VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (V)

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (V)

URGENCIAS Y CRITERIOS PASTORALES PARA LA CARIDAD Y LA MISIÓN HOY

Confieso que, al encarar este tema sobre la «caridad y la misión», se han mezclado en mi cabeza y en mi ánimo distintas sensaciones. Por un lado, me parece un tema sencillo, diáfano y al alcance de cualquiera que esté un poco en contacto con el evangelio y con el carisma vicenciano.

Estamos ante dos palabras clave de nuestro ser y de nuestro quehacer cristiano y vicenciano. Bastaría con recordar algo tan sabido y estudiado como que la caridad o el amor es la expresión que define la realidad misma de Dios: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8), que el amor resume todo el proyecto de Dios sobre la humanidad: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros» (Jn 13, 34), y que nuestro destino está determinado por la actitud de entrega y amor servicial: «Tuve hambre y me disteis de comer…» (Cf. Mt 25, 31-46). Y bastaría también con recordar que la misión es la expresión efectiva y creíble de la caridad, la que resume la actividad de Jesús de Nazaret, la que justifica la realidad misma de la Iglesia, y la que define nuestra vocación cristiana y vicenciana.

No harían falta más explicaciones sobre el tema. Sólo sería cuestión de que cada uno de nosotros pensáramos, desde nuestra propia experiencia, en las implicaciones, manifestaciones y compromisos que conllevan la caridad y la misión.

Y, si quisiéramos completar el tema, podríamos hacer un recorrido sucinto por las obras, trabajos, desvelos y testimonios de las distintas ramas del árbol vicenciano, con toda la carga de amor y de servicio a los pobres y marginados de los diversos tiempos y lugares.

Pero, al mismo tiempo, hay que reconocer que este tema es complicado. Porque la concreción de la caridad se presta a mil interpretaciones, unas veces contrapuestas y otras veces, complementarías; porque, consciente o inconscientemente, somos hijos de una historia que ha vivido de modo muy diverso tanto la caridad como la misión. Sin olvidar que vivimos en un contexto sociocultural excesivamente ideologizado, donde la caridad y la misión pueden caer en la trampa que les tiende cualquier ideología política, social o económica. Si a esto añadimos que este tema, precisamente por ser esencial, puede resultar también muy global y genérico, entonces la complejidad y la abstracción están a la vuelta de la esquina.

Para terminar esta especie de descargo de conciencia, añadiré que me voy a circunscribir básicamente al ámbito vicenciano. Entre otras razones, porque me muevo con más comodidad y soltura en él. Y, por supuesto, está muy lejos de mi ánimo la pretensión de dar soluciones y recetas. Lo de urgencias y criterios pastorales» suena a presentar una serie de recetas, líneas, principios más o menos infalibles… Mi reflexión quiere ser solamente una ayuda y una invitación a leer en clave actual la hermosa e interpelante herencia de Vicente de Paúl.

 

ESTRUCTURA DIACÓNICA DEL CARISMA VICENCIANO

Tenemos que comenzar con algo que, a primera vista, puede resultar bizantino o propio de aquellas interminables discusiones sobre términos y vocablos en que se perdía la filosofía escolástica. Pero tiene su importancia. Porque siempre se tiende a tratar la caridad y la misión como dos realidades ciertamente nucleares pero distintas. En cualquier libro de teología y en muchos de vicencianismo se dedica un capítulo a la caridad y otro a la misión. Si se me permite la ocurrencia, es como cuando se creía que San Vicente de Paúl fundó dos Congregaciones: una para la misión (para evangelizar predicando) y otra para la caridad (para el servicio directo).

Sin embargo, Vicente de Paúl tuvo muy claro que «caridad y misión» son dos realidades absolutamente inseparables, aún más, indisolubles. No sólo que la caridad alimenta e impulsa la misión, y la misión expresa y concreta la caridad, sino que ambas se entremezclan de tal forma que constituyen una misma realidad.

Por eso, nos viene bien desentrañar en el carisma vicenciano un hilo conductor que nos explica perfectamente lo dicho. Me refiero a esa especie de estructura -a pesar de que algunos expertos de la vida espiritual digan que el carisma no se puede estructurar que podríamos llamar «diacónica». Con esta expresión me estoy refiriendo a la caridad, al servicio de la caridad, a la misión de la caridad, a la diaconía en su sentido etimológico de amor servicial. Porque en la diaconía habitan en una perfecta unión la caridad, la comunión, el servicio, la misión, la entrega total.

