VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (IV)
MEMORIA INTERPELANTE DE UN DEFENSOR DE LOS POBRES
En la película «Monsieur Vincent» («El señor Vicente»), mezcla de historia real y ficción ajustada a la realidad, hay una larga escena tan sugerente como esclarecedora. Vicente de Paúl se entrevista con el Canciller Séguier, una especie de Ministro de Justicia y de Interior, y éste le comunica que, dentro de unos días, no habrá ni un solo pobre en la ciudad de París.
Ante el asombro gozoso de Vicente de Paúl, el Canciller Séguier le da la clave para acabar con los pobres: «Los arrestaré a todos». Vicente de Paúl, enojado, replica: «La caridad, señor Canciller, consiste en ayudar a los pobres a mantener su dignidad de personas». Y el Canciller Séguier corta el diálogo con un arrebato inefable: «iLa caridad! iLa caridad! Es la que vos habéis inventado. Antes no era más que una virtud, era perfecta. Se invitaba a las damas de linaje en sus parroquias, se la mencionaba en los sermones, provocaba una lagrimita, una moneda de la bolsa y todo el mundo estaba tranquilo. Vos habéis sido un visionario. Habéis removido cielo y tierra. Y tanto fastidiáis con vuestra caridad que la habéis echado en manos del gobierno… Sinceramente, ¿creéis que tenemos necesidad de vuestra caridad? Antes de vuestra cruzada, también había pobres y no perturbaban el sueño de las personas decentes…».
Esta sencilla e intensa escena cinematográfica puede constituir un adecuado telón de fondo para entender plásticamente la figura de Vicente de Paúl en la faceta específica de su lucha por la dignidad de los pobres y en su defensa a ultranza de todos los marginados y excluidos del banquete de la vida.
Para Vicente de Paúl, la experiencia de Dios, la identificación con Cristo, la espiritualidad de ojos abiertos… siempre debe desembocar en el compromiso social en favor de la justicia y en la defensa de los sin voz. Con el convencimiento profundo de que se haga realidad lo que expresó el Sínodo de los obispos en 1987: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos»
«A COSTA DE NUESTROS BRAZOS Y CON EL SUDOR DE NUESTRA FRENTE»
Después de las reflexiones de los capítulos anteriores, es lógico que el lector se haga una serie de preguntas. Por ejemplo: ¿Cómo tiene que comportarse un vicenciano, en la práctica, ante los pobres? ¿qué compromisos concretos y realistas tiene que llevar a cabo para que su espiritualidad vicenciana sea coherente y creíble? ¿qué estrategia y qué líneas de acción tiene que poner en marcha para dar el paso desde el «amor afectivo al amor efectivo» en favor de los pobres? ¿qué actitudes y criterios de servicio amoroso, generoso, desinteresado, solidario, samaritano y liberador tiene que desarrollar?
E, inmediatamente, Vicente de Paúl nos proporciona la respuesta inequívoca: «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo… Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos… No, no nos engañemos: ‘Totum opus nostrum in operatione consistit’ (Todo nuestro quehacer consiste en la acción)»
En estas palabras, está la prueba de que, ante los pobres, los vicencianos no pueden quedarse en una espiritualidad intimista y teórica. Por el contrario, el mismo Vicente de Paúl lanza una consigna donde no caben las coartadas maniqueas o las escapatorias esquizofrénicas: «Así pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados»
Con esa perspectiva realista, entramos en lo que podríamos llamar la «praxis vicenciana en el servicio integral (humanización y evangelización) a los pobres». Es decir, hacemos memoria de las actitudes, las líneas fundamentales, la estrategia, los frentes de lucha y de compromiso que Vicente de Paúl tuvo, emprendió y llevó a cabo en la defensa de los débiles y abandonados. Una memoria que nos interpela, nos anima y nos revitaliza.
PUNTO DE PARTIDA: LA EMINENTE DIGNIDAD DEL POBRE
El sermón cuaresmal más famoso que el incomparable J. B. Bossuet predicó en la Catedral de Notre Dame, de París, se tituló: «Sobre la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia». Bossuet frecuentó asiduamente las llamadas «conferencias de los martes», aquellas reuniones de formación permanente del clero que Vicente de Paúl instituyó y animó con enorme éxito. Y precisamente, de Vicente de Paúl aprendió Bossuet a descubrir la dignidad del pobre y a defenderla con su privilegiada oratoria. No cabe ninguna duda de que detrás del famoso sermón de Bossuet estaba la inspiración y el impulso de Vicente de Paúl.
Y es que tampoco cabe la menor duda en establecer un principio fundamental: en la praxis de servicio al pobre, Vicente de Paúl parte de un punto matriz indiscutible: la total y absoluta dignidad del pobre. Y, en consecuencia, toda su energía y toda su entrega tienen un norte diáfano: proclamar contra todos los opresores de este mundo la dignidad humana de todo pobre y de todo marginado, y a la vez, lograr a todo precio el reconocimiento y el respeto efectivo de esa dignidad.
Decir que Vicente de Paúl estaba íntimamente convencido de la dignidad de todo ser humano y que ese convencimiento alcanzaba sus más altas cotas respecto de los pobres, puede parecer una perogrullada o un tópico. Pero es necesario insistir en ello. Porque cuando uno tiene ese convencimiento, obra en consecuencia. Vicente de Paúl lo siente a fondo, lo expresa públicamente y ahí están las consecuencias a las que le llevó este convencimiento.
