VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (I)

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VICENTE DE PAUL (Un corazón si medida) (I)

MEMORIA APASIONADA DE UN BUSCADOR INQUIETO

En diversas ocasiones importantes de su vida, Vicente de Paúl solía repetir: «Tal es mi fe y tal es también mi experiencia» I En esta frase, quiere resumir o evocar sus vivencias más profundas y sus convicciones más hondas. Y esta frase también pone de manifiesto el entramado y la entraña de su historia y de su existencia creyente más genuina y auténtica. Por eso, esta sencilla y casi enigmática afirmación va a ser el telón de fondo y la brújula de nuestro viaje al interior de la geografía humana y espiritual de Vicente de Paúl.

De entrada, advierto que no se trata de contar y narrar, de nuevo y detalladamente, la vida, el pensamiento y las obras de Vicente de Paúl. Se trata, más bien, de profundizar, aunque sea someramente, en la intrahistoria de este cristiano cabal y testigo de ayer y de hoy. Se trata, en suma, de revitalizar la memoria de alguien que hoy nos interpela desde su compromiso radical.

Por lo demás, ésta no es la historia de un hombre neutral, pulcro y burocrático. Es una entrañable y humilde parábola sobre un converso, sobre un creyente militante y «parcial». En definitiva, la memoria de un buscador inquieto e inquietante.

 

UN HOMBRE POLIÉDRICO

Siempre he comparado a Vicente de Paúl con un inmenso bosque espeso, feraz y difícil de recorrer. Hay personajes en la historia cuya andadura global se percibe de un solo golpe de vista. Son prácticamente uniformes. Apenas tienen complicaciones para el observador. Pero la vida, el personaje, la psicología, la aventura, las obras, la espiritualidad, las apoyaturas, las instituciones… de Vicente de Paúl no se recorren ni se comprenden linealmente.

Para recorrer este bosque llamado Vicente de Paúl, necesitamos de un guía que nos ayude a desentrañar tesoros ocultos, caminos difíciles, senderos y vericuetos más o menos tortuosos… Sin embargo, tampoco hay un solo guía. Sobre Vicente de Paúl se ha escrito mucho, sobre todo últimamente, se han dado diversas versiones e interpretaciones, se han hecho lecturas varias y a veces contrapuestas. No todos los guías de este bosque tienen el mismo mapa.

Pero hay algo en lo que todos estamos de acuerdo: este hombre poliédrico no es sistematizable. Es un hombre que camina llevado por tres instancias fundamentales: la naturaleza, la gracia y la historia. Y, naturalmente, alguien así rompe todos los esquemas preestablecidos y, desde luego, es totalmente imposible de encajonar y encapsular en un sistema lógico.

Si alguien se acerca a Vicente de Paúl con un esquema predeterminado, se encontrará con la sorpresa de que este personaje se le escapa de las manos. Porque nos hallamos ante un hombre bondadoso y enérgico; activo y contemplativo; inteligente pero poco dado a las elucubraciones intelectuales; reservado y comunicativo; tradicional e innovador; crítico del poder y colaborador con él; flexible e inflexible; afectivo y antisentimental; irónico y serio; de oración y de compromiso; idealista y de un claro apego al realismo; manirroto y economizador; desconfiado y confiado; trabajador infatigable a quien repugnaba el activismo; dado a Dios y dado a los prójimos más diversos… Y todos estos calificativos contrapuestos, y a veces opuestos, se pueden documentar con textos, anécdotas y decisiones suyas. En definitiva, es un hombre abierto a la vida, y la vida no es sistematizable.