Todas las acciones, pensamientos, intuiciones, actitudes de Vicente de Paúl tienen la motivación, la urgencia y el enfoque de la caridad como misión y de la misión como caridad. Y su estilo de vida y el que machaconamente recomienda a sus hijos e hijas es «vivir en estado de caridad». Aún más, la perfección cristiana a la que deben aspirar sus seguidores y seguidoras es la «perfección de la caridad». Y la razón más importante para que sus hijos e hijas se distingan de los religiosos y religiosas es, precisamente, la vivencia en el estado de caridad y el emplearse a fondo en la perfección de la caridad.

Ahí está su famosa conferencia a los misioneros sobre la caridad, el 30 de mayo de 1659, que termina con esta súplica que, de alguna manera, es como un resumen de la larga conferencia: iSé tú, Señor, nuestro agradecimiento por habernos llamado a este estado de vida de estar continuamente amando al prójimo, sí, a este estado y profesión de entrega a este amor, ocupados en el ejercicio actual del mismo o en disposición de ello, abandonando incluso cualquier otra ocupación para dedicarnos a las obras caritativas! De los religiosos se dice que están en un estado de perfección; nosotros no somos religiosos, pero podemos decir que estamos en un estado de caridad, ya que estamos continuamente ocupados en la práctica real del amor o en disposición de ello»

Y ahí está, también como ejemplo, una carta a un sacerdote de la Misión, Antonio Fleury, en la que Vicente de Paúl le anima encarecidamente: «Si nuestra perfección se encuentra en la caridad, como es lógico, no hay mayor caridad que la de entregarse a sí mismo por salvar a las almas y por consumirse Io mismo que Jesucristo por ellas. Y a eso es a lo que ha sido usted llamado y a lo que está pronto a responder, gracias a Dios. Con esa idea entró usted en la Compañía, que está totalmente consagrada a la imitación de Nuestro Señor, y es ésa la resolución que ahora tomaría si no la hubiese tomado ya».

Y si nos quedase alguna duda, no hace falta nada más que acudir a las muchísimas veces que Vicente de Paúl une -y recomienda unir- el amor afectivo y el amor efectivo como dos realidades que tienen que formar un solo cuerpo, como la unión inseparable entre caridad y misión. O cuando advierte que el amor afectivo sin compromiso misionero -o sea, la caridad sin la misiones, por lo menos, sospechoso: «Muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo… Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos…»

Por eso, se puede decir que el carisma vicenciano está habitado por un fuego inextinguible y abrasador: el fuego de la caridad que nos cohesiona, nos urge y nos quema en la misión. Vicente de Paúl lo deja dicho con toda claridad: «Es verdad que la caridad, cuando habita en un alma, ocupa por entero todas sus potencias: no hay descanso; es un fuego que actúa sin cesar; mantiene siempre en vilo, siempre en acción, a la persona que se ha dejado abrazar una vez por el.

Si no entramos en esta estructura diacónica del carisma vicenciano, en esta unión indisoluble de caridad y misión, nunca entenderemos en profundidad nuestro ser y nuestro quehacer. O correremos el peligro de caer en espiritualismos nada recomendables para un cristiano y para un vicenciano.

 

TRES DIMENSIONES FUNDAMENTALES PARA ENTENDER LA CARIDAD Y LA MISIÓN VICENCIANAS

Pero esta estructura diacónica del carisma vicenciano no se puede entender en toda su profundidad y extensión, si no acudimos a tres vivencias fundamentales que alimentan, cimentan y dinamizan la «fe y la experiencia» de Vicente de Paúl. Como alguien ha dicho, Dios, Jesucristo y los pobres son tres realidades básicas que se entremezclan y se clarifican desde lo más interior del carisma vicenciano . Disociar y separar estas realidades sería como negarse a entender la caridad y la misión como motor del carisma vicenciano. Además, hay que darse cuenta de que estamos hablando de «caridad y misión», no de mero altruismo, de humanismo propio de una ONG o de equipos especializados en tareas sociales. Vamos, pues, a aproximarnos por unos momentos a estas tres dimensiones:

Dios-Amor

Es ya sabido que la caridad tiene a Dios como origen y fuente. Se podrían espigar numerosas frases del Nuevo Testamento donde esta afirmación queda meridianamente clara: «El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros» (1 Jn 4, 10); «Nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19); «Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5, 5); «Dios es amor y el que vive en el amor vive en Dios y Dios vive en Él» (1 Jn 4, 16).

