Es difícil dar el reparto de las diócesis en la Francia del siglo XVII. Sus fronteras aún no están totalmente definidas y el estado continuo de guerras hace difícil asegurar el tiempo en que una diócesis, sobre todo las involucradas en los conflictos, pertenecen al clero francés; éste estaba dividido, ya desde 1561, en clero nacional: recoge bajo este término a las provincias que pertenecían a Francia antes de 1561, con el Bearn y Navarra, y clero extranjero, es decir, el de las provincias agregadas a partir de esa fecha, como son: Artois, Flandre, Hainant, Alsacia, Lorena, Franco- Condado, Rosellón, Córcega, etc. La diferencia más notable entre ambos es la representación en las Asambleas del clero; el clero extranjero no tenía representación alguna, era considerado como mero ejecutor de las disposiciones que se tomaban en las susodichas Asambleas.
Sin embargo, podemos aventurar unas cifras, bastante aproximadas del número de diócesis de aquel tiempo; Broutin las fija en 120; Dodin, en 123; su reparto era muy desigual, no responden ya a las realidades sociológicas del siglo y arrastran el peso de su fundación —primeros tiempos de la Francia cristiana. En el Languedoc hay 28 obispados; en Borgoña, solamente dos. Las parroquias sufren también la consecuencia del mal reparto; los obispos de Rouen, Autun, Burges, Langres, cuentan con 1.200 a 1.500 parroquias; Chartre cuenta con 1.800. La cara opuesta son los de Mirepoix, que no tienen más que 75 parroquias; el de Vence tiene solamente tres o cuatro parroquias (cfr. Broutin: «La réforme pastorale en France au XVII’ siécle». T. I. págs. 3 y ss.).
CLERO
El término usado para definir el estado eclesiástico comprende desde los obispos hasta los vicarios de los capellanes. Hay una amalgama tal dentro del mismo clero, que es difícil saber hasta dónde llega la ignorancia de los sacerdotes y hasta dónde su nivel intelectual. A través de Vicente de Paúl podemos ver al lado del Sr. Coqueret y otros compañeros que le ayudan en las Misiones, el lamento de un Obispo que se dirige a Vicente: «Hay en mi diócesis siete mil sacerdotes borrachos e impúdicos.» Esto no es extraño, ya que la cifra de eclesiásticos asciende globalmente a 266.000 (cfr. Dodin: «St. Vicente de Paul et la Charité», pág. 8), más los 181.000 religiosos y religiosas; el que no sepan la fórmula de la absolución tampoco debe ser motivo de extrañeza, así como el que mercantilicen con la confesión y la comunión, puesto que hay que tener en cuenta dos cosas:
a) La situación originada por el concordato de 1516, el reconocimiento por parte real de los derechos de los graduados —el artículo 31 del edicto de diciembre de 1606 exige tener grados de Teología para las dignidades catedralicias y rectores o principales de colegios— al acceso de los beneficios, para quienes se les reservaba 1/3 del total; la falta de asequibilidad a los bienes indispensables para vivir, dada la mala distribución de las tierras —de las que el clero poseía de los 2/3 a 1/3 del territorio—; la inmunidad de sus bienes de toda carga temporal, hacen que todos aspiren a poseer algo de ella.
b) La falta de selección y las mínimas exigencias que se requerían para entrar en el juego del beneficio eclesial; para poder tener un beneficio en el campo no hacía falta nada; en la ciudad se exigía el Bachiller, en cualquiera de las especialidades: teología, medicina, artes. El modo de reclutar a los sacerdotes, antes de la existencia, o intentos de existencia, de los seminarios, consistía en recibir, si no se seguía ningún curso en la Universidad, una sumaria iniciación a la liturgia y casi nada de formación moral y dogmática; esto es debido a que es posible ser sacerdote sin ejercer ministerio alguno; bastaba la tonsura para poder optar al sacerdocio sin necesidad de la evangelización, ni confesión ni instrucción de los fieles.