 

UNAS SEÑAS DE IDENTIDAD INCONFUNDIBLES

Cuentan las crónicas que el 27 de septiembre de 1660 ocurrió algo hermoso e insólito en París. Vicente de Paúl había muerto ese mismo día, a las cinco menos cuarto de la madrugada, en el priorato de San Lázaro. Y al difundirse la noticia de su muerte, los mendigos más andrajosos y los pobres más marginados de la ciudad acudieron, en multitud, para despedir a quien había tomado partido por ellos. Dos meses más tarde, en su funeral, Mons. Enrique Maupas du Tour proclamaba solemnemente: ‘(Este hombre ha cambiado casi totalmente el rostro de la Iglesia»

Por otra parte, aseguran los historiadores que los sencillos y los humildes le adoraban, los grandes le consultaban, los maestros de vida espiritual le tenían por un hombre sabio y prudente, los partidos le discutían sin que ninguno de ellos consiguiera tenerle entre sus partidarios, los revolucionarios y ateos le llamaban «su santo». Él solía apelar a sus raíces y repetía: «Soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años». Y recordaba, con nostalgia y orgullo, que había nacido el 24 de abril de 1581, en el caserío de Ranquines, a cinco kilómetros de Dax, en el suroeste francés.

Este pequeño gascón se ha dejado retratar, con cierta ironía, desde las más variadas perspectivas. Le han querido encasillar en los moldes más contradictorios y extremistas: desde el angelismo piadoso hasta la subversión radical, desde el benefactor limosnero y acrítico hasta el luchador desaforado. Incluso le han intentado domesticar en la agridulce comodidad del sistema. Pero él siempre ha conservado su libertad y su imprevisible capacidad de sorpresa. Y, por eso, su figura sigue siendo un símbolo -muchísimas veces incómodo- de coherencia, coraje, creatividad, misericordia y ternura en nuestro mundo frío y falsamente civilizado.

Tres frases suyas, tomadas al azar de entre las muchísimas que nos ha dejado en sus más de 8.000 páginas, reflejan, de alguna manera, el hilo conductor de su vida comprometida: «Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria Vivimos del sudor de los pobres…

 

Somos los culpables de que ellos sufran por su ignorancia…, nuestra es la culpa de que ellos sufran, si no sacrificamos toda nuestra vida por instruirlos “Nuestro lote son los pobres»

En resumen, cualquiera que se asome a los gestos y palabras de este creyente, se dará cuenta inmediatamente de que toda la energía, la lucidez y la entrega de Vicente de Paúl tienen un norte diáfano: «Dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres». Y, por supuesto, también percibirá que la vida de este buen samaritano estará encaminada a proclamar, contra viento y marea, la dignidad humana de todo pobre y de todo marginado, y en consecuencia, lograr, a todo precio, su liberación integral.

 

CUANDO DIOS HABLA A TRAVÉS DEL GRITO DE LOS POBRES

Hay una terrible pregunta de Dios, en el relato sobre Caín y Abel en el libro del Génesis, que resuena constantemente en el corazón de cada persona y en la historia de la humanidad: ¿Dónde está tu hermano?» (Gen 4, 9).

Esta pregunta ha tenido muchas veces respuestas frívolas y evasivas, como hizo el mismo Caín: «No sé. Yo no soy el guardián de mi hermano» (Gen 4, 9). Pero también, respuestas positivas. Y esta pregunta se le planteó también a Vicente de Paúl. Su respuesta tiene un antes y un después.

Vicente de Paúl no se mueve en las nubes ni en un mundo ficticio. Dios le interroga, le pregunta a través del clamor agudo, impetuoso, ensordecedor de los pobres y marginados. La pregunta de Dios le viene de la misma realidad que está a su alrededor. Una realidad de pobreza, miseria, marginación, ignorancia, abandono, exclusión social y deshumanización. Vicente de Paúl vive en medio del «siglo de los pobres». Así se ha calificado al siglo XVII francés. Su imponente maquinaria de fabricar pobres le ha hecho justo merecedor de tal título.