Tal vez más de un experto actual, teórico y estudioso de cuestiones sociales, ponga una clara objeción: Vicente de Paúl no elaboró ninguna doctrina filosófico-teológica ni dictó ningún tratado jurídico sobre la dignidad humana. Por otro lado, este experto tampoco encontraría en Vicente de Paúl expresiones de hoy mismo como «derechos humanos» o «libertades básicas», expresiones que afectan a la dignidad humana. Y, naturalmente, este experto nos diría que estamos cayendo en un anacronismo, que los derechos humanos están muy lejos de San Vicente en el tiempo, que es imposible que Vicente de Paúl pensara, ni siquiera de refilón, en este tema, que esta expresión entró en circulación a finales del siglo XVIII y, a nivel mundial, en 1948 en la ONU, que en la Iglesia la empezó a emplear Pío XII en 1944.
Sin embargo, si este experto se acercase a todas las acciones de Vicente de Paúl y de sus Instituciones, se daría cuenta de una cosa: los famosos derechos del hombre que la Revolución se gloría de haberlos inventado, lo cual era más fácil que respetarlos, San Vicente ya los había inventariado y los había llevado a cabo sin ponerles ese nombre. Y los había llevado a cabo en un proceso creciente de lucha por la dignidad integral de los pobres.
Podemos hacer una especie de juego muy sencillo de paralelismos y así nos daremos cuenta de cómo Vicente de Paúl luchó por la dignidad de los pobres y por sus derechos más fundamentales: derecho a la vida = ayuda a los niños abandonados; derecho al pan diario = sopa popular, reparto de víveres; derecho a la salud = hospitales, cuidados a domicilio; derecho a una vivienda = acogida a los refugiados; derecho al respeto a la persona = atención a los dementes, a los forzados o galeotes; derecho a una ancianidad decente = obra de casas de ancianos, hospicios; derecho a un trabajo digno = suministro de herramientas y de semillas en las regiones devastadas; derecho a la educación = la creación de las pequeñas escuelas o escuelitas vicencianas para las niñas y los niños pobres y del campo.
En definitiva, Vicente de Paúl, sin grandes teorías y sin tratados sesudos (aunque conociendo perfectamente la filosofía, la teología y el derecho sobre el tema), puso en marcha una sensibilización y una organización cuyo centro y gozne fue la dignidad de la persona humana, concretizada en la eminente dignidad del pobre, como había proclamado su discípulo Bossuet en el famoso sermón cuaresmal.
UNAS LÍNEAS MAESTRAS PARA LA DEFENSA DE LOS POBRES
Ya he dicho más de una vez que Vicente de Paúl no es un mero activista. Pero, además, hay que añadir que tampoco es un mero improvisador que funciona a impulsos del corazón o de los sentimientos. Vicente de Paúl es un organizador concienzudo y detallista de todo lo que tenga como finalidad la defensa de los pobres. A veces, se ha acusado a Vicente de Paúl de ser lento, casi desesperadamente lento, en la toma de decisiones. Pero, cuando Vicente de Paúl veía clara la voluntad de Dios en el sufrimiento y en el abandono de los pobres, era muy decidido y sorprendentemente rápido. Y hay que subrayar un matiz importante: su presunta lentitud era, más bien, preparación, organización, profundización para que los proyectos a favor de los pobres no estuvieran a merced de los caprichos de nadie.
Por eso, es bueno y necesario repasar una serie de líneas maestras en esta defensa de los pobres que llevó a cabo Vicente de Paúl. Son como las vigas maestras del edificio caritativo-social que Vicente de Paúl fue construyendo para dar vida a los arrojados a los márgenes de la existencia.
Una «nueva justicia»
Vicente de Paúl vive en un tiempo calificado como «siglo de los pobres», pero al que también se puede llamar «siglo de las injusticias». Una época de grandes, escandalosas y continuas desigualdades, derroches, corrupciones, iniquidades… Las numerosas injusticias, de diversa índole, se daban en todos los ámbitos: en el gobierno, en la educación, en lo social, en la ciudad, en el campo, entre los católicos, entre los protestantes… Vicente de Paúl llega a decir, con dolor, que «hay mucha diferencia entre ser católico y ser justo». Y es que en aquella sociedad oficialmente católica la justicia estaba en un plano secundario.
Vicente de Paúl, por formación y como hombre de su tiempo, tiene un pensamiento clásico y tradicional sobre la justicia como virtud o valor ético y moral. Y no puede ser de otra manera. Cada persona es hijo de su tiempo y de su formación. Se maneja con la definición tradicional de justicia: «Virtud por la cual se tiene una voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo suyo. Por lo tanto, al que tenía mucho, se le daba mucho; al que tenía poco, poco; y al que nada tenía, nada se le debía en justicia. Y, por supuesto, asume la clásica división tripartita de la justicia: legal, distributiva y conmutativa.
Pero, como ocurre tantas veces en la andadura de Vicente de Paúl, en su acción y en su actividad aparece otro Vicente de Paúl. Y ahí está su sello específico e inconfundible. Vicente de Paúl va más allá de la justicia clásica y encorsetada e introduce un elemento definitivo y definitorio: el servicio al pobre, la defensa de la dignidad del pobre, la lucha por la liberación integral del pobre, la audacia y la creatividad por unas estructuras más justas donde el pobre pueda, al menos, sobrevivir. Y lo hace con unas apoyaturas poco usuales en la teología, en la moral y en la ética social de su tiempo.
