VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (II)

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VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (II)

MEMORIA HISTÓRICA DE UN CAMINANTE AL AIRE DEL ESPÍRITU

Los protagonistas de la revolución francesa vieron en Vicente de Paúl un elemento aprovechable para sus sueños de reconstrucción social. Desempolvaron su estatua, la colocaron en una galería de «hombres útiles» y pusieron una solemne inscripción que decía: «Vicente de Paúl, filántropo francés”. El historiador marxista, Boris Porchnev, define a Vicente de Paúl como un gran activista de la caridad y de la limosna, y le da el calificativo de «organizador de la beneficencia».

A las dos referencias anteriores responde rotunda y taxativamente H. Brémond: «Quien ve a Vicente de Paúl más filántropo que místico, quien no le ve ante todo como un místico, se representa a un Vicente de Paúl que jamás existió.

En esta perspectiva de H. Brémond hay que situar a Vicente de Paúl, en la de un buscador de Dios, de los pobres, del sentido auténtico y evangélico de la vida…, que camina al aire del espíritu y llevado por el espíritu. Vicente de Paúl es un converso, es decir, alguien que se ha «vertido» completamente en los «asuntos de Dios». Vicente de Paúl no es un simple activista ni un extraordinario fundador u organizador de ONGs. Vicente de Paúl, en definitiva, es un santo.

Por eso, vamos a adentrarnos y sumergirnos en ese «aire del espíritu» que llevó en volandas a Vicente de Paúl, vamos a tratar de aproximarnos a esa espiritualidad vicenciana, una espiritualidad que se nos muestra hoy más actual que nunca. Ya decía San Bernardo de Claraval que, en temas de espiritualidad, cada uno debe beber de su propio pozo. Y es bueno recordar y refrescar que del pozo de la Familia vicenciana sigue manando un agua auténtica y cristalina. Cuanto mejor conozcamos este pozo, más apreciaremos su agua.

Pero, en este capítulo, nos vamos a centrar en hacer memoria de la espiritualidad vicenciana desde la historia y el contenido de las escuelas de espiritualidad del tiempo de Vicente de Paúl, desde las posibles influencias que ejercieron sobre él y desde su propio y específico camino espiritual. La espiritualidad de Vicente de Paúl no surge de repente. Él es un caminante que duda, aprende, se interroga, se sorprende, selecciona, descubre, matiza, interioriza y expresa.

 

TRES PRENOTANDOS ACLARATORIOS

Antes de entrar de lleno en la reflexión sobre la espiritualidad vicenciana, es absolutamente necesario aclarar algunos conceptos. De lo contrario, nunca entraremos con buen pie en un tema tan importante y delicado, o nos quedaremos con afirmaciones genéricas y abstractas. Hay que empezar con mucha claridad y clarificación.

Vicente de Paúl no escribió ningún tratado de espiritualidad

Este prenotando puede parecer una cuestión baladí. Sin embargo, tiene su importancia. Porque muchas veces, ocurre que solamente entran a formar parte de la historia de la espiritualidad aquellas personas que han sistematizado su pensamiento y su fe en una estructuración teológica. Esta es la acusación que se ha hecho a muchos maestros de la vida espiritual: que su espiritualidad huele más a libros que a vida. Vicente de Paúl parte de la vida y camina al ritmo de la vida, huele a vida.

Y es que, generalmente, la historia de la espiritualidad, tal como se ha escrito y se escribe aún, es una historia fundamentalmente libresca, y escrita por personas cuya profesión es la cátedra y la pluma. Es una historia que casi siempre se ha escrito desde una biblioteca bien abastecida, sin salir a la calle ni conocer directamente a los hombres y mujeres en quienes vive y obra el espíritu de Dios.

Con esta base por delante, es inevitable y lógico que el autor espiritual que ha escrito mucho, ocupe un lugar destacado en la historia escrita; y al que ha escrito poco se le reserve un pequeño rincón en el baúl de los recuerdos. Por ejemplo, Pedro de Bérulle es autor de unos libros impresionantes, mientras que Vicente de Paúl escribió muy poco y, sobre todo, reglamentos y cartas de ocasión.

En realidad, Vicente de Paúl sólo publicó, de su puño y letra, un librito: «Las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión» (17 de mayo de 1658). Y de ellas dice en el prólogo que proceden «no del espíritu humano, sino del espíritu divino», y que se publican tarde porque había que imitar a Cristo «quien primero actuó y después enseno”.