No resulta fácil comprender hasta dónde llegaba el «umbral de la pobreza». Quizá nos sirva de espeluznante indicador la carta que un sacerdote de la Misión escribió a Vicente de Paúl en 1652: «El hambre es tan grande que vemos a los hombres comer tierra, masticar la hierba, arrancar la corteza de los árboles, desgarrar los miserables harapos de que están cubiertos para tragárselos. Pero lo que no nos atreveríamos a decir si no lo hubiéramos visto es que da horror ver cómo se comen sus brazos y sus manos y mueren en esta desesperación». O lo que también escribe otro sacerdote de la Misión, a principios de 1640: «Hay más de ciento que parecen esqueletos cubiertos de piel, tan horribles que, si nuestro Señor no me diera fuerzas, no me atrevería ni a mirarlos»

La mortalidad infantil alcanzaba a más del 50 por 100 de los nacidos. La edad media de vida estaba entre los 25 y los 30 años. Las epidemias causaban el 40 por 100 de fallecimientos. El analfabetismo era total: sólo sabían leer y escribir dos millones y medio en una población de casi veinte millones. Los gobernantes sólo querían hombres para la guerra, impuestos para alimentar esa guerra y, como diría el cardenal Richelieu, primer ministro de la época, «mulos de carga del Estado». Tan aplastados estaban los campesinos, que el abogado general del Parlamento, Talon, exclamaría delante de la reina Ana de Austria: «Estos desgraciados no poseen otras propiedades que sus almas, porque no han podido ser vendidas en la almoneda».

La guerra de los Treinta Años se tradujo en una constante devastación y en un cruel despojo del campesinado. Y, así, toda la clase pobre y humilde engrosaba las filas de la mendicidad y del vagabundeo. Resumiendo mucho, se puede afirmar que sobre la trilogía compuesta por la peste, el hambre y la guerra se levantaba un cínico monumento a la más terrible miseria física, psíquica y moral.

 

EL DRAMA DE UNA OPCIÓN

veces, se ha simplificado en exceso la figura de Vicente de Paúl, como en las antiguas, ingenuas y pomposas hagiografías, y se le ha descrito, con un tópico latino, como «senex a puero» («maduro ya desde niño»). Pero Vicente de Paúl no nace convertido. Es la imagen realista de cómo una persona se va haciendo en su ser y en su pensar. En Vicente de Paúl hay una evolución no exenta de luchas, sombras, dudas, perplejidades y experiencias dolorosas.

«En las telas de una araña»

Es una expresión que emplea Vicente de Paúl recordando aspectos negativos de su vida pasada. Y se refiere a toda la época que va desde su ordenación sacerdotal hasta su conversión definitiva, es decir, desde los 19 hasta los 38 años.

Y las palabras fuertes de sus escritos de esta época son: «asunto que mi temeridad no me permite nombrar» negocios embrollados mis acreedores ascenso» ‘retiro honroso decoroso beneficio copia de mis títulos» «honesto retiro para emplear el resto de mis días junto a usted» “mis infortunios„ … La lengua habla de lo que el corazón trae entre manos y Vicente anda atrapado «en las telas de una araña», en un proyecto de vida centrado sobre sí mismo. No es, ciertamente, un pervertido. Ni su nativa rectitud ni su deseo de ascensos se lo permiten, y los medios tampoco se lo facilitan. Pero las leyes comunes de la psicología pueden empujarnos a pensar que su disipación fue algo más que un simple contagio mundano. El «cargado de pecados», como dice en una carta del 20 de julio de 1631 a Francisco Du Coudray “las abominaciones de mi vida», como repite en, al menos, seis cartas podremos entenderlas como fórmulas de humildad, pero eso no impide que describan alguna realidad.

Dos experiencias-bisagra

Vicente de Paúl, en todo caso, ha empezado a probar la amarga tierra de Egipto. Tiene sobrada experiencia de ella, A un hombre reflexivo le bastan algunos datos para descubrir lo que esta tierra encubre. Vicente de Paúl es reflexivo y sacará las consecuencias.