En París, según las decisiones sinodales de 1608, para acceder a las órdenes menores se requería: el testimonio de su párroco y no «ignorar» el latín. Para las órdenes sagradas (diaconado): el ponerse a las órdenes de su párroco durante un mes. Para el sacerdocio: conocer la administración de los sacramentos y ser capaces de enseñar a los fieles las verdades necesarias para la salvación. Poco a poco, mediante la labor de los reformadores —Bourdoise, Berulle, Alain de Solminihac, Francisco de Sales, Vicente de Paúl, Olier, etc.—, se va exigiendo más a los que aspiran al sacerdocio. En París, una vez comenzada la labor de los ejercicios a los ordenandos (15-IX-1628), se les exigirá pasar quince días por San Lázaro. En 1627 Juan Francisco de Gondi decidió que a las órdenes les precediera un examen; en 1628 se extiende este mandato a la tonsura. En 1630 se imprime un ritual, el que nos muestra lo que se les exigía: pureza de intención; vida conforme al estado clerical que desea abrazar; deben ir con sotana y pelo corto. En 1664 son retocadas y exigen que para la tonsura se tenga, por lo menos, doce años, no pudiendo presentarse antes de la primera comunión. En 1696 se eleva la edad a catorce años; las otras disposiciones llegan en perfecto uso hasta el final del Antiguo Régimen.
El estado de inquietud continúa, provocado por las guerras; hace que los párrocos de los campos abandonen la explotación de un beneficio por un contrato en regla y dejen en pensión su parroquia al primer eclesiástico que pasaba, cuando no la dejaban totalmente abandonada para irse a la ciudad; en éstas se ve cantidad de clérigos, sacerdotes y religiosos, cuyo papel principal es el de vagabundear continuamente; esta práctica de dejar las parroquias es heredada del siglo anterior y continuará a través del siglo XVII, pero con una tendencia a desaparecer.
¿Puede extrañarnos que hayan progresado tanto el calvinismo y el protestantismo en Francia, hasta llegar a dividir completamente toda la población? Ante esta situación de división, indiferencia y aceptación de las doctrinas reformadas, la reforma pastoral se sitúa en un plano de recuperación:
a) Del pueblo, mediante las misiones.
b) De los sacerdotes, mediante:
- Los ejercicios a los ordenandos.
- Las conferencias.
- Los seminarios.
El movimiento de la reforma es un movimiento descendente, se impondrá por los cauces del poder establecido, es decir: obispos, sacerdotes y pueblo. En cuanto a los obispos, nos encontramos con hombres enérgicos, con coraje, perseverantes, con la marca de su tiempo, el Antiguo Régimen. Son hombres de altas relaciones, de gran saber, de acción entendida; en una palabra, no son obispos sin más. Entre éstos podemos citar a Alain de Solminihac, Francisco de Sales, F. de la Berandiére, A. de Bethume.
Esta acción de la cabeza no rechaza, sin embargo, la correspondiente aspiración de los miembros; gracias a los sacerdotes, la reforma no es un movimiento puramente aristocrático, una simple reacción defensiva contra los protestantes, sino más bien una construcción nueva y más elevada; entre éstos podemos citar a Berulle Olier, Coqueret, Condren, Bourdoise,. Vicente de Paúl.
Por otra parte, sería injusto no señalar a las grandes figuras del laicado cristiano de la época; generalmente están en el libro de oro de la Compañía del Santísimo Sacramento; vienen de todas las profesiones y clases sociales: M. de Marillac, consejero del Parlamento y más tarde guardasellos; F. de Montholon, consejero de Estado; A. de Clerc, N. le Févre, son un puñado de hombres de alta virtud y de gran influencia cristiana, que secundan la reforma pastoral. Su ayuda no es superflua en cuanto a conseguir allanar las dificultades que se oponen a su expansión.
