VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (III)
MEMORIA VIVA DE UN CREYENTE DE OJOS ABIERTOS
Desde hace tiempo, se ha acuñado, en el lenguaje teológico, una expresión muy gráfica y significativa: espiritualidad de «ojos abiertos». Fue el famoso teólogo alemán Johann Baptist Metz el que empezó a ponerla en circulación: «La experiencia de Dios inspirada bíblicamente no es una mística de ojos cerrados, sino una mística de ojos abiertos; no es una percepción relacionada únicamente con uno mismo, sino una percepción intensificada del sufrimiento ajeno» I
Esta es la espiritualidad de Vicente de Paúl. No una espiritualidad de «escuela», sino de «vida». Vicente de Paúl es un creyente de ojos abiertos. Aquel caminante al aire del espíritu ha encontrado su camino propio y específico, después de haber pasado por la «invasión mística» de su tiempo. La espiritualidad de Vicente de Paúl se fue gestando, sobre todo, entre experiencias, descubrimientos, fatigas, esperanzas, desesperanzas…, es decir, en la andadura real y concreta de la vida. Su progresiva «conversión» le va llevando a una madurez espiritual cada vez más encarnada. «El pobre pueblo que se muere de hambre y se condena de desesperación», «los pobres que se multiplican todos los días y que no saben qué hacer ni adónde ir», le van abriendo los ojos y van modelando su espiritualidad. Las experiencias que le golpearon y le zarandearon con gran fuerza, constituyeron los «signos de los tiempos» que él supo leer como mediaciones de Dios y como punta de lanza para vivir su espiritualidad.
Vamos a recorrer esta espiritualidad vicenciana de ojos abiertos. Vamos a penetrar en su entraña, es decir, en las columnas que la sostienen, en las coordenadas fundamentales que la iluminan, en los jalones que la especifican y en las exigencias que conlleva. Todo ello significa bucear en la «mismidad» (empleando una expresión orteguiana) de este creyente lúcido y radical.
TRES COLUMNAS BÁSICAS
No nos queda más remedio que acudir de nuevo a la frase lapidaria y sugerente de Vicente de Paúl: «Tal es mi fe y tal es también mi experiencia» 3 Porque, en esa frase, se intuye toda la trama de su espiritualidad. Una espiritualidad que va apuntalándose y creciendo al ritmo de su fe y de su experiencia, una espiritualidad que va desplegándose como un inmenso abanico movido por su fe y su experiencia.
Por eso, siguiendo la fe y la experiencia de Vicente de Paúl, podemos empezar a establecer el edificio de la espiritualidad vicenciana. Y lo hacemos comenzando por las columnas básicas de esta espiritualidad, columnas que el mismo Vicente de Paúl construyó, potenció y legó a sus seguidores.
La primacía de Dios
Los teólogos antiguos, al hablar de la relación con Dios, decían que la forma más profunda y existencial de creer es «credere in Deum». Es decir -y dicho en román paladino- una fórmula que equivale a tener experiencia personal de Dios, confianza absoluta en su amor, vivencia gozosa de su misericordia, apoyo incondicional en su fidelidad.
Es la primera columna de la espiritualidad de Vicente de Paúl. Él ha experimentado que Dios le ha sacado de la tierra de Egipto y que le ha conducido, a través del éxodo, a la tierra prometida. Vicente de Paúl sabe que ha llegado donde ha llegado no por sus propias fuerzas, sino por la mano de Dios. Vicente de Paúl se sabe perdonado, acogido, salvado, habitado por Dios Padre.
En Vicente de Paúl, el amor de Dios y el amor a Dios ocupó siempre la primacía y el absoluto de su vida, y pudo llegar a ser el gran defensor de los pobres porque hizo radicalmente efectivo su amor a Dios.
En numerosas ocasiones habla Vicente de Paúl de «dejarse Ilevar por la amorosa Providencia» pero no de una forma quietista o con una actitud de despreocupación, sino «consumiéndonos por Dios, no teniendo bienes ni fuerzas más que para gastarlos por Dios, es lo que hizo nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre». En Vicente de Paúl, la pasión por Dios posibilitó, vertebró y dinamizó su pasión por los pobres.