Hay dos experiencias de esta tierra de Egipto, que se pueden considerar como experiencias-bisagra para entrar en el pórtico de la conversión de Vicente de Paúl. Y, aunque todavía está lejos de la conversión, esas dos experiencias van a resultar significativas. Son la acusación falsa de robo por parte de su compañero de pensión, un paisano suyo (gascón) que ejercía de juez de Sore, y la noche oscura de la fe que pasó durante más de tres años (1613-1617) y que le impedía incluso recitar el Credo.

Estas dos experiencias amargas le sitúan, sin él saberlo del todo, en la perspectiva del desvalimiento de los pobres, que no saben ni pueden defenderse de las injusticias, y en el horizonte de la pobreza y el abandono espiritual. Al mismo tiempo, le revelan su propio mundo de egoísmo y frivolidad, y le empujan a salir de él.

Y, así, mientras contempla este mundo de sombras engañosas y marionetas vanidosas, también contempla a los pobres del Hospital de la Caridad y a quienes trabajan en él, es decir, contempla a los pobres que se debaten, sin remedio, entre la vida y la muerte, y a las personas que dedican toda su vida a trabajar para que los que están en la no-vida tengan una existencia mínimamente digna.

 

Tres fechas decisivas

Se las conoce con el nombre de los lugares donde sucedieron los hechos que propiciaron que Vicente «cayese del caballo» en su particular camino de Damasco. Son tres momentos que no surgen improvisadamente. La terrible pregunta de Dios ha ido calando hondo en la andadura del futuro buen samaritano.

— Gannes-Folleville: en enero de 1617, en el feudo de los Gondi, llaman a Vicente de Paúl al lecho de un moribundo. Éste era tenido por santo. Vicente de Paúl lo confiesa y se da cuenta de que no era tal santo, sino que no se había atrevido a confesarse por vergüenza. Vicente de Paúl descubre, como un trallazo en pleno rostro, el abandono pastoral en que vivían las pobres gentes del campo. Vicente de Paúl interpreta este hecho como un «signo de los tiempos» a través del cual Dios le interpela fuertemente. El 25 de enero de ese año, en la iglesia parroquial de Folleville, Vicente de Paúl predica el primer sermón de misión

— Châtillon-les-Dombes: el 20 de agosto de 1617, estando Vicente de Paúl de párroco en ese pueblo y antes de comenzar la eucaristía del domingo, le avisan que una familia de la localidad está enferma y en la miseria. Vicente de Paúl predica sobre la caridad. Y todo el pueblo se moviliza para ayudar a esa familia. Vicente de Paúl pronuncia su famosa frase: ‘¡He aquí una gran caridad, pero mal organizada». Y tres días más tarde pone en marcha su proyecto de las Cofradías de la Caridad (actualmente «Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl»-A.l.C.).

— Montmirail-Marchais: en 1620 tuvo lugar un encuentro entre Vicente de Paúl y un hugonote. Éste lanza una envenenada objeción que hiere a Vicente y le hace reflexionar con dolor y temblor: «Dice usted que la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo, pero yo no lo puedo creer, puesto que por una parte se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes, que no conocen sus obligaciones y que no saben siquiera lo que es la religión cristiana; y por otra parte se ven las ciudades llenas de sacerdotes y de frailes sin hacer nada; puede ser que en París haya hasta diez mil, mientras que esas pobres gentes del campo se encuentran en una ignorancia espantosa, por la que se pierden. ¿Y quiere usted convencerme de que esto está bajo la dirección del Espíritu Santo? No puedo creerlo

 

DE SUS NEGOCIOS A LOS ASUNTOS DE DIOS

A estas alturas, para Vicente de Paúl los pobres han dejado de ser un número estadístico o un vertedero de la piedad y de la ideología. Ahora su visión de los pobres es netamente evangélica. Y sus posturas y acciones a favor de los pobres van a nacer, no de su sentido ético o de su humanismo, sino de su pasión por Cristo en los pobres y por los pobres en Cristo. Vicente de Paúl da el paso de «buscador de sus propios negocios» a «buscador de los asuntos de Dios», y esos «asuntos de Dios» son la lucha por la justicia, la defensa de los pobres y la concientización de las gentes a favor de los pobres. En el camino de la vida que va de Jerusalén a Jericó, Vicente de Paúl deja de ser el fariseo y el escriba que pasan de largo, y se convierte en el buen samaritano.