Igualmente, se podrían citar algunas frases de Vicente de Paúl con esas mismas expresiones, por ejemplo el hermoso texto que dirige a las Hijas de la Caridad: «Donde está la caridad, allí está Dios. El claustro de Dios, dice un gran personaje, es la caridad, pues allí es donde Dios se complace, donde se aloja, donde encuentra su palacio de delicias, su morada y su placer. Sed caritativas, sed benignas, tened espíritu de paciencia, y Dios habitará con vosotras, seréis su claustro, lo tendréis entre vosotras, lo tendréis en vuestros corazones»

Como dice un teólogo actual, «el amor no es tan sólo una actividad más de Dios, sino que toda su actividad es una actividad amorosa. Si crea, crea por amor; si gobierna las cosas, Io hace en el amor; cuando juzga, juzga con amor… No hay más Dios que el Dios que ama, y no hay más hombre auténtico que el que se sitúa en ese amor y permanece en él como en una morada de donde saca fuerza, vida y sentido»

Pero en el contexto del carisma vicenciano, la afirmación de que «Dios es Amor» nos remite a «Dios protector de los pobresa «Dios defensor de los oprimidos», a «Dios apoyo de los débiles y de los vulnerables»… Al mismo tiempo, cuando hablamos o reflexionamos sobre la fe de Vicente de Paúl inmediatamente se nos pone por delante el amor, la caridad, la solidaridad, la opción por los pobres y desheredados, la lucha por la justicia… Es decir, aparecen ante nosotros dos principios tan vitales como incontrovertibles: primero, que la caridad, el amor antes que un mandamiento y un compromiso es una realidad de fe o una verdad teológica; y segundo, que el amor, la caridad verifican la fe, hacen que la fe sea creíble y verdadera. iCuántas veces hemos olvidado que la ortopraxia hace creíble a la ortodoxia!

Benedicto XVI ha explicado todo esto con una frase lapidaria: «El mandamiento del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser mandado porque antes es dado»

Vicente de Paúl, sin grandes formulaciones teológicas, Io entendió perfectamente y lo llevó a la práctica con total convencimiento. Supo verificar su fe en el amor. Es más, su noche oscura de la fe se fue volviendo claro amanecer cuando resolvió entregar su vida a Dios en el servicio total y absoluto a los pobres. Su primer biógrafo, Luis Abelly, nos cuenta la decisión de Vicente de Paúl y la consecuencia que tuvo respecto a la fe: «Decidió un día tomar una resolución firme e inviolable de honrar aún más a Jesucristo, y de imitarlo con mayor perfección que hasta entonces y fue: entregarse toda su vida por su amor al servicio de los pobres. En cuanto formó dicha resolución en su alma, por un efecto maravilloso de la gracia, todas las sugestiones del maligno espíritu se disiparon y se desvanecieron. Su corazón, que había vivido tanto tiempo bajo la opresión, se encontró sumido en una dulce libertad, y su alma quedó saturada de una luz tan abundante, que en varias ocasiones confesó que le parecía ver las verdades de la fe con una luz muy especial

Jesucristo, anonadado por amor

La mejor y más profunda explicación sobre este punto nos la da el mismo Vicente de Paúl. Es toda una lección de la mejor teología sobre el Verbo encarnado, anonadado y humillado.

Me refiero a un amplio párrafo de su conferencia, del 30 de mayo de 1659, a los sacerdotes y hermanos de la Misión sobre la caridad. Es, sin duda, el más elevado resumen de lo que significa el Cristo-Amor en el carisma vicenciano y de las consecuencias que conlleva el seguimiento de ese Cristo-Amor-anonadado: «Miremos al Hijo de Dios: iqué corazón tan caritativo! iqué llama de amor! Jesús mío, dinos, por favor, qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tormentos que has recibido. iOh Salvador! jFuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Hermanos míos, si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás.