La centralidad de Cristo
El núcleo central de la espiritualidad vicenciana está en la contemplación de Cristo anonadado, que se hizo pobre para salvarnos. La fuente de la espiritualidad de Vicente de Paúl es Cristo que se hace siervo y servidor. Pero, dentro de la totalidad de Cristo, Vicente de Paúl selecciona tres rasgos que constituyen lo que llamamos la «cristología vicenciana»: Cristo, adorador del Padre; Cristo, servidor del designio amoroso del Padre; Cristo, evangelizador de los pobres.
Estos tres rasgos de Cristo constituyen la raíz específica y original de la espiritualidad vicenciana. Todos los demás elementos de esa espiritualidad son como un despliegue de esos tres rasgos de Cristo. No es que Vicente de Paúl ignore otros rasgos de Cristo, pero como no puede abarcarlos todos, se fija especialmente en esos tres porque están en la línea de su vocación y de su misión, y, además van a ser los puntos clave de la vida de las Instituciones que él fundó.
Esta centralidad de Cristo se puede resumir en la famosa frase que Vicente de Paúl escribió al P. Portail: «Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo.
La pasión por los pobres
Desde la primacía de Dios y desde el seguimiento radical de Cristo evangelizador de los pobres, Vicente de Paúl incorpora a su espiritualidad -como vengo diciendo y repitiendo- lo que es más original en comparación con otras espiritualidades de su tiempo: los pobres. Se trata de una opción preferencial (más bien, habría que calificarla de exclusiva) por los pobres.
Se puede decir que los pobres fueron su pasión dominante. A los pobres los ama sin romanticismos; con calor, inteligencia e identificación; desde sus heridas y desde el seguimiento de Jesucristo; dispuesto a pagar el precio necesario; uniendo a cuantos más, de toda condición, a esta «tarea divina» desde las dos categorías complementarias del amor cristiano: la curativa y la preventiva; y con agradecimiento.
CUATRO COORDENADAS FUNDAMENTALES
En esta hoja de ruta de la espiritualidad vicenciana, son fundamentales cuatro coordenadas complementarías. Sin ellas, no se entiende esta espiritualidad de ojos abiertos. Sin ellas, la espiritualidad de Vicente de Paúl pierde toda su originalidad y, lo que es peor, toda su entraña, toda su fuerza y todo su atractivo actual. Cuando se habla de espiritualidad vicenciana o de espiritualidad de ojos abiertos, inmediatamente aparecen, como un resorte automático, estas cuatro coordenadas.
El juicio de los pobres
Esta primera y fundamental coordenada viene a ser la consecuencia natural y lógica de todo el proceso de descubrimiento
Un de los pobres, de sensibilización y concientización sobre su eminente dignidad, y de la opción radical por ellos.
Si hubiera que sintetizar en una sola frase ‘el juicio de los pobres», habría que escoger aquélla que Vicente de Paúl pronunció en la conferencia del 11 de noviembre de 1657 a las Hijas de la Caridad: «Los pobres son los grandes señores del cielo; a ellos les toca abrir sus puertas…» .
Con este «juicio de los pobres» Vicente de Paúl nos quiere decir algo indiscutible: que esos seres, los pobres, aparentemente despreciables, sin derecho a la mirada de la sociedad egoísta y altanera, desterrados a los márgenes de la vida, son, en realidad, grandes; y que nosotros somos sus servidores humildes e «indignos de rendirles nuestros pequeños servicios». Y, sobre todo, que los pobres son nuestros jueces, porque tienen el poder de convocarnos ante el tribunal de Dios y de la historia, y pueden condenarnos o salvarnos.
Aún más, los pobres nos aclaran la mirada y nos enseñan a ver la realidad con los ojos de la justicia de Dios. En definitiva, Dios, por medio de los pobres, nos ha señalado el único criterio de salvación o de condenación: «Venid, benditos de mi Padre… Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui inmigrante y me acogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme… Apartaos de mí, malditos… Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui inmigrante y no me acogisteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis» (Mt 25, 35-37; 41-44).