Vicente de Paúl no es un mero activista. Sus acciones sólo se explican desde Dios. La pedagogía de Dios le ha ido guiando lentamente hasta el descubrimiento de los pobres. Y, así, Vicente descubre, sobre todo, el capítulo 25 del evangelio de San Mateo, en sus versículos 31-46. Descubre el anonadamiento de Cristo, la «kenosis», el vaciamiento del que, siendo Dios, se rebajó hasta tomar la condición de siervo (Cf. Flp 2, 6-7). Y descubre, finalmente, una verdad fundamental que vertebrará toda su vida: «Jesucristo vino a evangelizar a los pobres».

Además, Vicente de Paúl se da cuenta de que la caridad es el centro neurálgico del creyente. Una caridad que no se queda en mera beneficencia, sino que es organizada, coordinada, crítica, promocional, profética, denunciadora de las injusticias y concientizadora. Por algo se dice que Vicente de Paúl organizó, por toda Francia, una red de servicios caritativo-sociales que hoy serían la envidia de cualquier organización moderna. Y es que él ha sido uno de los pocos santos que ha tenido un gran conocimiento y una gran claridad en los asuntos económicos al servicio de los pobres.

 

«NUESTRO LOTE SON LOS POBRES»

Vicente de Paúl, lógicamente, nunca empleó la frase «opción preferencial por los pobres». Pero con otras palabras más propias de su época -«nuestro lote son los pobres» por ejemplo-, expresó inequívocamente su pasión por ellos y alimentó su espiritualidad en la preferencia exclusiva por los abandonados. Incluso, en sus formulaciones, se adelantó muchos siglos a lo que Medellín dijo en 1968: «Dar la preferencia efectiva a los sectores más pobres y necesitados y a los segregados por cualquier causa y a la expresión acuñada en Puebla en 1979: «Opción preferencial por los pobres»

Hay y ha habido, a través de la historia, criterios y motivaciones de diversa índole para hacer esta opción por los pobres. Por ética, por utopía política, por sentimientos humanistas y, cómo no, por imperativo de la fe. Lo que nos interesa, precisamente, es descubrir el porqué de esta opción radical por los pobres en Vicente de Paúl. O, lo que es lo mismo, se trata de clarificar el sentido profundo desde dónde sitúa Vicente de Paúl su toma de partido por la causa de los pobres y su actitud de servicio integral.

Desde el sentido teológico

La opción por los pobres, antes que un mandamiento y un compromiso, es una realidad de fe o una verdad teológica. Dios es el primero que opta por los pobres. La causa de los pobres es la causa de Dios y la cuestión de los pobres es la cuestión de Dios. Por eso, podemos decir que el pobre es el lugar teológico, el lugar teofánico de Dios, en cuanto que en ellos está escandalosamente presente.

Pero lo que aquí está en juego no son los méritos, los valores o las virtudes de los pobres, sino la justicia del Reino de Dios, la voluntad de Dios de que los pobres tengan vida en abundancia. Monseñor Oscar Arnulfo Romero, el arzobispo salvadoreño asesinado por su lucha a favor de los pobres y oprimidos, subrayaba en un discurso pronunciado en la Universidad de Lovaina, el 2 de febrero de 1980: «Los antiguos cristianos decían: ‘Gloria Dei, homo vivens’ (La gloria de Dios es que el hombre viva). Nosotros podríamos concretar esto diciendo: ‘Gloria Dei, pauper vivens’ (La gloria de Dios es que el pobre viva). El gran escriturista J. Dupont lo ha expresado certeramente con un matiz importante: «Dios favorece a los pobres no porque les deba algo, sino porque se debe a sí mismo hacerse su defensor y protector; está en juego su justicia real Como dice, con toda contundencia, el Documento «La Iglesia y los pobres», de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, «Dios sería injusto si pareciese colaborar con la injusticia, o simplemente guardar silencio frente a ella, sin defender al oprimido ni levantar al caído.