Por otra parte, los 14 gruesos volúmenes de sus cartas, conferencias y alocuciones que publicó P. Coste (y que San Vicente ni se imaginó que pudieran ser recogidos y publicados, ni lo hubiera consentido de haber estado en su mano) nos transmiten tan sólo una décima parte de la enseñanza vicenciana. Lo cual quiere decir que nos encontramos con lagunas insalvables para conocer el ritmo de crecimiento de su vida espiritual. De 1607 a 1624 sólo quedan tres cartas; de 1625 a 1654, ciento cincuenta páginas de conferencias a los misioneros; de 1633 a 1654, doscientas ochenta páginas de conferencias y meditaciones a las Hijas de la Caridad. Es decir, que el grueso de su enseñanza se encuentra en los últimos cinco años de su vida: de 1655 a 1660.

Además, sus enseñanzas recopiladas y publicadas han mirado más hacia dentro que hacia fuera. No se han expuesto excesivamente al gran público cristiano. Este es el reproche que hace un historiador de la espiritualidad francesa como Henri Brémond: «Las obras completas de San Vicente…, gruesos volúmenes ricos en doctrina, chispeantes de humor, en los que no he encontrado una sola línea banal…, estas obras completas no están a la venta. Se las comunica amablemente, lo sé, a los extraños que llevan su curiosidad hasta querer conocerlas, pero el gran público no las conoce. Verdaderamente, algunas Congregaciones tienen una manera muy curiosa de honrar a sus Fundadores»

Ciertamente, cuando H. Brémond escribió lo que antecede no había empezado a aparecer en público la edición de las obras completas de San Vicente de Paúl por P. Coste, que el mismo H. Brémond, al conocerla, calificaría de espléndida. Pero el juicio crítico de H. Brémond sigue siendo válido en su contenido global.

Sin embargo, si la historia de la espiritualidad se fijase más en la vida y no tanto en los libros, Vicente de Paúl ocuparía un lugar absolutamente prioritario. De Pedro de Bérulle y de sus teorías espirituales casi nunca más se volvió a oír en el transcurso de los siglos. Pero sí se volvió a oír de Vicente de Paúl en sus obras y en sus Instituciones. Incluso, muchos textos del Concilio Vaticano ll han recuperado y han hecho reverdecer el espíritu vicenciano.

Hay que evitar la trampa en que ha caído la espiritualidad cristiana.

Esta trampa viene de su mismo nombre. Espiritualidad viene de «espíritu», y éste se ha definido tradicionalmente por la negación de lo que no es espiritual, por la oposición a lo «material». Muchísimas veces, la espiritualidad ha sido -y, en muchos círculos, continúa siendo- sinónimo de huida del mundo, de rechazo de los seres y de las cosas. Es una espiritualidad de «ojos cerrados». Y la clave está en que se ha confundido el adjetivo con el sustantivo. Es decir, en la espiritualidad cristiana el adjetivo es que sea espiritual y el sustantivo es que sea cristiana. Y todos sabemos que es antes y más importante el sustantivo que el adjetivo.

La espiritualidad hindú, la budista y la mahometana, espiritualidades, las tres, muy ricas, pueden buscar vías de acceso a la divinidad refinadas, espirituales y no materiales. Pero el cristianismo no puede. La espiritualidad cristiana viene de Cristo. Jesucristo no es un espíritu (Cf. LC 24, 39), sino un hombre «que come y bebe» (Cf. Mt 11, 19). Cristo se hizo hombre, se encarnó, «puso su tienda entre nosotros», no huyó del mundo. Cristo es el único camino de la espiritualidad cristiana, la única manera legítima abierta al hombre para el acceso a Dios. No tiene otra, y no debe olvidar que ésta es la diferencia clara y decisiva entre la fe cristiana y las demás religiones. Éstas buscarán a tientas diversos modos de llegar a Dios (Cf. Hch 17, 27). El cristiano no tiene más que un modo, y ése pasa necesariamente por Jesucristo, a porque en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2, 9).

Si no tenemos claro esto, caeremos en un espiritualismo que nada tiene que ver con lo cristiano. La historia del cristianismo está llena de ambigüedades y de equívocos en lo referente a esta importante y vital cuestión. Si lo tenemos claro, tendremos una auténtica espiritualidad de «ojos abiertos».