Esta coordenada vicenciana del «juicio de los pobres» también ha sido perfectamente recogida, ponderada y actualizada por el ya citado Documento de la Comisión Episcopal de Pastoral Social «La Iglesia y los pobres»: «El encuentro con el pobre no puede ser para la Iglesia y el cristiano meramente una anécdota intranscendente, ya que en su reacción y en su actitud se define su ser y también su futuro, como advierten tajantemente las palabras de Jesús. Por lo mismo, en esa coyuntura quedamos todos, individuos e instituciones, implicados y comprometidos de un modo decisivo. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena, según nos hayamos comprometido o inhibido ante los pobres… Más aún: ese juicio y esa justificación no solamente debemos pasarlos algún día ante Dios, sino también ahora mismo ante los hombres
Los pobres, sacramento de Cristo
En el léxico de la teología actual, oímos con frecuencia expresiones referidas a los pobres, tales como: los pobres son sacramento de Cristo, mediación viva del Señor, lugar preferencial para el encuentro con el Dios crucificado y sufriente… Obviamente, estas expresiones no pueden pertenecer en su estricta literalidad a Vicente de Paúl. Pero forman parte del más original, vivo e irrenunciable acervo de su espiritualidad. Y, desde luego, su raíz hay que buscarla, una vez más, en el ya citado capítulo 25 del evangelio de San Mateo: «Cada vez que hicisteis un servicio a un hermano mío de esos más humildes, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Por tanto, a la luz de la fe, Vicente de Paúl descubre que los pobres, antes que destinatarios de nuestros servicios, son la presencia en el mundo del Señor crucificado.
En este punto, la antología de textos de Vicente de Paúl es tan amplia como incisiva. Por ejemplo, cuando se dirige a las señoras de las Cofradías de la Caridad (hoy AIC), quiere dejar muy claro que no existe separación entre Cristo y el pobre: ‘(Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona… No hay ninguna diferencia, señoras, entre amarle a Él y amar a los pobres de ese modo; servirles bien a los pobres, es servirle a Él
gualmente, cuando habla a los misioneros, les recomienda «dar la vuelta a la medalla» para ver «con los ojos de la fe»: «No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios… iQué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables»
No es menos claro cuando recuerda a las Hijas de la Caridad: «Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, icuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios…
Los pobres, nuestros amos y maestros
Aunque esta expresión no es original de San Vicente de Paúl, sí lo es, en cambio, la aplicación vivencial y práctica que hace de 14 Porque desde su ser imágenes dolientes del Señor Maestro, los pobres se constituyen en «señores y maestros». Y, en consecuencia, hay que amarlos y servirlos como al único Señor Maestro
Además, Vicente de Paúl hace una aplicación complementaria partiendo de la realidad sociológica. Él conocía, por experiencia, la relación entre los amos y sus sirvientes en las casas de los grandes. Sabía que esos señores aristócratas eran, con frecuencia, exigentes, caprichosos, injustos y desagradecidos. Pero sus sirvientes, en la mayoría de los casos, les atendían con esmero de por vida y hasta con cierto cariño. Ahora, los amos, muchas veces duros, exigentes, groseros y desagradecidos, van a ser los pobres, y nosotros vamos a ser sus sirvientes, no por miedo o por sueldo, sino por amor y porque, a la luz de la fe, descubrimos en los oprimidos y marginados a un Cristo que no llama a la contemplación estática, sino a la acción eficaz, al amor solidario y efectivo.
Así vertebra la relación que deben observar los siervos y siervas con sus señores los pobres: «Hemos de entrar en sus sentimientos para sufrir con ellos…, enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia…» «hay que servirles con compasión, dulzura, cordialidad, respeto y devoción…, haciéndoles presente la bondad de Dios» ‘amándoles a costa de nuestros brazos, con el sudor de nuestra frente» con el convencimiento de que «al socorrerles, estamos haciendo justicia y no misericordia„ 18. tomando conciencia de que «tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria
Además, para Vicente de Paúl, el clamor de los pobres es un magisterio infalible para discernir la voluntad de Dios. Y así, los pobres son «maestros» porque nos dan una serie de enseñanzas básicas: nos introducen cerca de Dios; nos remiten sin cesar a Jesucristo; nos interpelan con su sufrimiento; nos invitan a una pobreza más radical; nos muestran la mordedura de la pobreza; nos enseñan la verdadera religión; nos evangelizan mediante su paciencia, su confianza en Dios y su capacidad de acogida.