En este horizonte hay que situar y comprender a este buen samaritano, llamado Vicente de Paúl, cuando afirma: «Dios es el protector de los pobres. Así, el 25 de octubre de 1643 interpela a los sacerdotes y hermanos de la Misión: «iPobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a los pobres! Porque nos hemos dado a Dios para esto y Dios cuenta con nosotros… Y es que cuando comparte su fe y su experiencia con los misioneros, Vicente de Paúl pretende que éstos sepan claramente lo que ha intentado e intenta con la fundación de la Congregación: organizar en la Iglesia una «Compañía que tenga como lote propio a los pobres y que se entregue por completo a los pobres…; y de esto es de Io que hacen profesión los misioneros; lo especial suyo es dedicarse, como Jesucristo, a los pobres. Su insistencia no deja lugar a dudas: «Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos eligió para ellos; ése es nuestro patrimonio, lo demás sólo es accesorio

 

Si hay que subrayar una fuente genuina y específica donde Vicente de Paúl bebe las aguas torrenciales de este Dios defensor y protector de los pobres, tendríamos que acudir, sin la menor duda, al capítulo 58 del profeta Isaías: (Este es el ayuno que yo quiero: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58, 6-7). El mismo Vicente de Paúl lo confiesa con total sinceridad: «Hace veinte años que no leo nunca esta epístola, sacada del capítulo 58 de Isaías, sin sentir una gran emoción, aunque no por ello me vuelvo mejor.

Solamente desde este sentido teológico puede entenderse la tantas veces mal interpretada frase de H. Bremond, famoso historiador de la espiritualidad francesa: «No son los pobres los que han llevado a Dios a Vicente de Paúl, sino que es Dios el que le ha llevado a los pobres.

Desde el sentido cristológico

Para descubrir el criterio de la opción por los pobres en Vicente de Paúl, es preciso introducirse en el mensaje y en la misión de Jesús como referencia absoluta a su predilección por los pobres. En términos de Vicente de Paúl, esta opción equivale a ‘expresar al vivo la vocación de Jesucristo» ¿Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo?… Ved cómo lo principal para Nuestro Señor era trabajar por los pobres. Cuando se dirigía a los otros, Io hacía como de pasada.  Y esta vocación misionera no tiene otro objetivo más que continuar la misión de Cristo, enviado a evangelizar y servir a los pobres y desvalidos.

Por tanto, si Vicente de Paúl fija especialmente su mirada en el capítulo 4, versículos 18 y 19, del evangelio de San Lucas («El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para dar la Buena Noticia a los pobres…»), es porque encuentra ahí el punto clave de su opción por los pobres, de su vocación y de su misión en la Iglesia y en la sociedad.

Pero el eje trasversal de esta cristología vicenciana es el misterio de la Encarnación. Vicente de Paúl aprendió, en la escuela de espiritualidad de Pedro de Bérulle, la centralidad del Verbo encarnado. Porque este Mesías, Cristo, es Dios encarnado en la historia. Y por esta encarnación, Jesucristo es enviado por el Padre para realizar su voluntad de servicio. Así, en el centro de «la fe y de la experiencia» de Vicente de Paúl aparece un Cristo-Amor que se caracteriza por un «espíritu de caridad perfecta» y que se manifiesta en un «total anonadamiento» de amor por los hombres. Un Mesías servidor que «toma la figura de siervo, haciéndose semejante a los hombres… y obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). Un Mesías que viene para llegar al fondo de la realidad humana. Un Mesías que rechaza, para su identidad y la de sus seguidores, todos aquellos términos que designan el cargo o la autoridad y los sustituye por la simple expresión de servicio.