La actuación de Vicente la sitúo ya en 1612, párroco de Clichy, puesto, que con anterioridad lo vemos vagando sin dirección ni quehacer fijo. Ya situado de párroco, surge una pregunta provocada por su felicidad en Cli chy y su misma huida, dejando la obra comenzada; ¿fue quizá el tiempo de Clichy una nube pasajera que había ocultado en lo más profundo de su mente el deseo del «honorable retiro»?, o ¿fue sólo un trampolín para lograr una meta donde le fuese más fácil conseguir su sueño? No me atrevo a pensar ya en un Vicente predestinado y con conciencia de su misión, pues los hechos acaecidos posteriormente revelan la falta de confianza en sí mismo, la duda en cuanto a la labor que emprenderá. A partir de esta huida es cuando entra de lleno en la actividad pastoral: Folleville, Chatillon, Casa de los Gondi, Fundación de la Misión, Ejercicios a Ordenandos, Conferencias de los Martes, Hijas de la Caridad, Consejo de Conciencia; cabalgan tan juntos que Vicente ya no tiene posibilidad de otra huída y queda absorvido por la onda expansiva de los acontecimientos.
II. ACTUACION DE VICENTE
A) LAS MISIONES.
Son éstas las obras más extendidas y uno de los pilares de enseñanza y elevación religiosa del pueblo; por lo general, podemos constatar una especie de línea directriz en todas las misiones. Esta no quiere decir que siempre se tuviese que seguir; esta línea podemos resumirla en los tres puntos que se deben llevar a cabo en la misión. Son: la predicación y catequesis, los sacramentos y las cofradías de caridad. El modo de realizarlo dirá Vicente debe ser con un trabajo humilde y respetuoso, no buscando el aplauso, no discutiendo ni desafiando a nadie, no tratando con desprecio a los herejes, ni provocando sus disputas; este punto es interesante, dada la gran aceptación y expansión que habían tenido las doctrinas reformistas en Francia, sobre todo los calvinistas (cfr. «Dictionaire d’histoire et geographie eclesiastique —Calvinismo—. Sobre las disputas cfr. S. V. P.: correspondencia T. I., pág. 323). No emprender nada en contra de la voluntad de los párrocos, ni aun habiéndoselo comunicado, principalmente en el establecimiento de la Caridad, comunión de los niños, procesión y acontecimientos de importancia, no hacerlos sin su aprobación. Los lugares de misión, una vez organizada la Compañía, quedan expuestos por Vicente en la carta a Clemente de Bonzi, obispo de Beviers (IX-X-1635): «Estamos por entero bajo la obediencia de los prelados para ir a todos los lugares de sus diócesis adonde quieran enviarnos a predicar, catequizar y hacer que el pobre pueblo haga confesión general» (S. V. P.: correspondencia T. I.,
1-a) PREDICACION.
Con ella se quiere hacer ver a las gentes cuáles son las verdades que deben creer y así sacarlas del estado de duda e indiferencia en que estaban sumidas por la influencia de las doctrinas protestantes; es un medio de enseñanza muy general dada la falta de distinción de auditorio. El método de predicación constaba de: un exordio, hacer ver a las gentes las razones y motivos para que destierren el vicio y el pecado y busquen la virtud; este exordio contiene: el texto, sacado de la Sagrada Escritura; la proposición del sujeto; los motivos, definición, medios para adquirir la cosa propuesta y respuesta a objeciones. El cuerpo del discurso, decir en qué consiste la virtud que se propone. Por último, provecho que pueden sacar de la práctica de la virtud y desventajas que se originan al no hacerlo (cfr. V. P.: correspondencia T. XII, pág. 292; Dodin: «Entretiens», págs. 217 a 219).
El modo de predicar ha de ser sencillo, en tono familiar, puesto que desde que un predicador busca el honor y el aplauso popular no se libra de la tiranía del pueblo; y pensando quedar bien por sus bellos discursos, se hace esclavo de la reputación (Dodin: «Entretiens», pág. 638). Debemos predicar no buscando satisfacernos, sino ganar almas y llevarlas a la penitencia, porque todo lo que queda no es más que vanidad y orgullo (Dodin: «Entreti‘ns», pág. 436). Hay que predicar la pura verdad evangélica, de manera que todo el mundo nos entienda y que cada uno saque provecho de lo que decimos.