Vicente de Paúl da un paso cualitativo hacia una «nueva justicia» -aunque él nunca emplea esta expresión- que significa «dar a cada uno según sus necesidades» y «favorecer más al que más lo necesita». Una nueva justicia que hunde sus raíces en el Dios liberador de su pueblo, en el Dios defensor del huérfano y del desvalido, en el Dios que se inclina hacia el pequeño y el vulnerable. Porque la tradición bíblica atestigua que Dios se pone de parte del pobre, y al mismo tiempo, nos recuerda que se conoce a Dios cuando se practica esta justicia (Cf. Jer 22, 15-16)
Hay una expresión que Vicente de Paúl emplea con motivo de algún acontecimiento más o menos relevante: «imitar la justicia divina. No es difícil entender que, casi siempre, Vicente de Paúl se está refiriendo, con esta expresión, a la bondad, a la ternura, a la misericordia, al amor del buen Dios, sobre todo en su relación con los pobres y abandonados. Es otra manera de referirse a la nueva justicia. Y hay que matizar que el tono que Vicente da a esta justicia divina se transforma de vindicativo en amoroso y defensor.
Finalmente, esta nueva justicia no es algo meramente jurídico y moralista o simplemente tangencial a su fe o a su experiencia. En Vicente de Paúl es un elemento fundamental y fundante de su ser creyente.
«Hacer efectivo e/ evangelio»
«Venir a evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y prefiguradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio. Esta frase pronunciada en el contexto de una Iglesia de cristiandad nos viene a decir que la evangelización de los pobres no es cuestión solamente de predicación, sino de trabajo por su promoción, de lucha por la justicia, de esforzarse para que la Buena Nueva de Jesucristo llegue a sus primeros destinatarios, los pobres, por la construcción de una sociedad donde puedan vivir con dignidad. Porque «las cosas predichas y prefiguradas por los profetas» tienen todas una misma dirección: establecer la justicia y el derecho en una tierra injusta.
Entramos, de la mano de Vicente de Paúl, en la relación intrínseca entre evangelización y defensa de los pobres, entre el anuncio del evangelio y la lucha por la humanización, promoción y liberación de los pobres y oprimidos. Ignoro si todavía quedan cristianos que ponen en duda o que niegan esta relación. Lo ignoro y no tengo ningún interés en averiguarlo.
Me interesa más contemplar y escuchar al mismo Vicente de Paúl que lo deja bien claro en su vida, en sus acciones, en sus Instituciones… He aquí un amplio párrafo de su conferencia a las primeras Hijas de la Caridad, el 9 de junio de 1658. Con el lenguaje propio de su tiempo, explica cómo los pobres captan la Buena Noticia (es decir, el «evangelio») de que Dios les ama entrañablemente por medio del amor y del servicio (humanización y liberación) que les prestan las Hermanas: «Sabed, hijas mías, que me he enterado que esas pobres gentes están muy agradecidas a la gracia que Dios les ha hecho y, al ver que van a asistirles y que esas hermanas no tienen más interés en ello que el amor de Dios, dicen que se dan cuenta entonces de que Dios es el protector de los pobres. iVed qué hermoso es ayudar a esas pobres gentes a reconocer la bondad de Dios! Pues comprenden perfectamente que es Él el que las mueve a hacer ese servicio. Y entonces conciben elevados sentimientos de piedad y dicen: ‘Dios mío, ahora nos damos cuenta de que es cierto lo que tantas veces hemos oído predicar, que te acuerdas de todos los que necesitan socorro y que no abandonas nunca a una persona que está en peligro, puesto que cuidas de unos pobres miserables que han ofendido tanto a tu bondad’. He sabido, incluso por medio de personas que fueron atendidas por nuestras hermanas y por medio de otras muchas, que se sentían muy edificados al ver cómo esas hermanas se preocupaban de visitarles, reconociendo en ello la divina bondad y viéndose obligados a alabarle y darle gracias
Los archivos del magisterio oficial de la Iglesia están llenos de documentos y alocuciones en esta misma línea vicenciana. Como primera muestra, un significativo botón: el documento final del ll Sínodo Ordinario de los Obispos sobre «La justicia en el mundo». Allí se nos dice sin rodeos ni circunloquios: «La acción a favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del evangelio, es decir, como la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva
Es igualmente significativo que en el documentos maestro sobre la evangelización, la Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi» de Pablo VI, se afirme: «Entre evangelización y promoción humana -desarrollo, liberación- existen profundos vínculos. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre al que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino que está sujeto a los problemas sociales y económicos. Vínculos de orden teológico, puesto que no se puede disociar el plano de la creación del plano de la Redención, un plano, este último, que tiene que ver con las situaciones muy concretas de la injusticia que hay que combatir y de la justicia que hay que restaurar. Y vínculos de ese orden, eminentemente evangélico, que es el de la caridad, porque, en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover en la justicia y en la paz el verdadero y auténtico crecimiento del hombre?»