En definitiva, Vicente de Paúl hace la opción por los pobres desde una opción anterior: la opción por Jesucristo evangelizador y servidor de los pobres, el-hombre-para-los-demás, el desposeído, el siervo, el que sirve su vida y sirve su muerte, Aunque es conveniente matizar que no se trata de dos opciones separadas, sino de dos momentos de una sola y misma opción. La identidad vicenciana es cristocéntrica y, por tanto, su opción por los pobres sólo se entiende porque la causa de los pobres es la causa de Cristo.

Desde el sentido eclesiológico

Naturalmente, si la Iglesia es sacramento de Cristo, debe continuar y prolongar en el mundo la preferencia del Maestro por los pequeños, los desheredados, los marginados, los excluidos sociales, los pobres, en suma. Así lo entendió perfectamente Vicente de Paúl. Él jamás separa este trinomio: Cristo-lglesia-Pobres. Ciertamente, se podría haber dejado seducir por el aspecto jurídico, económico, grandilocuente y solemne de la Iglesia de Francia en el siglo XVII. Pero Vicente de Paúl descubre que sólo hay una respuesta coherente y válida: la opción por los pobres como expresión visible y creíble de la Iglesia. La misma respuesta que, bastantes años después, vio cumplida en los miembros de su Congregación: «iQué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y santificación de los pobres!

 

Para comprender mejor este sentido eclesiológico del espíritu vicenciano en su opción por los pobres, será bueno echar mano de un texto reciente que parece sacado del mismo pensamiento de Vicente de Paúl. Me refiero a lo que dice el Documento «La Iglesia y los pobres»: esa misión es ser la Iglesia de los pobres en un doble sentido: en el de una Iglesia pobre y una Iglesia para los pobres. Así como Jesús fue radical y esencialmente pobre por su encarnación, y entregado principalmente a los pobres por su misión, y sólo así cumplió la redención y Él mismo alcanzó su glorificación, la Iglesia de Jesús debe ser aquélla que en su constitución social, sus costumbres y su organización, sus medios de vida y su ubicación, está marcada preferentemente por el mundo de los pobres, y su preocupación, su dedicación y su planificación esté orientada principalmente por su misión de servicio hacia los pobres»

También será bueno y necesario recordar lo que ya decía un contemporáneo y discípulo de Vicente de Paúl, el ilustre predicador Bossuet, en un famosísimo sermón cuaresmal «sobre la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia»: «En el mundo, los ricos disfrutan todas sus ventajas y ocupan los principales puestos; en el reino de Jesucristo, la preeminencia pertenece a los pobres, que son los primogénitos de su Iglesia y sus verdaderos hijos. En el mundo, los pobres dependen de los ricos, y parecen haber nacido sólo para servirlos; en la santa Iglesia, por el contrario, no son admitidos los ricos sino con la condición de servir a los pobres» nadie duda de que, en este tema, Vicente de Paúl ejerce una destacada influencia en el pensamiento de Bossuet. Es más, da la impresión de que Bossuet es el altavoz elegante del hablar sencillo de Vicente de Paúl.

En consecuencia, para Vicente de Paúl, la Iglesia es, ante todo, el pobre pueblo que pide ayuda, que «se muere de hambre y se condena de desesperación». Y no tenemos que extrañarnos al encontrar en la correspondencia de Vicente de Paúl expresiones tan claras sobre dónde se encuentra la Iglesia de Jesucristo, como éstas: «La Iglesia no está ni en la seda ni en el oro de los príncipes, de los obispos o de los abades, sino en la carne y sangre, en los sufrimientos, en las lágrimas del pueblo 41. Además, Vicente de Paúl tiene muy claro que la Iglesia es una comunidad de caridad, que continúa el «espíritu de caridad perfecta de Cristo». No es una promesa de poderío, sino la Iglesia sierva y pobre, la Iglesia de los pobres. Por eso, cuando se está con los pobres y se pone el máximo de efectivos al servicio de los necesitados y desvalidos, se está seguro de permanecer en la Iglesia de Cristo