Como subraya el Documento de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, «La Iglesia y los pobres», «más de una vez, dentro de la Iglesia, hemos caído en la tentación de contraponer la vida activa y la contemplativa, el compromiso y la oración, y más concretamente, hemos considerado la lucha por la justicia social y la vida espiritual como dos realidades no sólo diferentes -que sí lo son en cuanto a su objeto inmediato-, sino independientes y hasta contrarias, cuando no lo son en modo alguno, sino más bien complementarias y vinculadas entre sí”.

Un experto vicencianista como Jaime Corera, al concretar la espiritualidad vicenciana, alerta sobre esta trampa: «La historia de la espiritualidad cristiana, y la misma espiritualidad, se han refugiado en los últimos doscientos años largos en libros conventuales que han gastado sus ingenios en describir con extrema sutileza los grados y las formas de la oración y de la humildad, los estados de perfección y su jerarquía, refinadas teorías místicas y cosas similares, pero que han puesto en segundo plano, cuando no los han olvidado del todo, los temas fundamentales de la verdadera espiritualidad cristiana: la encarnación, la evangelización, la solidaridad del Cuerpo místico, la responsabilidad por la salvación común, el Pueblo de Dios en marcha hacia el Padre…».

Para comprender la espiritualidad de alguien, hay que tener en cuenta su tiempo, su personalidad, su psicología

Pretender acercarse a la espiritualidad de alguien al margen del tiempo y de las circunstancias, es desenfocar la cuestión. La historia de la espiritualidad no puede ser espiritualista, como si la vivencia del cristiano se diera en un vacío abstracto. Toda persona es hija y deudora de su tiempo.

Para comprender la espiritualidad de un hombre o de una mujer, hay que intentar conocer también el tiempo en que vivió. Por ejemplo, acercarse a los escritos y a la experiencia de Santa

Teresa de Jesús, y hacer de todo ello un esquema místico, abstracto y válido para siempre y para todos los tiempos, es una empresa abocada al fracaso. Hay que tener en cuenta la psicología peculiar de Santa Teresa, el tiempo en que vivió, las circunstancias históricas, el panorama socioreligioso de aquel tiempo, y cómo influyó todo este conjunto de cosas y avatares en la mujer llamada Teresa. Y entonces se concluirá que Santa Teresa de Jesús y su experiencia mística son totalmente irrepetibles. Ahora bien, de su rica experiencia espiritual se puede extraer el núcleo evangélico que da sentido a toda su vida. Y sobre ese núcleo evangélico sí se puede construir una espiritualidad teresiana válida también para hoy y para mañana. Evidentemente, esto mismo podemos decir de Vicente de Paúl o de Luisa de Marillac.

Por otra parte, aunque el evangelio es el mismo para todos, no hay, ni ha habido, ni habrá hombre o mujer que sea capaz de incorporar en su vida «todo» el rico contenido del evangelio. Dice San Juan de la Cruz, en el «Cántico espiritual»: «Por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas…, les quedó todo lo más por decir y aún por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo; porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término».

Cada santo escoge un aspecto, se centra en él y saca de él todas las virtualidades en la medida en que responde a la gracia de Dios que le mueve. Pero qué escoge y cómo lo escoge y lleva a la práctica, estará condicionado por su biografía: educación, experiencias vitales, lecturas, influencias de los acontecimientos de su tiempo…

Vicente de Paúl ya era muy consciente de esto cuando advierte a los misioneros, en la conferencia del 6 de junio de 1659:  «¿Es que los otros no siguen el evangelio ni imitan a nuestro Señor? Sí, pero ellos de una manera y nosotros de otra; tendemos todos a un mismo fin, pero por caminos diferentes… Las Congregaciones que hay en la Iglesia de Dios miran a nuestro Señor de diversas formas, según los diversos atractivos de su gracia, según las luces y las ideas diferentes que él les da, a cada una en su estado; y por eso le honran y le imitan de diversas maneras»

Y así, Vicente de Paúl ve como clave de su espiritualidad unos aspectos muy concretos de la vida y del mensaje de Jesucristo como evangelizador de los pobres (otros prefieren centrarse en la Trinidad, en el Espíritu Santo, en la cruz, en el Sagrado Corazón, etc.). Y alrededor de esa visión fundamental organiza su vida, sus ideas, su espiritualidad. En realidad, está admitiendo que Jesucristo y su evangelio son infinitamente más grandes que él, y que hay aspectos de las enseñanzas de Jesucristo que él no ha podido integrar en su visión del evangelio, visión que está necesariamente condicionada por los límites sociológicos y psicológicos de su propia personalidad.