Dejar a Dios por Dios
El escritor francés Albert Camus cuenta esta famosa y tópica leyenda: «Estaba San Dimitri citado en la estepa con el propio Dios en persona y se apresuraba a llegar a la cita cuando se encontró con un campesino cuyo carro se había atascado. Entonces San Dimitri le ayudó. El barro era espeso y el hoyo profundo. Hubo que forcejear durante una hora. Y cuando por fin acabó, San Dimitri corrió a la cita. Pero Dios no estaba ya». Y concluye Albert Camus: «Siempre habrá quien llegue tarde a las citas con Dios, porque hay demasiadas carretas en el atolladero y demasiados hermanos que socorrer
Vicente de Paúl, como si hubiera conocido de antemano la queja de Albert Camus, había dicho a las Hijas de la Caridad: «Si fuera voluntad de Dios que tuvieseis que asistir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacerlo. A eso se le llama dejar a Dios por Dios» Y, por si hubiera alguna duda, recalca y aclara: ‘[Si hay algún motivo legítimo, mis queridas hijas, es el servicio del prójimo. El dejar a Dios por Dios no es dejar a Dios, esto es, dejar una obra de Dios para hacer otra, o de más obligación o de mayor mérito
Con esta respuesta, Vicente de Paúl deja muy claro que el único camino para llegar sin equívocos, siempre y a tiempo, a la cita con Dios es el camino del encuentro samaritano y servicial con el pobre y el necesitado, Y que, por el contrario, se llega tarde y nunca a la cita con Dios cuando se llega tarde y nunca a la cita con el pobre: «Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios… Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios
En definitiva, Vicente de Paúl quiere dejar a sus seguidores un principio fundamental e ineludible, que es el mejor antídoto contra todas las ambigüedades espiritualistas: a Dios se le ama o se le traiciona en el pobre.
JALONES PARA UNA ESPIRITUALIDAD DE OJOS ABIERTOS
Dejando bien sentado todo lo anterior, voy a atreverme a trazar una serie de jalones que, de alguna forma y sin pretensión de exhaustividad, vertebran el edificio de la espiritualidad vicenciana y la definen como espiritualidad de ojos abiertos.
Una espiritualidad de encarnación
Una espiritualidad, para decirlo sin tecnicismos teológicos, hacia abajo, una espiritualidad dinámica, una espiritualidad conforme a una realidad cristológica muy apreciada por Vicente de Paúl: la «kénosis» de Cristo, es decir, el abajamiento, el anonadamiento, según el himno prepaulino de la carta a los Filipenses (Cf. Flp 2, 511). Una espiritualidad que se realiza en el reverso de la historia.
Es impresionante un texto de Vicente de Paúl hablando del anonadamiento de Cristo y relacionándolo con el servicio caritativo a los pobres. En este texto late con temor y temblor esta espiritualidad encarnada: «Miremos al Hijo de Dios: iqué corazón tan caritativo! iqué llama de amor! Jesús mío, dinos, por favor, qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tormentos que has recibido. iOh Salvador! iFuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Hermanos míos, si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás»
El peligro que constantemente corremos es pensar que se puede tener un compromiso a distancia. Por eso, podemos establecer una especie de regla de oro de la espiritualidad vicenciana: no puede darse compromiso sin estar encarnado en el mundo de los pobres; no puede darse el servicio al pobre, la solidaridad con el pobre, la apuesta por el mundo de los pobres, si no se da el abajamiento hasta los pobres, la cercanía con los pobres, el ser y estar con los pobres. De lo contrario, el compromiso se convertirá en burocracia o en demagogia.
Subrayo un párrafo del Documento «La Iglesia y los pobres»: «Para salvarnos, Dios se acercó a nosotros, vino a vivir con nosotros y entre nosotros, se despojó de sí mismo, tomando condición de siervos.. Nuestra caridad debe acercarnos a ellos (los pobres) de todas las maneras posibles, pero especialmente en la convivencia, situándonos entre ellos para poder analizar las situaciones con realismo, compartir sus problemas y buscar soluciones, recibir su amistad y también la amistad especial del Señor con los que sirven a sus pobres»
Una espiritualidad misionera
O, lo que es lo mismo, una espiritualidad que es envío, impulso, lanzamiento a la evangelización de los pobres. Una espiritualidad «hacia afuera», en el sentido etimológico del vocablo misión»
Aquí es donde deben situarse las propias y específicas virtudes vicencianas que son, según expresión del mismo Vicente de Paúl, «las potencias del alma de la Congregación entera» des tales como: la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y e/ celo por la salvación de las almas (las cinco virtudes características de la Congregación de la Misión) y la humildad, la sencillez y la caridad (las tres virtudes características de la Compañía de las Hijas de la Caridad).