Perfectamente hubiera firmado Vicente de Paúl aquellas palabras que pronunció, siglos más tarde, el cardenal Lercaro en el Concilio Vaticano ll: «Quiero decir que el misterio de Cristo en la Iglesia es siempre, pero sobre todo hoy, en nuestros días, el misterio de Cristo en los pobres, ya que la Iglesia, como dijo el Santo Padre Juan XXIII, es la Iglesia de todos, pero especialmente la Iglesia de los pobres.

Si en Vicente de Paúl está clara la visión de una Iglesia de los pobres, le preocupa también que la Iglesia sea para los pobres. Es decir, Vicente de Paúl está convencido de que los pobres tienen que ser el punto de referencia para la vida eclesial, pues si se despreocupara de los pobres, perdería su sentido. Para Vicente de Paúl, una Iglesia que ignora a los pobres no es más que una caricatura de Iglesia y una Iglesia que no sirve a los pobres está muy lejos de ser la comunidad que quiso Jesucristo. Es más, en una Iglesia muy marcada por la jerarquía, a la que Vicente acata y obedece, Vicente de Paúl introduce un matiz muy significativo: la jerarquía tiene que ser servicio, desinterés, entrega, don de uno mismo, como se refleja en sus indicaciones sobre el ejercicio de la autoridad.

No hace falta insistir en algo sabido por todos: la eclesiología de servicio a los pobres, la plasmó Vicente de Paúl no sólo en sus intuiciones o en sus deseos sino, sobre todo, en sus Instituciones: una asociación de laicas y laicos siervos, unos misioneros siervos, y unas pobres siervas. Y todos saben que los pobres están en la raíz de las obras y de las Instituciones vicencianas. Ellos constituyen la razón de ser de las mismas. Y ellos deciden, configuran y polarizan los orígenes, el presente y el futuro de estas Instituciones y obras.

Inevitablemente, resuenan aquí con gran fuerza profética las palabras del actual Papa Francisco cuando, a los tres días de ser elegido Papa y ante 6.000 periodistas de todo el mundo, exclamó: «iCómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!». Y, desde luego, iqué alegría se habrá llevado Vicente de Paúl al escuchar esas palabras!

 

UNA MIRADA AUDAZ Y CREATIVA

Alguien ha dicho que en la mirada se encierra toda la fuerza de la existencia, que a través de los ojos mira el corazón y la inteligencia y el alma toda. En cualquiera de los viejos retratos que se conservan de Vicente de Paúl -el de Simón François de Tours, el de Nicolás Pitau, el de Van Schuppen o el de René Lochon-, lo que más impresiona, sin duda, son sus ojos. Una mirada penetrante, escrutadora, con una gota de ironía. Una mirada inmensa donde caben todos los marginados de antes, de ahora y de siempre. Una mirada donde las pupilas se hacen bondad, compasión, ternura, honradez, lealtad, confianza, cordialidad, solidaridad y libertad.

Vicente de Paúl nos interroga, nos interpela, nos penetra, nos desafía con su mirada. En la película «Monsieur Vincent» hay una secuencia impresionante. Vicente de Paúl deambula por los suburbios de París buscando una pensión barata para alojarse. Después de algunas tentativas, encuentra una buhardilla miserable. Por la noche, deja alojarse con él a un joven parado y enfermo que le va descubriendo y relatando las miserias y crueldades de la vida. La secuencia se cierra con una escena que vale por toda la película: la cámara enfoca el rostro y los ojos en penumbra de Vicente de Paúl que, entre lágrimas, susurra: «iPerdón, Dios mío, no sabía nada, no sabía nadal». Es la síntesis de una mirada que descubre la realidad y que está dispuesta a transformar esa depauperada realidad desde la audacia y la creatividad.

Celestino Fernández

La Milagrosa

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