1-b) CATECISMO
Es la forma de predicación adaptada a los grupos, ya que se dividían en el de adultos y el de los niños; aún éstos, por razón de número, solían hacerlo en grupos de chicos y chicas. El catecismo de la mañana solía llamarse pequeño catecismo; al de la tarde, al que se le daba más importancia, gran catecismo. Esta práctica, la de los dos catecismos, no estaba determinada desde las primeras misiones, sino que fue incluida más tarde: «En las primeras misiones no predicábamos más que una vez al día, y a la tarde hacíamos un pequeño catecismo» (S. V. P.: correspondencia. T. VI, página 564).
2) SACRAMENTOS
La predicación y el catecismo no eran más que la rampa de lanzamiento para que las gentes se acercasen a los sacramentos, sobre todo al de la confesión; esta subordinación de la catequética al sacramento es influencia de la teología post-trentina, más sacramentalista que catequética. Por otra parte, la experiencia adquirida por Vicente en Folleville hace que vea en el sacramento de la reconciliación el centro de toda la vida cristiana y de toda predicación. Podemos decir que la única cosa de referencia del éxito o fracaso de una misión se cifra en la recepción de estos sacramentos (cfr. V. P.: correspondencia. T. I., págs. 312 y 319).
3) COFRADIAS DE CARIDAD
Si los sacramentos, su recepción era el centro de la misión, la finalidad podemos hacerla recaer en la comunión fraterna expresada en las cofradías de caridad; es decir, la acción conjunta de los habitantes del pueblo y organizada de la asistencia a los pobres.
Las cofradías de las Aldeas tendrán, dentro de sus peculiares características, el sello de la de Chátillon, cuyos fines eran los de ayudar a los enfermos, tanto corporal como espiritualmente; corporalmente, alimentándolos y dándoles medicinas. Espiritualmente, disponiéndoles a bien morir a aquellos que no sobrevivieran, y a bien vivir, a los que tenían posibilidad de curarse. Además se les añade «para que practiquen enteramente y con edificación las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, habían de enterrar a los muertos» a expensas de la Asociación. El propósito, por tanto, de la cofradía, entre otros, es administrar a los enfermos los medicamentos necesarios durante el período de enfermedad; por eso Vicente intentará establecer por todos los medios cofradías en las aldeas donde no había hospitales. Más tarde se les unió la tarea de enseñanza en las aldeas; esta función docente va a ser una de las primeras de la «naciente» comunidad de las Hijas de la Caridad, en cuanto pasen de la ciudad a la aldea.
Las Cofradías de la Caridad en las ciudades son producto del afán de novedad, ya que fueron introducidas con precipitación y generalmente por instancias de los nobles que habían venido del campo; la intención era la misma: cuidar a los enfermos y hacer las mismas cosas que se hacían en el campo, es decir, llevarles la comida personalmente a su casa, limpiarles, etc.; pronto se verá la dificultad que supone esto para las damas de la nobleza. La primera que se fundó en París fue la de San Salvador en 1620; hasta entonces el elemento principal era que las mujeres estaban acostumbradas a los quehaceres domésticos, eran mujeres de casa; ahora eran señoras de buena sociedad. Otro elemento nuevo es la presencia de ciertos trámites originados por el ambiente ciudadano: la visita del médico, antes de ir las señoras, al enfermo, para que aquél dispusiese lo conveniente en cuanto a las medicinas y sangrías; la investigación sobre el enfermo si había pertenecido o pertenecía a la parroquia desde o durante tres meses, como mínimo; en caso contrario no se le admitía; la exclusión de los enfermos crónicos. El medio de sufragar los gastos en las aldeas era la cofradía; en París corría a cuenta de las señoras, cada una en el día que le tocaba asistir al enfermo.