Ahora bien, ese Cristo anonadado tiene una vinculación especial con los pobres en el universo de la caridad vicenciana. Porque la vida y la misión de Jesús están tan estrechamente referidas al mundo de los pobres y a él pertenecen de forma tan esencial, que sin esa referencia o pertenencia, queda desvirtuado el mismo Jesús en su condición de salvador de todos los hombres . Y, por supuesto, queda desvirtuada la más auténtica caridad y misión vicencianas. Por eso, para descubrir el criterio de la caridad en Vicente de Paúl, es preciso introducirse en el mensaje y en la misión de Jesús como referencia absoluta a su predilección por los pobres.

La opción exclusiva y obligatoria por el pobre

Ya sé que se ha acuñado en la Iglesia una expresión muy laudable: «opción preferencial por el pobre» , Ya sé que la expresión «opción exclusiva u obligatoria por el pobre» puede sonar a radicalidad o exageración. Pero cada vez que leo y releo la opción de Vicente de Paúl por los pobres y abandonados, me confirmo más y más en lo de opción exclusiva e, incluso, obligatoria. Si me pongo a la escucha del corazón de Vicente de Paúl, le oigo latir insistentemente al ritmo de esta opción. Desde el momento en que descubrió a los pobres, quemó las naves para dedicarse exclusivamente a los que nada tienen, a los que, además de la pobreza material, tienen sobre sus espaldas la pobreza y el desamparo espiritual. Y, desde el evangelio, vio la obligatoriedad de su opción.

Además, la caridad y la misión vicencianas no podrían existir sin la referencia explícita a los pobres, destinatarios primordiales de esa caridad y de esa misión. Aún más, al hablar de los pobres en el lenguaje vicenciano, inmediata e instintivamente se nos vienen a la cabeza la palabras caridad y misión, y al hablar de la caridad y de la misión, los pobres aparecen en primerísima fila. Los pobres están en el mismísimo centro del corazón del carisma vicenciano.

Y para que esta opción exclusiva y obligatoria por los pobres no se difumine ni se edulcore con teologías de correctos y diplomáticos centrismos, Vicente de Paúl estableció dos focos iluminadores: «Los pobres, como sacramento de Cristo» y «los pobres como amos y señores nuestros

 

REVITALIZAR LA CARIDAD Y LA MISIÓN HOY

Se ha dicho, con toda razón, que cualquier Institución tiene el peligro de vivir cómodamente a la sombra de una historia feliz. También la Familia vicenciana tiene el peligro y la tentación de conformarse con lo que han hecho nuestros antecesores, empezando por los Fundadores, y no dar el salto a lo que hoy debemos hacer. Para evitar esa tentación es bueno que nos situemos en el hoy y aquí, y que, empujados por la historia de nuestra Familia, repasemos las tareas urgentes que la caridad y la misión vicencianas tienen que llevar a cabo en la sociedad actual y los criterios que tienen que ofrecer ante los múltiples desafíos que este mundo les presenta. Es la mejor forma de inyectar savia nueva en nuestro carisma. Es decir, es la hora de la revitalización.

Sin ánimo de agotar el tema, voy a indicar brevemente algunas de esas urgencias y criterios como caminos para revitalizar la caridad y la misión. Pongo en el mismo bloque las urgencias y criterios, porque, en definitiva, toda tarea urgente lleva implícitos unos criterios de actuación y todo criterio está apoyado en unas actitudes y convencimientos. Y, aunque he dicho que la caridad y la misión forman un cuerpo indisoluble, voy a tratarlo por separado por razón de pedagogía y para mayor claridad.