Estas virtudes son cristocéntricas y misioneras, es decir, son mediaciones que, partiendo de Cristo, aterrizan en la evangelización integral (evangelización y servicio, evangelización y humanización) de los pobres. No son, como muchas veces se ha dicho, unas virtudes meramente ascéticas o de perfección individual, porque la espiritualidad de Vicente de Paúl es dinámica y evangelizadora. Y estas virtudes deben ser el alma, la vida, el motor de la evangelización. Aquí está también un elemento bien significativo de la originalidad de la espiritualidad de Vicente de Paúl, porque también existen estas virtudes en otros grupos en la Iglesia y en otras espiritualidades, pero no con el sentido que les da San Vicente.
Si nos preguntamos por qué Vicente de Paúl inculca a sus misioneros esas cinco virtudes o a las Hijas de la Caridad esas tres virtudes, deberíamos responder: porque precisamente esas virtudes, y no otras, son las que se deducen de los tres rasgos específicos de Cristo que descubrió y vivió el mismo Vicente.
Una espiritualidad samaritana
En el discurso de clausura del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI pronunció una frase programática: ‘La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio» Y, evidentemente, ésta ha sido, es y será la pauta de la espiritualidad vicenciana.
Esta espiritualidad quiere decirnos que es imprescindible aproximarse a la realidad de las víctimas, a los náufragos del sistema. En la parábola evangélica, el buen samaritano se acerca al prójimo maltratado y por eso «se movió a compasión» (Cf. LC 10, 30-37).
Pero una espiritualidad samaritana, de solidaridad, no es un simple sentimiento más o menos cordial ni una filosofía altruista ni siquiera una mera ética humanista. La espiritualidad de Vicente de Paúl va más allá de esos meros sentimientos. No olvidemos que su fuente está en Cristo encarnado y anonadado por amor.
El Papa Juan Pablo ll, en una audiencia general del 10 de febrero de 1987, explicaba esta espiritualidad: «Es la manifestación del amor que tiene su fuente en Dios mismo. El Hijo de Dios ha venido al mundo para revelar este amor. Lo revela ya por el hecho mismo de hacerse hombre… Este amor-solidaridad sobresale en toda la vida y misión terrena del Hijo del hombre, en relación, sobre todo, con los que sufren bajo el peso de cualquier tipo de miseria física o moral. En el vértice de su camino estará la entrega de su propia vida para rescate de muchos (Cf. Mc 10, 45): el sacrificio redentor de la cruz. Pero, a lo largo del camino que lleva a este sacrificio supremo, la vida entera de Jesús es una manifestación multiforme de su solidaridad con el hombre, sintetizada en estas palabras: el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos».
Una espiritualidad del principio-misericordia
Me refiero al vocablo «misericordia» en su sentido más genuino y profundo: «tener el corazón al lado del mísero». El término misericordia hay que entenderlo bien porque puede connotar cosas verdaderas y buenas, pero también cosas insuficientes.
No se trata de un mero sentimiento de lástima o de compasión insuficientemente entendida. Tampoco se reduce a las tradicionalmente llamadas «obras de misericordia», que tienen el peligro de no llegar nunca a las causas del sufrimiento y de la pobreza. Y, por supuesto, está muy lejos de las actitudes paternalistas. Es algo mucho más radical: es una actitud fundamental ante el sufrimiento ajeno. Por eso, no hablo sólo de una espiritualidad de misericordia, sino de una espiritualidad del principio-misericordia.
Por este principio-misericordia se entiende un específico amor que está en el origen de un proceso, pero que, además, permanece presente y activo a lo largo de él, le otorga una determinada dirección y configura los diversos elementos dentro del proceso.