El que los enfermos tuvieran que ser visitados personalmente en sus casas motivó un decaimiento de la Asociación ya en el primer año; unas tenían mucho trabajo; otras no podían sobrellevar estos trabajos bajos y penosos; a otras se les hacía incompatible sus relaciones sociales con la visita a los enfermos, o la dificultad provenía de los quehaceres domésticos; otras entraban en el grupo más por afán de novedad que con espíritu de sacrificio. Las señoras decidieron entonces mandar en su ausencia a las criadas, lo cual vino a aumentar el desconcierto, dado que éstas no tenían preparación alguna de las cosas que debían hacer. Ante esta anarquía organizada, cuya ley era la negligencia, Vicente introduce un elemento nuevo que va a hacer de savia para revitalizar las cofradías: «Las Hijas de la Caridad». Pensadas como sustitutas permanentes de las damas en los oficios más bajos y penosos; vienen del campo; pasarán por un pe ríodo de aprendizaje, no era de forma continuada; con el correr de los años, Vicente hará que ese aprendizaje sea constante y continuo, y pone al frente, para instruirlas, a Luisa de Marillac (cfr. S. V. P.: Correspondencia, T. II, pág. 549). Deberán obediencia a las damas oficiales de la Caridad de las parroquias; a los médicos, en lo que concierne al cuidado de los enfermos. Deben tratar a los pobres con compasión y cordialidad, servirlos con cuidado, edificarlos, consolarlos y disponerlos en la paciencia, llevándoles a hacer una buena confesión general y, sobre todo, mediando para que ellos reciban los sacramentos.
Veamos otros peones moverse en el campo de las misiones:
BERULLE Y EL ORATORIO:
Para ellos la misión es un añadido a su fin con tal de que Roma les reconozca, ya que el fin que habían puesto, la sola preparación del clero, no les había valido de mucho. Daban misiones por fundaciones y sólo en vísperas de las grandes fiestas: Pascua, Pentecostés, Todos los Santos, Navidad; se ocupaban durante quince días, que era la duración de la misión, de la predicación sobre los cuatro puntos del símbolo; sobre la oración dominical u otra cosa de doctrina cristiana; confesaban a los fieles; se dedicaban a la enseñanza del catecismo a los niños. Para ellos el punto de arranque es la ciudad, para más tarde expandirse por los alrededores de París (cfr. Ferte, Jeanne: «La vie religieuse dans la campagne Parisiennes», 1622-1680; pág. 198).
BOURDOISE, A.:
Sus misiones son de fecha fija, es decir, en las vísperas de las fiestas patronales de los pueblos iba a confesar y predicar durante unos días seguidos; es, por tanto, una misión improvisada, no siempre bien vista por los parroquianos (cfr. Ferte, J.: o. c., págs. 199-200).
B) EJERCICIOS A ORDENANDOS
Si a las misiones no les secunda un continuo revitalizarse, toda la labor de éstas se vendrá abajo; el modo de lograr que esa labor sea perenne es formando a los sacerdotes para tal menester, es decir, para su labor apostólica. En la concepción de Agustín Potier, obispo de Beauvais, uno de los modos de formación de los sacerdotes es el reunirlos durante un período de tiempo anterior a las órdenes para que aprendan mejor sus deberes: así se lo expresa a Vicente y hace que éste vaya a Beauvais a comenzar los Ejercicios a Ordenandos el 15-IX-1628. En París fue introducida por Juan Francisco de Gondi y en 1631 la hace obligatoria para todos aquellos que quieran acceder a las órdenes (S. V. P.: Correspondencia, T. I., pág. 233); la disposición episcopal sobre ordenandos podemos verla en Abelly II, cap. II, sec. II, pág. 215.
Se proyectaba que los ordenandos vivieran y se alojaran juntos; que tres sacerdotes: Duchesne, Messier y Vicente, hablarían alternativaniente —Vicente hablaba sobre el decálogo— y según materias. Dos sacerdotes explicarían las ceremonias requeridas para cada orden (S. V. P.: Correspondencia, T. I., pág. 129). El que se reunieran era con el fin de que hiciesen un retiro espiritual; se ejercitasen en la meditación; para que hagan confesión general; repasasen la Teología Moral y especialmente la que se refiere al uso de los sacramentos; para que aprendiese bien las ceremonias de todas las funciones de las órdenes. Para instruirse en todas las demás cosas necesarias a los eclesiásticos (S. V. P.: Correspondencia, T. I., pág. 233).