 

URGENCIAS Y CRITERIOS PARA LA CARIDAD

La recuperación de la palabra «caridad»

Hay que reconocer que la hora actual no es la más propicia para entender debidamente la caridad. Se ha generado un ambiente cultural, social e incluso eclesial donde la sola palabra caridad es tomada como algo trasnochado y propio de personas buenas y piadosas, pero nada más. Es curioso cómo en cursillos, reuniones, congresos… se tiende a suprimir la palabra caridad y a sustituirla por solidaridad, civilización del amor, humanismo… Da la impresión de que cualquier palabra es válida con tal de que no aparezca el vocablo caridad. Usando una expresión que hoy está muy de moda, se puede decir que, en muchísimos círculos, la palabra caridad no es socialmente correcta. El Papa Benedicto XVI lo constata en su encíclica «Caritas in veritate»: «Soy consciente de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad, con el consiguiente riesgo de ser mal entendida o excluida de la ética vivida y, en cualquier caso, de impedir su correcta valoración

Naturalmente, cualquier miembro de la Familia vicenciana puede responder desde el carisma de nuestro Fundador y, sobre todo, desde la práctica diaria de tantísimos hijos e hijas de San Vicente que esa lectura degradada de la caridad» no tiene nada que ver con el verdadero significado y sentido de la caridad cristiana y vicenciana. Pero también es necesario reconocer que arrastramos una larga historia donde no siempre la caridad ha brillado con la nitidez evangélica que debiera. Y, por supuesto, los vicencianos y vicencianas no estamos fuera de esa historia negativa.

Acabar con el dilema «caridad o justicia

En la mentalidad actual, todavía sigue vivo el conflicto entre caridad y justicia, un conflicto donde se privilegia la justicia por encima de la caridad. Ciertamente, la caridad nunca puede ser encubridora de injusticias ni expresión de paternalismos. Es evidente que sin justicia no hay ni puede haber caridad.

No se puede afirmar que se está a favor de los pobres, que se les ama y se les sirve, si no se lucha contra la pobreza, contra las causas que la generan y contra las injusticias que la perpetúan. El Papa Juan Pablo ll lo dijo muy claramente: «El amor por el hombre, y en primer lugar por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción por la justicia.

Pero la justicia por sí sola no es suficiente. Ya sabían de ese peligro los romanos cuando decían que la justicia más estricta puede llegar a convertirse en la más flagrante injusticia («summum ius, summa iniuria”)  Aún cuando el hombre tenga una seguridad social que cubra todas sus necesidades, seguirá necesitando siempre ser atendido con amor

Hay que llegar, pues, a la necesidad de integrar profundamente la justicia y la caridad, la caridad y la justicia. También el Papa Benedicto XVI lo ha subrayado en su encíclica antes citada: «Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es inseparable de la caridad, intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad» ya Vicente de Paúl nos dijo: «iQue Dios nos conceda la gracia de enternecer nuestros corazones en favor de los miserables y de creer que, al socorrerles, estamos haciendo justicia y no misericordia»

Una nueva imaginación de la caridad

Esta expresión es de Juan Pablo ll en su carta apostólica «Novo millennio ineunte”. Viene a decir Juan Pablo ll que se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy requiere mayor creatividad. Es decir que esta «imaginación de la caridad» requiere con urgencia la búsqueda arriesgada de nuevos métodos, nuevas formas y nuevas expresiones serviciales.

Ahí está el «cambio sistémico» como reto y urgencia, como clave imprescindible para hacer una lectura actual, hoy y aquí, de la caridad vicenciana

La organización coordinada y la preparación

Nadie puede negar que la organización coordinada está, desde el principio, en las entrañas mismas de la caridad vicenciana. La famosa frase que Vicente de Paúl pronunció aquel domingo 20 de agosto de 1617 en Châtillon-les-Dombes: «He aquí una gran caridad, pero mal organizada», fue el talismán para la fundación de lo que hoy es la AIC («Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl»), la primera Institución vicenciana.

Y al lado de la organización siempre ha caminado la preparación adecuada, la formación continua y actualizada. Basta con asomarse a los Reglamentos de las primeras «Cofradías de la Caridad». Allí se palpa la preocupación por un servicio de calidad hasta en los mínimos detalles.

Sin esa organización y sin esa preparación, se corre el riesgo de la dispersión, del cansancio y de la incompetencia; se cae en la tentación del «amateurismo» que es tanto más peligroso cuanto que la acción se lleva a cabo con personas vulnerables, frágiles, que necesitan un apoyo constante para salir por sí mismos de sus dificultades y poder promocionarse. Además, sin una actuación organizada es muy difícil ver, estudiar y profundizar las causas que generan las situaciones de miseria y marginación

 

URGENCIAS Y CRITERIOS PARA LA MISIÓN

Reactivar el marco específico de la misión vicenciana

El 6 de diciembre de 1658, en una conferencia sobre la finalidad de la Congregación de la Misión, Vicente de Paúl presenta lo que podríamos llamar el marco específico de la misión vicenciana: «Dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres

Desde este marco específico deben inspirarse, orientarse y articularse todas las acciones misioneras. Y también hacia este marco general deben confluir todas las actitudes y disposiciones.

