Los sacerdotes de la Misión que están en el ejército pensarán que Nuestro Señor les ha llamado a tan santa ocupación: 1º para ofrecer sus oraciones y sacrificios por el feliz éxito de los planes del rey y la conservación de su ejército; 2º para ayudar a los soldados que están en pecado a salir de él, y a los que están en gracia a conservarse en ella; y finalmente, para hacer todo lo posible para que los que mueran salgan de este mundo en estado de salvación.
Para ello tendrán una devoción especial a] nombre que Dios usa en la Escritura, el de Dios de los ejércitos, y a los sentimientos que tenía Nuestro Señor cuando decía: Non veni pacem mittere, sed gladium 1; pero esto, para darnos la paz, que es la finalidad de la guerra.
Pensarán que, aunque no puedan quitar todos los pecados del ejército, quizás Dios les conceda la gracia de disminuir su número, que es como si se dijera que Nuestro Señor, en vez de tener que ser crucificado cien veces, sólo tuviera que ser crucificado noventa; como si mil almas tuvieran que ser condenadas por sus malas disposiciones, pero se consiguiera con la ayuda y misericordia de la gracia de Dios que algunas de ese número no llegaran a condenarse.
Para eso les serán muy necesarias las virtudes de la caridad, del fervor, de la mortificación, de la obediencia, de la paciencia y de la modestia; por ello habrán de practicarlas continuamente en su interior y en el exterior, especialmente con el cumplimiento de la voluntad de Dios.
Celebrarán todos los días la santa misa, o comulgarán con esta intención.
Honrarán el silencio de Nuestro Señor en las horas de costumbre, y siempre en lo que se refiere a los asuntos de Estado, sin manifestar sus preocupaciones más que al superior o a aquel a quien éste designe para ello.
Si los mandan a escuchar las confesiones de los apestados, lo harán desde lejos y con las precauciones necesarias, dejando la asistencia corporal de los mismos y de los demás enfermos a aquellos que la Providencia utiliza para estas funciones.
Tendrán frecuentemente conferencias, después de haber pensado delante de Dios en los temas que se propongan, por ejemplo:
1º De la importancia que tiene el que los eclesiásticos asistan a los soldados;
2º En qué consiste esta asistencia;
3º Los medios para asistirles como es debido.
Podrán tratar con este mismo método otros temas que les parezcan interesantes en esta ocupación, como la asistencia a los enfermos, la manera de portarse durante el combate y la batalla, la humildad, la paciencia, la modestia y las demás prácticas que se requieren en el ejército.
Se observará con toda la exactitud posible el pequeño reglamento de la Misión, sobre todo en lo que se refiere a la hora de levantarse y acostarse, la oración, el oficio divino, la lectura espiritual y los exámenes.
El superior le distribuirá a cada uno su tarea, le dará a uno el cargo de sacristán, nombrará a otro para que sea el confesor de la Compañía, a otro que lea en el comedor, a otro los enfermos, a otro la economía y la preparación de la comida, a otro el cuidado de la tienda y de los muebles, para que los monte y desmonte y ponga en su sitio. Tanto unos como otros trabajarán en la predicación y en las confesiones según lo crea conveniente el superior.
Se alojarán y vivirán todos juntos, si es posible, aunque estén distribuidos por regimientos. Si tienen que trabajar en lugares diferentes, como en la vanguardia, o en la retaguardia, o en el cuerpo del ejército, el superior que los distribuya hará de manera que se alojen en tiendas, siempre que sea posible.