En el T. XIII de la obra de P. Coste nos encontramos en la página 141 con unos puntos del proyecto de conferencias o diálogos a los ordenan- dos; están divididas en los espacios: antes, en y después de los ejercicios. Debemos tratar de edificarlos por la humildad y modestia. Uno de los medios por los que debemos proseguir con el ejercicio a los ordenandos es que éstos son la obra más grande del mundo, porque se hará de un pecador un justo; de un vicioso, un perfecto (Dodin: «Entretiens», páginas 102403). A los ejercitantes hay que exigirles la fidelidad al reglamento del retiro; debemos instruirles en el orden del día, método de oración y exámenes particulares, recomendarles que guarden silencio (Do- din, «Entretiens», pág. 108-109).
A los ordenandos se les pide un sueldo; durante los cinco primeros años la presidente de Herse cubre los gastos de cada ordenación con una dote de 1.000 libras. Ana de Austria ayuda en los años 1637-38. La marquesa de Maignelay, hermana del arzobispo de París y otras damas de la Caridad se interesan por esta obra. No obstante, durante la Fronda cesan todas las dotaciones, y Vicente tiene que hacer frente a las cargas, cada día más pesadas. Estos ejercicios tenían lugar en San Lázaro seis veces al año y solían reunir de 70 a 100 ordenandos durante quince días.
Las conferencias que recibían solían ser dos por día, una por la mañana y otra por la tarde; la de la mañana solía consistir en la Teología Moral y cosas prácticas para el conocimiento de un eclesiástico. La de la tarde versaba sobre las virtudes, cualidades y funciones propias de los que van a recibir las órdenes. Tenían reunión por grupos que constaban de unos 15 individuos. Media hora de oración mental. Ejercicio de órdenes que deben recibir (ceremonias de misa, etc.). Rezo del oficio divino; tenían también dos horas de descanso durante el día.
C) CONFERENCIAS DE LOS MARTES
El día 13-VI-1633 tuvo lugar en San Lázaro la reunión que sería el comienzo de las conferencias de los martes (cfr. Abelly, T. II., cap. III, sección I, pág. 246 y s.). ¿Quién fue el promotor? Vicente lo insinúa en una carta, pero se da la casualidad de que no se conserva el nombre de a quien va dirigida (cfr. S. V. P.: Correspondencia, T. I, pág. 253). Abelly nos cuenta de estas reuniones que «habiéndose reunido, pues, estos señores eclesiásticos el 9 del mes de julio siguiente, indicaron el orden que habrían de mantener en sus conferencias; eligieron a algunos oficiales para mantener este orden, determinaron el día: martes de cada semana… El señor Vicente les dio como tema de su primera conferencia, que tuvo lugar el 16 del mismo mes, el del espíritu eclesiástico» (cfr. S. V. P.: Correspondencia, T. I., pág. 254, nota 3 de la carta 149). La finalidad de estas reuniones es la de dedicarse a su propia perfección, a idear los medios para que Dios no sea ofendido, sino conocido y servido en todas las familias ly procurar su gloria en las personas eclesiásticas y entre los pobres (S. V. P.: Correspondencia, T. 1, pág. 255). El número de eclesiásticos que frecuentaron estas reuniones se cifra en más de 250 en vida de San Vicente, de los que 22 llegaron a obispos, entre ellos Bossuet. No admitían entre ellos a aquellos que habían formado parte de otras conferencias (S. P. V.: Correspondencia, T. VII, pág. 569).
Parece ser que a partir del 1-XI-1658 tuvieron como lugar de reunión no San Lázaro, sino Bons-Enfants, puesto que Vicente, en carta del 6-XII1658, habla de su imposibilidad de asistir a causa del dolor de piernas, que aumenta, y que a partir del día citado anteriormente las conferencias que se habían dado eran cinco (S. P. V.: Correspondencia, T. VII, página 390).