Además, hay un principio tan lógico como necesario de recordar a tiempo y a destiempo: no se trata de copiar miméticamente la espiritualidad de un santo -eso sería fundamentalismo-, sino de traducirla -sin vaciarla, por supuesto- a los tiempos actuales que nos toca vivir y que son muy distintos de los que ese santo vivió.

CUESTIÓN DE TÉRMINOS

Aunque en el siglo XVII ya se empezaba a emplear la palabra ‘espiritualidad», sin embargo, Vicente de Paúl no la empleó nunca. Prefirió servirse de la palabra «espíritu». El P. André Dodin, gran experto en vicencianismo, dice que Vicente de Paúl utiliza el vocablo «espíritu» unas 2.891 veces en las 8.573 páginas de sus escritos. Y añade que este vocablo -«espíritu»- tiene unos 27 significados más o menos sinónimos, con algún matiz diferente o con alguna aplicación diversa. De ahí -añade André Dodin-, la dificultad de definir con precisión el significado de «espíritu» en San Vicente de Paúl.

Pero, puestos a buscar una explicación aglutinante de lo que Vicente de Paúl entiende por «espíritu», la podemos encontrar en estas palabras suyas tomadas de una conferencia a los sacerdotes y hermanos de la Misión, el 13 de diciembre de 1658. Es un párrafo extenso, pero merece la pena por su pedagogía y claridad:

«Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado a la Compañía, y lo veis muy bien, para hacer lo mismo. Ella siempre ha apreciado las máximas cristianas y ha deseado revestirse del espíritu del evangelio, para vivir y para obrar como vivió nuestro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la Compañía y en cada uno de los misioneros, en todas sus obras en general y en cada una en particular. Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: ‘El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras’, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu

Hoy se habla indistintamente de espíritu y de espiritualidad, aunque algunos autores distinguen algunos matices. Por ejemplo, al hablar de «espiritualidad», subrayan que el término se refiere al comportamiento histórico de un creyente en el seguimiento de

Jesús como camino hacia Dios Padre, o, dicho de otra forma, ‘al ordenamiento de la propia vida según el espíritu de Jesucristo, expresado en su actitud amorosa hacia el Padre y hacia los hombres, según situaciones humanas específicas.  A veces, también se emplea el término «carisma» como sinónimo de los dos vocablos anteriores. Pero este término se diferencia bastante de ambos, aunque contenga algunas semejanzas.

Tal vez, ambos términos -«espíritu y espiritualidad»- podrían englobarse en una expresión más viva y totalizadora. Me refiero a la expresión «experiencia vital y fundante». Y tal vez, nos Io resumiría muy bien el mismo Vicente de Paúl con su famosa expresión: «Tal es mi fe y tal es también mi experiencia.

 

¿UNA ESPIRITUALIDAD ORIGINAL?

Durante algún tiempo, se ha discutido, incluso acaloradamente, si Vicente de Paúl tuvo una espiritualidad original y específica o si lo que hizo fue simplemente copiar a varios expertos en la ciencia espiritual. Para algunos, San Vicente no hizo nada más que apoderarse de las ideas espirituales de los demás y, después, adaptarlas a su experiencia y a su andadura. Para otros, San Vicente fue un buen discípulo de los maestros de su tiempo y supo extraer lo mejor de cada uno, dando un toque de originalidad a su espiritualidad.

Es curioso y, a la vez, extraño que varios especialistas de la historia de la espiritualidad, grandes admiradores de Vicente de Paúl, despachen en unas pocas y tristes líneas, y con tonos más o menos displicentes, esta cuestión de la originalidad de la espiritualidad vicenciana.

Por ejemplo, H. Brémond no acaba de convencerse de la originalidad vicenciana. Viene a decir que Vicente de Paúl no pasa de ser un discípulo de Francisco de Sales y más todavía de Bérulle, y ve a Vicente de Paúl excesiva y rígidamente sometido a la dirección berulliana. Otro tanto ocurre con Louis Cognet, que conoce a fondo a San Vicente y que también conoce la espiritualidad francesa del siglo XVII. Éste no concede ni siquiera una pizca de originalidad a la espiritualidad de Vicente de Paúl. También hay algún otro historiador menos importante que ni le nombra o que solamente le incluye en un índice genérico.

