de algunos grupos laicales: llegaron a decir que los obispos de todo el mundo se habían «desviado de su pastoreo espiritual».
iCuántas resonancias específicamente vicencianas contiene ese breve y conciso texto! Quiero suponer que no habrá constituido ninguna sorpresa para el laico vicenciano. Y, por supuesto, a partir de este imperativo de santidad, ya no hay lugar para coartadas maniqueas o para disculpas rebuscadas.
Dos meses después de que el Sínodo de los obispos hiciera esa atrevida llamada a la santidad, el Papa Juan Pablo ll lanzaba a la luz pública, el 30 de diciembre de 1987, su encíclica social «Sollicitudo rei socialis». No quiero pasar por alto un extenso párrafo de este documento, donde Juan Pablo II urge a todos los cristianos -y especialmente a los laicos- a un compromiso solidario por y con la justicia. Ciertamente, es también todo un programa de verdadera santidad: «Quiero dirigirme a todos, hombres y mujeres sin excepción, para que, convencidos de la gravedad del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra -con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y políticas y con la propia actuación a nivel nacional e internacional- las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres… En este empeño deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia, llamados, según el programa enunciado por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a ‘anunciar a los pobres la Buena Nueva…’. Y en esto conviene subrayar el papel preponderante que cabe a los laicos… A ellos compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia
Nuestro ser y nuestro actuar se juegan en el mundo de los pobres Hay un documento muy importante, de febrero de 1994, que nos recuerda algo fundamental y plenamente vicenciano: el «juicio de los pobres». El documento se titula «La Iglesia y los pobres», y fue trabajado, elaborado y redactado por la Comisión Episcopal de Pastoral Social. Todo el documento, además de resonancias conciliares, tiene un sabor inequívocamente vicenciano y, lógicamente, constituye para el laico vicenciano un examen de conciencia serio y un revulsivo vital.
El siguiente párrafo es absolutamente fundamental para discernir el compromiso de una Asociación que quiere respirar el carisma vicenciano: «La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena, según nos hayamos comprometido o inhibido ante los pobres. Los pobres son sacramento de Cristo. Más aún: ese juicio y esa justificación no solamente debemos pasarlos algún día ante Dios, sino también ahora mismo ante los hombres. Sólo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los oprimidos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por su liberación, por su dignidad y por su bienestar, puede dar un testimonio coherente y convincente del mensaje evangélico. Bien puede afirmarse que el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento»
VIEJAS Y NUEVAS TENTACIONES
Como modesto complemento de todo lo dicho, me atrevo a sugerir una serie de peligros o tentaciones que pueden acechar -y que, de hecho, acechan- a todo grupo, movimiento o asociación de laicos. Algunas de estas tentaciones pueden haberse enquistado desde hace mucho tiempo, otras pueden ser más recientes o incluso de ahora mismo.
El espiritualismo
Es curioso que, en una hora como la actual, en la que los grupos laicales son urgidos a un serio compromiso social, también reciben constantes reclamos a un intimismo espiritual desencarnado. Parece como si, para muchos, la experiencia de lucha por la justicia y la solidaridad fuese un camino acabado en su identidad cristiana. Y, naturalmente, tienden a evadirse de los conflictos y de las tareas esforzadas por la construcción del Reino, y se refugian en una privatización de su fe. En ellos abunda la espiritualidad de huída del mundo («fuga mundi») más o menos convenientemente maquillada para que no se note demasiado.
Hoy vuelven a sonar, en los grupos laicales, conceptos de santificación, impregnación transcendente de la sociedad, salvación, etc., que, en realidad, no son nada más que invernaderos de espiritualismo, rodeos para no complicarse la vida con el herido en el camino, una especie de «espiritualidad-estufa» donde se cultiva, sobre todo, lo afectivo y lo emocional. Y denotan un divorcio entre la fe y la vida, una vieja dicotomía entre la fe y el amor solidario.
El autoaislamiento
No son pocos los grupos que, en el nuevo contexto social, tienen miedo a perder su identidad. Entonces, surge la tentación de replegarse a los «cuarteles de invierno», de encerrarse en posiciones o reservas de mayor comodidad, ignorando la nueva sociedad y cayendo en el aislamiento. Y con ello se fomenta la atmósfera de gueto, la negativa a la colaboración con quienes son distintos. Es, en realidad, el camino más fácil para el espiritualismo.