Estoy seguro de que Vicente de Paúl se vería perfectamente reflejado en el capítulo IV de la Exhortación apostólica «Evangelii gaudium» del actual Papa Francisco. Un capítulo titulado, con toda intención, «La dimensión social de la evangelización». Un capítulo que sabe totalmente a Vicente de Paúl y a vicencianismo de la más auténtica y contrastada calidad. También me permito traer aquí una muestra vicenciana de esta Exhortación apostólica, en el referido capítulo IV: «Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás… Por eso mismo, el servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia. Así como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota ineludiblemente de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve
La dignidad cristológica y eclesiológica de los pobres descubierta por Vicente de Paúl en el contacto directo con ellos, es patrimonio de todos los pobres. Es una de las características del carisma vicenciano: la universalidad en la lucha por la dignidad de todos los pobres, allí donde estén y quienes quiera que sean. Algo que Vicente de Paúl tenía obsesivamente en su cabeza: «Pidámosle todos a Dios este espíritu (de universalidad) para toda la Compañía, que nos lleve a todas partes, de forma que cuando se vea a uno o dos misioneros se pueda decir: he aquí unos hombres apostólicos dispuestos a ir por los cuatro rincones del mundo a llevar la palabra de Dios»
Se puede decir que este tema ocupa una de sus primeras preocupaciones, como se comprueba cuando habla a las Hijas de la Caridad: «Tenéis una vocación que os obliga a asistir indiferentemente a toda clase de personas, hombres, mujeres, niños y en general a todos los pobres que os necesiten, como lo hacéis por la gracia de Dios…
Además, el destinatario de este servicio tiene que ser la totalidad del pobre. No caben aquí reduccionismos espiritualistas ni temporalistas. Quedarse en uno de los dos extremos es dejar a medias la dignidad del pobre. Diríamos que se trata de la dignidad integral del pobre. Como dice Pablo VI, en su Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi la salvación es liberación de todo lo que oprime al hombre. Y como subraya también el tantas veces citado Documento de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, «La Iglesia y los pobres»: «Lo que debemos evitar siempre es hacer un uso parcial y exclusivista del concepto de liberación reduciéndolo solamente a lo espiritual o a lo material, a lo individual o a lo social, a lo eterno o a lo temporal. Aunque en la actividad concreta podamos acotar objetivos parciales, la acción caritativa y social debe tener un horizonte amplio, que abarque conjuntamente la liberación de cada hombre, y también de las estructuras de la sociedad… Hemos de ofrecer, simultáneamente, respuestas llenas de amor al hambre de pan y al hambre de la Palabra que tienen los pobres del mundo»
Del hecho de que Vicente de Paúl fundara dos Compañías y de sus nombres, Congregación de la Misión y Compañía de las Hijas de la Caridad, sería erróneo deducir que él separaba la evangelización y la promoción humana, encomendando la primera a los miembros de la Congregación de la Misión y la segunda a las Hijas de la Caridad. Él había dicho a sus misioneros: «Si hay alguno entre vosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano juez de vivos y muertos: ‘Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me cuidasteis’. Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que Nuestro Señor practicó…»
Con la misma insistencia recuerda a las Hijas de la Caridad que su servicio liberador a los pobres debe evitar los dualismos a los que tan aficionados solemos ser los cristianos: «Vosotras no estáis solamente para atender a los cuerpos de los pobres enfermos, sino también para darles instrucción en lo que podáis» «Tenéis que llevar a los pobres enfermos dos clases de comida: la corporal y la espiritual…
Esta convicción vicenciana respecto a la liberación integral del pobre la sintetizan y actualizan perfectamente las Constituciones de las Hijas de la Caridad: «Con la inquietud constante por la promoción integral de la persona, la Compañía no separa el servicio corporal del servicio espiritual, la obra de humanización de la evangelización. Une servicio y presencia, recordando al Señor que revelaba el Amor del Padre y daba como signos de su misión: ‘Los ciegos ven, los cojos andan… y se anuncia el Evangelio a los pobres
ALGUNAS CONVICCIONES ILUMINADORAS
Evidentemente, la praxis vicenciana del servicio a los pobres tiene detrás el soporte de unas convicciones profundas e iluminadoras. Con un común denominador concreto y preciso: el servicio a los pobres es el fin principal de la vocación vicenciana y la exclusiva prioridad de su misión; es la única razón de ser de la existencia de los seguidores de Vicente de Paúl, de sus Instituciones y de sus obras.
No es necesario insistir en que estas convicciones están en la base de la andadura vital de Vicente de Paúl y son el mensaje que él mismo nos comunica hoy y aquí.
Una sensibilidad «diferente» respecto de los pobres
Es la forma vicenciana de situarse anímica y prácticamente ante unas personas que ya no aceptan su situación inhumana de manera fatalista y resignada. O, lo que es lo mismo, la visión vicenciana de los pobres en oposición frontal a la visión «normal» que sobre ellos ha tenido y sigue teniendo la sociedad de todos los tiempos.
El paradigma de esta sensibilidad «diferente» lo encontramos en la postura radical de Vicente de Paúl defendiendo la dignidad y la libertad de los pobres frente a la falsa caridad entendida como represión y conveniencia socio-política criminal de los responsables de la sociedad del siglo XVII francés
Las estructuras mentales y sociales de aquella sociedad francesa en relación con los pobres se reflejaban en el decreto real del 27 de abril de 1656, por el que «los asociales deben ser encerrados» para limpiar la ciudad, preservar de su peligro a las «buenas conciencias» y respetar el «orden colectivo».
Los partidarios del «encerramiento de los pobres» proclamaban, por la boca oficial y solemne de Godeau, obispo sucesivamente de Grasse y de Vence: «Encerrar a los pobres no es quitarles la libertad; es apartarles del libertinaje, del ateísmo y de la ocasión de condenarse». Vicente de Paúl, por el contrario, gritaba la insoslayable dignidad de los pobres, defendía su libertad, como don y derecho de parte de Dios, y motivaba a la sociedad para que restituyera la vida a los seres que corrían el riesgo de ser sepultados vivos.