Es obvio que, inmediatamente, surjan al menos dos preguntas teñidas de ironía y enfado: ¿cómo se puede afirmar tranquilamente que, en el siglo XVII francés, la espiritualidad de San Vicente de Paúl no tiene nada de original? ¿cómo se pueden dar, en una historia de la espiritualidad, cincuenta páginas a la figura de Bérulle, e incluso cinco páginas a un berulliano totalmente menor como Gibieuf, y reducir la figura de Vicente de Paúl a tres escasas páginas?

Lo primero que hay que aclarar es que estos autores parten de una noción de espiritualidad demasiado estática, demasiado metafísica, demasiado encerrada en un sistema de ideas académicas, como ya he mencionado anteriormente. Por eso, el P. André Dodin responde muy certeramente y con su sarcasmo habitual: «Lo que hubiera podido al menos ayudar a contemplar un poco más de cerca a este hombre (Vicente de Paúl), es que se manifiesta, a la vez, como organizador de varias Congregaciones y, sobre todo, como inspirador de millones de personas. Y esto perdura después de tres siglos y medio. Y, creedme, aunque no soy profeta, perdurará todavía mucho tiempo. Una gran filosofía no es la que pronuncia juicios definitivos, la que instala una verdad definitiva, sino la que introduce una inquietud, la que produce una gran emoción. Del mismo modo que Blas Pascal había impedido que, durante siglos, los filósofos se durmieran…, así el señor Vicente, carente de todo sistema, impide que se duerman los teólogos y los autores de espiritualidad, y que se vendan, a escondidas, anestésicos o narcóticos espiritualistas…

 

Otro experto en el tema, como es Jaime Corera, da también una respuesta más doméstica, pero no menos convincente: «Hay que advertir que entra dentro de la espiritualidad del mismo fundador como uno de sus componentes, y no ciertamente secundario, el mostrar la riqueza de la espiritualidad personal no a través de la pluma, sino a través de la acción. Los discípulos y las discípulas de ese hombre no han sido, por eso mismo, almas espirituales aficionadas a plasmar sus experiencias en libros, sino en el vivir diario y en las obras

Dicho lo cual, es evidente que Vicente de Paúl no parte de la nada. Y es más evidente todavía que él no se inventa ninguna espiritualidad. Vicente de Paúl vive en un tiempo concreto con unas corrientes concretas de espiritualidad. Por eso, es necesario situar a Vicente de Paúl en estas corrientes de espiritualidad y ver cómo empieza a caminar al aire del espíritu.

 

LA INVASIÓN MÍSTICA

Así califica H. Brémond a la primera mitad del siglo XVII europeo. La razón es obvia: se trata de un tiempo pródigo en grandes y famosas escuelas de espiritualidad. Asistir a estas escuelas de espiritualidad era entonces tan normal como apuntarse hoy a un club o a una asociación de cualquier género. Era algo que daba lustre, brillo y esplendor religioso y social a las personas, tanto a las pertenecientes al estado clerical o regular, como a los seglares. Significaba entrar en los círculos selectos de la sociedad.

La lista de estas escuelas de espiritualidad es amplia y compleja. Tan compleja que, como dicen muchos estudiosos de la época y de esta especialidad, hay una mezcla de seriedad, de esnobismo, de modas más o menos espirituales y piadosas. Hay influencias, contrainfluencias, evoluciones… He aquí una pequeña muestra tomada al azar, sin que el orden de factores prejuzgue y altere los productos y su importancia: la escuela renano-flamenca, la escuela abstracta, la devotio moderna, la escuela francesa o berulliana, el humanismo devoto, la escuela jesuítica, la mística carmelitana, la guía de pecadores, el ejercicio de perfección, la mística italiana

Y detrás de cada corriente espiritual hay nombres más o menos famosos, nombres representativos de cada una de ellas: Juan Ruysbroeck (escuela renano-flamenca), Benito de Canfeld (escuela abstracta), Tomás de Kempis (devotio moderna), Pedro de Bérulle (escuela francesa, berulliana), Francisco de Sales (humanismo devoto), Teresa de Jesús (mística carmelitana), Fray Luis de Granada (guía de pecadores), Alonso Rodríguez (escuela jesuítica, ejercicio de perfección), Ángela de Foligno (mística italiana)…

Vicente de Paúl conoce, más que de oídas, todas estas corrientes de espiritualidad, ha leído muchos de los tratados principales de los fundadores de estas escuelas, incluso se ha relacionado con algunas. En sus conferencias a los sacerdotes y hermanos de la Misión y a las Hijas de la Caridad, cita muchas veces algunos pensamientos de distintas escuelas de espiritualidad, prueba de que las conocía bastante bien.