El acercamiento a la realidad

El comienzo del compromiso misionero está en la experiencia, y la implicación brota del impacto producido por la realidad. Es imprescindible, pues, asomarse y aproximarse a la realidad. Cuando hablamos de «prójimo» no nos referimos solamente a alguien que está a nuestro lado casi por casualidad, sino que implica una disposición de hacernos «próximos» nosotros mismos, conlleva una actitud de introducirnos en la realidad sangrante de los márgenes, allí donde son arrojados los que no caben en el sistema, Abrirse a la realidad, percibir el mundo de la carencia, de las desigualdades y de la injusticia, y dejarse interpelar por él, sigue siendo un paso imprescindible en la misión vicenciana.

Leer la vida desde el reverso de la historia

El padre de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, dice que «es necesario insistir en que la historia (donde Dios se revela y lo anunciamos) debe ser releída desde el pobre, desde los condenados de la tierra». Y cita también unas hermosas palabras de D. Bonhoeffer: ‘(Hemos aprendido a ver los grandes acontecimientos de la historia del mundo desde abajo, desde la perspectiva de los inútiles, los sospechosos, los maltratados, los sin poder, los oprimidos, los despreciados, en una palabra, desde la perspectiva de los que sufren.

No cabe duda de que el mundo se ve de distinta manera desde las chabolas que desde los palacios, desde las pateras que cruzan el mar sin rumbo que desde la orilla de la tierra prometida, desde los parados que desde los que tienen la vida solucionada.

Lógicamente, esto requiere que recuperemos toda la fuerza «subversiva» y transformadora de la «espiritualidad de encarnación», santo y seña de la espiritualidad auténticamente vicenciana.

Potenciar la misión compartida

Llevamos muchos años, por lo menos desde el Concilio Vaticano ll, hablando de la participación, de la colaboración, de la implicación de los laicos en la misión de la Iglesia. Y llevamos también muchos años hablando de la misión de la Familia vicenciana. Es la hora de tomarse en serio la misión compartida. En octubre de 1964, aquella santa y sabia Hija de la Caridad, Sor Susana Guillemin, escribía con acento profético: «Hay que pasar de una posición de autoridad, a una posición de colaboración. Y, ciertamente, desde entonces ha trascurrido mucho tiempo, tal vez demasiado.

La misión compartida por parte de todas las ramas del árbol vicenciano exige conocimiento mutuo, colaboración sin prejuicios ni protagonismos, apertura sincera, cambio de esquemas, comunión leal, formación conjunta, fortalecimiento del carisma vicenciano, unión sin confusión.

La presencia en la vida pública

Aquí me refiero especialmente a los laicos de la Familia vicenciana. Y lo hago al hilo del importante documento que publicaron los obispos españoles en un tiempo bastante lejano, abril de 1986, pero de plena actualidad. Un documento titulado «Los católicos en la vida pública». Ciertamente, hay mucho miedo o desidia en los laicos vicencianos a la hora de estar presentes, como fermento de caridad y como testimonio de misión, en la vida pública.

En este documento se pide a los laicos que se comprometan en la vida pública, que su presencia sea más efectiva y no simplemente testimonial, que su fe sea realmente «confesante» por el compromiso socio-político, que participen en la vida asociativa, que asuman públicamente la responsabilidad en los diversos campos de la sociedad, haciendo hincapié en el compromiso a favor de la justicia. Hay que subrayar que el documento de los Obispos dedica dos amplios números a la «caridad política». Y se refieren a ella cuando dicen: «No se trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo… Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres».Los vicencianos tenemos que dar el salto, de una vez por todas, a la llamada «caridad política». Es decir, no podemos olvidar dos dimensiones que vienen ya de Vicente de Paúl: la lucha por el cambio de estructuras y la denuncia profética.