Una lectura crítica de las raíces de la pobreza
Muchas veces y durante largo tiempo, el imaginario colectivo ha asociado a Vicente de Paúl con un señor muy bondadoso y muy benefactor de los pobres. Incluso se le ha colgado el apelativo curioso y extravagante de «limosnero de Dios». Pero se ha olvidado al Vicente de Paúl crítico con el orden social y político de su tiempo, descontento con la falsa caridad de un catolicismo egoísta y sin sentido social, enojado con las arbitrariedades y corrupciones de unos gobernantes ambiciosos, fustigador de un clero sin escrúpulos morales y totalmente despreocupado de los pobres y marginados… Es decir, se ha silenciado la figura de un Vicente de Paúl que no se quedó en la superficie de los problemas, sino que llegó hasta la misma raíz de esos problemas.
Como es lógico, Vicente de Paúl nos advierte de un principio elemental: los vicencianos no podrán responder a las necesidades de los pobres y marginados, si antes no penetran en los mecanismos económicos, financieros, sociales y políticos que producen pobreza, miseria, marginación y exclusión. Si antes no hacen un análisis crítico de la marginación desde sus causas más flagrantes y sangrantes: esas «estructuras de pecado» o «mecanismos perversos» de los que habla reiterativamente el Papa Juan Pablo II en su encíclica «Sollicitudo rei sociales”
Las Constituciones de la Congregación de la Misión lo señalan certeramente como una de las características urgentes de la evangelización: «Atención a la realidad de la sociedad humana, sobre todo, a las causas de la desigual distribución de los bienes en el mundo…
La pedagogía vicenciana
No es que Vicente de Paúl escribiera ningún tratado sistemático de pedagogía o de educación. Me refiero a una serie de valores en los que él insiste para servir adecuadamente a los pobres. Y me atrevo a englobarlos bajo este epígrafe, porque constituyen, de alguna forma, un bloque pedagógico en el sentido más etimológico del término.
Todo este bloque de valores lo encontramos en la conferencia a las Hijas de la Caridad del 11 de noviembre de 1657. Sus párrafos más significativos no tienen desperdicio: «Vuestro principal empleo, después del amor de Dios y del deseo de haceros agradables a su divina Majestad, tiene que ser servir a los pobres enfermos con mucha dulzura y cordialidad, compadeciéndoos de su mal y escuchando sus pequeñas quejas, como tiene que hacerlo una buena madre; porque ellos os miran como a sus madres nutricias y como a personas enviadas por Dios para asistirles. Por eso, estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de esos pobres enfermos. Pues bien, como esta bondad se comporta con los afligidos de una forma dulce y caritativa, también vosotras tenéis que tratar a los pobres enfermos como os enseña esa misma bondad, esto es, con dulzura, con compasión y con amor: pues ellos son vuestros amos y también los míos… Así pues, esto es lo que os obliga a servirles con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, porque representan para vosotras a la persona de Nuestro Señor… Según eso, no sólo hay que tener mucho cuidado en alejar de sí la dureza y la impaciencia, sino además afanarse en servir con cordialidad y con gran dulzura, incluso a los más enfadosos y difíciles, sin olvidarse de decirles alguna buena palabra… No decir muchas cosas a la vez, sino ir poco a poco dándoles la instrucción que necesitan…
Para que el lector entienda «pedagógicamente» esta conferencia de Vicente de Paúl, no estaría de sobra poner una especie de corolario que dijera más o menos: estas palabras de Vicente de Paúl no están dirigidas única y exclusivamente a las Hijas de la Caridad, sino a todo cristiano que quiera ser coherente con su fe, incluso tampoco le vendría nada mal a cualquier ciudadano o ciudadana de buena voluntad.
La comunión con los pobres
Lo que cuenta, por encima de todo, es la «comunión» con aquellos a los que se sirve y por los que se lucha, so pena de caer en un profesionalismo vacío o en una inmediatez rutinaria y absorbente. Sin esta comunión con los pobres, corremos el riesgo de que la defensa de los pobres y marginados se convierta en una especie de agencia rápida de servicios. Y así, el pobre termina por ser un cliente que muchas veces atosiga y molesta.
La comunión con los pobres implica un verdadero conocimiento de sus problemas y necesidades, un auténtico encuentro con ellos, una acogida profunda, una proximidad lúcida y eficaz, una participación real en sus avatares, una sensibilidad respecto de sus derechos, una docilidad servicial ante sus exigencias, una escucha y un diálogo para descubrir sus valores y ayudarles a tomar conciencia de sus potencialidades, un dejarse interpelar por sus llamadas, un ser voz de los que no tienen voz para defender los derechos de los más desprotegidos y dar a conocer las aspiraciones legítimas de los más desfavorecidos, una atención personalizada
Pero esta comunión con los pobres sólo puede darse si hay una verdadera actitud de servicio. No hace falta apelar a muchas explicaciones teológicas para darse cuenta de que esta comunión es la consecuencia inevitable de una espiritualidad de encarnación. En toda la tradición vicenciana, decir «comunión con los pobres» equivale a decir «servicio encarnado, inculturado, generoso, gratuito… a los pobres».