San Vicente comienza así la redacción del reglamento de las Conferencias eclesiásticas: «Memoria según la cual se propone vivir la Compañía de eclesiásticos de París, con la ayuda de Dios y bajo el beneplácito de Monseñor, el Arzobispo, para conservarse en las disposiciones que les ha dado Dios durante los ejercicios espirituales que han hecho para disponerse a la recepción de las órdenes.» El reglamento es extenso y podemos verlo íntegro en el T. XIII de P. Coste, pág. 128-132.
Estas conferencias no eran exclusivas de la diócesis de París, sino que también las había en Alet, Angouléme, Dauphiné, de Genes, etc.
D) SEMINARIOS
Los sacerdotes se distinguían de los demás estudiantes por una vaga tonsura, viven con ellos y como ellos; a veces toman sus mismas costumbres. A partir de Trento se quiere reunir en un lugar a todos aquellos que aspiren al estado eclesiástico y con mayor razón a los aspirantes al sacerdocio; la iniciativa debía partir de los obispos, pero la autoridad de éstos estaba limitada por la potestad de los canónigos —hombres reacios a toda idea de renovación—, los beneficios y todos aquellos que tenían algún derecho o privilegio en la diócesis.
Los seminarios eran considerados como reformatorios, donde se imponía una servidumbre continua y las prácticas de mortificación más severas. Hasta la mitad del siglo XVII se les ve como sombras reducidas, casas de corrección y maternidades, donde no había disculpas para las faltas por muy pequeñas que fuesen. Casi hasta 1640 no se puede encontrar el clima espiritual necesario para que la institución trentina sea viable; por eso vemos cómo oscilan todas las iniciativas sobre estos ejes:
- La parroquia.
- Los colegios.
- Las misiones.
San Vicente también hecha mano de las misiones para «enseñar la oración mental, la teología práctica y necesaria, las ceremonias de la Iglesia a los que tienen que recibir las órdenes (S. P. V.: Correspondencia, tomo I, pág. 340).
El primer intento de crear un seminario en París, bajo mandato de Enrique de Gondi, fue constituir la abadía de San Maglorio en seminario, a cuyo frente se puso al P. Berulle. El seminario fue concebido tanto para los que habían de recibir las órdenes como para los ordenados; tanto para los pobres como para los ricos; a causa de las rentas atribuidas a los antiguos religiosos, los oratorianos, al no poder pagarlas, rehusaban acoger a los hijos de los pobres, y llegó a convertirse así en un lugar de «alta espiritualidad», en contra de los deseos del fundador (cfr. Broutin: o. c., T. II, pág. 218 y s.; contrato de la abadía de San Maglorio, cfr. Ferté, Jeanne: o. c., págs. 146-147). Esta experiencia terminará con Olier en el seminario para nobles; sus discípulos se conocen por un cierto aire de segregación distante, por su piedad sólida y disciplinada. Prácticamente formará sacerdotes para el Episcopado, quedándose sólo en la formación teórica. Con la fórmula seminario-colegio, al estilo de como lo tenían los jesuitas, se juntan ambas congregaciones: sulpicianos y oratorianos. El medio donde se desarrollan los seminaristas es un medio cada vez más artificial; llegan a ser una especie de noviciados para la formación intelectual y moral de los clérigos. La iniciación litúrgica, catequética y pastoral se reducirá a ceremonias en la capilla.
Para A. Bourdoise la parroquia es el medio de formación de los presbíteros completos: hay que rehacer las familias, las iglesias y a los mismos párrocos; esto pensaba hacerlo abriendo escuelas; sin embargo, dice que el seminario natural y legítimo de la diócesis es el capítulo de la catedral, en el que todo clérigo debe estar bien preparado para servir de regla y modelo al resto. ‘Se aceptan preferentemente los nativos de la diócesis. Durante el tiempo de duración del seminario se les imparten instrucciones particulares para recibir la tonsura y las órdenes; en los ejercicios y prácticas de virtudes y todo aquello que conviene a la formación eclesiástica. Al partir de la base parroquial hace que todo su interés se cifre en la pastoral; es un seminario concebido en contraposición al de Berulle; en éste se da la especulación teológica, en aquella la actividad pastoral.