Cuatro maestros importantes

Sin olvidarnos de algún nombre influyente, por admiración o por amistad, en la vida y en la andadura espiritual de Vicente de Paúl, como es el sacerdote André Duval, podemos subrayar los «cuatro maestros» más importantes, con sus escuelas correspondientes, que más pudieron dejar huella en la espiritualidad de Vicente de Paúl.

Pero hay que insistir, una y otra vez, en que ninguna de las cuatro escuelas modeló definitivamente la fe y la experiencia de Vicente de Paúl. Se puede decir que Vicente de Paúl no fue discípulo de ninguno de los supuestos maestros, en el sentido exacto y estricto del discipulado.

— La escuela abstracta

Se origina en los Países Bajos. Maneja un lenguaje cálido y apasionado, inspirado en el Cantar de los Cantares. Su representante más famoso y conocido es el capuchino inglés y converso Benito de Canfeld. En esta «escuela abstracta» se encuentra también Miguel de Marillac, tío de Luisa de Marillac. La obra más nombrada y representativa de esta escuela es el libro «Regla de perfección», escrito por Benito de Canfeld. El punto central -y, prácticamente, único- de esta espiritualidad es la voluntad de Dios, y la meta de la perfección es la conformidad de la voluntad humana con la voluntad divina.

— La devotio moderna

Aparece, también en los Países Bajos, como alternativa de la ‘escuela abstracta». Se caracteriza por el énfasis con que desdeña la ciencia, fomenta el saber práctico y estimula el afecto. Se reserva mucho espacio a la Biblia y a las prácticas ascéticas. Los valores humanos cuentan poco. Se da gran importancia a la renuncia, al sacrificio y al desprendimiento. Su mayor representante es Tomás de Kempis y su obra «La imitación de Cristo»

— La escuela francesa o berulliana

En la historia de la espiritualidad del siglo XVII, se habla de la ‘escuela francesa», pero casi todos sus representantes, aunque diversificándose, dependen de la espiritualidad de Pedro de Bérulle. Por eso, se habla, más concretamente, de «escuela berulliana».

Vicente de Paúl, hasta aproximadamente los treinta años de su vida, es un hombre de una espiritualidad indiferenciada. Ha recibido en su niñez la catequesis acostumbrada en una familia católica normal, y después la formación teológica usual a finales del siglo XVI. Un poco antes de los treinta años, después de los primeros años de sacerdocio -años un tanto oscuros y, de todos modos, obsesionados por la idea de asegurarse un retiro honrado (es decir, una tranquila vida clerical cerca de sus parientes, sobre la base de algún jugoso beneficio eclesiástico)-, se encuentra con una persona que influirá en él durante toda la vida. Se trata de Pedro de Bérulle, un sacerdote santo y sabio, tal vez demasiado pagado y orgulloso de su santidad y de su sabiduría,

El caso de Vicente de Paúl ante Pedro de Bérulle es, por lo menos, curioso. Porque, por un lado, si se pudiera cuantificar la influencia de los personajes humanos en la espiritualidad de San Vicente de Paúl, probablemente habría que otorgarle a Bérulle el primer lugar. Pero, por otro lado, también se podría afirmar que nadie se distanció más de la espiritualidad berulliana que el mismo San Vicente de Paúl, por mucho que el santo le conservara siempre respeto y estima a Bérulle.

Incluso, son también curiosas las relaciones posteriores entre ambos. Relaciones que se deterioraron tanto, que Bérulle se opuso firmemente a que Vicente de Paúl consiguiera de Roma la aprobación de la Congregación de la Misión. Y esta oposición la llevó a cabo con medios no demasiado espirituales, aunque Vicente de Paúl reaccionó con mucha más talla humana y evangélica que su pretendido maestro.