Jon Sobrino explica y profundiza este principio-misericordia en la vida de Jesús de Nazaret con una serie de rasgos muy significativos: «La misericordia no es lo único que ejercita Jesús, pero sí es lo que está en su origen y lo que configura toda su vida, su misión y su destino. A veces, aparece explícitamente en los relatos evangélicos la palabra misericordia y, a veces, no. Pero, con independencia de ello, siempre aparece como trasfondo de la actuación de Jesús el sufrimiento de las mayorías, de los pobres, de los débiles, de los privados de dignidad, ante quienes se le conmueven las entrañas. Y esas entrañas conmovidas son las que configuran todo su saber, su esperar, su actuar y su celebrar. Así, su esperanza es la de los pobres que no tienen esperanza y a quienes anuncia el Reino de Dios. Su praxis es a favor de los pequeños y los oprimidos (milagros de curaciones, expulsión de demonios, acogida de los pecadores…). Su teoría social está guiada por el principio de que hay que erradicar el sufrimiento masivo e injusto. Su alegría es júbilo personal cuando los pequeños entienden, y su celebración es sentarse a la mesa con los marginados
Por tanto, no cabe ninguna duda de que este principio misericordia debe informar e impregnar todas las dimensiones del seguidor de Cristo y, por supuesto, del vicenciano. En su encíclica «Dives in misericordia», el Papa Juan Pablo ll nos da una razón incontrovertible: «La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia, el atributo más estupendo del Creador y Redentor
Y el documento varias veces citado, «La Iglesia y los pobres», subraya: «Por tanto, la actuación, el mensaje y el ser de una Iglesia auténtica consiste en ser, aparecer y actuar como una Iglesiamisericordia; una Iglesia que siempre y en todo es, dice y ejercita el amor compasivo y misericordioso hacia el miserable y el perdido, para liberarle de su miseria y de su perdición. Solamente en esa Iglesia-misericordia puede revelarse el amor gratuito de Dios, que se ofrece y se entrega a quienes no tienen nada más que su pobreza
No hace falta insistir en algo fundamental: que este principiomisericordia es absolutamente vital y nuclear en la espiritualidad vicenciana. Aún más, no se puede entender la espiritualidad vicenciana al margen de este principio-misericordia.
Una espiritualidad del misterio pascual
No siempre se ha resaltado suficientemente el aspecto pascual que subyace en la espiritualidad vicenciana. Y creo que es uno de los matices más ricos y significativos que se deducen de la entrega total a Dios en el servicio integral al pobre.
Porque en la diaconía de la caridad se realizan los aspectos integrantes de la Pascua. Ahí está presente la «kénosis» (el anonadamiento) propia ante el otro al que reconocemos como Señor, como Cristo. Supone renuncia al «yo» en favor del otro. Implica una transparente manifestación del amor sin reservas de ningún tipo, una entrega de la propia vida en servicio integral al otro, un «holocausto martirial» para dar vida al que está en condiciones infrahumanas una reconciliación con Dios y con los demás a través del servicio total, una lucha contra el pecado y las estructuras de malignidad (injusticia, opresión, tiranía, explotación, marginación, mecanismos perversos…) y contra todo lo que genera pobreza, marginación, exclusión social, abandono, muerte…
Y todo esto nos remite, ineludiblemente, al misterio pascual. La diaconía de la caridad también es cauce para la exaltación del pobre; para ascenderle en su dignidad; para devolverle a la vida, a la verdad, a la justicia, a la libertad, a la esperanza… que le fue robada; para pasarle de la no-vida a la vida plena, de las tinieblas a la luz verdadera.
Una espiritualidad que nos despierta
Finalmente, la espiritualidad de Vicente de Paúl es una espiritualidad que nos despierta. Ya he citado antes la frase del P. André Dodin al hablar de la originalidad de la espiritualidad vicenciana, donde se subraya que esta espiritualidad tiene la virtud de «no dejar dormirse ni a teólogos ni a autores de espiritualidad».
Porque la espiritualidad de Vicente de Paúl sigue siendo un acicate, un aguijón, un aldabonazo para el creyente actual. Si le prestamos un poco de atención, también impedirá que nos durmamos en un cristianismo desencarnado, intimista y espiritualista o que nos refugiemos en otras espiritualidades más lustrosas y con más despliegue de propaganda, pero adquiridas de contrabando y con alevosía.
Celestino Fernández
La Milagrosa