Cuando Vicente de Paúl, explica a las primeras Hermanas el nombre oficial de la Compañía, les exhorta en estos términos: «iAh! iqué hermoso título! Hijas mías, iQué hermoso título y qué hermosa cualidad! ¿Qué habéis hecho a Dios para merecer esto? Sirvientes de los pobres, que es como si se dijese sirvientes de Jesucristo… Conservad bien este título, porque es el más hermoso y el más ventajoso que podríais tener. No sé si os lo he dicho ya, ¿sabéis qué título toma el Papa? Su título más hermoso y más venerable, el título del que se sirve en la expedición de los asuntos más importantes, es ‘Siervo de los siervos de Dios’… Y vosotras, hijas mías, os podéis poner siervas de los pobres, que son los predilectos de Jesucristo…
Audacia y creatividad
Los antiguos distinguían, con mucha razón, entre la prudencia de la carne y la prudencia del Espíritu. La primera es todo lo contrario de esa virtud evangélica llamada «parresía» (Cf. Hch 2, 29; 4, 13. 29; 28, 31), que cabría traducir por confianza audaz. Vicente de Paúl tuvo la prudencia del Espíritu, pero nada supo de la prudencia de la carne. La conclusión es evidente: el servicio vienciano tiene que estar impulsado por esa prudencia del Espíritu, por la audacia y la creatividad.
En el contexto vicenciano, audacia y creatividad hacen referencia al ardor, a la unión del amor afectivo y el amor efectivo, a un fuego que inflama, ilumina y consume a quien lo posee. Están en total interrelación con el celo, una de las virtudes características de la espiritualidad vicenciana. San Vicente de Paúl urgía enérgicamente a sus misioneros: «Si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo… El celo nos lleva a pasar por encima de toda clase de dificultades, no solamente por la fuerza de la razón, sino por la de la gracia, que nos permite encontrar gusto en el sufrir, sí, en el sufrir
Por tanto, la audacia y la creatividad se pueden traducir por un empuje y un coraje que brotan de la experiencia honda de Jesucristo servidor y de la pasión por los pobres, y desembocan, ineludiblemente, en la búsqueda arriesgada y valiente de nuevos métodos, nuevas formas y nuevas expresiones evangelizadoras y serviciales. Porque hoy el servicio a los pobres exige cambios de esquemas mentales, salir del inmovilismo estático que hace y repite lo de siempre. En definitiva, se trata de la actitud opuesta a la atonía, a la rutina, al desánimo, a la instalación, a la repetición vacía y mediocre.
Y, por supuesto, la audacia y la creatividad siempre van de la mano de la disponibilidad y la movilidad. Cuando las Constituciones de las Hijas de la Caridad señalan que «fiel a tal espíritu, la Compañía se mantiene disponible y ágil para responder con creatividad y valentía a las llamadas de la Iglesia y a las urgencias de los pobres…, están hablando de audacia y creatividad.
CUATRO FRENTES DE LUCHA A FAVOR DE LOS POBRES
Cualquier estrategia de lucha contra la pobreza y a favor de los pobres que pretenda ser completa, deberá llevarse a cabo en cuatro frentes: asistencia, promoción, denuncia profética de las injusticias y cambio de estructuras, y clarificación y concientización de los poderes públicos en favor de los pobres. Son cuatro niveles complementarios que Vicente de Paúl pone en práctica sin fisuras ni atomizaciones, y que lega imperativamente a sus seguidores.
Acción asistencial
En efecto, Vicente de Paúl comenzó por la acción asistencial, el nivel más elemental ante la urgencia de la enfermedad, el hambre, el desempleo, la guerra, la miseria, la marginación o el desamparo social. Una acción que nunca desaparecerá de su vida, de su mensaje y de las Instituciones que él fundó.
Sin embargo, la asistencia tiene que cimentarse en la eficacia organizativa y en la actitud crítica. No puede confundirse con cierto paternalismo más o menos encubridor de injusticias. Desde un principio, Vicente de Paúl constató que Io que faltaba no eran tanto personas caritativas cuanto organización eficiente de la caridad. Con su agudo sentido de las realidades económicas, de la cooperación y de la coordinación, organizó durante la guerra de los Treinta Años y de las dos Frondas una inmensa red de recogida, almacenamiento y distribución de ayudas que llegaba a la mayor parte de Francia
Además, para Vicente de Paúl la acción asistencial nunca puede ser ni aparecer como un sucedáneo de las reformas estructurales. Por el contrario, las exige a gritos y en nombre de Dios. Y si desde la justicia de los hombres la acción caritativo-social es un acto voluntario, desde la justicia de Dios se torna obligatorio.
Por eso, subraya en una carta del 8 de marzo de 1658 al superior de Marsella: «iQue Dios nos conceda la gracia de enternecer nuestros corazones en favor de los miserables y de creer que, al socorrerles, estamos haciendo justicia y no misericordia.
Acción promocional
Como una evolución natural e inevitable, completó la acción asistencial con la acción promocional, con la búsqueda de unos medios para que el pobre, personal y colectivamente, tome conciencia de su situación, de su dignidad y de sus derechos, y sea, sobre todo, agente de su propio desarrollo integral. Y ello porque sabe que la pobreza generalizada tiene causas sociales y políticas.