Y en la historia de nuestra Familia vicenciana tenemos espejos muy significativos de presencia militante en la vida pública donde mirarnos e interrogarnos. Por ejemplo, hay que subrayar cómo, a finales del siglo XIX y a raíz de la publicación de la primera encíclica social «Rerum novarum» de León XIII, el primer sindicato de mujeres obreras de Francia fue fundado y liderado por una mujer perteneciente a la Asociación vicenciana que entonces se llamaban las «Hijas de María». Y hay que subrayar también cómo Federico Ozanam -tal vez el mejor intérprete moderno de Vicente de Paúl- participó en la fundación del periódico «L’àre nouvelle» y, desde esa tribuna pública, luchó denodadamente por la dignidad y los derechos de los excluidos sociales.

Privilegiar la acción misionera en la evangelización

A mediados de los años sesenta, recién terminado el Concilio Vaticano ll, un laico comprometido y luchador, Alfonso Carlos Comín, publicó un libro titulado «España, ¿país de misión?„ 28 bro molestó a muchos -estábamos en la «católica» España- y fue tomado a broma por muchos más. Como siempre suele ocurrir, el tiempo le ha dado la razón.

Hoy vivimos, sin remedio, en un clima de increencia cada vez más agudo y clamoroso. Se va extendiendo, en progresión geométrica, una especie de huracán terco y silencioso de indiferencia hacia todo lo sagrado, lo trascendente y lo religioso. Y también se va haciendo cada vez más grave la supina ignorancia en todo lo tocante al cristianismo.

En la tradición vicenciana tenemos una «misión», heredada del mismo Vicente de Paúl, llamada «popular», es decir, dirigida al pueblo. Una misión que ha constituido siempre la patente de nuestra identidad y vocación vicencianas. Esta misión popular ha tenido momentos gloriosos en los largos años de cristiandad. Hoy está en horas bajas. Entre otras cosas, porque la sociedad ha cambiado radicalmente o porque no hemos sabido encontrar ese punto difícil de renovación, de adaptación, de refundación…

¿No habrá que retomar con audacia, con creatividad, con imaginación, con paciencia, con entusiasmo esa misión popular? ¿No habría que aunar fuerzas, inteligencias, programas, proyectos para refundar esta misión popular? Si la misión popular, como método y proyecto evangelizador, fue considerada urgente y necesaria en la época de cristiandad, hoy es urgentísima.

La «misionariedad» como actitud básica

En algunas ocasiones, el actual Papa Francisco ha citado una palabra poco empleada en nuestro habitual lenguaje pastoral. Me refiero al vocablo «misionariedad. Con este vocablo hace alusión a una actitud misionera que impregne toda nuestra vida, que llene de sentido nuestro ser cristiano y eclesial, que oriente todas nuestras acciones evangelizadoras, y que esté en la base de la evangelización. Una actitud que va mucho más allá de simples actos o de programas misioneros.

Esta actitud está inserta en el carisma, en la espiritualidad y en la mejor tradición vicenciana. Hay que recordar que el testimonio misionero innovador de Vicente de Paúl nos llama a priorizar y profundizar el trabajo misionero entre los pobres y nos invita a estar en la vanguardia de la misión.

 

CODA FINAL

Caridad y misión son una misma urgencia ineludible en el momento actual. De ambas está necesitando nuestro mundo y ambas son compromiso serio de toda la Iglesia y, particularmente, de la Familia vicenciana. Y en el centro de la caridad y de la misión están los pobres. Por eso, desde los pobres tenemos que evaluar nuestro compromiso. Por ejemplo, ¿son los pobres quienes determinan nuestros servicios y nuestros ministerios? ¿son los pobres quienes conforman nuestra mentalidad y nuestros criterios? ¿están adecuadas nuestras estructuras al servicio de los pobres? ¿nos apremia de verdad el amor de Cristo y nos acercamos a los pobres desde ese amor?

Son interrogantes básicos que están ahí, esperando una respuesta sincera, coherente y convincente. Parafraseando al viejo Bob Dylan, en aquella canción titulada «La respuesta está en el viento», yo me atrevería a decir que la respuesta está en cada uno de nosotros.

 

Celestino Fernández

La Milagrosa

 

 

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