El narcisismo
Nos cuenta el primer biógrafo de Vicente de Paúl, Luis Abelly, que, en cierta ocasión y ante las penurias económicas y la miseria que se avecinaba, y que iba a afectar a la naciente Congregación de la Misión por él fundada, el santo reveló a uno de los suyos: «Estoy triste por nuestra Compañía, pero ella no me preocupa tanto como los pobres. Nosotros nos libraremos yendo a pedir pan a las otras casas nuestras, si ellas tienen, o a servir de vicarios en las parroquias. Pero, en cuanto a los pobres, ¿qué harán? ¿podrán irse? Confieso que ellos son mi peso y mi dolor…
La tentación que puede rondar a cualquier grupo o asociación laical en la Iglesia, incluyendo también al laicado vicenciano, es justo al revés de lo que le pasaba a Vicente de Paúl: que le preocupe mucho más la cantidad de miembros, el ser los mejores o los más influyentes, el lustre y el halago de la Institución por parte de los mandatarios, el éxito apostólico a costa de lo que sea, la buena imagen… Y, naturalmente, las fuerzas se gastan no en la lucha por la justicia y la solidaridad, sino en tener un gran andamiaje institucional que, a la larga, se vuelve totalmente estéril, antievangélico y antivicenciano.
La «prudencia»
Por supuesto, entre comillas para no ser demasiado imprudente. Sólo me voy a fijar en la clasificación que hace J. Espeja de los movimientos apostólicos y comunidades de vida cristiana en España, tomando como baremo indicador la recepción del nuevo aire conciliar y su consiguiente puesta al día.
El autor habla de movimientos o grupos que se centran, sobre todo, en un compromiso vital de tipo religioso, movimientos que se centran de modo especial en lo carismático-contemplativo y movimientos que se centran en un compromiso religioso formulado en líneas generales. Y este último apartado lo subdivide, a su vez, en tres grupos: los del trabajo bien hecho (Hermandades, Opus Dei, Acción Empresarial…), los de espiritualidad familiar y promoción de la familia, y los de caridad (Cáritas, Frater, AIC o Voluntariado de la Caridad de San Vicente de Paúl, Sociedad de San Vicente…).
A continuación, señala que hay un cuarto grupo compuesto por los laicos comprometidos en la lucha por la justicia y la solidaridad. Y el autor apunta: «A este cuarto grupo, auténtico protagonista de la recepción del Concilio y acompañante, como poco, del nuevo sujeto colectivo en gestación, se le incorporarán progresivamente algunos movimientos del anterior sector: Cáritas, con apasionados altibajos, Hermandades y Frater, con cierta lentitud, Voluntariado de la Caridad de San Vicente de Paúl y Sociedad de San Vicente con demasiada y excesiva lentitud y prudencia…»
Es decir, que en dicho estudio, no se apunta el paso valiente, decidido y decisivo de los laicos vicencianos. Ciertamente, el análisis citado puede ser todo lo subjetivo y arbitrario que se quiera, pero ésa es la visión de un observador externo.
¿No le habrán dado pie a dicho juicio bastante negativo los mismos movimientos laicales vicencianos con el excesivo culto a una «prudencia» mal entendida y peor practicada? ¿Es que todavía sigue en vigor aquel chascarrillo antiguo y malévolo que proclamaba algo así como «para ser dama de beneficencia, hay que ser buena pero con prudencia»?
La falta de organización, coordinación, colaboración e inserción Nadie puede negar que dos de las notas características de la caridad vicenciana son la organización y la coordinación. Y nadie puede negar tampoco que la colaboración en la lucha contra la pobreza y la inserción en los planes o programaciones de pastoral social nacional, diocesana o parroquial es casi un dogma entendido y aceptado, al menos teóricamente, por todos.
La evidente tentación es querer funcionar al margen de esos planes de pastoral caritativo-social y recluirse, con cierta dosis de altanería o despiste, en «nuestros planes». La tentación es querer actuar por lo libre. Los obispos españoles, en su excelente documento «Testigos del Dios Vivo», advierten: «A pesar del reconocimiento de la acción generosa de tantos cristianos, a nadie debe extrañar si decimos que el momento actual de nuestra Iglesia requiere intensificar y coordinar mejor las formas organizadas de ejercer la caridad en favor de los pobres y de los necesitados. Lo requiere la misma naturaleza de la evangelización lo requiere también el sufrimiento de tantos hermanos nuestros…, Lo requieren los ‘nuevos pobres’ de la sociedad moderna
RECORDATORIO AGRADECIDO
Se ha dicho que todavía un buen número de laicos, hombres y mujeres, constituyen, dentro de la comunidad eclesial, la ‘mayoría silenciosa». Sin embargo, también es cierto que cada vez hay más laicos y laicas, grupos y Asociaciones laicales, que viven su fe adulta y están convencidos de su vocación y de su misión en la comunidad eclesial y en la sociedad civil. Y, por supuesto, el Concilio Vaticano ll ha marcado en este tema del laicado -como en otros temas fundamentales- un antes y un después. Habrá que esculpir en letras de oro algo tan sencillo y tan superlativo, tan normal y tan extraordinario, como que Concilio Vaticano II ha sido el primer Concilio que se ha ocupado de los laicos directa y explícitamente. Estoy seguro de que las generaciones venideras agradecerán este recordatorio.
Celestino Fernández
La Milagrosa