Esta organización promocional en el compromiso servicial con los pobres se hace en Vicente de Paúl «ingeniosamente inventiva». Y así, escribe en su correspondencia: «No hay que asistir más que a aquellos que no pueden trabajar ni buscar su sustento, y que estarían en peligro de morir de hambre si no se les socorre. En efecto, apenas tenga uno fuerzas para trabajar, habrá que comprarle algunos utensilios conformes con su profesión, pero sin darle nada más. Las limosnas no son para los que pueden trabajar…, sino para los pobres enfermos, los huérfanos o los ancianos»
Además, esta acción promocional actúa sobre las causas de la pobreza y de la marginación de diferentes sectores de la socie-
dad: campesinos, niños abandonados, huérfanos, refugiados… Y se prolonga hasta que éstos sean capaces de salir por sí mismos de su situación. Lo mismo que urgió el Concilio Vaticano II en su decreto sobre el apostolado seglar: «Cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efectos, de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos»
Denuncia profética de las injusticias y cambio de estructuras
Entre las exigencias de su vasto plan de acción social, Vicente de Paúl incluye un tercer nivel: el cambio de estructuras. Un nivel que se concreta, a su vez, en la denuncia profética de las injusticias y en e/ compromiso activo hacia unas estructuras sociales más justas. Comprende que el cristiano, porque Io es y porque es urgido por el amor de Cristo y de sus hermanos pobres, no puede conformarse con ser justo, sino que también debe lanzarse a las exigencias de la lucha por la justicia, como expresión viva de la caridad.
Cualquiera que se acerque, aunque sea someramente, a la vida de Vicente de Paúl, se encontrará con una ingente suma de acciones, actitudes y palabras encaminadas a impedir, por todos los medios a su alcance, que la maquinaria socio-económicopolítica continúe fabricando más pobres. Ahí está su entrevista con el primer ministro Richelieu para pedirle abiertamente el cese de la guerra 38, su oposición pública y radical a la política explotadora del pueblo campesino trazada por el cardenal Mazarino, oposición que quedó reflejada en la entrevista que Vicente de Paúl mantuvo con el cardenal, al que le exigió la dimisión con una frase metafórica pero nada diplomática: «Monseñor, ceda a las desgracias del tiempo; échese al mar para calmar la tempestad» su larga e inteligente carta al mismo cardenal Mazarino, el 11 de septiembre de 1652, para pedirle, una vez más, que dimitiera y abandonase el reino, sencillamente porque le consideraba el principal causante del sufrimiento del pueblo 40 su apelación al Papa Inocencio X, el 16 de agosto de 1652, para que interviniera en favor de la paz durante la Fronda de los Príncipes, y así «restablecer la unión en la familia real tan profundamente dividida, aliviar a los pueblos desolados por tan larga guerra, devolver la vida a los pobres abatidos y casi muertos de hambre, ayudar a los campos totalmente devastados, a las provincias arruinadas, levantar los templos derruidos…. y finalmente darnos otra vez la vida a todos…».
Incluso, llega a pagar el precio de su «atrevida» denuncia permaneciendo exiliado de la ciudad de París durante cinco meses
A veces, se han querido interpretar como «neutralidad y prudencia ante las injusticias», algunas expresiones de Vicente de
Paúl, cuando, en realidad, lo único que pretende es evitar que sus seguidores se introduzcan en la «política de partidos»
or el contrario, es muy significativa la carta que escribe a su íntimo amigo Saint-Martín, canónigo de Dax, en estos términos: «Los sacerdotes de este tiempo tienen muchos motivos para temer los juicios de Dios… por no haberse opuesto como debían a las plagas que afligen a la Iglesia, como son la peste, la guerra, el hambre y las herejías, que la atacan por todas partes». Y no deja el más mínimo lugar a dudas cuando a las Hijas de la Caridad les presenta, como modelo para «las que vengan después», el ejemplo de Sor Juana Dalmagne, quien «al saber que algunas personas ricas se habían eximido de tributo, para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios los juzgaría por esos abusos.
Es cierto que San Vicente no encabezó ningún movimiento contestatario y reivindicativo contra las injustas estructuras sociales reinantes en su tiempo. Sin embargo, de alguna manera, fue un «revolucionario soterrado» en su acción por la justicia en pro de los pobres, iluminando las mentes, captando adeptos para su causa y fogueando los corazones.
Y, desde luego, decir que Vicente de Paúl se conformó con las estructuras injustas e hizo lo que buenamente pudo para paliar el sufrimiento de los pobres o que, incluso, con su caridad frenó y retrasó el cambio de las estructuras, es no entender en absoluto la lucha de Vicente de Paúl contra las actitudes, legislaciones y decisiones de los mandatarios políticos y contra el sistema inhumano del siglo de los pobres.
Clarificación y concientización de los poderes públicos
Hay otro aspecto, en esta estrategia organizativa del servicio vicenciano a los pobres, que no se ha resaltado suficientemente. Vicente de Paúl no dudó nunca en llevarlo a cabo. Se trata de clarificar y convertir las conciencias de los poderes políticos, económicos, sociales y eclesiásticos en orden a proteger a los colectivos sociales más vulnerables y débiles.
Vicente de Paúl, explícita e implícitamente, viene a decir a los poderes públicos que su obligación social y moral es encargarse de los que nada tienen, hasta ayudarles a recuperar la dignidad humana. En definitiva, les pide que se conviertan a lo que él se convirtió: la convicción fundamental de que «los pobres son los predilectos de Dios» y la «conciencia crítica» de una sociedad opulenta e insolidaria.