En plena lucha por la aprobación de la Congregación de la Misión, Vicente de Paúl escribe una carta, fechada el 9 de julio de 1655, al P. Esteban Blatiron que está en Roma llevando este delicado asunto: «Según veo, las dificultades continúan; pero no tiene más remedio que ser así, ya que tiene que vérselas usted con tal cardenal (Bérulle) y con un Instituto tan importante (el Oratorio, fundado por Bérulle). Esto no impedirá que, aunque me hubieran arrancado los ojos, los siga estimando y queriendo con el mismo cariño con que aman los hijos a sus padres… Deseo y pido a Nuestro Señor que todos y cada uno de los de nuestra Congregación hagan lo mismo

Seleccionando y sintetizando mucho, se puede decir que dos son las características más sobresalientes de la l‘escuela berullial‘: el cristocentrismo místico y la exaltación del estado sacerdoall. Y de estas dos características, la principal y más sobresaliente es el «Verbo encarnado», sobre todo en el aspecto de veneración, adoración y devoción.

— El humanismo devoto

El obispo de Ginebra, Francisco de Sales, marca también, de alguna manera, la andadura de Vicente de Paúl. Es evidente la amistad y la admiración que ambos se profesan. En su testimonio para el proceso de beatificación del obispo de Ginebra, Vicente de Paúl no puede disimular el impacto que le había producido: «Sólo recordaré aquí que la suavidad de su bondad se desbordaba suavemente, como un ejemplo de devoción, sobre los que gozaban de su trato; yo mismo participé de esas delicias, pues me acuerdo de que, hace unos seis años, estando enfermo en la cama, repasaba en mi interior y daba vueltas a la idea de la bondad que Dios me había manifestado: jDios mío, Dios mío! iCuánta tiene que ser tu suavidad, si fue tan grande la de tu siervo Francisco de Sales!»

Francisco de Sales es el representante único de esta espiritualidad del «humanismo devoto». Sobre todo, en dos de sus Iibros. «Introducción a la vida devota» y «Tratado del amor de Dios». Este «humanismo devoto» tiene dos características: la visión optimista del hombre y la centralidad del amor («la viva y verdadera devoción presupone el amor de Dios). Destaca la mutua atracción entre Dios y el hombre, a pesar del pecado («Dios es el Dios de corazón humano„ esta frase le costó más de un disgusto a Francisco de Sales, incluso la quema de sus libros).

Esta espiritualidad subraya que la santidad no es cosa de unos pocos escogidos y doctos, sino de todos los miembros del Pueblo de Dios, sea cual sea su estado y su ocupación. Es una espiritualidad bautismal y un precedente de la espiritualidad de los laicos. He aquí un ejemplo en el siguiente párrafo: «La devoción debe ser practicada de una forma por el caballero y de otra por el artesano; por el criado y por el príncipe; por la viuda y por la soltera; por la doncella y por la casada; hay que relacionar su práctica con las fuerzas, las ocupaciones y los deberes de cada estado… Cierto que la devoción puramente contemplativa, monástica y religiosa no puede desarrollarse en los ambientes citados; pero, además de estas tres clases de devoción, existen otras muchas, aptas para procurar la perfección a los que viven en el estado secular… Dondequiera que nos encontremos podemos y debemos aspirar a la vida perfecta»

 

VICENTE DE PAÚL TIENE SU PROPIO CAMINO

Ciertamente, los maestros espirituales antes citados ejercieron una gran influencia en Vicente de Paúl. Unos más que otros, por supuesto. Pero Vicente de Paúl no se limitó a copiar miméticamente a sus maestros y a vivir bajo su influencia.

Asimiló lo mejor de esas doctrinas, elaboró su propia síntesis doctrinal y emprendió su propio y específico camino de espiritualidad, añadiendo por su cuenta y riesgo algo muy fundamental que ninguno de sus maestros había descubierto: los pobres como presencia viva del Señor. Podríamos decir que Vicente de Paúl emprendió un camino empedrado con dos instancias indelebles: el Evangelio y la vida.

Y precisamente, este elemento de los pobres es el que va a ser vital en la espiritualidad vicenciana. Desde él podemos hablar de originalidad en la espiritualidad de Vicente de Paúl. Él mismo ha enseñado a los miembros de la Congregación de la Misión, a las Hijas de la Caridad y a las señoras de las Cofradías de la Caridad que el único camino abierto a su perfección es el pobre como imagen viva y doliente de Jesucristo. Y este camino hay que recorrerlo no en un desprendimiento meramente ascético de lo humano, sino en el trabajo por la satisfacción de las necesidades corporales, intelectuales, morales y espirituales del pobre. En esa tarea es donde se encuentra a Dios. Las frases, expresiones, alocuciones, advertencias, avisos, insistencias de Vicente de Paúl en este sentido serían interminables. Basta con asomarse, aunque sea muy someramente y por curiosidad, a sus escritos.