San Vicente cifra la formación de los sacerdotes en el apostolado de recuperación; hace pasar a todos por el aprendizaje de las «caridades», de las misiones populares, por el servicio en las prisiones y hospitales. Era una institución donde el trabajo en equipo era el fundamento. El seminario, según su concepción, no era tiempo de estudio especulativo, sino pastoral: «La escolástica que se enseña en Bons-Enfants es poca o nula, para eso tienen el colegio de Navarra y la Sorbona; nosotros damos dos lecciones de moral y el ejercicio de las prácticas de las funciones» (Broutin: o. c., T. II, pág. 233; S. V. P.: Correspondencia, Documentos, tomo XIII, pág. 185).
Bons-Enfants fue seminario de niños desde 1636; pero la poca perseverancia de éstos hace que Vicente se incline por el seminario de eclesiásticos, cosa que ocurre en 1645. No obstante ser concebido en plan pastoral, vemos cómo todavía no alcanza los límites del seminario ideado por Bourdoise (S. V. P.: Conferencias, T. XIII, pág. 185); por eso dice «la experiencia nos ha hecho conocer que allí donde hay un seminario es bueno que tengamos una parroquia donde puedan ejercer los seminaristas» (S. V. P.: Correspondencia, T. VII, págs. 253-254). Al seminario han venido no para aprender la moral, sino la piedad y otras cosas que son convenientes; otros «atractivos» pueden ser: canto, conferencias, ceremonias, catequesis y predicación (S. V. P.: Correspondencia, T. II, pág. 233). Han venido para llevar una vida interior más intensa y para la práctica de la oración y las virtudes; lo principal, por tanto, es formarles en una sólida piedad y devoción (S. V. P.: Correspondencia, Conferencias, T. XII, página 289). El seminario no es lugar para enseñar las ciencias, sino para enseñar el uso de ellas (S. V. P.: Correspondencia, T. II, pág. 188).
Estos establecimientos son fruto de una larga experiencia; por tanto, es casi absurdo preguntarse de quién partió la idea y a quién corresponde el honor de ser el primero entre ellos. Hemos visto cómo San Maglorio recibirá a partir de 1629 a los jóvenes clérigos pagando una pensión; este seminario era una carga para el obispo, al dárselo a los del Oratorio se convirtió automáticamente en una carga para ellos; sólo a partir de 1658 mejora su situación. El seminario de Saint-Nicolas-du Chardonnet fue concebido mediante pensiones de los alumnos para no ser gravosos al Arzobispado. En cuanto al de Bons-Enfants, San Vicente hubiera querido unos comienzos modestos, aliados a una independencia tan larga como se pudiera del Arzobispo de París. Contentándose con una autorización verbal del arzobispo, no había buscado el obtener las cartas de establecimiento; éstas no se las darían más que después de unos sesenta años de ejercicio, en 1707, por el Cardenal de Noailles; el seminario toma entonces el nombre de San Fermín.
Creo que el mejor enfoque de los caracteres de cada uno de estos seminarios lo hizo San Vicente el 18-IX-1660: «He aquí en París cuatro casas que hacen la misma cosa: el oratorio, Saint-Sulpice, Saint-Nicolas-du Chardonnet y Bons-Enfants. Los de Saint-Sulpice tienden a desterrar los espíritus, quitarles las afecciones de la tierra, y vemos que todos los que han pasado por allí tienen mucho de esto… Los de Saint-Nicolas no se elevan tanto, pero tienden al trabajo de la viña, a hacer hombres laboriosos en las funciones eclesiásticas; del Oratorio no hablemos. De estas cuatro casas la que acierta mejor en su cometido es la de Saint-Nicolas; de allí saldrán «los pequeños soles» y nunca he oído quejas, sino más bien admiración» (S. V. P.: Correspondencia, Documentos, T. XIII, página 185).