Este cuarto nivel del servicio vicenciano a los pobres tiene dos características: la capacidad crítica para descubrir y hacer descubrir las injusticias, explotaciones y marginaciones, y la capacidad de concientizar y animar a personas, instituciones y grupos sociales en el trabajo por los pobres. No se trata de mover a una ocasional actitud más o menos compasiva, sino de fomentar esa conciencia social capaz de ver la gravedad de los problemas, de llegar a las causas sociales y humanas, de percibir los mecanismos y las estructuras de pecado del entramado social. El mismo Juan Pablo ll decía, en la audiencia del 30 de junio de 1986, a los delegados de la XXXVII Asamblea General de la Congregación de la MiSión: «Queridos padres y hermanos de la Misión, más que nunca, con audacia, humildad y competencia buscad las causas de la pobreza y favoreced animosamente, a corto y a largo plazo, las soluciones concretas, movibles y eficaces. Actuando de esta manera, cooperaréis a la credibilidad del Evangelio y de la Iglesia».
Hay que reconocer que esta pista resulta ardua y compleja, porque no es fácil llegar hasta las complicadas entretelas que tejen la trama social y, en particular, las situaciones de miseria y marginación. Es más cómodo y fácil dejarse llevar por las explicaciones oficiales que no tienen ningún interés en mostrar las perversas contradicciones del sistema.
Por otra parte, no resulta ninguna extrapolación si aplicamos a este plan organizado de la caridad vicenciana el calificativo de «expresión de la dimensión política y social de la fe» de Vicente de Paúl. Tal vez, a él le hubiera gustado poder citar aquellas palabras que el Papa Pío XI pronunció ante la Federación Universitaria Católica Italiana más de trescientos años después: «El campo político abarca los intereses de la sociedad entera; y en este sentido, es el campo de la más vasta caridad, de la caridad política, de la caridad de la sociedad 46. O incluso lo que los Obispos españoles declararon el 22 de agosto de 1986 hablando de la dimensión social y política de la caridad: «No se trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de
un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres
Por eso, a este plan de lucha por la dignidad de los pobres se le ha llamado y se le llama «caridad política». No en el sentido de la política de partidos, sino en la acepción más genuina y noble de la palabra «política», es decir, el esfuerzo por la construcción justa, equitativa y solidaria del bien común, de la ciudad terrestre, de la ‘polis» en su sentido etimológico. Vicente de Paúl llevó a cabo esta caridad política, aunque nunca empleó -ni pudo emplear en su estricta literalidad- esta expresión relativamente moderna.
UN LÍDER PARA NUESTRO TIEMPO
Constantemente, decimos que Vicente de Paúl se adelantó a su tiempo y a las coordenadas de su sociedad en todo lo referente al servicio a los pobres; constantemente decimos también que las Instituciones que él fundó llevan el sello de la originalidad; constantemente añadimos que Vicente de Paúl es una interpelación permanente para sus seguidores por su audacia y su creatividad en abrir caminos nuevos para cambiar las estructuras de marginación y de exclusión social; y constantemente aseguramos que su visión de la economía, de la organización y de la planificación a favor de los pobres es un modelo incluso para este siglo en que vivimos.
En definitiva, siempre que hablamos de Vicente de Paúl, estamos presuponiendo su liderazgo, su influencia, su ejemplo más allá de su tiempo. Y siempre que analizamos sus palabras y sus hechos, estamos refiriéndonos a alguien con una fuerza moral que guía y arrastra a los demás a seguir sus pasos.
Cuando pronunciamos la palabra líder o hablamos de liderazgo, inmediatamente lo asociamos con una serie múltiple de conceptos: el que está en la cabeza de un grupo; el que vence en una competición; el que aglutina en torno a sí a un grupo social, religioso o político; el que ejerce poder o influencia decisiva sobre una colectividad; el que guía con su autoridad a unos seguidores suyos; el que destaca sobre los demás en distintos planos de las ideas o de los hechos… Se trata de un término que los lingüistas llamarían polisémico, o sea, que tiene muchos significados, pero siempre con un denominador común: todo Io que hace referencia a guiar, a conducir o a dirigir, a ir por delante de los demás.
¿Estos términos se pueden aplicar a Vicente de Paúl? Ciertamente sí. Pero con una salvedad: Vicente de Paúl, en su liderazgo, incorpora un elemento clave: el servicio. Porque, casi siempre, el hábitat del líder es el poder y el mando. En Vicente de Paúl, el liderazgo se ejerce en el servicio a los necesitados.
Vicente de Paúl tiene muy claro lo que Jesús de Nazaret dijo sobre el liderazgo en el evangelio de Lucas: ‘t Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el menor y el que gobierna como el que sirve» (LC 22, 26). Y también tiene muy claro el ejemplo del Maestro: «Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14-15).
Por eso, haciendo una mezcla y una síntesis de muchas definiciones, podemos aplicar a Vicente de Paúl la siguiente definición de liderazgo: «Liderazgo es la habilidad de influenciar a la gente para que trabaje con entusiasmo hacia el logro de objetivos que
buscan el bien común y especialmente el bien de los más necesitados». Porque en la espiritualidad vicenciana -lo he subrayado varias veces- todo debe estar referido a los pobres y todo debe desembocar ineludiblemente en la liberación integral de los pobres. Porque los acontecimientos y las necesidades de los pobres configuraron y dinamizaron las Instituciones y las obras vicencianas desde sus orígenes, y siguen garantizando hoy la fidelidad a su espíritu verdadero. Y porque, en Vicente de Paúl y en los vicencianos, nada tiene sentido ni razón sin los pobres, y todo se hace creíble y certero desde los pobres, con los pobres, para los pobres y por los pobres.
Celestino Fernández
La Milagrosa