Pero veamos, más en concreto, cómo Vicente de Paúl se libera de sus pretendidos maestros y, por decirlo de alguna manera, los rebasa:

— Vicente de Paúl conoce la «Regla de Perfección» de Benito de Canfeld, pero sólo la aprueba, muy en parte, en lo referente al cumplimiento de la voluntad de Dios. San Vicente no se entretiene en complicaciones místicas. Le parecen inútiles. Y dirá que «la perfección no consiste en los éxtasis, sino en cumplir bien la voluntad de Dios, y todos sabemos que, en Vicente de Paúl, el cumplimiento de la voluntad de Dios debe estar en referencia a la evangelización integral de los pobres. Vicente de Paúl es un campesino gascón que desconfía de intelectualismos, metafísicas, éxtasis y demás vanidades en la vida espiritual.

— De la «devotio moderna» no le disgusta su raíz evangélica y su talante práctico, pero se distancia de esta corriente espiritual porque se aleja del apostolado, y porque el Cristo que predica está muy lejos del evangelizador de los pobres. El talante marcadamente individualista y claramente alejado de la misión y del apostolado que tiene la «devotio moderna» está en las antípodas del pensamiento, de la obra y de la vida de Vicente de Paúl.

— Ya he subrayado la enorme influencia que ejerce Pedro de Bérulle sobre Vicente de Paúl. Pero también he citado la distancia que, poco a poco, fue originándose entre Pedro de Bérulle y Vicente de Paúl, entre la espiritualidad netamente berulliana y la espiritualidad genuinamente vicenciana. Ciertamente, la doctrina berulliana del Verbo encarnado ayuda mucho a Vicente de Paúl, pero, mientras Bérulle se queda en la adoración del Verbo encarnado y en una identificación mística con él, Vicente de Paúl Io asume como el Cristo encarnado en la historia y lo descubre, cruda y realmente, en los pobres. Es decir, Vicente de Paúl da un paso más: no se queda en la adoración estática, sino que aterriza en el seguimiento radical de Cristo presente en la «historia passionis» de la humanidad. Como más de un vicencianista ha dicho, muchas ideas de Vicente de Paúl serán berullianas, pero la orientación es plenamente vicenciana.

En cualquier caso, Pedro de Bérulle y Vicente de Paúl no podían encontrarse plenamente. Eran personas y experiencias distintas. Bérulle era un aristócrata elitista. Vicente era un campesino y su experiencia era el mundo de los pobres. Bérulle se mueve en un ambiente algo enrarecido de refinamiento espiritual, ambiente del que no es ajeno un cierto espíritu de intriga y de ambición en el terreno civil y eclesiástico. Vicente se va a los campos y en ellos encuentra la savia de su espiritualidad. Además, para Vicente de Paúl, lo definitivo no es el «estado de perfección», sino el «estado de caridad

Que el historiador Louis Cognet piense y escriba que no hay nada original en la espiritualidad de Vicente de Paúl, que es totalmente deudora de la berulliana, que el maestro es el que vale en la historia de la espiritualidad, y que Vicente de Paúl no es más que un mediano discípulo de Bérulle, sólo prueba una cosa: que también a Cognet le interesa más el ambiente clerical enrarecido y libresco, y que no ha entendido nada de la vida de los pobres y de la opción radical de Vicente de Paúl por ellos

— Tampoco San Vicente es un mero discípulo de Francisco de Sales. Éste es más erudito, optimista, suave, florido, acomodaticio; Vicente de Paúl es más descarnado, más directo y realista, más golpeado por el dolorido mundo de los pobres, más urgido por Cristo evangelizador de los pobres.

En resumen, una pregunta elemental y una respuesta obvia nos ponen en la pista de la «originalidad» de la espiritualidad de Vicente de Paúl: ¿Quién es capaz de descubrir en Vicente de Paúl, a partir de 1617, una motivación distinta de su pasión por los pobres y que no esté inspirada en Jesucristo? Porque Jesucristo y los pobres, los pobres y Jesucristo, vividos como él los vivió, constituyen la originalidad espiritual que a Vicente de Paúl nada ni nadie le podrá arrebatar

Celestino Fernández

La Milagrosa

 

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